Buenos Aires, diciembre de 2008.
En el consultorio de mi psiquiatra, la Doctora Delia Rincón, relataba mis penurias recostada en el diván, esperando alguna interrupción sabia de su parte:
- Carlos V. no estaba enamorado de mí como yo pensaba- afirmé- Si fuera así, no se habría ido con la paraguaya esa y se hubiera quedado conmigo, ¿no?
- Y no, no, claro- dijo Delia Rincón.
- No es la primera vez que me pasan cosas así.- seguí diciendo, lista para desahogarme a gran velocidad- A veces pienso que ya me estoy acostumbrando, porque situaciones así viví muchas ya. La primera vez fue en tercer año del secundario, cuando fui a bailar, también por primera vez. El hermano de una de mis compañeras nos llevó en su auto hasta el boliche. Éramos un grupo de compañeras de colegio, al que se le había sumado mi amiga Carla. Como a mí me gustaba un poco el hermano de mi compañera y la experiencia del boliche no me había resultado muy divertida que digamos, me acuerdo que empecé a fantasear con él esa misma noche y a ilusionarme también. Pero el lunes siguiente al evento, cuando mi compañera (la hermana del chico) me espetó: “Te tengo que decir algo, es de mi hermano, quiere el teléfono de tu amiga Carla…”, me sentí como la mierda, al punto de pensar en no tener nunca más una ilusión, por el peligro de vivir otra desilusión. Y eso que en ese momento no sabía que esa era sólo la primera de una serie casi infinita de sucesos desafortunados que hicieron que en mi vida rara vez hubiera podido conseguir una cita o, una vez conseguida ésta, pudiera pasar a una segunda…. Lo peor es que les conté a mis padres lo que me pasó con Carlos V.
- ¿Y para qué le contás esas cosas a tus padres?- preguntó Delia Rincón.
- No sé, pero no me puedo contener y les cuento.- dije casi disculpándome. – Después me arrepiento…
- ¿Y qué te dijeron ellos?- preguntó Delia Rincón, con tono de intrigada.
- Casi lo mismo de siempre.- contesté resignada.- Mi papá, que no me levanto tipos porque no les hago “caída de ojos”, y mi mamá, que no seduzco porque no me sé imponer, porque no me arreglo bien y porque no me saco el maquillaje de la cara antes de irme a dormir. Es que mi mamá era muy linda y yo no salí muy parecida a ella. Pero no lo entiende, por eso todas las noches me persigue con un frasco de crema para rostro en la mano para que me la pase. Y yo a veces me la paso, a desgano, porque igual el acné y los puntos negros no se me van del todo con esa crema. Igual mi mamá sigue pensando que eso es porque no me paso también una esponja exfoliante que ella me regaló y a la que le adjudica efectos milagrosos, como remover granos, quitar arrugas, reducir la celulitis y volverte hermosa. Creo que mi mamá cree que si me pasara la esponja otro sería mi destino.
- ¿Y vos qué decís a eso?- inquirió Delia Rincón
- Me defiendo, junto argumentos a mi favor- respondí.- Esta vez les dije que para la salida del otro día ellos vieron que me había producido bien, que más arreglada no podía estar y que si no soy linda no tengo la culpa. Serán los genes que heredé. Pero mi mamá igual siguió sosteniendo que sí soy linda, pero que no me sé lucir, que ella a mi edad se la pasaba arreglándose, preparándose la ropa que iba a usar al otro día y que yo soy una vaga que no hago nunca eso. Mi papá, en cambio, esta vez me dijo directamente que muy linda no debo ser, porque si no los tipos se me acercarían más. Y como siempre remató sus dichos recordándome que había desperdiciado una gran oportunidad cuando dejé a Ferni hace ocho años…
– ¿Eso te dijo tu papá?- preguntó Delia Rincón asombrada.
- Si, eso.- contesté con frialdad.
Y me quedé esperando alguna conclusión, pero Delia se levantó del sillón en señal de final de la sesión.
Luego de firmar unos papeles para que la prepaga me pagara más consultas, me encontré con la desagradable noticia (sobre todo para una hija única) de que después de un poco más de seis meses de terapia, la Doctora Delia Rincón no sabía ni mi apellido, hecho que me llevó directamente a concluir que mi psiquiatra no me prestaba la atención suficiente.
No sabía bien por qué, pero había terminado esa sesión sintiendo más angustia que antes de empezarla. Encima ese día el portero del edifico no estaba. Entonces tuve que bajar dos pisos por ascensor acompañada por el hijo de Delia, que me condujo hasta la puerta de salida.
Esos dos pisos en ese ascensor tan estrecho en compañía de ese chico que tenía aproximadamente 25 años, que se había dejado crecer demasiado el pelo y la barba, que usaba unos piercing en la nariz y en las cejas, y que lucía algunos tatuajes en sus brazos, me incomodaron demasiado. No sabía si saludarlo, si hablarle, porque una tímida como lo era yo ni idea tenía de qué se debía hacer en esos casos.


