Archivo mensual: febrero 2012

El secreto de su éxito (III)

Buenos Aires, febrero de 2009.

El tiempo junto a Carlos V. pasó rápido. Ni siquiera sentía cansancio por haber estado toda la noche parada cuando noté que las luces del boliche se habían encendido y que ya era de día.

Dejamos de besarnos y nos alejamos un poco el uno del otro  cuando vimos que Belén M. y su novio estaban cerca. La gente se estaba retirando del boliche y Belén M. me pidió que la llevara a su casa en mi auto (el de mis padres en realidad).

Estábamos saliendo del lugar con el resto del grupo de la facultad, cuando Carlos V. me tomó de la cara y me dio un beso dulce y lindo, aprovechando que en ese momento los demás habían quedado de espaldas a nosotros y no nos veían.

Hasta ese instante Carlos V. no me había disgustado pero tampoco me había gustado. Después de este último beso, en cambio, me quedé un poco tonta, un poco perturbada y un poco enamorada de él.

Belén M., su novio, Carlos V. y yo nos despedimos del resto del grupo y caminamos hasta el auto. Esa noche no hubo más acercamientos. Carlos V. no intentó tomarme una mano ni besarme, seguramente debido a la presencia de testigos cercanos.

Subimos al auto. Carlos V. se sentó a mi lado, en el asiento del acompañante, y Belén M. se sentó atrás, junto a su novio. Cuando arranqué el coche sonó un: “Yo necesito saber si quieres ser mi amante…” cantado por Lucía Méndez. Había olvidado retirar el cd del equipo de música del auto. Sintiendo mucho calor en la cara, di un manotazo intentando salvar la situación y cambié de modo cd a modo radio. Entonces se escuchó un:  “Que más da, que más da, que más da, que me llamen el bala perdida…” de José Vélez, proveniente de una radio latina que hacía poco tiempo habíamos descubierto con Carla. Cambié de emisora inmediatamente sintiendo ahora calor en todo el cuerpo y, ante las risas de mis acompañantes que preguntaban: “¿Qué es eso?!!! ¿Qué escuchas?!!!” , sólo se me ocurrió decir que el auto era de mis padres, responsabilizándolos por la música.

Carlos V. fue el primero en bajarse del auto, porque su casa quedaba muy cerca del boliche, a unas diez cuadras. En el trayecto no pronunció palabra. Se despidió de mí sólo con un beso en la mejilla y un “Nos vemos”. Luego llevé a Belén M. y a su novio hasta su casa. En el viaje ellos hablaron de música, dijeron que sólo escuchaban canciones en inglés y nada me preguntaron sobre lo que había pasado con Carlos V. en el boliche.

Yo sólo podía pensar en que él se había despedido sin pedirme el teléfono, algo que podía indicar que no quería nada más conmigo si no fuera porque éramos amigos en facebook y porque él me tenía agregada a su Messenger. Medios de comunicarse conmigo no le faltaban y a mí esperanzas de que lo hiciera tampoco.

Por eso pasé los días posteriores dándole “actualizar” a mi perfil de facebook cada treinta segundos para ver si recibía un mensaje de Carlos V.. Chatear no me gustaba y jamás me conectaba al Messenger, porque siempre había alguien que me molestaba dándome charla cuando yo estaba de lo más entretenida mirando una novela. Pero durante los días que esperé la comunicación de Carlos V. siempre estuve conectada y visible para todos mis contactos. Él, en cambio, siempre apareció en estado “desconectado”.

Al décimo día de espera, mientras estaba mirando la novela de Lucía Méndez nunca transmitida en la Argentina, alguien me habló por Messenger. Ilusionada cerré la ventana de la novela y desilusionada quedé cuando noté que el que me hablaba no era Carlos V. , sino mi jefe, Mauro L. (lindo):

Mauro L. dice:

Hola Cómo tas?

Ana Golk dice:

Bien y vos?

Mauro L.

Te tengo buenas noticias. El domingo no tenés que trabajar. Te cubre “Matambrito”

“¡Qué amabilidad la de Mauro L., avisarme con tanta anticipación y por este medio!¡ Qué buen gesto! Entonces no soy tan insignificante como creía, pensé.

Ana Golk dice:

Gracias por avisarme! Por fin un domingo libre

Mauro L. dice:

Si, por fin

Era la primera vez que mi jefe me hablaba por Messenger. En rigor de verdad, era la primera vez que me hablaba fuera de la oficina, por eso no sabía cómo seguir la conversación.

Mauro L. dice:

Qué estabas haciendo?

Ana Golk dice:

Nada, acá navegando un poco. Y vos?

Mauro L. dice:

Yo ídem. Che, vos que sos mujer y entre ustedes hablan, no sabés qué onda Ernestina T.?

“¡Este hijo de puta me contacta por Messenger para preguntarme por “el potus”!!, ¡Con razón tanta amabilidad!! ¡Sigo siendo insignificante!!” , pensé.

Ana Golk dice:

No sé. Qué onda con qué?

Mauro L. dice:

Con el novio. No sabés si lo cortó?

Ana Golk dice:

La verdad que ni idea. No hablo con ella de esas cosas.

Mauro L. dice:

Y Samuel no sabe?

Ana Golk dice:

Que yo sepa no.

Mauro L. dice:

Pero él siempre sabe todos los chismes de todo el mundo, no te dijo nada?

Ana Golk dice:

No, no me dijo nada.

Y como estaba llena de bronca, le dije que me estaban llamando por teléfono y me desconecté. Era muy tarde ya y no creía que Carlos V. se comunicara conmigo a esa hora.

Pasaron varios días más y de Carlos V. no tuve noticias. Empecé las clases en la facultad y el primer día Belén M. me contó los detalles de cómo se había puesto de novia con uno de nuestros compañeros, el que llevé en el auto la noche de su cumpleaños. Me dijo que él le había mandado un mail  para navidad en donde le declaraba su amor. Belén M. había quedado de lo más conmovida por la belleza de sus palabras y le había dado el sí inmediatamente.

Esa conversación la habilitó a preguntarme sobre Carlos V. Me dijo lo que yo ya sabía: que nos había visto besándonos en el boliche y me preguntó si la relación seguía. Yo le dije que Carlos V. no se había comunicado conmigo después del suceso y ella supuso que tal vez no lo había hecho por timidez.  Por eso me dijo que su novio, que tenía bastante confianza con Carlos V., podría llamarlo para preguntarle si pensaba volver a verme. Acepté el ofrecimiento con la condición de que Carlos V no se enterara de que yo estaba desesperada aguardando alguna señal de su parte.

Pasé dos días sufriendo, esperando que Carlos V. se contactara o que Belén M. me llamara con noticias, pero nada de esto sucedió. Cuando volví a ver a Belén M. en la facultad, ella me habló un rato largo de libros, de ejercicios que no podía resolver, y como nada decía acerca de lo que a mí me preocupaba, la interrumpí y directamente le pregunté:

- ¿Y? ¿Tu novio habló con Carlos V?

- Si, si, habló…

- ¿Y?

- Y nada…

- ¿Nada?!!-  dije mientras mi  cara pedía más aclaraciones.

- Dice que sos una compañera de la facultad.

- ¿Una compañera de la facultad?!! ¿Y eso qué tiene que ver?

- No, no tiene nada que ver. Pero dijo eso, que sos una compañera de la facultad y punto, que no quiere nada más.

Nada más. Carlos V. no quería “nada más” conmigo. Esas palabras sonaron en mi mente durante varios días en los que me sentí terriblemente desdichada. Tal vez por eso, nunca más volví a aplicar la estrategia de “la tocadita”.

El secreto de su éxito (II)

Buenos Aires, febrero de 2009.

Tomaba vino y pensaba:  “Lo toco, no lo toco, lo toco, no lo toco”. Carlos V. estaba sentado a mi izquierda y me hizo un comentario sobre un profesor que habíamos tenido en una materia el año anterior.  A él le había parecido bárbaro el profesor. Yo le di la razón diciendo: “Ay, sí, era muy buen profesor” y toqué con mi mano derecha levemente su brazo. Luego Carlos V. siguió hablando sobre profesores, materias y demás cuestiones universitarias. Yo le daba aprobación a todo lo que él decía y le tocaba su brazo, cada vez con más firmeza y decisión.

No sé si por el volumen elevado de la música del boliche o por mi sordera ocasional, pero había momentos en que no alcanzaba a oír las palabras de Carlos V. y tenía que recurrir a mi clásico “ji ji ji” para sortear el inconveniente , aunque estas veces siempre los acompañaba de tocaditas al brazo de mi compañero.

Terminada la cena, comenzó un show de magia y tuvimos que dejar de hablar. En ese momento observé que  Belén M., la del cumpleaños, estaba abrazando a otro compañero. También pude notar que la relación entre ellos no había empezado esa noche, sino que venía de antes.

Mi compañera era una rubia preciosa, del estilo Michelle Pfeiffer. No sentía envidia de ella porque estaba en otro rango de edad: tenía ocho años menos que yo. O eso me decía a mí misma para no sentirla.

Mientras el show se desarrollaba, Carlos V. se acercó  y me preguntó:

- ¿Tu amiga paraguaya no viene hoy?

- ¿Qué paraguaya? - le contesté haciéndome la boluda.

- La que vino a la fiesta de fin de año…

- Ah, pero no es mi amiga. No la conozco…- dije, sintiendo bronca porque Carlos V. me preguntara por ella.

- Bueno, mejor - dijo él, sonriendo con gesto cómplice, y a mí se me fue la bronca.

Terminado el espectáculo de magia, se levantaron las mesas y empezó el baile. O la hora de mi martirio. Carlos V. me invitó a bailar y yo tuve que ir. Ni las varias copas de vino que había tomado sirvieron para que pudiera desinhibirme y moverme con comodidad al ritmo de la música. Como me había sucedido otras tantas veces, me sentía Robocop bailando. Dura y hasta ridícula.

Los hombres suelen tomar a las mujeres por sus manos, elevar sus brazos e invitarlas a girar sobre sí mismas sin soltarlos. Un paso de baile al que yo llamo “la vueltita” y que jamás pude hacer, pues, no sé por qué extraña tara física o mental,  siempre termino enredada en mis brazos y en los del hombre de turno, que no tiene más alternativa que soltarme, para permitirme salir de la maraña.

Y eso fue lo que pasó esa noche. Carlos V. intentó a hacerme dar “la vueltita” varias veces, pero yo nunca pude completar un giro sin enredarme. Él insistió, pero los sucesivos fracasos lo hicieron desistir de seguir. Por suerte para mí, porque cada vez me ponía más nerviosa y terminaba más enredada todavía.

Carlos V. caminaba mientras bailaba y me alejaba cada vez más del resto de mis compañeros. Una vez que estuvimos lo suficientemente lejos de ellos, Carlos V. se acercó a mí, me sonrió y me dio un piquito. Luego vino un “Ji ji ji” de mi parte y él me propinó un beso intenso, pero en vez de tomarme por la cintura o por la espalda, directamente me agarró del culo. Una mano en cada cachete. Yo se las corrí inmediatamente, pero Carlos V. insistió y me arrimó más a él, haciéndome sentir algo duro en mi ombligo. Seguramente ese “algo duro” era su pene erecto, pero yo no lo quería averiguar.

Entonces me alejé un poco . Le dije: “Vas muy rápido” y  Carlos V. me siguió besando, pero tomándome por la cintura. Recién ahí pude empezar a disfrutar del momento.

Aunque el goce duró hasta que Carlos V. decidió cambiar de lugar y tocarme con bastante fuerza una teta. Otra vez a correrle la mano y a defenderme de su intento de violación.

Así estuvimos el resto de la noche. Él me besaba dulcemente y me acariciaba la cara de a ratos, para luego atacar mi culo o mis pechos y apoyar su pene en mi estómago.

(continuará)

El secreto de su éxito

Buenos Aires, febrero de 2009.

Yo no merecía ser virgen a los veintinueve años. Siempre sola, viendo cómo todos los demás a mi alrededor disfrutaban de una saludable vida sentimental y sexual. Una vida que a mí se me negaba por razones que desconocía.

No le encontraba explicación racional a la cuestión, pues yo no tengo ni tenía ningún defecto físico que pudiera espantar a los hombres. Soy una chica normal, de pelo castaño, ojos negros, que mide un metro sesenta y seis y pesa cincuenta y siete kilos. Los rasgos de mi cara son armónicos y mi cuerpo siempre lució una buena forma.

Que mi problema no es ni era físico quedó demostrado el día que tuve que salir a la calle en compañía de Potus Reloaded.  Como en todas las jornadas laborales, había estado deseando que llegara la hora de descanso para poder salir de la oficina a estar un rato a solas leyendo un libro.  Pero me encontré con Potus Reloaded en la puerta del ascensor y ¡oh casualidad! ella también se dirigía a disfrutar de su hora libre.

Mi psiquiatra, la Doctora Delia Rincón, me había recomendado varias veces que ampliara mi círculo social conociendo gente nueva. Pero a mí  me daba fiaca  hacerlo, pues la mayoría de las personas me resultaban aburridas. Sólo me divertía estando con mi amiga Carla, con su novio Danilo, o con Samuel Klein.

Y ese día no tenía ganas de perder mi preciada hora de descanso charlando con Potus Reloaded, sólo para hacer méritos conmigo misma y conocer gente nueva. Quería estar sola. Por eso le dije a mi compañera que tenía que hacer un trámite y así rehusé su ofrecimiento de tomar algo juntas. Pero, no obstante esto, tuve que caminar dos cuadras a su lado, porque ella “iba para mi mismo lado”.

Fue en ese momento cuando un nuevo mundo se presentó ante mí, pues en las dos cuadras que recorrimos juntas, yo fui la ganadora. A mí los hombres me miraron y me dijeron varios piropos en la calle. En cambio, a Potus Reloaded, nada.

No entendía cómo, entonces, mis compañeros de la oficina la veían atractiva a ella y a mí me trataban como a un camionero.

Por eso decidí tomarme el asunto con seriedad y averiguar el por qué de esta situación,  dedicándome  dos días a observar detenidamente a mi compañera. Y creí  descubrir el secreto de su éxito cuando noté que Potus Reloaded tocaba a los hombres cuando les hablaba. Se paraba al lado de sus escritorios y siempre que alguno le decía algo que le provocaba risa, ella apoyaba sus manos sobre sus hombros. Si estaba sentada, les agarraba un brazo. Cuando Potus Reloaded empezaba la conversación, decía: “Ay, te cuento…” y también les mandaba una mano.

“¡Esa era la clave! ¡Había que tocar a los tipos!!! ¿Por qué no me había dado cuenta antes?!!”, pensaba.

Ahora sólo tenía que probar la validez de la hipótesis toqueteando a algún hombre yo también. Pero como no me animaba a hacer el testeo con lo que tenía más a mano, mis compañeros de la oficina, decidí  aguardar la oportunidad propicia.

Y esa oportunidad llegó cuando mi compañera de la facultad, Belén M., me invitó a festejar su cumpleaños cenando en un boliche de Buenos Aires.

Me puse el vestido, el cinturón y los zapatos que había usado para salir con Mario Villarreal y con Ferni (había que amortizarlos), y entré al boliche dispuesta a encontrar al candidato indicado para probar la teoría.

En el lugar estaban todos mis compañeros de la facultad que, como dije en un post anterior, eran mucho menores que yo, con excepción de uno, Carlos V., que tenía mi edad.

La última vez que había visto a Carlos V. había sido en la fiesta de fin de año, y él esa noche se había ido de mi lado para darse unos besos con una compañera paraguaya que, por suerte, no estaba presente en esta oportunidad.

Me senté a su lado, no a propósito, se dio así, y Carlos V. me informó que ese año cursaría sus materias en un horario diferente del mío, por lo que no lo vería más en la facultad.

“Si no lo iba a ver más, pasar un papelón con él no iba a resultar tan grave”, pensé, y empecé a analizar la posibilidad de hacer el intento con Carlos V., tocándole un brazo cuando me hablara. Pero no estaba muy convencida, pues él me había despreciado la otra vez yéndose con la compañera paraguaya, lo que significaba que no tenía ningún interés en mí. Tal vez hasta siguiera con ella. O quizás, Carlos V.  se había ido con la compañera paraguaya porque yo, por mi timidez, no le había sabido dar buenas luces para que aterrizara en mi pista la noche de la fiesta de fin de año.

Fuera lo que fuera no importaba, pues, después de todo, yo sólo estaba haciendo un experimento. Y este último argumento fue el que convenció a mi dignidad de que olvidara el suceso con la paraguaya e hiciera la prueba del “toqueteo” con Carlos V..

Entonces tomé una primera copita de vino y…

(continuará)

Una solución en cuatro sencillos pasos

Buenos Aires, febrero de 2009.

Por Danilo, el novio de mi amiga Carla.

La próxima vez que Ana Golk conozca a un candidato debe:

1) Usar un buen escote.

2) Acercarle los pechos al galán.

3) Poner voz y cara de tonta.

4) Decir: “Ay, soy virgen, no sé nada de sexo. Me vas a tener que enseñar todo…”

Y problema solucionado. Ningún hombre se va a volver a enojar conmigo por ser virgen.

Yo no sé quererte más (IV)

Generalmente apagaba el celular cuando salía, porque mi padre tenía la costumbre de llamarme varias veces para, entre otras cosas, preguntarme a qué hora iba a volver a mi casa, hacerme las recomendaciones necesarias para evitar asaltos u otros males y de paso quejarse porque no podía dormir hasta que yo llegara. Pero esa noche, tal vez inconscientemente, no apagué el celular, ni le bajé el volumen.

Manejaba el auto, con Ferni sentado en el asiento del acompañante, cuando el teléfono empezó a sonar. Con una mano revolví dentro de la cartera y encontré el aparato rápidamente. Enseguida pude saber que el que estaba llamando era Antonio Lombardo. No lo iba a atender, pero el ofrecimiento de Ferni: “¿Querés que conteste yo?”, me obligó a hacerlo. Por eso presioné la tecla verde y dije: “Hola”

- ¡Hola! Bueno, por lo menos me atendés…

Si…- que fue un casi un “Ti”.

- Porque no entiendo cómo hoy me viste en el tren y no fuiste capaz de saludarme…

- Estoy manejando…

- No me importa que estés manejando- dijo Antonio Lombardo  levantando la voz - ¡Pará el auto!, ¡Ahora me vas a escuchar!. Acá yo soy el único que tiene derecho a estar enojado, porque sos vos la que venías con “regalito”. No sé cómo no te das cuenta de que sos como una nena… – agregó él gritando. Era la segunda persona que me trataba de “nena”.La primera había sido mi psiquiatra, la Doctora Delia Rincón.

- No…- dije, porque no sabía qué decir.

- No podés pretender salir con un tipo grande como yo y ponerlo en ese brete.

- No me parece que sea para tanto…

- ¿No te parece que sea para tanto??!!

- No, y estoy manejando.

- Prendés la mecha y salís corriendo…

 -Voy a cortar, tengo miedo de que me pare la policía…

- Hacé lo que quieras, pero espero que esto te sirva, porque si te seguís manejando así, en la vida te va a ir muy mal…

- Chau

Y corté, sin entender mucho. Quedé un poco ida de la realidad. Le dije a Ferni que era una amiga la que me había llamado, sin brindarle mayores aclaraciones.

No podía concentrarme en nada y por eso permanecí en silencio un rato. Hasta que a Ferni se le dió por empezar a indagar sobre mi Curriculum Vitae sentimental posterior a la relación con él. A falta de recursos mentales para inventar algo, le dije la verdad: que después de él no había habido ningún otro “novio”en mi vida.

Luego, llegamos a la puerta de su casa. Esperaba que él se despidiera y se bajara del auto rápidamente,  pero no fue así, pues Ferni me miró sonriendo y suspiró profundamente, para luego soltar:  “A mí me gustaría decirte algo…”. Yo le contesté: “Bueno, decime”, sin muchas ganas de oír una problabe declaración de amor de su parte. Ferni, que parecía nervioso, se río con un “Ji ji ji” similar al mío y me dijo tímidamente: “No, no, no me animo…” Yo lo miré sin pronunciar palabra y él agregó: “Hoy no, mejor otro día, ji ji ji”. Entonces aproveché la oportunidad de sacármelo de encima y le dije: “Bueno, sí, mejor otro día” . Lo despedí con un beso en la mejilla y  al fin pude terminar de depositarlo en su casa, para quedarme en la soledad del auto, repasando cada una de las palabras de Antonio Lombardo…

Yo no sé quererte más (III)

Ferni seguía hablando acerca de las virtudes del “3 D Max” y yo sólo tragaba todo la comida que tenía a mi alcance. A esa altura ya me había dado cuenta de que Ferni era también lento para comer. Tardaba mucho en cortar la carne, demasiado en llevársela a la boca, y masticaba muy despacio. Tan despacio que mientras lo hacía me indicaba con una mano que lo esperara a que tragara para seguir hablando.

Yo pensaba: “No te hagás problema, que lo que me estás contando no me genera ninguna ansiedad por saber lo que sigue. Comé tranquilo“, pero no podía decírselo.  

Ferni también doblaba la servilleta en dos, muy prolijamente, asegurando la simetría de las dos partes de una manera que me parecía obsesiva. Luego, se la llevaba a los labios y se limpiaba,  muy  delicada y lentamente.

Cuando había terminado de comer todo, absolutamente todo lo que estaba en mi plato, Ferni  no había ingerido ni la cuarta parte del suyo.  Pero yo no iba a pasar más tiempo escuchando descripciones del “3D max”. Quería saber sobre su novia, pero no me animaba a encararlo directamente. Entonces traté de entrar por otro lado y le pregunté a Ferni por qué en ese momento no estaba trabajando.

Él me dijo que tenía entrevistas, pero que no conseguía algo adecuado todavía, ya que quería que lo contrataran como gerente de infraestructura en alguna empresa multinacional de primera línea, porque lo suyo era el diseño de oficinas modernas y lujosas. No otra cosa.

Yo traté de hacerle ver que a lo mejor debía bajar un poco sus exigencias y aceptar un cargo menos importante. Pero Ferni se mantuvo en su postura y me dijo que él, con tantos posgrados hechos, no podía aceptar un cargo de menor jerarquía.

Le pregunté si en estos ocho años en que no nos habíamos visto había trabajado alguna vez y, para mi sorpresa,  me dijo que no, que sólo había hecho algunas consultorías para un empresario amigo de su padre, pero en forma gratuita.

No me gustaba lo que escuchaba, pues yo también había estudiado mucho y sin embargo había aceptado un trabajo que no se correspondía con mi nivel académico, porque para mí era mejor eso a no trabajar. Si bien sabía que la posición económica de la familia de Ferni era bastante buena, mucho mejor que la mía,  y que lo podían mantener sin trabajar, su actitud, soberbia respecto a la cuestión laboral, me molestaba mucho, máxime cuando él no tenía ninguna experiencia previa. Aunque por otro lado, este era un detalla que me venía muy bien para defenestrar a Ferni delante de mi padre, pues su conducta podía ser tachada como la de un vago que buscaba excusas para no trabajar nunca.

Y esta derivación de la conversación hizo que me animara a indagar sobre lo que yo quería:

- ¿Y tu novia no se queja de que no trabajas?

 - No, no se mete en esas cosas. Además ella tampoco trabaja.

- Ah…- dije sorprendida- ¿ Y ella estudió algo?

- Si, es arquitecta también. Nos conocimos en la facultad.

- Ah…

- Pero lo suyo son las casas de country. Usa también  el 3 D Max para hacer sus diseños. Le quedan muy lindos.

- Me imagino. ¿Y ella trabajó alguna vez?

. Si, trabajó bastante tiempo en una constructora, pero la desvincularon hace tres meses. Hoy justo se cumplen tres meses exactos.

- Ah, entonces tienen mucho en común. Te llevás bien con ella, ¿no?

- Más o menos, qué se yo…

- ¿Por qué?

- Porque ahora está medio deprimida y no quiere salir a ningún lado. Viene a mi casa, se queda a  dormir y casi nada más. Si le digo de ir a cenar a veces me acompaña, pero si voy a alguna reunión con más gente no quiere ir.

- ¿Y por qué hace eso?

- No sé. Dice que se aburre…- dijo Ferni con expresión de resignación.

- ¿Y desde cuándo está así? ¿ Desde que perdió el trabajo?

- No, desde antes, desde el 19 de julio del año pasado.

- Ah… – dije, un poco extrañada de que Ferni recordara la fecha exacta.

- ¿Y adónde duerme en tu casa?- pregunté, con la intención secreta de saber si habían tenido relaciones sexuales, porque tratándose de Ferni podía muy bien no haberlas tenido todavía.

- En mi habitación, conmigo. A mis viejos no les molesta que tengamos relaciones en mi casa – me contestó Ferni sonriendo y un poco presumiendo.

- Ah…

- ¿Y adónde vive ella?

- No sé, en zona norte-  dijo Ferni en forma despectiva.

- ¡¿Cómo no sabés bien dónde vive tu novia?!

- No es que no sepa, no me acuerdo el nombre del barrio. Es que no voy mucho a la casa. Ella viene a la mía.

-Bueno, pero no saber dónde vive… ¿no hace mucho que estás con ella ya?

- Si, el 22 de enero cumplimos cinco años. Pero ya te dije, no es que no sepa, es que no me acuerdo el nombre del barrio, nada más.- me dijo Ferni molesto.

-Bueno, perdoname, es que es raro que alguien no sepa el barrio donde vive la novia.

- Si, puede ser que esté mal, qué se yo. Es que ella es la que está más metida en la relación. Yo no tanto…

- Pero alguna vez habrás estado enamorado- indagué, con la intención maliciosa de oír lo contrario.

 - Bueno,  la verdad es que empecé a salir con ella y la pasaba bien. Pero nada más que eso. Ella me presionaba para algo serio pero yo le decía que hasta que no me enamorara no quería tener compromiso.

- Entonces te enamoraste- dije, sintiendo un poco  de celos.

- Si, con el tiempo me enamoré-  contestó Ferni haciendo gesto de  ponerle comillas a la frase con sus manos.- Pero de otra manera. La empecé a conocer, a compartir cosas. Con el tiempo me empecé a encariñar, digamos. Por eso tardé dos años en llevarla a mi casa y presentársela a mis viejos. Tres en ir a su casa…

“Y lo que habrá tardado en cogérsela”,  pensé y seguí escuchando:

- No sé. Nunca tuve un flash con ella. En cambio con vos sí…-  dijo Ferni tímidamente- Lástima que las cosas terminaron como terminaron, ¿no?

Y en ese momento me sentí una hija de puta, pues mi ego ya había logrado escuchar  lo que quería y experimentaba satisfacción. Pero  a la vez mi razón me hacía sentir culpa, pues sabía que Ferni no me iba a gustar ni con todos los arreglos que me había imaginado hacerle. Por eso  fui cortante:

-  Bueno, perdoname, yo sé que terminé las cosas abruptamente, pero la verdad era que no podía seguir. No estaba enamorada.

- A lo mejor yo te presioné mucho, te demostré demasiado y quizá eso te asustó…

- Quizás, no sé… ¿ Y estás viendo alguna novela?-  dije, para cambiar el tema, pues la situación me estaba incomodando. Además, sabía que a Ferni le gustaban las telenovelas también. Era una de las pocas cosas que teníamos en común.

- Si, una colombiana que está bárbara: “Hasta que la plata nos separe”.

- Ah…si…  Leí algo de esa novela, es de dos que se enamoran después de tener un accidente de auto. La tengo en la lista de las que tengo que ver.

- Bueno, entonces no te la cuento. Es muy divertida, cuando puedas mirala. ¿Y vos?, ¿cuál estás viendo ahora?

- Una de Lucia Méndez que le manda a Carla un mexicano por internet. No sé qué le habrá prometido ella a cambio, pero el mexicano es muy cumplidor. Todas las semanas nos sube diez capítulos de la novela a Rapidshare….

Y seguimos hablando de novelas el resto del tiempo que estuvimos en el restaurant. Yo disfruté  de un postre llamado “Infierno de chocolate” y luego atiné a sacar la billetera para pagar una parte de la cuenta. Pero Ferni no aceptó mi ofrecimiento y pagó la factura entera.

Me levanté de la mesa sintiendo culpa por los pensamientos que Ferni me provocaba, pero bien dispuesta a llevarlo en mi auto para depositarlo en su casa lo antes posible.

Yo no sé quererte más (II)

Buenos Aires, febrero de 2009.

Con el auto andando, saludé a Ferni rozando mi mejilla con la suya. Él me miraba contento, con algún dejo de ilusión en sus ojos, y yo sólo podía sentir que estaba transportando un paquete que había que sacarse de encima lo antes posible, depositándolo en su lugar de destino para nunca jamás volver a buscarlo.

Fuimos a un restaurant elegante y caro elegido por él. Ahí me di cuenta de que existen dos clases de angustia que sienten la mayoría de las personas: la angustia que da hambre y la angustia que la quita. Aunque en mi caso particular, la angustia también se puede clasificar en dos tipos más: la que te hace buscar evadirte de la realidad mirando una telenovela mexicana, y la que te saca hasta los deseos de eso.

Nos sentamos a la mesa y a falta de una buena telenovela mexicana a mi disposición, deseaba matar mi angustia con un plato  hipercalórico. Es que durante el día no había comido nada, porque el encuentro de esa mañana con Antonio Lombardo en el tren me había provocado justamente una  angustia que me había quitado el apetito.  Pero Ferni me provocaba la contraria y sentía un hambre atroz. Me moría por comerme una gran milanesa a la napolitana con una buena porción de papas fritas y dos huevos fritos a caballo, seguido de un algún postre empalagoso de tamaño obsceno con mucho chocolate y dulce de leche. Todo regado con abundante vino tinto, si era posible.

Pero el restaurante era muy fino y Ferni eligió comer un lomo a la pimienta con una guarnición de papas a la “un nombre francés muy distinguido que no recuerdo”. Pidió un vino caro también. Entonces no iba a quedar muy bien que yo me despachara solicitando una milanesa con dos huevos fritos y papas fritas. Por eso elegí una comida menos “popular” y más apropiada para una dama, a saber: una suprema de pollo con  papas a la crema.

Recién después de hacerle el pedido al mozo, se fue un poco la timidez que habíamos tenido hasta el momento y empezamos a hablar. Yo recordaba que Ferni era lento en materia sexual, pero esa noche me percaté de que también era lento para hablar, con espacios de tiempo infinitos entre una palabra y otra.

Ferni me dijo, lenta y monótonamente, que estaba cursando su segunda maestría de una especialidad de arquitectura en una universidad muy cara, e inmediatamente se refirió al diseño de un edificio ecológico que estaba realizando, utilizando un programa de computación llamado “3D Max” a esos efectos.

Y empezó a describir con lujo de detalles el programa en cuestión mientras yo sólo pensaba con desesperación: “¿Qué hago acá con este pelotudo de nuevo ??!!!“¡Qué injusta es la vida que en ocho años no puede engancharme a ningún otro y tengo que estar ahora sentada con esta aberración de la naturaleza!!!”, ¡La puta madre que los parió a todos!!!” ,  “¡Y ojalá que mis compañeros de oficina y las potus se mueran pronto!!!!”

- Tiene unos botones bárbaros con los que podés regular las simetrías y la alineación perfectamente- dijo Ferni, o creo que dijo, porque yo estaba muy ocupada tratando de controlar mi ira y siguiendo los pasos del mozo,  para ver si me traía la comida.

- También los efectos de luz son espectaculares, porque podés crear luz solar y artificial de un montón de tipos. Te cuento los que hay…

Y bla bla bla…

Ferni  hablaba y yo no le prestaba atención,  pues mi vista seguía muy ocupada siguiendo al mozo y mi mente estaba tratando de averiguar por qué en el velatorio del padre de Carla Ferni no me había causado tan mala impresión como me la estaba causando ahora. Supuse que tal vez hubiera sido por la emoción del momento. Pero no. No podía ser por eso. Entonces miré los pocos pelos que Ferni tenía en la cabeza y me di cuenta de la falla, pues cuando un hombre joven se queda pelado  debe cortarse el pelo con cortadora eléctrica y no dejarlo crecer más de medio centímetro. Algo básico para no lucir una pelada de viejo de setenta años, como la que lucía Ferni, con pelo cortado a tijera y ya crecido varios centímetros.  En el velatorio tenía el pelo recién cortado y le quedaba mucho mejor. Había que regalarle a Ferni una cortadora eléctrica de cabello y problema solucionado. Un punto a su favor.

-Además no sabés lo que son los árboles que diseña el 3D max. Tiene hasta un botón para modificar la densidad de las hojas,y  fijate que eso es muy importante,  porque hay efectos de luz que se pueden influenciar poniendo un árbol en el diseño…  ¿me disculpas?, tengo ganas de ir al baño, después te sigo contando- me dijo Ferni y se levantó de la mesa.

Yo lo miré ir y pensé: “Diez kilos menos le quedarían mejor, aunque si bajara cinco, aceptaría empezar a negociar”.

Luego, lo vi venir desde el baño y descubrí  también otra cosa. Ferni estaba bien vestido, con ropa buena y de moda, pero lucía mal. Su cintura era más ancha que su espalda, lo que hacía que su cuerpo tuviera la misma  forma del barril en el que dormía el Chavo del Ocho. Además, usaba un pantalón muy corto,  que terminaba casi por encima de sus tobillos y que realzaba todavía más su figura de barrilito. Pero esto también era un problema solucionable: había que decirle a su madre que le cosiera el dobladillo más abajo y listo. Otro punto a su  favor.

Que caminara un poco agachado y encorvado no me iba asustar a mí, que también adoptaba esas posturas.  Hasta podríamos hacer juntos una terapia de mejora postural.

Entonces me entusiasmé un poco más. Sólo un poco más. Y quería escuchar detalles sobre la relación con su novia, con alguna frase que indicara que yo le gustaba más que ella incluida, obviamente. Pero cuando Ferni volvió del baño, llegó la comida y sólo pude  concentrarme en eso.

 Él, cuando apenas se sentó, me dijo:

- Bueno, te sigo contando. Los detalles de las hojas de los árboles también se pueden diseñar con el “3D Max…”

Y yo  lo dejé hablar para devorar la comida tranquila.

(continuará)

Yo no sé quererte más (I)

Buenos Aires, febrero de 2009.

Debía prepararme muy bien para ir a cenar con Ferni, pues él ahora tenía novia y había que dar batalla. No fuera a ser cosa que se cumpliera el colmo de mi vida y hasta Ferni se diera el lujo de despreciar mis encantos.

Como ese día me tocaba hacer un horario extraordinario y empezar a trabajar  a las nueve de la mañana, me levanté casi de madrugada, a las cinco y media para ser más precisa, a efectos de tener tiempo para lavar mi pelo, hacerme brushing y pasarme la planchita.  Con este detalle listo, cuando regresara de trabajar por la tarde, sólo tendría que ponerme  la misma vestimenta que  había usado en la cita con Mario Villarreal y maquillarme. Luego me subiría al auto, que vale la pena la aclaración, no era mío, sino de mis padres, y pasaría a buscar a Ferni por la esquina que habíamos acordado,  a las nueve de la noche.

Tomé el tren esa mañana pensando en que a Ferni lo había visto por última vez hacía poco tiempo en el velatorio del padre de Carla, su prima y mi amiga. Hasta ese momento no había sabido nada de él en casi ocho años, pues los padres de Ferni y los de Carla se habían distanciado muy poco tiempo después de que yo lo dejara, a raíz de un problema relacionado con la herencia de un familiar en común.

El tren estaba atestado de gente, pero yo viajaba sentada y tranquila, sin temor a tener un ataque de pánico, pues había tomado mi dosis diaria de clonazepan.  Lo único que me preocupaba era  que me quedaban pocas pastillas de este medicamento y  ya no tenía psiquiatra que me lo recetara, pues la Doctora Delia Rincón me había dejado plantada, yéndose de vacaciones sin avisarme, y esto no se lo iba a perdonar nunca.

Pero no quise atormentarme con esas cuestiones y me dispuse a disfrutar de un viaje relajado escuchando los “hits” de Lucía Méndez.  Justamente, estaba de lo más entretenida analizando la letra de su canción: “Yo no sé quererte más”,  que en parte reflejaba mis sentimientos hacia Ferni, cuando de golpe se produjo un hecho que merecía ser  adornado con música de suspenso de telenovela mexicana. En efecto, mi vista detectó que Antonio Lombardo  viajaba en el mismo vagón. Estaba parado entre la gente , unos cuantos metros más adelante de donde yo estaba sentada.

Me puse nerviosa, pero sabía que él todavía no me había visto, lo que me daba cierta impunidad para observarlo a mi antojo. Fue entonces cuando noté que Antonio Lombardo hablaba con una mujer, que de a ratos le acomodaba la corbata y le pasaba la mano por una mejilla, como quitándole una mancha. La mujer en cuestión tendría unos cuarenta y cinco años y no era atractiva, pero su trato confianzudo hacia él me hizo suponer la existencia de alguna relación entre ellos.

Pasé todo el viaje mirándolos y no puede notar ningún gesto de Antonio Lombardo hacia la mujer.  Más bien parecía que ella estaba tratando de seducirlo, pero él no acusaba recibo. Y esto no era porque me hubiera visto, pues Antonio Lombardo recién notó mi presencia cuando  llegamos a la estación terminal y el tren comenzó a vaciarse. Cruzamos una mirada de lejos, pero yo, casi por reflejo de timidez, bajé la vista, salí por la puerta más lejana a él, y seguí mi camino sin saludarlo.

Pasé la jornada de trabajo entera pensando en Antonio Lombardo y en esa mujer, aunque sentirme más atractiva que ella me impedía tenerle celos.

Recién pude olvidarme del asunto cuando llegué a la esquina en donde había acordado encontrarme con Ferni.

Él estaba esperándome, encorvado y pelado. Tenía veintinueve años, igual que yo, pero de lejos (y de no tan lejos) aparentaba cincuenta. Al verlo desde mi auto me pareció tan poco atractivo que hasta tuve ganas de acelerar y dejarlo plantado. Pero no podía ser tan mala. Por eso frené el coche. Ferni entonces me vio, se subió, cerró la puerta, y yo…

…yo sólo pisé el acelerador…

¡Llegaron los refuerzos!

Buenos Aires, febrero de 2009.

Mi obsesión por resolver mi problema sentimental y sexual me llevaba a leer todo papel que encontrara referido a esas cuestiones. Le prestaba atención a los resultados de cualquier encuesta del tipo : “¿por cuánto tiempo nos enamoramos hoy en día?”, “¿quién debe llevar el preservativo?”, “¿qué hacer si él tiene mal aliento pero igual te gusta?” y demás. También conocía todos los estudios estadísticos sobre la materia. Por eso sabía que el 70 % de las parejas formadas en la Argentina durante los últimos diez años se habían conocido en ámbitos laborales.

Y como Empresa Pedorra S.A. se estaba expandiendo, necesitando cada vez más empleados,  era muy factible que yo también “expandiera” mi espectro de galanes con ella y pudiera  así estar incluida en ese 70% de afortunados que encontraban al amor de su vida en su lugar de trabajo.

De las nuevas incorporaciones de la empresa dependía entonces gran parte de mi destino sentimental. Por eso esperé con ansias durante varios días la llegada de tres nuevos compañeros a mi oficina…

…hasta que ellos finalmente llegaron y los conocí…

Se los presento:

“Matambrito”: una chica de unos treinta años, con pelo largo enmarañado casi similar al mío, aunque más largo, que se maquillaba mucho y estaba excedida de peso en unos quince kilos aproximadamente. A pesar de este detalle, ella no parecía tener ningún complejo, pues se vestía con ropa hiperestrecha (musculosas de lycra y minifaldas de jean) que provocaban el escape de sus rollitos de grasa entre los ajustes de su vestimenta. De ahí que mis compañeros la llamaran, desde el primer día, “Matambrito”, por la característica ya descripta.

“Rosita” : el único hombre nuevo en la oficina era, lamentablemente, la presencia más femenina del sector. Se vestía con pantalones ajustadísimos de tiro muy bajo que dejaban ver la marca “Dufour” de sus calzoncilllos, y usaba musculosas de colores llamativos los días de mucho calor, o camisas de seda con un brillo que encandilaba, los días más frescos. Estudiaba para graduarse de “Chef”,  pero “internacional”, como varias veces aclaraba mientras revoleaba sus manos.

Mi amigo Samuel Klein, el que siempre se vanagloriaba de ser un gay muy masculino, no tardó en llamarlo ”loca pasiva”. Pero la acotación de Marcelo F., refiriéndose al nuevo compañero como “Rosa de lejos, puto de cerca”, hizo que al fin le quedara “Rosita” como apodo exclusivo.

Potus Reloaded” : una chica de unos veinticinco años, de estatura normal  y muy pero muy delgada, casi desgarbada. De pelo entre rubio y marrón, bastante corto, con ojos marrones y  nariz diminuta (demasiado, probable cirugía).  Se vestía de  manera similar a Ernestina T., “el Potus”, a saber:  con remeras holgadas de colores claritos, jeans sueltos y chatitas. Pero esta nueva compañera le agregaba a su look naif unas hebillitas que decoraban su peinado, seguramente compradas en la sección “kids” de Todo Moda.

Un detalle significativo de su personalidad lo constituyó el hecho de que a los dos días de empezar a trabajar adornó el monitor de su computadora con varias calcomanías de Shrek (no tenía ni tengo nada en contra de Shrek, pero no puedo apreciar cuál es la urgencia de tener sus fotos cerca).

Esta nueva compañera pasaba tan desapercibida que casi ni se la veía. Por eso la catalogué inmediatamente dentro de mi sección “mujeres insignificantes”. Pero esta vez no me agarraron desprevenida, pues sabía muy bien que toda mujer clasificada por mí en esa categoría iba a ser seguramente categorizada por mis compañeros en otra muy distinta, justamente en la sección de “mujeres atractivas”. Y no me equivoqué, ya que los hombres del sector se miraron con complicidad a su ingreso, no tardando en despacharse hablando de su supuesta belleza la primera vez que ella abandonó la oficina para dirigirse al baño.

Como esta  mujer no ameritaba que los hombres de mi sector le crearan un apodo o sobrenombre, “Potus Reloaded” es de mi autoría.

En virtud de lo expuesto, supe en ese momento que si encontraba novio alguna vez, no iba a estar incluida en el  70 % de mujeres que conocía a su pareja en ambientes laborales. Por eso comencé a concentrarme en otra cuestión más importante y presente, como lo era el saber cuál era el apodo que mis compañeros me dedicaban, pues si al primer día de entrar a trabajar “Rosita” y “Matambrito” ya lo tenían, yo debía también de tenerlo seguramente.

Y con ese fin lo encaré a mi amigo Samuel Klein directamente:

- Si a los nuevos de la oficina les pusieron sobrenombres tan rápido, yo uno debo tener. ¡Decímelo ya!

No, no tenés ninguno- me contestó Samuel, con voz y cara de estar mintiendo descaradamente.

- No te creo- insistí.

- No tenés ninguno. Y ya me lo preguntaste veinte veces ¡Dejate de joder! No tenés apodo, sos como “los potus” que tampoco tienen- afirmó mi amigo con falsa seguridad.

- ¡Dale!! No me tomés de pelotuda. Yo tengo uno seguro- dije, y Samuel se sonrió.

-Bueno, te lo digo, pero solamente porque no es tan grave y a lo mejor te sirve saberlo. A vos te dicen “Ombú”.

- ¿Ombú?!! ¿Por qué??-  pregunté desconcertada (a veces tardaba en caer).

- Por tu pelo.

- No entiendo-  dije, tratando de razonar.

- Porque cuando no te pasas la planchita tu cabeza parece la copa de un ombú…

Demasiada plata llevaba invertida en toda clase de cremas antifrizz y en alisantes de cabello como para ganarme ese apodo. Eso era una injustica que me hizo pensar seriamente en demandar a los fabricantes de esos productos.

Pero no podía ocuparme de eso en ese momento, pues antes mi mente me pedía una dosis de dos días seguidos de martirios pensando en que había llegado virgen a los ventinueve años, en que no tenía un trabajo bueno, en que  mis compañeros me decían “Ombú”, en que Mario Villarreal me había depositado “totalmente”, en que Antonio Lombardo me había dejado sin antes intentar desvirgarme, y…

y…

…¡En que ni siquiera Ferni me había llamado!!!!!!

Fue entonces cuando el display de mi celular se iluminó repentinamente y frenó la catarata de pensamientos lacerantes. El inflador de mi autoestima se había activado, pues:

¡Ferni me estaba llamando para invitarme a cenar al otro día!

Y eso, en el estado en el que estaba, había que agradecerlo…

Para leer de abajo hacia arriba

Buenos Aires, febrero de 2009.

Es un mail con historia. Empezar por el número uno.

4)

De: Tía Linda

Para: Ana Golk

Asunto: Rw Rw Rw Agradecimiento

—————————————————————————————————

Ana,

            Me pusiste muy nerviosa con lo de mi supuesto error al interpretar la última frase de Mario Villarreal. Es obvio que el tipo no me va a mandar un mail así si pensara en no verte más o quisiera algo conmigo. Además, yo estoy muy vieja para él. Aparento menos edad de la que tengo, pero no creo que se fuera a acordar de mí después de verte a vos.

             Y esas conclusiones que sacás se deben seguramente a que no tenés idea de cómo tratar a un tipo. Pero no es tu culpa, quedate tranquila. La culpa es de tu madre, que como no sabe nada no te supo enseñar, ya que habiendo sido una mujer muy linda solamente se pudo levantar a tu viejo y justo cuando estaba al borde de entrar en la edad del retiro afectivo.

            Otra cosa y no te enojes: a mí Mario Villarreal no me llevaba al cine a ver “Operación Valquiria” ni muerta. Le hubiera sabido decir “No” de una manera que lo dejara contento. Por ejemplo, haciéndole ver que la iba a pasar mejor charlando conmigo que viendo una película, porque a los hombres hay que saberlos llevar para sacarlos buenos. 

                  Te mando un beso y a ver cuándo venís a que te instruya.

                  Tía Linda

http://www.estoyalpedotodoeldía.com.ar/

3)

De: Ana Golk

Para: Tía Linda

Asunto: Rw Rw Agradecimiento


Tía Linda,

             Me parece que tuviste un error grosero de interpretación del mail de Mario Villarreal, porque el “Espero nos veamos a mi regreso” estaba dirigido a vos, no a mí. Igualmente te agradezco tus buenas intenciones, pero no creo que lo mío con este tipo amerite un encuentro forzado más.

             Saludos.

             Ana Golk

http://www.empresapedorra.com.ar/

2)

De: Tía Linda

Para: Mario Villarreal

CCO (Copia oculta): Ana Golk

Asunto: RW Agradecimiento


Hola Mario:

                      Me alegro de que las cosas hayan salido bien con mi sobrina. Ese era mi presentimiento. Ana es una chica bárbara, la vas a pasar muy bien con ella. Como vos, espero que cuando vuelvas se vean de nuevo y puedan comenzar una linda amistad o algo más, si el destino lo quiere.

                    Un beso grande y buen viaje.

                    Tía Linda

http://www.estoyalpedotodoeldía.com.ar/

1)

De: Mario Villarreal

Para: Tía Linda

Asunto: Agradecimiento


Hola!

        No quería empezar mis vacaciones sin antes enviarte estas líneas. La pasé estupendamente bien con tu sobrina Ana el domingo. Una persona totalmente divina. Se nota lo muy inteligente que es y me hubiera quedado muchas horas hablando con ella, lástima que el lunes tenía que trabajar.

        Espero nos veamos a mi regreso.

         Bye

         Mario Villarreal

Gerente Departamento Compliance Officer

Phone +54 11 4349-XXXX Ext. 11XX

www.empresamultinacionalsupertop.com.ar

Esto no la había escuchado nunca

 

“Aunque una mina no te guste, si salís con ella, una teta le tenés que tocar. Es una cuestión de cortesía…” , (de Danilo, el novio de mi amiga Carla, en referencia a mi cita con Mario Villarreal).

Totalmente depositada (III)

Buenos Aires, febrero de 2009.

Luego de sufrir el episodio de sordera ocasional, Mario Villarreal no volvió a hablarme durante el transcurso de la película. Y yo tampoco lo hice.

Recién en los títulos finales, ya con las luces del cine encendidas, Mario Villarreal se dirigió a mí  de nuevo para preguntarme si la película me había gustado. Entonces decidí ser  honesta y me animé a decirle: “Demasiadas conspiraciones militares que mucho no entendí”, frase que él respondió sólo con un “Totalmente”.

Después salimos del cine y caminamos hacia el estacionamiento del shopping a paso rápido impuesto por él, en absoluto silencio. Llegamos hasta su auto y yo entré al mismo todavía ilusionada con poder revertir la situación en la conversación que supuestamente mantendríamos cuando él me llevara a tomar algo. Pero, una vez en viaje, los hechos y sus palabras me demostrarían que no iba a haber un “tomar algo”:

- No me acostumbro a este auto todavía.-

- ¿No? ¿Hace muy poco que lo tenés?-

- Dos meses - me contestó Mario Villarreal bostezando. Y yo pensé: “¡Otro más que me bosteza!?, ¡La reputa madre que los parió!!”, pero dije:

-¿Estás cansado?-  algo de lo que me arrepiento.

- ¡Totalmente! Menos mal que ya me voy de vacaciones.-

- Ah…, ¿te vas de vacaciones?-  contesté desilusionada. -  ¿Y adónde?-

- Al norte de Brasil, pero diez días nada más. Me voy la semana que viene
- dijo él y bostezó nuevamente.

- No conozco, pero debe ser lindo lugar.-

- Muy lindo, para relajarse totalmente.-

- Me imagino…- agregué, deseando unas vacaciones que nunca serían para mí.

Y así llegamos a la puerta de mi casa. Me despedí de Mario Villarreal con un Chau” y un beso en la mejilla. Él replicó con otro Chau más un Nos vemos“, para inmediatamente terminar de depositarme “totalmente”.

Luego entré a mi casa. Mis padres y mi tía,  que no me esperaban de vuelta tan temprano, me miraron sorprendidos. Yo no pude más que referirles todos los sucesos de la noche con la misma expresión de un jugador de futbol que regresa de un Mundial sin siquiera haber clasificado a la segunda ronda del torneo.

Esperaba algún consuelo de parte de ellos, pero eso era pedir demasiado, pues mi padre empezó diciendo:

- Bueno, no sé por qué tanto problema por ese tipo cuando vos tenías a Ferni, que te quería bien y lo despreciaste-.

- ¿Ferni!??- preguntó mi tía con expresión de asco  en su rostro.

- Sí, Ferni, el único candidato firme que tuvo Ana- le contestó mi padre.

- Pero hace como diez años de Ferni…- replicó Tía Linda.

 Y en ese momento se desató un cuasi diálogo en el que todos los participantes hablaban a la vez y poco se escuchaban entre sí:

-  No le podés desear eso a tu hija- agregó mi tía.

 No, no le puede desear eso a la hija. ¡Un tipo que ni la tocó en ocho meses! ¡Debe ser puto Ferni!-  dijo mi madre.

- Además Ferni ni me llamó, papá - seguí yo.

-  No te llamó porque es tímido, y porque vos lo dejaste, lo humillaste como a un perro. ¡Pobre chico! Vino acá llorando. Trajo dos kilos de masas y todo… -  me contestó mi padre, recordando la vez  en  la que Ferni había venido a mi casa a llorarle a mi mamá, con dos kilos de bombas de crema pastelera, cuando yo recién lo había dejado, hacía ocho años.

- Parece que ese tipo le hubiera echado una maldición a Ana, porque después de él no se pudo enganchar a ninguno- agregó mi madre.

- ¿Y para qué querés que te llame el boludo ese? Además, hace como diez años de Ferni, ¿por qué te tiene que llamar ahora?- me preguntó Tía Linda intrigada.

- Porque me lo encontré en el velatorio del padre de Carla y él me dijo que me iba a llamar- contesté, y me quedé pensado en cuándo Tía Linda había conocido a Ferni, pues no lo recordaba – ¿Cuándo lo conociste a Ferni vos?

- Una vez que te acompañó hasta acá.-

- ¿Ves lo que decís? Lo viste una vez sola y seguro que ni siquiera hablaste con él, ¿cómo podés decir que es un boludo entonces? – le reclamó mi padre a Tía Linda.

- No hacía falta hablar con él. A un boludo así lo distingo a dos cuadras y con niebla-  dijo Tía Linda en forma tajante.

- Igual es mejor Ferni que salir con tipos casados que nunca van a dejar a la mujer por vos-  agregó mi madre, clavándole una “puñalada oral” a Tía Linda.

- Seguí pensando así vos, ¡tarada! Así la educaste a tu hija y así le va en la vida por tu culpa-  le contestó mi tía a su hermana, devolviendo la puñalada, pero a la vez clavándome otra a mí.

- A mí hija la eduqué muy bien. No para que sea una puta…-

- Si, ya veo lo bien que la educaste… para que sea una solterona triste- contestó Tía Linda y  salió de mi casa pegando un portazo.

Luego se hizo el silencio y yo me retiré a mi habitación, angustiada por la cita horrible que había tenido con Mario Villarreal y también por el “solterona triste” que había pronunciado mi tía momentos antes.

Pero no tan angustiada como para desistir  de sentarme frente a la computadora y  ver un capítulo de la novela de Lucía Méndez nunca transmitida en la Argentina, que estaba muy interesante y que de paso me permitía evadirme de la realidad por un rato.

Fue entonces cuando noté que mi situación sentimental paupérrima estaba apenando a mi madre más de lo que yo me imaginaba. En efecto, unos minutos después de que empezara a mirar  la novela de Lucía, escuché a mi padre decir:”¡El vecino!¡El vecino! ¡Vení¡ ¡Vení!”, indicando que el  show de gritos eróticos de la mujer del vecino de al lado había comenzado. Pero mi madre, que hasta ese momento nunca se había perdido el espectáculo, rehusó el ofrecimiento de mi padre encerrándose en su habitación.

Y eso era muy grave.

Tan grave que al  terminar de ver un capítulo de la novela, cuando me dirigía a la cocina de mi casa,  al pasar cerca de la habitación de mis padres oí que mi madre decía llorando:

- Ay, no sé qué pasa con mi hija, que todos las desprecian…-

- Bueno, no es para tanto- le decía mi padre.

- ¡Sí es para tanto! Tiene casi treinta años y es virgen todavía. Es la única de sus amigas que está así… se deben reír de ella…no sé qué pasa si no es una chica fea…-

Yo tampoco sabía qué pasaba. Lo único que sabía era que no quería seguir escuchando a mi madre llorar por mí. Tal vez por eso ya no pude ver otro capítulo de la novela de Lucía y me fui a dormir, llorando yo también.

Totalmente D… (II)

Buenos Aires, febrero de 2009.

Una vez adentro de su auto apoteótico, Mario Villarreal tomó la iniciativa y emprendió el diálogo:

-  Estás quemada, ¿Te gusta tomar sol?

-  Si, me gusta….- le contesté mintiendo.

- A mí también…

Y se produjo un silencio. Me sentía obligada a seguir la conversación y también a conquistar a Mario Villarreal. Tal vez por eso mi mente se bloqueó  y no sabía qué decir.  Por suerte,  él habló de nuevo:

- ¿La viste a tu tía?

- Si, justo estaba en mi casa ahora.

- Ah, ¿estaba en tu casa? Totalmente encantadora tu tía, ¿te llevás re bien con ella,no?

- Si, muy bien….- contesté exagerando.

- ¿Te parece si vamos al cine?

- Si, vamos- dije, aunque en el momento pensaba: “¡Al cine!?? ¡Al cine en una primera cita y a ciegas!!!??? ¿Este tipo no sabe que hay que hablar y conocerse? ¿Qué vamos a hacer en el cine??”

- Al del Shopping que pasé recién podemos ir… - me propuso.

Mario Villarreal se refería al  shopping en el que yo había estado esa mañana comprando el atuendo para la cita y que quedaba muy cerca de mi casa. El mismo shopping en el que solía encontrarme con bastante frecuencia a Luis Felipe Sandoval, paseando siempre en compañía de Lucrecia Treviño y de sus dos hijos, y en el que  me la pasaba mirando para todos lados para ver si lo veía cada vez que iba, tal como lo había hecho esa misma mañana.

Pero esta vez no hice eso desde un principio. Recién me acordé de Luis Felipe Sandoval cuando estábamos en las boleterías de los cines. Entonces miré a mi alrededor buscándolo y me encontré con las miradas de varios hombres, lo que me puso contenta y me dio cierta seguridad.

Mario Villarreal me propuso ver una “interesante” película llamada “Operación Valquiria” y yo no me animé a contradecirlo. Él sacó las entradas y como faltaba muy poco para empezar la función, compró dos gaseosas y unos nachos con queso para compartir. Luego, nos sentamos en unos sillones y directamente me preguntó:

-  A ver, vos que estudiaste tanto, ¿me podés decir cómo se hace para llegar a ser CEO de una compañía?-

 Y yo, que ganaba dos mil doscientos setenta pesos netos y trabajaba hasta los feriados, contesté:

- No sé…no hay teorías para saber eso.-

- Pero algún estudio tiene que haber…-

- La verdad no sé, pero yo por mi experiencia lo único que te puedo decir es que en una empresa a veces son más importantes las relaciones públicas que la capacidad o formación de los empleados-

- ¡Totalmente! Las Public Relation son fundamentales – me contestó Mario Villarreal mirando su reloj.- Mejor entremos que está por empezar - agregó luego.

Y ya dentro del cine, mientras esperábamos el comienzo de la fantástica película, Mario Villarreal me contó toda la biografía laboral del CEO (máxima autoridad, casi gurú) de su compañía. También me invitó a comer los nachos con queso que había comprado, pero yo al probar uno luego desistí de seguir con otro, no porque no me gustaran, sino porque sabía que de mi boca salía mucho ruido cuando masticaba ese tipo de comida y todavía no había encontrado receta para evitarlo.

Además, las cosas no iban bien para mí. Me sentía demasiado retraída, sin poder aportar a la conversación más que unos tímidos “Si“ de vez en cuando. Pensé en relajarme cuando empezara la película, pero una vez que esto pasó, a los pocos minutos, lo peor sucedió. Mario Villarreal se acercó y me dijo algo (supongo que sobre la escena del film) que no alcancé a oír bien y respondí con un “¿Qué?” aproximando mi cabeza a la de él. Entonces Mario Villarreal me repitió lo que había dicho anteriormente y yo tampoco lo pude oír. A esa altura sabía que me estaba dando uno de esos episodios de “sordera por inhibición o timidez” que solía tener y decidí pronunciar un inseguro Si para salir de la situación. Un “Si” al que Mario Villarreal respondió a su vez con una frase corta seguida de una risa, que, por supuesto, también me resultó ininteligible y me obligó a recurrir, casi de manera involuntaria, a mi clásico Ji Ji Ji para tratar de sortear el inconveniente. Pero Mario Villarreal fue insistente y siguió con un: “¿Te parece?” que esta vez pude oír y contestar con otro “Sí” , aunque sin saber a que se refería. Y esto fue mi entierro,  pues Mario Villarreal no dijo nada más. Sólo me lanzó una mirada fugaz y seria, para inmediatamente volver su atención a la pantalla.

(continuará)

Totalmente D… (I)

Buenos Aires, febrero de 2009.

1) El operativo “caza de candidato”.

La posibilidad de atrapar a un candidato que eventualmente me desvirgara y, con suerte, me hiciera el novio por algunos años, mantuvo en vilo a mi familia por varios días. Y sin quererlo, a mí también, pues fui obligada a someterme a un operativo de producción personal (especie de fashion emergency), el que consistió en un cambio de peinado (Tía Linda gentilmente me cedió a su peluquero exclusivo), realización de una limpieza de cutis y visita a la manicura y embellecedor de pies. Todo en dos días y con un costo de ochocientos pesos.

Mención aparte merece lo referente a la compra de la vestimenta adecuada para no dejar escapar a Mario Villarreal, pues lo que iba a ser un paseo tranquilo para mí en la soledad de un shopping muy cercano a mi casa un domingo a la mañana, se transformó en una película italiana de la posguerra, cuando Tía Linda y mis padres se ofrecieron a acompañarme con el fin de asesorarme en este delicado punto.

Cuatro horas de intensa búsqueda y pruebas varias pasaron hasta que, finalmente, Tía Linda, mi madre y yo estuvimos de acuerdo en que un vestido con tajitos a la altura de las rodillas y de color amarillo apagado con flores en tonos marrones rojizos era el adecuado para la ocasión. Como mi padre no estaba conforme con la elección de ese vestido, pues, según él, debía  usar ropa que realzara mi cintura y el vestido no lo hacía tanto, Tía Linda decidió contentarlo comprándome un cinturón muy ancho, con cartera y zapatos haciendo juego. Y mi madre no se quedó atrás, pues no sólo pagó el caro vestido sino que también me compró un collar, dos pulseras anchas de acrílico y aros. El costo de todo el equipo fue de dos mil trescientos pesos, por lo que la inversión total familiar en la cita a ciegas ascendió a la suma de tres mil cien pesos (ochocientos cincuenta dólares aproximadamente, en ese momento ).

2) Los consejos de Tía Linda.

Luego del raid de compras, mi cansancio era tan grande que sólo fantaseaba con la idea de dormir una siesta de domingo. Pero mi madre frustró mi deseo al ponerme a secar al sol para broncearme,  en compañía de Tía Linda

Y  las dos solas en el jardín de mi casa, pudimos mantener una charla que fue más o menos así:

 – Si Mario Villarreal te propone ir a un hotel y vos querés, andá. Igual avisale que sos virgen antes.-

 – ¿Te parece que le diga?-

– Le tenés que decir porque algunos tipos son muy brutos. Hasta a mí me duele algunas veces…-

Al oír estas palabras pensé asustada: “¡Si a vos te duele que ya te bajaste como a cincuenta, entonces a mí me van a tener que anestesiar!”, pero dije:

 – Ah, igual no creo que me den ganas en la primera salida…-

 -  No, nunca te dan ganas en la primera salida, lo que pasa es que son muy aburridas. Hablás de tu trabajo, lo que estudiaste, ex parejas, lo que te gusta, pero todo en general, hasta que te quedás sin tema. Entonces es mejor coger, así ya después pasás a comentar las noticias del día y listo.-

3) Llegada de la hora decisiva.

Cuando una vez vestida y maquillada me miré al espejo, me di cuenta de que, sin antes habérmelo propuesto, había quedado con un look ochentoso pero con estilo, bastante similar al que tenía Lucía Méndez en la novela “Tú o Nadie” (Lucía hacía de virgen en esta novela) , y, por primera vez en mucho tiempo, me vi linda, impresión que fue ratificada también por mis padres y tía.

Como Mario Villarreal insistió en pasarme a buscar por mi domicilio (yo hubiera preferido que nos encontráramos en otro lado), no tuve más que sentarme en el living de mi casa a esperar, junto a mis ansiosos padres y a Tía Linda, que llegaran las nueve de la noche y empezara a vivir mi propia novela.

Pero llegaron las nueve, las nueve y cuarto, las nueve y veinticinco y Mario Villarreal no aparecía. A esa altura los nervios de mis padres eran tan grandes que prácticamente tuve que mantener una lucha cuerpo a cuerpo con ellos para que dejaran de asomarse por la ventana de manera tan insistente. Menos mal que logré ganar la contienda, porque justo en ese momento un auto importado frenó en la puerta de mi casa y tocó bocina. Supuse que era Mario Villarreal, pero no salí, pues no me atrevía a meterme en el auto de un tipo que nunca antes había visto y que me “tocaba bocina” desde la calle.

Entonces esperé unos minutos, hasta que Mario Villarreal se dignó a bajar del coche y caminar hacia mi puerta. No hizo falta que presionara el botón del timbre de mi casa, pues mis padres se le adelantaron, abriendo la puerta y empujándome hacia afuera, sin darle tiempo a eso.

Y así quedé, parada frente a Mario Villarreal. Él me saludó con un “Hola“, me dijo “Sorry que llegué tarde, pero estaba totalmente perdido“, me dio un beso en la mejilla y me miró de arriba a abajo. Luego me invitó a subir a su BMW negro nuevo, modelo de auto que no era común ver en el barrio de clase media en donde vivía. Pero traté de obviar ese detalle, pues hasta ese momento todo iba bien. Mario Villarreal me gustaba y yo creía gustarle a él también.

Tanto, que hasta ya disfrutaba imaginando la cara de mis compañeros de trabajo al ver a Mario Villarreal y a su  auto apoteótico pasarme a buscar por la puerta de Empresa Pedorra S.A….

Hombres crueles y hombres bondadosos

Buenos Aires, febrero de 2009.

Estaba en uno de los pasillos de la empresa tomando café en compañía de Martín N. (muy lindo), Gastón G. (lindo) y Rubén G. (feo), cuando  fui víctima de un acto de crueldad masculina en su máxima expresión.

En efecto, mientras charlaba con mis compañeros sobre el estado del tiempo, hizo una pasada por el pasillo mencionado mi compañera Ernestina T., “el Potus”, y los hombres que estaban conmigo voltearon a mirarla sin ningún disimulo, para luego realizar en mi presencia los siguientes comentarios sobre ella:

“¡Qué linda! La tendría en la mesita de luz” (de Gastón G.)

“Muy tierna, chiquita, como a mí me gusta” (de Martín N.)

“Divina. Muy pero muy femenina. Además habla y te desarma” (de Rubén G.)

Por si esto fuera poco, una vez finalizados los elogios referidos, mis tres compañeros dirigieron sus miradas hacia mí,  buscando apoyo a sus dichos. ¡Encima eso!

Como hacía un tiempo me habían tratado de “envidiosa” por haber dicho que la actriz Jennifer Aniston me parecía insulsa y el prototipo de la que saldría elegida reina de la primavera en el colegio secundario, opté por guardar mis reales impresiones sobre “el Potus”, pues para mí Ernestina T. era una mujer insignificante. Entonces sólo mentí diciendo: “Es muy linda”, y me volví a la oficina pensando en que ya había vivido escenas parecidas en la empresa, cuando  los hombres en otras oportunidades no habían parado de hablar de las virtudes de ”el Potus” y de otras mujeres en mi presencia. Recordé también que en ese entonces había llegado a pensar que mis compañeros de trabajo, al no haberme visto nunca en pareja, me creían lesbiana y por eso cometían sin culpa alguna semejantes crueldades conmigo. Pero hacía poco tiempo me habían visto con Antonio Lombardo y ya sabían que lesbiana no era. Por lo tanto,  no tenía más que pensar en lo poco atractiva que les resultaba, y en que, de seguir así, iba derechito  a que me enterraran virgen, con un “potus” plantado sobre mi tumba.

Así fue como, con mi autoestima alcanzando altos niveles bajo cero por estas cuestiones, atendí el llamado de Mario Villarreal. La cita a ciegas tenía fecha: era el siguiente domingo a la noche. No tendría que trabajar ese día y podría dedicarlo íntegro a producirme. 

Pero casi no tenía esperanzas con Mario Villarreal, pues no creía que este hombre, gerente de una empresa multinacional, que en su conversación introducía una palabra en inglés por cada cinco en castellano, tuviera gustos parecidos a los transportistas de carga pesada, empleados de la construcción y mozos de diferentes bares de Buenos Aires, únicos representantes del género masculino que solían pronunciar elogios a mi paso y resultaban ser muy  “bondadosos” conmigo.

El candidato de mi tía

Buenos Aires, febrero de 2009.

El candidato de mi tía hizo conocer su “perfil” mediante escueto mail:

De: Mario Villarreal (va con nombre de protagonista de telenovela)

Para: Ana Golk

Asunto: Hola!

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Hola Ana:

                        Estuve almorzando con Tía Linda y con Sara W. (amiga de Tía Linda, secretaria del nuevo candidato) y me hablaron de vos. Tu perfil me interesó y les pedí tu mail porque te quiero conocer. Me estoy yendo hoy a un workshop en Chile y vuelvo el martes. Me gustaría que me pases tu teléfono así te llamo y arreglamos para salir la semana que viene. Sin compromisos, podés decirme que no, si no querés.

Bye

Mario Villarreal
Gerente Departamento Compliance Officer 
Phone +54 11 4349-XXXX Ext. 11XX
http://www.empresamultinacionalsupertop.com.ar/

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Y dos horas después fue mi respuesta:

De: Ana Golk

Para: Mario Villarreal

Asunto: RW Hola 

Mario,
                También mi tía me habló de vos. Te paso mi celular: 156XXXXXXX. Cuando quieras me podés llamar.

Saludos

Ana Golk
Una categoría más que el repartidor del correo interno
No tengo teléfono en mi escritorio (y debo agradecer el poseer mouse en mi pc).
http://www.empresapedorra.com.ar/
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Anexo I
 Informe complementario de Tía Linda sobre Mario Villarreal:

“Lo fui a conocer personalmente para diagnosticarlo. Está muy bien. Tiene 35 años y una sonrisa re linda con unos dientes perfectos.”

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La mirada de la linda

Buenos Aires, febrero de 2009.

Me enojé severamente con mi padre a causa de su incontinencia verbal a la hora de referirse a mi vida sexual (o a la ausencia de la misma). Los sucesos ocurrieron durante la cena de fin de año que se realizó en mi casa y a la que asistió, como única invitada,  mi tía, la hermana menor de mi mamá, a la que voy a llamar “Tía Linda”, porque a sus casi cincuenta años seguía teniendo la estatura, el cuerpo y la elegancia de una modelo de alta costura, y, si bien su cara no era la de Lucía Méndez, se le arrimaba peligrosamente.

Nunca había tenido una relación estrecha con Tía Linda, pues mis padres habían estado distanciados de ella bastante tiempo a causa del romance prohibido que supo mantener por años con otro de mis tíos, el hermano menor de mi papá, casado y con hijos, y al que voy a llamar “Tío Rico y Famoso, porque además ser un cirujano estético que logró alcanzar una muy buena posición económica, una vez apareció en una revista. No de mucha tirada y fotografiado junto a un pejerrey muy grande que había pescado durante un torneo de la especialidad.

Como la moral de mis padres  se resistió siempre a la idea de recibir a la vez en mi casa a mi tío, a su mujer y a su amante, las relaciones familiares se vieron sumamente resentidas. Y a esto debo sumarle los retos constantes que mi madre le propinaba a su hermana por rebajarse a ser la segunda en la vida de Tío Rico y Famoso.

Igualmente a Tía Linda nunca le importó demasiado la opinión de su hermana mayor. Soltera por su exclusiva responsabilidad y culpa, ella albergaba en su Curriculum Vitae sentimental no sólo la relación con Tío Rico y Famoso (supuestamente fenecida), sino varias más. Algunas de ellas muy redituables si tenemos en cuenta el hecho de que el amplio departamento en donde vivía y vive, ubicado en una de las mejores zonas de Buenos Aires, lo obtuvo como regalo de uno de sus tantos admiradores.

Dados estos antecedentes de Tía Linda, ella se había convertido en la última persona con la que hubiera querido compartir mis frustraciones sexuales. Pero me vi obligada a hacerlo desde que mi padre, durante la cena que refiero y mientras hablábamos de las proezas amatorias del vecino de al lado, dijo:

-  El vecino debe tener un aparato enorme, porque para que la mujer grite así…

-   Ay, no papá, eso no tiene nada que ver. La mina debe gritar así con todos. Es para dejarlo contento al tipo…

-    No,  mirá si va a hacer eso-  dijo mi padre, como si hubiera escuchado una pavada

-    Sí, papá, las mujeres hacen esas cosas…

-    ¿Y vos qué sabés?-  me preguntó mi papá riéndose, y luego se dirigió a Tía Linda - Ella habla mucho, pero nunca nada con un tipo…- agregó mi padre y me hundió en un pozo ciego.

Tía Linda abrió sus ojos grandes mirándome fijo por unos instantes, instantes que para mí quedaron guardados en la lista de los más vergonzosos de mi vida, sólo unos puestos más abajo que cuando en el colegio secundario se enteraron que llamaba y le enviaba cartas a Luis Felipe Sandoval.

Por suerte Tía Linda  decidió cambiar el tema de conversación inmediatamente, quejándose de que no había películas buenas para ver en el cine y yo creí enterrado el asunto,  aunque no fue así.

En efecto, pocos días pasaron hasta que Tía Linda me llamó a mi celular (no sabía que tenía mi número) y directamente me encaró diciendo, entre otras cosas: “Lo tuyo no puede ser, te estás perdiendo la edad del mejor sexo, te voy a buscar un candidato”.

Y el candidato apareció al poco tiempo, justo cuando yo estaba en pleno auge de mi relación con Antonio Lombardo, por lo que rechacé el ofrecimiento. Pero Tía Linda volvió a insistir cuando se enteró de la ruptura de esa relación y yo ya no tenía excusas…