Una solución en cuatro sencillos pasos

Buenos Aires, febrero de 2009.

Por Danilo, el novio de mi amiga Carla.

La próxima vez que Ana Golk conozca a un candidato debe:

1) Usar un buen escote.

2) Acercarle los pechos al galán.

3) Poner voz y cara de tonta.

4) Decir: “Ay, soy virgen, no sé nada de sexo. Me vas a tener que enseñar todo…”

Y problema solucionado. Ningún hombre se va a volver a enojar conmigo por ser virgen.

Yo no sé quererte más (IV)

Generalmente apagaba el celular cuando salía, porque mi padre tenía la costumbre de llamarme varias veces para, entre otras cosas, preguntarme a qué hora iba a volver a mi casa, hacerme las recomendaciones necesarias para evitar asaltos u otros males y de paso quejarse porque no podía dormir hasta que yo llegara. Pero esa noche, tal vez inconscientemente, no apagué el celular, ni le bajé el volumen.

Manejaba el auto, con Ferni sentado en el asiento del acompañante, cuando el teléfono empezó a sonar. Con una mano revolví dentro de la cartera y encontré el aparato rápidamente. Enseguida pude saber que el que estaba llamando era Antonio Lombardo. No lo iba a atender, pero el ofrecimiento de Ferni: “¿Querés que conteste yo?”, me obligó a hacerlo. Por eso presioné la tecla verde y dije: “Hola”

- ¡Hola! Bueno, por lo menos me atendés…

Si…- que fue un casi un “Ti”.

- Porque no entiendo cómo hoy me viste en el tren y no fuiste capaz de saludarme…

- Estoy manejando…

- No me importa que estés manejando- dijo Antonio Lombardo  levantando la voz - ¡Pará el auto!, ¡Ahora me vas a escuchar!. Acá yo soy el único que tiene derecho a estar enojado, porque sos vos la que venías con “regalito”. No sé cómo no te das cuenta de que sos como una nena… – agregó él gritando. Era la segunda persona que me trataba de “nena”.La primera había sido mi psiquiatra, la Doctora Delia Rincón.

- No…- dije, porque no sabía qué decir.

- No podés pretender salir con un tipo grande como yo y ponerlo en ese brete.

- No me parece que sea para tanto…

- ¿No te parece que sea para tanto??!!

- No, y estoy manejando.

- Prendés la mecha y salís corriendo…

 -Voy a cortar, tengo miedo de que me pare la policía…

- Hacé lo que quieras, pero espero que esto te sirva, porque si te seguís manejando así, en la vida te va a ir muy mal…

- Chau

Y corté, sin entender mucho. Quedé un poco ida de la realidad. Le dije a Ferni que era una amiga la que me había llamado, sin brindarle mayores aclaraciones.

No podía concentrarme en nada y por eso permanecí en silencio un rato. Hasta que a Ferni se le dió por empezar a indagar sobre mi Curriculum Vitae sentimental posterior a la relación con él. A falta de recursos mentales para inventar algo, le dije la verdad: que después de él no había habido ningún otro “novio”en mi vida.

Luego, llegamos a la puerta de su casa. Esperaba que él se despidiera y se bajara del auto rápidamente,  pero no fue así, pues Ferni me miró sonriendo y suspiró profundamente, para luego soltar:  “A mí me gustaría decirte algo…”. Yo le contesté: “Bueno, decime”, sin muchas ganas de oír una problabe declaración de amor de su parte. Ferni, que parecía nervioso, se río con un “Ji ji ji” similar al mío y me dijo tímidamente: “No, no, no me animo…” Yo lo miré sin pronunciar palabra y él agregó: “Hoy no, mejor otro día, ji ji ji”. Entonces aproveché la oportunidad de sacármelo de encima y le dije: “Bueno, sí, mejor otro día” . Lo despedí con un beso en la mejilla y  al fin pude terminar de depositarlo en su casa, para quedarme en la soledad del auto, repasando cada una de las palabras de Antonio Lombardo…

Yo no sé quererte más (III)

Ferni seguía hablando acerca de las virtudes del “3 D Max” y yo sólo tragaba todo la comida que tenía a mi alcance. A esa altura ya me había dado cuenta de que Ferni era también lento para comer. Tardaba mucho en cortar la carne, demasiado en llevársela a la boca, y masticaba muy despacio. Tan despacio que mientras lo hacía me indicaba con una mano que lo esperara a que tragara para seguir hablando.

Yo pensaba: “No te hagás problema, que lo que me estás contando no me genera ninguna ansiedad por saber lo que sigue. Comé tranquilo“, pero no podía decírselo.  

Ferni también doblaba la servilleta en dos, muy prolijamente, asegurando la simetría de las dos partes de una manera que me parecía obsesiva. Luego, se la llevaba a los labios y se limpiaba,  muy  delicada y lentamente.

Cuando había terminado de comer todo, absolutamente todo lo que estaba en mi plato, Ferni  no había ingerido ni la cuarta parte del suyo.  Pero yo no iba a pasar más tiempo escuchando descripciones del “3D max”. Quería saber sobre su novia, pero no me animaba a encararlo directamente. Entonces traté de entrar por otro lado y le pregunté a Ferni por qué en ese momento no estaba trabajando.

Él me dijo que tenía entrevistas, pero que no conseguía algo adecuado todavía, ya que quería que lo contrataran como gerente de infraestructura en alguna empresa multinacional de primera línea, porque lo suyo era el diseño de oficinas modernas y lujosas. No otra cosa.

Yo traté de hacerle ver que a lo mejor debía bajar un poco sus exigencias y aceptar un cargo menos importante. Pero Ferni se mantuvo en su postura y me dijo que él, con tantos posgrados hechos, no podía aceptar un cargo de menor jerarquía.

Le pregunté si en estos ocho años en que no nos habíamos visto había trabajado alguna vez y, para mi sorpresa,  me dijo que no, que sólo había hecho algunas consultorías para un empresario amigo de su padre, pero en forma gratuita.

No me gustaba lo que escuchaba, pues yo también había estudiado mucho y sin embargo había aceptado un trabajo que no se correspondía con mi nivel académico, porque para mí era mejor eso a no trabajar. Si bien sabía que la posición económica de la familia de Ferni era bastante buena, mucho mejor que la mía,  y que lo podían mantener sin trabajar, su actitud, soberbia respecto a la cuestión laboral, me molestaba mucho, máxime cuando él no tenía ninguna experiencia previa. Aunque por otro lado, este era un detalla que me venía muy bien para defenestrar a Ferni delante de mi padre, pues su conducta podía ser tachada como la de un vago que buscaba excusas para no trabajar nunca.

Y esta derivación de la conversación hizo que me animara a indagar sobre lo que yo quería:

- ¿Y tu novia no se queja de que no trabajas?

 - No, no se mete en esas cosas. Además ella tampoco trabaja.

- Ah…- dije sorprendida- ¿ Y ella estudió algo?

- Si, es arquitecta también. Nos conocimos en la facultad.

- Ah…

- Pero lo suyo son las casas de country. Usa también  el 3 D Max para hacer sus diseños. Le quedan muy lindos.

- Me imagino. ¿Y ella trabajó alguna vez?

. Si, trabajó bastante tiempo en una constructora, pero la desvincularon hace tres meses. Hoy justo se cumplen tres meses exactos.

- Ah, entonces tienen mucho en común. Te llevás bien con ella, ¿no?

- Más o menos, qué se yo…

- ¿Por qué?

- Porque ahora está medio deprimida y no quiere salir a ningún lado. Viene a mi casa, se queda a  dormir y casi nada más. Si le digo de ir a cenar a veces me acompaña, pero si voy a alguna reunión con más gente no quiere ir.

- ¿Y por qué hace eso?

- No sé. Dice que se aburre…- dijo Ferni con expresión de resignación.

- ¿Y desde cuándo está así? ¿ Desde que perdió el trabajo?

- No, desde antes, desde el 19 de julio del año pasado.

- Ah… – dije, un poco extrañada de que Ferni recordara la fecha exacta.

- ¿Y adónde duerme en tu casa?- pregunté, con la intención secreta de saber si habían tenido relaciones sexuales, porque tratándose de Ferni podía muy bien no haberlas tenido todavía.

- En mi habitación, conmigo. A mis viejos no les molesta que tengamos relaciones en mi casa – me contestó Ferni sonriendo y un poco presumiendo.

- Ah…

- ¿Y adónde vive ella?

- No sé, en zona norte-  dijo Ferni en forma despectiva.

- ¡¿Cómo no sabés bien dónde vive tu novia?!

- No es que no sepa, no me acuerdo el nombre del barrio. Es que no voy mucho a la casa. Ella viene a la mía.

-Bueno, pero no saber dónde vive… ¿no hace mucho que estás con ella ya?

- Si, el 22 de enero cumplimos cinco años. Pero ya te dije, no es que no sepa, es que no me acuerdo el nombre del barrio, nada más.- me dijo Ferni molesto.

-Bueno, perdoname, es que es raro que alguien no sepa el barrio donde vive la novia.

- Si, puede ser que esté mal, qué se yo. Es que ella es la que está más metida en la relación. Yo no tanto…

- Pero alguna vez habrás estado enamorado- indagué, con la intención maliciosa de oír lo contrario.

 - Bueno,  la verdad es que empecé a salir con ella y la pasaba bien. Pero nada más que eso. Ella me presionaba para algo serio pero yo le decía que hasta que no me enamorara no quería tener compromiso.

- Entonces te enamoraste- dije, sintiendo un poco  de celos.

- Si, con el tiempo me enamoré-  contestó Ferni haciendo gesto de  ponerle comillas a la frase con sus manos.- Pero de otra manera. La empecé a conocer, a compartir cosas. Con el tiempo me empecé a encariñar, digamos. Por eso tardé dos años en llevarla a mi casa y presentársela a mis viejos. Tres en ir a su casa…

“Y lo que habrá tardado en cogérsela”,  pensé y seguí escuchando:

- No sé. Nunca tuve un flash con ella. En cambio con vos sí…-  dijo Ferni tímidamente- Lástima que las cosas terminaron como terminaron, ¿no?

Y en ese momento me sentí una hija de puta, pues mi ego ya había logrado escuchar  lo que quería y experimentaba satisfacción. Pero  a la vez mi razón me hacía sentir culpa, pues sabía que Ferni no me iba a gustar ni con todos los arreglos que me había imaginado hacerle. Por eso  fui cortante:

-  Bueno, perdoname, yo sé que terminé las cosas abruptamente, pero la verdad era que no podía seguir. No estaba enamorada.

- A lo mejor yo te presioné mucho, te demostré demasiado y quizá eso te asustó…

- Quizás, no sé… ¿ Y estás viendo alguna novela?-  dije, para cambiar el tema, pues la situación me estaba incomodando. Además, sabía que a Ferni le gustaban las telenovelas también. Era una de las pocas cosas que teníamos en común.

- Si, una colombiana que está bárbara: “Hasta que la plata nos separe”.

- Ah…si…  Leí algo de esa novela, es de dos que se enamoran después de tener un accidente de auto. La tengo en la lista de las que tengo que ver.

- Bueno, entonces no te la cuento. Es muy divertida, cuando puedas mirala. ¿Y vos?, ¿cuál estás viendo ahora?

- Una de Lucia Méndez que le manda a Carla un mexicano por internet. No sé qué le habrá prometido ella a cambio, pero el mexicano es muy cumplidor. Todas las semanas nos sube diez capítulos de la novela a Rapidshare….

Y seguimos hablando de novelas el resto del tiempo que estuvimos en el restaurant. Yo disfruté  de un postre llamado “Infierno de chocolate” y luego atiné a sacar la billetera para pagar una parte de la cuenta. Pero Ferni no aceptó mi ofrecimiento y pagó la factura entera.

Me levanté de la mesa sintiendo culpa por los pensamientos que Ferni me provocaba, pero bien dispuesta a llevarlo en mi auto para depositarlo en su casa lo antes posible.

Yo no sé quererte más (II)

Buenos Aires, febrero de 2009.

Con el auto andando, saludé a Ferni rozando mi mejilla con la suya. Él me miraba contento, con algún dejo de ilusión en sus ojos, y yo sólo podía sentir que estaba transportando un paquete que había que sacarse de encima lo antes posible, depositándolo en su lugar de destino para nunca jamás volver a buscarlo.

Fuimos a un restaurant elegante y caro elegido por él. Ahí me di cuenta de que existen dos clases de angustia que sienten la mayoría de las personas: la angustia que da hambre y la angustia que la quita. Aunque en mi caso particular, la angustia también se puede clasificar en dos tipos más: la que te hace buscar evadirte de la realidad mirando una telenovela mexicana, y la que te saca hasta los deseos de eso.

Nos sentamos a la mesa y a falta de una buena telenovela mexicana a mi disposición, deseaba matar mi angustia con un plato  hipercalórico. Es que durante el día no había comido nada, porque el encuentro de esa mañana con Antonio Lombardo en el tren me había provocado justamente una  angustia que me había quitado el apetito.  Pero Ferni me provocaba la contraria y sentía un hambre atroz. Me moría por comerme una gran milanesa a la napolitana con una buena porción de papas fritas y dos huevos fritos a caballo, seguido de un algún postre empalagoso de tamaño obsceno con mucho chocolate y dulce de leche. Todo regado con abundante vino tinto, si era posible.

Pero el restaurante era muy fino y Ferni eligió comer un lomo a la pimienta con una guarnición de papas a la “un nombre francés muy distinguido que no recuerdo”. Pidió un vino caro también. Entonces no iba a quedar muy bien que yo me despachara solicitando una milanesa con dos huevos fritos y papas fritas. Por eso elegí una comida menos “popular” y más apropiada para una dama, a saber: una suprema de pollo con  papas a la crema.

Recién después de hacerle el pedido al mozo, se fue un poco la timidez que habíamos tenido hasta el momento y empezamos a hablar. Yo recordaba que Ferni era lento en materia sexual, pero esa noche me percaté de que también era lento para hablar, con espacios de tiempo infinitos entre una palabra y otra.

Ferni me dijo, lenta y monótonamente, que estaba cursando su segunda maestría de una especialidad de arquitectura en una universidad muy cara, e inmediatamente se refirió al diseño de un edificio ecológico que estaba realizando, utilizando un programa de computación llamado “3D Max” a esos efectos.

Y empezó a describir con lujo de detalles el programa en cuestión mientras yo sólo pensaba con desesperación: “¿Qué hago acá con este pelotudo de nuevo ??!!!“¡Qué injusta es la vida que en ocho años no puede engancharme a ningún otro y tengo que estar ahora sentada con esta aberración de la naturaleza!!!”, ¡La puta madre que los parió a todos!!!” ,  “¡Y ojalá que mis compañeros de oficina y las potus se mueran pronto!!!!”

- Tiene unos botones bárbaros con los que podés regular las simetrías y la alineación perfectamente- dijo Ferni, o creo que dijo, porque yo estaba muy ocupada tratando de controlar mi ira y siguiendo los pasos del mozo,  para ver si me traía la comida.

- También los efectos de luz son espectaculares, porque podés crear luz solar y artificial de un montón de tipos. Te cuento los que hay…

Y bla bla bla…

Ferni  hablaba y yo no le prestaba atención,  pues mi vista seguía muy ocupada siguiendo al mozo y mi mente estaba tratando de averiguar por qué en el velatorio del padre de Carla Ferni no me había causado tan mala impresión como me la estaba causando ahora. Supuse que tal vez hubiera sido por la emoción del momento. Pero no. No podía ser por eso. Entonces miré los pocos pelos que Ferni tenía en la cabeza y me di cuenta de la falla, pues cuando un hombre joven se queda pelado  debe cortarse el pelo con cortadora eléctrica y no dejarlo crecer más de medio centímetro. Algo básico para no lucir una pelada de viejo de setenta años, como la que lucía Ferni, con pelo cortado a tijera y ya crecido varios centímetros.  En el velatorio tenía el pelo recién cortado y le quedaba mucho mejor. Había que regalarle a Ferni una cortadora eléctrica de cabello y problema solucionado. Un punto a su favor.

-Además no sabés lo que son los árboles que diseña el 3D max. Tiene hasta un botón para modificar la densidad de las hojas,y  fijate que eso es muy importante,  porque hay efectos de luz que se pueden influenciar poniendo un árbol en el diseño…  ¿me disculpas?, tengo ganas de ir al baño, después te sigo contando- me dijo Ferni y se levantó de la mesa.

Yo lo miré ir y pensé: “Diez kilos menos le quedarían mejor, aunque si bajara cinco, aceptaría empezar a negociar”.

Luego, lo vi venir desde el baño y descubrí  también otra cosa. Ferni estaba bien vestido, con ropa buena y de moda, pero lucía mal. Su cintura era más ancha que su espalda, lo que hacía que su cuerpo tuviera la misma  forma del barril en el que dormía el Chavo del Ocho. Además, usaba un pantalón muy corto,  que terminaba casi por encima de sus tobillos y que realzaba todavía más su figura de barrilito. Pero esto también era un problema solucionable: había que decirle a su madre que le cosiera el dobladillo más abajo y listo. Otro punto a su  favor.

Que caminara un poco agachado y encorvado no me iba asustar a mí, que también adoptaba esas posturas.  Hasta podríamos hacer juntos una terapia de mejora postural.

Entonces me entusiasmé un poco más. Sólo un poco más. Y quería escuchar detalles sobre la relación con su novia, con alguna frase que indicara que yo le gustaba más que ella incluida, obviamente. Pero cuando Ferni volvió del baño, llegó la comida y sólo pude  concentrarme en eso.

 Él, cuando apenas se sentó, me dijo:

- Bueno, te sigo contando. Los detalles de las hojas de los árboles también se pueden diseñar con el “3D Max…”

Y yo  lo dejé hablar para devorar la comida tranquila.

(continuará)

Yo no sé quererte más (I)

Buenos Aires, febrero de 2009.

Debía prepararme muy bien para ir a cenar con Ferni, pues él ahora tenía novia y había que dar batalla. No fuera a ser cosa que se cumpliera el colmo de mi vida y hasta Ferni se diera el lujo de despreciar mis encantos.

Como ese día me tocaba hacer un horario extraordinario y empezar a trabajar  a las nueve de la mañana, me levanté casi de madrugada, a las cinco y media para ser más precisa, a efectos de tener tiempo para lavar mi pelo, hacerme brushing y pasarme la planchita.  Con este detalle listo, cuando regresara de trabajar por la tarde, sólo tendría que ponerme  la misma vestimenta que  había usado en la cita con Mario Villarreal y maquillarme. Luego me subiría al auto, que vale la pena la aclaración, no era mío, sino de mis padres, y pasaría a buscar a Ferni por la esquina que habíamos acordado,  a las nueve de la noche.

Tomé el tren esa mañana pensando en que a Ferni lo había visto por última vez hacía poco tiempo en el velatorio del padre de Carla, su prima y mi amiga. Hasta ese momento no había sabido nada de él en casi ocho años, pues los padres de Ferni y los de Carla se habían distanciado muy poco tiempo después de que yo lo dejara, a raíz de un problema relacionado con la herencia de un familiar en común.

El tren estaba atestado de gente, pero yo viajaba sentada y tranquila, sin temor a tener un ataque de pánico, pues había tomado mi dosis diaria de clonazepan.  Lo único que me preocupaba era  que me quedaban pocas pastillas de este medicamento y  ya no tenía psiquiatra que me lo recetara, pues la Doctora Delia Rincón me había dejado plantada, yéndose de vacaciones sin avisarme, y esto no se lo iba a perdonar nunca.

Pero no quise atormentarme con esas cuestiones y me dispuse a disfrutar de un viaje relajado escuchando los “hits” de Lucía Méndez.  Justamente, estaba de lo más entretenida analizando la letra de su canción: “Yo no sé quererte más”,  que en parte reflejaba mis sentimientos hacia Ferni, cuando de golpe se produjo un hecho que merecía ser  adornado con música de suspenso de telenovela mexicana. En efecto, mi vista detectó que Antonio Lombardo  viajaba en el mismo vagón. Estaba parado entre la gente , unos cuantos metros más adelante de donde yo estaba sentada.

Me puse nerviosa, pero sabía que él todavía no me había visto, lo que me daba cierta impunidad para observarlo a mi antojo. Fue entonces cuando noté que Antonio Lombardo hablaba con una mujer, que de a ratos le acomodaba la corbata y le pasaba la mano por una mejilla, como quitándole una mancha. La mujer en cuestión tendría unos cuarenta y cinco años y no era atractiva, pero su trato confianzudo hacia él me hizo suponer la existencia de alguna relación entre ellos.

Pasé todo el viaje mirándolos y no puede notar ningún gesto de Antonio Lombardo hacia la mujer.  Más bien parecía que ella estaba tratando de seducirlo, pero él no acusaba recibo. Y esto no era porque me hubiera visto, pues Antonio Lombardo recién notó mi presencia cuando  llegamos a la estación terminal y el tren comenzó a vaciarse. Cruzamos una mirada de lejos, pero yo, casi por reflejo de timidez, bajé la vista, salí por la puerta más lejana a él, y seguí mi camino sin saludarlo.

Pasé la jornada de trabajo entera pensando en Antonio Lombardo y en esa mujer, aunque sentirme más atractiva que ella me impedía tenerle celos.

Recién pude olvidarme del asunto cuando llegué a la esquina en donde había acordado encontrarme con Ferni.

Él estaba esperándome, encorvado y pelado. Tenía veintinueve años, igual que yo, pero de lejos (y de no tan lejos) aparentaba cincuenta. Al verlo desde mi auto me pareció tan poco atractivo que hasta tuve ganas de acelerar y dejarlo plantado. Pero no podía ser tan mala. Por eso frené el coche. Ferni entonces me vio, se subió, cerró la puerta, y yo…

…yo sólo pisé el acelerador…

¡Llegaron los refuerzos!

Buenos Aires, febrero de 2009.

Mi obsesión por resolver mi problema sentimental y sexual me llevaba a leer todo papel que encontrara referido a esas cuestiones. Le prestaba atención a los resultados de cualquier encuesta del tipo : “¿por cuánto tiempo nos enamoramos hoy en día?”, “¿quién debe llevar el preservativo?”, “¿qué hacer si él tiene mal aliento pero igual te gusta?” y demás. También conocía todos los estudios estadísticos sobre la materia. Por eso sabía que el 70 % de las parejas formadas en la Argentina durante los últimos diez años se habían conocido en ámbitos laborales.

Y como Empresa Pedorra S.A. se estaba expandiendo, necesitando cada vez más empleados,  era muy factible que yo también “expandiera” mi espectro de galanes con ella y pudiera  así estar incluida en ese 70% de afortunados que encontraban al amor de su vida en su lugar de trabajo.

De las nuevas incorporaciones de la empresa dependía entonces gran parte de mi destino sentimental. Por eso esperé con ansias durante varios días la llegada de tres nuevos compañeros a mi oficina…

…hasta que ellos finalmente llegaron y los conocí…

Se los presento:

“Matambrito”: una chica de unos treinta años, con pelo largo enmarañado casi similar al mío, aunque más largo, que se maquillaba mucho y estaba excedida de peso en unos quince kilos aproximadamente. A pesar de este detalle, ella no parecía tener ningún complejo, pues se vestía con ropa hiperestrecha (musculosas de lycra y minifaldas de jean) que provocaban el escape de sus rollitos de grasa entre los ajustes de su vestimenta. De ahí que mis compañeros la llamaran, desde el primer día, “Matambrito”, por la característica ya descripta.

“Rosita” : el único hombre nuevo en la oficina era, lamentablemente, la presencia más femenina del sector. Se vestía con pantalones ajustadísimos de tiro muy bajo que dejaban ver la marca “Dufour” de sus calzoncilllos, y usaba musculosas de colores llamativos los días de mucho calor, o camisas de seda con un brillo que encandilaba, los días más frescos. Estudiaba para graduarse de “Chef”,  pero “internacional”, como varias veces aclaraba mientras revoleaba sus manos.

Mi amigo Samuel Klein, el que siempre se vanagloriaba de ser un gay muy masculino, no tardó en llamarlo ”loca pasiva”. Pero la acotación de Marcelo F., refiriéndose al nuevo compañero como “Rosa de lejos, puto de cerca”, hizo que al fin le quedara “Rosita” como apodo exclusivo.

Potus Reloaded” : una chica de unos veinticinco años, de estatura normal  y muy pero muy delgada, casi desgarbada. De pelo entre rubio y marrón, bastante corto, con ojos marrones y  nariz diminuta (demasiado, probable cirugía).  Se vestía de  manera similar a Ernestina T., “el Potus”, a saber:  con remeras holgadas de colores claritos, jeans sueltos y chatitas. Pero esta nueva compañera le agregaba a su look naif unas hebillitas que decoraban su peinado, seguramente compradas en la sección “kids” de Todo Moda.

Un detalle significativo de su personalidad lo constituyó el hecho de que a los dos días de empezar a trabajar adornó el monitor de su computadora con varias calcomanías de Shrek (no tenía ni tengo nada en contra de Shrek, pero no puedo apreciar cuál es la urgencia de tener sus fotos cerca).

Esta nueva compañera pasaba tan desapercibida que casi ni se la veía. Por eso la catalogué inmediatamente dentro de mi sección “mujeres insignificantes”. Pero esta vez no me agarraron desprevenida, pues sabía muy bien que toda mujer clasificada por mí en esa categoría iba a ser seguramente categorizada por mis compañeros en otra muy distinta, justamente en la sección de “mujeres atractivas”. Y no me equivoqué, ya que los hombres del sector se miraron con complicidad a su ingreso, no tardando en despacharse hablando de su supuesta belleza la primera vez que ella abandonó la oficina para dirigirse al baño.

Como esta  mujer no ameritaba que los hombres de mi sector le crearan un apodo o sobrenombre, “Potus Reloaded” es de mi autoría.

En virtud de lo expuesto, supe en ese momento que si encontraba novio alguna vez, no iba a estar incluida en el  70 % de mujeres que conocía a su pareja en ambientes laborales. Por eso comencé a concentrarme en otra cuestión más importante y presente, como lo era el saber cuál era el apodo que mis compañeros me dedicaban, pues si al primer día de entrar a trabajar “Rosita” y “Matambrito” ya lo tenían, yo debía también de tenerlo seguramente.

Y con ese fin lo encaré a mi amigo Samuel Klein directamente:

- Si a los nuevos de la oficina les pusieron sobrenombres tan rápido, yo uno debo tener. ¡Decímelo ya!

No, no tenés ninguno- me contestó Samuel, con voz y cara de estar mintiendo descaradamente.

- No te creo- insistí.

- No tenés ninguno. Y ya me lo preguntaste veinte veces ¡Dejate de joder! No tenés apodo, sos como “los potus” que tampoco tienen- afirmó mi amigo con falsa seguridad.

- ¡Dale!! No me tomés de pelotuda. Yo tengo uno seguro- dije, y Samuel se sonrió.

-Bueno, te lo digo, pero solamente porque no es tan grave y a lo mejor te sirve saberlo. A vos te dicen “Ombú”.

- ¿Ombú?!! ¿Por qué??-  pregunté desconcertada (a veces tardaba en caer).

- Por tu pelo.

- No entiendo-  dije, tratando de razonar.

- Porque cuando no te pasas la planchita tu cabeza parece la copa de un ombú…

Demasiada plata llevaba invertida en toda clase de cremas antifrizz y en alisantes de cabello como para ganarme ese apodo. Eso era una injustica que me hizo pensar seriamente en demandar a los fabricantes de esos productos.

Pero no podía ocuparme de eso en ese momento, pues antes mi mente me pedía una dosis de dos días seguidos de martirios pensando en que había llegado virgen a los ventinueve años, en que no tenía un trabajo bueno, en que  mis compañeros me decían “Ombú”, en que Mario Villarreal me había depositado “totalmente”, en que Antonio Lombardo me había dejado sin antes intentar desvirgarme, y…

y…

…¡En que ni siquiera Ferni me había llamado!!!!!!

Fue entonces cuando el display de mi celular se iluminó repentinamente y frenó la catarata de pensamientos lacerantes. El inflador de mi autoestima se había activado, pues:

¡Ferni me estaba llamando para invitarme a cenar al otro día!

Y eso, en el estado en el que estaba, había que agradecerlo…

Para leer de abajo hacia arriba

Buenos Aires, febrero de 2009.

Es un mail con historia. Empezar por el número uno.

4)

De: Tía Linda

Para: Ana Golk

Asunto: Rw Rw Rw Agradecimiento

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Ana,

            Me pusiste muy nerviosa con lo de mi supuesto error al interpretar la última frase de Mario Villarreal. Es obvio que el tipo no me va a mandar un mail así si pensara en no verte más o quisiera algo conmigo. Además, yo estoy muy vieja para él. Aparento menos edad de la que tengo, pero no creo que se fuera a acordar de mí después de verte a vos.

             Y esas conclusiones que sacás se deben seguramente a que no tenés idea de cómo tratar a un tipo. Pero no es tu culpa, quedate tranquila. La culpa es de tu madre, que como no sabe nada no te supo enseñar, ya que habiendo sido una mujer muy linda solamente se pudo levantar a tu viejo y justo cuando estaba al borde de entrar en la edad del retiro afectivo.

            Otra cosa y no te enojes: a mí Mario Villarreal no me llevaba al cine a ver “Operación Valquiria” ni muerta. Le hubiera sabido decir “No” de una manera que lo dejara contento. Por ejemplo, haciéndole ver que la iba a pasar mejor charlando conmigo que viendo una película, porque a los hombres hay que saberlos llevar para sacarlos buenos. 

                  Te mando un beso y a ver cuándo venís a que te instruya.

                  Tía Linda

http://www.estoyalpedotodoeldía.com.ar/

3)

De: Ana Golk

Para: Tía Linda

Asunto: Rw Rw Agradecimiento


Tía Linda,

             Me parece que tuviste un error grosero de interpretación del mail de Mario Villarreal, porque el “Espero nos veamos a mi regreso” estaba dirigido a vos, no a mí. Igualmente te agradezco tus buenas intenciones, pero no creo que lo mío con este tipo amerite un encuentro forzado más.

             Saludos.

             Ana Golk

http://www.empresapedorra.com.ar/

2)

De: Tía Linda

Para: Mario Villarreal

CCO (Copia oculta): Ana Golk

Asunto: RW Agradecimiento


Hola Mario:

                      Me alegro de que las cosas hayan salido bien con mi sobrina. Ese era mi presentimiento. Ana es una chica bárbara, la vas a pasar muy bien con ella. Como vos, espero que cuando vuelvas se vean de nuevo y puedan comenzar una linda amistad o algo más, si el destino lo quiere.

                    Un beso grande y buen viaje.

                    Tía Linda

http://www.estoyalpedotodoeldía.com.ar/

1)

De: Mario Villarreal

Para: Tía Linda

Asunto: Agradecimiento


Hola!

        No quería empezar mis vacaciones sin antes enviarte estas líneas. La pasé estupendamente bien con tu sobrina Ana el domingo. Una persona totalmente divina. Se nota lo muy inteligente que es y me hubiera quedado muchas horas hablando con ella, lástima que el lunes tenía que trabajar.

        Espero nos veamos a mi regreso.

         Bye

         Mario Villarreal

Gerente Departamento Compliance Officer

Phone +54 11 4349-XXXX Ext. 11XX

www.empresamultinacionalsupertop.com.ar

Esto no la había escuchado nunca

 

“Aunque una mina no te guste, si salís con ella, una teta le tenés que tocar. Es una cuestión de cortesía…” , (de Danilo, el novio de mi amiga Carla, en referencia a mi cita con Mario Villarreal).

Totalmente depositada (III)

Buenos Aires, febrero de 2009.

Luego de sufrir el episodio de sordera ocasional, Mario Villarreal no volvió a hablarme durante el transcurso de la película. Y yo tampoco lo hice.

Recién en los títulos finales, ya con las luces del cine encendidas, Mario Villarreal se dirigió a mí  de nuevo para preguntarme si la película me había gustado. Entonces decidí ser  honesta y me animé a decirle: “Demasiadas conspiraciones militares que mucho no entendí”, frase que él respondió sólo con un “Totalmente”.

Después salimos del cine y caminamos hacia el estacionamiento del shopping a paso rápido impuesto por él, en absoluto silencio. Llegamos hasta su auto y yo entré al mismo todavía ilusionada con poder revertir la situación en la conversación que supuestamente mantendríamos cuando él me llevara a tomar algo. Pero, una vez en viaje, los hechos y sus palabras me demostrarían que no iba a haber un “tomar algo”:

- No me acostumbro a este auto todavía.-

- ¿No? ¿Hace muy poco que lo tenés?-

- Dos meses - me contestó Mario Villarreal bostezando. Y yo pensé: “¡Otro más que me bosteza!?, ¡La reputa madre que los parió!!”, pero dije:

-¿Estás cansado?-  algo de lo que me arrepiento.

- ¡Totalmente! Menos mal que ya me voy de vacaciones.-

- Ah…, ¿te vas de vacaciones?-  contesté desilusionada. -  ¿Y adónde?-

- Al norte de Brasil, pero diez días nada más. Me voy la semana que viene
- dijo él y bostezó nuevamente.

- No conozco, pero debe ser lindo lugar.-

- Muy lindo, para relajarse totalmente.-

- Me imagino…- agregué, deseando unas vacaciones que nunca serían para mí.

Y así llegamos a la puerta de mi casa. Me despedí de Mario Villarreal con un Chau” y un beso en la mejilla. Él replicó con otro Chau más un Nos vemos“, para inmediatamente terminar de depositarme “totalmente”.

Luego entré a mi casa. Mis padres y mi tía,  que no me esperaban de vuelta tan temprano, me miraron sorprendidos. Yo no pude más que referirles todos los sucesos de la noche con la misma expresión de un jugador de futbol que regresa de un Mundial sin siquiera haber clasificado a la segunda ronda del torneo.

Esperaba algún consuelo de parte de ellos, pero eso era pedir demasiado, pues mi padre empezó diciendo:

- Bueno, no sé por qué tanto problema por ese tipo cuando vos tenías a Ferni, que te quería bien y lo despreciaste-.

- ¿Ferni!??- preguntó mi tía con expresión de asco  en su rostro.

- Sí, Ferni, el único candidato firme que tuvo Ana- le contestó mi padre.

- Pero hace como diez años de Ferni…- replicó Tía Linda.

 Y en ese momento se desató un cuasi diálogo en el que todos los participantes hablaban a la vez y poco se escuchaban entre sí:

-  No le podés desear eso a tu hija- agregó mi tía.

 No, no le puede desear eso a la hija. ¡Un tipo que ni la tocó en ocho meses! ¡Debe ser puto Ferni!-  dijo mi madre.

- Además Ferni ni me llamó, papá - seguí yo.

-  No te llamó porque es tímido, y porque vos lo dejaste, lo humillaste como a un perro. ¡Pobre chico! Vino acá llorando. Trajo dos kilos de masas y todo… -  me contestó mi padre, recordando la vez  en  la que Ferni había venido a mi casa a llorarle a mi mamá, con dos kilos de bombas de crema pastelera, cuando yo recién lo había dejado, hacía ocho años.

- Parece que ese tipo le hubiera echado una maldición a Ana, porque después de él no se pudo enganchar a ninguno- agregó mi madre.

- ¿Y para qué querés que te llame el boludo ese? Además, hace como diez años de Ferni, ¿por qué te tiene que llamar ahora?- me preguntó Tía Linda intrigada.

- Porque me lo encontré en el velatorio del padre de Carla y él me dijo que me iba a llamar- contesté, y me quedé pensado en cuándo Tía Linda había conocido a Ferni, pues no lo recordaba – ¿Cuándo lo conociste a Ferni vos?

- Una vez que te acompañó hasta acá.-

- ¿Ves lo que decís? Lo viste una vez sola y seguro que ni siquiera hablaste con él, ¿cómo podés decir que es un boludo entonces? – le reclamó mi padre a Tía Linda.

- No hacía falta hablar con él. A un boludo así lo distingo a dos cuadras y con niebla-  dijo Tía Linda en forma tajante.

- Igual es mejor Ferni que salir con tipos casados que nunca van a dejar a la mujer por vos-  agregó mi madre, clavándole una “puñalada oral” a Tía Linda.

- Seguí pensando así vos, ¡tarada! Así la educaste a tu hija y así le va en la vida por tu culpa-  le contestó mi tía a su hermana, devolviendo la puñalada, pero a la vez clavándome otra a mí.

- A mí hija la eduqué muy bien. No para que sea una puta…-

- Si, ya veo lo bien que la educaste… para que sea una solterona triste- contestó Tía Linda y  salió de mi casa pegando un portazo.

Luego se hizo el silencio y yo me retiré a mi habitación, angustiada por la cita horrible que había tenido con Mario Villarreal y también por el “solterona triste” que había pronunciado mi tía momentos antes.

Pero no tan angustiada como para desistir  de sentarme frente a la computadora y  ver un capítulo de la novela de Lucía Méndez nunca transmitida en la Argentina, que estaba muy interesante y que de paso me permitía evadirme de la realidad por un rato.

Fue entonces cuando noté que mi situación sentimental paupérrima estaba apenando a mi madre más de lo que yo me imaginaba. En efecto, unos minutos después de que empezara a mirar  la novela de Lucía, escuché a mi padre decir:”¡El vecino!¡El vecino! ¡Vení¡ ¡Vení!”, indicando que el  show de gritos eróticos de la mujer del vecino de al lado había comenzado. Pero mi madre, que hasta ese momento nunca se había perdido el espectáculo, rehusó el ofrecimiento de mi padre encerrándose en su habitación.

Y eso era muy grave.

Tan grave que al  terminar de ver un capítulo de la novela, cuando me dirigía a la cocina de mi casa,  al pasar cerca de la habitación de mis padres oí que mi madre decía llorando:

- Ay, no sé qué pasa con mi hija, que todos las desprecian…-

- Bueno, no es para tanto- le decía mi padre.

- ¡Sí es para tanto! Tiene casi treinta años y es virgen todavía. Es la única de sus amigas que está así… se deben reír de ella…no sé qué pasa si no es una chica fea…-

Yo tampoco sabía qué pasaba. Lo único que sabía era que no quería seguir escuchando a mi madre llorar por mí. Tal vez por eso ya no pude ver otro capítulo de la novela de Lucía y me fui a dormir, llorando yo también.

Totalmente D… (II)

Buenos Aires, febrero de 2009.

Una vez adentro de su auto apoteótico, Mario Villarreal tomó la iniciativa y emprendió el diálogo:

-  Estás quemada, ¿Te gusta tomar sol?

-  Si, me gusta….- le contesté mintiendo.

- A mí también…

Y se produjo un silencio. Me sentía obligada a seguir la conversación y también a conquistar a Mario Villarreal. Tal vez por eso mi mente se bloqueó  y no sabía qué decir.  Por suerte,  él habló de nuevo:

- ¿La viste a tu tía?

- Si, justo estaba en mi casa ahora.

- Ah, ¿estaba en tu casa? Totalmente encantadora tu tía, ¿te llevás re bien con ella,no?

- Si, muy bien….- contesté exagerando.

- ¿Te parece si vamos al cine?

- Si, vamos- dije, aunque en el momento pensaba: “¡Al cine!?? ¡Al cine en una primera cita y a ciegas!!!??? ¿Este tipo no sabe que hay que hablar y conocerse? ¿Qué vamos a hacer en el cine??”

- Al del Shopping que pasé recién podemos ir… - me propuso.

Mario Villarreal se refería al  shopping en el que yo había estado esa mañana comprando el atuendo para la cita y que quedaba muy cerca de mi casa. El mismo shopping en el que solía encontrarme con bastante frecuencia a Luis Felipe Sandoval, paseando siempre en compañía de Lucrecia Treviño y de sus dos hijos, y en el que  me la pasaba mirando para todos lados para ver si lo veía cada vez que iba, tal como lo había hecho esa misma mañana.

Pero esta vez no hice eso desde un principio. Recién me acordé de Luis Felipe Sandoval cuando estábamos en las boleterías de los cines. Entonces miré a mi alrededor buscándolo y me encontré con las miradas de varios hombres, lo que me puso contenta y me dio cierta seguridad.

Mario Villarreal me propuso ver una “interesante” película llamada “Operación Valquiria” y yo no me animé a contradecirlo. Él sacó las entradas y como faltaba muy poco para empezar la función, compró dos gaseosas y unos nachos con queso para compartir. Luego, nos sentamos en unos sillones y directamente me preguntó:

-  A ver, vos que estudiaste tanto, ¿me podés decir cómo se hace para llegar a ser CEO de una compañía?-

 Y yo, que ganaba dos mil doscientos setenta pesos netos y trabajaba hasta los feriados, contesté:

- No sé…no hay teorías para saber eso.-

- Pero algún estudio tiene que haber…-

- La verdad no sé, pero yo por mi experiencia lo único que te puedo decir es que en una empresa a veces son más importantes las relaciones públicas que la capacidad o formación de los empleados-

- ¡Totalmente! Las Public Relation son fundamentales – me contestó Mario Villarreal mirando su reloj.- Mejor entremos que está por empezar - agregó luego.

Y ya dentro del cine, mientras esperábamos el comienzo de la fantástica película, Mario Villarreal me contó toda la biografía laboral del CEO (máxima autoridad, casi gurú) de su compañía. También me invitó a comer los nachos con queso que había comprado, pero yo al probar uno luego desistí de seguir con otro, no porque no me gustaran, sino porque sabía que de mi boca salía mucho ruido cuando masticaba ese tipo de comida y todavía no había encontrado receta para evitarlo.

Además, las cosas no iban bien para mí. Me sentía demasiado retraída, sin poder aportar a la conversación más que unos tímidos “Si“ de vez en cuando. Pensé en relajarme cuando empezara la película, pero una vez que esto pasó, a los pocos minutos, lo peor sucedió. Mario Villarreal se acercó y me dijo algo (supongo que sobre la escena del film) que no alcancé a oír bien y respondí con un “¿Qué?” aproximando mi cabeza a la de él. Entonces Mario Villarreal me repitió lo que había dicho anteriormente y yo tampoco lo pude oír. A esa altura sabía que me estaba dando uno de esos episodios de “sordera por inhibición o timidez” que solía tener y decidí pronunciar un inseguro Si para salir de la situación. Un “Si” al que Mario Villarreal respondió a su vez con una frase corta seguida de una risa, que, por supuesto, también me resultó ininteligible y me obligó a recurrir, casi de manera involuntaria, a mi clásico Ji Ji Ji para tratar de sortear el inconveniente. Pero Mario Villarreal fue insistente y siguió con un: “¿Te parece?” que esta vez pude oír y contestar con otro “Sí” , aunque sin saber a que se refería. Y esto fue mi entierro,  pues Mario Villarreal no dijo nada más. Sólo me lanzó una mirada fugaz y seria, para inmediatamente volver su atención a la pantalla.

(continuará)