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Subsuelo (I)

Buenos Aires, mayo de 2009.

Le envié mi curriculum vitae a Casiministro y esperé su acuse de recibo, que por supuesto, jamás recibí.

Por varios días esperé también y con más interés la llamada de Antonio Lombardo, que tardó en llegar unos quince días, pero al final llegó y eso es lo que importa:

- Mi socio y yo vamos a cenar con Casiministro mañana en el restaurant “O”- me dijo Antonio Lombardo-. Pero yo me encuentro ahí un rato antes con él para charlar algunas cosas. Vení a las ocho, así el tipo te entrevista en el momento y listo.

- ¿Me va a hacer la entrevista en el restaurant?- pregunté sorprendida.

- Si, si, ya lo arreglé así. Es mejor porque si te tiene que dar cita en su despacho, va tardar un montón la cosa. Mejor que te conozca mañana y de paso que esté yo para ayudarte a hablar, porque ya sabemos que con tu timidez sola no te vas a vender muy bien que digamos.

- Sí, ya sé….

 - Al tipo le gusta la bebida y las comilonas y también le gusta que la gente que trabaja con él lo acompañe en eso. Así que si te ofrece tomar algo, decile que sí. Igual con vos no hay problema porque también te gusta la bebida.

- Bueno, che, tampoco soy borracha.

- No, no, ya sé. No te enojes.

- No, no me enojo.

- Bueno, te espero mañana a las ocho en “O”. Te quedas un rato, que te conozca y después, cuando llegue mi socio, te vas, porque el tipo tiene un lío con su divorcio que es muy privado y no creo que le guste hablarlo con vos presente.

- No, no, está bien.

- Te digo porque a lo mejor no te cae bien que no te invitemos a cenar.

- No, no, entiendo, entiendo.

- Y no vengas con hebillitas en el pelo - me dijo Antonio Lombardo riéndose.

-No…

- Otra broma, tonta, andá como quieras, que siempre estás linda. Un beso y nos vemos mañana.

- Un beso- dije y corté la comunicación.

Me quedé contenta por el elogio de Antonio Lombardo y a la vez decepcionada porque no me había sugerido vernos a solas.

El día siguiente, como tenía franco en el trabajo, pude dedicarlo a arreglar mi pelo y a elegir la ropa que iba a usar para la entrevista en el restaurant. Suponía que tenía que lucir sobria y por eso elegí vestirme con una camisa blanca clásica, un pantalón negro, y un blazer de invierno entallado que me realzaba la cintura.

Pero cuando mi madre me vio así vestida, me dijo que estaba demasiado formal y que mostrara algo de más de mi cuerpo, para impresionar mejor a Casiministro. Me sugirió que usara una pollera, pero yo le dije que no tenía ninguna adecuada que combinara con el blazer. Mi madre entonces me respondió lo mismo que muchas otras veces: “Ay, pero si tenés un montón de ropa, Ana. Yo vi varias polleras lindas ajustadas que están tiradas por ahí.” Y luego de revolver un rato el placard, encontró una minifalda negra. “¿Ves lo que te digo?”, me dijo mostrándomela. Yo le respondí: “Mamá, esa pollera la usaba cuando estaba en el secundario para ir a bailar a la matinée de los boliches. ¡No me puedo poner eso!“ Pero mi madre fue implacable, como siempre. Por eso salí de mi casa vestida con la pollera corta negra muy ajustada, medias también negras, botas que me llegaban hasta las rodillas, una remera de mangas largas de color blanco bastante escotada y el blazer encima. Estaba demasiado provocativa, tal como mi madre quería que estuviera.

Cuando iba en el auto siguiendo el camino hacia el restaurante “O” escuchaba la canción “Perdóname” de Lucía Méndez. Hacía pocos días que la había descubierto y me encantaba. El tema musical hablaba de una mujer extraña, de la búsqueda de un sueño perdido en un mundo azul y de un tipo que era su cumbre de amor. No podía dejar de asociar la canción con Antonio Lombardo.

Disfrutaba el momento de soledad en el coche escuchando el tema musical, cuando sonó mi celular. Era Tía Linda. Atendí el teléfono y oí primero su llanto y luego sus palabras. Mi tía me dijo que estaba internada en un hospital porque le habían pegado en la calle, que fuera a verla lo antes posible porque no tenía quien le alcanzara ni un vaso de agua y que por favor no le dijera nada a mi mamá porque su agresora había sido mi tía política, la esposa de Tío Rico y Famoso.

Pero yo no podía ni quería dejar de acudir a la cita con Casiministro. Por eso le dije a mi tía que iría más tarde a verla, en dos horas más o menos. Sentí un poco de culpa por no acudir en su auxilio inmediatamente, pero supuse que ella podía esperar ese tiempo y me alivié.

Cuando corté la comunicación, ya estaba muy cerca del restaurant “O”. Estacioné el auto y me dirigí al lugar de encuentro con Casiministro y Antonio Lombardo.

Cuando llegué los vi a través de la ventana del restaurant. Los dos estaban en la barra tomando una copa de coñac. Me quedé un rato al lado de esa ventana, mirando extasiada a Antonio Lombardo ¡Qué lindo que estaba!

Luego entré, saludé y me senté con ellos. Me ofrecieron tomar coñac y yo acepté, aunque lo mío siempre fue el vino y la cerveza, no la bebida de alta graduación alcohólica.

Casiministro me dijo que había leído mi curriculum y que por mis estudios le iba a servir para evaluar proyectos de inversión y licitaciones en el ministerio. Me dijo que más o menos en un mes ya iba a estar trabajando con él.

El coñac me había desinhibido y estaba contenta. No tanto porque mi sueño de abandonar Empresa Pedorra S.A. se estaba por cumplir, sino porque Antonio Lombardo me miraba con una expresión cargada de deseo y yo a la vez podía mirarlo de manera insinuante. La ropa que mi madre me había obligado a vestir parecía estar surtiendo efecto.

Cuando llegó el socio de Antonio Lombardo, cumplí con lo acordado y me levanté de la silla dispuesta a irme. Saludé con un beso a cada uno y antes de salir del restaurant, le pregunté al mozo adónde quedaba el baño. “En el subsuelo”, me dijo.

No podía entender cómo en un restaurant tan elegante los baños estaban tan mal ubicados. Había que bajar casi dos pisos por escalera y los pasillos estaban alumbrados con una luz muy tenue.

El baño de damas no era gran cosa, pero tenía un gran espejo en el que me vi linda y sensual. Tal vez la sensación agradable que sentí en ese momento fuera producto del coñac o de las miradas que había recibido de los hombres que estaba sentados en las mesas del restaurant.

Me retoqué un poco el maquillaje y empecé a tener una de mis dudas de persona tímida, ya que no sabía qué tenía que hacer cuando pasara de nuevo cerca de Antonio Lombardo, pues ya lo había saludado con un beso y no iba a hacerlo de nuevo. Supuse que un gesto con la mano de lejos bastaría como despedida final. No iba a quedar antipática por eso.

Pero cuando salí del baño me di cuenta de que me había preocupado en vano, pues apenas abrí la puerta vi que Antonio Lombardo estaba parado en ese pasillo solitario y de luz mortecina. Me dio un miedo vertiginoso pensar en que él me estaba esperando….

El efecto “hebillita”

Buenos Aires, mayo de 2009.

Caminaba por la calle insultando mentalmente a mi compañero Gastón F., pues me parecía un impostor por eso de  haber estado  llorando y fingiendo un sentimiento profundo por su novia que en verdad  no era  tal, desde que había podido olvidarla fácilmente en menos de un mes y en brazos de otra, que  encima no era cualquier otra, era Potus Reloaded, para completar mi colmo. Me daba bronca pensar en qué había estado haciendo yo para no haberme dado cuenta de cómo y cuándo se había producido la unión, porque hasta donde había podido ver,  Gastón F. siempre había estado conmigo contándome sus penurias de hombre abandonado y no seduciendo a otra.

Teniendo en mente a Potus Reloaded me fue inevitable detenerme frente a un Todomoda para ver las hebillitas y aritos de nena que ella acostumbraba usar. Ya me había dado cuenta de que Potus Reloaded tocaba a los hombres cuando les hablaba, pero emularla en este aspecto no me  había resultado productivo, tal vez porque me faltaba hacer otros ajustes.  Por eso salí del Todomoda con una bolsa llena de hebillitas de todos los tamaños, colores y modelos.

Caminé unos pasos y  me detuve ante la vidriera de una zapatería. Vi unas chatitas de color marrón clarito. Entré al negocio decidida y se las pedí a la vendedora. Cuando me  las trajo, las observé casi con  desprecio y no pude dejar de pensar en la poca sensualidad de ese calzado. Además recordé que yo jamás había usado taco bajo para ir a la oficina y que de empezar a usar chatitas, tal vez el enano maldito podía sospechar que él algo tenía que ver en ese cambio. Por eso enseguida supe que nunca iba a encontrarle utilidad a esos zapatos. Pero como suelo sentir vergüenza de no comprar un artículo que ya me probé, pues me cuesta decirle “No” a la vendedora luego del trabajo que le obligué a realizar al atenderme,  salí de la zapatería con las chatitas en una bolsa. Y ahí se quedaron, en la bolsa, arrumbadas en el fondo de mi placard.

Pero las hebillitas no corrieron la misma suerte. Ellas sí justificaron el dinero invertido, pues al otro día de comprarlas elegí de entre todas un par de color gris. Me las puse en la cabeza y con un estilo cuasi Potus (era cuasi porque no usé las chatitas y me maquillé, entre otros detalles), tomé el tren del mediodía para ir a trabajar.

Viajaba tranquila y no podía evitar reírme sola, como una loca, cuando recordaba parte de la conversación que había tenido con Carla la noche anterior.

- Las “potus” atrapan a los tipos por el lado sexual – había concluido Carla.

- No, nena, nada que ver. Las “potus” usan chatitas y no son para nada sensuales, así que deben ser muy aburridas y naif en la cama. No es eso - le había retrucado.

- Sí, Ana, es eso. Obvio que son aburridas y naif, pero eso es lo que gusta. Le deben decir a los tipos con voz de boludas: “Ay, mi amor, no sabés todo lo que me hacés sentir cuando hacemos el amor”, y ellos se sientes superhéroes.

-  Sí, pero igual, yo no creo que los hombres se calienten sólo con eso , y las “potus”,  no sé…, ¿qué fantasías sexuales excitantes pueden tener esas minas?

- “Hacer el amor en la playa mirando cómo el sol cae sobre el mar,  mi amor”- me dijo Carla poniendo una voz de mujer dulce y desvalida.

- Pero esa fantasía es muy naif, Carla, ¿a qué tipo le va  a calentar eso?

- A todos, boluda. Es al revés de los que pensamos nostras.  Atrapar sexualmente no es decirle a un tipo “Vení, nene, quiero coger vos y con otro, que me la den por adelante y por atrás al mismo tiempo mientras vemos una porno”. No. A las “potus” ni se les ocurren esas cosas. Pero los tipos igual se calientan más con ellas, porque se sienten superiores. En eso radica el encanto de un “potus”, nada más que en subirle la autoestima a los hombres explotando su “debilidad femenina”.

Y ahora yo estaba con las hebillitas puestas, emulando a Potus Reloaded,  pero si Carla tenía razón, no iba a lograr nada con eso, pues mi transformación no tenía que ser externa sino interna. Los hombres querían sentirse superiores y eso era lo que yo tendría que darles. ¿Podría hacerlo alguna vez? No creía, y tampoco me gustaba mucho que digamos la idea.

Pero ya no podía seguir pensando en la cuestión. Tenía que ocuparme de otro asunto, pues me había dado cuenta de que Antonio Lombardo viajaba en el tren. Estaba parado y acompañado por la misma mujer con la que lo había visto tiempo atrás,  en el mismo tren. Esta vez él me había visto primero, pues cuando noté su presencia, Antonio Lombardo  ya me estaba mirando y sin disimulo.

Me saludó con un gesto de lejos y le respondí también con un gesto. Cuando el tren llegó a destino, los nervios hicieron que huyera de la situación y que me bajara por la puerta que estaba más lejos de él.

Caminé rápido y llegué a la empresa. Nadie pareció notar el detalle de las hebillitas en mi pelo porque todos me saludaron como siempre. Pero al cabo de unas horas,  cuando estaba sentada trabajando en mi escritorio, me di vuelta para hablar con Samuel Klein y sorprendí al enano maldito mirándome fijo. Luego de de que nuestras miradas se cruzaran, él bajó la vista y yo empecé a buscar mi celular en la cartera, porque recién había empezado a sonar.  Cuando  encontré el aparato, puede ver que quien me estaba llamando era Antonio Lombardo…

La que consuela desespera (II)

Buenos Aires, mayo de 2009.

DÍA SIETE: Gastón F. seguía sumido en una terrible depresión. En el pasillo de la empresa me contó que había llamado a su ex novia y que ella le había ratificado su decisión de no seguir adelante con la relación.

DÍA OCHO: Gastón F. me invitó cenar a Mc Donald’s a la salida del trabajo. Mientras comíamos me contó que había engañado varias veces a a su ahora ex novia, con compañeras de la facultad y hasta con amigas de ella.  Me dijo que nunca pasó de unos cuantos besos con esas mujeres, porque no se animó a tener intimidad, pero yo igualmente me di cuenta de que si él había hecho eso, mucho no la quería a la que fue su novia, y se lo dije. Gastón F. se molestó un poco al oír  mis palabras y se defendió argumentando que  unos besos con otras mujeres no significan nada en la vida de un hombre.

 DÍA NUEVE: Mi compañero me dijo: Siento que tengo algo clavado en el pecho, ¿estaré teniendo un problema cardíaco? y yo le contesté: No, es la sensación de angustia“.

DÍA DIEZ: Gastón F. no vino a la oficina porque no se sentía bien. No recibí más noticias de él durante ese día.

DÍA ONCE: Analia Bagayo y Mauro L,  los jefes,  retaron a Gastón F. pues estaba cometiendo demasiados errores. Mi compañero me dijo que esos errores se debían a que no podía concentrarse en el trabajo porque extrañaba mucho a su novia, y que sentía que se iba a morir en cualquier momento. Le sugerí consultar a un psiquiatra y  Gastón F. se entusiasmó con la idea, pero no sabía en dónde conseguir uno que lo atendiera rápido. Entonces le di el teléfono de  mi psiquiatra, la Doctora Delia Rincón. Gastón F. la llamó y ella le dio un turno para el día siguiente.

DÍA DOCE: Gastón F. me contó que la Doctora Delia Rincón le había parecido muy extraña, porque revoleaba mucho los ojos y, según él, se le salían para afuera. “Eso es por estar tanto tiempo con locos. Debe hacer mal, te deja la cara como de manicomio”, concluyó mi compañero. También me informó que la Doctora Delia Rincón lo había medicado con  paroxetina, un antidepresivo.

DÍA TRECE: Gastón F. creía que el medicamento ya le había hecho efecto y que por eso se sentía  bien. Le informé que la paroxetina no alivia los síntomas de la depresión sino hasta después de quince días, por lo que su mejoría seguro se debía al efecto placebo.

DÍA CATORCE: Mi compañero volvió a su estado depresivo. Me invitó a tomar un café y lloró mucho. Me dijo que jamás volvería a querer a otra mujer. Le dije que no pensara así, que siempre podía haber alguien más allá y que seguro pronto sentiría algo por alguna otra chica.

DÍA QUINCE: Gastón F. no se acercó a hablarme en todo el día y perecía estar mejor.

DÍA DIECISEIS: En el pasillo de la empresa me encontré con Gastón F. y le pregunté:

-¿Cómo estás?

 - Hoy muy bien-  me contestó con una sonrisa

-¿Por qué? ¿Pasó algo bueno? 

- Algo de eso, pero todavía no te puedo decir.

Y  luego de ese pequeño diálogo de pasillo, ya no buscó consuelo en mí. Su estado anímico mejoró notablemente en las jornadas posteriores. Volvió a reírse y a hacer chistes como siempre. Pensé que se había reconciliado con su novia, pero me sorprendí al saber que no había sucedido eso cuando un día lo encontré de nuevo deambulando cerca de la máquina de café del pasillo de la empresa y lo encaré:

-¿Y, Gastón? ¿No me vas a decir qué te pasó que te mejoraste tan rápido?

- Sí, sí, te voy a decir, pero por favor no le digas nada a nadie, no quiero que se enteren en la oficina todavía.

- No, no digo nada, no te preocupes-  dije.

- Bueno, te cuento, pero solamente porque tenías razón en algo que me dijiste: Siempre hay alguien más allá .

- Ah - dije pensando en quién sería ese alguien.

- Soy de nuevo el de antes porque estoy saliendo con una chica hermosa, divina, espectacular, que nunca pensé que me daría bola. No sabés lo que es la piba – dijo mi compañero con los ojos iluminados por la ilusión.

-No, la verdad que no sé, si no me decís quién es…

- ¿Quién va  a ser? La mejor de la empresa: Potus Reloaded - dijo Gastón F., aunque llamando a “Postus Reloaded”  por su verdadero nombre.

Me dan un turno urgente (IV)

Buenos Aires, abril de 2009.

A esa altura ya había escuchado las opiniones de todas mis amigas, de sus parejas, de los compañeros de trabajo de Danilo, de la madre de Carla y hasta de su psicóloga. Todos coincidían en que yo debía perder mi virginidad con el enano maldito sin esperar o pedir nada a cambio, ni siquiera un mínimo de afecto o de cortesía. Pero todavía me faltaba oír otra opinión, la de Tía Linda, quien después de enterarse de mi virginidad y luego de la salida desastrosa con su candidato, Mario Villarreal, se había tomado la costumbre de llamarme cada  quince días para saber si en mi vida había novedades sentimentales.

No me costaba nada esta vez aprovechar la llamada quincenal de Tía Linda y por eso le conté  todo lo referente a mi relación con el enano maldito, para conocer su opinión al respecto:.

 – No, gratis, no- me dijo Tía Linda.-. Mirá si te vas a ir a acostar con un tipo que se calienta con las vírgenes y encima sin recibir nada a cambio. Que la deje primero a la novia porque si no vas a repetir mi historia. Yo hace treinta años que estoy esperando que tu Tío Rico y Famoso deje al escracho de su mujer por mí y nada. No le vayas a decir a tu mamá, pero no sabés todo lo que me hizo…

Y después de que Tía Linda introdujo en la conversación a Tío Rico y Famoso,  ya no pude intercalar ninguna frase que hiciera alusión a mi caso, pues mi tía se despachó a gusto contándome durante aproximadamente dos horas todos los detalles de su relación clandestina con mi tío, incluidos los de su debut sexual con él. Pero no importaba, ella ya me había dado su visión y ésta era muy diferente a la de mis amigas. Por eso concurri a trabajar al otro día ya no tan convencida de que era una persona rara por no querer acostarme con el enano maldito en las condiciones que él me proponía, como mis amigas y sobre todo Carla, me lo habían hecho creer.

Sólo me faltaba conocer la opinión más importante: la de mi psiquiatra, la Doctora Delia Rincón. Esperaba que llegara mi hora de descanso en la empresa para poder concurrir de una escapada a su consultorio y tener la sesión durante ese tiempo. Quería hablar con Delia Rincón antes de tomar una decisión definitiva con el enano maldito.

Pero  apenas llegué a la oficina recibí un mensaje de texto de Rubén G. que me apuraba a decidirme: “Cambiaste el horario?, me preguntó. Le respondí: “No estoy decidida” y él a su vez me contestó: “Dejate de joder, cambialo y seguilo pensando si querés.”

No le respondí nada, pues la cuestión del cambio de horario no era para mí tan difícil de solucionar, desde que a Samuel Klein le tocaba trabajar de día el viernes y no creía que tuviera problemas en hacer el trueque conmigo.

Lo que sí era difícil de solucionar para mí era la cuestión relacionada con lo que Rubén G. haría luego de que tuviéramos relaciones sexuales, si me despediría o no en la puerta del hotel “R”, pues sus frases “mi horario de facultad“ y “estoy muy controlado“ me preocupaban bastante, pero no quería preguntárselo directamente, pues me parecía una demostración de demasiado interés en él de mi parte. Si el enano maldito me hacía ver que sólo quería tener sexo conmigo, yo debía devolverle lo mismo, no un pedido desesperado de afecto.

Pero mis dudas sobre lo que haría el enano maldito luego de salir conmigo del hotel quedaron disipadas cuando mis compañeros empezaron a organizar un mini torneo de bowling para el viernes a la noche, muy tarde. Consultado Rubén G. sobre su asistencia al evento, respondió, en tono de broma: “No, mañana a la noche no puedo. Es complicado, muchas cosas, muchos planes.” Y como varios le preguntaron cargándolo sobre los compromisos que tenía, el enano maldito contestó: “Tengo una cena familiar, no indaguen“, dicho en tono jocoso, como si se tratara de una mentira que encubría el verdadero plan que ocultaba, que fue lo que toda la oficina interpretó, pues Ezequiel Z. y otros le dijeron: “¿En qué andarás, G….?” Y esto me dejó tranquila, pues supe o creí saber que el enano maldito se quedaría conmigo después de salir del hotel. Aunque su falta de insistencia me logró poner mal de nuevo, pues él no intentó volver a comunicarse conmigo luego del último mensaje que yo no le había respondido

Pensando en estas cuestiones  entré al consultorio de Delia Rincón. Tenía muchas cosas para contarle, ya que no la veía desde la época de Antonio Lombardo y ella no sabía todavía siquiera que él me había dejado. Subí por el ascensor en compañía de “el rockerito”, situación molesta para mí que me hizo preguntarme seriamente: “¿Por qué estoy acá de nuevo?”

Me dan un turno urgente (III)

Buenos Aires, abril de 2009.

El enano maldito me besó delicadamente y después  me dijo:

- Cuando estoy sentado en mi escritorio y me pasás cerca, me cuesta contenerme para no meterte una mano. Me gustás mucho.

Como era la primera vez que Rubén G. me decía algo más o menos agradable, sentí la necesidad de agradecérselo y por eso le di un beso bastante intenso, que duró poco, pues el enano maldito le puso fin diciendo:

- Bueno, mejor volvamos a la oficina.

Y atinó a ponerse de pie, pero yo se lo impedí. Tiré de su remera, lo acerqué a mí, y como una verdadera arrastrada, lo volví a besar en la boca con mucho apasionamiento. También le acaricié la espalda por debajo de la remera y dejé que Rubén G. me apretara las tetas y me tocara el culo por debajo de la pollera.

Yo había perdido el control, pero él no, pues a los pocos minutos pudo frenarse y  apartarme diciendo:

- Basta, Ani, vamos, dos segundos más y no puedo parar. Nos van a rajar a los dos. Hay que esperar hasta el viernes.

Y me tomó de una mano para que me pusiera de pie. Caminamos unos pasos y me preguntó:

- ¿Sexo oral hiciste alguna vez?

- No.

- Ah… ¿el viernes qué turno te toca?

- Noche.

- Bueno, cambiá con alguien – (trabajábamos hasta los feriados y como había dos turnos siempre negociábamos intercambios de francos y de horarios entre los compañeros).

- No sé…

- Ani, no, sí sabés, cambiá el horario con alguien. Ocupate desde ahora. El viernes vamos a “R” en mi horario de facultad…

No le dije nada pues me había quedado pensando en el significado de la expresión “mi horario de facultad”. ¿Acaso Rubén G. pretendía llevarme al hotel, ejecutar el acto y luego despedirse de mí sin más trámite, no invitándome siquiera a cenar o a tomar algo después? ¿Estaría  conmigo sólo durante el escaso tiempo correspondiente a su “horario de facultad”? En otras palabras: ¿el enano maldito pensaría despedirse de mí en la vereda del hotel “R” luego de que yo le entregara mi honra?

Llegamos a la puerta del baño:

- ¿Esa pollera hace mucho que la tenés?- me preguntó

 -No, me la compré hace poco - dije contenta, pensando que Rubén G. me diría algo lindo.

- Mala compra…

- ¿Por qué?

- Porque te hace muy caderona. No te queda bien, no la uses más…

No le pude contestar nada porque no se me ocurrió más que un “Andate a la re puta madre que te parió enano deforme” que no me animé a decirle y él se metió rápidamente en el baño. Yo regresé a la oficina todavía insultándolo mentalmente por lo último que me había dicho y con mucha culpa y vergüenza por haberme descontrolado tanto y haberlo acariciado por debajo de su remera.

Un rato después terminé de torturarme pensando en que el enano maldito tenía muchas menos ganas de tener sexo que yo, que evidentemente los defectos que me señalaba (pelo huracanado, acné y, ahora, el verme muy caderona) eran importantes para él, ya que no me explicaba cómo no me había pedido ir a un hotel ese mismo día a la salida del trabajo, ya que podría haberle puesto cualquier excusa a su novia para no verla esa noche. También me costaba aceptar que Rubén G. no fuera capaz de tomar el más mínimo riesgo por mí y, encima, por proteger un noviazgo que no llevaba tanto tiempo de duración.

Me dan un turno urgente (I)

Buenos Aires, abril de 2009.

Al día siguiente, un miércoles, concurrí a trabajar convencida de que no podía variar mi actitud frente a Rubén G. y que la situación ya no tenía retorno, pues él no sólo no me había llamado en los cuatro días que había durado su ausencia de la oficina, sino que también después, al querer postergar quince días nuestro encuentro sexual,  había demostrado que no me quería ni siquiera para satisfacer sus más bajos instintos animales.

Pero a la vez no podía resignarme a la idea de que las cosas realmente fueran así y de que ya no pasara nada más con el enano maldito.

Ese miércoles teníamos programada una merienda con el Gerente del sector y     “las postus”, “matambrito” y Analía Bagayo habían anunciado el día anterior que usarían pollera para el evento. Como no quise ser menos, yo también me vestí con una pollera que me había comprado hacía poco tiempo, y el efecto fue muy notorio, pues en la calle no sólo recibí el cariño de los gremios habituales (transportes, construcción y gastronómicos), sino que también fui receptora del afecto proveniente de hombres vestidos con traje y corbata,  lo que  hizo que  llegara a la empresa con la autoestima un poco más alta de lo habitual (aunque sin lograr alcanzar un nivel ubicado por arriba del cero).

Por eso entré a la oficina con una actitud segura,  que se manifestó en el ligero  enderezamiento de mi postura, e inmediatamente comencé a recibir elogios de mis compañeros por mi vestimenta. “Uy, mirá cómo se vino Diana Salazar”, “Estás divina, Ana”, exclamaron varios. Incluso Martín N. (el más “bello”) me dijo que estaba linda, aunque con una expresión que tenía la misma cuota de libido que si el piropo hubiera estado dirigido a un perro.

El enano maldito fue el único que no dijo nada. Ni siquiera me miró. Por eso pensé que Rubén G.   adoptaría la misma actitud indiferente que había tenido en nuestra pelea anterior (cuando yo había  querido emular a Ernestina T. “el Potus”) y ya no intentaría acercarse a mí.

Pero afortunadamente no fue así, ya que al rato Rubén G. salió de la oficina y enseguida mi celular comenzó a sonar. Como sabía que debía mantenerme firme y no responderle, dejé timbrar el teléfono, pero mis compañeros empezaron a preguntarme por qué no lo atendía y entonces me vi obligada a hacerlo:

- Hola- dije.

- Hola. Estoy en el pasillo. ¿Cómo estás?- me dijo el enano maldito con tono de voz alegre.

-Bien-  contesté de manera seca. Algunos de mis compañeros me estaban observando y no podía hacer un escándalo.

 - ¿Seguís enojada?

- Si…

- Bueno, no es para tanto, Ani. Dejate de joder y atendeme una cosa: los viernes estoy trabajando de día, ya sabés… y después voy a la facultad. Así que lo que podemos hacer es esto: yo falto a la facultad y vamos a “R” este viernes cuando salimos de acá. ¿Te parece?

- No- dije. Mis compañeros me seguían observando.

- No seas así, Ani. Estoy haciendo una movida bárbara yo…

- No voy a ir.

- Está bien. Hacé lo que quieras. Yo no te voy a insistir.

 - Me parece bien. Chau.- dije y corté la comunicación.

Sentí un enorme vacío, ya que estaba asumiendo que la historia con Rubén G. se terminaba ahí.

Con el correr de los minutos, esa sensación de vacío devino en angustia, que  luego se transformó en falta de aire, y no tenía forma de remediar la situación, pues ya no me quedaba ni una pastilla de clonazepan que me aliviara los síntomas, ni psiquiatra que me lo recetara.  Hasta había pensado en “hurtarle” un recetario y el sello de médico a mi padre, para hacerme una receta del psicofármaco, pero sabía que jamás me animaría a concretar el plan. Fue entonces cuando me acordé de la Doctora Delia Rincón. Ella me había llamado semanas antes para anunciarme el regreso de sus vacaciones y  también para preguntarme por qué no había concurrido más a su consultorio. Yo estaba todavía herida por su abandono al irse de vacaciones sin siquiera avisarme y por eso le había mentido diciéndole que no tenía tiempo para ir a las sesiones y que ya no iba a continuar el tratamiento.

Pero atravesaba una situación en la que necesitaba la atención de  un psiquiatra, y concurrir a otro profesional significaba contar toda mi historia de nuevo, algo que no quería hacer. Por eso, después de un rato de dudas y titubeos, decidí llamar a la Doctora Delia Rincón:

-Hola- me dijo el hijo de Delia Rincón (“el rockerito”)

- Hola. ¿Si por favor con la Doctora Delia Rincón?

- Si, ya te paso. Un beso. Chau- me dijo el rockerito.

- Chau- dije, e inmediatamente oí a través del teléfono:

- ¡Ma, teléfono!

- ¿Quién es?- dijo la doctora Delia Rincón.

- Tu paciente, Ana Golk.

- Hola- me dijo la doctora Delia Rincón tomando el teléfono.

- Hola- le dije, todavía sorprendida porque “el rockerito” supiera mi nombre y hubiera reconocido mi voz por teléfono. No podía evitar pensar que el hijo de mi psiquiatra sabía de mi virginidad y por eso me tenía tan presente.

- ¿Qué tal, Ana, tanto tiempo?

- Bien, bien. Yo te llamo porque me gustaría retomar el tratamiento. No sé… decime si puedo.

- Si, obvio que podés.

Delia Rincón entonces me preguntó sobre mi estado y al notar que éste no era el mejor, me dio un turno  urgente, para el día siguiente.

La conversación con mi psiquiatra y el enterarme de que la reunión con el gerente quedaba suspendida hasta nuevo aviso hicieron que me tranquilizara y recuperara un ritmo de respiración normal.

Por eso, más tarde, cuando ya era de noche y no quedaba nadie en otros sectores de la empresa, salí de la oficina a tomar un café de máquina, en el pasillo de la empresa. Estaba sola, con mi espalda apoyada contra la pared y revolviendo el café, cuando noté que el enano maldito había salido de la oficina y caminaba por el pasillo, en dirección hacia mí…

Sin turno disponible (III)

Luego de la discusión telefónica que mantuve con el enano maldito,  salí con Samuel Klein a tomar algo en mi hora libre. Le conté lo que Rubén G. recién me había dicho acerca de “estar urgida por mi virginidad” y mis ojos se llenaron de lágrimas.

- Ay, no, no vas llorar por ese escracho – me dijo Samuel- ¡Por favor!! No lo hagás en  mi cara.

- Bueno, no puedo…- contesté llorando intensamente.

- Todavía no entiendo para qué le dijiste que sos virgen.

- No sé, soy una boluda. Creía que lo iba a conmover por eso. ¿Te parece muy grave que se lo haya dicho? Porque a mí no me parece que sea para tanto. No creo que el enano maldito vaya a hablar.

- No, no va a hablar. Por eso quedate tranquila. Seguro tiene miedo de que se entere Marcelo, que es más amigo de la novia que de él. Pero igual no es por eso que te lo digo, es porque no podés compartir una intimidad tan grande con un nabo como ese.

 - Si, ya sé…

- Y no llorés por un tipo que encima la debe tener chiquita…

 - Yo no vi ninguna en vivo y en directo hasta ahora - dije más calmada -, así que no me importa el tamaño.  Total, ni que pudiera comparar… ¿igual es así, no? Vos debés saber bien porque se la viste en el baño…

 - No, no se la vi nunca porque el enano no hace pis en los mingitorios. Se encierra en un baño y hace en el inodoro. Ezequiel dice que eso es síntoma de tenerla chiquita. Por algo no la quiere mostrar…

- Porque a mí me dijo que la tiene mediana –

-¿Eso te dijo?!! ¿Qué la tiene mediana?!!!- exclamó Samuel casi gritando y empezó a reírse.

 - Sí, y yo después pensé que la aclaración era sospechosa…

- Entonces la tiene chiquita seguro, si no para qué te va a decir – concluyó Samuel riéndose a carcajadas – ¡Por favor!! ¡No podés debutar con una chiquita, te va a quedar la impresión de por vida.!!!! No, no,  horrible, a mí me dan mucho asco las chiquitas.

– Bueno, no, pensalo por otro lado, para debutar estaría bueno,  porque si es chiquita me dolería menos, pero igual no lo voy a hacer con él así que…

Y no pude terminar la frase porque en ese momento recibí un mensaje de texto  en mi celular: No te quise decir eso. Perdoname”, me decía el enano maldito.

Estaba tan enojada que sus palabras no me conmovieron y por eso no le contesté. Pero él fue insistente y un rato después, cuando ya había regresado la oficina, me envió otro mensaje: “Contestame. No seas rencorosa”, que tampoco respondí.

Y ese día ya no tuve más diálogo con el enano maldito. Él no intentó acercarse de nuevo y yo fui dura y mantuve el silencio.

Sin turno disponible (II)

Buenos Aires, abril de 2009.

Cuando le devolví el álbum de fotos a Rubén G. no pude evitar que la bronca que sentía se trasladara a mi cara. Supongo que él la notó, pues sin decir nada fue hasta su escritorio a dejar las fotos y luego salió de la oficina con expresión muy seria en su rostro.

Apenas lo hizo, mis compañeros empezaron a cacarear y Claudio C. comentó: Ahora lo vamos a llamar el gallo G.”. Todos se rieron y yo los miré sin entender ni el por qué de ese apodo ni de las risas. Entonces Samuel Klein me dijo:

- ¿No caíste, no?

- No, no caí- dije.

- Por la novia, ¿no la viste en las fotos? Tiene cinturita de gallina. Rubén G. es un gallo porque se garcha a una gallina – me aclaró Claudio C.

- Che, ¿por qué no la paran?  Maura es mi amiga, Déjense de joder…- dijo Marcelo F. un poco disgustado.

Cuando escuché esto último mi teléfono celular empezó a sonar. Miré el display y el que me estaba llamando era el enano maldito. Me puse extremadamente nerviosa y atendí:

 - Hola- dije.

- Hola. Soy yo. Estoy en el pasillo.

- Ah…

- Yo no me olvidé de lo tuyo, Ani, no me olvidé. Lo que pasa es que estoy muy controlado, demasiado…

Por supuesto que el “Yo no me olvidé de lo tuyo me sonó a “Te debo un favor, ya te lo voy a hacer. Entonces respondí usando las palabras que demostraban indiferencia, tal cual lo había pensado la noche anterior:

 - Está bien, no te preocupes. Mejor dejar las cosas así…

- No, no, Ani. Es que estoy controlado, muy controlado. Pero el jueves a la tarde de esta semana, no, de la otra, a lo mejor puedo, pero no te lo aseguro. Si no,  seguro el tercer jueves. O sea, sería así: este jueves no, el otro, si puedo arreglar las cosas, todavía no sé, después vemos, si no el…

En ese momento me invadió una bronca terriblemente grande, pues me ofendía sobremanera que un tipo que pensaba que se podía acostar conmigo en cualquier momento me dijera: Ahora no puedo, estoy muy controlado, dejame ver si a lo mejor algún día de este mes puedo hacerte un lugar en mi agenda”. Por eso exploté y lo interrumpí:

- Escuchame una cosa, ¿vos me estás dando turno a mí para cogerme, pelotudo?

- No, no, Ani…- me contestó Rubén G. asustado.

- ¿Quién te pensás que sos, idiota? ¿Te crees que yo voy a ir con vos a un telo el día y la hora que vos me digas dentro de quince días como si fuera una consulta con un médico, estúpido?

- Bueno, no… - me dijo Rubén G. nervioso- , es que… entendeme…- agregó en tono de súplica- Ojo que te pueden escuchar los demás…

- No, no me van a escuchar los demás. Estoy hablando bajito, no te preocupes y olvidate de lo que pasó, de lo que te dije, de todo. Igual no es por esto. Ya lo tenía pensado desde antes que con un pelotudo como vos yo no voy a ningún lado.

- Suficiente, Ani - me dijo el enano maldito, ya sin miedo y con actitud pedante -. Comprendo tu ansiedad porque a tu edad debés estar urgida, pero yo no tengo la culpa de lo tuyo agregó.

Y me dejó perpleja. La taquicardia que tenía aumentó más todavía y ya sentía que me faltaba el aire. Por eso corté la comunicación sin poder decirle nada.

Minutos después el enano maldito entró de nuevo a la oficina. Me di cuenta de su presencia sólo porque le escuché la voz, pues ya no quería ni verlo…

Los cuatro días

Buenos Aires, marzo de 2009.

Día dos. Fiesta de cumpleaños de Carla (II)

Luego de  soportar sin defenderme  los comentarios lacerantes de Verónica y del marido de “Casada”, me alejé unos pasos del grupo de gente, pero Ferni me siguió y me preguntó:

- ¿Te parece si un día de estos vamos a tomar algo?

- Si, vamos - le contesté no muy convencida.

- ¿Y cómo arreglamos? ¿Te llamo o me llamas?

- No sé. Llamame - le dije.

Y la conversación finalizó ahí porque el novio de “Empresaria” anunció que había traído un juego de futbol nuevo para PlayStation y todos los hombres fueron invitados a participar del torneo.

-Yo acompaño mirando porque el futbol no es lo mío- dijo Ferni y sumó un punto más que lo alejaba de mi ideal de  hombre, porque éste hubiera aceptado el desafío y los hubiera derrotado a todos, aunque el futbol no fuera su mayor pasión.

Danilo y el novio de “Hiperactiva” abrieron el juego y el resto de los hombres jóvenes presentes se sentaron en un gran sillón a mirar el partido. Verónica e “Hiperactiva” parecían estar muy entretenidas charlando. Y mi amiga “Empresaria” parecía estar muy interesada en conocer detalles de mi historia con el enano maldito:

-  Carla me chusmeó lo de tu compañero de la oficina. Me tenés que contar….- dijo.

-  ¿Te contó?- pregunté sorprendida.

- Si, algo me contó,  vení.

Y me condujo a un rincón alejado del resto. Carla y “Casada” nos siguieron. Como no tenía ganas de que Verónica se enterara de los detalles de mi historia con el enano el maldito, junté fuerzas y dije abiertamente:

-Bueno, chicas, les cuento, pero si viene Verónica cambiemos de tema, ¿ok?

- Ay, ¿por qué no se puede enterar “Vero”?- me dijo Carla y yo la miré con una expresión de odio que fue suficiente para que no siguiera insistiendo.

Entonces nos sentamos y yo quedé de espaldas a los hombres que jugaban PlayStation y también a Verónica y a  “Hiperactiva”. Les relaté sin entrar en mayores detalles  la cita que había tenido con el enano maldito, pero al llegar a la parte del acné, “Empresaria” me interrumpió:

- ¿Eso te dijo?! Yo lo hubiera mandado a la mierda y me iba.

- Sí, creo que tendría que haber hecho eso- dije.

- Además ni que tuvieras tantos granos. Con maquillaje ni se te nota- agregó “Casada”.

- Bueno, pero el tipo es un pelotudo, debe ser un acomplejado, como todo petiso- dijo Carla.

En ese momento Danilo se sumó a la charla. Le había hecho cuatro goles en pocos minutos al novio de “Empresaria” y  tenía el sello del triunfo en su expresión.

-  El tipo ese te tiene bronca, Ana- sentenció Danilo, que ya conocía los detalles de la historia, porque Carla me había ahorrado el trabajo de contárselos.

 - ¿Bronca?- pregunté.

 - ¿Y por qué le va a tener bronca?- inquirió Carla.

 - Ah, no sé, pero le tiene bronca, la quiso rebajar con lo del acné, con lo del pelo, con todo…- aclaró Danilo.

- Si, por eso no sé qué hacer…

- ¿Ves?, le decís así y no lo va a hacer - le recriminó Carla a Danilo.

 - Bueno,  es lo que veo yo - dijo él.

- Cuando estabas de novio con la otra no me decías cosas lindas a mí, acordate - le reprochó Carla.

 - Te decía cosas lindas, no digas pavadas, nena.


 - No, no me decías nada.

- Una cosa es que no te diga nada y otra que te salga con lo que salió el enano ese - agregó “Empresaria”.

- Claro - dije.

 - Igual yo pienso que lo tenés que hacer. A vos el tipo te gusta y convengamos que es muy difícil que te guste alguien…- acotó “Casada”.

- Yo pienso lo mismo- agregó Carla y el resto le dio la razón.

- No es tan difícil que me guste alguien, che-  dije defendiéndome, porque me indignaba que me dijeran que nadie me venía bien, como si la del problema fuera yo y no mi mala suerte - No sean así, siempre me dan bola los bagayos, es por eso. Antonio Lombardo fue el único presentable que se me acercó en mi vida…

- Bueno, Ferni no es tan feo…- dijo “Casada”.

- Sí es feo-  le retrucó “Empresaria”.

 -  Si yo estuviera sola como vos, le daría bola a Ferni y a tus otros bagayitos - dijo Carla.

 - No creo - dije.

-  Igual yo  pienso que lo tenés que hacer, Ana- dijo “Empresaria”. - Porque no te queda otra. No da para otra salida más con el enano sin acostarte y quién te dice que después de eso él no se enganche…

 - Si no está enganchado ahora no creo que lo vaya a estar después - sentencié.

 - Eso no lo sabés. Yo no estaba enganchado con Carla cuando la conocí. Me enamoré recién al año.

 - No digas boludeces, ¿cómo te vas a enamorar al año? - le dije a Danilo.

 - Él siempre dice eso, que el primer año que salió conmigo no estaba enamorado…

 - Yo estaba enamorado de mi novia, después me enamoré de Carla.

- Nadie te va a creer eso, Danilo – dijo “Casada”.

 - Pero es así - insistió él

-  ¿De qué hablan tan en meeting? - dijo “Hiperactiva” y se sumó a la charla. Afortunadamente (al menos en ese momento) Verónica no la había seguido.

-  De un compañero de la oficina – dije.

-  ¡Ah, sí! ¡Del enano maldito!  Ya me contó Carla. Para mí no lo tenés que hacer. El tipo te trato muy mal…- dijo “Hiperactiva” y yo supe inmediatamente que tenía que hablar seriamente con Carla, porque ya no quería que mis intimidades se hicieran tan populares.

 - No te preocupes que si él no me llama en estos cuatro días, no lo voy a hacer.

- ¡No te va a llamar!!!!!- me dijeron todos, casi a coro.

 - No seas ilusa, Ana, no te va a llamar, si te ve como a un agujero - agregó “Hiperactiva”.

 - ¿Pero a vos no te da curiosidad saber cómo es una relación sexual?- me preguntó “Casada” - Yo lo haría por eso sólo nada más…

- Bueno, tampoco es cocaína para que meta tanta intriga- dijo Danilo, pero nadie le prestó atención.

 - Sí, me da mucha curiosidad, pero en estas condiciones no lo quiero hacer. Creo que merezco algo mejor.

 - Pero no hay algo mejor en el horizonte, Ana. Lo hacés y después podés buscar otro tipo sin estar tanto a la defensiva porque sos virgen y tenés miedo - dijo Carla.

 - Es que yo no me puedo acostar con G. y después salir a buscar otro. Eso es lo que no entienden. Creo que si se me acercara otro tipo hoy no le daría bola porque estoy pensando en él, imagínense después…

- ¿Y si viniera Antonio Lombardo? - me preguntó Carla.

 - Ah, sí, ese sería el único - contesté.

- Ahora, hay algo que yo no entiendo – interrumpió Danilo - porque antes de la salida con el enano maldito tuvo que haber otra cosa. Él te tuvo que haber demostrado algo para que cambiaras tanto, porque hace un tiempo lo odiabas…

- Si, si, me demostró algo. Siempre me lo demuestra y por eso pienso que él está enamorado de mí - dije con inocencia y todos se rieron burlándose.

 - No, no, déjenla hablar, a ver la teoría descabellada que tiene - dijo Danilo.

- Bueno, él me mira - agregué.

 - El culo te mira - acotó Danilo.

- Si, pero no solamente eso. A veces me doy vuelta en la oficina y él me está mirando a la cara. Cuando lo miro, baja la vista. Yo también, obvio.

 - ¿Y si está enamorado por qué te trató tan mal?- preguntó “Hiperactiva”

 - Eso es lo que no sé- contesté.

 - O no, a lo mejor es así. No todo el mundo quiere de la misma manera - dijo “Empresaria”

 - ¿A la novia cómo la trata? - preguntó “Hiperactiva”.

- A la novia la trata muy mal también. Cuando lo llama a la oficina siempre le dice: “Dejame de romper las pelotas, no me llamés tanto, me tenés podrido, no te aguanto más, morite pronto…”

- Ah, entonces el tipo es así - concluyó “Casada”

- Si, un reverendo hijo de puta con todo el mundo- dijo Carla.

- Y vos me mandás a que lo haga con él - le dije a Carla en tono de reproche.

- Es lo que hay, Ana - me dijo Carla.

-  Es que los hijos de puta atraen mucho - agregó “Empresaria”

 - Puede ser…- dije.

 - Entonces hacelo. Jugate a ver qué pasa, a lo mejor eso lo hace reaccionar - me sugirió “Hiperactiva”.

 - Pero Ana, ¿en serio pensás que el flaco puede estar enamorado de vos? Porque si pensás eso estás muy mal, tenés que volver a la psiquiatra – me dijo Danilo.

-
Bueno, ya sé que puede ser una fantasía mía, pero, y no es por agrandarme, yo me siento física e intelectualmente muy superior a la novia y a él también.

 - Pero la novia tiene mucha plata y vos no tenés un mango - dijo Carla.

 – Sí, eso sí - dije.

- Igual yo creo que una mujer se da cuenta cuando un hombre está enamorado de ella y si vos notas eso…- acotó “Empresaria”.

- Sí,  y más que siempre te tiras abajo…- agrego “Hiperactiva”.

 - Además, todas las veces que lo pesco mirándome él tiene una cara especial. No sé, como con un dejo de algo, como triste, melancólico. Me hace acordar mucho a las miradas de Ferni - dije.

 - Bueno, no, a Ferni dalo de baja de tu lista, porque ya no corre más con vos - me dijo Danilo.

- ¿Por qué? – pregunté.

- Porque Ferni está por escalar el Aconcagua. Date vuelta y mirá - me dijo Danilo.

Entonces me di vuelta y vi que Ferni y Verónica estaban hablando, sentados en un lugar apartado. Ella se acomodaba el pelo y lo miraba con actitud provocadora, mientras le ponía las tetas muy cerca de su cara…

Zonas liberadas (IX)

Cuando llegamos a la plaza, Rubén G. se puso en puntas de pie de nuevo y me besó en la boca con el mismo “apasionamiento” descripto en los post anteriores.

También se entretuvo con mis pechos, primero pellizcándome los pezones, luego retorciéndomelos con fuerza, siempre por encima de la ropa, como si estuviera ajustando dos tornillos oxidados con sus dedos. No sólo me sorprendí porque nunca me habían hecho algo semejante antes, sino porque también nunca había siquiera imaginado que una cosa así pudiera hacerse. Y por supuesto que esta “demostración de afecto” no me provocó ningún placer. Al contrario,  me dolió, pero no me animé a quejarme.

Unos instantes después, el enano maldito completó las atenciones hacia mí  tomando una de mis manos para llevarla hasta la bragueta de su pantalón…

Y acá es necesario que intercale un flashback:

Tenía veinte años y me encontraba disfrutando de unas vacaciones en Punta del Este, en compañía de mis padres. Los tres estábamos alojados en la casa que Tío Rico y Famoso había alquilado ese verano. Esas vacaciones, como todas las que había tenido en mi vida, se estaban desarrollando de manera monótona y aburrida. Pero un día, en la playa, salí del ostracismo cuando un chico uruguayo muy lindo se me acercó y  me invitó a pasear con él por otra playa más alejada. Como no podía creer que un tipo tan espectacular como ese se hubiera fijado en mí, acepté enseguida su invitación. Y dejé que me tomara la mano y me llevara con él. Caminamos unas cuadras,  hablamos, hasta que, de golpe y sin preámbulo, me besó en la boca. Yo le correspondí inmediatamente, pero sólo porque tenía miedo de que se me escapara, ya que, como recién lo había conocido, sentía una incomodidad que me impedía disfrutar de esos besos. Pero él fue delicado y paró a tiempo. Entonces nos sentamos sobre la arena de la playa alejada y  hablamos durante dos horas más o menos.

Luego me besó de nuevo. Pero esta vez ya no fue tan delicado y  me quiso tocar las tetas y el culo. Yo, por supuesto, no lo dejé,  y no obstante mi negativa a permitirle avanzar, el chico igualmente me tomó una de las manos y la llevó hacia su pene. En ese momento la actitud del uruguayo me pareció muy ofensiva y degradante, por lo que retiré mi mano a tiempo, antes de hacer contacto alguno.  Y si después de eso me quedé un rato más con él, fue sólo debido a que mi timidez me impidió hacer otra cosa, porque en cuanto se me ocurrió una excusa, me despedí del chico en la playa y  me fui a la casa adonde estaba albergada.

El uruguayo me vino a buscar a esa casa varias veces en los días posteriores al hecho, pero yo siempre me hice negar. Nunca más quise volver a verlo y sólo debido al suceso de “la llevada de mano”.

Cuando volví a Buenos Aires consulté a mis amigas sobre el asunto y todas me dijeron que era normal que un hombre hiciera eso. Pero yo nunca pude entender la supuesta “normalidad” del acto y siempre seguí  viendo a la “llevada de mano” como un gesto que denigra a un mujer, que a mí me hace sentir completamente usada y hasta humillada, pues nunca entendí por qué un hombre no puede esperar a que lo toquen cuando tengan ganas de hacerlo y no antes, máxime si el varón en forma previa ni siquiera atinó a tocar la zona genital de la mujer, tal como sucedió conmigo en las dos situaciones a las que me refiero en este post.

Sin perjuicio de este recuerdo y de mi opinión al respecto, y  atendiendo al hecho de que por algo era virgen a los veintinueve años, no retiré mi mano antes de tocar la bragueta de Rubén G. (esta fue la primera vez que una de mis manos tocó la bragueta de un pantalón ajeno). Pero como sentí bronca al hacerlo, mantuve la mano completamente abierta y la apoyé en forma muy leve (demasiado leve) sobre el cierre del pantalón del enano maldito. Sólo moví los dedos un poco, para retirarlos enseguida. No llegué a palpar nada. Igualmente Rubén G. se excitó mucho más de lo que ya estaba (hasta gimió) y masculló:

- Vamos a sentarnos, dale, por favor…

- No-  dije en forma tajante, porque adiviné que el enano maldito quería sentarse en algún banquito de la plaza para que yo lo masturbara.

- Dale, por favor.

 - No, nene, yo no voy a hacer eso acá.

Bueno, pero…

Se interrumpió y me besó de nuevo con más fuerza que nunca, hasta el punto de casi hacerme caer hacia atrás, pero después se frenó y me dijo:

- Bueno, basta, porque si no te garcho acá. Vamos.

Entonces caminamos unos pasos. Nos despedimos con un beso más tranquilo y él bajó por la escalera del subte. Como tenía manchas coloradas alrededor de su boca y toda la ropa desacomodada, me entretuve por unos minutos pensando en qué le diría el enano maldito a su novia cuando lo viera llegar así.

Luego me tomé el tren contenta, no sé por qué, pues ni siquiera me había excitado un poco cuando estaba con Rubén G. en la plaza. Lo peor es que, a pesar de todo lo que él me había hecho y dicho, yo seguía sin entender la realidad. Pensaba que el enano maldito no podía no quererme y estaba casi segura de que me iba a llamar en los cuatro días  en que no nos íbamos a ver. Por eso asumí que mi primera vez iba a ser con él y en el tren me comprometí conmigo misma a concurrir a la depiladora al día siguiente, a fin de estar bien preparada para el evento…

Zonas liberadas (VIII)

Buenos Aires, marzo de 2009.

El enano maldito dejó de besarme (o desistió de su intento de violación) cuando le informé que iba a salir gente de la puerta del edificio en cuya entrada estábamos.

Entonces caminamos hacia la estación del tren manteniendo un diálogo que para mí fue uno de los más raros que tuve en mi vida:

-  Bueno, ya que vamos a hacer las cosas con tiempo, mejor planearlas bien: ¿A qué hotel vas a querer ir?- me preguntó Rubén G.

-  No sé…  o sí, sí sé, al que nombraban el otro día en la oficina, el “R”, ¿te parece?

- Sabía que ibas a querer ir a ese- me dijo el enano maldito sonriendo - ¿Y la ropa interior?

- Ni  idea, ¿Por qué? ¿A vos te gusta algo en especial?

- No, para mí cualquier cosa está bien. No gastés plata. ¿Y vos tenés alguna preferencia de ropa interior masculina?

- No, va, si, no, bueno- dije dudando - , la verdad: no me gustan los calzoncillos ajustados. Prefiero los boxer y sueltos- agregué con seguridad.

- Está bien. Yo uso esos. ¿Y bañarnos cuándo te parece? ¿Antes o después?

 - No sé, en el momento vemos.

- ¿Vas a querer jacuzzi?

- No, por mí no…

-  Ok, por mí tampoco. ¿Y la luz? ¿Cómo te gusta? ¿Muy fuerte, baja o a oscuras?

-  Y qué se yo…. baja, mejor.

- Está bien. Mirá que vas a sangrar…

- No sé eso. No todas las mujeres sangran en su primera vez.

- Sí sangran. Te lo digo por experiencia. Igual no te hagas ilusiones, las primeras veces no son buenas, ni cuando no sos virgen. Se tarda un poco en acoplarse. Por eso después hay que seguir…

- Si, ya sé…

- ¿El tamaño te interesa?

- ¿El tamaño de qué?- pregunté sin caer en la cuenta de a qué estaba haciendo referencia  Rubén G.

- ¿De qué va a ser???- me dijo el enano maldito mientras introducía sus manos en los bolsillos del pantalón y se los miraba.

- Ah – dije, dándome cuenta de a qué se refería- no, no sé yo de eso.

- Porque mirá que la mía es mediana, tamaño standard.

- Ah, bueno- dije sin darle importancia a la aclaración de Rubén G.

- Pensar que yo me levanté esta mañana y nunca pensé que a esta hora iba a terminar teniendo esta conversación con vos.

- Yo tampoco…

Continuamos caminando en silencio. Todavía seguía pensando en lo que el enano maldito me había dicho en el pub, en especial lo referente a mi acné. Entonces:

- ¿Te parece tan terrible lo de mis granos?

- No, ya está Ani, no te hagás problema.

- Pero decime.

- Ya te dije… ¿A vos el sexo anal no te cuadra mucho, no?

Ante esta pregunta me sorprendí una vez más por todo lo que Rubén G. podía adivinar de mí sin yo siquiera habérselo insinuado alguna vez.

- La verdad que no. ¿Y cómo sabías eso de mí?

- Por tu cara una vez que salió el tema en la oficina.

- Ah…

- ¿Nunca lo harías?

- No sé si nunca. Habría que estar en el momento, supongo. Pero por ahora te digo que no, no me interesa. Me daría impresión. No creo que sea algo placentero.
 
- Es muy placentero.

- No sé…

Y llegamos a una plaza ubicada enfrente de la estación del tren. Como ya era de noche, había muy poca gente…

(continuará)

Zonas liberadas (I)

Buenos Aires, marzo de 2009.

Llegué a la empresa temprano, la mañana de un jueves, quince minutos antes del horario de ingreso del resto del personal. Estaba muy cansada, pues la noche anterior no había podido dormir bien debido al arrepentimiento que sentía por haberle mandado el mail a Rubén G..

Cuando entré a la oficina me sorprendí, pues el enano maldito había llegado antes que yo y estaba recostado en una silla. Me puse nerviosa, tal vez por estar a solas con él, y no me animé a saludarlo con un beso. Le dije solo un “Hola” de lejos, que él replicó con otro “Hola“, seguido de varias miradas hacia todos los costados, y luego un “Vení, vení, acercate“, que yo hubiera querido contestar con un “¿Y por qué no te levantás y venís vos?“, pero no me animé a hacerlo.

Y por eso terminé al lado del  escritorio de Rubén G., manteniendo este diálogo:

- ¿Hoy salís a las seis?-
me preguntó el enano maldito.

- Si, hoy me toca trabajar de día.

- A mí también.

- Ya veo.

- Escuchame bien – me dijo Rubén G., en voz muy baja y de nuevo mirando hacia todos los costados, para asegurarse de que no hubiera testigos – Te espero a la seis y cuarto en la esquina de la Librería “T”, la que está acá a dos cuadras, así vamos a tomar algo y hablamos. ¿Podés?

- Si, puedo- contesté sin pedir más ruegos.

- Ok, quedamos así entonces.

Rubén G. se volvió a recostar en su silla mirando hacia todos lados. Evidentemente temía que alguien se enterara de nuestra cita clandestina. Y aunque eso me molestó un poco, regresé a mi escritorio sintiéndome mejor (hasta enderecé mi postura), pues el enano maldito estaba demostrando cierto interés al invitarme a salir.

Por eso no pude dejar de hacerme ilusiones especulando con que a la tarde quizás Rubén G. me declarara su amor o algo así. Pero como a la vez me daba miedo que eso pasara, me hice unas preguntas que nunca pude llegar a responderme del todo: ¿Qué decirle a Rubén G. si me ofreciera dejar a su novia? Porque si la dejaba tendría que empezar un noviazgo con él y ya me veía en la quinta de Tío Rico y Famoso presentando a un novio que a duras penas sobrepasaba la altura de mis hombros, una idea que mucho no me cerraba. Entonces, pasé a otra pregunta, más determinante: ¿Quería pasar el resto de mi vida con Rubén G.? Y mi respuesta fue: toda la vida no, pero unos pocos años a lo mejor sí.

Así pasé varias horas del día, tratando de desentrañar mis verdaderos sentimientos hacia el enano maldito. Una pérdida  de energía mental que más tarde me daría cuenta que había sido en vano, precisamente cuando escuché en la oficina esta conversación:

- Che, qué bueno que te hayan dado los francos que te debían todos seguidos- le dijo Marcelo F. a Rubén G..

- Si, cuatro días.

- Tenés un fin de semana más que largo: viernes, sábado, domingo y lunes. ¿Te vas a algún lado?

- Si, a San Pedro, con Maura- (la novia del enano maldito) - pero dos días nada más.

- ¿A San Pedro?? No hay nada en San Pedro, llevala a otro lado, no seas tan rata, gastá un poco más…

- Se hace lo que se puede…

Así fue como me enteré que Rubén G. iba a salir conmigo esa tarde para luego irse de viaje dos días con su novia. El enano maldito ni siquiera se había preocupado por tratar de ocultarme el detalle, lo que me hizo pensar en cancelar  mi cita con él.

Pero por tonta,  por ilusa, y por el deseo inmenso de que al fin me sucediera algo lindo, no pude aceptar la realidad y todavía alimentaba una esperanza de que las cosas no fueran tal cual se me estaban presentando. Por eso, a las seis y cuarto de la tarde, estaba llegando a la esquina de la Librería “T”…

Totalmente D… (I)

Buenos Aires, febrero de 2009.

1) El operativo “caza de candidato”.

La posibilidad de atrapar a un candidato que eventualmente me desvirgara y, con suerte, me hiciera el novio por algunos años, mantuvo en vilo a mi familia por varios días. Y sin quererlo, a mí también, pues fui obligada a someterme a un operativo de producción personal (especie de fashion emergency), el que consistió en un cambio de peinado (Tía Linda gentilmente me cedió a su peluquero exclusivo), realización de una limpieza de cutis y visita a la manicura y embellecedor de pies. Todo en dos días y con un costo de ochocientos pesos.

Mención aparte merece lo referente a la compra de la vestimenta adecuada para no dejar escapar a Mario Villarreal, pues lo que iba a ser un paseo tranquilo para mí en la soledad de un shopping muy cercano a mi casa un domingo a la mañana, se transformó en una película italiana de la posguerra, cuando Tía Linda y mis padres se ofrecieron a acompañarme con el fin de asesorarme en este delicado punto.

Cuatro horas de intensa búsqueda y pruebas varias pasaron hasta que, finalmente, Tía Linda, mi madre y yo estuvimos de acuerdo en que un vestido con tajitos a la altura de las rodillas y de color amarillo apagado con flores en tonos marrones rojizos era el adecuado para la ocasión. Como mi padre no estaba conforme con la elección de ese vestido, pues, según él, debía  usar ropa que realzara mi cintura y el vestido no lo hacía tanto, Tía Linda decidió contentarlo comprándome un cinturón muy ancho, con cartera y zapatos haciendo juego. Y mi madre no se quedó atrás, pues no sólo pagó el caro vestido sino que también me compró un collar, dos pulseras anchas de acrílico y aros. El costo de todo el equipo fue de dos mil trescientos pesos, por lo que la inversión total familiar en la cita a ciegas ascendió a la suma de tres mil cien pesos (ochocientos cincuenta dólares aproximadamente, en ese momento ).

2) Los consejos de Tía Linda.

Luego del raid de compras, mi cansancio era tan grande que sólo fantaseaba con la idea de dormir una siesta de domingo. Pero mi madre frustró mi deseo al ponerme a secar al sol para broncearme,  en compañía de Tía Linda

Y  las dos solas en el jardín de mi casa, pudimos mantener una charla que fue más o menos así:

 – Si Mario Villarreal te propone ir a un hotel y vos querés, andá. Igual avisale que sos virgen antes.-

 – ¿Te parece que le diga?-

– Le tenés que decir porque algunos tipos son muy brutos. Hasta a mí me duele algunas veces…-

Al oír estas palabras pensé asustada: “¡Si a vos te duele que ya te bajaste como a cincuenta, entonces a mí me van a tener que anestesiar!”, pero dije:

 – Ah, igual no creo que me den ganas en la primera salida…-

 -  No, nunca te dan ganas en la primera salida, lo que pasa es que son muy aburridas. Hablás de tu trabajo, lo que estudiaste, ex parejas, lo que te gusta, pero todo en general, hasta que te quedás sin tema. Entonces es mejor coger, así ya después pasás a comentar las noticias del día y listo.-

3) Llegada de la hora decisiva.

Cuando una vez vestida y maquillada me miré al espejo, me di cuenta de que, sin antes habérmelo propuesto, había quedado con un look ochentoso pero con estilo, bastante similar al que tenía Lucía Méndez en la novela “Tú o Nadie” (Lucía hacía de virgen en esta novela) , y, por primera vez en mucho tiempo, me vi linda, impresión que fue ratificada también por mis padres y tía.

Como Mario Villarreal insistió en pasarme a buscar por mi domicilio (yo hubiera preferido que nos encontráramos en otro lado), no tuve más que sentarme en el living de mi casa a esperar, junto a mis ansiosos padres y a Tía Linda, que llegaran las nueve de la noche y empezara a vivir mi propia novela.

Pero llegaron las nueve, las nueve y cuarto, las nueve y veinticinco y Mario Villarreal no aparecía. A esa altura los nervios de mis padres eran tan grandes que prácticamente tuve que mantener una lucha cuerpo a cuerpo con ellos para que dejaran de asomarse por la ventana de manera tan insistente. Menos mal que logré ganar la contienda, porque justo en ese momento un auto importado frenó en la puerta de mi casa y tocó bocina. Supuse que era Mario Villarreal, pero no salí, pues no me atrevía a meterme en el auto de un tipo que nunca antes había visto y que me “tocaba bocina” desde la calle.

Entonces esperé unos minutos, hasta que Mario Villarreal se dignó a bajar del coche y caminar hacia mi puerta. No hizo falta que presionara el botón del timbre de mi casa, pues mis padres se le adelantaron, abriendo la puerta y empujándome hacia afuera, sin darle tiempo a eso.

Y así quedé, parada frente a Mario Villarreal. Él me saludó con un “Hola“, me dijo “Sorry que llegué tarde, pero estaba totalmente perdido“, me dio un beso en la mejilla y me miró de arriba a abajo. Luego me invitó a subir a su BMW negro nuevo, modelo de auto que no era común ver en el barrio de clase media en donde vivía. Pero traté de obviar ese detalle, pues hasta ese momento todo iba bien. Mario Villarreal me gustaba y yo creía gustarle a él también.

Tanto, que hasta ya disfrutaba imaginando la cara de mis compañeros de trabajo al ver a Mario Villarreal y a su  auto apoteótico pasarme a buscar por la puerta de Empresa Pedorra S.A….