Zonas liberadas (VIII)

Buenos Aires, marzo de 2009.

El enano maldito dejó de besarme (o desistió de su intento de violación) cuando le informé que iba a salir gente de la puerta del edificio en cuya entrada estábamos.

Entonces caminamos hacia la estación del tren manteniendo un diálogo que para mí fue uno de los más raros que tuve en mi vida:

-  Bueno, ya que vamos a hacer las cosas con tiempo, mejor planearlas bien: ¿A qué hotel vas a querer ir?- me preguntó Rubén G.

-  No sé…  o sí, sí sé, al que nombraban el otro día en la oficina, el “R”, ¿te parece?

- Sabía que ibas a querer ir a ese- me dijo el enano maldito sonriendo - ¿Y la ropa interior?

- Ni  idea, ¿Por qué? ¿A vos te gusta algo en especial?

- No, para mí cualquier cosa está bien. No gastés plata. ¿Y vos tenés alguna preferencia de ropa interior masculina?

- No, va, si, no, bueno- dije dudando - , la verdad: no me gustan los calzoncillos ajustados. Prefiero los boxer y sueltos- agregué con seguridad.

- Está bien. Yo uso esos. ¿Y bañarnos cuándo te parece? ¿Antes o después?

 - No sé, en el momento vemos.

- ¿Vas a querer jacuzzi?

- No, por mí no…

-  Ok, por mí tampoco. ¿Y la luz? ¿Cómo te gusta? ¿Muy fuerte, baja o a oscuras?

-  Y qué se yo…. baja, mejor.

- Está bien. Mirá que vas a sangrar…

- No sé eso. No todas las mujeres sangran en su primera vez.

- Sí sangran. Te lo digo por experiencia. Igual no te hagas ilusiones, las primeras veces no son buenas, ni cuando no sos virgen. Se tarda un poco en acoplarse. Por eso después hay que seguir…

- Si, ya sé…

- ¿El tamaño te interesa?

- ¿El tamaño de qué?- pregunté sin caer en la cuenta de a qué estaba haciendo referencia  Rubén G.

- ¿De qué va a ser???- me dijo el enano maldito mientras introducía sus manos en los bolsillos del pantalón y se los miraba.

- Ah – dije, dándome cuenta de a qué se refería- no, no sé yo de eso.

- Porque mirá que la mía es mediana, tamaño standard.

- Ah, bueno- dije sin darle importancia a la aclaración de Rubén G.

- Pensar que yo me levanté esta mañana y nunca pensé que a esta hora iba a terminar teniendo esta conversación con vos.

- Yo tampoco…

Continuamos caminando en silencio. Todavía seguía pensando en lo que el enano maldito me había dicho en el pub, en especial lo referente a mi acné. Entonces:

- ¿Te parece tan terrible lo de mis granos?

- No, ya está Ani, no te hagás problema.

- Pero decime.

- Ya te dije… ¿A vos el sexo anal no te cuadra mucho, no?

Ante esta pregunta me sorprendí una vez más por todo lo que Rubén G. podía adivinar de mí sin yo siquiera habérselo insinuado alguna vez.

- La verdad que no. ¿Y cómo sabías eso de mí?

- Por tu cara una vez que salió el tema en la oficina.

- Ah…

- ¿Nunca lo harías?

- No sé si nunca. Habría que estar en el momento, supongo. Pero por ahora te digo que no, no me interesa. Me daría impresión. No creo que sea algo placentero.
 
- Es muy placentero.

- No sé…

Y llegamos a una plaza ubicada enfrente de la estación del tren. Como ya era de noche, había muy poca gente…

(continuará)

Zonas liberadas (VII)

Buenos Aires, marzo de 2009.

Fui al baño pensando en las últimas palabras que me había dicho Rubén G. y en todo lo criticable que mi persona le resultaba. Todavía no había llegado a darme cuenta de que el enano maldito podía haberse ahorrado decirme todas esas cosas feas referidas a mi pelo, a mis granos y demás características, al menos en ésta, nuestra primera salida.

Y no sé por qué extraño bloqueo mental atravesaba, pero en el baño, en vez de pensar en cómo pegarle a Rubén G. por todo lo que me había dicho recién, lo que hice fue retocarme el maquillaje y pasarme brillo por los labios. Todavía tenía esperanzas de que el enano maldito me quisiera.

Además, como mi virginidad le gustaba, pensaba que estaba frente a la oportunidad de tener mi primera relación sexual y con alguien por el que, evidentemente, algo sentía. Aunque interiormente sabía que no quería tener sexo con Rubén G. para conseguir mi desvirgue. Quería sólo conseguirlo a él.

Así fue como regresé a la mesa del pub, todavía ilusionada con “capturar” para mí al enano maldito.

Rubén G. estaba esperando que el mozo le trajera el vuelto del pago de la cuenta. Me senté y él me dijo:

- Bueno, ¿cuándo vamos a ir?

Ante esta pregunta yo necesitaba probarlo, ver cuánta importancia le daba al hecho de estar conmigo. Por eso elegí un día en el que Rubén G.  estaría con la novia, pero ya a la vuelta de su “excursión a San Pedro”.

- El domingo seguro no trabajo- dije.

- No, el domingo, no.

- El lunes entonces.

- No, el lunes tampoco. El martes vuelvo a trabajar. Ese día vemos, mejor.

No podía soportar esto. ¡Cuatro días iba a hacerme esperar a mí y, sobre todo, esperar él! Por eso dije:

- ¿El martes recién vemos cuándo vamos a ir?!!

- Si, el martes vemos.

- ¿Y en estos cuatro días?

- No, en estos cuatro días, no.

-  Bueno, pero llamame, mandame mensajitos…- dije, con palabras que salieron de mi boca sin pasar por filtro alguno, seguramente debido a los efectos de la gran cantidad de cerveza que había tomado.

- No, Ani, escuchame bien, yo no te voy a llamar ni a mandar mensajes.

Por la expresión que adoptó la cara del enano maldito cuando terminó de decir esto último, creí que esperaba que yo lo insultara, pero, como siempre,  no me animé a hacerlo, y sólo dije:  “Ah, bueno…“.

Luego el mozo le trajo la plata. Entonces nos paramos y salimos a la calle. Una vez en ésta, Rubén G. me dijo:

- Hiciste algo muy pero muy mal.

- ¿Qué hice?- pregunté asustada.

- Te pintaste los labios y eso deja marcas, ahora no te voy a poder seguir besando, tengo que ir a ver a mi novia.

Pensé: “¿Y si ibas a un hotel conmigo también te hubieras ido a ver a tu novia después?”, pero dije, como una verdadera boluda:”No, no deja marcas, es brillo. Mirá…” y me pasé un dedo por el labio inferior. Luego, él pasó también los suyos, se los miró y me dijo:

- Si, tenés razón. Vamos.

Y caminamos unos pasos sin hablar hasta que de repente sentí un gran empujón de costado. Para cuando me di cuenta, el enano maldito me había arrastrado hasta el hueco de la entrada de un edificio y me tenía contra la pared. Había colocado una de sus piernas entre las mías, estaba en puntas de pie haciendo equilibrio para tratar de alcanzar mi altura, aunque sin éxito, y me besaba brutalmente de nuevo. Además, como movía sus manos con mucha rapidez,  no pude evitar que esta vez sí me tocara el culo por debajo del pantalón (nunca nadie me había tocado esa zona por debajo de la ropa antes). Él estaba muy colorado, lo que me hizo suponer  que estaba muy excitado y yo llegué a estarlo también, aunque muy poco…

(continuará)

Zonas liberadas (VI)

Buenos Aires, marzo de 2009.

Después del “Te voy a decir algo, pero no te enojes“, pregunté bastante asustada:

- ¿Qué me vas a decir?

- Que a veces tenés muchos granitos en la cara. Hoy no, pero hay días que sí.

- Si, ya sé, hay días que tengo más que otros- dije,  sin hacer referencia a un hecho ya sabido por mí: que me salían muchos granos en la cara los días que estaba menstruando.

- ¿Y no hacés tratamiento?

- Hice, pero son todos externos, con ácido retinoico. Tengo que hacer un sacrificio bárbaro y nunca me dieron mucho resultado. Ahora salió un medicamento que dicen que es bueno, pero como tiene muchas contraindicaciones mi papá no quiere que lo tome. ¿Te parece que es para tanto igual lo de mis granos?

- Y no sé, algunos días sí. Y otra cosa, tu pelo, cuando no te pasás la planchita…

- Pero hoy lo tengo más o menos bien. Me pasé un poco la planchita a la mañana…

- Hoy sí, pero cuando venís con el pelo recién lavado y desde que te lo cortaste, los chicos te cargan…

-  Si, ya sé que me dicen ombú.

- Eso era antes. Ahora te dicen nutria asustada.

- Ah…- dije con indiferencia.

- Y algo peor también, pero no te lo voy a decir porque es muy grosero.

- No, ahora decime.

- No, Ani, dejalo ahí..

- No, decime. No me dejés así ahora.

- No,  no te voy a decir…

- Si, dale, decime.

- No, Ani, basta, no te voy a decir.

- Bueno, no me digas, igual no sé qué tenés que decir de mi pelo justo vos, que te estás quedando pelado…- dije atacando.

- Es por exceso de testosterona lo mío…

- Si, pero igual no es lindo quedarse pelado.

- Suficiente, Ani, acá el virgen no soy yo.

- Bueno…- dije retraída.

- ¿Ves? Y además tenés esas cosas también. Hablás demasiado a veces

- ¿Yo hablo demasiado?

- Si, a veces decís malas palabras y eso no queda bien. Además, hablás de futbol y das demasiadas opiniones políticas…

- Bueno, yo tengo mis opiniones y me quejo de lo que se queja todo el mundo. No es para tanto…

- De religión y de política es mejor no hablar.

- A mí no me gusta la gente  que nunca dice  lo que piensa. Ya sé que vos sos así, porque nunca opinás de nada, ni sé qué ideas políticas tenés.

- Ni las vas a saber.

- Bueno, a mí esas cosas no me gustan.

- Como prefieras…

Y los dos permanecimos en silencio por unos minutos. Rubén G. miraba hacia un lado y yo, hacia otro.Luego:

-  Además, otra cosa: no podés escuchar a Diana Salazar- dijo Rubén G. en tono de broma - ¿De dónde sacaste eso?

- Canta muy bien Diana Salazar para que sepas- le contesté riéndome-, lo que pasa es que nunca se vendieron sus discos en la Argentina. Además ustedes no tenían por qué revisarme el Ipod.

- Si, eso ya lo sé, pero vos nos habilitás a que te hagamos esas cosas.

Y como ya no quería oír más críticas del enano maldito, dije:

- Bueno, ya es tarde, vamos, tengo que volver a mi casa.

- Si, mejor vamos. A mí se me hizo muy tarde para lo del hotel. No te voy a insistir más…

- Igual sabés que hoy no quiero ir …

- Si, ya sé… ¿Te vas a tomar el tren?

- Si.

- Yo me tomo el subte enfrente de la estación. Vamos juntos.

- Bueno, voy al baño y vuelvo.

(continuará)

Zonas liberadas (V)

Buenos Aires, marzo de 2009.

Después de oír mi “Soy virgen“, Rubén G. se quedó quieto, con los brazos apoyados sobre la mesa, mirando hacia abajo. Noté que se había puesto colorado y empezaba a sonreír. Entonces:

- Te parece muy raro, ¿no?- dije.

- Ani - me dijo el enano maldito mirándome con seriedad -, a vos te van a canonizar - agregó riéndose.

No pude evitar reírme yo también. Luego, insistí:

- ¿Pero te parece muy anormal?

- No es que me parezca anormal, pero lo que sí me parece es que te estás perdiendo una experiencia muy placentera. Hay que solucionarlo a eso. Yo te puedo ayudar.

-Sí, claro, me imagino…

- Obvio…

- ¿A vos te calienta más que yo sea virgen, no?

- La verdad que sí – respondió Rubén G.

Y me dio otro beso todavía más fuerte que todos los anteriores. De nuevo, quiso tocarme el culo por debajo del jean, pero no lo dejé. Entonces me quiso meter una mano por debajo de la remera que llevaba puesta y tampoco lo dejé.

- Vamos ahora, dale, por favor.

- No, G., ahora no.

Me dio otro beso intenso y luego:

- Voy al baño y traigo más cerveza. Esperame.

-Si…

El enano maldito se fue al baño. Yo permanecí sentada, sin todavía captar del todo la realidad de la situación. Hasta estaba un poco contenta, pues que Rubén G. hubiera intuido que yo tenía un secreto significaba que me había prestado bastante atención. Y también me sentía tranquila respecto a mi confesión, pues si el enano maldito hablaba de mi virginidad con alguien de la empresa, se exponía a que su novia se enterara de nuestra cita, porque ella era amiga de nuestro compañero Marcelo F. y de otros empleados de la firma.

Además, como todavía alimentaba la esperanza de que Rubén G. me quisiera, suponía que no me iba a traicionar desparramando mi secreto.

También esperaba que me dijera algo lindo. Pero me quedé con las ganas, pues, cuando él volvió, se sentó en la silla y me dijo:

- ¿Y qué es lo que te pasó? ¿Por qué nunca nada?

- No sé, nunca tuve una relación larga.

- ¿Y por qué?

- No sé, me cuesta empezar una relación. Tampoco se me acercan tantos y a veces se me acercan algunos que no me gustan nada. Lo peor es que ya ni sé por qué…

- Bueno, yo te voy a decir algo pero no te enojes…

(continuará)

Zonas liberadas (IV)

Buenos Aires, marzo de 2009.

Cuando paró de besarme, Rubén G. notó que ya nos habíamos terminado la segunda ronda de cervezas y se levantó a buscar más. Cuando volvió, me besó en la boca de nuevo, aunque un poco más delicadamente. Luego:

- Vamos ahora, dale…

- No.

- ¿Por qué?

- Hoy no puedo, otro día…

- A mí no me molesta que estés indispuesta…- me dijo el enano maldito. No sé por qué pensó así, pues yo no estaba indispuesta.

- No, no es eso. Hoy no…

Y me volvió a besar en la boca, pero esta vez con más intensidad.

- Dale…

- No, olvidate…

A esa altura esperaba oír algo más de él, sobre todo en relación a su novia, al viaje que tenía planeado hacer con ella al día siguiente y a sus sentimientos hacia mí.

- Bueno, contame cuál es tu secreto entonces.

- No, no te voy a decir nada…

- ¿Por qué?

- Porque no creo que te importe…

- Mi interés hacia vos es puramente sexual, Ani, nada más…- me dijo Rubén G. con expresión seria en su rostro.

- Ah…- le dije, sin llegar a captar del todo el significado de sus palabras.

- Bueno, ¿qué hacemos? ¿Vamos hoy, vamos otro día, cuándo vamos?- me preguntó el enano maldito en tren de apurarme.

- ¿Y tu novia?- inquirí con un dejo de inocencia.

- No insistas más con mi novia, Ana- me contestó enojado - No te voy a hablar de ella, dejala tranquila…

- Bueno…

- ¿Y?

- No sé si voy a poder…- otra vez dije algo por la sola razón de no saber qué decir. Estaba mal por la respuesta anterior de él.

- ¿Cuánto hace que no lo hacés?

- No sé – le contesté. Un sinsentido, pero su pregunta me tomó de sorpresa y, por enésima vez, dije algo con el único fin de llenar un silencio.

- ¿Cómo no sabés?

- No te puedo decir…

- ¿Pero vos tenés algún problema con eso? ¿Sos frígida? ¿Ese es tu secreto?

- ¡Noo!!! No… dije y me frené.

- ¿Qué tenés entonces?

- Nada, no tengo nada.

- No te creo. Decime la verdad. Vos tenés algo….dale, decime…

- No.

- Dale, a lo mejor yo te puedo ayudar…

Y lo que más me motivó a decir lo que dije fue el pensar o sentir que Rubén G. me quería, a pesar de que los hechos me estaban demostrando lo contrario. Creo que las ganas que tenía de que él (o alguien) de verdad me quisiera, la cantidad de cerveza que había tomado y la falta de sueño influyeron en mi apreciación de la realidad. Esta sensación, sumada al recuerdo de la conversación de hombres que escuché en la oficina y en la cual el enano maldito había manifestado cierta predilección por las mujeres vírgenes, hicieron que bajara mis defensas mentales y me descuidara. Entonces:

- Me da vergüenza decirte.

- Decímelo al oído si te da vergüenza…

- Soy virgen- le confesé, con mis labios apoyados muy cerca de su oreja y en voz baja.

Más tarde me daría cuenta de que esta vez, paradójicamente, había recurrido a usar a mi virginidad como arma de seducción, esperando de alguna manera “atrapar y/o conmover” a Rubén G. con esta novedad.

Zonas Liberadas (III)

Buenos Aires, marzo de 2009.

Cuando terminó de besarme, Rubén G. se volvió a sentar en su silla. Bebió el resto de cerveza que tenía en su vaso y notó que quedaba poca en el mío. Entonces:

- Voy a pedir más cerveza. ¿Querés otra?- me preguntó el enano maldito.

- Bueno.

Como el mozo no estaba a la vista, Rubén G. prefirió pararse e ir a hacer el pedido a la barra. Volvió con dos chopp  y corrió su silla, para sentarse a mi lado. Sin decirme nada, me dio otro beso todavía más fuerte, sacando su lengua completamente afuera de su boca y lamiéndome la mía, como si estuviera chupando un helado que cae derritiéndose. Como yo no sabía bien qué hacer,  sólo dejé la boca abierta y apoyé mis manos sobre sus hombros. Él, a su vez, me acarició la espalda y luego bajó sus manos con la intención de tocarme el culo por debajo del jean que tenía puesto. Pero como no lo dejé y le moví sus brazos hacia arriba, Rubén G. me dijo:

- ¿Por qué?

- Hay gente…- fue lo que dije, pero en realidad esa no era la causa de mi negativa. La causa era que yo no quería llegar a tanto en esa oportunidad. Y por temor al rechazo de Rubén G. no me animé a plantearlo.

- Vamos a un hotel…

- No - le contesté.

Hago un alto en el relato para enumerar las razones de mi respuesta:

1) Estaba molesta porque Rubén G., al día siguiente, se iba a ir de viaje con la novia.

2) No me gustó su actitud al hablar del viaje abiertamente en la oficina, sabiendo que yo lo escuchaba. 

3) Me enojó mucho el llamado que le hizo a su novia cuando recién se había encontrado conmigo, en la esquina de la Librería “T”.

4) Si bien un poco me había gustado el contacto físico con el enano maldito, no había llegado a excitarme.

5) Aunque me hubiera excitado, no estaba preparada, pues mi depilación era deficiente, ya que no había vuelto a visitar a la depiladora desde la vez en que me había preparado para tener relaciones con Antonio Lombardo. Además tenía puesta una bombacha vieja y medio rota.

6) En ausencia de todas las anteriores,  mi estructura mental no me hubiera permitido aceptar una propuesta sexual tan rápidamente.

Sigo con el diálogo:

- ¿Por qué no querés ir?

- Porque no, es muy rápido para mí…- le dije y noté que Rubén G.  se molestó por mi respuesta - Otro día sí-  agregué para dejarlo contento.

- ¿Por qué es muy pronto para vos?

- Porque sí, no sé. ¿Con tu novia cuánto tardaron en hacerlo?

- No, eso no te lo voy a decir…

-Ah…- dije, pero tendría que haberlo mandado a la mierda en ese momento.

- ¿No estás saliendo con nadie ahora, no?

- No…

-¿Y el viejo ese que te venía a buscar a la empresa?- me preguntó Rubén G., haciendo referencia a Antonio Lombardo.

- No era viejo…

- ¿No era viejo?! Bueh, como quieras, ¿qué pasó con ese?

- Nada, no me enganché…- contesté mintiendo descaradamente.

- ¿Y ahora estás sola?

- Si…

- ¿Por qué?

- Porque sí, qué se yo…

- Yo no sé, a lo mejor es por tu timidez, pero siempre tengo la impresión de que estás escondiendo algo, de que tenés como una especie de secreto…

 - ¿Yo un secreto???!!!- no entendía cómo el enano maldito había sacado esa conclusión acerca de mí.

- Si.

 -Puede ser… - dije, porque en el momento me acordé  de que mi psiquiatra, la Doctora Delia Rincón, una vez me había recomendado “jugar a la misteriosa” para seducir y quise hacer la prueba.

- Bueno, decime.

- No, no te voy a decir.

- Ani, ya sabés que yo soy muy reservado y que de esta salida nadie se va a enterar por mí…

- Si, eso ya lo sé. Además en la empresa hay gente que conoce a tu novia…

- Con más razón…

- Pero igual no te voy a decir…

- Bueno, está bien,  no me digas, pero dame otro beso ya…

Y Rubén G. me volvió a besar brutalmente de nuevo, pero esta vez prefirió posar sus manos sobre mis tetas y apretarlas con bastante fuerza.

(continuará)

Zonas liberadas (II)

Buenos Aires, marzo de 2009.

Me acerqué a la esquina de la librería “T”. Rubén G. ya estaba ahí, con el teléfono celular apoyado en una oreja, pero no estaba hablando. Cuando me vio, me dijo: “Vamos“. Yo le pregunté: “¿Adónde?”, y  él me respondió: A un pub irlandés de acá cerca”.

Entonces empezamos a caminar por la calle en silencio. Rubén G. no dejaba de apretar botones en su teléfono, llevándoselo a la oreja y resoplando. Así hicimos una cuadra más o menos, hasta que escuché: “Hola, ¿Maura?”.

No podía creer que el enano maldito llamara a la  novia estando conmigo. Por eso me alejé de él, dejé que la gente nos pasara por el medio y sentí muchas ganas de irme. Tantas ganas que cuando cortó la comunicación le dije: “Yo creo que ya arreglamos las cosas, no necesitamos hablar. No vayamos a tomar nada mejor“. Pero él me contestó: “No, no, Ani, a las cosas no hay que dejarlas así, ahora vamos a hablar” y me señaló la puerta de ingreso al pub.

Entramos y nos sentamos uno frente al otro, en un lugar apartado que él eligió. Miramos la carta y ahí comenzó un diálogo más fluido:

- ¿Qué querés tomar?- me preguntó el enano maldito

- No sé, un café.

- Yo voy a tomar cerveza, ¿no querés?

- Ah, bueno, si tomás vos…

- ¿Cuál querés?- me preguntó mirando la carta.

- No sé, cualquiera.

 - Pero elegí la que quieras, eh…- me dijo haciéndose el “generoso”.

- ¿Vas a pagar vos, G.?

 - Si, hoy voy a pagar todo yo.

- Ah, bueno, entonces la más cara.

- ¿Warsteiner?- me preguntó riéndose.

- Bueno.

Entonces el enano maldito llamó al mozo, le pidió dos chopp Warsteiner y después de un incómodo silencio de unos minutos, siguió la conversación:

- Bueno, Ani, te escucho.

- ¿Qué ?? No sé…-  dije, porque las palabras del enano maldito me habían descolocado.

- No sé yo tampoco, decime vos…

- Yo no tengo nada para decirte…

- ¿Pero seguís enojada? Porque a mí me sorprendió tu reacción, no fue para tanto lo que te dije…

- Bueno, por ahí no fue para tanto, pero dicho así en público…

-
Si siempre nos cargamos en público. Yo me tuve que comer unas cuantas tuyas también…

- Si, ya sé, a veces te gasto mucho..

- ¿Y por qué me gastás tanto? – me preguntó increpándome.- Digo, ¿por qué crees vos que me gastás tanto a mí?

En ese momento llegó el mozo con las cervezas. Rubén G. se tomó medio vaso de un sorbo. Me pareció que estaba algo nervioso.

- Y no sé, qué se yo…- contesté.

- A mí me parece, Ani, que a vos te está pasando algo conmigo.

- ¿A mí??!!! No, a mí no me pasa nada con vos…

Rubén G. seguía tomando la cerveza rápido, con mucha ansiedad. A esa altura, yo también empecé a tomar casi a la par de él. Y así sería durante el resto de nuestra estadía en el pub.

 - ¿Estás segura? Vamos, Ani, no mientas, que nos conocemos y ya nos dimos unos besos…

- A vos te pasará algo conmigo, nene.

 - Si, si, a mí sí me pasa algo, lo reconozco: me encanta el culo que tenés. Es lo que más me gusta de vos…

 - ¿Eso es lo que más te gusta de mí?? - dije, por no saber otra vez qué decir.

- Si, definitivamente. Igual tendría que verlo en detalle para evaluarlo mejor…

- Pensé que te gustaban más las tetas- esto lo dije por no pensar antes de hablar.

- Tus tetas también me gustan mucho y de cara venís muy bien también…

- Bueno, gra…

No pude completar la frase ni la palabra porque en ese momento el enano maldito se paró de golpe, se inclinó sobre la mesa, me tomó con sus manos la cara y me dio un beso muy fuerte,  que yo respondí sólo abriendo un poco la boca.

(continuará)

Tengo nuevo blog

Se llama “Que nadie se ofenda” porque eso es lo que espero: que nadie se ofenda. Va con humor.

Como ya se habrán dado cuenta,  en “No me quieren ni para dejarme” suelo cargarme o reírme de mí misma.  Y en “Que nadie se ofenda” cargaré o me reiré de otros y tal vez también de mí, pero desde otro punto de vista.

Les dejo el enlace a mi nueva sucursal:  http://nadieseofenda.blogspot.com.ar/ en donde ya podrán leer el primer post : “Myriam, la profesora de educación física”

Por quejas y reclamos dirigirse a esa nueva sucursal. No serán recibidos en este sitio.

Muchas gracias

Zonas liberadas (I)

Buenos Aires, marzo de 2009.

Llegué a la empresa temprano, la mañana de un jueves, quince minutos antes del horario de ingreso del resto del personal. Estaba muy cansada, pues la noche anterior no había podido dormir bien debido al arrepentimiento que sentía por haberle mandado el mail a Rubén G..

Cuando entré a la oficina me sorprendí, pues el enano maldito había llegado antes que yo y estaba recostado en una silla. Me puse nerviosa, tal vez por estar a solas con él, y no me animé a saludarlo con un beso. Le dije solo un “Hola” de lejos, que él replicó con otro “Hola“, seguido de varias miradas hacia todos los costados, y luego un “Vení, vení, acercate“, que yo hubiera querido contestar con un “¿Y por qué no te levantás y venís vos?“, pero no me animé a hacerlo.

Y por eso terminé al lado del  escritorio de Rubén G., manteniendo este diálogo:

- ¿Hoy salís a las seis?-
me preguntó el enano maldito.

- Si, hoy me toca trabajar de día.

- A mí también.

- Ya veo.

- Escuchame bien – me dijo Rubén G., en voz muy baja y de nuevo mirando hacia todos los costados, para asegurarse de que no hubiera testigos – Te espero a la seis y cuarto en la esquina de la Librería “T”, la que está acá a dos cuadras, así vamos a tomar algo y hablamos. ¿Podés?

- Si, puedo- contesté sin pedir más ruegos.

- Ok, quedamos así entonces.

Rubén G. se volvió a recostar en su silla mirando hacia todos lados. Evidentemente temía que alguien se enterara de nuestra cita clandestina. Y aunque eso me molestó un poco, regresé a mi escritorio sintiéndome mejor (hasta enderecé mi postura), pues el enano maldito estaba demostrando cierto interés al invitarme a salir.

Por eso no pude dejar de hacerme ilusiones especulando con que a la tarde quizás Rubén G. me declarara su amor o algo así. Pero como a la vez me daba miedo que eso pasara, me hice unas preguntas que nunca pude llegar a responderme del todo: ¿Qué decirle a Rubén G. si me ofreciera dejar a su novia? Porque si la dejaba tendría que empezar un noviazgo con él y ya me veía en la quinta de Tío Rico y Famoso presentando a un novio que a duras penas sobrepasaba la altura de mis hombros, una idea que mucho no me cerraba. Entonces, pasé a otra pregunta, más determinante: ¿Quería pasar el resto de mi vida con Rubén G.? Y mi respuesta fue: toda la vida no, pero unos pocos años a lo mejor sí.

Así pasé varias horas del día, tratando de desentrañar mis verdaderos sentimientos hacia el enano maldito. Una pérdida  de energía mental que más tarde me daría cuenta que había sido en vano, precisamente cuando escuché en la oficina esta conversación:

- Che, qué bueno que te hayan dado los francos que te debían todos seguidos- le dijo Marcelo F. a Rubén G..

- Si, cuatro días.

- Tenés un fin de semana más que largo: viernes, sábado, domingo y lunes. ¿Te vas a algún lado?

- Si, a San Pedro, con Maura- (la novia del enano maldito) - pero dos días nada más.

- ¿A San Pedro?? No hay nada en San Pedro, llevala a otro lado, no seas tan rata, gastá un poco más…

- Se hace lo que se puede…

Así fue como me enteré que Rubén G. iba a salir conmigo esa tarde para luego irse de viaje dos días con su novia. El enano maldito ni siquiera se había preocupado por tratar de ocultarme el detalle, lo que me hizo pensar en cancelar  mi cita con él.

Pero por tonta,  por ilusa, y por el deseo inmenso de que al fin me sucediera algo lindo, no pude aceptar la realidad y todavía alimentaba una esperanza de que las cosas no fueran tal cual se me estaban presentando. Por eso, a las seis y cuarto de la tarde, estaba llegando a la esquina de la Librería “T”…

Sin derecho a súplicas

Buenos Aires, marzo de 2009.

Mi mail:

De: Ana Golk

Para: Rubén G.

Asunto: Pelea


G.,

         Me está incomodando la situación. Por favor, mis legajos entregámelos vos directamente, como hacíamos siempre. Yo haré lo mismo con los tuyos.  Si querés después hablamos. (Me arrepiento muchísimo de haber escrito esto)

        Saludos

        Ana Golk

        Analista de riesgo crediticio

        http://www.empresapedorra.com.ar/


Le di un “ENVIAR” y me quedé nerviosa, esperando la respuesta de Rubén G., la que tardó en llegar casi cuatro horas (¡Cuatro horas!!!!! ¡Cuatro horas se tomó el enano maldito para responderme!!!!).


De: Rubén G.

Para: Ana Golk

Asunto: RW Pelea


Ana:

          Ok, te doy tus legajos.

          Hoy no puedo, pero mañana, si querés, hablamos.

          Saludos.

          Rubén G.

          Analista de riesgo crediticio

          http://www.empresapedorra.com.ar/


Estaba bastante angustiada por el tiempo que Rubén G.  había tardado en contestarme y cuando leí su mail me puse peor, pues me di cuenta de que me había hecho ilusiones con él que de ninguna manera estaban avaladas por su proceder, ya que si hubiera estado lo suficientemente interesado en mí, no habría postergado nuestra conversación para el día siguiente. Debería haber sentido la misma o más ansiedad que yo. Por eso no le volví a responder y decidí esperar a que fuera Rubén G. el que se acercara esta vez, pero ya casi no tenía esperanzas de que esto sucediera…

(continuará)

El misterio del hotel “R”

Buenos Aires, marzo de 2009.

Analia Bagayo y yo éramos las únicas mujeres que estábamos en la oficina cuando Ezequiel Z. exhibió con orgullo una tarjeta de descuento de un hotel de alojamiento cuyo nombre empieza con la letra “R”.

Enseguida, todos empezaron a hacer comentarios al respecto:

- ¿Una tarjeta de descuento de “R”?! ¡Qué bueno! Porque está caro “R” ahora- dijo Claudio C.

- Es caro, pero uno lo paga con gusto. Es increíble ese hotel…- siguió Martín N.

- Conozco mejores- dijo Rosita

- No, mejor que “R” no hay nada- agregó Ezequiel Z.

- ¡Qué no! Vos no tenés mundo, nene- contestó Rosita.

- Qué no voy a tener mundo…- replicó Ezequiel Z.

- Perdón, pero yo tengo mucho mundo y te digo que no es lo mismo ponerla en “R” que en otro lado…- agregó Marcelo F.

- Yo la pongo en cualquier lado siempre que puedo. Pero, para ocasiones especiales, no hay como “R”- siguió Claudio C.

- Y antes había una promoción de cinco horas con comida los sábados a la tarde…- dijo Martín N.

- Si, yo iba seguido cuando estaba esa promoción. Ahora la sacaron- comentó Rubén G.

- Claro, si no hay promoción vos no vas más- le dijo Samuel Klein al enano maldito.

- Mi novia vive sola, no necesito ir a un telo- contestó Rubén G.

- No tiene nada que ver eso, G., yo tenía un novio que vivía solo e igualmente una vez por mes íbamos a “R”…- agregó Analia Bagayo.

- “R” es algo que no te podés perder…- dijo Marcelo F.

A esa altura de la conversación, no sólo comenzaba a sentirme mal por el hecho de no conocer un hotel de alojamiento, sino porque también me preguntaba intrigada qué tendría de particular el hotel “R”. Pero estas sensaciones cedieron ante la incomodidad que luego me provocaron algunas miradas de reojo de Rubén G. y otras de Claudio C., quienes, de alguna manera, parecían buscar mi intervención en la charla. Por suerte, un comentario de mi compañero “Rosita” impidió que mi silencio llegara a hacerse muy notorio:

-  ¡Ay, basta con “R”! ¡Yo no los puedo ver! Porque una vez fui con Rodrigo, mi pareja, y me discriminaron. No nos querían dejar entrar. Tuve que hacer un escándalo monumental, hasta los amenacé con llamar a Crónica TV y recién ahí me dieron una habitación – dijo indignado levantándose de la silla. Y salió de la oficina. Entonces:

- ¡Uh!!! ¡El escándalo que debe haber hecho la loca pasiva esta porque la discriminaron!! – dijo Samuel, que siempre usaba pronombres femeninos para referirse a los gays muy amanerados.- Yo fui a “R” un montón de veces y nunca tuve problemas. A esta no la dejaron entrar porque es un puto escandaloso y la Rodrigo, el novio, debe ser una comparsa del Carnaval de Río de Janeiro completa… ¡Dios mío!!!!…¡Por favor!!!!!!!

Como todos se engancharon con Samuel, en cargar e imitar a Rosita, el tema “R” se cerró ahí.

Más tarde, mi jefa, Analia Bagayo, me alcanzó cinco legajos de clientes que le había dado Rubén G. para que me los entregara. Cada uno de estos legajos tenía abrochado un papelito con indicaciones anotadas, pero como la letra resultaba ilegible, me acerqué al escritorio de Analía Bagayo para solicitarle que le informara a Rubén G. que no entendía su letra y que, por lo tanto, no sabía lo que me quería decir. Entonces:

- ¿Por qué no la cortan con la pelea? Mauro y yo estamos cansados de ir y venir con las carpetas de ustedes- me dijo Analía Bagayo resoplando.

- Bueno…- contesté con timidez por no saber qué decir.

Justo pasó cerca Claudio C. y escuchó lo que hablábamos:

- Analia, dejá. Estos dos van a terminar reconciliándose en “R”.

- No digas pavadas, nene- le dije.

- No digo pavadas. Los estoy viendo a Rubén y a vos en “R”, con “Corazón de piedra” de fondo…- insistió Claudio C.

Y como se alejó rápido, no le pude decir nada más.

- ¿Ves lo que pasa?- me dijo Analia Bagayo en voz baja.

- No, ¿qué pasa?

- Que todos están comentando que hay tensión sexual entre ustedes dos. Y como vos sos mujer llevás la peor parte. ¿Me entendés?

- Si, ¿pero por qué no se lo decís a él también?

- Mauro ya se lo dijo. Pero sabes que a G. no se le puede decir nada. Vos sos más dócil. Estos legajos se los devuelvo yo, pero es la última vez que hago de intermediaria entre ustedes.

- Está bien- contesté, después de entender por qué los jefes siempre me elegían a mí para inventariar legajos y no a otro.

Las palabras de Analia Bagayo me hicieron sentir un poco de vergüenza. También me hicieron dar cuenta de que Rubén G. no me iba a volver a dirigir la palabra si yo no tomaba la iniciativa a esos efectos. Y como no me animaba a acercarme a él y directamente hablarle, decidí mandarle un mail…

El himno de la empresa (II)

Buenos Aires, marzo de 2009.

El día después  concurrí a trabajar en el entendimiento de que mis compañeros habrían olvidado el asunto del Ipod y dejarían de cargarme por escuchar la canción “Corazón de piedra”. Pero no fue así.

Como era un día laborable para toda la empresa y escuchar música estaba  prohibido por reglamento interno, mi compañero Claudio C.  puso el tema “Corazón de Piedra” como ring tone en su teléfono celular y se hizo llamar por Ezequiel Z.  cada quince minutos, con el fin de hacerlo sonar y así seguir martirizándome con el asunto.

Por supuesto que esto provocaba la risa de todos, menos de Rubén G., que seguía indiferente a la cuestión y  por ende, a mí.

Pero un comentario de Claudio C. : Mirá que escuchar a Diana Salazar…vos sos muy especial, Ana“, hizo que Rubén G. dejara de lado esa indiferencia y dijera, mirándome seriamente a los ojos: “Si, Ani es una caja de sorpresas“ (menos mal que no sabía de mi blog). Supongo que porque no le pude mantener la mirada ni decirle nada, el proyecto de diálogo concluyó ahí.

Más tarde, Rubén G. se acercó a  una fotocopiadora ubicada justo al lado de mi escritorio, y, mientras hacía fotocopias,  tarareó el estribillo de la canción: “Corazón de piedra, corazón, corazón de piedra…”, lo que me causó mucha gracia (si algo bueno tenía el enano maldito era que me hacía reír ), pero pude contener  la risa y hacerme la indiferente.

Al otro día, de nuevo lo mismo, pero como Rubén G. tenía que hacer muchas fotocopias, se acercó a la máquina cantando “Corazón de Piedra” varias veces. Y una de esas veces me tenté demasiado. Se me escapó una carcajada, que a su vez provocó otra carcajada de él, y  así los dos no reímos unos minutos, aunque sin mirarnos ni hablarnos.

Como luego todos los días, cuando el resto de los empleados se retiraba dejándonos solos en la oficina, a mi compañero Claudio C. se le daba por decir: “Es la hora del himno. Pongamos a Diana Salazar“ y entonces escuchábamos “Corazón de piedra” cantando y moviéndonos lentamente a su ritmo (las “potus” preferían no participar en la ceremonia), Rubén G.  logró aprender la letra completa. Por eso,durante varios días, mientras hacía fotocopias al lado de mi escritorio, me cantó otras partes de la canción: Otra vez cayó la noche, otra vez la madrugada. Y me faltan tus caricias, y me faltan tu miradas, tus abrazos, tu calor, tu cuerpo…corazón de piedra…”, desafinando a propósito.

Y esa era la única forma de acercamiento que Rubén G. había encontrado, porque en lo demás seguía completamente indiferente, al punto de no dirigirse a mí ni por cuestiones de trabajo, pues cuando algún asunto debía resolverlo conmigo, prefería tomar un camino largo y les solicitaba a los jefes que intermediaran entre los dos. Yo también había optado por hacer lo mismo, tal vez porque seguía esperando verlo suplicarme perdón o cualquier otra cosa, pero suplicarme algo al fin.

El himno de la empresa (I)

Buenos Aires, marzo de 2009.

Era domingo. Mis compañeros y yo estábamos solos en la empresa y en la oficina, pues la gente que trabajaba en otras áreas y en escritorios cercanos a mi sector no cumplía tareas los fines de semana.

Mauro L., uno de mis jefes, me había encomendado un quehacer tedioso: inventariar legajos de clientes en una planilla de Excel. Nada más aburrido.

Como la música que mis compañeros estaban escuchando no me gustaba (ni sé qué grupo era), tomé mi Ipod, me puse los auriculares y armé una lista de reproducción aleatoria entre canciones de Sting, Andrés Calamaro y Lucía Méndez (aprecien la variedad de mis gustos musicales).

Trabajé dos horas con los auriculares puestos  hasta que dejé  el Ipod sobre el escritorio y salí de la oficina para tomar un café en el pasillo con Samuel Klein. Atormenté un rato a mi amigo hablándole de Rubén G., de su falta de súplicas suficientes, y le consulté acerca de qué debía hacer con el enano maldito para lograr que me pidiera perdón de rodillas y me volviera a hablar.

-  Sexo oral - me dijo Samuel, y yo regresé a mi puesto de trabajo.

Cuando entré a la oficina, percibí que todos me miraban con cierta expresión risueña en sus rostros. Traté de restarle importancia al asunto, suponiendo que era uno de mis delirios de persecución y nada más.

Me dispuse entonces a seguir haciendo el inventario por Excel y quise colocarme los auriculares de nuevo, pero no los encontré. Tampoco estaba el Ipod sobre el escritorio. Atiné a remover papeles para encontrarlo, pero en ese momento empezó a sonar, por los parlantes que mis compañeros tenían instalados en la oficina, un tema viejísimo y muy meloso de Lucía Méndez llamado “Corazón de Piedra” (el nombre me exime de hacer más descripciones) que era la canción que estaba escuchando antes de salir de la oficina a tomar un café con Samuel Klein. Y ahí me di cuenta de lo que había ocurrido: mis compañeros habían tomado mi Ipod, habían leído en el display “Corazón de piedra by Lucía Méndez“ , luego  habían conectado el aparato  a los altavoces y ahora estaban todos muertos de risa mirándome. No sé si me puse colorada, pero sentí un calor tremendo en mi cara.

Como reproducir todas las cargadas y bromas de las que fui víctima en relación a mis gustos musicales me llevaría más o menos diez post, sólo voy a decir que ese día  mis compañeros escucharon unas treinta veces  el tema “Corazón de Piedra”, hasta cantarlo casi de memoria con movimientos de brazos en alto,  y terminaron poniéndome un nuevo apodo: “Diana Salazar”, por una novela de Lucía Méndez llamada “El extraño retorno de Diana Salazar”.

Pero Rubén G. permaneció ajeno a las cargadas. Siempre estuvo serio, concentrado en su trabajo (cosa que no era muy habitual en él) y no dijo ni una palabra sobre el asunto.

El enano maldito seguía aplicándome una indiferencia que, sin saber bien por qué, me resultaba desoladora.

Suplicame que me gusta (III)

Buenos Aires, marzo de 2009.

El informe de Samuel Klein

- A la vuelta del trabajo viajé en el colectivo con Claudio C. y salió el tema de Rubén G. y vos. ¡No sabés de todo lo que me enteré! - me dijo Samuel Klein por teléfono, luego de que yo le contara lo sucedido con el enano maldito, cuando todos ya se habían ido de la oficina.

- ¿Salió el tema o vos lo sacaste?

- Mmm… es lo mismo, no importa. Y antes de retarme dejame que primero te cuente: resulta que Claudio C. me dijo que está seguro de que Rubén G. está muy caliente con vos porque siempre lo pesca mirándote el culo.

- Que me mira el culo y las tetas ya lo sé. Pero eso no es señal de nada tratándose de él. Acordate de que también le mira el culo a la vieja de contaduría…

- Si, ya sé, es un pajero el enano. Pero no es solamente eso. Claudio C. me dijo que Rubén G. estaba muerto con vos cuando recién entraste a trabajar a la empresa, pero que vos no le diste bola.

- A mí no me gustaba para nada en ese momento. Le tenía aversión casi. Además él no me dijo nada, solamente me quiso dar un beso a la fuerza una vez y delante de todo el mundo. Vos estabas esa noche…

-  Si, estaba, me acuerdo. Pero bueno, te cuento lo más jugoso: Como los chicos piensan que la novia de Rubén G. es muy fea, lo estuvieron indagando para ver por qué sale con semejante bagayo y el enano, al pasar, les contó que la familia de ella está llena de guita, porque tienen una fábrica de puertas y ventanas.

- Si, yo sabía eso. Él me lo contó.

- Bueno, sigo: parece que el enano se quiere casar rápido para heredar todo. Pero resulta que la novia es viva y le dijo que hasta que él no logre juntar cincuenta mil dólares para comprar un departamento, ella no se casa. Y lo está presionando para que se vayan a vivir juntos sin casarse a otro departamento de ella, pero el enano no quiere saber nada. Para Claudio C. él no la quiere ni un poquito a la mina.

- Para mí el enano maldito no quiere a nadie.

- Para mí tampoco, pero a vos igual te gusta…

- No es que me guste…

- ¿No?

- No…

-Bueno, bueno, está bien, no te gusta- me dijo Samuel con sorna- pero igual escuchate esta: Los chicos dicen que Rubén G., para poder acabar cuando se acuesta con la novia, le pregunta por las propiedades que tiene. “¡Decime cuántos departamentos tenés, cuántas plata hay en el banco!… ¡Decime que tenés mucho!” - agregó imitando a Rubén G.- Y cuando la novia le dice “Si, tengo mucho”, Rubén G. grita “Ah, Ah” y llega al orgasmo.

- Bueno, bueno, ¿pero qué es lo jugoso que tenías para decirme? -pregunté después de reírme.

- Que también Claudio C. me dijo que la novia lo tiene muy controlado al enano y lo hace ir a verla todos los días cuando sale de trabajar. Por eso es que no te debe de haber podido llamar de nuevo hoy. Y lo mejor: ¿viste que el enano es muy amigo de Marcelo F.? Resulta que fue Marcelo F. el que le presentó a la novia.

- También sabía eso.

- Pero lo que no sabías era que Marcelo F. le dijo a Claudio C. que se arrepintió de habérsela presentado porque el enano está enamorado de vos, según él.

- ¿Pero eso se lo dijo Rubén G. o es una deducción de Marcelo?

- Tanto no sé, porque justo ahí Claudio C. se bajó del colectivo y no me pudo contar más…

Al otro día

Viajé en el tren a trabajar pensando en las palabras de Samuel, en cuánto podía haber de verdad en el supuesto amor de Rubén G. hacia mí.

Me acordé de que el enano maldito no sólo me miraba el culo y las tetas. También muchas veces lo había sorprendido mirándome a la cara. Por supuesto que en esos encuentros de miradas él siempre había corrido la vista enseguida y yo había hecho lo mismo.

En ese momento me gustó pensar en que Rubén G. podía estar enamorado de mí. Si eso hubiera sido cierto, yo le habría perdonado todo: su mezquindad, su pedantería y sus delirios de persecución, pues, además de todos los defectos enumerados en posts anteriores, el enano maldito tenía la costumbre de cerrar el cajón de su escritorio con llave cada vez que se alejaba dos metros de él.

Recuerdo haber llegado ilusionada a la empresa, deseando ver a Rubén G. suplicarme perdón de nuevo. Pero no fue más que entrar a la oficina y darme cuenta de que lo que esperaba no iba a suceder, pues el enano maldito no se inmutó cuando me vio. Ni siquiera me saludó. Y durante ese día no hizo nada. Sólo se dirigió a mí por cuestiones de trabajo y siempre lo hizo con expresión muy seria y de manera cortante.

Yo entonces hice lo mismo que él y así pasamos varios días…

Suplicame que me gusta (II)

Buenos Aires, marzo de 2009.

Las cosas estaban resultando tal cual las había previsto. Cuando mis compañeros se fueron de la oficina y nos quedamos solos, Rubén G. se acercó y alcanzándome un cuaderno que creyó que me estaba olvidando, tímidamente me dijo:

- Ani, ¿Te pasa algo? ¿Estás enojada?

- Sí, obvio que estoy enojada.

- No es para tanto, che

-  ¿No es para tanto??!! Vos no me podés decir lo que me dijiste y encima delante de todo el mundo… – dije, actuando un enojo mucho mayor del que en realidad tenía.

- Vos empezaste…

- Yo no empecé nada. Por qué no te vas a la mierda…-  (acá fracasé en el intento de emular  a Ernestina T., pues se me escapó una mala palabra)

Y salí de la oficina rápido. Rubén G. me siguió a través del pasillo:

- Ani, pará, pará, no te vayas así. Hablemos un poco.

- No, no tengo nada que hablar con vos.

- No seas así, dale, no te hice nada…

No le contesté y entré en el ascensor. Él atinó a entrar también, pero yo se lo impedí cerrándole la puerta en la cara.

Salí de la empresa nerviosa (no estoy acostumbrada a discutir) y luego me di cuenta de que me estaba creyendo demasiado mi actuación, pues había caminado una cuadra muy rápido, demasiado rápido. Entonces reduje la velocidad de mi marcha, ya que ahora esperaba, tal vez un poco influenciada por tanta telenovela vista, que Rubén G. me persiguiera por la calle rogándome perdón, y para eso, debía darle tiempo a que me alcanzara.

Aunque esto no ocurrió. Le di tiempo pero él no me siguió.

Para cuando llegué a la estación de tren estaba bastante desmoralizada, pues no me habían parecido suficientes las súplicas del enano maldito. Esperaba un despliegue mayor, similar al que todos los hombres habían efectuado con “el potus” días atrás.

Pero mi teléfono celular comenzó a sonar cuando estaba comprando el boleto del tren y me volví a ilusionar. Revolví la cartera buscando el aparato (tenía muchas cosas, muy desordernadas) y cuando por fin logré encontrarlo ya era tarde: había dejado de sonar. Miré el display y, efectivamente, la llamada perdida era de Rubén G.. Viajé en el tren contenta, con el celular en la mano, segura de que él me volvería a llamar, pero no lo hizo.

El teléfono recién sonó de nuevo cuando llegué a mi casa y no era el enano maldito el autor de la llamada, sino Samuel Klein. Había viajado de vuelta a su casa con otro compañero de la oficina y tenía para contarme unos sabrosos chismes sobre Rubén G., su novia y una suposición acerca de los sentimientos de él hacia mí.

(continuará)

Suplicame que me gusta (I)

Buenos Aires, marzo de 2009.

Toda mi vida odié a las personas muy ahorrativas. Tal vez por envidia, dado que yo nunca gané suficiente dinero como para poder ahorrar, o por ser demasiado gastadora y no cuidar lo pocos ingresos de los que dispongo.

No importa la causa, lo cierto es que los ahorradores compulsivos me parecen personas miserables y me causan repulsión.

Mi compañero Rubén G., el enano maldito, era uno de esos tantos miserables que me encontré en la vida y que alimentaron la aversión que les tengo. Nunca ponía los diez pesos que aportábamos para los regalos de cumpleaños de los compañeros de la oficina. No comía productos que hubieran sido comprados en grupo, porque siempre alegaba estar a dieta (no era gordo) para evitar la contribución en dinero correspondiente (si la comida era gratis la devoraba apurado para poder rapiñar una porción más que el resto). Cuando la empresa no proveía el café y había que pagarlo, él no tomaba. Decía que le provocaba acidez. Cuando se volvió gratuito, bebía alrededor de diecisiete tazas por día.

Por supuesto que estas conductas de Rubén G. eran objeto de bromas y cargadas por parte de todos en la oficina. Pero él no acusaba recibo de las mismas. Sólo se reía y persistía en su avaricia.

Lo anterior me sirve de introducción para referir un suceso que aconteció en mi lugar de trabajo, cuando me encontraba casi liberada de mis represiones mentales habituales, a causa de haber tomado minutos antes, en mi hora de descanso, dos cervezas sin comer y en compañía de Samuel Klein.

El hecho en cuestión se produjo cuando mi compañero Claudio C. se quedó sin legajos de clientes para trabajar. La obligación que teníamos en este caso era la de levantar la mano para solicitar más material de labor y eso fue lo que él hizo. Como nuestra jefa, Analía Bagayo, nos pidió a todos que le diéramos a nuestro compañero algunas de las carpetas de clientes de entre las que teníamos pendientes de hacer, Rubén G. se apuró y enseguida dejó sobre el escritorio de Claudio C. diez legajos de los más complicados, que él acostumbraba reservarse para lo último, pues esperaba este tipo de circunstancias para sacárselos de encima mediante el recurso conocido como “le tiro el muerto a otro”. Y esto fue lo que pasó:

- ¡Eh! Dejá de tirarme muertos con olor-  dijo Claudio C. en tono de queja.

- No sé, no los vi antes- contestó Rubén G. con expresión de vaca en su rostro.

- Dale, qué no los vas a ver…-  acotó Samuel Klein.

- ¡Mirá lo que le diste! Qué mala persona sos, Rubén…- dijo Ezequiel Z. mientras observaba los legajos que el enano maldito le había pasado a Claudio C.

- Suficiente-  contestó Rubén G.- Yo soy muy buenito y duermo bien tranquilo.

- Seguro, los miserables duermen bien tranquilos abrazando el plazo fijo que tienen en el Banco- acoté.

- No entiendo a que apuntás, Ani - dijo Rubén G. en tono pedante.

- A eso apunto. A que pasarle los muertos a otro para no hacerlos vos es de miserable, porque la gente que ahorra mucho es más egoísta que el resto y no le importa perjudicar a los demás. - dije y observé que todos los demás me escuchaban con atención. Entonces me entusiasmé con mi discurso – Todos somos egoístas, pero los avaros son más egoístas que la media de la población y la avaricia se extiende a todos los órdenes de la vida, porque vos, G., nunca invitarías a un amigo a tomar un café porque ni vos te lo tomás para no gastar. Y si tenés que ayudar a alguien que está mal, lo vas a hacer siempre y cuando sepas de antemano que esa persona te va a devolver el favor con un plus de interés. Si no, no lo hacés… ¿Y sabés qué? Yo pienso que el espíritu de los miserables se manifiesta hasta en el plano sexual, porque son tan egoístas que deben acabar ellos solos y no les importa la pareja… no van a andar trabajando para otro gratis…

Todos se rieron a carcajadas y yo me arrepentí de lo que había dicho. Sentía que me había extralimitado.

– Suficiente, Ani- dijo Rubén G. en tono de broma, aunque estaba colorado y se reía nervioso, como si se sintiera descubierto- Vos hablás porque tenés ganas de que te haga acabar….

-“Uhhhh”- gritaron todos

- Si, seguro…- contesté burlándome.

Rubén G. iba a decir algo más, pero Analía Bagayo se lo impidió, pues nos exigió que atendiéramos el trabajo y cortáramos la charla. Entonces me acordé de la reacción que Ernestina T.  había tenido cuando le secuestraron a su osito y de cómo la estrategia de hacerse la ofendida le había servido para tener a los hombres a su alrededor, rogándole perdón. Y pensé: “Esta es la mía. Me voy a hacer la enojada con Rubén G. a ver qué pasa”. Igualmente supuse que algo de derecho a disgustarme tenía por el “Vos hablás porque tenés ganas de que te haga acabar dicho en público, aunque en otro momento nunca hubiera demostrado ese disgusto. Pero esta vez me arriesgué. No le hablé más a Rubén G. y puse cara de víctima de una terrible ofensa.

Un rato después me di cuenta de que el plan estaba funcionando a la perfección, pues él comenzó a rondarme buscando conversación con los demás compañeros y tratando de hacerme participar en la charla. Pero yo permanecí inmutable y no dije ni una palabra.

Cuando la jornada llegó a su fin,  noté que el enano maldito me miraba mientras guardaba sus cosas con cierta expresión de culpa en su rostro. Entonces me demoré a propósito juntando las mías con el fin de ver si me esperaba y se acercaba a suplicarme perdón cuando todos los demás se fueran y nos quedáramos en la oficina a solas.

(continuará)

Noticia de un secuestro

Buenos Aires, marzo de 2009.

Me resultaba a veces difícil convivir con el osito de peluche que mi amigo Samuel Klein me había regalado el 14 de febrero. Como soy bastante desordenada, cuando tenía mucho trabajo se me acumulaban muchos papeles en el escritorio y el osito generalmente quedaba arrumbado en el medio de ellos, cuando no se me caía al piso y tenía  que molestarme para recogerlo. Había pensado en llevármelo a mi casa, pero siempre olvidaba hacerlo, pues era un objeto del que me acordaba sólo cuando tenía que moverlo.

Por eso un día noté la ausencia del osito recién cuando vi un sobre extraño sobre el CPU de mi computadora, con mi nombre escrito en letras rojas grandes. Lo abrí y encontré dentro un papel que tenía escrito el siguiente mensaje:

“Tu osito fue secuestrado. Si querés volver a verlo con vida, debés pagar el rescate antes de las 17 hs. siguiendo estas instrucciones:

1) Ir a la panadería.

2) Comprar tres docenas de facturas.

3) Dejar el paquete intacto al lado de la máquina de café del pasillo, asegurándote de que no haya testigos.

4) No avisar a la policía, ni a los medios de prensa.

De lo contrario, tu osito aparecerá asesinado con su cuerpo mutilado por toda clase de torturas.”

Me reí suponiendo cuáles de mis compañeros eran los autores de la broma y luego me olvidé del tema a causa de la gran cantidad de trabajo que tenía.

Pero volví a recordarlo cuando pasadas las 17 hs. regresé a la oficina después de tomar un café afuera de la empresa aprovechando mi hora de descanso y encontré a mi osito ahorcado y colgado de una ventana con una cinta que usábamos para atar legajos de clientes.

Todos nos reímos y el incidente no pasó a mayores, aunque igualmente fui obligada a comprar las tres docenas de facturas.

Como ese día, Ernestina T., “el potus”,  tenía franco y no se enteró del secuestro, mis compañeros repitieron la misma broma con ella dos días después, utilizando uno de sus ositos (el que tenía sobre el monitor de su computadora), pero con resultados muy diferentes a los obtenidos conmigo.

En efecto, “el potus” notó la ausencia de su osito inmediatamente y comenzó a buscarlo con la mirada para luego preguntar por él con cierto dejo de enojo y preocupación en el tono de su voz. Todos le contestamos con un “No sé” dicho entre risas y Ezequiel Z. le hizo notar la presencia de un extraño sobre en su escritorio, el que Ernestina T.  abrió para pasar a leer su contenido muy cuidadosamente, dada la seriedad del asunto.

Esperaba una risa de su parte al darse cuenta de la broma, pero sucedió todo lo contrario, ya que “el Potus” tiró el sobre con gesto de indignación al tacho de basura y dijo: “No es gracioso esto. Ustedes no saben el valor que el osito tiene para mí. Es el primer regalo de mi novio (bastante cornudo, por cierto) ¡Cómo me molesta que toquen las cosas que no son suyas! Luego, salió de la oficina ofuscadísima.

Creía que mis compañeros no se preocuparían por esta absurda reacción infantil de Ernestina T.. Sin embargo, todos empezaron a mirarse seriamente preguntándose qué hacer al respecto. Mauro L. , nuestro jefe, decidió encargarse del asunto y salió al pasillo con el osito en sus manos para calmar a nuestra compañera. Pero no lo logró, pues, a los quince minutos, volvió a la oficina con gesto de culpa y amargura, ya que, según nos informara, “el potus” estaba con lágrimas en los ojos, llena de bronca, casi amenazando con abandonar su puesto de trabajo.

Estaba esperanzada en que alguno de mis compañeros fuera lo suficientemente inteligente y se diera cuenta de la exagerada reacción de Ernestina T., tal vez debida a su incipiente pérdida de protagonismo a causa del advenimiento de Potus Reloaded. Pero no fue así, pues, una vez que Mauro L. nos hizo conocer el estado de enojo de Ernestina T., todos los hombres de la oficina fueron saliendo en grupos de a dos al pasillo a tratar de disculparse y calmarla, tarea que llevaron a cabo sin éxito hasta el final de la jornada laboral, mientras yo los miraba preguntándome cómo podían ser tan boludos y no darse cuenta de tamaña actuación por parte de nuestra compañera. Incluso mi amigo Samuel Klein se los dijo directamente: Ernestina se está haciendo la diva, le gusta que le rueguen, va a volver sola, pero ninguno le dio la razón y todavía al otro día dudaban de si vendría o no a trabajar. Por supuesto que vino, un poco actuando de enojada, pero más calmada, y pudo disfrutar todo el día de las atenciones y palabras amables que mis compañeros hombres le supieron brindar en compensación por “el mal momento” que le hicieron pasar.

Y esta fue la historia de cómo, esta vez sin proponérmelo, terminé aprendiendo algo de mi compañera “el potus” que utilizaría para estudiar la reacción de un hombre conmigo pocos días después….

Soltera y virgen al aire libre

Buenos Aires, marzo de 2009.

Como el domingo no tenía que trabajar, había hecho un buen plan para disfrutar el día libre y de paso olvidarme un poco de la desilusión que había sufrido con Carlos V.. El plan consistía en darme una atracón de capítulos de la novela de Lucía Méndez nunca transmitida en la Argentina,  en compañía de mi amiga Carla y de su novio Danilo. Me divertía mucho viendo novelas con ellos, porque comentábamos lo que pasaba y además porque Danilo y Carla hacían parodias de los capítulos que me resultaban muy divertidas.

Pero mi plan se frustró cuando mis padres me anunciaron que debía asistir a un evento familiar el domingo, pues Tío Rico y Famoso nos había invitado a pasar el día en su casa quinta.

No tenía una relación estrecha con mi tío ni con el resto de su familia, la que estaba compuesta por su esposa, a la que voy a llamar Tía Rica y Famosa, y por sus dos hijos: Prima Rica y Famosa y Primito Rico y Famoso

Tío Rico y Famoso era una persona que me resultaba un tanto despreciable. No sólo por haber tenido de amante a Tía Linda durante muchísimos años, sino porque también se la pasaba hablando de la plata que ganaba como cirujano estético, o como vendedor de tetas, según él mismo se definía. Las tetas eran su moneda de cambio. Todo lo medía en éstas. Decía que la quinta le había costado treinta tetas, que el auto valía diez tetas y que con una teta le alcanzaba para pasarse unas buenas vacaciones.

Yo no tenía ganas de ir a esa reunión, por eso el domingo a la mañana recién me levanté de la cama cuando mis padres, después de pedirme en buenos términos que lo hiciera, me lo exigieron a gritos y con palabras no muy cariñosas.

Busqué en mi placard un atuendo adecuado para hacer vida al aire libre. Como el único short que tenía había sufrido hacía poco tiempo un accidente fatal al mancharse con lavandina, no tuve más alternativa que recurrir a un pantalón tipo jogging negro que, si mal no recuerdo, lo había comprado cuando estaba en el colegio secundario. Me lo puse y cuando salí de mi habitación me encontré con mi madre:

-  ¿Así vestida vas a ir??!! ¿No tenés otra cosa? ¿Sos una dejada!!! Después te quejás porque no conseguís novio. ¡Si seguís así ni los perros te van a mirar!

- Bueno, mamá, yo ropa para hacer vida al aire libre no tengo porque siempre estoy encerrada trabajando o estudiando. No jodas…

- O mirando novelas- acotó mi padre mientras nos subíamos al auto.

Recién llegada a la quinta de Tío Rico y Famoso recibí la primera buena noticia del día cuando mi prima de dieciocho años presentó a su novio. “¡Dieciocho años! ¡Dieciocho años y ya presenta a un novio! ¡Y Ana con veintinueve nunca pudo presentar a ninguno!”, fue lo que seguramente pensó mi madre en ese momento.

La segunda buena noticia del día la recibí un rato después, cuando a la quinta llegó un sobrino de Tía Rica y Famosa que tenía la misma edad que yo. Siempre había visto a este chico solo en las reuniones familiares. Al parecer nunca había tenido novia o nunca había mostrado a ninguna. Pero para mí mala suerte, ese día, llegó a la quinta acompañado por una chica a la que presentó como su novia.

- No vale nada la novia. Pero mirá cómo se lo enganchó….- dijo mi madre mirando a la chica.- ¡Vos sos una boluda!

- Mamá, a mí nunca me gustó el tipo ese. Y tampoco a él le gusté yo.

- Bueno, a vos no te gusta Ferni, no te gusta este pibe… al final no te gusta nadie…- se quejó mi padre.

- ¿Y qué tenés para no gustarle?- dijo mi madre al mismo tiempo. ¿Quién se cree que es? Igual si no te sabés arreglar… mirá qué lindo el vestidito de la novia y vos que parecés una crota con ese pantalón de mierda…

Me aparté de mis padres para no tener que contestarles y segundos después Tía Rica y Famosa se me acercó:

- Estoy contenta. Es muy buen chico… – me dijo mirando al novio de mi prima. - ¿Sabés algo? Hace poco los dos vinieron a verme para decirme que pensaban tener relaciones sexuales y preguntarme algunas dudas que tenían. ¿Cómo cambiaron los tiempos, no? ¿Vos les contaste a tus viejos la primera vez que lo hiciste?

- No, no les conté… – contesté tímidamente y mintiendo.

Como ya había tenido demasiadas dosis de felicidad ajena, intenté escaparme de la realidad y me puse a jugar al voley con Primito Rico y Famoso de doce años. Tratando de alcanzar una pelota difícil, volé en el aire y caí sobre una rama que rompió mi pantalón justo en el culo. Gentilmente, Prima Rica y Famosa me prestó uno de sus pantalones de aire libre, el que me quedó demasiado ajustado, muy al estilo mi compañera Matambrito, lo que hizo decaer todavía más mi ánimo.

Más tarde, mientras estábamos comiendo, mi madre se dirigió a mí con disimulo y me dijo: “Los dientes” (para que no me mordiera el labio inferior).  Pero luego siguió mi padre, que nunca supo de disimulos, y a viva voz me espetó: “Tenete derecha y no tomés más vino porque vas a terminar hablando pavadas”.

Sólo quería que pasara algo para poder irme de esa quinta pronto. Y como si mis plegarias hubieran sido escuchadas, al ratito el cielo se nubló y comenzó a llover. Entonces todos los invitados entramos a la casa. Tío Rico y Famoso aprovechó la oportunidad para mostrar los muebles nuevos que había comprado mientras aclaraba: “Éste costó caro: una teta, éste otro, un cuarto y así…”. Mi tío hablaba y Primito Rico y Famoso daba vueltas a mi alrededor mirándome. No sabía lo que pretendía hasta que me dijo en voz muy alta:  “¿Y vos por qué no tenés novio?. Porque ningún tipo me da bola, pendejo de mierda” , pensé, pero tuve que decirle: “Porque no se dio todavía…” . Algunos de los presentes me miraron con expresión de lástima, una lástima que no les pedí, y dijeron el clásico: “Todo llega”. Yo sólo les sonreí, y disimuladamente me alejé un poco del grupo para sentarme en un sillón.

Pero Primito Rico y Famoso no me dejó en paz. Se acercó a mí de nuevo, me miró detenidamente, como observando los detalles de mi cara, y dijo: “Mmm… ya sé por qué no tenés novio. ¡Porque sos muy fea!! Jajaja”. Y nada le contesté porque nada se me ocurrió.

Cuando me subí al auto para emprender el viaje de vuelta, pensaba que mi tortuta se había terminado y que en mi casa me aguardaban unos buenos capítulos de la novela de Lucía que me harían olvidar del día. Pero, aproximadamente a la mitad del viaje,  el auto se descompuso. Según mi padre, el acelerador se había roto. Entonces:

- ¡Ay, este auto de mierda!  ¡Ya te dije que lo tenemos que cambiar! - gritó mi madre.

- Si, pero hay que tener plata para eso- le contestó mi padre.

- Plata, plata, vos no tenés plata porque no querés. Mirá tu hermano, es médico igual que vos y le sobra la guita…

- Es otra especialidad…

- No,  no es otra especialidad, es otra mentalidad. Vos te conformaste con el sueldo de mierda del hospital y no hiciste nunca nada para tener más plata.

- La medicina no es para ganar plata…

Y así siguieron discutiendo hasta que llegó el camión del auxilio. Los tres viajamos apretados en la cabina del conductor, un morocho grandote vestido con ropa engrasada. Yo tuve que sentarme a su lado y soportar que durante todo el trayecto me sonriera mientras me rozaba una teta con uno de sus codos cada vez que hacía un cambio de marcha.  

Cuando llegamos a la puerta de mi casa, el conductor se despidió de mí con un “Chau, princesa”  dándole un beso al aire.  

No fue precisamente la conquista de mi vida, pero al menos sirvió para dejar contenta a mi mamá, pues, después de todo, un hombre me había mirado con deseo. Y no había que arruinar las cosas entrando en detalles de cómo era el hombre en cuestión.

Final del día.

El secreto de su éxito (III)

Buenos Aires, febrero de 2009.

El tiempo junto a Carlos V. pasó rápido. Ni siquiera sentía cansancio por haber estado toda la noche parada cuando noté que las luces del boliche se habían encendido y que ya era de día.

Dejamos de besarnos y nos alejamos un poco el uno del otro  cuando vimos que Belén M. y su novio estaban cerca. La gente se estaba retirando del boliche y Belén M. me pidió que la llevara a su casa en mi auto (el de mis padres en realidad).

Estábamos saliendo del lugar con el resto del grupo de la facultad, cuando Carlos V. me tomó de la cara y me dio un beso dulce y lindo, aprovechando que en ese momento los demás habían quedado de espaldas a nosotros y no nos veían.

Hasta ese instante Carlos V. no me había disgustado pero tampoco me había gustado. Después de este último beso, en cambio, me quedé un poco tonta, un poco perturbada y un poco enamorada de él.

Belén M., su novio, Carlos V. y yo nos despedimos del resto del grupo y caminamos hasta el auto. Esa noche no hubo más acercamientos. Carlos V. no intentó tomarme una mano ni besarme, seguramente debido a la presencia de testigos cercanos.

Subimos al auto. Carlos V. se sentó a mi lado, en el asiento del acompañante, y Belén M. se sentó atrás, junto a su novio. Cuando arranqué el coche sonó un: “Yo necesito saber si quieres ser mi amante…” cantado por Lucía Méndez. Había olvidado retirar el cd del equipo de música del auto. Sintiendo mucho calor en la cara, di un manotazo intentando salvar la situación y cambié de modo cd a modo radio. Entonces se escuchó un:  “Que más da, que más da, que más da, que me llamen el bala perdida…” de José Vélez, proveniente de una radio latina que hacía poco tiempo habíamos descubierto con Carla. Cambié de emisora inmediatamente sintiendo ahora calor en todo el cuerpo y, ante las risas de mis acompañantes que preguntaban: “¿Qué es eso?!!! ¿Qué escuchas?!!!” , sólo se me ocurrió decir que el auto era de mis padres, responsabilizándolos por la música.

Carlos V. fue el primero en bajarse del auto, porque su casa quedaba muy cerca del boliche, a unas diez cuadras. En el trayecto no pronunció palabra. Se despidió de mí sólo con un beso en la mejilla y un “Nos vemos”. Luego llevé a Belén M. y a su novio hasta su casa. En el viaje ellos hablaron de música, dijeron que sólo escuchaban canciones en inglés y nada me preguntaron sobre lo que había pasado con Carlos V. en el boliche.

Yo sólo podía pensar en que él se había despedido sin pedirme el teléfono, algo que podía indicar que no quería nada más conmigo si no fuera porque éramos amigos en facebook y porque él me tenía agregada a su Messenger. Medios de comunicarse conmigo no le faltaban y a mí esperanzas de que lo hiciera tampoco.

Por eso pasé los días posteriores dándole “actualizar” a mi perfil de facebook cada treinta segundos para ver si recibía un mensaje de Carlos V.. Chatear no me gustaba y jamás me conectaba al Messenger, porque siempre había alguien que me molestaba dándome charla cuando yo estaba de lo más entretenida mirando una novela. Pero durante los días que esperé la comunicación de Carlos V. siempre estuve conectada y visible para todos mis contactos. Él, en cambio, siempre apareció en estado “desconectado”.

Al décimo día de espera, mientras estaba mirando la novela de Lucía Méndez nunca transmitida en la Argentina, alguien me habló por Messenger. Ilusionada cerré la ventana de la novela y desilusionada quedé cuando noté que el que me hablaba no era Carlos V. , sino mi jefe, Mauro L. (lindo):

Mauro L. dice:

Hola Cómo tas?

Ana Golk dice:

Bien y vos?

Mauro L.

Te tengo buenas noticias. El domingo no tenés que trabajar. Te cubre “Matambrito”

“¡Qué amabilidad la de Mauro L., avisarme con tanta anticipación y por este medio!¡ Qué buen gesto! Entonces no soy tan insignificante como creía, pensé.

Ana Golk dice:

Gracias por avisarme! Por fin un domingo libre

Mauro L. dice:

Si, por fin

Era la primera vez que mi jefe me hablaba por Messenger. En rigor de verdad, era la primera vez que me hablaba fuera de la oficina, por eso no sabía cómo seguir la conversación.

Mauro L. dice:

Qué estabas haciendo?

Ana Golk dice:

Nada, acá navegando un poco. Y vos?

Mauro L. dice:

Yo ídem. Che, vos que sos mujer y entre ustedes hablan, no sabés qué onda Ernestina T.?

“¡Este hijo de puta me contacta por Messenger para preguntarme por “el potus”!!, ¡Con razón tanta amabilidad!! ¡Sigo siendo insignificante!!” , pensé.

Ana Golk dice:

No sé. Qué onda con qué?

Mauro L. dice:

Con el novio. No sabés si lo cortó?

Ana Golk dice:

La verdad que ni idea. No hablo con ella de esas cosas.

Mauro L. dice:

Y Samuel no sabe?

Ana Golk dice:

Que yo sepa no.

Mauro L. dice:

Pero él siempre sabe todos los chismes de todo el mundo, no te dijo nada?

Ana Golk dice:

No, no me dijo nada.

Y como estaba llena de bronca, le dije que me estaban llamando por teléfono y me desconecté. Era muy tarde ya y no creía que Carlos V. se comunicara conmigo a esa hora.

Pasaron varios días más y de Carlos V. no tuve noticias. Empecé las clases en la facultad y el primer día Belén M. me contó los detalles de cómo se había puesto de novia con uno de nuestros compañeros, el que llevé en el auto la noche de su cumpleaños. Me dijo que él le había mandado un mail  para navidad en donde le declaraba su amor. Belén M. había quedado de lo más conmovida por la belleza de sus palabras y le había dado el sí inmediatamente.

Esa conversación la habilitó a preguntarme sobre Carlos V. Me dijo lo que yo ya sabía: que nos había visto besándonos en el boliche y me preguntó si la relación seguía. Yo le dije que Carlos V. no se había comunicado conmigo después del suceso y ella supuso que tal vez no lo había hecho por timidez.  Por eso me dijo que su novio, que tenía bastante confianza con Carlos V., podría llamarlo para preguntarle si pensaba volver a verme. Acepté el ofrecimiento con la condición de que Carlos V no se enterara de que yo estaba desesperada aguardando alguna señal de su parte.

Pasé dos días sufriendo, esperando que Carlos V. se contactara o que Belén M. me llamara con noticias, pero nada de esto sucedió. Cuando volví a ver a Belén M. en la facultad, ella me habló un rato largo de libros, de ejercicios que no podía resolver, y como nada decía acerca de lo que a mí me preocupaba, la interrumpí y directamente le pregunté:

- ¿Y? ¿Tu novio habló con Carlos V?

- Si, si, habló…

- ¿Y?

- Y nada…

- ¿Nada?!!-  dije mientras mi  cara pedía más aclaraciones.

- Dice que sos una compañera de la facultad.

- ¿Una compañera de la facultad?!! ¿Y eso qué tiene que ver?

- No, no tiene nada que ver. Pero dijo eso, que sos una compañera de la facultad y punto, que no quiere nada más.

Nada más. Carlos V. no quería “nada más” conmigo. Esas palabras sonaron en mi mente durante varios días en los que me sentí terriblemente desdichada. Tal vez por eso, nunca más volví a aplicar la estrategia de “la tocadita”.

El secreto de su éxito (II)

Buenos Aires, febrero de 2009.

Tomaba vino y pensaba:  “Lo toco, no lo toco, lo toco, no lo toco”. Carlos V. estaba sentado a mi izquierda y me hizo un comentario sobre un profesor que habíamos tenido en una materia el año anterior.  A él le había parecido bárbaro el profesor. Yo le di la razón diciendo: “Ay, sí, era muy buen profesor” y toqué con mi mano derecha levemente su brazo. Luego Carlos V. siguió hablando sobre profesores, materias y demás cuestiones universitarias. Yo le daba aprobación a todo lo que él decía y le tocaba su brazo, cada vez con más firmeza y decisión.

No sé si por el volumen elevado de la música del boliche o por mi sordera ocasional, pero había momentos en que no alcanzaba a oír las palabras de Carlos V. y tenía que recurrir a mi clásico “ji ji ji” para sortear el inconveniente , aunque estas veces siempre los acompañaba de tocaditas al brazo de mi compañero.

Terminada la cena, comenzó un show de magia y tuvimos que dejar de hablar. En ese momento observé que  Belén M., la del cumpleaños, estaba abrazando a otro compañero. También pude notar que la relación entre ellos no había empezado esa noche, sino que venía de antes.

Mi compañera era una rubia preciosa, del estilo Michelle Pfeiffer. No sentía envidia de ella porque estaba en otro rango de edad: tenía ocho años menos que yo. O eso me decía a mí misma para no sentirla.

Mientras el show se desarrollaba, Carlos V. se acercó  y me preguntó:

- ¿Tu amiga paraguaya no viene hoy?

- ¿Qué paraguaya? - le contesté haciéndome la boluda.

- La que vino a la fiesta de fin de año…

- Ah, pero no es mi amiga. No la conozco…- dije, sintiendo bronca porque Carlos V. me preguntara por ella.

- Bueno, mejor - dijo él, sonriendo con gesto cómplice, y a mí se me fue la bronca.

Terminado el espectáculo de magia, se levantaron las mesas y empezó el baile. O la hora de mi martirio. Carlos V. me invitó a bailar y yo tuve que ir. Ni las varias copas de vino que había tomado sirvieron para que pudiera desinhibirme y moverme con comodidad al ritmo de la música. Como me había sucedido otras tantas veces, me sentía Robocop bailando. Dura y hasta ridícula.

Los hombres suelen tomar a las mujeres por sus manos, elevar sus brazos e invitarlas a girar sobre sí mismas sin soltarlos. Un paso de baile al que yo llamo “la vueltita” y que jamás pude hacer, pues, no sé por qué extraña tara física o mental,  siempre termino enredada en mis brazos y en los del hombre de turno, que no tiene más alternativa que soltarme, para permitirme salir de la maraña.

Y eso fue lo que pasó esa noche. Carlos V. intentó a hacerme dar “la vueltita” varias veces, pero yo nunca pude completar un giro sin enredarme. Él insistió, pero los sucesivos fracasos lo hicieron desistir de seguir. Por suerte para mí, porque cada vez me ponía más nerviosa y terminaba más enredada todavía.

Carlos V. caminaba mientras bailaba y me alejaba cada vez más del resto de mis compañeros. Una vez que estuvimos lo suficientemente lejos de ellos, Carlos V. se acercó a mí, me sonrió y me dio un piquito. Luego vino un “Ji ji ji” de mi parte y él me propinó un beso intenso, pero en vez de tomarme por la cintura o por la espalda, directamente me agarró del culo. Una mano en cada cachete. Yo se las corrí inmediatamente, pero Carlos V. insistió y me arrimó más a él, haciéndome sentir algo duro en mi ombligo. Seguramente ese “algo duro” era su pene erecto, pero yo no lo quería averiguar.

Entonces me alejé un poco . Le dije: “Vas muy rápido” y  Carlos V. me siguió besando, pero tomándome por la cintura. Recién ahí pude empezar a disfrutar del momento.

Aunque el goce duró hasta que Carlos V. decidió cambiar de lugar y tocarme con bastante fuerza una teta. Otra vez a correrle la mano y a defenderme de su intento de violación.

Así estuvimos el resto de la noche. Él me besaba dulcemente y me acariciaba la cara de a ratos, para luego atacar mi culo o mis pechos y apoyar su pene en mi estómago.

(continuará)

El secreto de su éxito

Buenos Aires, febrero de 2009.

Yo no merecía ser virgen a los veintinueve años. Siempre sola, viendo cómo todos los demás a mi alrededor disfrutaban de una saludable vida sentimental y sexual. Una vida que a mí se me negaba por razones que desconocía.

No le encontraba explicación racional a la cuestión, pues yo no tengo ni tenía ningún defecto físico que pudiera espantar a los hombres. Soy una chica normal, de pelo castaño, ojos negros, que mide un metro sesenta y seis y pesa cincuenta y siete kilos. Los rasgos de mi cara son armónicos y mi cuerpo siempre lució una buena forma.

Que mi problema no es ni era físico quedó demostrado el día que tuve que salir a la calle en compañía de Potus Reloaded.  Como en todas las jornadas laborales, había estado deseando que llegara la hora de descanso para poder salir de la oficina a estar un rato a solas leyendo un libro.  Pero me encontré con Potus Reloaded en la puerta del ascensor y ¡oh casualidad! ella también se dirigía a disfrutar de su hora libre.

Mi psiquiatra, la Doctora Delia Rincón, me había recomendado varias veces que ampliara mi círculo social conociendo gente nueva. Pero a mí  me daba fiaca  hacerlo, pues la mayoría de las personas me resultaban aburridas. Sólo me divertía estando con mi amiga Carla, con su novio Danilo, o con Samuel Klein.

Y ese día no tenía ganas de perder mi preciada hora de descanso charlando con Potus Reloaded, sólo para hacer méritos conmigo misma y conocer gente nueva. Quería estar sola. Por eso le dije a mi compañera que tenía que hacer un trámite y así rehusé su ofrecimiento de tomar algo juntas. Pero, no obstante esto, tuve que caminar dos cuadras a su lado, porque ella “iba para mi mismo lado”.

Fue en ese momento cuando un nuevo mundo se presentó ante mí, pues en las dos cuadras que recorrimos juntas, yo fui la ganadora. A mí los hombres me miraron y me dijeron varios piropos en la calle. En cambio, a Potus Reloaded, nada.

No entendía cómo, entonces, mis compañeros de la oficina la veían atractiva a ella y a mí me trataban como a un camionero.

Por eso decidí tomarme el asunto con seriedad y averiguar el por qué de esta situación,  dedicándome  dos días a observar detenidamente a mi compañera. Y creí  descubrir el secreto de su éxito cuando noté que Potus Reloaded tocaba a los hombres cuando les hablaba. Se paraba al lado de sus escritorios y siempre que alguno le decía algo que le provocaba risa, ella apoyaba sus manos sobre sus hombros. Si estaba sentada, les agarraba un brazo. Cuando Potus Reloaded empezaba la conversación, decía: “Ay, te cuento…” y también les mandaba una mano.

“¡Esa era la clave! ¡Había que tocar a los tipos!!! ¿Por qué no me había dado cuenta antes?!!”, pensaba.

Ahora sólo tenía que probar la validez de la hipótesis toqueteando a algún hombre yo también. Pero como no me animaba a hacer el testeo con lo que tenía más a mano, mis compañeros de la oficina, decidí  aguardar la oportunidad propicia.

Y esa oportunidad llegó cuando mi compañera de la facultad, Belén M., me invitó a festejar su cumpleaños cenando en un boliche de Buenos Aires.

Me puse el vestido, el cinturón y los zapatos que había usado para salir con Mario Villarreal y con Ferni (había que amortizarlos), y entré al boliche dispuesta a encontrar al candidato indicado para probar la teoría.

En el lugar estaban todos mis compañeros de la facultad que, como dije en un post anterior, eran mucho menores que yo, con excepción de uno, Carlos V., que tenía mi edad.

La última vez que había visto a Carlos V. había sido en la fiesta de fin de año, y él esa noche se había ido de mi lado para darse unos besos con una compañera paraguaya que, por suerte, no estaba presente en esta oportunidad.

Me senté a su lado, no a propósito, se dio así, y Carlos V. me informó que ese año cursaría sus materias en un horario diferente del mío, por lo que no lo vería más en la facultad.

“Si no lo iba a ver más, pasar un papelón con él no iba a resultar tan grave”, pensé, y empecé a analizar la posibilidad de hacer el intento con Carlos V., tocándole un brazo cuando me hablara. Pero no estaba muy convencida, pues él me había despreciado la otra vez yéndose con la compañera paraguaya, lo que significaba que no tenía ningún interés en mí. Tal vez hasta siguiera con ella. O quizás, Carlos V.  se había ido con la compañera paraguaya porque yo, por mi timidez, no le había sabido dar buenas luces para que aterrizara en mi pista la noche de la fiesta de fin de año.

Fuera lo que fuera no importaba, pues, después de todo, yo sólo estaba haciendo un experimento. Y este último argumento fue el que convenció a mi dignidad de que olvidara el suceso con la paraguaya e hiciera la prueba del “toqueteo” con Carlos V..

Entonces tomé una primera copita de vino y…

(continuará)

Una solución en cuatro sencillos pasos

Buenos Aires, febrero de 2009.

Por Danilo, el novio de mi amiga Carla.

La próxima vez que Ana Golk conozca a un candidato debe:

1) Usar un buen escote.

2) Acercarle los pechos al galán.

3) Poner voz y cara de tonta.

4) Decir: “Ay, soy virgen, no sé nada de sexo. Me vas a tener que enseñar todo…”

Y problema solucionado. Ningún hombre se va a volver a enojar conmigo por ser virgen.

Yo no sé quererte más (IV)

Generalmente apagaba el celular cuando salía, porque mi padre tenía la costumbre de llamarme varias veces para, entre otras cosas, preguntarme a qué hora iba a volver a mi casa, hacerme las recomendaciones necesarias para evitar asaltos u otros males y de paso quejarse porque no podía dormir hasta que yo llegara. Pero esa noche, tal vez inconscientemente, no apagué el celular, ni le bajé el volumen.

Manejaba el auto, con Ferni sentado en el asiento del acompañante, cuando el teléfono empezó a sonar. Con una mano revolví dentro de la cartera y encontré el aparato rápidamente. Enseguida pude saber que el que estaba llamando era Antonio Lombardo. No lo iba a atender, pero el ofrecimiento de Ferni: “¿Querés que conteste yo?”, me obligó a hacerlo. Por eso presioné la tecla verde y dije: “Hola”

- ¡Hola! Bueno, por lo menos me atendés…

Si…- que fue un casi un “Ti”.

- Porque no entiendo cómo hoy me viste en el tren y no fuiste capaz de saludarme…

- Estoy manejando…

- No me importa que estés manejando- dijo Antonio Lombardo  levantando la voz - ¡Pará el auto!, ¡Ahora me vas a escuchar!. Acá yo soy el único que tiene derecho a estar enojado, porque sos vos la que venías con “regalito”. No sé cómo no te das cuenta de que sos como una nena… – agregó él gritando. Era la segunda persona que me trataba de “nena”.La primera había sido mi psiquiatra, la Doctora Delia Rincón.

- No…- dije, porque no sabía qué decir.

- No podés pretender salir con un tipo grande como yo y ponerlo en ese brete.

- No me parece que sea para tanto…

- ¿No te parece que sea para tanto??!!

- No, y estoy manejando.

- Prendés la mecha y salís corriendo…

 -Voy a cortar, tengo miedo de que me pare la policía…

- Hacé lo que quieras, pero espero que esto te sirva, porque si te seguís manejando así, en la vida te va a ir muy mal…

- Chau

Y corté, sin entender mucho. Quedé un poco ida de la realidad. Le dije a Ferni que era una amiga la que me había llamado, sin brindarle mayores aclaraciones.

No podía concentrarme en nada y por eso permanecí en silencio un rato. Hasta que a Ferni se le dió por empezar a indagar sobre mi Curriculum Vitae sentimental posterior a la relación con él. A falta de recursos mentales para inventar algo, le dije la verdad: que después de él no había habido ningún otro “novio”en mi vida.

Luego, llegamos a la puerta de su casa. Esperaba que él se despidiera y se bajara del auto rápidamente,  pero no fue así, pues Ferni me miró sonriendo y suspiró profundamente, para luego soltar:  “A mí me gustaría decirte algo…”. Yo le contesté: “Bueno, decime”, sin muchas ganas de oír una problabe declaración de amor de su parte. Ferni, que parecía nervioso, se río con un “Ji ji ji” similar al mío y me dijo tímidamente: “No, no, no me animo…” Yo lo miré sin pronunciar palabra y él agregó: “Hoy no, mejor otro día, ji ji ji”. Entonces aproveché la oportunidad de sacármelo de encima y le dije: “Bueno, sí, mejor otro día” . Lo despedí con un beso en la mejilla y  al fin pude terminar de depositarlo en su casa, para quedarme en la soledad del auto, repasando cada una de las palabras de Antonio Lombardo…

Yo no sé quererte más (III)

Ferni seguía hablando acerca de las virtudes del “3 D Max” y yo sólo tragaba todo la comida que tenía a mi alcance. A esa altura ya me había dado cuenta de que Ferni era también lento para comer. Tardaba mucho en cortar la carne, demasiado en llevársela a la boca, y masticaba muy despacio. Tan despacio que mientras lo hacía me indicaba con una mano que lo esperara a que tragara para seguir hablando.

Yo pensaba: “No te hagás problema, que lo que me estás contando no me genera ninguna ansiedad por saber lo que sigue. Comé tranquilo“, pero no podía decírselo.  

Ferni también doblaba la servilleta en dos, muy prolijamente, asegurando la simetría de las dos partes de una manera que me parecía obsesiva. Luego, se la llevaba a los labios y se limpiaba,  muy  delicada y lentamente.

Cuando había terminado de comer todo, absolutamente todo lo que estaba en mi plato, Ferni  no había ingerido ni la cuarta parte del suyo.  Pero yo no iba a pasar más tiempo escuchando descripciones del “3D max”. Quería saber sobre su novia, pero no me animaba a encararlo directamente. Entonces traté de entrar por otro lado y le pregunté a Ferni por qué en ese momento no estaba trabajando.

Él me dijo que tenía entrevistas, pero que no conseguía algo adecuado todavía, ya que quería que lo contrataran como gerente de infraestructura en alguna empresa multinacional de primera línea, porque lo suyo era el diseño de oficinas modernas y lujosas. No otra cosa.

Yo traté de hacerle ver que a lo mejor debía bajar un poco sus exigencias y aceptar un cargo menos importante. Pero Ferni se mantuvo en su postura y me dijo que él, con tantos posgrados hechos, no podía aceptar un cargo de menor jerarquía.

Le pregunté si en estos ocho años en que no nos habíamos visto había trabajado alguna vez y, para mi sorpresa,  me dijo que no, que sólo había hecho algunas consultorías para un empresario amigo de su padre, pero en forma gratuita.

No me gustaba lo que escuchaba, pues yo también había estudiado mucho y sin embargo había aceptado un trabajo que no se correspondía con mi nivel académico, porque para mí era mejor eso a no trabajar. Si bien sabía que la posición económica de la familia de Ferni era bastante buena, mucho mejor que la mía,  y que lo podían mantener sin trabajar, su actitud, soberbia respecto a la cuestión laboral, me molestaba mucho, máxime cuando él no tenía ninguna experiencia previa. Aunque por otro lado, este era un detalla que me venía muy bien para defenestrar a Ferni delante de mi padre, pues su conducta podía ser tachada como la de un vago que buscaba excusas para no trabajar nunca.

Y esta derivación de la conversación hizo que me animara a indagar sobre lo que yo quería:

- ¿Y tu novia no se queja de que no trabajas?

 - No, no se mete en esas cosas. Además ella tampoco trabaja.

- Ah…- dije sorprendida- ¿ Y ella estudió algo?

- Si, es arquitecta también. Nos conocimos en la facultad.

- Ah…

- Pero lo suyo son las casas de country. Usa también  el 3 D Max para hacer sus diseños. Le quedan muy lindos.

- Me imagino. ¿Y ella trabajó alguna vez?

. Si, trabajó bastante tiempo en una constructora, pero la desvincularon hace tres meses. Hoy justo se cumplen tres meses exactos.

- Ah, entonces tienen mucho en común. Te llevás bien con ella, ¿no?

- Más o menos, qué se yo…

- ¿Por qué?

- Porque ahora está medio deprimida y no quiere salir a ningún lado. Viene a mi casa, se queda a  dormir y casi nada más. Si le digo de ir a cenar a veces me acompaña, pero si voy a alguna reunión con más gente no quiere ir.

- ¿Y por qué hace eso?

- No sé. Dice que se aburre…- dijo Ferni con expresión de resignación.

- ¿Y desde cuándo está así? ¿ Desde que perdió el trabajo?

- No, desde antes, desde el 19 de julio del año pasado.

- Ah… – dije, un poco extrañada de que Ferni recordara la fecha exacta.

- ¿Y adónde duerme en tu casa?- pregunté, con la intención secreta de saber si habían tenido relaciones sexuales, porque tratándose de Ferni podía muy bien no haberlas tenido todavía.

- En mi habitación, conmigo. A mis viejos no les molesta que tengamos relaciones en mi casa – me contestó Ferni sonriendo y un poco presumiendo.

- Ah…

- ¿Y adónde vive ella?

- No sé, en zona norte-  dijo Ferni en forma despectiva.

- ¡¿Cómo no sabés bien dónde vive tu novia?!

- No es que no sepa, no me acuerdo el nombre del barrio. Es que no voy mucho a la casa. Ella viene a la mía.

-Bueno, pero no saber dónde vive… ¿no hace mucho que estás con ella ya?

- Si, el 22 de enero cumplimos cinco años. Pero ya te dije, no es que no sepa, es que no me acuerdo el nombre del barrio, nada más.- me dijo Ferni molesto.

-Bueno, perdoname, es que es raro que alguien no sepa el barrio donde vive la novia.

- Si, puede ser que esté mal, qué se yo. Es que ella es la que está más metida en la relación. Yo no tanto…

- Pero alguna vez habrás estado enamorado- indagué, con la intención maliciosa de oír lo contrario.

 - Bueno,  la verdad es que empecé a salir con ella y la pasaba bien. Pero nada más que eso. Ella me presionaba para algo serio pero yo le decía que hasta que no me enamorara no quería tener compromiso.

- Entonces te enamoraste- dije, sintiendo un poco  de celos.

- Si, con el tiempo me enamoré-  contestó Ferni haciendo gesto de  ponerle comillas a la frase con sus manos.- Pero de otra manera. La empecé a conocer, a compartir cosas. Con el tiempo me empecé a encariñar, digamos. Por eso tardé dos años en llevarla a mi casa y presentársela a mis viejos. Tres en ir a su casa…

“Y lo que habrá tardado en cogérsela”,  pensé y seguí escuchando:

- No sé. Nunca tuve un flash con ella. En cambio con vos sí…-  dijo Ferni tímidamente- Lástima que las cosas terminaron como terminaron, ¿no?

Y en ese momento me sentí una hija de puta, pues mi ego ya había logrado escuchar  lo que quería y experimentaba satisfacción. Pero  a la vez mi razón me hacía sentir culpa, pues sabía que Ferni no me iba a gustar ni con todos los arreglos que me había imaginado hacerle. Por eso  fui cortante:

-  Bueno, perdoname, yo sé que terminé las cosas abruptamente, pero la verdad era que no podía seguir. No estaba enamorada.

- A lo mejor yo te presioné mucho, te demostré demasiado y quizá eso te asustó…

- Quizás, no sé… ¿ Y estás viendo alguna novela?-  dije, para cambiar el tema, pues la situación me estaba incomodando. Además, sabía que a Ferni le gustaban las telenovelas también. Era una de las pocas cosas que teníamos en común.

- Si, una colombiana que está bárbara: “Hasta que la plata nos separe”.

- Ah…si…  Leí algo de esa novela, es de dos que se enamoran después de tener un accidente de auto. La tengo en la lista de las que tengo que ver.

- Bueno, entonces no te la cuento. Es muy divertida, cuando puedas mirala. ¿Y vos?, ¿cuál estás viendo ahora?

- Una de Lucia Méndez que le manda a Carla un mexicano por internet. No sé qué le habrá prometido ella a cambio, pero el mexicano es muy cumplidor. Todas las semanas nos sube diez capítulos de la novela a Rapidshare….

Y seguimos hablando de novelas el resto del tiempo que estuvimos en el restaurant. Yo disfruté  de un postre llamado “Infierno de chocolate” y luego atiné a sacar la billetera para pagar una parte de la cuenta. Pero Ferni no aceptó mi ofrecimiento y pagó la factura entera.

Me levanté de la mesa sintiendo culpa por los pensamientos que Ferni me provocaba, pero bien dispuesta a llevarlo en mi auto para depositarlo en su casa lo antes posible.

Yo no sé quererte más (II)

Buenos Aires, febrero de 2009.

Con el auto andando, saludé a Ferni rozando mi mejilla con la suya. Él me miraba contento, con algún dejo de ilusión en sus ojos, y yo sólo podía sentir que estaba transportando un paquete que había que sacarse de encima lo antes posible, depositándolo en su lugar de destino para nunca jamás volver a buscarlo.

Fuimos a un restaurant elegante y caro elegido por él. Ahí me di cuenta de que existen dos clases de angustia que sienten la mayoría de las personas: la angustia que da hambre y la angustia que la quita. Aunque en mi caso particular, la angustia también se puede clasificar en dos tipos más: la que te hace buscar evadirte de la realidad mirando una telenovela mexicana, y la que te saca hasta los deseos de eso.

Nos sentamos a la mesa y a falta de una buena telenovela mexicana a mi disposición, deseaba matar mi angustia con un plato  hipercalórico. Es que durante el día no había comido nada, porque el encuentro de esa mañana con Antonio Lombardo en el tren me había provocado justamente una  angustia que me había quitado el apetito.  Pero Ferni me provocaba la contraria y sentía un hambre atroz. Me moría por comerme una gran milanesa a la napolitana con una buena porción de papas fritas y dos huevos fritos a caballo, seguido de un algún postre empalagoso de tamaño obsceno con mucho chocolate y dulce de leche. Todo regado con abundante vino tinto, si era posible.

Pero el restaurante era muy fino y Ferni eligió comer un lomo a la pimienta con una guarnición de papas a la “un nombre francés muy distinguido que no recuerdo”. Pidió un vino caro también. Entonces no iba a quedar muy bien que yo me despachara solicitando una milanesa con dos huevos fritos y papas fritas. Por eso elegí una comida menos “popular” y más apropiada para una dama, a saber: una suprema de pollo con  papas a la crema.

Recién después de hacerle el pedido al mozo, se fue un poco la timidez que habíamos tenido hasta el momento y empezamos a hablar. Yo recordaba que Ferni era lento en materia sexual, pero esa noche me percaté de que también era lento para hablar, con espacios de tiempo infinitos entre una palabra y otra.

Ferni me dijo, lenta y monótonamente, que estaba cursando su segunda maestría de una especialidad de arquitectura en una universidad muy cara, e inmediatamente se refirió al diseño de un edificio ecológico que estaba realizando, utilizando un programa de computación llamado “3D Max” a esos efectos.

Y empezó a describir con lujo de detalles el programa en cuestión mientras yo sólo pensaba con desesperación: “¿Qué hago acá con este pelotudo de nuevo ??!!!“¡Qué injusta es la vida que en ocho años no puede engancharme a ningún otro y tengo que estar ahora sentada con esta aberración de la naturaleza!!!”, ¡La puta madre que los parió a todos!!!” ,  “¡Y ojalá que mis compañeros de oficina y las potus se mueran pronto!!!!”

- Tiene unos botones bárbaros con los que podés regular las simetrías y la alineación perfectamente- dijo Ferni, o creo que dijo, porque yo estaba muy ocupada tratando de controlar mi ira y siguiendo los pasos del mozo,  para ver si me traía la comida.

- También los efectos de luz son espectaculares, porque podés crear luz solar y artificial de un montón de tipos. Te cuento los que hay…

Y bla bla bla…

Ferni  hablaba y yo no le prestaba atención,  pues mi vista seguía muy ocupada siguiendo al mozo y mi mente estaba tratando de averiguar por qué en el velatorio del padre de Carla Ferni no me había causado tan mala impresión como me la estaba causando ahora. Supuse que tal vez hubiera sido por la emoción del momento. Pero no. No podía ser por eso. Entonces miré los pocos pelos que Ferni tenía en la cabeza y me di cuenta de la falla, pues cuando un hombre joven se queda pelado  debe cortarse el pelo con cortadora eléctrica y no dejarlo crecer más de medio centímetro. Algo básico para no lucir una pelada de viejo de setenta años, como la que lucía Ferni, con pelo cortado a tijera y ya crecido varios centímetros.  En el velatorio tenía el pelo recién cortado y le quedaba mucho mejor. Había que regalarle a Ferni una cortadora eléctrica de cabello y problema solucionado. Un punto a su favor.

-Además no sabés lo que son los árboles que diseña el 3D max. Tiene hasta un botón para modificar la densidad de las hojas,y  fijate que eso es muy importante,  porque hay efectos de luz que se pueden influenciar poniendo un árbol en el diseño…  ¿me disculpas?, tengo ganas de ir al baño, después te sigo contando- me dijo Ferni y se levantó de la mesa.

Yo lo miré ir y pensé: “Diez kilos menos le quedarían mejor, aunque si bajara cinco, aceptaría empezar a negociar”.

Luego, lo vi venir desde el baño y descubrí  también otra cosa. Ferni estaba bien vestido, con ropa buena y de moda, pero lucía mal. Su cintura era más ancha que su espalda, lo que hacía que su cuerpo tuviera la misma  forma del barril en el que dormía el Chavo del Ocho. Además, usaba un pantalón muy corto,  que terminaba casi por encima de sus tobillos y que realzaba todavía más su figura de barrilito. Pero esto también era un problema solucionable: había que decirle a su madre que le cosiera el dobladillo más abajo y listo. Otro punto a su  favor.

Que caminara un poco agachado y encorvado no me iba asustar a mí, que también adoptaba esas posturas.  Hasta podríamos hacer juntos una terapia de mejora postural.

Entonces me entusiasmé un poco más. Sólo un poco más. Y quería escuchar detalles sobre la relación con su novia, con alguna frase que indicara que yo le gustaba más que ella incluida, obviamente. Pero cuando Ferni volvió del baño, llegó la comida y sólo pude  concentrarme en eso.

 Él, cuando apenas se sentó, me dijo:

- Bueno, te sigo contando. Los detalles de las hojas de los árboles también se pueden diseñar con el “3D Max…”

Y yo  lo dejé hablar para devorar la comida tranquila.

(continuará)

Yo no sé quererte más (I)

Buenos Aires, febrero de 2009.

Debía prepararme muy bien para ir a cenar con Ferni, pues él ahora tenía novia y había que dar batalla. No fuera a ser cosa que se cumpliera el colmo de mi vida y hasta Ferni se diera el lujo de despreciar mis encantos.

Como ese día me tocaba hacer un horario extraordinario y empezar a trabajar  a las nueve de la mañana, me levanté casi de madrugada, a las cinco y media para ser más precisa, a efectos de tener tiempo para lavar mi pelo, hacerme brushing y pasarme la planchita.  Con este detalle listo, cuando regresara de trabajar por la tarde, sólo tendría que ponerme  la misma vestimenta que  había usado en la cita con Mario Villarreal y maquillarme. Luego me subiría al auto, que vale la pena la aclaración, no era mío, sino de mis padres, y pasaría a buscar a Ferni por la esquina que habíamos acordado,  a las nueve de la noche.

Tomé el tren esa mañana pensando en que a Ferni lo había visto por última vez hacía poco tiempo en el velatorio del padre de Carla, su prima y mi amiga. Hasta ese momento no había sabido nada de él en casi ocho años, pues los padres de Ferni y los de Carla se habían distanciado muy poco tiempo después de que yo lo dejara, a raíz de un problema relacionado con la herencia de un familiar en común.

El tren estaba atestado de gente, pero yo viajaba sentada y tranquila, sin temor a tener un ataque de pánico, pues había tomado mi dosis diaria de clonazepan.  Lo único que me preocupaba era  que me quedaban pocas pastillas de este medicamento y  ya no tenía psiquiatra que me lo recetara, pues la Doctora Delia Rincón me había dejado plantada, yéndose de vacaciones sin avisarme, y esto no se lo iba a perdonar nunca.

Pero no quise atormentarme con esas cuestiones y me dispuse a disfrutar de un viaje relajado escuchando los “hits” de Lucía Méndez.  Justamente, estaba de lo más entretenida analizando la letra de su canción: “Yo no sé quererte más”,  que en parte reflejaba mis sentimientos hacia Ferni, cuando de golpe se produjo un hecho que merecía ser  adornado con música de suspenso de telenovela mexicana. En efecto, mi vista detectó que Antonio Lombardo  viajaba en el mismo vagón. Estaba parado entre la gente , unos cuantos metros más adelante de donde yo estaba sentada.

Me puse nerviosa, pero sabía que él todavía no me había visto, lo que me daba cierta impunidad para observarlo a mi antojo. Fue entonces cuando noté que Antonio Lombardo hablaba con una mujer, que de a ratos le acomodaba la corbata y le pasaba la mano por una mejilla, como quitándole una mancha. La mujer en cuestión tendría unos cuarenta y cinco años y no era atractiva, pero su trato confianzudo hacia él me hizo suponer la existencia de alguna relación entre ellos.

Pasé todo el viaje mirándolos y no puede notar ningún gesto de Antonio Lombardo hacia la mujer.  Más bien parecía que ella estaba tratando de seducirlo, pero él no acusaba recibo. Y esto no era porque me hubiera visto, pues Antonio Lombardo recién notó mi presencia cuando  llegamos a la estación terminal y el tren comenzó a vaciarse. Cruzamos una mirada de lejos, pero yo, casi por reflejo de timidez, bajé la vista, salí por la puerta más lejana a él, y seguí mi camino sin saludarlo.

Pasé la jornada de trabajo entera pensando en Antonio Lombardo y en esa mujer, aunque sentirme más atractiva que ella me impedía tenerle celos.

Recién pude olvidarme del asunto cuando llegué a la esquina en donde había acordado encontrarme con Ferni.

Él estaba esperándome, encorvado y pelado. Tenía veintinueve años, igual que yo, pero de lejos (y de no tan lejos) aparentaba cincuenta. Al verlo desde mi auto me pareció tan poco atractivo que hasta tuve ganas de acelerar y dejarlo plantado. Pero no podía ser tan mala. Por eso frené el coche. Ferni entonces me vio, se subió, cerró la puerta, y yo…

…yo sólo pisé el acelerador…

¡Llegaron los refuerzos!

Buenos Aires, febrero de 2009.

Mi obsesión por resolver mi problema sentimental y sexual me llevaba a leer todo papel que encontrara referido a esas cuestiones. Le prestaba atención a los resultados de cualquier encuesta del tipo : “¿por cuánto tiempo nos enamoramos hoy en día?”, “¿quién debe llevar el preservativo?”, “¿qué hacer si él tiene mal aliento pero igual te gusta?” y demás. También conocía todos los estudios estadísticos sobre la materia. Por eso sabía que el 70 % de las parejas formadas en la Argentina durante los últimos diez años se habían conocido en ámbitos laborales.

Y como Empresa Pedorra S.A. se estaba expandiendo, necesitando cada vez más empleados,  era muy factible que yo también “expandiera” mi espectro de galanes con ella y pudiera  así estar incluida en ese 70% de afortunados que encontraban al amor de su vida en su lugar de trabajo.

De las nuevas incorporaciones de la empresa dependía entonces gran parte de mi destino sentimental. Por eso esperé con ansias durante varios días la llegada de tres nuevos compañeros a mi oficina…

…hasta que ellos finalmente llegaron y los conocí…

Se los presento:

“Matambrito”: una chica de unos treinta años, con pelo largo enmarañado casi similar al mío, aunque más largo, que se maquillaba mucho y estaba excedida de peso en unos quince kilos aproximadamente. A pesar de este detalle, ella no parecía tener ningún complejo, pues se vestía con ropa hiperestrecha (musculosas de lycra y minifaldas de jean) que provocaban el escape de sus rollitos de grasa entre los ajustes de su vestimenta. De ahí que mis compañeros la llamaran, desde el primer día, “Matambrito”, por la característica ya descripta.

“Rosita” : el único hombre nuevo en la oficina era, lamentablemente, la presencia más femenina del sector. Se vestía con pantalones ajustadísimos de tiro muy bajo que dejaban ver la marca “Dufour” de sus calzoncilllos, y usaba musculosas de colores llamativos los días de mucho calor, o camisas de seda con un brillo que encandilaba, los días más frescos. Estudiaba para graduarse de “Chef”,  pero “internacional”, como varias veces aclaraba mientras revoleaba sus manos.

Mi amigo Samuel Klein, el que siempre se vanagloriaba de ser un gay muy masculino, no tardó en llamarlo ”loca pasiva”. Pero la acotación de Marcelo F., refiriéndose al nuevo compañero como “Rosa de lejos, puto de cerca”, hizo que al fin le quedara “Rosita” como apodo exclusivo.

Potus Reloaded” : una chica de unos veinticinco años, de estatura normal  y muy pero muy delgada, casi desgarbada. De pelo entre rubio y marrón, bastante corto, con ojos marrones y  nariz diminuta (demasiado, probable cirugía).  Se vestía de  manera similar a Ernestina T., “el Potus”, a saber:  con remeras holgadas de colores claritos, jeans sueltos y chatitas. Pero esta nueva compañera le agregaba a su look naif unas hebillitas que decoraban su peinado, seguramente compradas en la sección “kids” de Todo Moda.

Un detalle significativo de su personalidad lo constituyó el hecho de que a los dos días de empezar a trabajar adornó el monitor de su computadora con varias calcomanías de Shrek (no tenía ni tengo nada en contra de Shrek, pero no puedo apreciar cuál es la urgencia de tener sus fotos cerca).

Esta nueva compañera pasaba tan desapercibida que casi ni se la veía. Por eso la catalogué inmediatamente dentro de mi sección “mujeres insignificantes”. Pero esta vez no me agarraron desprevenida, pues sabía muy bien que toda mujer clasificada por mí en esa categoría iba a ser seguramente categorizada por mis compañeros en otra muy distinta, justamente en la sección de “mujeres atractivas”. Y no me equivoqué, ya que los hombres del sector se miraron con complicidad a su ingreso, no tardando en despacharse hablando de su supuesta belleza la primera vez que ella abandonó la oficina para dirigirse al baño.

Como esta  mujer no ameritaba que los hombres de mi sector le crearan un apodo o sobrenombre, “Potus Reloaded” es de mi autoría.

En virtud de lo expuesto, supe en ese momento que si encontraba novio alguna vez, no iba a estar incluida en el  70 % de mujeres que conocía a su pareja en ambientes laborales. Por eso comencé a concentrarme en otra cuestión más importante y presente, como lo era el saber cuál era el apodo que mis compañeros me dedicaban, pues si al primer día de entrar a trabajar “Rosita” y “Matambrito” ya lo tenían, yo debía también de tenerlo seguramente.

Y con ese fin lo encaré a mi amigo Samuel Klein directamente:

- Si a los nuevos de la oficina les pusieron sobrenombres tan rápido, yo uno debo tener. ¡Decímelo ya!

No, no tenés ninguno- me contestó Samuel, con voz y cara de estar mintiendo descaradamente.

- No te creo- insistí.

- No tenés ninguno. Y ya me lo preguntaste veinte veces ¡Dejate de joder! No tenés apodo, sos como “los potus” que tampoco tienen- afirmó mi amigo con falsa seguridad.

- ¡Dale!! No me tomés de pelotuda. Yo tengo uno seguro- dije, y Samuel se sonrió.

-Bueno, te lo digo, pero solamente porque no es tan grave y a lo mejor te sirve saberlo. A vos te dicen “Ombú”.

- ¿Ombú?!! ¿Por qué??-  pregunté desconcertada (a veces tardaba en caer).

- Por tu pelo.

- No entiendo-  dije, tratando de razonar.

- Porque cuando no te pasas la planchita tu cabeza parece la copa de un ombú…

Demasiada plata llevaba invertida en toda clase de cremas antifrizz y en alisantes de cabello como para ganarme ese apodo. Eso era una injustica que me hizo pensar seriamente en demandar a los fabricantes de esos productos.

Pero no podía ocuparme de eso en ese momento, pues antes mi mente me pedía una dosis de dos días seguidos de martirios pensando en que había llegado virgen a los ventinueve años, en que no tenía un trabajo bueno, en que  mis compañeros me decían “Ombú”, en que Mario Villarreal me había depositado “totalmente”, en que Antonio Lombardo me había dejado sin antes intentar desvirgarme, y…

y…

…¡En que ni siquiera Ferni me había llamado!!!!!!

Fue entonces cuando el display de mi celular se iluminó repentinamente y frenó la catarata de pensamientos lacerantes. El inflador de mi autoestima se había activado, pues:

¡Ferni me estaba llamando para invitarme a cenar al otro día!

Y eso, en el estado en el que estaba, había que agradecerlo…

Para leer de abajo hacia arriba

Buenos Aires, febrero de 2009.

Es un mail con historia. Empezar por el número uno.

4)

De: Tía Linda

Para: Ana Golk

Asunto: Rw Rw Rw Agradecimiento

—————————————————————————————————

Ana,

            Me pusiste muy nerviosa con lo de mi supuesto error al interpretar la última frase de Mario Villarreal. Es obvio que el tipo no me va a mandar un mail así si pensara en no verte más o quisiera algo conmigo. Además, yo estoy muy vieja para él. Aparento menos edad de la que tengo, pero no creo que se fuera a acordar de mí después de verte a vos.

             Y esas conclusiones que sacás se deben seguramente a que no tenés idea de cómo tratar a un tipo. Pero no es tu culpa, quedate tranquila. La culpa es de tu madre, que como no sabe nada no te supo enseñar, ya que habiendo sido una mujer muy linda solamente se pudo levantar a tu viejo y justo cuando estaba al borde de entrar en la edad del retiro afectivo.

            Otra cosa y no te enojes: a mí Mario Villarreal no me llevaba al cine a ver “Operación Valquiria” ni muerta. Le hubiera sabido decir “No” de una manera que lo dejara contento. Por ejemplo, haciéndole ver que la iba a pasar mejor charlando conmigo que viendo una película, porque a los hombres hay que saberlos llevar para sacarlos buenos. 

                  Te mando un beso y a ver cuándo venís a que te instruya.

                  Tía Linda

http://www.estoyalpedotodoeldía.com.ar/

3)

De: Ana Golk

Para: Tía Linda

Asunto: Rw Rw Agradecimiento


Tía Linda,

             Me parece que tuviste un error grosero de interpretación del mail de Mario Villarreal, porque el “Espero nos veamos a mi regreso” estaba dirigido a vos, no a mí. Igualmente te agradezco tus buenas intenciones, pero no creo que lo mío con este tipo amerite un encuentro forzado más.

             Saludos.

             Ana Golk

http://www.empresapedorra.com.ar/

2)

De: Tía Linda

Para: Mario Villarreal

CCO (Copia oculta): Ana Golk

Asunto: RW Agradecimiento


Hola Mario:

                      Me alegro de que las cosas hayan salido bien con mi sobrina. Ese era mi presentimiento. Ana es una chica bárbara, la vas a pasar muy bien con ella. Como vos, espero que cuando vuelvas se vean de nuevo y puedan comenzar una linda amistad o algo más, si el destino lo quiere.

                    Un beso grande y buen viaje.

                    Tía Linda

http://www.estoyalpedotodoeldía.com.ar/

1)

De: Mario Villarreal

Para: Tía Linda

Asunto: Agradecimiento


Hola!

        No quería empezar mis vacaciones sin antes enviarte estas líneas. La pasé estupendamente bien con tu sobrina Ana el domingo. Una persona totalmente divina. Se nota lo muy inteligente que es y me hubiera quedado muchas horas hablando con ella, lástima que el lunes tenía que trabajar.

        Espero nos veamos a mi regreso.

         Bye

         Mario Villarreal

Gerente Departamento Compliance Officer

Phone +54 11 4349-XXXX Ext. 11XX

www.empresamultinacionalsupertop.com.ar

Esto no la había escuchado nunca

 

“Aunque una mina no te guste, si salís con ella, una teta le tenés que tocar. Es una cuestión de cortesía…” , (de Danilo, el novio de mi amiga Carla, en referencia a mi cita con Mario Villarreal).

Totalmente depositada (III)

Buenos Aires, febrero de 2009.

Luego de sufrir el episodio de sordera ocasional, Mario Villarreal no volvió a hablarme durante el transcurso de la película. Y yo tampoco lo hice.

Recién en los títulos finales, ya con las luces del cine encendidas, Mario Villarreal se dirigió a mí  de nuevo para preguntarme si la película me había gustado. Entonces decidí ser  honesta y me animé a decirle: “Demasiadas conspiraciones militares que mucho no entendí”, frase que él respondió sólo con un “Totalmente”.

Después salimos del cine y caminamos hacia el estacionamiento del shopping a paso rápido impuesto por él, en absoluto silencio. Llegamos hasta su auto y yo entré al mismo todavía ilusionada con poder revertir la situación en la conversación que supuestamente mantendríamos cuando él me llevara a tomar algo. Pero, una vez en viaje, los hechos y sus palabras me demostrarían que no iba a haber un “tomar algo”:

- No me acostumbro a este auto todavía.-

- ¿No? ¿Hace muy poco que lo tenés?-

- Dos meses - me contestó Mario Villarreal bostezando. Y yo pensé: “¡Otro más que me bosteza!?, ¡La reputa madre que los parió!!”, pero dije:

-¿Estás cansado?-  algo de lo que me arrepiento.

- ¡Totalmente! Menos mal que ya me voy de vacaciones.-

- Ah…, ¿te vas de vacaciones?-  contesté desilusionada. -  ¿Y adónde?-

- Al norte de Brasil, pero diez días nada más. Me voy la semana que viene
- dijo él y bostezó nuevamente.

- No conozco, pero debe ser lindo lugar.-

- Muy lindo, para relajarse totalmente.-

- Me imagino…- agregué, deseando unas vacaciones que nunca serían para mí.

Y así llegamos a la puerta de mi casa. Me despedí de Mario Villarreal con un Chau” y un beso en la mejilla. Él replicó con otro Chau más un Nos vemos“, para inmediatamente terminar de depositarme “totalmente”.

Luego entré a mi casa. Mis padres y mi tía,  que no me esperaban de vuelta tan temprano, me miraron sorprendidos. Yo no pude más que referirles todos los sucesos de la noche con la misma expresión de un jugador de futbol que regresa de un Mundial sin siquiera haber clasificado a la segunda ronda del torneo.

Esperaba algún consuelo de parte de ellos, pero eso era pedir demasiado, pues mi padre empezó diciendo:

- Bueno, no sé por qué tanto problema por ese tipo cuando vos tenías a Ferni, que te quería bien y lo despreciaste-.

- ¿Ferni!??- preguntó mi tía con expresión de asco  en su rostro.

- Sí, Ferni, el único candidato firme que tuvo Ana- le contestó mi padre.

- Pero hace como diez años de Ferni…- replicó Tía Linda.

 Y en ese momento se desató un cuasi diálogo en el que todos los participantes hablaban a la vez y poco se escuchaban entre sí:

-  No le podés desear eso a tu hija- agregó mi tía.

 No, no le puede desear eso a la hija. ¡Un tipo que ni la tocó en ocho meses! ¡Debe ser puto Ferni!-  dijo mi madre.

- Además Ferni ni me llamó, papá - seguí yo.

-  No te llamó porque es tímido, y porque vos lo dejaste, lo humillaste como a un perro. ¡Pobre chico! Vino acá llorando. Trajo dos kilos de masas y todo… -  me contestó mi padre, recordando la vez  en  la que Ferni había venido a mi casa a llorarle a mi mamá, con dos kilos de bombas de crema pastelera, cuando yo recién lo había dejado, hacía ocho años.

- Parece que ese tipo le hubiera echado una maldición a Ana, porque después de él no se pudo enganchar a ninguno- agregó mi madre.

- ¿Y para qué querés que te llame el boludo ese? Además, hace como diez años de Ferni, ¿por qué te tiene que llamar ahora?- me preguntó Tía Linda intrigada.

- Porque me lo encontré en el velatorio del padre de Carla y él me dijo que me iba a llamar- contesté, y me quedé pensado en cuándo Tía Linda había conocido a Ferni, pues no lo recordaba – ¿Cuándo lo conociste a Ferni vos?

- Una vez que te acompañó hasta acá.-

- ¿Ves lo que decís? Lo viste una vez sola y seguro que ni siquiera hablaste con él, ¿cómo podés decir que es un boludo entonces? – le reclamó mi padre a Tía Linda.

- No hacía falta hablar con él. A un boludo así lo distingo a dos cuadras y con niebla-  dijo Tía Linda en forma tajante.

- Igual es mejor Ferni que salir con tipos casados que nunca van a dejar a la mujer por vos-  agregó mi madre, clavándole una “puñalada oral” a Tía Linda.

- Seguí pensando así vos, ¡tarada! Así la educaste a tu hija y así le va en la vida por tu culpa-  le contestó mi tía a su hermana, devolviendo la puñalada, pero a la vez clavándome otra a mí.

- A mí hija la eduqué muy bien. No para que sea una puta…-

- Si, ya veo lo bien que la educaste… para que sea una solterona triste- contestó Tía Linda y  salió de mi casa pegando un portazo.

Luego se hizo el silencio y yo me retiré a mi habitación, angustiada por la cita horrible que había tenido con Mario Villarreal y también por el “solterona triste” que había pronunciado mi tía momentos antes.

Pero no tan angustiada como para desistir  de sentarme frente a la computadora y  ver un capítulo de la novela de Lucía Méndez nunca transmitida en la Argentina, que estaba muy interesante y que de paso me permitía evadirme de la realidad por un rato.

Fue entonces cuando noté que mi situación sentimental paupérrima estaba apenando a mi madre más de lo que yo me imaginaba. En efecto, unos minutos después de que empezara a mirar  la novela de Lucía, escuché a mi padre decir:”¡El vecino!¡El vecino! ¡Vení¡ ¡Vení!”, indicando que el  show de gritos eróticos de la mujer del vecino de al lado había comenzado. Pero mi madre, que hasta ese momento nunca se había perdido el espectáculo, rehusó el ofrecimiento de mi padre encerrándose en su habitación.

Y eso era muy grave.

Tan grave que al  terminar de ver un capítulo de la novela, cuando me dirigía a la cocina de mi casa,  al pasar cerca de la habitación de mis padres oí que mi madre decía llorando:

- Ay, no sé qué pasa con mi hija, que todos las desprecian…-

- Bueno, no es para tanto- le decía mi padre.

- ¡Sí es para tanto! Tiene casi treinta años y es virgen todavía. Es la única de sus amigas que está así… se deben reír de ella…no sé qué pasa si no es una chica fea…-

Yo tampoco sabía qué pasaba. Lo único que sabía era que no quería seguir escuchando a mi madre llorar por mí. Tal vez por eso ya no pude ver otro capítulo de la novela de Lucía y me fui a dormir, llorando yo también.