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Otra vez depositada

Buenos Aires, enero de 2009.

Dos días habían transcurrido sin tener novedades de Antonio Lombardo desde la noche en que me había depositado en mi casa, luego de confesarle que era virgen.  Evidentemente, algo no estaba funcionando bien, pues hasta ese momento él me había llamado todos los días, desde nuestra primera cita.

Pasé esos dos días mirando el celular, hasta que me decidí a cortar el silencio llamándolo yo. No podía dejar de sentirme una arrastrada por eso, porque mi razón entendía muy bien que la ausencia de sus llamadas no era más que una prueba de su desinterés.

Aunque otra parte de mí no acusaba recibo de esas cuestiones y justificaba la actitud del hombre sosteniendo que tal vez  estuviera enojado conmigo, pues se había dado cuenta de que le había mentido acerca de mi curriculum vitae sentimental.

Y esa parte fue la que ganó, impulsándome a llamarlo.

Antonio Lombardo me atendió con tranquilidad, como si nada hubiera pasado. Y para mi sorpresa también me invitó a salir esa noche, aprovechando que mi jornada laboral finalizaba ese día a las diecinueve horas.

Como no tenía puesta ropa interior adecuada, en la hora de descanso del trabajo compré apurada otro conjunto de ropa íntima y me cambié en el baño de la empresa.

Él me pasó a buscar a la salida, me saludó con un pico (ya no me importó que algunos compañeros me vieran) y me subió a su auto. Una vez adentro, me comentó que íbamos a  ir a cenar a la casa de su socio, que vivía en un country en las afueras de Buenos Aires.

Entonces me desilusioné por un lado, pues  si Antonio Lombardo me llevaba a comer a la casa de su socio, era porque no tenía pensado mantener relaciones sexuales  esa noche. Pero me ilusioné por el otro, ya que si me presentaba a su socio, significaba que no planeaba terminar conmigo. Más bien, demostraba cierto compromiso de su parte.

Tal vez por eso no me importó que Antonio Lombardo me hablara muy poco durante el viaje y que  las veces que lo hiciera fuera sólo para  referirse a su cliente del fideicomiso. Veía o quería ver sólo el costado bueno de las cosas. Después de todo, él me iba a presentar a su socio, que además era su gran amigo, y a su esposa, lo que no era poco. Mis conjuntos nuevos de ropa interior se iban a amortizar muy pronto, sin duda.

Es que todavía no sabía lo que me esperaba.

Apenas entramos a la casa del socio, Antonio Lombardo me presentó a éste y a su mujer con un simple “Ella es Ana” y enseguida me di cuenta de que en esa casa no me esperaban, pues había sólo tres platos puestos en la mesa.

Nos sentamos a cenar luego de que la mujer agregara un plato más. Empezamos a comer y yo al mismo tiempo empecé a sentirme ignorada. Tanto el socio, como su esposa y Antonio Lombardo, hablaban entre ellos,  sin mirarme y sin invitarme a participar en la conversación.

El primer tema que trataron fue el famoso fideicomiso. Luego le siguió una conversación sobre el hijo del socio y la carrera de administración de empresas que estaba estudiando. A esa altura, ya no sabía si eran ellos los que no me estaban tomando en cuenta o si era mi timidez la culpable de la situación. Por eso, al ver la oportunidad, dije, para entrar en la charla: ”Yo también estudio administración de empresas”. Y ahí supe que no era mi timidez la responsable, pues tanto el socio como su esposa, me contestaron con un “Ah” indiferente y siguieron describiendo las virtudes de su hijo, sin volver a mirarme.

Sólo se dirigieron a mí para preguntarme si quería más vino o postre, aunque llamándome siempre  Karina, Sofía y hasta Evangelina, lo que me hizo sospechar que Antonio Lombardo nunca les había hablado de mí antes.

Traté de disimular mi incomodidad un rato, pero creo que ésta se hizo manifiesta cuando la mujer del socio comenzó a recordar las últimas vacaciones fantásticas que habían pasado con la esposa fallecida de Antonio Lombardo.

Hablaban sobre lo mucho que la extrañaban y lo buena que era, cuando Antonio Lombardo me miró y  tal vez, por darse cuenta de mi fastidio, me tomó una mano y la empezó a acariciar.

Como una muestra más de lo boluda que podía llegar a ser, en mi interior se borró todo lo malo de esa noche y surgió una ilusión respecto de lo que vendría después de la cena. “Si Antonio Lombardo me acariciaba la mano, sin duda era porque luego iba a pasar a más conmigo, pensé, sin atender a ninguna regla de inferencia lógica válida.

Entonces me subí contenta a su auto para emprender el viaje de vuelta. Esperaba  más caricias y también, por qué no,  una parada en el medio, para tener nuestra primera vez.

Pero lo que vino después no fueron más caricias, pues Antonio Lombardo prefirió hablar en forma fría de mi situación laboral. Me dijo que no podía seguir trabajando en la empresa como analista de riesgo, ya que tenía una formación muy superior a las tareas que realizaba allí y se ofreció a conseguirme otro empleo.  Yo se lo agradecí, y un rato después, previo piquito de despedida muy veloz,  ya estaba depositada en mi casa. Pura y casta otra vez.

Pura y casta fui depositada

Buenos Aires, enero de 2009.

Sabía que era la salida “D”, la definitoria. Estaba bien preparada. Había hecho la ingrata y vejatoria visita a la depiladora y comprado un conjunto de ropa interior adecuado. No con mucho encaje ni adornos. No me gustaban. Prefería lo sencillo, aunque elegante a la vez.

Antonio Lombardo me llevó a un bar cerca del río. Como era ya muy tarde, apenas si pudimos tomar algo. El mozo prácticamente nos echó porque el local estaba por cerrar.

Y de vuelta al auto, en la soledad del lugar, Antonio Lombardo se me tiró encima con bastante apasionamiento. Yo no me quedé atrás. Realmente me dieron ganas. Pero Antonio Lombardo evidentemente no quería usar el auto como escenario para el acto y yo tampoco. Por eso se frenó, supongo, y me dijo: “Quiero que hagamos el amor”. Siendo una consumidora compulsiva de telenovelas y teniendo en mi Ipod sesenta canciones de Lucía Méndez, no tengo derecho a decir que hubiera preferido un: “¿Te parece que vayamos a un hotel?” o cualquier otra frase en lugar de la tan melosa y grasa “hacer el amor”, pero lo digo. No me gustó la frase que Antonio Lombardo eligió. No obstante ello, respondí, nerviosa, con mi clásico “Ji Ji Ji“, seguido de un “YO (a muy bajo volumen) TAM (más bajo el volumen) BIÉN (ya inaudible). De todas maneras, Antonio Lombardo me entendió, pues me sonrío y le dió arranque al auto. Y a mí me dió el arranque de ansiedad, por lo que antes de que diera marcha atrás, me apresuré a decirle casi temblando: “Pero a mí me gustaría que supieras algo antes…”. Él me dió un beso y luego me pregunto qué era lo que tenía que saber. Con mi voz entercortada dije: “Que…que…yo soy… no estuve con nadie antes…” . Como la mirada de Antonio Lombardo solicitaba más aclaraciones, agregué: “Soy virgen“. Y luego me quedé ciega y sorda por algún momento, porque jamás recordé la cara de él. Creo que reaccioné recién cuando me preguntó sobre la relación con Ferni, porque no entendía cómo en los supuestos tres años que habíamos estado de novios (esa es la mentira que le había dicho la segunda vez que salimos) no me había tocado. Como me pareció demasiado mentir afirmado que Ferni era evangelista o algo así, opté por decirle que era “raro” (algo cercano a la verdad, en definitiva), sin pensar que el adjetivo “raro” se podía interpretar como “puto”, que es lo que finalmente Antonio Lombardo entendió y yo preferí no aclarar, por temor a terminar de hundirme.

Pasado el trance, el auto empezó a andar. Por unas cuadras miré, a través de la ventanilla, las calles, las casas y la vida,y ya no me sentía virgen. Había pasado al otro bando, al de las mujeres normales.

Supuse que Antonio Lombardo no iba a llevarme a su casa, dado que vivía con su hijo. Entonces me imaginé cómo sería un hotel de alojamiento, pensando en cuál elegiría para la ocasión y también en cómo decirle que se cuidara él. Pero Antonio Lombardo no me hablaba y yo no me animaba a tomar la iniciativa rompiendo el silencio. Pasamos una avenida, luego cruzamos otra. “¡Dios, tantos hoteles en el mundo y este justo me va a llevar a uno cerca de mi casa!” Vimos un edificio en construcción. Antonio Lombardo lo miró y me dijo:

- ¿Ves ese edificio que están haciendo? Es de un cliente mío. Tuve que hacerle un contrato de fideicomiso muy complicado…no tengo experiencia en eso. Espero que me haya salido bien , porque la inversión es de más de un millón de dólares…se lo dije al cliente… que nunca había visto un fideicomiso en mi vida. Pero como me tiene confianza… ya son muchos años de relación, prefirió que se lo hiciera igual. Entonces me hice un curso rápido, de un mes, en la facultad de derecho… fue muy teórico, pero me sirvió…-

Y ya estábamos en la puerta de mi casa.

Sobre las mujeres vírgenes

Por mis compañeros de la oficina.

Generalmente, cuando el Potus y Analía G. o Analía Bagayo (como solían llamarla los hombres) no estaban, los chicos de la oficina se sentían  libres de hablar sin tapujos de cualquier cosa. Total estaban conmigo solamente. Era “uno más” del grupo para ellos.

Así es como, ese día de enero de 2009, luego de que Gastón G. abriera sin querer queriendo el cajón del escritorio de Analía Bagayo, y encontrara una caja vacía de anticonceptivos dentro, empezaron los comentarios varoniles y despectivos hacia ella: “Hay que odiar mucho a la p… para darle a esta“, “¿Quién será el desesperado?“, “Los anticonceptivos los debe usar para combatir el acné, nada más”. Todo dicho delante de Martín N., el lindo, que permaneció callado, pero  se puso rojo. Es que mis compañeros no sabían que Analía G. mantenía encuentros sexuales esporádicos con Martín N. Esa era información confidencial que solamente Samuel Klein y yo manejábamos.

Por eso se despacharon a gusto tranquilos, criticando y hasta exagerando la fealdad de Analía G..

Y estaban de cargada en cargada, cuando Marcelo F. afirmó: “Hay minas que merecerían morir vírgenes”.  Entonces presté atención y escuché lo siguiente:

-Ahora no queda ni una virgen.Después de los 21, olvidate. Las feas se van con taxi boys- afirmó Rubén G., con plena seguridad, como siempre que daba una opinión de algo.

- Yo hice debutar a varias feas cuando tenía 20. En mi barrio se había corrido la bola de que era cariñoso con los bagayitos y por eso me venían todas a pedir el favor- dijo Claudio C.

  – Yo no sé a cuántas hice debutar. Tengo que consultar en mi cuaderno- dijo Ezequiel Z., haciendo referencia a un cuaderno que ya había nombrado otras veces, en el que supuestamente anotaba el nombre de cada mujer con la que se  había acostado, las veces que lo había hecho  y lo que había hecho con cada una. Incluía a su novia.

- Mi novia era virgen. Fue la única virgen que agarré- siguió Mauro L.

 – Mi ex también era virgen- contó Rubén G., en alusión a una novia con la que había estado ocho años.

- Yo hice debutar a mi primera novia a los 16. Después nunca más encontré otra virgen- aportó Marcelo F.

A esa altura, mi amigo Samuel Klein, que sabía que yo era virgen, mirándome con cierta complicidad, preguntó:

- ¿Y es mejor estar con una virgen que con una que no es?-

  Por supuesto, es mucho mejor. A mí me gusta más…- contestó Rubén G., riéndose, como respondiendo a algo muy obvio.

Y entró el Gerente interrumpiendo intespestivamente la conversación, dejándome con muchas ganas de oír más opiniones al respecto.

Aunque lo que había oído  era suficiente para sentir que debía decirle a  Antonio Lombardo la verdad sobre mi estado virginal en forma previa a mantener una relación sexual con él.