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La que consuela desespera (II)

Buenos Aires, mayo de 2009.

DÍA SIETE: Gastón F. seguía sumido en una terrible depresión. En el pasillo de la empresa me contó que había llamado a su ex novia y que ella le había ratificado su decisión de no seguir adelante con la relación.

DÍA OCHO: Gastón F. me invitó cenar a Mc Donald’s a la salida del trabajo. Mientras comíamos me contó que había engañado varias veces a a su ahora ex novia, con compañeras de la facultad y hasta con amigas de ella.  Me dijo que nunca pasó de unos cuantos besos con esas mujeres, porque no se animó a tener intimidad, pero yo igualmente me di cuenta de que si él había hecho eso, mucho no la quería a la que fue su novia, y se lo dije. Gastón F. se molestó un poco al oír  mis palabras y se defendió argumentando que  unos besos con otras mujeres no significan nada en la vida de un hombre.

 DÍA NUEVE: Mi compañero me dijo: Siento que tengo algo clavado en el pecho, ¿estaré teniendo un problema cardíaco? y yo le contesté: No, es la sensación de angustia“.

DÍA DIEZ: Gastón F. no vino a la oficina porque no se sentía bien. No recibí más noticias de él durante ese día.

DÍA ONCE: Analia Bagayo y Mauro L,  los jefes,  retaron a Gastón F. pues estaba cometiendo demasiados errores. Mi compañero me dijo que esos errores se debían a que no podía concentrarse en el trabajo porque extrañaba mucho a su novia, y que sentía que se iba a morir en cualquier momento. Le sugerí consultar a un psiquiatra y  Gastón F. se entusiasmó con la idea, pero no sabía en dónde conseguir uno que lo atendiera rápido. Entonces le di el teléfono de  mi psiquiatra, la Doctora Delia Rincón. Gastón F. la llamó y ella le dio un turno para el día siguiente.

DÍA DOCE: Gastón F. me contó que la Doctora Delia Rincón le había parecido muy extraña, porque revoleaba mucho los ojos y, según él, se le salían para afuera. “Eso es por estar tanto tiempo con locos. Debe hacer mal, te deja la cara como de manicomio”, concluyó mi compañero. También me informó que la Doctora Delia Rincón lo había medicado con  paroxetina, un antidepresivo.

DÍA TRECE: Gastón F. creía que el medicamento ya le había hecho efecto y que por eso se sentía  bien. Le informé que la paroxetina no alivia los síntomas de la depresión sino hasta después de quince días, por lo que su mejoría seguro se debía al efecto placebo.

DÍA CATORCE: Mi compañero volvió a su estado depresivo. Me invitó a tomar un café y lloró mucho. Me dijo que jamás volvería a querer a otra mujer. Le dije que no pensara así, que siempre podía haber alguien más allá y que seguro pronto sentiría algo por alguna otra chica.

DÍA QUINCE: Gastón F. no se acercó a hablarme en todo el día y perecía estar mejor.

DÍA DIECISEIS: En el pasillo de la empresa me encontré con Gastón F. y le pregunté:

-¿Cómo estás?

 - Hoy muy bien-  me contestó con una sonrisa

-¿Por qué? ¿Pasó algo bueno? 

- Algo de eso, pero todavía no te puedo decir.

Y  luego de ese pequeño diálogo de pasillo, ya no buscó consuelo en mí. Su estado anímico mejoró notablemente en las jornadas posteriores. Volvió a reírse y a hacer chistes como siempre. Pensé que se había reconciliado con su novia, pero me sorprendí al saber que no había sucedido eso cuando un día lo encontré de nuevo deambulando cerca de la máquina de café del pasillo de la empresa y lo encaré:

-¿Y, Gastón? ¿No me vas a decir qué te pasó que te mejoraste tan rápido?

- Sí, sí, te voy a decir, pero por favor no le digas nada a nadie, no quiero que se enteren en la oficina todavía.

- No, no digo nada, no te preocupes-  dije.

- Bueno, te cuento, pero solamente porque tenías razón en algo que me dijiste: Siempre hay alguien más allá .

- Ah - dije pensando en quién sería ese alguien.

- Soy de nuevo el de antes porque estoy saliendo con una chica hermosa, divina, espectacular, que nunca pensé que me daría bola. No sabés lo que es la piba – dijo mi compañero con los ojos iluminados por la ilusión.

-No, la verdad que no sé, si no me decís quién es…

- ¿Quién va  a ser? La mejor de la empresa: Potus Reloaded - dijo Gastón F., aunque llamando a “Postus Reloaded”  por su verdadero nombre.

La primera en enterarse

Buenos Aires, marzo de 2009.

Mi amiga más cercana, Carla, tuvo su primera relación sexual a los veinte años con alguien que ya es muy conocido en este blog: Danilo. Pero en ese entonces la novia de Danilo no era Carla. Él estaba de novio con otra chica y  le juraba y perjuraba a mi amiga que nunca la dejaría por ella.  A pesar de esto, Carla, que en ese momento estaba muy enamorada , aguantó la situación y tuvo relaciones sexuales con él por primera vez, porque pensaba que Danilo la quería,  pues  la llamaba por teléfono todos los días pretendiendo verla todas las noches. Y no se equivocó en su apreciación, pues luego de un año de idas y venidas tortuosas, Danilo finalmente dejó a su novia para empezar una relación seria con Carla

Por supuesto que hubo venganzas en el medio y mi amiga terminó acostándose con varios hombres en el transcurso de ese año, sólo para poder desprenderse de Danilo, como lo hizo después también todas las veces que el noviazgo se interrumpió por diversos motivos. Pero, aunque Carla ha acumulado gracias a esas experiencias bastante conocimiento en materia sexual, no valora demasiado al sexo y una de sus frases lo demuestra perfectamente: “Los hombres te invitan a comer para coger y yo cojo para que me inviten a comer“. Definitivamente, para ella, las relaciones sexuales no son el mayor placer de la vida, pero son necesarias para asegurarse una compañía masculina de manera rápida y sencilla.

Sirviendo lo anterior de introducción al pensamiento de mi amiga, voy a relatar a continuación parte de la conversación telefónica que tuve con ella apenas llegué a mi casa, luego del encuentro con el enano maldito:

-  Listo, ya está, problema solucionado- me dijo Carla después de oír mi relato sobre la salida con Rubén G.  contado sin todos los detalles - Encontraste a uno que te quiere dar aunque sabe que sos virgen. Eso era lo que vos querías…

-  Si, yo quiero que el tipo sepa que soy virgen pero no sé si quiero hacerlo así…- dije, mientras miraba en la pantalla de la computadora los detalles de un nuevo tratamiento para el acné que había encontrado en internet.

 - ¿Por qué no querés? ¿Vos estás loca?

 - Si él no me llama en estos cuatro días, no lo voy a hacer…

 - No te va a llamar en estos cuatro días. Olvidate. El tipo está con la novia.

- Bueno, pero en algún momento no va a estar con ella. No viven juntos….

 - Ana, a tu edad, tu problema es algo “quirúrgico”. Lo tenés que hacer y no te tiene que importar si el tipo te quiere o no.

 - Pero si él después no deja a la novia me voy a querer matar…-

 - No importa, vos hacelo. Sacate de encima el asunto y listo, no des más vueltas…

 - No sé. Igual yo creo que él me va a llamar…- dije resignada, porque  había caído en la cuenta de que ningún tratamiento para el acné me  iba a quitar los granitos de la cara en cuatro días - ¿Sabés que me hizo algo raro? Me pellizco los pezones, me los retorcía con los dedos…

 - ¡Nooo!!!!! ¿Eso te hizo??!!

 - Sí, eso me hizo, ¿se hace siempre? Porque yo ni sabía…

 - Sí, se hace, pero cuando tenés mucha confianza, no así. ¡Qué hijo de puta!

- Bueno, ¿ves? Y vos me mandás a que lo haga con él…

- Yo no te mando. Pero es lo que hay, qué le vas a hacer…

- Lo que más me da bronca es que con las “potus” de la oficina el enano maldito se hubiera portado mejor.

-  No, nena,  hubiera hecho lo mismo. No te lo tomés como algo personal. El sexo es así para todo el mundo, es asqueroso, no es nada romántico, se mezclan los lugares por donde comés con los lugares por donde hacés pis, terminás hecha una piltrafa, despeinada y sucia…

- Si, ya sé. Pero eso no me importaría si él me llamara en estos cuatro días. Igual creo que me va a llamar…

- Bueno, no sé eso. Yo, sinceramente, no creo que te llame… ¿Por qué capítulo vas de la novela de Lucía?

-  Por el cincuenta y dos.

-  ¡Ah!! ¡Me ganaste! Yo voy por el cuarenta y cinco. No me adelantes nada, eh.

-  No, no, igual no pasó nada tan importante.

-  Ah, ¿ves?, al decirme así me adelantás…

-  Bueno, no me di cuenta.

- Siempre me hacés lo mismo, me quitás la sorpresa… ¿El sábado venís, no?- me preguntó mi amiga en referencia a la fiesta de su cumpleaños.

- Si, ya cambié el horario con Samuel. Salgo a las seis. Voy.

- Vas a ver que las chicas te van a decir que lo hagas con el enano – me dijo Carla, haciendo alusión a tres amigas nuestras.

-  No sé….

-  Y mirá que viene Verónica.

- ¡¿Verónica??!!!

Lo único que me faltaba: ver a Verónica, mi peor enemiga,  en el medio de la espera por un mensaje o una llamada del enano maldito y sin clonazepan que me calmara la ansiedad, pues ya ni tenía psiquiatra que me lo recetara…

Zonas liberadas (VIII)

Buenos Aires, marzo de 2009.

El enano maldito dejó de besarme (o desistió de su intento de violación) cuando le informé que iba a salir gente de la puerta del edificio en cuya entrada estábamos.

Entonces caminamos hacia la estación del tren manteniendo un diálogo que para mí fue uno de los más raros que tuve en mi vida:

-  Bueno, ya que vamos a hacer las cosas con tiempo, mejor planearlas bien: ¿A qué hotel vas a querer ir?- me preguntó Rubén G.

-  No sé…  o sí, sí sé, al que nombraban el otro día en la oficina, el “R”, ¿te parece?

- Sabía que ibas a querer ir a ese- me dijo el enano maldito sonriendo - ¿Y la ropa interior?

- Ni  idea, ¿Por qué? ¿A vos te gusta algo en especial?

- No, para mí cualquier cosa está bien. No gastés plata. ¿Y vos tenés alguna preferencia de ropa interior masculina?

- No, va, si, no, bueno- dije dudando - , la verdad: no me gustan los calzoncillos ajustados. Prefiero los boxer y sueltos- agregué con seguridad.

- Está bien. Yo uso esos. ¿Y bañarnos cuándo te parece? ¿Antes o después?

 - No sé, en el momento vemos.

- ¿Vas a querer jacuzzi?

- No, por mí no…

-  Ok, por mí tampoco. ¿Y la luz? ¿Cómo te gusta? ¿Muy fuerte, baja o a oscuras?

-  Y qué se yo…. baja, mejor.

- Está bien. Mirá que vas a sangrar…

- No sé eso. No todas las mujeres sangran en su primera vez.

- Sí sangran. Te lo digo por experiencia. Igual no te hagas ilusiones, las primeras veces no son buenas, ni cuando no sos virgen. Se tarda un poco en acoplarse. Por eso después hay que seguir…

- Si, ya sé…

- ¿El tamaño te interesa?

- ¿El tamaño de qué?- pregunté sin caer en la cuenta de a qué estaba haciendo referencia  Rubén G.

- ¿De qué va a ser???- me dijo el enano maldito mientras introducía sus manos en los bolsillos del pantalón y se los miraba.

- Ah – dije, dándome cuenta de a qué se refería- no, no sé yo de eso.

- Porque mirá que la mía es mediana, tamaño standard.

- Ah, bueno- dije sin darle importancia a la aclaración de Rubén G.

- Pensar que yo me levanté esta mañana y nunca pensé que a esta hora iba a terminar teniendo esta conversación con vos.

- Yo tampoco…

Continuamos caminando en silencio. Todavía seguía pensando en lo que el enano maldito me había dicho en el pub, en especial lo referente a mi acné. Entonces:

- ¿Te parece tan terrible lo de mis granos?

- No, ya está Ani, no te hagás problema.

- Pero decime.

- Ya te dije… ¿A vos el sexo anal no te cuadra mucho, no?

Ante esta pregunta me sorprendí una vez más por todo lo que Rubén G. podía adivinar de mí sin yo siquiera habérselo insinuado alguna vez.

- La verdad que no. ¿Y cómo sabías eso de mí?

- Por tu cara una vez que salió el tema en la oficina.

- Ah…

- ¿Nunca lo harías?

- No sé si nunca. Habría que estar en el momento, supongo. Pero por ahora te digo que no, no me interesa. Me daría impresión. No creo que sea algo placentero.
 
- Es muy placentero.

- No sé…

Y llegamos a una plaza ubicada enfrente de la estación del tren. Como ya era de noche, había muy poca gente…

(continuará)

Zonas liberadas (VII)

Buenos Aires, marzo de 2009.

Fui al baño pensando en las últimas palabras que me había dicho Rubén G. y en todo lo criticable que mi persona le resultaba. Todavía no había llegado a darme cuenta de que el enano maldito podía haberse ahorrado decirme todas esas cosas feas referidas a mi pelo, a mis granos y demás características, al menos en ésta, nuestra primera salida.

Y no sé por qué extraño bloqueo mental atravesaba, pero en el baño, en vez de pensar en cómo pegarle a Rubén G. por todo lo que me había dicho recién, lo que hice fue retocarme el maquillaje y pasarme brillo por los labios. Todavía tenía esperanzas de que el enano maldito me quisiera.

Además, como mi virginidad le gustaba, pensaba que estaba frente a la oportunidad de tener mi primera relación sexual y con alguien por el que, evidentemente, algo sentía. Aunque interiormente sabía que no quería tener sexo con Rubén G. para conseguir mi desvirgue. Quería sólo conseguirlo a él.

Así fue como regresé a la mesa del pub, todavía ilusionada con “capturar” para mí al enano maldito.

Rubén G. estaba esperando que el mozo le trajera el vuelto del pago de la cuenta. Me senté y él me dijo:

- Bueno, ¿cuándo vamos a ir?

Ante esta pregunta yo necesitaba probarlo, ver cuánta importancia le daba al hecho de estar conmigo. Por eso elegí un día en el que Rubén G.  estaría con la novia, pero ya a la vuelta de su “excursión a San Pedro”.

- El domingo seguro no trabajo- dije.

- No, el domingo, no.

- El lunes entonces.

- No, el lunes tampoco. El martes vuelvo a trabajar. Ese día vemos, mejor.

No podía soportar esto. ¡Cuatro días iba a hacerme esperar a mí y, sobre todo, esperar él! Por eso dije:

- ¿El martes recién vemos cuándo vamos a ir?!!

- Si, el martes vemos.

- ¿Y en estos cuatro días?

- No, en estos cuatro días, no.

-  Bueno, pero llamame, mandame mensajitos…- dije, con palabras que salieron de mi boca sin pasar por filtro alguno, seguramente debido a los efectos de la gran cantidad de cerveza que había tomado.

- No, Ani, escuchame bien, yo no te voy a llamar ni a mandar mensajes.

Por la expresión que adoptó la cara del enano maldito cuando terminó de decir esto último, creí que esperaba que yo lo insultara, pero, como siempre,  no me animé a hacerlo, y sólo dije:  “Ah, bueno…“.

Luego el mozo le trajo la plata. Entonces nos paramos y salimos a la calle. Una vez en ésta, Rubén G. me dijo:

- Hiciste algo muy pero muy mal.

- ¿Qué hice?- pregunté asustada.

- Te pintaste los labios y eso deja marcas, ahora no te voy a poder seguir besando, tengo que ir a ver a mi novia.

Pensé: “¿Y si ibas a un hotel conmigo también te hubieras ido a ver a tu novia después?”, pero dije, como una verdadera boluda:”No, no deja marcas, es brillo. Mirá…” y me pasé un dedo por el labio inferior. Luego, él pasó también los suyos, se los miró y me dijo:

- Si, tenés razón. Vamos.

Y caminamos unos pasos sin hablar hasta que de repente sentí un gran empujón de costado. Para cuando me di cuenta, el enano maldito me había arrastrado hasta el hueco de la entrada de un edificio y me tenía contra la pared. Había colocado una de sus piernas entre las mías, estaba en puntas de pie haciendo equilibrio para tratar de alcanzar mi altura, aunque sin éxito, y me besaba brutalmente de nuevo. Además, como movía sus manos con mucha rapidez,  no pude evitar que esta vez sí me tocara el culo por debajo del pantalón (nunca nadie me había tocado esa zona por debajo de la ropa antes). Él estaba muy colorado, lo que me hizo suponer  que estaba muy excitado y yo llegué a estarlo también, aunque muy poco…

(continuará)

Zonas liberadas (VI)

Buenos Aires, marzo de 2009.

Después del “Te voy a decir algo, pero no te enojes“, pregunté bastante asustada:

- ¿Qué me vas a decir?

- Que a veces tenés muchos granitos en la cara. Hoy no, pero hay días que sí.

- Si, ya sé, hay días que tengo más que otros- dije,  sin hacer referencia a un hecho ya sabido por mí: que me salían muchos granos en la cara los días que estaba menstruando.

- ¿Y no hacés tratamiento?

- Hice, pero son todos externos, con ácido retinoico. Tengo que hacer un sacrificio bárbaro y nunca me dieron mucho resultado. Ahora salió un medicamento que dicen que es bueno, pero como tiene muchas contraindicaciones mi papá no quiere que lo tome. ¿Te parece que es para tanto igual lo de mis granos?

- Y no sé, algunos días sí. Y otra cosa, tu pelo, cuando no te pasás la planchita…

- Pero hoy lo tengo más o menos bien. Me pasé un poco la planchita a la mañana…

- Hoy sí, pero cuando venís con el pelo recién lavado y desde que te lo cortaste, los chicos te cargan…

-  Si, ya sé que me dicen ombú.

- Eso era antes. Ahora te dicen nutria asustada.

- Ah…- dije con indiferencia.

- Y algo peor también, pero no te lo voy a decir porque es muy grosero.

- No, ahora decime.

- No, Ani, dejalo ahí..

- No, decime. No me dejés así ahora.

- No,  no te voy a decir…

- Si, dale, decime.

- No, Ani, basta, no te voy a decir.

- Bueno, no me digas, igual no sé qué tenés que decir de mi pelo justo vos, que te estás quedando pelado…- dije atacando.

- Es por exceso de testosterona lo mío…

- Si, pero igual no es lindo quedarse pelado.

- Suficiente, Ani, acá el virgen no soy yo.

- Bueno…- dije retraída.

- ¿Ves? Y además tenés esas cosas también. Hablás demasiado a veces

- ¿Yo hablo demasiado?

- Si, a veces decís malas palabras y eso no queda bien. Además, hablás de futbol y das demasiadas opiniones políticas…

- Bueno, yo tengo mis opiniones y me quejo de lo que se queja todo el mundo. No es para tanto…

- De religión y de política es mejor no hablar.

- A mí no me gusta la gente  que nunca dice  lo que piensa. Ya sé que vos sos así, porque nunca opinás de nada, ni sé qué ideas políticas tenés.

- Ni las vas a saber.

- Bueno, a mí esas cosas no me gustan.

- Como prefieras…

Y los dos permanecimos en silencio por unos minutos. Rubén G. miraba hacia un lado y yo, hacia otro.Luego:

-  Además, otra cosa: no podés escuchar a Diana Salazar- dijo Rubén G. en tono de broma - ¿De dónde sacaste eso?

- Canta muy bien Diana Salazar para que sepas- le contesté riéndome-, lo que pasa es que nunca se vendieron sus discos en la Argentina. Además ustedes no tenían por qué revisarme el Ipod.

- Si, eso ya lo sé, pero vos nos habilitás a que te hagamos esas cosas.

Y como ya no quería oír más críticas del enano maldito, dije:

- Bueno, ya es tarde, vamos, tengo que volver a mi casa.

- Si, mejor vamos. A mí se me hizo muy tarde para lo del hotel. No te voy a insistir más…

- Igual sabés que hoy no quiero ir …

- Si, ya sé… ¿Te vas a tomar el tren?

- Si.

- Yo me tomo el subte enfrente de la estación. Vamos juntos.

- Bueno, voy al baño y vuelvo.

(continuará)

Zonas liberadas (V)

Buenos Aires, marzo de 2009.

Después de oír mi “Soy virgen“, Rubén G. se quedó quieto, con los brazos apoyados sobre la mesa, mirando hacia abajo. Noté que se había puesto colorado y empezaba a sonreír. Entonces:

- Te parece muy raro, ¿no?- dije.

- Ani - me dijo el enano maldito mirándome con seriedad -, a vos te van a canonizar - agregó riéndose.

No pude evitar reírme yo también. Luego, insistí:

- ¿Pero te parece muy anormal?

- No es que me parezca anormal, pero lo que sí me parece es que te estás perdiendo una experiencia muy placentera. Hay que solucionarlo a eso. Yo te puedo ayudar.

-Sí, claro, me imagino…

- Obvio…

- ¿A vos te calienta más que yo sea virgen, no?

- La verdad que sí – respondió Rubén G.

Y me dio otro beso todavía más fuerte que todos los anteriores. De nuevo, quiso tocarme el culo por debajo del jean, pero no lo dejé. Entonces me quiso meter una mano por debajo de la remera que llevaba puesta y tampoco lo dejé.

- Vamos ahora, dale, por favor.

- No, G., ahora no.

Me dio otro beso intenso y luego:

- Voy al baño y traigo más cerveza. Esperame.

-Si…

El enano maldito se fue al baño. Yo permanecí sentada, sin todavía captar del todo la realidad de la situación. Hasta estaba un poco contenta, pues que Rubén G. hubiera intuido que yo tenía un secreto significaba que me había prestado bastante atención. Y también me sentía tranquila respecto a mi confesión, pues si el enano maldito hablaba de mi virginidad con alguien de la empresa, se exponía a que su novia se enterara de nuestra cita, porque ella era amiga de nuestro compañero Marcelo F. y de otros empleados de la firma.

Además, como todavía alimentaba la esperanza de que Rubén G. me quisiera, suponía que no me iba a traicionar desparramando mi secreto.

También esperaba que me dijera algo lindo. Pero me quedé con las ganas, pues, cuando él volvió, se sentó en la silla y me dijo:

- ¿Y qué es lo que te pasó? ¿Por qué nunca nada?

- No sé, nunca tuve una relación larga.

- ¿Y por qué?

- No sé, me cuesta empezar una relación. Tampoco se me acercan tantos y a veces se me acercan algunos que no me gustan nada. Lo peor es que ya ni sé por qué…

- Bueno, yo te voy a decir algo pero no te enojes…

(continuará)

Zonas Liberadas (III)

Buenos Aires, marzo de 2009.

Cuando terminó de besarme, Rubén G. se volvió a sentar en su silla. Bebió el resto de cerveza que tenía en su vaso y notó que quedaba poca en el mío. Entonces:

- Voy a pedir más cerveza. ¿Querés otra?- me preguntó el enano maldito.

- Bueno.

Como el mozo no estaba a la vista, Rubén G. prefirió pararse e ir a hacer el pedido a la barra. Volvió con dos chopp  y corrió su silla, para sentarse a mi lado. Sin decirme nada, me dio otro beso todavía más fuerte, sacando su lengua completamente afuera de su boca y lamiéndome la mía, como si estuviera chupando un helado que cae derritiéndose. Como yo no sabía bien qué hacer,  sólo dejé la boca abierta y apoyé mis manos sobre sus hombros. Él, a su vez, me acarició la espalda y luego bajó sus manos con la intención de tocarme el culo por debajo del jean que tenía puesto. Pero como no lo dejé y le moví sus brazos hacia arriba, Rubén G. me dijo:

- ¿Por qué?

- Hay gente…- fue lo que dije, pero en realidad esa no era la causa de mi negativa. La causa era que yo no quería llegar a tanto en esa oportunidad. Y por temor al rechazo de Rubén G. no me animé a plantearlo.

- Vamos a un hotel…

- No - le contesté.

Hago un alto en el relato para enumerar las razones de mi respuesta:

1) Estaba molesta porque Rubén G., al día siguiente, se iba a ir de viaje con la novia.

2) No me gustó su actitud al hablar del viaje abiertamente en la oficina, sabiendo que yo lo escuchaba. 

3) Me enojó mucho el llamado que le hizo a su novia cuando recién se había encontrado conmigo, en la esquina de la Librería “T”.

4) Si bien un poco me había gustado el contacto físico con el enano maldito, no había llegado a excitarme.

5) Aunque me hubiera excitado, no estaba preparada, pues mi depilación era deficiente, ya que no había vuelto a visitar a la depiladora desde la vez en que me había preparado para tener relaciones con Antonio Lombardo. Además tenía puesta una bombacha vieja y medio rota.

6) En ausencia de todas las anteriores,  mi estructura mental no me hubiera permitido aceptar una propuesta sexual tan rápidamente.

Sigo con el diálogo:

- ¿Por qué no querés ir?

- Porque no, es muy rápido para mí…- le dije y noté que Rubén G.  se molestó por mi respuesta - Otro día sí-  agregué para dejarlo contento.

- ¿Por qué es muy pronto para vos?

- Porque sí, no sé. ¿Con tu novia cuánto tardaron en hacerlo?

- No, eso no te lo voy a decir…

-Ah…- dije, pero tendría que haberlo mandado a la mierda en ese momento.

- ¿No estás saliendo con nadie ahora, no?

- No…

-¿Y el viejo ese que te venía a buscar a la empresa?- me preguntó Rubén G., haciendo referencia a Antonio Lombardo.

- No era viejo…

- ¿No era viejo?! Bueh, como quieras, ¿qué pasó con ese?

- Nada, no me enganché…- contesté mintiendo descaradamente.

- ¿Y ahora estás sola?

- Si…

- ¿Por qué?

- Porque sí, qué se yo…

- Yo no sé, a lo mejor es por tu timidez, pero siempre tengo la impresión de que estás escondiendo algo, de que tenés como una especie de secreto…

 - ¿Yo un secreto???!!!- no entendía cómo el enano maldito había sacado esa conclusión acerca de mí.

- Si.

 -Puede ser… - dije, porque en el momento me acordé  de que mi psiquiatra, la Doctora Delia Rincón, una vez me había recomendado “jugar a la misteriosa” para seducir y quise hacer la prueba.

- Bueno, decime.

- No, no te voy a decir.

- Ani, ya sabés que yo soy muy reservado y que de esta salida nadie se va a enterar por mí…

- Si, eso ya lo sé. Además en la empresa hay gente que conoce a tu novia…

- Con más razón…

- Pero igual no te voy a decir…

- Bueno, está bien,  no me digas, pero dame otro beso ya…

Y Rubén G. me volvió a besar brutalmente de nuevo, pero esta vez prefirió posar sus manos sobre mis tetas y apretarlas con bastante fuerza.

(continuará)

El secreto de su éxito (II)

Buenos Aires, febrero de 2009.

Tomaba vino y pensaba:  “Lo toco, no lo toco, lo toco, no lo toco”. Carlos V. estaba sentado a mi izquierda y me hizo un comentario sobre un profesor que habíamos tenido en una materia el año anterior.  A él le había parecido bárbaro el profesor. Yo le di la razón diciendo: “Ay, sí, era muy buen profesor” y toqué con mi mano derecha levemente su brazo. Luego Carlos V. siguió hablando sobre profesores, materias y demás cuestiones universitarias. Yo le daba aprobación a todo lo que él decía y le tocaba su brazo, cada vez con más firmeza y decisión.

No sé si por el volumen elevado de la música del boliche o por mi sordera ocasional, pero había momentos en que no alcanzaba a oír las palabras de Carlos V. y tenía que recurrir a mi clásico “ji ji ji” para sortear el inconveniente , aunque estas veces siempre los acompañaba de tocaditas al brazo de mi compañero.

Terminada la cena, comenzó un show de magia y tuvimos que dejar de hablar. En ese momento observé que  Belén M., la del cumpleaños, estaba abrazando a otro compañero. También pude notar que la relación entre ellos no había empezado esa noche, sino que venía de antes.

Mi compañera era una rubia preciosa, del estilo Michelle Pfeiffer. No sentía envidia de ella porque estaba en otro rango de edad: tenía ocho años menos que yo. O eso me decía a mí misma para no sentirla.

Mientras el show se desarrollaba, Carlos V. se acercó  y me preguntó:

- ¿Tu amiga paraguaya no viene hoy?

- ¿Qué paraguaya? - le contesté haciéndome la boluda.

- La que vino a la fiesta de fin de año…

- Ah, pero no es mi amiga. No la conozco…- dije, sintiendo bronca porque Carlos V. me preguntara por ella.

- Bueno, mejor - dijo él, sonriendo con gesto cómplice, y a mí se me fue la bronca.

Terminado el espectáculo de magia, se levantaron las mesas y empezó el baile. O la hora de mi martirio. Carlos V. me invitó a bailar y yo tuve que ir. Ni las varias copas de vino que había tomado sirvieron para que pudiera desinhibirme y moverme con comodidad al ritmo de la música. Como me había sucedido otras tantas veces, me sentía Robocop bailando. Dura y hasta ridícula.

Los hombres suelen tomar a las mujeres por sus manos, elevar sus brazos e invitarlas a girar sobre sí mismas sin soltarlos. Un paso de baile al que yo llamo “la vueltita” y que jamás pude hacer, pues, no sé por qué extraña tara física o mental,  siempre termino enredada en mis brazos y en los del hombre de turno, que no tiene más alternativa que soltarme, para permitirme salir de la maraña.

Y eso fue lo que pasó esa noche. Carlos V. intentó a hacerme dar “la vueltita” varias veces, pero yo nunca pude completar un giro sin enredarme. Él insistió, pero los sucesivos fracasos lo hicieron desistir de seguir. Por suerte para mí, porque cada vez me ponía más nerviosa y terminaba más enredada todavía.

Carlos V. caminaba mientras bailaba y me alejaba cada vez más del resto de mis compañeros. Una vez que estuvimos lo suficientemente lejos de ellos, Carlos V. se acercó a mí, me sonrió y me dio un piquito. Luego vino un “Ji ji ji” de mi parte y él me propinó un beso intenso, pero en vez de tomarme por la cintura o por la espalda, directamente me agarró del culo. Una mano en cada cachete. Yo se las corrí inmediatamente, pero Carlos V. insistió y me arrimó más a él, haciéndome sentir algo duro en mi ombligo. Seguramente ese “algo duro” era su pene erecto, pero yo no lo quería averiguar.

Entonces me alejé un poco . Le dije: “Vas muy rápido” y  Carlos V. me siguió besando, pero tomándome por la cintura. Recién ahí pude empezar a disfrutar del momento.

Aunque el goce duró hasta que Carlos V. decidió cambiar de lugar y tocarme con bastante fuerza una teta. Otra vez a correrle la mano y a defenderme de su intento de violación.

Así estuvimos el resto de la noche. Él me besaba dulcemente y me acariciaba la cara de a ratos, para luego atacar mi culo o mis pechos y apoyar su pene en mi estómago.

(continuará)

Completamente abandonada

Buenos Aires, enero de 2009.

Iba camino a lo de mi psiquiatra, la Doctora Delia Rincón. Llevaba el celular en la mano. No fuera a ser cosa que Antonio Lombardo llamara y yo no llegara a atenderlo por no encontrar rápido el teléfono en la cartera. Con los auriculares puestos, también escuchaba la canción “Amor de Nadie“, verdadera “poesía” en la voz de Lucía Méndez. Asociaba una de las frases de esa canción: Era una losa que tiraba de mis pies, más pesada cada vez…”, con mi virginidad, pues, de no haber sido por ella, habría podido disfrutar de la relación con Antonio Lombardo. No importaba que él sólo hubiera querido pasar un rato conmigo, pues yo hubiera disfrutado de ese rato. Sin embargo, no había podido hacerlo.

No obstante, a pesar de todo, caminaba “contenta” (recalco las comillas) porque iba a a mi sesión de psicoanálisis con algo para decir. Pensaba: Progresé. Esta vez,  por lo menos, me dejaron, con el himen intacto, pero me dejaron, al fin y al cabo.”

Y esto no era poco para mí, pues yo, que casi siempre iba camino a lo de Delia Rincón revisando en mi lista semanal de boludeces cuál de estas elegía para hablar en la sesión (conmigo mucho no funcionaba la asociación libre), esta vez tenía un motivo concreto para sufrir delante de Delia Rincón y, de paso, no sentirme menos que sus otros pacientes, a los que a menudo veía salir llorando de su consultorio. Tal vez hasta pudiera llorar yo también en esta ocasión.

Incluso había llegado a suponer que Delia Rincón estaría intrigadísima esperándome para saber lo que me había ocurrido, pues se había quedado a mitad de la historia con Antonio Lombardo la semana anterior.

Cuando ya estaba muy cerca del edificio de mi psiquiatra, pensaba también que debía cambiarle el título a la historia de mi vida,  ya que habiendo sido “dejada”, “No me quieren ni para dejarme” había perdido toda virtualidad. Entonces ensayé mentalmente nuevos títulos, a saber: “No me quieren ni para entrarme“, parecido al que tenía, “La Impenetrada”, para hacerlo más telenovelero o “Jamás clavada” , de estilo cinematográfico. Así caminaba, riéndome sola por eso, cuando vi al Rockerito, el hijo de Delia Rincón, en la puerta del edificio, haciéndome un “No” con el dedo índice mientras me miraba como a una loca desubicada en tiempo y espacio:

- Mi mamá se fue de vacaciones. ¿No te avisó?-

- No, no me avisó, me había dicho que se iba el primero…

- Pero al final se fue antes. Ella le avisó a todos los pacientes…

- A mí no…

Y me retiré rápido, con más angustia, pues al abandono de Antonio Lombardo debía sumarle el de Delia Rincón, que se había olvidado de mí justo cuando más la necesitaba. Ni como paciente resultaba ser una persona atrapante.

Entonces, ya con mi autoestima en niveles tan bajos que hacían casi inviable mi supervivencia, deambulé por la calle durante un rato, hasta que un suceso logró subirla hasta un nivel sólo un poco por debajo del mínimo.

Había recibido un mensaje de texto de un número desconocido que decía “Cómo Estás?”. Luego de responder: “Quien sos?” , del otro lado contestaron: “Ferni. Entonces siguió una sucesión de mensajes:: “Bien, todo bien, y vos?” , “Yo bien, que contás de tu vida?”, “Trabajando y vos?”, “Yo estoy buscando trabajo, “Te parece si un día de estos vamos a tomar algo?”,  “Si, me parece” , “Bueno, nos hablamos y arreglamos”,  “Si, arreglamos , “Ok, nos vemos. Besos, “Besos”.

Y me ilusioné pensando en que por ahí Ferni llegaba a gustarme esta vez. Es que si él no se había olvidado de mí en ocho años, se merecía que lo considerara como una alternativa para mi vida. Tal vez la única alternativa que podía llegar a tener en toda mi vida…

Otra vez depositada

Buenos Aires, enero de 2009.

Dos días habían transcurrido sin tener novedades de Antonio Lombardo desde la noche en que me había depositado en mi casa, luego de confesarle que era virgen.  Evidentemente, algo no estaba funcionando bien, pues hasta ese momento él me había llamado todos los días, desde nuestra primera cita.

Pasé esos dos días mirando el celular, hasta que me decidí a cortar el silencio llamándolo yo. No podía dejar de sentirme una arrastrada por eso, porque mi razón entendía muy bien que la ausencia de sus llamadas no era más que una prueba de su desinterés.

Aunque otra parte de mí no acusaba recibo de esas cuestiones y justificaba la actitud del hombre sosteniendo que tal vez  estuviera enojado conmigo, pues se había dado cuenta de que le había mentido acerca de mi curriculum vitae sentimental.

Y esa parte fue la que ganó, impulsándome a llamarlo.

Antonio Lombardo me atendió con tranquilidad, como si nada hubiera pasado. Y para mi sorpresa también me invitó a salir esa noche, aprovechando que mi jornada laboral finalizaba ese día a las diecinueve horas.

Como no tenía puesta ropa interior adecuada, en la hora de descanso del trabajo compré apurada otro conjunto de ropa íntima y me cambié en el baño de la empresa.

Él me pasó a buscar a la salida, me saludó con un pico (ya no me importó que algunos compañeros me vieran) y me subió a su auto. Una vez adentro, me comentó que íbamos a  ir a cenar a la casa de su socio, que vivía en un country en las afueras de Buenos Aires.

Entonces me desilusioné por un lado, pues  si Antonio Lombardo me llevaba a comer a la casa de su socio, era porque no tenía pensado mantener relaciones sexuales  esa noche. Pero me ilusioné por el otro, ya que si me presentaba a su socio, significaba que no planeaba terminar conmigo. Más bien, demostraba cierto compromiso de su parte.

Tal vez por eso no me importó que Antonio Lombardo me hablara muy poco durante el viaje y que  las veces que lo hiciera fuera sólo para  referirse a su cliente del fideicomiso. Veía o quería ver sólo el costado bueno de las cosas. Después de todo, él me iba a presentar a su socio, que además era su gran amigo, y a su esposa, lo que no era poco. Mis conjuntos nuevos de ropa interior se iban a amortizar muy pronto, sin duda.

Es que todavía no sabía lo que me esperaba.

Apenas entramos a la casa del socio, Antonio Lombardo me presentó a éste y a su mujer con un simple “Ella es Ana” y enseguida me di cuenta de que en esa casa no me esperaban, pues había sólo tres platos puestos en la mesa.

Nos sentamos a cenar luego de que la mujer agregara un plato más. Empezamos a comer y yo al mismo tiempo empecé a sentirme ignorada. Tanto el socio, como su esposa y Antonio Lombardo, hablaban entre ellos,  sin mirarme y sin invitarme a participar en la conversación.

El primer tema que trataron fue el famoso fideicomiso. Luego le siguió una conversación sobre el hijo del socio y la carrera de administración de empresas que estaba estudiando. A esa altura, ya no sabía si eran ellos los que no me estaban tomando en cuenta o si era mi timidez la culpable de la situación. Por eso, al ver la oportunidad, dije, para entrar en la charla: ”Yo también estudio administración de empresas”. Y ahí supe que no era mi timidez la responsable, pues tanto el socio como su esposa, me contestaron con un “Ah” indiferente y siguieron describiendo las virtudes de su hijo, sin volver a mirarme.

Sólo se dirigieron a mí para preguntarme si quería más vino o postre, aunque llamándome siempre  Karina, Sofía y hasta Evangelina, lo que me hizo sospechar que Antonio Lombardo nunca les había hablado de mí antes.

Traté de disimular mi incomodidad un rato, pero creo que ésta se hizo manifiesta cuando la mujer del socio comenzó a recordar las últimas vacaciones fantásticas que habían pasado con la esposa fallecida de Antonio Lombardo.

Hablaban sobre lo mucho que la extrañaban y lo buena que era, cuando Antonio Lombardo me miró y  tal vez, por darse cuenta de mi fastidio, me tomó una mano y la empezó a acariciar.

Como una muestra más de lo boluda que podía llegar a ser, en mi interior se borró todo lo malo de esa noche y surgió una ilusión respecto de lo que vendría después de la cena. “Si Antonio Lombardo me acariciaba la mano, sin duda era porque luego iba a pasar a más conmigo, pensé, sin atender a ninguna regla de inferencia lógica válida.

Entonces me subí contenta a su auto para emprender el viaje de vuelta. Esperaba  más caricias y también, por qué no,  una parada en el medio, para tener nuestra primera vez.

Pero lo que vino después no fueron más caricias, pues Antonio Lombardo prefirió hablar en forma fría de mi situación laboral. Me dijo que no podía seguir trabajando en la empresa como analista de riesgo, ya que tenía una formación muy superior a las tareas que realizaba allí y se ofreció a conseguirme otro empleo.  Yo se lo agradecí, y un rato después, previo piquito de despedida muy veloz,  ya estaba depositada en mi casa. Pura y casta otra vez.

Pura y casta fui depositada

Buenos Aires, enero de 2009.

Sabía que era la salida “D”, la definitoria. Estaba bien preparada. Había hecho la ingrata y vejatoria visita a la depiladora y comprado un conjunto de ropa interior adecuado. No con mucho encaje ni adornos. No me gustaban. Prefería lo sencillo, aunque elegante a la vez.

Antonio Lombardo me llevó a un bar cerca del río. Como era ya muy tarde, apenas si pudimos tomar algo. El mozo prácticamente nos echó porque el local estaba por cerrar.

Y de vuelta al auto, en la soledad del lugar, Antonio Lombardo se me tiró encima con bastante apasionamiento. Yo no me quedé atrás. Realmente me dieron ganas. Pero Antonio Lombardo evidentemente no quería usar el auto como escenario para el acto y yo tampoco. Por eso se frenó, supongo, y me dijo: “Quiero que hagamos el amor”. Siendo una consumidora compulsiva de telenovelas y teniendo en mi Ipod sesenta canciones de Lucía Méndez, no tengo derecho a decir que hubiera preferido un: “¿Te parece que vayamos a un hotel?” o cualquier otra frase en lugar de la tan melosa y grasa “hacer el amor”, pero lo digo. No me gustó la frase que Antonio Lombardo eligió. No obstante ello, respondí, nerviosa, con mi clásico “Ji Ji Ji“, seguido de un “YO (a muy bajo volumen) TAM (más bajo el volumen) BIÉN (ya inaudible). De todas maneras, Antonio Lombardo me entendió, pues me sonrío y le dió arranque al auto. Y a mí me dió el arranque de ansiedad, por lo que antes de que diera marcha atrás, me apresuré a decirle casi temblando: “Pero a mí me gustaría que supieras algo antes…”. Él me dió un beso y luego me pregunto qué era lo que tenía que saber. Con mi voz entercortada dije: “Que…que…yo soy… no estuve con nadie antes…” . Como la mirada de Antonio Lombardo solicitaba más aclaraciones, agregué: “Soy virgen“. Y luego me quedé ciega y sorda por algún momento, porque jamás recordé la cara de él. Creo que reaccioné recién cuando me preguntó sobre la relación con Ferni, porque no entendía cómo en los supuestos tres años que habíamos estado de novios (esa es la mentira que le había dicho la segunda vez que salimos) no me había tocado. Como me pareció demasiado mentir afirmado que Ferni era evangelista o algo así, opté por decirle que era “raro” (algo cercano a la verdad, en definitiva), sin pensar que el adjetivo “raro” se podía interpretar como “puto”, que es lo que finalmente Antonio Lombardo entendió y yo preferí no aclarar, por temor a terminar de hundirme.

Pasado el trance, el auto empezó a andar. Por unas cuadras miré, a través de la ventanilla, las calles, las casas y la vida,y ya no me sentía virgen. Había pasado al otro bando, al de las mujeres normales.

Supuse que Antonio Lombardo no iba a llevarme a su casa, dado que vivía con su hijo. Entonces me imaginé cómo sería un hotel de alojamiento, pensando en cuál elegiría para la ocasión y también en cómo decirle que se cuidara él. Pero Antonio Lombardo no me hablaba y yo no me animaba a tomar la iniciativa rompiendo el silencio. Pasamos una avenida, luego cruzamos otra. “¡Dios, tantos hoteles en el mundo y este justo me va a llevar a uno cerca de mi casa!” Vimos un edificio en construcción. Antonio Lombardo lo miró y me dijo:

- ¿Ves ese edificio que están haciendo? Es de un cliente mío. Tuve que hacerle un contrato de fideicomiso muy complicado…no tengo experiencia en eso. Espero que me haya salido bien , porque la inversión es de más de un millón de dólares…se lo dije al cliente… que nunca había visto un fideicomiso en mi vida. Pero como me tiene confianza… ya son muchos años de relación, prefirió que se lo hiciera igual. Entonces me hice un curso rápido, de un mes, en la facultad de derecho… fue muy teórico, pero me sirvió…-

Y ya estábamos en la puerta de mi casa.

Sobre las mujeres vírgenes

Por mis compañeros de la oficina.

Generalmente, cuando el Potus y Analía G. o Analía Bagayo (como solían llamarla los hombres) no estaban, los chicos de la oficina se sentían  libres de hablar sin tapujos de cualquier cosa. Total estaban conmigo solamente. Era “uno más” del grupo para ellos.

Así es como, ese día de enero de 2009, luego de que Gastón G. abriera sin querer queriendo el cajón del escritorio de Analía Bagayo, y encontrara una caja vacía de anticonceptivos dentro, empezaron los comentarios varoniles y despectivos hacia ella: “Hay que odiar mucho a la p… para darle a esta“, “¿Quién será el desesperado?“, “Los anticonceptivos los debe usar para combatir el acné, nada más”. Todo dicho delante de Martín N., el lindo, que permaneció callado, pero  se puso rojo. Es que mis compañeros no sabían que Analía G. mantenía encuentros sexuales esporádicos con Martín N. Esa era información confidencial que solamente Samuel Klein y yo manejábamos.

Por eso se despacharon a gusto tranquilos, criticando y hasta exagerando la fealdad de Analía G..

Y estaban de cargada en cargada, cuando Marcelo F. afirmó: “Hay minas que merecerían morir vírgenes”.  Entonces presté atención y escuché lo siguiente:

-Ahora no queda ni una virgen.Después de los 21, olvidate. Las feas se van con taxi boys- afirmó Rubén G., con plena seguridad, como siempre que daba una opinión de algo.

- Yo hice debutar a varias feas cuando tenía 20. En mi barrio se había corrido la bola de que era cariñoso con los bagayitos y por eso me venían todas a pedir el favor- dijo Claudio C.

  – Yo no sé a cuántas hice debutar. Tengo que consultar en mi cuaderno- dijo Ezequiel Z., haciendo referencia a un cuaderno que ya había nombrado otras veces, en el que supuestamente anotaba el nombre de cada mujer con la que se  había acostado, las veces que lo había hecho  y lo que había hecho con cada una. Incluía a su novia.

- Mi novia era virgen. Fue la única virgen que agarré- siguió Mauro L.

 – Mi ex también era virgen- contó Rubén G., en alusión a una novia con la que había estado ocho años.

- Yo hice debutar a mi primera novia a los 16. Después nunca más encontré otra virgen- aportó Marcelo F.

A esa altura, mi amigo Samuel Klein, que sabía que yo era virgen, mirándome con cierta complicidad, preguntó:

- ¿Y es mejor estar con una virgen que con una que no es?-

  Por supuesto, es mucho mejor. A mí me gusta más…- contestó Rubén G., riéndose, como respondiendo a algo muy obvio.

Y entró el Gerente interrumpiendo intespestivamente la conversación, dejándome con muchas ganas de oír más opiniones al respecto.

Aunque lo que había oído  era suficiente para sentir que debía decirle a  Antonio Lombardo la verdad sobre mi estado virginal en forma previa a mantener una relación sexual con él.

Virgen por toda entrada

A mi mejor amiga, Carla, la conocí en los entrenamientos del equipo de vóley del colegio, del cual formábamos parte. Corría el año 1992. Yo tenía once años y ella, catorce.

Casi nunca nos habíamos dirigido la palabra, pero teníamos algo en común: las dos solíamos salir muy apuradas de los entrenamientos, aunque no sabíamos las razones de la urgencia de cada una.

Pero un día en el que un entrenamiento duró más de lo habitual,  el misterio de los apuros quedó develado cuando Carla me dijo: “¡No llego, no llego, me muero! ¡Me pierdo la novela y seguro la video no la graba!”

Fue entonces cuando me di cuenta de que las dos compartíamos la misma razón para escaparnos corriendo de los entrenamientos: ver la telenovela “Amor de nadie”, protagonizada por Lucía Méndez , y  también el mismo problema: en nuestras respectivas casas siempre nos desprogramaban la videocasetera que habíamos dejado cuidadosamente preparada para grabar la novela.

Desde ese momento nos hicimos amigas. Siempre nos unió nuestro gusto por las telenovelas y un sentido del humor bastante sarcástico que nos hacía divertirnos mucho juntas.

Como toda relación, tuvo sus problemas, sus idas y sus vueltas, pero siempre estuvimos unidas desde aquella primera conversación sobre la telenovela “Amor de nadie”.

Y aunque Carla se había puesto de novia con Danilo a los veinte años, esto nunca constituyó un obstáculo para nuestra relación. Al contrario, los tres congeniamos muy bien y yo la pasaba de maravilla con ellos dos.

Hasta solíamos cargarnos hablando de nuestro matrimonio de a tres, en referencia a la gran cantidad de tiempo que pasábamos los tres  juntos y a las muchas noches que me quedaba a dormir con Carla en el departamento de Danilo, el cual quedaba muy cerca de mi trabajo.

Y en una de esas noches de enero de 2009, tratar el tema “Antonio Lombardo y mi virginidad” fue inevitable. Es que Danilo me conocía desde que yo tenía diecisiete años y sabía que era virgen.

Pero, dada la situación que vivía en ese momento, se vislumbraba que no iba a durar mucho tiempo en ese estado.

Tanto Danilo como Carla daban por sentado que de la relación que mantenía con Antonio Lombardo no iba a salir pura y casta. “El tipo te la pone seguro“, afirmaron los dos, por lo que el interrogante principal pasó a ser: ¿Decirle o no decirle a Antonio Lombardo que era virgen antes de la primera vez?, y las palabras  que escuché  fueron más o menos estas:

- No le tenés que decir nada- dijo Carla

- ¿Cómo no le va a decir nada?? El tipo se va a dar cuenta…- contestó Danilo.

- No importa, que se la ponga y después se verá – siguió Carla. -Lo más probable es que el tipo no se de cuenta.

- ¿Cómo no se va a dar cuenta?? –replicó Danilo.- Seguro que sangra…

- ¡Ay no!! – afirmó Carla como quien escucha una pavada de otro. – A la edad de Ana ya no se debe ni sangrar…

- Igual, Ana es virgen “por toda entrada”- afirmó el novio de mi amiga, en referencia a mi inexperiencia absoluta en las tres clases de sexo: vaginal, oral y anal.- El tal Antonio Lombardo se va a dar cuenta enseguida apenas hagan sexo oral.

Risas mías y de Carla porque Danilo se refirió al sexo oral como si se tratara de una especialidad cuasi científica. Y al parecer lo era. Yo ni idea tenía, pues antes de tener la charla que refiero pensaba, en función de las imágenes que había visto, que el sexo oral era como comer un helado de palito (torpedo o similares). Pero después de las explicaciones brindadas por Danilo, previa aclaración de lo importante que era para un hombre eso, puesto que él mismo afirmó haberse “enamorado” de su primera novia luego de que ésta le practicara sexo oral a ritmos cambiantes (no puedo entender a los hombres a veces), me di cuenta de que este tipo de sexo tenía demasiadas  complicaciones para mí (Danilo se refirió a los dientes y  a otros detalles que no voy a comentar para no resultar tan grosera). Y el “yo no voy a poder” empezó a asediar mis pensamientos. Mis visiones habían cambiado. Ahora creía que si la relación con Antonio Lombardo prosperaba debería confesarle mi virginidad en forma previa a acostarme con él. Antes no pensaba hacerlo.

Sabía que me estaba adelantando, pues las cosas con Antonio Lombardo venían lentas en  ese sentido, pero igual no podía dejar de estar preocupada.

Me había quedado tildada pensando en los problemas que se avecinaban respecto al sexo y a Antonio Lombardo, cuando Carla agregó una complicación adicional, al decirme:

-  Y vos andá preparándote bien… desde ahora…

Sabía a lo que se refería. Era algo muy desagradable que me resistía a hacer: visitar a la depiladora.

Todavía creo en el amor

Buenos Aires, enero de 2009.

Todo comenzó con una llamada de Antonio Lombardo: “Salgamos igual, no importa la hora, te paso a buscar por la empresa”. Mucho no me gustaba la idea de que me pasara a buscar, pues no quería que mis compañeros (que sabían que mucha vida sentimental no tenía, con la excepción del incidente con Rubén G.) vieran que me pasaba a buscar un tipo a la salida del trabajo (con eso no había problema, al contrario) pero que el tipo en cuestión era mucho más grande que yo (con eso sí había problema). De manera que opté por informarle a Antonio Lombardo una hora de salida falsa (media hora después de la real), con el fin de dejar ir a todos mis compañeros (generalmente salíamos todos juntos) y esperarlo sola en la puerta de la empresa. Pero no pude. Ezequiel Z. manifestó suma preocupación porque me quedara esperando en soledad y de noche. Se quedó, muy a mi pesar, a mi lado, haciéndome compañía en la espera, mientras me consultaba sobre cómo invertir sus famosos sesenta y ocho mil dólares que para ese momento ya se habían convertido en setenta y dos mil. Por suerte, Antonio Lombardo llegó quince minutos antes de lo previsto, interrumpiendo tan absurda conversación y sorprendiéndome al decir: “Parece que tengo competencia” , en referencia a Ezequiel Z.. Ese fue el preludio de la noche que me esperaba, ya que luego Antonio Lombardo empezó a indagar de modo muy directo sobre el tema que tanto me incomodaba: Mi Curriculum Vitae sentimental. No pude dejar de recordar en ese momento lo que me había dicho al respecto mi psiquiatra, la Doctora Delia Rincón. El consejo de ella había sido: ”Hacete la misteriosa“, lo que me había hecho pensar seriamente en que mi psiquiatra no me prestaba la atención suficiente, pues no entendía cómo podía pretender que una persona como yo, saturada de timidez y torpeza, pudiera actuar de “misteriosa”. Descartado este consejo, no me quedó más alternativa que responder a las indagaciones de Antonio Lombardo con mentiras, estirando mi relación con Ferni a tres años de apasionado romance, interrumpidos por dudas sobre mis verdaderos sentimientos hacia él y las diferentes formas de ver la vida que teníamos. Luego, debiendo justificar aproximadamente cinco años más de vida amorosa (pensé en decirle que había estado en coma), opté por hablar de tres relaciones esporádicas de no más de seis meses de duración cada una. Todo era falso, lo que me provocaba culpa, pero no me quedaba otra salida. Por eso rápidamente  le pasé la pelota a él. Así, Antonio Lombardo me informó lo que yo ya sabía gracias a los informes comerciales que le había hecho en la empresa, por lo que fingí una cara de sorprendida cuando me dijo que su mujer había muerto hacía cinco años, de golpe, víctima de un infarto. Después me habló de su hijo de 23 años que vivía con él y me aclaró que todavía no había podido superar del todo la muerte de su esposa. Por eso concurría a un grupo de ayuda para viudos jóvenes. Mucho no me gustaron esos dos detalles: que no hubiera podido superar la muerte de su mujer y que concurriera a un grupo de ayuda, pues nunca me agradaron estos grupos y tenía cierto prejuicio respecto de la gente que concurría a ellos. Pero decidí dejar pasar esas cosas en atención a que el balance de Antonio Lombardo resultaba superavitario, ya que, además de resultarme atractivo, el tipo era todo un caballero. Siempre me había abierto la puerta del auto, para que me subiera o para que me bajara del mismo, me había acomodado la silla para que me sentara en los restaurantes y había pagado todo lo que había consumido, ofreciéndome, incluso, tomar o comer algo más a cada rato. Además me protestó esa vez cuando llegó la cuenta porque yo, al igual que en nuestra primera cita, había sacado la billetera en señal de querer pagar. Y esos eran detalles que en un hombre sumaban mucho para mí.

Una vez en la calle, mientras caminábamos hacia el auto y  yo trataba de enderezar mi postura y sacar pecho, como solían aconsejarme mis padres, Antonio Lombardo me tomó de la cintura delicadamente, me puso de frente a él y me dió un beso. Un beso tranquilo, sin lengua casi. Luego me dijo que le gustaba mucho y que se la pasaba todo el día pensando en mí. Yo respondí a esas palabaras con mi clásico “ji ji ji”, y después Antonio Lombardo me llevó en su auto hasta mi casa. Nos despedimos con otro beso tranquilo y con la promesa de otro encuentro.

Luego de esa salida me quedé como suspendida en el aire, en un estado calamitoso de melosidad y esperanza romántica desmedida, al punto de haber pasado un día entero escuchando “Todavía creo en el amor” de Lucía Méndez, una canción que es de la época en que salió al mercado el primer teléfono inalámbrico.

La nena tiene una cita

Buenos Aires, enero de 2009

“¡Por fin!” Fue la expresión de mis padres al enterarse de que existía un hombre en este mundo que me había invitado a salir. A esa altura ellos estaban tan desesperados que no importaba que el tipo fuera casi veinte años mayor que yo.

 Sí importaba, en cambio, para unos padres sobreprotectores como los míos, que el candidato fuera un hombre que había conocido en el tren, porque podía ser un depravado sexual o un delincuente. Pero este riesgo se veía considerablemente disminuido en mi caso, pues mi trabajo como analista de riesgo crediticio me permitía acceder a los informes comerciales de cualquier persona, con sólo saber su nombre y apellido. Y por eso ya sabía que Antonio Lombardo no tenía antecedentes penales, que nunca  había estado en mora en sus pagos de tarjetas de crédito, que tenía dos autos casi nuevos a su nombre y que poseía tres propiedades en Buenos Aires, además de una buena categoría como contribuyente impositivo

El tipo era un buen partido, sin duda. Una oportunidad que no había que dejar pasar. Por eso mi madre se ocupó personalmente de prepararme para la cita. Me obligó a tomar sol todo el día para lograr que el bronceado tapara mi acné, algo imposible. Pero mi madre, tenaz, no me dejó pisar la sombra ni dos minutos seguidos durante las horas en que los rayos de sol eran más potentes (de a ratos se nublaba, por suerte). Es que no había nada que me resultara más molesto y aburrido que estar posando al sol, pues no se puede hacer nada mientras se toma sol: ni leer, ni mirar televisión, ni estar en la computadora. Por eso, pocas veces lucía mi piel bronceada en el verano, algo que mi madre siempre me recriminaba.

Luego del sol, le siguió un baño de crema en el pelo, un brushing y un pase de planchita. Todo realizado atendiendo al mismo tiempo a las recomendaciones y consejos de mis padres para ocultar mis “tips” frente al candidato. Estos “tips” eran varios, a saber:

1) Tendencia a encorvarme (o postura que suelen adoptar los perdedores, como yo digo). Para esto mi padre insistía con un “Tenete derecha“, mientras me clavaba un dedo en la espalda para enderezarme. Y mi madre agregaba: “Las mujeres se operan para tener pechos y vos que tenés bastante no los sabés mostrar, parece que tuvieras vergüenza“.

2) Cuando me distraía o me quedaba tildada pensando en algo, sin darme cuenta, me mordía el labio inferior con los dientes superiores. El consejo de mi padre era: “acordate de no sacar los dientes para afuera, que parecés Rogger Rabit“.

3) Sordera ocasional, causada por alguna inhibición o nervios del momento. Mis padres nunca encontraron receta precisa para combatir este flagelo. Solamente me decían : “No estés preguntando: ¿ehh???, ¿qué??? muchas veces“, o sea, si no había oído bien, era preferible que contestara cualquier cosa, no importaba cuál era la pregunta. Mejor eso a que se advirtiera sin más trámite mi deficiencia auditiva momentánea, causada por todas las estupideces que tenía en la cabeza, como decía mi madre.

Cuando se acercaba la hora en la que debía partir hacia mi encuentro con Antonio Lombardo, mi madre también se metió con mi peinado. Mi pelo estaba bien, pero mi madre me sugirió que me colocara una flor en la cabeza que se usaba en ese momento (mi madre había dejado sin stock de esas flores a Todo Moda la semana anterior). Yo insistí en poner la flor por detrás, casi en mi nuca, y elegí una de color negro. Pero mi madre pudo más y terminé saliendo de mi casa con una flor roja que recogía mi pelo de costado.

Así llegué al lugar del encuentro pactado previamente con Antonio Lombardo. Ahí estaba él, esperándome, muy bien vestido. Noté que usaba reloj grande y a mí siempre me gustaron lo hombres que usan relojes grandes. Se ven muy bien en sus muñecas.

Apenas me vio, Antonio Lombardo se acercó a saludarme con un beso en la mejilla y me dijo que estaba muy linda. Yo le respondí con un “gracias”, seguido de mi clásico “ji ji ji” que siempre salía cuando no sabía qué decir.

Y como creo que pasaba, mi timidez terminaba por inhibir a los demás, pues percibí que Antonio Lombardo no sabía muy bien cómo continuar la conversación conmigo. Empezamos a caminar y luego de un silencio muy molesto acompañado con miradas de reojo mutuas, Antonio Lombardo me preguntó adónde me gustaría ir a comer. Esta pregunta derivó en otras sobre gustos de comida y no supe por qué surgió el sushi entre los platos mencionados como uno de mis preferidos. Antonio Lombardo, entonces, me hizo caminar dos cuadras, hasta un restaurant especializado en esa comida.

Me había metido en un lío, pues las veces que había comido sushi lo había hecho siempre en tenedores libres. Nunca en un lugar en el que exclusivamente sirvieran ese plato. Por eso, una vez en el restaurant, debí tratar al mismo tiempo de no jorobarme, no morderme el labio inferior, no mover mucho la cabeza, pues notaba que el broche de la flor se iba aflojando, también intentar mantenerle la mirada a Antonio Lombardo mientras atendía la conversación, y además, aprender a comer con los palitos.

Después de varias explicaciones sobre cómo hacerlo y reiterados fracasos sucesivos de mi parte dada mi poca habilidad manual, Antonio Lombardo terminó pidiendo cubiertos. Por suerte el hecho le causó gracia y el vino ya me había empezado a hacer efecto. Me volví más conversadora y fueron apareciendo temas interesantes, al menos para mí. Así, Antonio Lombardo me dijo que una de sus películas favoritas era “El Cartero” (”Il Postino”) y aclaró, en el medio, que yo era muy “chica” y no la debía conocer. Le contesté que por supuesto que la conocía, ya que no era una película muy vieja y agregué que “El Cartero” estaba en mi lista de películas que había visto unas ocho veces (obvié mencionar, por supuesto, que en esa lista también se encontraban “Los bañeros más locos del mundo” y “Mujer Bonita”).

Con el café, que me invitó a tomar a otro lugar, hablamos de literatura y Antonio Lombardo hizo una referencia a los escritores rusos. Buen tema para mí porque los escritores rusos eran mis preferidos. De manera que terminamos la noche hablando sobre Gogol y Dostoievski.

Fue una cita extraña si se tiene en cuenta el hecho de que no hubo acercamientos y de que casi no tocamos temas personales en la conversación, al punto de haber regresado a mi casa sin conocer el estado civil de Antonio Lombardo. Al menos, no a través de él, porque por los informes crediticios que le había realizado en la empresa sabía que era viudo y que tenía un hijo.

Seguramente, la frialdad con la que se desarrolló esa primera cita fue por mi exclusiva culpa, ya que él, de a ratos, me miraba y se sonreía como diciendo “me gustás”. Pero yo le respondía, obligada por mi timidez, con miradas al piso.

Igualmente, a Antonio Lombardo no le molestó mi actitud, porque me llamó al otro día, me dijo que la había pasado muy bien conmigo y me invitó a salir de nuevo.

Antonio Lombardo

Buenos Aires, diciembre de 2008.

Confieso tener un serio problema con los nombres de las personas en lo que se refiere a la escritura de este blog, pues he respetado algunos de la vida real en lo que concierne a los de pila, pero no quiero seguir así por miedo a que alguien conocido lea esta historia. Por eso voy a empezar a ponerle a mis galanes nombres de protagonistas de telenovelas (a los que ya mencioné los voy a dejar igual). Así, al hombre del tren de unos cuarenta y cinco años que me resultaba atractivo voy a llamarlo a partir de ahora “Antonio Lombardo“.

Continuando con la historia, después de dos días sin novedades de él (y de nada) , mi teléfono celular se iluminó cuando Antonio Lombardo me llamó y me dijo:

 - Hola, ¿Cómo estás?

 - Bien…- dije, fingiendo que no sabía quién era.

 - Soy Antonio, el del tren, ¿te acordás?

 - Ah, si, si, me acuerdo.

- Bueno, me alegro. ¿Estás mejor?

 - Si, si, estoy mejor.

- ¿Fuiste al médico?

 - No, no es necesario, siempre me pasa. Con el calor me baja la presión- dije, porque no le iba a contar la verdad sobre mis ataques de pánico.

 - Si, pero igual deberías hacerte algún chequeo.

 - Si, si, bueno… no sé…-  dije, esperando que cambiara de tema de conversación.

- Decile a tu novio que te acompañe al médico.

- No, no tengo novio- Ya empezaba a ponerme nerviosa.

- Ah, bien, bien…

Se produjo un silencio incómodo y luego:

 - La verdad es que dudé entre llamarte o irme de vacaciones. Es más, iba a tomarme las vacaciones para pensar en si era mejor llamarte o no. Pero, por el momento, no me voy de vacaciones, así que te estoy llamando- me dijo Antonio Lombardo con decisión.

- Bue…bue…no – dije tímidamente.

- No vayas a pensar que soy un viejo verde…

- No, no, para nada.

- Porque  tengo cuarenta y ocho…, y vos sos mucho más chica…,¿cuántos años tenés?

- Veintinueve.

- Me imaginaba- dijo, y se produjo una pausa.- Te vi varias veces en el tren y me llamaste la atención.

- Ji ji ji- fue lo único que mi inhibición me permitió expresar.

Pero  no obstante mis  formas de respuesta patéticas, Antonio Lombardo igualmente me invitó a salir.

Quedamos en encontrarnos el primero de año a la noche para ir a cenar.

Fotos comprometedoras

Buenos Aires, diciembre de 2008

No sabía cómo responder al mensaje del hombre del tren de unos cuarenta y cinco años que me resultaba atractivo. Como eran cerca de las once de la noche y el mensaje lo había recibido a las veinte y treinta, tampoco sabía si correspondía contestarlo ese día o dejarlo para mañana. Dudé y dudé, hasta que me decidí por responder: “Estoy muy bien. Gracias por tu preocupación. Un beso.”

Inmediatamente recibí la respuesta: “Ok, me quedo más tranquilo. Un beso para vos también”,

Y al llegar a mi casa me fui a dormir feliz, porque el día que había vivido  no había sido tan malo ni igual a los anteriores.

Ahora tenía dos ilusiones: el hombre del tren de unos cuarenta y cinco años que me resultaba atractivo, y el enano maldito, que no me resultaba atractivo, pero que igual algo me provocaba. Aunque no sabía bien qué, en ese momento no me importaba.

Al otro día me desperté temprano y contenta. Tan temprano y tan contenta que hasta pude invertir una hora y media de tiempo en hacerme brushing y pasarme la planchita por el pelo para ir a trabajar.

Pero cuando llegué a la empresa temí que semejante esfuerzo de producción personal sin precedentes fuera visto por mis compañeros como un signo de mi interés hacia Rubén G., el enano maldito, teniendo en cuenta los besos que nos habíamos dado el día anterior.

Es que todavía no sabía que mis compañeros habían estado entretenidos en otro asunto y no iban a reparar en mi pelo.

Me di cuenta de que algo pasaba minutos después de llegar a la oficina, cuando vi entrar a  Gastón G., Claudio C. y Ezequiel Z., muertos de risa, por algo que sucedía en el pasillo. No supe qué era lo que ocurría hasta que mi amigo, Samuel Klein, me informó que mis compañeros habían impreso en la oficina las fotos de mi  encuentro furtivo de besos con Rubén G., que luego las habían pegado en un mueble ubicado encima de la máquina de café de uno de los pasillos de la empresa. y que en ese mismo instante, Rubén G., estaba en ese pasillo dando saltos, intentando despegar las referidas fotografías (su baja estatura le impedía alcanzarlas estirando un brazo).

Salí entonces al corredor, en defensa de mi compañero y también de mi intimidad, y no pude dejar de reírme al encontrar a Rubén G., muy nervioso, tratando de treparse a la máquina de café con el fin de capturar las fotos.

Observé unos minutos cómo el enano maldito se esforzaba, pero no lograba su cometido. Entonces me acerqué, estiré un poco un brazo y logré despegar las fotos. Rubén G., de mala manera y molesto por mi risa, me informó que en la empresa había mucha gente que conocía a la novia y que no quería tener problemas por un momento de mierda.  Inmediatamente, me arrancó las fotos de las manos y se fue. Yo me quedé un poco mal, pues no podía negarme a mí misma que durante algún momento, mientras le daba un beso y después también, tuve la fantasía de ver a Rubén G. enamorado de mí. Sería por orgullo o no sé, pero me  hubiera gustado que la novia no le importara tanto como le importaba.

Después de la publicidad que tuvo el incidente ese día, mucha gente en la empresa me miraba y se sonreía. Al principio me molestaba, pero después  ya no tanto. Tal vez  por lo que mi amiga Carla me dijo al enterarse del suceso: “Mejor, así todos se dan cuenta de que vos también estás en el mercado sexual”.

Pero de nuevo ese día me volví a mi casa sin ilusiones. Con el enano maldito, ya no podía alimentar ninguna, y del hombre del tren de unos cuarenta y cinco años  que me resultaba atractivo no había tenido ninguna novedad esa jornada y pensaba que tampoco la iba a tener otro día. Es más, si hacía un balance completo, también debía contabilizar que ni Ferni me había llamado.

De manera que me fui a dormir y tal como lo hacía todos los días desde que tenía uso de razón, me sumergí en una fantasía para olvidar la realidad. Es que desde muy chica jugaba a ser Lucía Méndez y a tener muchos enamorados. Pero ahora ni eso podía hacer tan tranquila, pues a los veintinueve años todavía fantasear con ser Lucía Méndez y casarme con el galán más deseado me daba mucha culpa. Tal vez por no saber a qué o a quién adjudicarle la responsabilidad de mi destino, a veces se lo machacaba a mi mente fantasiosa y a la cantidad desmedida de telenovelas que había visto en mi vida, que no me habían preparado para la suerte que me esperaba.

Un día diferente

Buenos Aires, diciembre de 2008.

Retomé el viaje en tren hacia mi trabajo más tranquila, por efecto del clonazepan y  por el recuerdo del gesto amable que recién había tenido conmigo aquel hombre maduro que me resultaba atractivo. Por unos minutos me hice ilusiones con él, pero luego pensé que debía ser casado o estar en pareja, e inmediatamente empecé a pensar en una cuestión más terrenal, como lo era la excusa que esta vez tenía que  inventar para justificar mi llegada tarde a trabajar.

Con uno de mis jefes, Mauro L., no había problema. Le resultaba tan indiferente que ni siquiera se daba cuenta de si estaba o no en la oficina. Pero con mi otra jefa,  Analia G. o Analia Bagayo, como la habían apodado mis compañeros por su fealdad, sí había que justificar las demoras.

No era la primera vez que había tenido que bajarme del tren por tener un ataque de pánico y, por ende, no era la primera vez que llegaba tarde a trabajar por esa razón.  Pero yo no iba a permitir que alguien de la empresa supiera de mis problemas psicológicos y de mis ataques.  Por eso prefería poner cualquier otra excusa que justificara mis demoras. De manera que repasé mentalmente las  que había usado hasta ese momento: “El tren se demoró, le subió la presión a mi papá, perdí las llaves de mi casa…” y no sabía qué inventar ese día, pues repetir una no podía, ya que Analia Bagayo anotaba en un cuaderno, dando cuenta de fecha y  hora, cada pretexto que sus subordinados usaban para justificar las llegadas tarde y las ausencias.

Pensaba en estas cuestiones cuando entré en la oficina dispuesta a poner esta vez como excusa de mi retraso una bajada de presión con mareos. Pero no fue necesario decir nada, pues Analía G. no había concurrido a la empresa ese día. Transmisión de pensamientos mediante o no sé qué, ella había alegado también que sufría de mareos y que tenía la presión muy baja esa jornada.

Y como la jefa más represora no estaba, la poca autoridad de Mauro L. no pudo resistir la presión de mi amigo, Samuel Klein, que insistió en abrir las botellas que habían sobrado del brindis de navidad y que aún permanecían en la heladera de la oficina.

Fue así como todos terminamos la jornada laboral en la sala de reuniones tomando champagne como cosacos. Todos menos Ernestina T., “el Potus”, que  a todo evento, prefirió la gaseosa, por supuesto.

La conversación fue y vino sobre diversos temas hasta que llegó al futuro de River, y yo, en ese tema, siempre tenía algo que decir.

Justamente estaba exponiendo mis argumentos a favor del equipo, cuando Samuel Klein, con disimulo, me pidió que parara de hablar. Le pregunté el por qué  y él me respondió haciendo referencia a la reunión en la casa de Gastón G.., en la que casi me había llegado a batir a duelo con Martín N., discutiendo quién había sido el jugador que le había dado el pase a Caniggia en el gol contra los italianos en el Mundial 90′ (Yo había dicho  Olarticoechea y Martín N., Maradona).

-¡¡¡Si tenía razón!! ¿Qué pasa????- dije sorprendida.

– No es eso, es que después Martín N. me dijo que eras medio marimacho, poco femenina, hablando de futbol, que a ningún tipo le iba a gustar una mujer así…- me contestó Samuel Klein.

No pude contener la angustia que me provocó el comentario de Martín N. y por eso  me tragué dos vasos de champagne de golpe. Luego me consolé a mí misma pensando que no tenía que hacerme problema por la opinión que Martín N. tenía sobre mí, ya que el tipo era un idiota que se pasaba crema humectante en la cara todas las noches, que de vez en cuando se acostaba con la jefa, Analía Bagayo, sólo para tener ascensos de categoría y que, encima, estaba enamorado de “el potus”, lo que le sumaba una cuota de idiotez que lo hacía superar a la media de los idiotas.

Pasado el momento amargo, me distraje escuchando un nuevo delirio de grandeza de Ezequiel Z., que a viva voz relataba cómo había ganado sesenta y ocho mil dólares (U$S 68.000) el mes anterior, mediante un ingenioso emprendimiento de medicina prepaga zonal que realizó con su padre magnate.  

Terminada la exposición, Ezequiel Z. se fue al baño y empezaron las risas y las deducciones, ya que ese mismo día lo habíamos escuchado solicitar por teléfono una refinanciación de su deuda de tarjeta de crédito por ochocientos pesos.

Con Rubén G. llegamos a la conclusión de que el verdadero negocio de Ezequiel Z. había sido hacer la suplencia de un chofer de ambulancia, tarea por la que había recibido un ingreso extra de sesenta y ocho pesos ( $ 68). Como esto nos causó mucha gracia, explotamos de risa y quedamos bastante cerca. Rubén G., entonces, me preguntó qué me pasaba. Yo le dije que nada. Pero no conforme con esta respuesta, me agarró de un brazo, me llevó hasta el pasillo, me sentó en la escalera y me dio un beso (supongo que me sentó porque parado me llega justo a… mmm…. un poco debajo de los hombros…).

Y así  estuvimos, de beso en beso, hasta que nos dimos cuenta de que Ezequiel Z. nos estaba sacando fotos con su teléfono celular.

A Rubén G. la conducta de Ezequiel Z. lo indignó. Por eso se fue de mi lado corriendo, con el fin de secuestrar el aparato de nuestro compañero. Ese día no supe si al final  había podido hacerlo, pues esperé en la escalera su regreso, pero éste jamás ocurrió.

Para cuando me di cuenta, Rubén G. se había ido de la empresa sin haber vuelto a despedirse de mí, lo que me hacía pensar que los besos quedarían sólo como el impulso de un momento.

Un rato después junté mis cosas y me fui de la empresa yo también.  En el viaje de regreso revisé mi celular. Tenía dos llamadas perdidas de un número que desconocía y un mensaje de texto de ese mismo número que decía: “Hola Ana, estoy preocupado. Estás bien?” 

Y no tuve más que tomar la tarjeta que me había entregado esa mañana para saber que las llamadas y el mensaje eran del hombre del tren que me resultaba atractivo…

¡Demasiado para un sólo día de mi vida!

El hombre de al lado

Todos mis días eran iguales. Me levantaba  tarde en aquellas mañanas en las cuales no tenía cursos en la  facultad  e iba a trabajar. No lo hacía con muchas ganas, pues no sólo me sentía frustrada  por mi fracaso en el plano amoroso. También en lo laboral mi vida no era exitosa. Había culminado una carrera universitaria que nunca me había permitido encontrar un trabajo en el cual pudiera ser reconocida por lo que había estudiado. Por eso había decidido seguir una segunda carrera, administración de empresas,  con el objetivo de  trabajar en alguna multinacional y cumplir algún día mi sueño de ser gerente de algo dentro de una organización.

Pero estaba muy lejos todavía de cumplir ese sueño. Ni siquiera trabajaba en una multinacional. Lo hacía en una empresa chica y nacional que era propietaria de varias tiendas de venta minorista de electrodomésticos.  En esa empresa  desarrollaba tareas de analista de riesgo crediticio de personas que solicitaban préstamos para comprar un lavarropas, una heladera, una aspiradora, etc.

Como las tiendas de electrodomésticos permanecían abiertas al público de lunes a domingo de 9 a 22 horas, los analistas de riesgo crediticio cumplíamos un horario acorde a  esto. No fuera a ser cosa que a alguien se le ocurriera comprar una batidora en cuotas a las 9.45 de la noche y no hubiera nadie que verificara los antecedentes crediticios del cliente. Por eso yo tenía que trabajar desde las 13 hasta las 22 horas, de miércoles a domingo, incluyendo feriados.

El sueldo que me pagaban no  me permitía pensar más allá de llegar a fin de mes. No podía fantasear con la idea de independencia, pues no podía pagar un alquiler, ni los gastos de un departamento. También estaba preocupada porque mis padres ya eran grandes, su jubilación estaba cerca  y yo debería, en un futuro no muy lejano, colaborar con los gastos de mi casa.

Pensar en la incertidumbre de mi porvenir, tanto económico como afectivo, me abrumaba. Los pensamientos catastróficos a veces hacían una explosión descontrolada en mi mente y  me provocaban un estado de angustia terrible, que luego se transformaba en desesperación. Mis manos comenzaban a transpirar, mi corazón a latir más rápido y mi respiración se hacía más agitada. Era entonces cuando tenía miedo de hiperventilarme, marearme y luego desmayarme. Y cuánto más pensaba en desmayos, peor me ponía.

Mi psiquiatra, la Doctora Delia Rincón, me había prescripto una dosis de clanozepan de 0,5, que debía tomar todas las mañanas, antes de salir de mi casa. Pero esa mañana me había olvidado de tomar la pastilla. Viajaba en el tren cuando mis manos comenzaron a mojarse por la transpiración. Traté de distraerme mirando lo papeles que leía el hombre que estaba sentado a mi  lado. “Poder judicial de la Nación” decía uno de ellos. Intenté seguir leyendo, pero  el movimiento del tren, el calor y la gran cantidad de gente que viajaba me hacían sentir ahogada.

Respiraba   agitada,  tanto que el hombre que estaba sentado a mi lado me preguntó si me sentía mal. Yo le dije que no, pero él insistió con lo mismo y afirmó también que estaba pálida. Oír esto me puso peor, pues si estaba pálida el desmayo era inminente. Sabía lo que tenía que hacer en esos casos para evitarlo: tirarme en el piso y poner las piernas para arriba. Pero la vergüenza de hacerlo delante de la gente me lo impedía.

Entonces hice todo lo contrario. Cuando el tren se detuvo en una estación, me levanté del asiento y me dirigí a la salida a gran velocidad. El hombre que estaba sentado a mi lado me dijo algunas cosas que no llegué a escuchar.

Apenas me bajé del tren, tiré mi mochila al piso y comencé a revolver dentro de ella buscando el milagroso clonazepan que pronto aliviaría mis síntomas. Fue entonces cuando me di cuenta de que el hombre que estaba sentado a mi lado también se había bajado del tren  y me ofrecía su ayuda.

No me resultaba nada cómoda la situación, pues no quería compartir mi estado calamitoso con nadie, menos con ese hombre de unos cuarenta y cinco años, al que ya había visto otras veces viajar en el tren y que me resultaba atractivo.

Pero me tuve que dejar llevar. Después de todo, el hombre en cuestión había sido muy amable al bajarse del tren sólo para ayudarme.

 Él me acompañó hasta un asiento en la estación y me compró una botella de agua mineral para que pudiera tragar el medicamento. Ofrecí pagársela, pero se negó a aceptar el dinero.

Luego me sugirió que llamara a un médico, pero yo le dije que no era necesario ya  que en veinte minutos estaría completamente recuperada.  Entonces él se lamentó por no poder esperar hasta que eso sucediera, pues debía concurrir a una audiencia en tribunales a la que no podía llegar tarde y debía marcharse inmediatamente. Yo le dije que lo hiciera, que no se hiciera problema, pues en la estación de tren había mucha gente y cualquiera podía socorrerme en el caso de que me pusiera peor.

Pero ya estaba mejor. Respiraba casi normalmente. Supongo que la presencia del hombre al final había resultado beneficiosa, pues había logrado distraerme. Sobre todo, cuando me dio su tarjeta de abogado e insistió en que yo a su vez le diera el número de mi teléfono celular para poder llamarme más tarde y así verificar que siguiera bien…

Buscando consuelo

                                                                         Buenos Aires, diciembre de 2008.

En el consultorio de mi psiquiatra, la Doctora Delia Rincón,  relataba mis penurias recostada en el diván, esperando alguna interrupción sabia de su parte:

- Carlos V. no estaba enamorado de mí como yo pensaba- afirmé- Si fuera así, no se  habría ido con la paraguaya esa y se hubiera quedado conmigo, ¿no?

- Y no, no, claro- dijo Delia Rincón.

-  No es la primera vez que me pasan cosas así.- seguí diciendo, lista para  desahogarme a gran velocidad- A veces pienso que ya me estoy acostumbrando, porque situaciones así viví muchas ya. La primera vez fue  en tercer año del secundario, cuando fui a bailar, también por primera vez.  El hermano de una de mis compañeras nos llevó en su auto hasta el boliche.  Éramos un grupo de compañeras de colegio, al que se le había sumado mi amiga Carla. Como a mí me gustaba un poco el hermano de mi compañera y la experiencia del boliche no me había resultado muy divertida que digamos, me acuerdo que empecé a fantasear con él esa misma noche y a ilusionarme también. Pero el lunes siguiente al evento, cuando mi compañera (la hermana del chico) me espetó: “Te tengo que decir algo, es de mi hermano, quiere el teléfono de tu amiga Carla…”, me sentí como la mierda, al punto de pensar en no tener nunca más una ilusión, por el peligro de vivir otra desilusión. Y eso que en ese momento no sabía que esa era sólo la primera de una serie casi infinita de sucesos desafortunados que hicieron que en mi vida rara vez hubiera podido conseguir una cita o, una vez conseguida ésta, pudiera pasar a una segunda…. Lo peor es que les conté a mis padres lo que me  pasó con Carlos V.

- ¿Y para qué le contás esas cosas a tus padres?- preguntó Delia Rincón.

- No sé, pero no me puedo contener y les cuento.- dije casi disculpándome. – Después me arrepiento…

- ¿Y qué te dijeron ellos?- preguntó Delia Rincón, con tono de intrigada.

- Casi lo mismo de siempre.- contesté resignada.- Mi papá, que no me levanto tipos porque no les hago “caída de ojos”, y mi mamá, que no seduzco porque no me sé imponer, porque no me arreglo bien y porque no me saco el maquillaje de la cara antes de irme a dormir. Es que mi mamá era muy linda y yo no salí muy parecida a ella. Pero no lo entiende, por eso todas las noches me persigue con un frasco de crema para rostro en la mano para que me la pase. Y yo a veces  me la paso, a desgano, porque igual el acné y los puntos negros no se me van del todo con esa crema. Igual mi mamá sigue pensando que eso es porque no me paso también una esponja exfoliante que ella me regaló y a la que le adjudica efectos milagrosos, como remover granos, quitar arrugas, reducir la celulitis y volverte hermosa. Creo que mi mamá cree que si me pasara la esponja otro sería mi destino.

- ¿Y vos qué decís a eso?- inquirió Delia Rincón

-  Me defiendo, junto argumentos a mi favor- respondí.- Esta vez les dije que para la salida del otro día ellos vieron que me había producido bien, que más arreglada no podía estar y que si no soy linda no tengo la culpa. Serán los genes que heredé.  Pero mi mamá igual siguió sosteniendo que sí soy linda, pero que no me sé lucir, que ella a  mi edad se la pasaba arreglándose,  preparándose la ropa que iba a usar al otro día y que yo soy una vaga que no hago nunca eso. Mi papá, en cambio, esta vez me dijo directamente que muy linda no debo ser, porque si no los tipos se me acercarían más. Y como siempre remató sus dichos recordándome que había desperdiciado una gran oportunidad cuando dejé a Ferni hace ocho años…

 – ¿Eso te dijo tu papá?- preguntó Delia Rincón asombrada.

-  Si, eso.- contesté con frialdad.

Y me quedé esperando alguna conclusión, pero Delia se levantó del sillón en señal de final  de  la sesión.

Luego de firmar unos papeles para que la prepaga me pagara más consultas,  me encontré con la desagradable noticia (sobre todo para una hija única) de que después de un poco más de seis meses de terapia,  la Doctora Delia Rincón no sabía ni mi apellido, hecho que me llevó directamente a concluir que mi psiquiatra no me prestaba la atención suficiente.

No sabía bien por qué, pero había terminado esa sesión sintiendo más angustia que antes de empezarla. Encima ese día el portero del edifico no estaba.  Entonces tuve que bajar dos pisos por ascensor acompañada por el hijo de Delia, que me condujo hasta la puerta de salida.

Esos dos pisos en ese ascensor tan estrecho en compañía de ese chico que tenía aproximadamente 25 años, que se había dejado crecer demasiado el pelo y la barba, que usaba unos piercing en la nariz y en las cejas, y que lucía algunos tatuajes en sus brazos, me incomodaron demasiado. No sabía si saludarlo, si hablarle, porque una tímida como lo era yo ni idea tenía de qué se debía hacer en esos casos.

Morir un poco

Una noche de ese diciembre de 2008 tuve dos festejos de fin de año. Generalmente no tenía muchos compromisos sociales, pero esa vez se me habían juntado dos y por consejo de mi psiquiatra, la Doctora Delia Rincón, no podía perderme ninguno.

De manera que me produje lo más que pude y traté de ilusionarme, esperando pasar una noche “feliz”. El plan era el siguiente: comer un asado en la casa de mi compañero, Gastón G., en primer lugar, y luego festejar el fin de año en un boliche, con un grupo de conocidos de la facultad.

Pero la esperanza de una noche feliz se transmutó en una realidad desdichada, algo que a esa altura ya resultaba un clásico en mi vida. A continuación apreciarán el por qué de esta afirmación.

1) “El asado”. Invitados: todos mis compañeros de la oficina. Los lindos, Mauro L. y Martín N., concurrieron solos, sin novias. Rubén G., en cambio, llegó acompañado de  la suya, una mujer bastante fea que acusaba 32 años pero que se veía como de 40. El hecho me sorprendió, ya que Rubén G., el enano maldito, a pesar de no tener nada bueno que aportar a la estética del mundo, se la pasaba criticando y encontrando defectos en toda mujer que se aparecía ante él, con excepción, claro, de Ernestina T., “el Potus”, a la que consideraba muy atractiva por ser ella, según él, “muy femenina”.

Y yo no esperé nada bueno de ese encuentro desde que, justamente, a la llegada de “el Potus”, todos los hombres presentes se miraron con complicidad, muy contentos porque Ernestina T. había concurrido sin su novio a la reunión. Fue entonces cuando, a causa de la  carencia de expectativas amorosas en ese ámbito,  decidí entregarme a los placeres del buen vino para pasar el rato, hecho que más tarde terminó provocando en mí un estado de “alegría verborrágica”, que se manifestó en forma de alabanzas al muy buen sentido del humor de Rubén G., comentarios sobre lo mucho que me hacía reír en la oficina y demás.

No me había dado cuenta del carácter apasionado de mis elogios hasta que la novia de Ezequiel Z. (a la que había conocido esa noche) se acercó a decirme que la cortara, que la novia de Rubén G. se había incomodado y que si estaba enamorada de él arreglara el asunto en otro lado. No podía creer lo que había escuchado, pues nunca había visto a Rubén G. como un hombre potable para mí y me daba mucha rabia que los demás pensaran que yo tenía algún interés en él.

Por suerte el incidente quedó ahí y pronto el asado llegó a su fin. Como había ido en auto a la reunión, me tocó la tarea de repartir a los asistentes que vivían cerca del boliche adonde debía encontrarme con el grupo de la facultad. Así es como dejé a Rubén G y a su novia en el domicilio de ésta y a Ezequiel Z. y a su respectiva en una parada de colectivo, quedando en el asiento de atrás de mi auto  Mauro L. y “el Potus”. Esperaba que alguno se pasara al asiento de adelante, pero ninguno de los dos lo hizo, pues estaban muy entretenidos en una engolosinada conversación que no alcancé a escuchar atento su bajo volumen.

Me sentí una taxista sin derecho siquiera a cobrar tarifa por el trayecto que va de Palermo a Belgrano, lugar en que se bajó del auto Mauro L. Luego, seguí un tramo corto con “el Potus”, ahora sentada en el asiento de adelante. Traté de encontrar algún tema de conversación con ella, pero la tarea resultó infructuosa, en virtud de la incompatibilidad de caracteres que existía entre las dos.

Y ni bien  Ernestina T.  se bajó del auto, traté de olvidar la situación indeseada que había vivido recién, pensando  en que la noche todavía me podía deparar algo bueno. Después de todo, mi compañero Carlo V.iba a concurrir al festejo con el grupo de la facultad y yo estaba convencida de que él gustaba de mí…

2) “El festejo de fin de año con el grupo de la facultad”.  Una vez en el boliche, mi humor comenzó a mejorar, pues Carlos V. parecía mirarme con ganas y yo estaba dispuesta a darme unos besos con él durante la noche.

Pero cuando más entretenida estaba hablando con Carlos V. , se acercó a nosotros una compañera amiga, Belén M., que estaba a su vez acompañada por una chica paraguaya, que había venido hacía poco tiempo a estudiar  a la Argentina. . 

Nunca supe  exactamente cómo, pero unos minutos después  de ese encuentro Carlos V. desapareció completamente de mi vista.

Lo busqué con la mirada durante un rato largo. En esa búsqueda me di cuenta también de que a la compañera paraguaya tampoco se la divisaba en el horizonte. Pero no podía ser. Era algo increíble. No podía pasarme esto a mí de nuevo. ¡Dios!¡ ¿Cuántas veces más?!

Y la respuesta fue  una más, por lo menos.

Porque luego de caminar unos pasos, encontré a Carlos V. bailando y diciéndole cosas al oído a la paraguaya. En ese momento todas mis fantasías acerca de él y su supuesto amor por mí se esfumaron, mientras una sensación de angustia que me oprimía el pecho se había apoderado de todo mi ser.

Una pastilla de clonazepan de 0,5 me ayudó a pasar el mal trago,  a disimular mi amargura, y  a ensayar  una cara que acompañara la diversión del resto de mis compañeros, todos unos ocho años menores que yo (recuerden que estaba estudiando mi segunda carrera universitaria)

Cuando el festejo en el boliche llegó a su fin, respiré aliviada, pensando en que mi cama me estaba esperando, porque lo único que deseaba en ese momento era dormir veinte años seguidos.

Pero el camino hacia el sueño no estaba tan allanado como suponía. Todavía me esperaba una instancia más de sufrimiento. En efecto, Belén M. me pidió que la alcanzara hasta su casa en mi auto y, por supuesto, la paraguaya y CarlosV.  también me solicitaron lo mismo.

Entonces, por segunda vez en una misma noche, tuve que soportar la escenita romántica en el asiento de atrás de mi auto, ya que la paraguaya y Carlos V. no pararon de besarse, mientras yo hacía esfuerzos muy grandes para poder prestarle atención a  la conversación que me proponía Belén M., que viajaba a  mi lado en el auto.

Por suerte el recorrido fue corto. Los deposité a todos en la casa de Belén M. para luego seguir el camino hasta mi adorada cama.

Y una vez sola en el coche, al fin pude edulcorar mi angustia escuchando la canción “Morir un poco” de Lucía Méndez. Porque así me sentía, muriendo un poco cada día…

Ferni, el único antecedente verdadero de mi Curriculum Vitae sentimental

Porque había falsos Curriculum Vitae sentimentales que tenía que armarme frente a una cita. Es fácil de imaginar: a los veintinueve años todo el mundo tiene ex parejas, de uno, dos , tres, cuatro años, quizás.  Tal vez  algunos hasta hubieran estado casados o en convivencia.

¿Pero yo qué podía decir al respecto cuando me interrogaban sobre mi pasado sentimental??

Una mentira, no me quedaba otra alternativa. Entonces  inventaba como mínimo un noviazgo de tres años o algo parecido. Porque contar que a los veintinueve años mi único antecedente sentimental había sido Ferni, un primo lejano de mi mejor amiga, Carla, y que esta relación había tenido lugar hacía más o menos ocho años, cuando él y yo teníamos veintiún años, era una verdad que me daba mucha vergüenza decir.

Y confesar los detalles de esa relación resultaba más patético aún, pues  el chico en cuestión, Fernando (alias “Ferni”), había salido conmigo durante seis meses, con una periodicidad de dos a tres veces por semana y  en esas salidas  ni siquiera me había besado ni nada me había dicho sobre pasar a otro estado de la relación.

Como esa situación tenía la perspectiva de durar indefinidamente, ya que Ferni se entretenía hablando de vectores, columnas y demás detalles de la carrera de arquitectura que estaba estudiando, yo había tenido que encararlo y preguntarle para qué salía conmigo con esa asiduidad, pues a mí  la arquitectura no me interesaba mucho que digamos.

Fue ese el momento en el que  Ferni respondió a mi acoso temblando y  diciéndome directamente que me amaba, que estaba muy enamorado de mí y que no se había animado a confesármelo antes por miedo a dejar de verme. Recién ese día nos dimos el primer beso. Y así empezó un “noviazgo” (para llamarlo de alguna manera), que nunca pasó de besos, los que también fueron pocos. Hubiera accedido tal vez a más con él si no hubiera sido porque Ferni, en vez de avanzarme, prefería recostarse en mi hombro y mirarme parpadeando, como ilusionado. Realmente me sentía el hombre de la relación. Yo era la que avanzaba, la que buscaba más, y él era la dulce niña enamorada platónicamente que prefería “contemplarme” sin tocarme.

Pero no era sólo eso. A mí Ferni no me resultaba atractivo. Para nada atractivo. Era el candidato ideal en muchos sentidos. Tenía una buena familia, una cierta afinidad cultural conmigo,  y  mis padres estaban muy ilusionados con esa relación, un detalle que no era menor para mí, que nunca fui una “rebelde”. Pero no me gustaba y a eso no había con qué darle. Le veía todos los defectos: sus diez kilos de sobrepeso, su calvicie incipiente, sus cejas muy (demasiado) anchas, su nuca plana sin solución de continuidad con su cuello,  y su forma de gesticular un tanto amanerada.

Y cuando empezamos a salir como “novios” esas sensaciones se  agudizaron en mí, pues me invadía una terrible sensación de vacío angustioso cuando estaba con él. Sentía hasta puntadas en el pecho.

Aunque a veces a mí me gustaban sus besos, Ferni era tan quedado, tan pasivo, que ni con ese detalle se pudo salvar la relación, pues su actitud tan desinteresada sexualmente me hacía sentir mal, como si no le gustara el contacto físico conmigo.

Y por eso a los dos meses de “noviazgo” tomé la drástica decisión de dejarlo.

¡Pero no sabía cómo hacerlo!

Hasta ese momento no había tenido ni idea de lo difícil que era decirle a alguien: “No te quiero, no me gustás, no sos mi tipo”. Estaba desesperada. No sabía qué hacer para salir de la situación y a esa altura me sentía tan encerrada que  hasta me daba rechazo el sólo pensar en el perfume de Ferni. Entonces busqué consejos, hasta que una amiga dio en el clavo cuando me recomendó: “Pedile un tiempo, todo el mundo hace eso en estos casos”- Y eso hice.

Pero al “tiempo”  Ferni me estaba llamando insistentemente para ver qué había pensado en ese “tiempo” que me había tomado. Y el problema recrudeció. Entonces no tuve más alternativa que decirle la verdad, provocando su llanto.

Ocho años después, en diciembre de 2008, me lo volví a encontrar (ya pelado graduado con honores). El lugar, un velatorio, el del padre de mi amiga Carla,  muerto a causa de una larga enfermedad. A muerte esperada, velatorio sin llanto. El muerto sólo y los demás ocupados en charlas para pasar el tiempo.

Ferni se me acercó. Me preguntó si estaba de novia. Pero lo que más me llamó la atención fue que me repitió de memoria el número de celular que yo había tenido hacía ocho  años. ¡Se acordaba de eso! En esa charla me dijo que me iba a llamar. No sabía para qué, pues yo no se lo había pedido y él estaba de novio desde hacía un tiempo largo ya.