Buenos Aires, febrero de 2009.
El tiempo junto a Carlos V. pasó rápido. Ni siquiera sentía cansancio por haber estado toda la noche parada cuando noté que las luces del boliche se habían encendido y que ya era de día.
Dejamos de besarnos y nos alejamos un poco el uno del otro cuando vimos que Belén M. y su novio estaban cerca. La gente se estaba retirando del boliche y Belén M. me pidió que la llevara a su casa en mi auto (el de mis padres en realidad).
Estábamos saliendo del lugar con el resto del grupo de la facultad, cuando Carlos V. me tomó de la cara y me dio un beso dulce y lindo, aprovechando que en ese momento los demás habían quedado de espaldas a nosotros y no nos veían.
Hasta ese instante Carlos V. no me había disgustado pero tampoco me había gustado. Después de este último beso, en cambio, me quedé un poco tonta, un poco perturbada y un poco enamorada de él.
Belén M., su novio, Carlos V. y yo nos despedimos del resto del grupo y caminamos hasta el auto. Esa noche no hubo más acercamientos. Carlos V. no intentó tomarme una mano ni besarme, seguramente debido a la presencia de testigos cercanos.
Subimos al auto. Carlos V. se sentó a mi lado, en el asiento del acompañante, y Belén M. se sentó atrás, junto a su novio. Cuando arranqué el coche sonó un: “Yo necesito saber si quieres ser mi amante…” cantado por Lucía Méndez. Había olvidado retirar el cd del equipo de música del auto. Sintiendo mucho calor en la cara, di un manotazo intentando salvar la situación y cambié de modo cd a modo radio. Entonces se escuchó un: “Que más da, que más da, que más da, que me llamen el bala perdida…” de José Vélez, proveniente de una radio latina que hacía poco tiempo habíamos descubierto con Carla. Cambié de emisora inmediatamente sintiendo ahora calor en todo el cuerpo y, ante las risas de mis acompañantes que preguntaban: “¿Qué es eso?!!! ¿Qué escuchas?!!!” , sólo se me ocurrió decir que el auto era de mis padres, responsabilizándolos por la música.
Carlos V. fue el primero en bajarse del auto, porque su casa quedaba muy cerca del boliche, a unas diez cuadras. En el trayecto no pronunció palabra. Se despidió de mí sólo con un beso en la mejilla y un “Nos vemos”. Luego llevé a Belén M. y a su novio hasta su casa. En el viaje ellos hablaron de música, dijeron que sólo escuchaban canciones en inglés y nada me preguntaron sobre lo que había pasado con Carlos V. en el boliche.
Yo sólo podía pensar en que él se había despedido sin pedirme el teléfono, algo que podía indicar que no quería nada más conmigo si no fuera porque éramos amigos en facebook y porque él me tenía agregada a su Messenger. Medios de comunicarse conmigo no le faltaban y a mí esperanzas de que lo hiciera tampoco.
Por eso pasé los días posteriores dándole “actualizar” a mi perfil de facebook cada treinta segundos para ver si recibía un mensaje de Carlos V.. Chatear no me gustaba y jamás me conectaba al Messenger, porque siempre había alguien que me molestaba dándome charla cuando yo estaba de lo más entretenida mirando una novela. Pero durante los días que esperé la comunicación de Carlos V. siempre estuve conectada y visible para todos mis contactos. Él, en cambio, siempre apareció en estado “desconectado”.
Al décimo día de espera, mientras estaba mirando la novela de Lucía Méndez nunca transmitida en la Argentina, alguien me habló por Messenger. Ilusionada cerré la ventana de la novela y desilusionada quedé cuando noté que el que me hablaba no era Carlos V. , sino mi jefe, Mauro L. (lindo):
Mauro L. dice:
Hola Cómo tas?
Ana Golk dice:
Bien y vos?
Mauro L.
Te tengo buenas noticias. El domingo no tenés que trabajar. Te cubre “Matambrito”
“¡Qué amabilidad la de Mauro L., avisarme con tanta anticipación y por este medio!¡ Qué buen gesto! Entonces no soy tan insignificante como creía”, pensé.
Ana Golk dice:
Gracias por avisarme! Por fin un domingo libre
Mauro L. dice:
Si, por fin
Era la primera vez que mi jefe me hablaba por Messenger. En rigor de verdad, era la primera vez que me hablaba fuera de la oficina, por eso no sabía cómo seguir la conversación.
Mauro L. dice:
Qué estabas haciendo?
Ana Golk dice:
Nada, acá navegando un poco. Y vos?
Mauro L. dice:
Yo ídem. Che, vos que sos mujer y entre ustedes hablan, no sabés qué onda Ernestina T.?
“¡Este hijo de puta me contacta por Messenger para preguntarme por “el potus”!!, ¡Con razón tanta amabilidad!! ¡Sigo siendo insignificante!!” , pensé.
Ana Golk dice:
No sé. Qué onda con qué?
Mauro L. dice:
Con el novio. No sabés si lo cortó?
Ana Golk dice:
La verdad que ni idea. No hablo con ella de esas cosas.
Mauro L. dice:
Y Samuel no sabe?
Ana Golk dice:
Que yo sepa no.
Mauro L. dice:
Pero él siempre sabe todos los chismes de todo el mundo, no te dijo nada?
Ana Golk dice:
No, no me dijo nada.
Y como estaba llena de bronca, le dije que me estaban llamando por teléfono y me desconecté. Era muy tarde ya y no creía que Carlos V. se comunicara conmigo a esa hora.
Pasaron varios días más y de Carlos V. no tuve noticias. Empecé las clases en la facultad y el primer día Belén M. me contó los detalles de cómo se había puesto de novia con uno de nuestros compañeros, el que llevé en el auto la noche de su cumpleaños. Me dijo que él le había mandado un mail para navidad en donde le declaraba su amor. Belén M. había quedado de lo más conmovida por la belleza de sus palabras y le había dado el sí inmediatamente.
Esa conversación la habilitó a preguntarme sobre Carlos V. Me dijo lo que yo ya sabía: que nos había visto besándonos en el boliche y me preguntó si la relación seguía. Yo le dije que Carlos V. no se había comunicado conmigo después del suceso y ella supuso que tal vez no lo había hecho por timidez. Por eso me dijo que su novio, que tenía bastante confianza con Carlos V., podría llamarlo para preguntarle si pensaba volver a verme. Acepté el ofrecimiento con la condición de que Carlos V no se enterara de que yo estaba desesperada aguardando alguna señal de su parte.
Pasé dos días sufriendo, esperando que Carlos V. se contactara o que Belén M. me llamara con noticias, pero nada de esto sucedió. Cuando volví a ver a Belén M. en la facultad, ella me habló un rato largo de libros, de ejercicios que no podía resolver, y como nada decía acerca de lo que a mí me preocupaba, la interrumpí y directamente le pregunté:
- ¿Y? ¿Tu novio habló con Carlos V?
- Si, si, habló…
- ¿Y?
- Y nada…
- ¿Nada?!!- dije mientras mi cara pedía más aclaraciones.
- Dice que sos una compañera de la facultad.
- ¿Una compañera de la facultad?!! ¿Y eso qué tiene que ver?
- No, no tiene nada que ver. Pero dijo eso, que sos una compañera de la facultad y punto, que no quiere nada más.
Nada más. Carlos V. no quería “nada más” conmigo. Esas palabras sonaron en mi mente durante varios días en los que me sentí terriblemente desdichada. Tal vez por eso, nunca más volví a aplicar la estrategia de “la tocadita”.


