Archivo de la etiqueta: el hombre de al lado

Otra vez depositada

Buenos Aires, enero de 2009.

Dos días habían transcurrido sin tener novedades de Antonio Lombardo desde la noche en que me había depositado en mi casa, luego de confesarle que era virgen.  Evidentemente, algo no estaba funcionando bien, pues hasta ese momento él me había llamado todos los días, desde nuestra primera cita.

Pasé esos dos días mirando el celular, hasta que me decidí a cortar el silencio llamándolo yo. No podía dejar de sentirme una arrastrada por eso, porque mi razón entendía muy bien que la ausencia de sus llamadas no era más que una prueba de su desinterés.

Aunque otra parte de mí no acusaba recibo de esas cuestiones y justificaba la actitud del hombre sosteniendo que tal vez  estuviera enojado conmigo, pues se había dado cuenta de que le había mentido acerca de mi curriculum vitae sentimental.

Y esa parte fue la que ganó, impulsándome a llamarlo.

Antonio Lombardo me atendió con tranquilidad, como si nada hubiera pasado. Y para mi sorpresa también me invitó a salir esa noche, aprovechando que mi jornada laboral finalizaba ese día a las diecinueve horas.

Como no tenía puesta ropa interior adecuada, en la hora de descanso del trabajo compré apurada otro conjunto de ropa íntima y me cambié en el baño de la empresa.

Él me pasó a buscar a la salida, me saludó con un pico (ya no me importó que algunos compañeros me vieran) y me subió a su auto. Una vez adentro, me comentó que íbamos a  ir a cenar a la casa de su socio, que vivía en un country en las afueras de Buenos Aires.

Entonces me desilusioné por un lado, pues  si Antonio Lombardo me llevaba a comer a la casa de su socio, era porque no tenía pensado mantener relaciones sexuales  esa noche. Pero me ilusioné por el otro, ya que si me presentaba a su socio, significaba que no planeaba terminar conmigo. Más bien, demostraba cierto compromiso de su parte.

Tal vez por eso no me importó que Antonio Lombardo me hablara muy poco durante el viaje y que  las veces que lo hiciera fuera sólo para  referirse a su cliente del fideicomiso. Veía o quería ver sólo el costado bueno de las cosas. Después de todo, él me iba a presentar a su socio, que además era su gran amigo, y a su esposa, lo que no era poco. Mis conjuntos nuevos de ropa interior se iban a amortizar muy pronto, sin duda.

Es que todavía no sabía lo que me esperaba.

Apenas entramos a la casa del socio, Antonio Lombardo me presentó a éste y a su mujer con un simple “Ella es Ana” y enseguida me di cuenta de que en esa casa no me esperaban, pues había sólo tres platos puestos en la mesa.

Nos sentamos a cenar luego de que la mujer agregara un plato más. Empezamos a comer y yo al mismo tiempo empecé a sentirme ignorada. Tanto el socio, como su esposa y Antonio Lombardo, hablaban entre ellos,  sin mirarme y sin invitarme a participar en la conversación.

El primer tema que trataron fue el famoso fideicomiso. Luego le siguió una conversación sobre el hijo del socio y la carrera de administración de empresas que estaba estudiando. A esa altura, ya no sabía si eran ellos los que no me estaban tomando en cuenta o si era mi timidez la culpable de la situación. Por eso, al ver la oportunidad, dije, para entrar en la charla: ”Yo también estudio administración de empresas”. Y ahí supe que no era mi timidez la responsable, pues tanto el socio como su esposa, me contestaron con un “Ah” indiferente y siguieron describiendo las virtudes de su hijo, sin volver a mirarme.

Sólo se dirigieron a mí para preguntarme si quería más vino o postre, aunque llamándome siempre  Karina, Sofía y hasta Evangelina, lo que me hizo sospechar que Antonio Lombardo nunca les había hablado de mí antes.

Traté de disimular mi incomodidad un rato, pero creo que ésta se hizo manifiesta cuando la mujer del socio comenzó a recordar las últimas vacaciones fantásticas que habían pasado con la esposa fallecida de Antonio Lombardo.

Hablaban sobre lo mucho que la extrañaban y lo buena que era, cuando Antonio Lombardo me miró y  tal vez, por darse cuenta de mi fastidio, me tomó una mano y la empezó a acariciar.

Como una muestra más de lo boluda que podía llegar a ser, en mi interior se borró todo lo malo de esa noche y surgió una ilusión respecto de lo que vendría después de la cena. “Si Antonio Lombardo me acariciaba la mano, sin duda era porque luego iba a pasar a más conmigo, pensé, sin atender a ninguna regla de inferencia lógica válida.

Entonces me subí contenta a su auto para emprender el viaje de vuelta. Esperaba  más caricias y también, por qué no,  una parada en el medio, para tener nuestra primera vez.

Pero lo que vino después no fueron más caricias, pues Antonio Lombardo prefirió hablar en forma fría de mi situación laboral. Me dijo que no podía seguir trabajando en la empresa como analista de riesgo, ya que tenía una formación muy superior a las tareas que realizaba allí y se ofreció a conseguirme otro empleo.  Yo se lo agradecí, y un rato después, previo piquito de despedida muy veloz,  ya estaba depositada en mi casa. Pura y casta otra vez.

Pura y casta fui depositada

Buenos Aires, enero de 2009.

Sabía que era la salida “D”, la definitoria. Estaba bien preparada. Había hecho la ingrata y vejatoria visita a la depiladora y comprado un conjunto de ropa interior adecuado. No con mucho encaje ni adornos. No me gustaban. Prefería lo sencillo, aunque elegante a la vez.

Antonio Lombardo me llevó a un bar cerca del río. Como era ya muy tarde, apenas si pudimos tomar algo. El mozo prácticamente nos echó porque el local estaba por cerrar.

Y de vuelta al auto, en la soledad del lugar, Antonio Lombardo se me tiró encima con bastante apasionamiento. Yo no me quedé atrás. Realmente me dieron ganas. Pero Antonio Lombardo evidentemente no quería usar el auto como escenario para el acto y yo tampoco. Por eso se frenó, supongo, y me dijo: “Quiero que hagamos el amor”. Siendo una consumidora compulsiva de telenovelas y teniendo en mi Ipod sesenta canciones de Lucía Méndez, no tengo derecho a decir que hubiera preferido un: “¿Te parece que vayamos a un hotel?” o cualquier otra frase en lugar de la tan melosa y grasa “hacer el amor”, pero lo digo. No me gustó la frase que Antonio Lombardo eligió. No obstante ello, respondí, nerviosa, con mi clásico “Ji Ji Ji“, seguido de un “YO (a muy bajo volumen) TAM (más bajo el volumen) BIÉN (ya inaudible). De todas maneras, Antonio Lombardo me entendió, pues me sonrío y le dió arranque al auto. Y a mí me dió el arranque de ansiedad, por lo que antes de que diera marcha atrás, me apresuré a decirle casi temblando: “Pero a mí me gustaría que supieras algo antes…”. Él me dió un beso y luego me pregunto qué era lo que tenía que saber. Con mi voz entercortada dije: “Que…que…yo soy… no estuve con nadie antes…” . Como la mirada de Antonio Lombardo solicitaba más aclaraciones, agregué: “Soy virgen“. Y luego me quedé ciega y sorda por algún momento, porque jamás recordé la cara de él. Creo que reaccioné recién cuando me preguntó sobre la relación con Ferni, porque no entendía cómo en los supuestos tres años que habíamos estado de novios (esa es la mentira que le había dicho la segunda vez que salimos) no me había tocado. Como me pareció demasiado mentir afirmado que Ferni era evangelista o algo así, opté por decirle que era “raro” (algo cercano a la verdad, en definitiva), sin pensar que el adjetivo “raro” se podía interpretar como “puto”, que es lo que finalmente Antonio Lombardo entendió y yo preferí no aclarar, por temor a terminar de hundirme.

Pasado el trance, el auto empezó a andar. Por unas cuadras miré, a través de la ventanilla, las calles, las casas y la vida,y ya no me sentía virgen. Había pasado al otro bando, al de las mujeres normales.

Supuse que Antonio Lombardo no iba a llevarme a su casa, dado que vivía con su hijo. Entonces me imaginé cómo sería un hotel de alojamiento, pensando en cuál elegiría para la ocasión y también en cómo decirle que se cuidara él. Pero Antonio Lombardo no me hablaba y yo no me animaba a tomar la iniciativa rompiendo el silencio. Pasamos una avenida, luego cruzamos otra. “¡Dios, tantos hoteles en el mundo y este justo me va a llevar a uno cerca de mi casa!” Vimos un edificio en construcción. Antonio Lombardo lo miró y me dijo:

- ¿Ves ese edificio que están haciendo? Es de un cliente mío. Tuve que hacerle un contrato de fideicomiso muy complicado…no tengo experiencia en eso. Espero que me haya salido bien , porque la inversión es de más de un millón de dólares…se lo dije al cliente… que nunca había visto un fideicomiso en mi vida. Pero como me tiene confianza… ya son muchos años de relación, prefirió que se lo hiciera igual. Entonces me hice un curso rápido, de un mes, en la facultad de derecho… fue muy teórico, pero me sirvió…-

Y ya estábamos en la puerta de mi casa.

Sobre las mujeres vírgenes

Por mis compañeros de la oficina.

Generalmente, cuando el Potus y Analía G. o Analía Bagayo (como solían llamarla los hombres) no estaban, los chicos de la oficina se sentían  libres de hablar sin tapujos de cualquier cosa. Total estaban conmigo solamente. Era “uno más” del grupo para ellos.

Así es como, ese día de enero de 2009, luego de que Gastón G. abriera sin querer queriendo el cajón del escritorio de Analía Bagayo, y encontrara una caja vacía de anticonceptivos dentro, empezaron los comentarios varoniles y despectivos hacia ella: “Hay que odiar mucho a la p… para darle a esta“, “¿Quién será el desesperado?“, “Los anticonceptivos los debe usar para combatir el acné, nada más”. Todo dicho delante de Martín N., el lindo, que permaneció callado, pero  se puso rojo. Es que mis compañeros no sabían que Analía G. mantenía encuentros sexuales esporádicos con Martín N. Esa era información confidencial que solamente Samuel Klein y yo manejábamos.

Por eso se despacharon a gusto tranquilos, criticando y hasta exagerando la fealdad de Analía G..

Y estaban de cargada en cargada, cuando Marcelo F. afirmó: “Hay minas que merecerían morir vírgenes”.  Entonces presté atención y escuché lo siguiente:

-Ahora no queda ni una virgen.Después de los 21, olvidate. Las feas se van con taxi boys- afirmó Rubén G., con plena seguridad, como siempre que daba una opinión de algo.

- Yo hice debutar a varias feas cuando tenía 20. En mi barrio se había corrido la bola de que era cariñoso con los bagayitos y por eso me venían todas a pedir el favor- dijo Claudio C.

  – Yo no sé a cuántas hice debutar. Tengo que consultar en mi cuaderno- dijo Ezequiel Z., haciendo referencia a un cuaderno que ya había nombrado otras veces, en el que supuestamente anotaba el nombre de cada mujer con la que se  había acostado, las veces que lo había hecho  y lo que había hecho con cada una. Incluía a su novia.

- Mi novia era virgen. Fue la única virgen que agarré- siguió Mauro L.

 – Mi ex también era virgen- contó Rubén G., en alusión a una novia con la que había estado ocho años.

- Yo hice debutar a mi primera novia a los 16. Después nunca más encontré otra virgen- aportó Marcelo F.

A esa altura, mi amigo Samuel Klein, que sabía que yo era virgen, mirándome con cierta complicidad, preguntó:

- ¿Y es mejor estar con una virgen que con una que no es?-

  Por supuesto, es mucho mejor. A mí me gusta más…- contestó Rubén G., riéndose, como respondiendo a algo muy obvio.

Y entró el Gerente interrumpiendo intespestivamente la conversación, dejándome con muchas ganas de oír más opiniones al respecto.

Aunque lo que había oído  era suficiente para sentir que debía decirle a  Antonio Lombardo la verdad sobre mi estado virginal en forma previa a mantener una relación sexual con él.

Antonio Lombardo

Buenos Aires, diciembre de 2008.

Confieso tener un serio problema con los nombres de las personas en lo que se refiere a la escritura de este blog, pues he respetado algunos de la vida real en lo que concierne a los de pila, pero no quiero seguir así por miedo a que alguien conocido lea esta historia. Por eso voy a empezar a ponerle a mis galanes nombres de protagonistas de telenovelas (a los que ya mencioné los voy a dejar igual). Así, al hombre del tren de unos cuarenta y cinco años que me resultaba atractivo voy a llamarlo a partir de ahora “Antonio Lombardo“.

Continuando con la historia, después de dos días sin novedades de él (y de nada) , mi teléfono celular se iluminó cuando Antonio Lombardo me llamó y me dijo:

 - Hola, ¿Cómo estás?

 - Bien…- dije, fingiendo que no sabía quién era.

 - Soy Antonio, el del tren, ¿te acordás?

 - Ah, si, si, me acuerdo.

- Bueno, me alegro. ¿Estás mejor?

 - Si, si, estoy mejor.

- ¿Fuiste al médico?

 - No, no es necesario, siempre me pasa. Con el calor me baja la presión- dije, porque no le iba a contar la verdad sobre mis ataques de pánico.

 - Si, pero igual deberías hacerte algún chequeo.

 - Si, si, bueno… no sé…-  dije, esperando que cambiara de tema de conversación.

- Decile a tu novio que te acompañe al médico.

- No, no tengo novio- Ya empezaba a ponerme nerviosa.

- Ah, bien, bien…

Se produjo un silencio incómodo y luego:

 - La verdad es que dudé entre llamarte o irme de vacaciones. Es más, iba a tomarme las vacaciones para pensar en si era mejor llamarte o no. Pero, por el momento, no me voy de vacaciones, así que te estoy llamando- me dijo Antonio Lombardo con decisión.

- Bue…bue…no – dije tímidamente.

- No vayas a pensar que soy un viejo verde…

- No, no, para nada.

- Porque  tengo cuarenta y ocho…, y vos sos mucho más chica…,¿cuántos años tenés?

- Veintinueve.

- Me imaginaba- dijo, y se produjo una pausa.- Te vi varias veces en el tren y me llamaste la atención.

- Ji ji ji- fue lo único que mi inhibición me permitió expresar.

Pero  no obstante mis  formas de respuesta patéticas, Antonio Lombardo igualmente me invitó a salir.

Quedamos en encontrarnos el primero de año a la noche para ir a cenar.

Fotos comprometedoras

Buenos Aires, diciembre de 2008

No sabía cómo responder al mensaje del hombre del tren de unos cuarenta y cinco años que me resultaba atractivo. Como eran cerca de las once de la noche y el mensaje lo había recibido a las veinte y treinta, tampoco sabía si correspondía contestarlo ese día o dejarlo para mañana. Dudé y dudé, hasta que me decidí por responder: “Estoy muy bien. Gracias por tu preocupación. Un beso.”

Inmediatamente recibí la respuesta: “Ok, me quedo más tranquilo. Un beso para vos también”,

Y al llegar a mi casa me fui a dormir feliz, porque el día que había vivido  no había sido tan malo ni igual a los anteriores.

Ahora tenía dos ilusiones: el hombre del tren de unos cuarenta y cinco años que me resultaba atractivo, y el enano maldito, que no me resultaba atractivo, pero que igual algo me provocaba. Aunque no sabía bien qué, en ese momento no me importaba.

Al otro día me desperté temprano y contenta. Tan temprano y tan contenta que hasta pude invertir una hora y media de tiempo en hacerme brushing y pasarme la planchita por el pelo para ir a trabajar.

Pero cuando llegué a la empresa temí que semejante esfuerzo de producción personal sin precedentes fuera visto por mis compañeros como un signo de mi interés hacia Rubén G., el enano maldito, teniendo en cuenta los besos que nos habíamos dado el día anterior.

Es que todavía no sabía que mis compañeros habían estado entretenidos en otro asunto y no iban a reparar en mi pelo.

Me di cuenta de que algo pasaba minutos después de llegar a la oficina, cuando vi entrar a  Gastón G., Claudio C. y Ezequiel Z., muertos de risa, por algo que sucedía en el pasillo. No supe qué era lo que ocurría hasta que mi amigo, Samuel Klein, me informó que mis compañeros habían impreso en la oficina las fotos de mi  encuentro furtivo de besos con Rubén G., que luego las habían pegado en un mueble ubicado encima de la máquina de café de uno de los pasillos de la empresa. y que en ese mismo instante, Rubén G., estaba en ese pasillo dando saltos, intentando despegar las referidas fotografías (su baja estatura le impedía alcanzarlas estirando un brazo).

Salí entonces al corredor, en defensa de mi compañero y también de mi intimidad, y no pude dejar de reírme al encontrar a Rubén G., muy nervioso, tratando de treparse a la máquina de café con el fin de capturar las fotos.

Observé unos minutos cómo el enano maldito se esforzaba, pero no lograba su cometido. Entonces me acerqué, estiré un poco un brazo y logré despegar las fotos. Rubén G., de mala manera y molesto por mi risa, me informó que en la empresa había mucha gente que conocía a la novia y que no quería tener problemas por un momento de mierda.  Inmediatamente, me arrancó las fotos de las manos y se fue. Yo me quedé un poco mal, pues no podía negarme a mí misma que durante algún momento, mientras le daba un beso y después también, tuve la fantasía de ver a Rubén G. enamorado de mí. Sería por orgullo o no sé, pero me  hubiera gustado que la novia no le importara tanto como le importaba.

Después de la publicidad que tuvo el incidente ese día, mucha gente en la empresa me miraba y se sonreía. Al principio me molestaba, pero después  ya no tanto. Tal vez  por lo que mi amiga Carla me dijo al enterarse del suceso: “Mejor, así todos se dan cuenta de que vos también estás en el mercado sexual”.

Pero de nuevo ese día me volví a mi casa sin ilusiones. Con el enano maldito, ya no podía alimentar ninguna, y del hombre del tren de unos cuarenta y cinco años  que me resultaba atractivo no había tenido ninguna novedad esa jornada y pensaba que tampoco la iba a tener otro día. Es más, si hacía un balance completo, también debía contabilizar que ni Ferni me había llamado.

De manera que me fui a dormir y tal como lo hacía todos los días desde que tenía uso de razón, me sumergí en una fantasía para olvidar la realidad. Es que desde muy chica jugaba a ser Lucía Méndez y a tener muchos enamorados. Pero ahora ni eso podía hacer tan tranquila, pues a los veintinueve años todavía fantasear con ser Lucía Méndez y casarme con el galán más deseado me daba mucha culpa. Tal vez por no saber a qué o a quién adjudicarle la responsabilidad de mi destino, a veces se lo machacaba a mi mente fantasiosa y a la cantidad desmedida de telenovelas que había visto en mi vida, que no me habían preparado para la suerte que me esperaba.

Un día diferente

Buenos Aires, diciembre de 2008.

Retomé el viaje en tren hacia mi trabajo más tranquila, por efecto del clonazepan y  por el recuerdo del gesto amable que recién había tenido conmigo aquel hombre maduro que me resultaba atractivo. Por unos minutos me hice ilusiones con él, pero luego pensé que debía ser casado o estar en pareja, e inmediatamente empecé a pensar en una cuestión más terrenal, como lo era la excusa que esta vez tenía que  inventar para justificar mi llegada tarde a trabajar.

Con uno de mis jefes, Mauro L., no había problema. Le resultaba tan indiferente que ni siquiera se daba cuenta de si estaba o no en la oficina. Pero con mi otra jefa,  Analia G. o Analia Bagayo, como la habían apodado mis compañeros por su fealdad, sí había que justificar las demoras.

No era la primera vez que había tenido que bajarme del tren por tener un ataque de pánico y, por ende, no era la primera vez que llegaba tarde a trabajar por esa razón.  Pero yo no iba a permitir que alguien de la empresa supiera de mis problemas psicológicos y de mis ataques.  Por eso prefería poner cualquier otra excusa que justificara mis demoras. De manera que repasé mentalmente las  que había usado hasta ese momento: “El tren se demoró, le subió la presión a mi papá, perdí las llaves de mi casa…” y no sabía qué inventar ese día, pues repetir una no podía, ya que Analia Bagayo anotaba en un cuaderno, dando cuenta de fecha y  hora, cada pretexto que sus subordinados usaban para justificar las llegadas tarde y las ausencias.

Pensaba en estas cuestiones cuando entré en la oficina dispuesta a poner esta vez como excusa de mi retraso una bajada de presión con mareos. Pero no fue necesario decir nada, pues Analía G. no había concurrido a la empresa ese día. Transmisión de pensamientos mediante o no sé qué, ella había alegado también que sufría de mareos y que tenía la presión muy baja esa jornada.

Y como la jefa más represora no estaba, la poca autoridad de Mauro L. no pudo resistir la presión de mi amigo, Samuel Klein, que insistió en abrir las botellas que habían sobrado del brindis de navidad y que aún permanecían en la heladera de la oficina.

Fue así como todos terminamos la jornada laboral en la sala de reuniones tomando champagne como cosacos. Todos menos Ernestina T., “el Potus”, que  a todo evento, prefirió la gaseosa, por supuesto.

La conversación fue y vino sobre diversos temas hasta que llegó al futuro de River, y yo, en ese tema, siempre tenía algo que decir.

Justamente estaba exponiendo mis argumentos a favor del equipo, cuando Samuel Klein, con disimulo, me pidió que parara de hablar. Le pregunté el por qué  y él me respondió haciendo referencia a la reunión en la casa de Gastón G.., en la que casi me había llegado a batir a duelo con Martín N., discutiendo quién había sido el jugador que le había dado el pase a Caniggia en el gol contra los italianos en el Mundial 90′ (Yo había dicho  Olarticoechea y Martín N., Maradona).

-¡¡¡Si tenía razón!! ¿Qué pasa????- dije sorprendida.

– No es eso, es que después Martín N. me dijo que eras medio marimacho, poco femenina, hablando de futbol, que a ningún tipo le iba a gustar una mujer así…- me contestó Samuel Klein.

No pude contener la angustia que me provocó el comentario de Martín N. y por eso  me tragué dos vasos de champagne de golpe. Luego me consolé a mí misma pensando que no tenía que hacerme problema por la opinión que Martín N. tenía sobre mí, ya que el tipo era un idiota que se pasaba crema humectante en la cara todas las noches, que de vez en cuando se acostaba con la jefa, Analía Bagayo, sólo para tener ascensos de categoría y que, encima, estaba enamorado de “el potus”, lo que le sumaba una cuota de idiotez que lo hacía superar a la media de los idiotas.

Pasado el momento amargo, me distraje escuchando un nuevo delirio de grandeza de Ezequiel Z., que a viva voz relataba cómo había ganado sesenta y ocho mil dólares (U$S 68.000) el mes anterior, mediante un ingenioso emprendimiento de medicina prepaga zonal que realizó con su padre magnate.  

Terminada la exposición, Ezequiel Z. se fue al baño y empezaron las risas y las deducciones, ya que ese mismo día lo habíamos escuchado solicitar por teléfono una refinanciación de su deuda de tarjeta de crédito por ochocientos pesos.

Con Rubén G. llegamos a la conclusión de que el verdadero negocio de Ezequiel Z. había sido hacer la suplencia de un chofer de ambulancia, tarea por la que había recibido un ingreso extra de sesenta y ocho pesos ( $ 68). Como esto nos causó mucha gracia, explotamos de risa y quedamos bastante cerca. Rubén G., entonces, me preguntó qué me pasaba. Yo le dije que nada. Pero no conforme con esta respuesta, me agarró de un brazo, me llevó hasta el pasillo, me sentó en la escalera y me dio un beso (supongo que me sentó porque parado me llega justo a… mmm…. un poco debajo de los hombros…).

Y así  estuvimos, de beso en beso, hasta que nos dimos cuenta de que Ezequiel Z. nos estaba sacando fotos con su teléfono celular.

A Rubén G. la conducta de Ezequiel Z. lo indignó. Por eso se fue de mi lado corriendo, con el fin de secuestrar el aparato de nuestro compañero. Ese día no supe si al final  había podido hacerlo, pues esperé en la escalera su regreso, pero éste jamás ocurrió.

Para cuando me di cuenta, Rubén G. se había ido de la empresa sin haber vuelto a despedirse de mí, lo que me hacía pensar que los besos quedarían sólo como el impulso de un momento.

Un rato después junté mis cosas y me fui de la empresa yo también.  En el viaje de regreso revisé mi celular. Tenía dos llamadas perdidas de un número que desconocía y un mensaje de texto de ese mismo número que decía: “Hola Ana, estoy preocupado. Estás bien?” 

Y no tuve más que tomar la tarjeta que me había entregado esa mañana para saber que las llamadas y el mensaje eran del hombre del tren que me resultaba atractivo…

¡Demasiado para un sólo día de mi vida!

El hombre de al lado

Todos mis días eran iguales. Me levantaba  tarde en aquellas mañanas en las cuales no tenía cursos en la  facultad  e iba a trabajar. No lo hacía con muchas ganas, pues no sólo me sentía frustrada  por mi fracaso en el plano amoroso. También en lo laboral mi vida no era exitosa. Había culminado una carrera universitaria que nunca me había permitido encontrar un trabajo en el cual pudiera ser reconocida por lo que había estudiado. Por eso había decidido seguir una segunda carrera, administración de empresas,  con el objetivo de  trabajar en alguna multinacional y cumplir algún día mi sueño de ser gerente de algo dentro de una organización.

Pero estaba muy lejos todavía de cumplir ese sueño. Ni siquiera trabajaba en una multinacional. Lo hacía en una empresa chica y nacional que era propietaria de varias tiendas de venta minorista de electrodomésticos.  En esa empresa  desarrollaba tareas de analista de riesgo crediticio de personas que solicitaban préstamos para comprar un lavarropas, una heladera, una aspiradora, etc.

Como las tiendas de electrodomésticos permanecían abiertas al público de lunes a domingo de 9 a 22 horas, los analistas de riesgo crediticio cumplíamos un horario acorde a  esto. No fuera a ser cosa que a alguien se le ocurriera comprar una batidora en cuotas a las 9.45 de la noche y no hubiera nadie que verificara los antecedentes crediticios del cliente. Por eso yo tenía que trabajar desde las 13 hasta las 22 horas, de miércoles a domingo, incluyendo feriados.

El sueldo que me pagaban no  me permitía pensar más allá de llegar a fin de mes. No podía fantasear con la idea de independencia, pues no podía pagar un alquiler, ni los gastos de un departamento. También estaba preocupada porque mis padres ya eran grandes, su jubilación estaba cerca  y yo debería, en un futuro no muy lejano, colaborar con los gastos de mi casa.

Pensar en la incertidumbre de mi porvenir, tanto económico como afectivo, me abrumaba. Los pensamientos catastróficos a veces hacían una explosión descontrolada en mi mente y  me provocaban un estado de angustia terrible, que luego se transformaba en desesperación. Mis manos comenzaban a transpirar, mi corazón a latir más rápido y mi respiración se hacía más agitada. Era entonces cuando tenía miedo de hiperventilarme, marearme y luego desmayarme. Y cuánto más pensaba en desmayos, peor me ponía.

Mi psiquiatra, la Doctora Delia Rincón, me había prescripto una dosis de clanozepan de 0,5, que debía tomar todas las mañanas, antes de salir de mi casa. Pero esa mañana me había olvidado de tomar la pastilla. Viajaba en el tren cuando mis manos comenzaron a mojarse por la transpiración. Traté de distraerme mirando lo papeles que leía el hombre que estaba sentado a mi  lado. “Poder judicial de la Nación” decía uno de ellos. Intenté seguir leyendo, pero  el movimiento del tren, el calor y la gran cantidad de gente que viajaba me hacían sentir ahogada.

Respiraba   agitada,  tanto que el hombre que estaba sentado a mi lado me preguntó si me sentía mal. Yo le dije que no, pero él insistió con lo mismo y afirmó también que estaba pálida. Oír esto me puso peor, pues si estaba pálida el desmayo era inminente. Sabía lo que tenía que hacer en esos casos para evitarlo: tirarme en el piso y poner las piernas para arriba. Pero la vergüenza de hacerlo delante de la gente me lo impedía.

Entonces hice todo lo contrario. Cuando el tren se detuvo en una estación, me levanté del asiento y me dirigí a la salida a gran velocidad. El hombre que estaba sentado a mi lado me dijo algunas cosas que no llegué a escuchar.

Apenas me bajé del tren, tiré mi mochila al piso y comencé a revolver dentro de ella buscando el milagroso clonazepan que pronto aliviaría mis síntomas. Fue entonces cuando me di cuenta de que el hombre que estaba sentado a mi lado también se había bajado del tren  y me ofrecía su ayuda.

No me resultaba nada cómoda la situación, pues no quería compartir mi estado calamitoso con nadie, menos con ese hombre de unos cuarenta y cinco años, al que ya había visto otras veces viajar en el tren y que me resultaba atractivo.

Pero me tuve que dejar llevar. Después de todo, el hombre en cuestión había sido muy amable al bajarse del tren sólo para ayudarme.

 Él me acompañó hasta un asiento en la estación y me compró una botella de agua mineral para que pudiera tragar el medicamento. Ofrecí pagársela, pero se negó a aceptar el dinero.

Luego me sugirió que llamara a un médico, pero yo le dije que no era necesario ya  que en veinte minutos estaría completamente recuperada.  Entonces él se lamentó por no poder esperar hasta que eso sucediera, pues debía concurrir a una audiencia en tribunales a la que no podía llegar tarde y debía marcharse inmediatamente. Yo le dije que lo hiciera, que no se hiciera problema, pues en la estación de tren había mucha gente y cualquiera podía socorrerme en el caso de que me pusiera peor.

Pero ya estaba mejor. Respiraba casi normalmente. Supongo que la presencia del hombre al final había resultado beneficiosa, pues había logrado distraerme. Sobre todo, cuando me dio su tarjeta de abogado e insistió en que yo a su vez le diera el número de mi teléfono celular para poder llamarme más tarde y así verificar que siguiera bien…