Buenos Aires, mayo de 2009.
Le envié mi curriculum vitae a Casiministro y esperé su acuse de recibo, que por supuesto, jamás recibí.
Por varios días esperé también y con más interés la llamada de Antonio Lombardo, que tardó en llegar unos quince días, pero al final llegó y eso es lo que importa:
- Mi socio y yo vamos a cenar con Casiministro mañana en el restaurant “O”- me dijo Antonio Lombardo-. Pero yo me encuentro ahí un rato antes con él para charlar algunas cosas. Vení a las ocho, así el tipo te entrevista en el momento y listo.
- ¿Me va a hacer la entrevista en el restaurant?- pregunté sorprendida.
- Si, si, ya lo arreglé así. Es mejor porque si te tiene que dar cita en su despacho, va tardar un montón la cosa. Mejor que te conozca mañana y de paso que esté yo para ayudarte a hablar, porque ya sabemos que con tu timidez sola no te vas a vender muy bien que digamos.
- Sí, ya sé….
- Al tipo le gusta la bebida y las comilonas y también le gusta que la gente que trabaja con él lo acompañe en eso. Así que si te ofrece tomar algo, decile que sí. Igual con vos no hay problema porque también te gusta la bebida.
- Bueno, che, tampoco soy borracha.
- No, no, ya sé. No te enojes.
- No, no me enojo.
- Bueno, te espero mañana a las ocho en “O”. Te quedas un rato, que te conozca y después, cuando llegue mi socio, te vas, porque el tipo tiene un lío con su divorcio que es muy privado y no creo que le guste hablarlo con vos presente.
- No, no, está bien.
- Te digo porque a lo mejor no te cae bien que no te invitemos a cenar.
- No, no, entiendo, entiendo.
- Y no vengas con hebillitas en el pelo - me dijo Antonio Lombardo riéndose.
-No…
- Otra broma, tonta, andá como quieras, que siempre estás linda. Un beso y nos vemos mañana.
- Un beso- dije y corté la comunicación.
Me quedé contenta por el elogio de Antonio Lombardo y a la vez decepcionada porque no me había sugerido vernos a solas.
El día siguiente, como tenía franco en el trabajo, pude dedicarlo a arreglar mi pelo y a elegir la ropa que iba a usar para la entrevista en el restaurant. Suponía que tenía que lucir sobria y por eso elegí vestirme con una camisa blanca clásica, un pantalón negro, y un blazer de invierno entallado que me realzaba la cintura.
Pero cuando mi madre me vio así vestida, me dijo que estaba demasiado formal y que mostrara algo de más de mi cuerpo, para impresionar mejor a Casiministro. Me sugirió que usara una pollera, pero yo le dije que no tenía ninguna adecuada que combinara con el blazer. Mi madre entonces me respondió lo mismo que muchas otras veces: “Ay, pero si tenés un montón de ropa, Ana. Yo vi varias polleras lindas ajustadas que están tiradas por ahí.” Y luego de revolver un rato el placard, encontró una minifalda negra. “¿Ves lo que te digo?”, me dijo mostrándomela. Yo le respondí: “Mamá, esa pollera la usaba cuando estaba en el secundario para ir a bailar a la matinée de los boliches. ¡No me puedo poner eso!“ Pero mi madre fue implacable, como siempre. Por eso salí de mi casa vestida con la pollera corta negra muy ajustada, medias también negras, botas que me llegaban hasta las rodillas, una remera de mangas largas de color blanco bastante escotada y el blazer encima. Estaba demasiado provocativa, tal como mi madre quería que estuviera.
Cuando iba en el auto siguiendo el camino hacia el restaurante “O” escuchaba la canción “Perdóname” de Lucía Méndez. Hacía pocos días que la había descubierto y me encantaba. El tema musical hablaba de una mujer extraña, de la búsqueda de un sueño perdido en un mundo azul y de un tipo que era su cumbre de amor. No podía dejar de asociar la canción con Antonio Lombardo.
Disfrutaba el momento de soledad en el coche escuchando el tema musical, cuando sonó mi celular. Era Tía Linda. Atendí el teléfono y oí primero su llanto y luego sus palabras. Mi tía me dijo que estaba internada en un hospital porque le habían pegado en la calle, que fuera a verla lo antes posible porque no tenía quien le alcanzara ni un vaso de agua y que por favor no le dijera nada a mi mamá porque su agresora había sido mi tía política, la esposa de Tío Rico y Famoso.
Pero yo no podía ni quería dejar de acudir a la cita con Casiministro. Por eso le dije a mi tía que iría más tarde a verla, en dos horas más o menos. Sentí un poco de culpa por no acudir en su auxilio inmediatamente, pero supuse que ella podía esperar ese tiempo y me alivié.
Cuando corté la comunicación, ya estaba muy cerca del restaurant “O”. Estacioné el auto y me dirigí al lugar de encuentro con Casiministro y Antonio Lombardo.
Cuando llegué los vi a través de la ventana del restaurant. Los dos estaban en la barra tomando una copa de coñac. Me quedé un rato al lado de esa ventana, mirando extasiada a Antonio Lombardo ¡Qué lindo que estaba!
Luego entré, saludé y me senté con ellos. Me ofrecieron tomar coñac y yo acepté, aunque lo mío siempre fue el vino y la cerveza, no la bebida de alta graduación alcohólica.
Casiministro me dijo que había leído mi curriculum y que por mis estudios le iba a servir para evaluar proyectos de inversión y licitaciones en el ministerio. Me dijo que más o menos en un mes ya iba a estar trabajando con él.
El coñac me había desinhibido y estaba contenta. No tanto porque mi sueño de abandonar Empresa Pedorra S.A. se estaba por cumplir, sino porque Antonio Lombardo me miraba con una expresión cargada de deseo y yo a la vez podía mirarlo de manera insinuante. La ropa que mi madre me había obligado a vestir parecía estar surtiendo efecto.
Cuando llegó el socio de Antonio Lombardo, cumplí con lo acordado y me levanté de la silla dispuesta a irme. Saludé con un beso a cada uno y antes de salir del restaurant, le pregunté al mozo adónde quedaba el baño. “En el subsuelo”, me dijo.
No podía entender cómo en un restaurant tan elegante los baños estaban tan mal ubicados. Había que bajar casi dos pisos por escalera y los pasillos estaban alumbrados con una luz muy tenue.
El baño de damas no era gran cosa, pero tenía un gran espejo en el que me vi linda y sensual. Tal vez la sensación agradable que sentí en ese momento fuera producto del coñac o de las miradas que había recibido de los hombres que estaba sentados en las mesas del restaurant.
Me retoqué un poco el maquillaje y empecé a tener una de mis dudas de persona tímida, ya que no sabía qué tenía que hacer cuando pasara de nuevo cerca de Antonio Lombardo, pues ya lo había saludado con un beso y no iba a hacerlo de nuevo. Supuse que un gesto con la mano de lejos bastaría como despedida final. No iba a quedar antipática por eso.
Pero cuando salí del baño me di cuenta de que me había preocupado en vano, pues apenas abrí la puerta vi que Antonio Lombardo estaba parado en ese pasillo solitario y de luz mortecina. Me dio un miedo vertiginoso pensar en que él me estaba esperando….


