Pre final francés

“Mi amor dicen por ahí

Que es un muy fácil caer en tu red

Que eres hábil para convencer

Que eres buen amante y mal amigo

Que mientras te aguante seguirás conmigo…”

―¿Qué hacés, nena? ¿Eschuchás música acá?―me preguntó Samuel cuando abrió la puerta del cuartucho que me habían asignado como oficina en la empresa.

―Y sí, ¿qué tiene? Si estoy sola siempre. Nadie entra  acá. Y nadie sabe tampoco cuándo estoy  en casa matriz  o cuando estoy en una sucursal. Soy como un fantasma.

“…Y a pesar de todo cierro mis ojos y oídos…

Cierro mi casa a quien te ofende

Te prefiero a ti culpable o inocente…”

Ay, Dios, ¿qué es esto?

―¿Qué va a ser?

―¿Lucía Méndez?

―Sí, Lucía, obvio.

―No, obvio, no. Pensé que ya habías superado esa etapa. Pero  veo que no. Recaíste y ya ni te da vergüenza. Ahora, hasta te animas a escuchar esa música por los parlantes de una computadora de la empresa.

―Nadie entra acá, ya te dije. Y la canción me viene bien para este momento.

―¿Por qué? ¿Lo preferís “culpable o inocente”?

―No, culpable no lo prefiero.

―¿ Y todavía pensás que puede ser inocente?

―No, no, de que no es inocente estoy segura. Está lleno de carteles de “Bella Total”. Los vi en un montón de lugares hoy. Y él me contesta con evasivas ―dije―.  “Cuando vuelva a Buenos Aires hablamos, Anita, cuando llegue hablamos y te explico bien, te explico bien. Ahora te dejo porque no tengo más batería, Anita, porque no tengo señal, Anita, porque me estoy por tirar del paracaídas, Anita…” ―agregué imitando a Gustavo Almazán―. Ojalá que no se le abra el paracaídas…

―¿No era parapente?

―No sé, qué sé yo. Es lo mismo, paracaídas, parapente, aeroplano… Que se estrelle contra un morro brasileño el muy forro.

―¿Y qué vas a hacer?

―No sé. No sé qué hacer.  Falta poco igual. Si el avión no se cae, en tres horas va a estar en Buenos Aires. Quedé en que lo esperaba en el departamento para hablar. Pero es la inauguración del boliche en el que puso plata y  sé que va a llegar, se va a bañar y va a querer que salgamos para allá enseguida. O no, seguro va a querer coger antes.  Así que no sé cuándo vamos a hablar ni qué me va a decir. Y mi mamá me hincha las pelotas con que no me quede sola., sin novio, con que mi tío no me tiene que importar…ya sabés… por eso me traje la ropa para acompañarlo al boliche. Acá está ―dije y le mostré la bolsa en la que la guardaba.

― No, en eso tiene razón tu mamá. ¿Qué te importa tu tío?

―No es por mi tío. Es por mí. Date cuenta. Gustavo está estafando a alguien de mi familia. O más que eso, está estafando a alguien, no importa si es de mi familia o no. Y yo no quiero estar con una persona así.

―Bueno, no está estafando, no seas exagerada. Es un ventajita. Nada más que eso. Sacó información gratis.  Lo usó a tu tío para armar el negocio y después lo tiró.

―Pero lo usó con una promesa falsa de trabajo, de ser socios, y  eso es estafa, Samuel, es una estafa. No es solo sacar ventaja. No confundamos las cosas.

―No, no  las confundo, es lo que me parece ―dijo suspirando y se puso de pie―. Ya son las seis. Hora de salida. Me voy a buscar mis cosas. Está lloviendo. Un bajón.

―Sí, ya sé.

―Y che, una cosa: no sé si va a estar bueno que vuelvas a lo de antes. Cambiá la música aunque sea ―dijo y salió del cuartucho―. Hasta mañana―agregó y cerró la puerta.

―¿Qué tiene este pibe ahora contra la música de Lucía? ―mascullé y apagué la computadora.

Tomé mi cartera, un par de carpetas y la bolsa con la ropa. Cuando llegué a la puerta de de la empresa, me insulté por nunca llevar paraguas, pero no dejé que el agua me amedrentara. Salí y caminé a paso rápido hasta la esquina, tapando mi cabeza con una de las carpetas que llevaba.

Buscaba un taxi cuando vi  a Martín con la espalda recostada sobre la ventana del bar al que solíamos ir  y no pude disimular el asombro y la impresión. Detuve mi marcha y sentí que un chorro de agua helada recorría mi columna vertebral y me dejaba congelada, dura, estática.

―Ho…hola ―le dije después de unos segundos, y él me devolvió una inclinación hacia atrás de su cabeza, sin movimiento de labios. El mismo gesto que me había hecho cerca de la puerta del ascensor de la empresa, en su último día de trabajo en ella.

Paralizada, esperaba un movimiento más, una señal o una palabra de Martín, pero él solo miró hacia un costado, sonrío y unos segundos después envolvió con sus brazos a Analía Bagayo, que apareció por detrás de mí. Cuando las bocas de los dos se juntaron, reaccioné dando media vuelta y extendiendo la mano para llamar a un taxi que pasaba por la calle y  que afortunadamente se detuvo enseguida a mi lado.

―¿Adónde vamos, señorita? ―me preguntó el chofer y el auto comenzó a andar.

―¿Eh?…. ―olvidé la dirección. También adónde iba.

―¿No se acuerda?

―No, no, sí, sí me acuerdo ―sacudí mi cabeza―. Voy al departamento de Gu…. sí, ahí, a la calle M. al 3300 ―respondí y miré hacia atrás. Pude ver a Martín y a Analía  abrazados bajo un único paraguas antes de que el taxi doblara por una esquina y la imagen se perdiera.

Abrí la puerta del departamento de Gustavo invadida por pensamientos frívolos. Tantas paradas técnicas en Mc Donald´s durante el último había surtido efecto en mi cuerpo y Martín me había visto hacía pocos minutos con cinco kilos más que la última vez. Porque en un  año había pasado de pesar cincuenta y cinco a pesar sesenta. ¡Y eran sesenta kilos que se hacían ver en mis caderas!

¡Y mi pelo! Me horroricé al verme en uno de los espejos del departamento. El agua había hecho estragos y parecía un puercoespín electrocutado.  Martín no se iba a arrepentir de haberme dejado.

O tal vez sí. Quién sabía. Después de todo, lo había visto recién besar y abrazar a Analía Bagayo, la más fea de la empresa.

No pude con la intriga y llamé a Samuel:

―¿Entonces vos sabías y no me habías dicho nada, nene?

―Sí, sí, sabía, sabía. Y no fue por malo que no te lo dije, fue por tu bien. Ya estabas con Gustavo cuando me enteré, estabas bien, porque para mí estabas bien. ¿Y para qué volver a pensar en Martín?

―¿Pero cómo fue?  ¿Hace mucho que están juntos?

―Ella le mandó una carta de amor después de que lo despidieran de la empresa. Le dijo que no lo pudo olvidar nunca y no sé qué más, pero el asunto es que la cartita lo conmovió. Debe escribir bien la Bagayo y eso que tenía faltas de ortografía, porque yo se las vi…

―¿Y vos cómo sabés eso?

―Me lo contó Ezequiel Z.

―¿Qué? ¿Vos seguís hablando con Ezequiel Z.?

―No, no, no sé por qué esa vez me llamó y salió el tema. Pero no te hagas tanto problema por Martín. Ya fue.

―O sea que hace casi un año que están juntos.

―Y sí….

―Pero Martín había salido con Analía antes, ¿te acordas?, y la había dejado

―Sí,  sí, pero fue la cartita la que lo hizo volver a ella .O qué sé yo, Ana, es raro el pibe. Porque vamos, un chico que tiene todo, es profesional, inteligente,  es lindo, porque es lindo Martín, ¿con Analía? No es por malo, pero da lástima la mina esa. No tiene atractivo de nada, ni en su físico ni en su forma de ser. No tiene sentido del humor, nunca se ríe. ¿No te diste cuenta de eso?

―No… No sé… de lo único que me doy cuenta, si la versión que me das es la verdadera…

―No te estoy mintiendo, ¿eh?

―No, no te lo digo por eso. Te lo digo por la carta. ¿Habrá sido la carta de ella la que hizo que él la quisiera? ¿Realmente pensás que fue eso?

―Y sí…

―  Porque yo me vanagloriaba, Samuel, me vanagloriaba y estaba orgullosa, bah, estoy orgullosa de no haberme humillado ante Martín, de no haberle rogado, de no haberme rebajado cuando me dejó como  hice con Ferni. Estoy orgullosa de mí por eso, por no haber caído en algo así de nuevo y por habérmela bancado sin comprometer mi dignidad, pero ahora no sé qué pensar, no sé qué pensar.  Hice mal. Me parece que hice mal en no rebajarme y rogarle.

―No, Ana, no. Hiciste bien, hiciste bien. Dejate de joder.

No, no, ¿mirá cómo reaccionó con Analía? Si yo le hubiera rogado, si le hubiera dicho cuánto lo quería…

―No seas tele novelera.

―A lo mejor aflojaba, Samuel. No sé. Estoy muy sorprendida. Tengo taquicardia.

―Ay, basta, Ana,  a ver si te sentís mal. ¿Tenés clonazepan?

―No, si ya no tengo psiquiatra, no tomo clonazaepan hace muchísimo ―dije y mi celular emitió un zumbido―. Esperame. Tengo un mensaje en el celular.

“El vuelo se retrasó. Llego y nos vamos enseguida para el boliche. Esperame preparada”, leí.

“Ok”, escribí.

―Hola, ya estoy de nuevo― le dije a Samuel.

―¿Quién era?

―Gustavo, que quiere que lo espera vestida para irnos directo al boliche. Lo voy a tener que mandar a la mierda con mucho ruido alrededor, parece.

―No sé si hoy es el mejor día para cortar con Gustavo. Esperá a ver qué pasa.

―¿Y qué va a pasar, boludo? Lo estafó a mi tío. Es un hijo de puta. Eso es lo que pasa y lo que va a seguir pasando―dije y comencé a llorar.

―Ay, no, no, por favor, no llores.

―No, no puedo ―lloré con más intensidad.

― ¿Pero por qué llorás? ¿Por Gustavo o por Martín?

―No sé…. por los dos. No sé. Porque yo me había ilusionado un poco el fin de semana anterior, cuando Gutavo se portó bien…. y pensé que…. y Martín… Analía debe haber ido ya a la casa de los padres, hasta debe ser amiga de la hermana….

―Y qué te importa eso.

―Sí me importa. Debe haber vivido con él un montón de cosas. Ya llevan casi un año y ella vivió cosas que yo quería  vivir. No sé por qué Martín me dejó así como así. ¿Y para estar con Analía ahora? Me siento mal…

―Ya no te sientas mal. Pasó mucho tiempo, Ana.

―Me siento mal físicamente. Ahora. Me falta el aire.  Esperá que me acuesto ―dije y me recosté en un sillón.

―Nena, llamá a una ambulancia. ¿Te duele el pecho?

―No, no, es un ataque de pánico. Ya se me va a pasar. Seguime hablando.

―No te vayas a desmayar, ¿eh?

―Acostada no me puedo desmayar, no te preocupes.

―No hables con Gustavo hoy.

―No, sí, sí,  hoy voy a hablar, y lo voy a mandar a la mierda y  no lo voy a ver nunca más.

―No es el momento, Ana.

― Me sigue faltando el aire

―Llamá a emergencias.

―No ,no necesito llamar a emergencias. Tendría que llamar a Delia Rincón, porque necesito clonazepan. Ahora sí que lo necesito..

―¿Pero  es necesario que te lo recete Delia? ¿Por qué pensás en ella? Si te lo puede recetar cualquier médico. Delia también es una etapa pasada. No vuelvas. Si querés terapia, andá a otro psiquiatra y listo. Va a ser mejor

―Ay, no sé, no sé si lo nuevo es siempre mejor…. yo… no… No  sé si lo nuevo es mejor. Porque estoy pensando que a Martín le podría manda un mensaje por Facebook, ¿no?, aunque no lo debe ni revisar, porque nunca le vi a Analía, ni cambios en las fotos, no lo actualiza….

―¿Pero qué decís? ¿Qué decís? ¿Para qué lo querés contactar a Martín?

―¿Y para qué va a ser? Mirá la suerte que tuvo Analía con esa jugada de la cartita lastimera.

―¿Pero vos  estás loca? ¿Y a ver? ¿Qué le vas a decir a Martín, nena?   Que sentiste mucho su pérdida, pero que te consolaste con Almazán a los dos días de que él te dejara y que el consuelo te duró  todo este año ¿Eso le vas a decir?

―Ay, me hacés faltar más el aire…

― Y bueno….

―Gracias por venir. Gracias ―le dije a Samuel más tarde, esa noche, en el boliche.

―No hay nada que agradecer. Estoy acá por tu extorsión. Porque con eso de que te vas desmayar…. Ay, nena, dejá de respirar así hondo a cada rato que te vas a hiperventilar y te va a hacer peor.

―Pero no lo hago a propósito. Siento que me falta el aire en serio ―dije e inspiré profundamente.

― ¿Adónde está Almazán?

―No sé adónde está ahora.

―¿Y no me vas a contar qué pasó?

―Pasó que llegó, entró al departamento…

―Hola, Anita, ¿cómo estás? ―me dijo con dulzura y me quiso dar un beso.

―¿Cómo voy a estar? Salí ―le dije.

―¡Eh, Anita! ¿Pero qué pasa?

―¡Ya sabés qué pasa! No te hagas el boludo.

―Anita, no, no, ya te explique. Son negocios. A veces se planea algo y sale otra cosa. Yo invertí cuatro millones de pesos en esas clínicas. No era justo que le diera la mitad de la ganancia a tu tío, que no puso un peso.

―Pero se lo hubieras dicho desde el vamos. No después de sacarle toda la información que le sacaste.

―No, Anita, no fue así. Yo no le saqué ninguna información.

―Sí le sacaste.

― ¿Anita? ¿En qué quedamos? ¿Yo que soy en tu vida al final?

―No sé qué serás en la mía. Lo que sé es que yo, en la tuya, no soy nada. Eso sí lo sé. Ni me avisaste que inaugurabas las clínicas. Ni el nombre que les pusiste me dijiste. Me enteré por los carteles de la calle. Y encima te vas de viaje , me dejas acá, sola…

―Ah, Anita, es por eso, porque me extrañaste. Yo también te extrañé. Pero dentro de poquito ya vas a vivir acá. Vamos a pasar más tiempo juntitos, Anita. Vení, dame un beso ―me dijo y me tomó por la cintura.

―¡No, salí! ― lo empujé.

―No, Anita, no, así no, ¿qué me hacés?

―¿Y qué querés que te haga? Resolveme esta situación. Hacé algo con lo de mi tío. Arreglá el asunto este.

―Anita, yo voy a solucionar cualquier mal entendido. No te preocupes. Y ahora vamos para el boliche, dale. Después la seguimos. Estoy cansado. No quiero que nos quedemos mucho tiempo allá… estás linda con eso que te pusiste.

Estaba vestida con una remera ajustada y un pantalón chupín.

―Estoy gorda. Peso sesenta. Culpa de Ronald Mc Donald’s.

―No estás gorda. Estás bien. Sos alta. Sesenta es buen peso para vos ―dijo e intentó darme un beso. Lo esquivé y agarré la cartera.

―No, Anita, ¿esa cartera vas a llevar? , ¿No es muy grande para ir a un boliche?

―Sí, es grande, pero no tengo otra.

―Y no lleves nada. Andá sin nada. Si la plata la llevo yo. Vamos.

―El celular sí…. ―dije, lo agarré, dejé la cartera ,y salimos del departamento.

―Anita, lo que me gustaría es que dejaras de usar esas plataformas en los zapatos ―me dijo en el ascensor, cuando nos mirábamos al espejo―.Te hacen muy alta. Casi me pasas a mí.

―Ahora todos los zapatos son así, altos, con plataformas.

―No, no, mirá a mi hermana. Ella usa zapatos bajitos.

―Chatitas usa tu hermana.

―Sí, esas te tendrías que comprar. Bety también las usa.

―Chatitas para entrar en el cajón de muerto me van a poder poner a mí. Nada más que para eso―mascullé cuando la puerta del ascensor se abrió.

― ¿Qué?

―No, nada.

―Bueno, entonces avisale a tu cara, que pareces que estuviéramos yendo a un entierro ―dijo y se subió a la camioneta.

―Mirá, yo no voy a cambiar la cara mientras vos no cambies la situación. O me expliques lo que me tenés que explicar ―le dije cuando me subí a la camioneta yo también.

―La puerta, Anita, cerraste muy fuerte.  Y no hay nada que explicar. Ya te dije. Invertí mucha plata en esas clínicas y no le voy a regalar la mitad a tu tío. Así de simple. Porque, ¿a título de qué lo tenía que hacer socio yo?

―A título de que él es el cirujano plástico que te armó todo el negocio. Porque vos no sabes nada de eso. No sos médico.

―Pero puedo contratar a otros médicos por mucha menos plata, Anita.

―Sí, ya sé, y es lo que hiciste. Ya lo sé. Y bien guardado te lo tenías. No me dijiste nada.

―Anita, sí te dije.

―No, no me dijiste. Y no me quieras hacer quedar como una loca.  No me dijiste nada. Te callaste todo. ¿Te crees que soy boluda?

― Anita, sería boludo yo si pudiendo contratar a otros médico por poca plata, termino contratando a tu tío por la mitad del negocio.  ¿Y a ver? ¿Qqué es lo que está mal en eso? Es lógico, es racional lo que hice. ¿Qué te molesta?

― Que esos médicos son recién recibidos. No saben nada.  Y si no fuera por mi tío, vos y esos médicos no podrían haber armado nada. Fue mi tío el que te dijo toda la información, el que te asesoró para montar las clínicas, el que te dio la idea del negocio. Y ahora lo despedís con una patada en el culo sin darle nada, cuando le habías prometido una sociedad al cincuenta por ciento.

―Pero no firmamos nada, Anita.

―Pero te comprometiste de palabra. ¿Eso no vale?

―Anita,  tu tío es grande, ¿no? Si no se cuidó él firmando algo conmigo antes, no lo voy a cuidar yo. Estas cosas son así.

―Ah, no, no, vos sos de lo peor. Mi tío no firmó nada porque sos mi novio. Habrá pensando que por eso eras de confianza. ¡Y mirá lo que hiciste! No, no ―dije y nos detuvimos en un semáforo. Intenté abrir la puerta para bajarme.

―¿Pero qué hacés, qué hacés, Anita? Está trabada la puerta. No te vas a poder bajar. Terminala con esto. Me estás poniendo de mal humor.

―Ah, ¿yo te pongo de mal humor?

―Anita, antes de irme a Brasil yo te dije que necesitaba que hicieras equipo conmigo, que me apoyaras, que me cuidaras…

―¡Pero mirá lo que me estás haciendo!

―Yo no te estoy haciendo nada, Anita, ¿qué te importa tu tío? SI la plata que voy a ganar con este negocio también va a ser para vos. Vamos a vivir juntos. Hablamos de tener hijos, de armar una vida los dos. Pensá en esos hijos. Va a ser todo para ellos. Yo te quiero, Anita.

―Sí, ya veo cómo me querés. No te importa herirme, no te importa cómo se puede sentir mi familia, mi papá…. es el hermano.

―Anita,  tu papá va a entender. Le voy a comprar un buen regalo. Vas a ver lo contento que se va a poner―dijo y llegamos al boliche.

―Metete el regalo en  el culo, ¡pelotudo! ―le grité  y me bajé de la camioneta.

―Le cerré la puerta con todo.

― ¿Y qué hizo él? ―me preguntó Samuel.

―Nada, no pudo hacer nada. Porque justo lo vieron los dueños del boliche y lo vinieron a saludar. Nos invitaron a pasar al salón VIP directamente.

―¿Y dónde está el salón ese?

―Ahí arriba ―le dije a Samuel señalándoselo ―. Nos dieron champagne. Me tomé dos copas. Y casi una tercera.

―Anita, no te vas emborrachar acá. No tomés tanto. No comiste nada. No me hagas pasar un papelón. Ya estoy bastante enojado por lo que me dijiste recién. No me hagas poner peor ―me dijo cuando estábamos sentados en un sillón del salón..

―No estoy tomando tanto. Y en cuanto lo vea a Samuel, me voy con él.

―Hacé lo que quieras. Andate si querés. Pero ahora tomá Coca Cola, como yo―me dijo y me sacó la copa de champagne de la mano.

― No seas así, Gustavo. Hacé algo con lo de mi tío, dale ―le rogué con lágrimas en los ojos―. Ofrecele algo, menos plata. No sé, el veinticinco por ciento, pero dejalo de director de las clínicas. Eso era lo que habían pactado. Cumplí con tu palabra.

―Anita, Anita, después soy yo el que no te quiere, ¿no? Mirá lo que me hiciste con el contrato de este boliche, mirá de lo que te olvidaste ―me dijo sin prestar atención a mis últimas palabras.

― ¿Qué? ¿Qué te hice?

―Anita, las barras de bebida, las barras de bebida. ¿Sabés cuánta recaudación hay en esas barras?

―No, no sé….

―Mucha plata, Anita, mucha plata. Y vos no pusiste eso en el contrato. Y yo me voy a llevar un porcentaje de las entradas pero no de la recaudación de las barras de bebida. Te olvidaste, Anita.

―Pero vos no me dijiste nada tampoco. Y yo qué iba a saber de eso.

―Ah, yo qué iba a saber, yo qué iba a saber ―me dijo imitándome―.¡Dormida! Después soy yo el que no te quiere y me duermen a mí por tu culpa.

―Pero bastante que te hice el contrato, nene. Hubieras ido a un abogado experto y lo hubieras pagado si querías  tantos detalles ―dije y agarré la copa de champagne de nuevo.

―Ah,  ¿por qué?, ¿ yo no te lo pagué acaso? ¿No te regalé un montón de ropa cara del negocio de mis papás? ¿Y la computadora que te traje de Miami? ¿No te pague todo con eso?

―Yo no te pedí esa ropa deportiva que no necesito ni uso.  Ni la estrené. Te la puedo devolver ya, nueva para que la vendan. Y la computadora no te la puedo devolver porque me la robaron. Ya sabés. Pero te la pago si querés ―dije, me puse de pie y salí del salón.

―Y acá estoy, lo dejé ahí ―le dije a Samuel y miré mi celular.

―¿Y qué vas a hacer?

― Esperar un rato y después buscarlo. Tengo que volver al departamento porque dejé la cartera, la billetera, todo ahí…  che, ¿Martín seguirá teniendo el mismo celular?

―Ay, no, Ana, ¿de nuevo con eso? No lo llames. No seas boba.

―No lo voy a llamar. No me animaría. Pero mandarle un mensaje…

―No, Ana, no.  Cortala con eso. Me ponés nervioso.  Y dejá de respirar mal. Mirá,  allá hay un tipo que te está mirando desde hace un rato…

―¿Quién?

―Ese de ahí ―me dijo y me señaló a un tipo lindo, que estaba hablando con otros dos, también lindos.

― ¿Ese?

―Sí, te mira. A lo mejor me tendría que alejar de vos. Debe pensar que soy tu pareja….

―Pero yo lo conozco a ese tipo…―dije y crucé una mirada con él. Me saludó con un gesto de manos.

― ¿Quién es? ―me preguntó Samuel.

― El vecino de Danilo.

―¿Quién?

―El vecino de Danilo, del novio de Carla. ¿Te acordás de la noche esa en el balcón del departamento, la de la “mucha luz”? Cuando vino el mexicano gay del club de fans de Lucía Méndez…

―Ah, sí, sí, pero no, del flaco ese no me acuerdo…. sigue mirando. ¿Me voy?

―Y no sé. ¿Por qué no vas a comprar algo para tomar? ―dije y Samuel mi miró con gesto de disgusto―. No te puedo dar la plata ahora porque no traje. Pero te la voy a devolver. Quedate tranquilo. Te volviste tacaño, ¿eh?  Parecés el enano maldito ya…

―No soy tacaño, pero cuido la plata. Y ya sabés lo que valen las bebidas en los boliches ―dijo y se alejó de mí en dirección a una de las barras.

Rodrigo Prado, el antiguo vecino de Danilo, volvió a mirarme, salió del grupo en el que estaba y se acercó.

―¡Hola! ―me dijo.

―¡Hola! ¡Qué tal! ―le dije y le di un beso en la mejilla.

―No sabía si eras vos. Recién cuando me contestaste el saludo lo confirmé. ¿Te acordás de mí, no?

―Sí, sí…. me… me acu…cuerdodo.

―Y sí, soy inolvidable.

―Jijiji.

―¿Y qué hacés por acá? ¿Qué es de tu vida tanto tiempo?

―No, nada, to… to…todo bien. ¿Y… y vos?

―Bien, bien también.

―No te vi más…

―Y no, no…

―¿El chico que estaba recién con vos no es tu novio, no?

―No, no.

―No, ya me parecía. Es tu amigo. Uno de los que estaba en el balcón la noche esa…

―Sí, sí, estaba, te… te acordás, mirá vos.

―Sí, tengo mucha memoria visual. ¿Y qué hacen por acá?

―Salimos un rato, jijiji.

―A mí me invitaron a esta inauguración. Lindo el lugar, ¿no?

―Sí, sí, muy lindo.

―No me atendiste más el teléfono vos ―me acusó sin preámbulo.

―¿Eh?

―Hasta pensé que te había pasado algo. Pero le pregunté a Danilo y me dijo que se había separado de tu amiga, que ya no te veía, pero que estabas bien…

―Ah… pe…pe… pero no… Danilo nunca me dijo…

―Porque no lo viste más.

―No, sí, des… des…. después de esa separación lo volví a ver. Volvió con mi amiga. Ahora se separaron de nuevo, pero…

―Ah, no supe de eso, porque no vivo más en ese edificio.

―Ah, sí… no, no te vi nunca más…. claro…

―Y en el nuevo  no tengo vecinos con amigas lindas como vos…

―¿No? ―dije y bajé la vista―. Jijiji.

― ¿Te incomodo?

―No, no, jijiji.

―Me mudé seis meses después de conocerte más o menos.

―Ah…

―Es que me quedé triste porque no me atendiste más el teléfono ―me dijo en broma..

―Me imagino… sí….jijiji.

―Me quedé intrigado. Eso sí. En serio. ¿Por qué no me atendiste más? Porque yo me acuerdo que me porté mal la primera vez que salimos. Fui un perro. Tuviste razón. Pero la segunda estuve bien… ¿qué te pasó?

Me pasó lo de mi virginidad. En ese momento sentí que la situación con Rodrigo Prado no ameritaba una salida más sin sexo y me pareció que él no era el indicado para tener mi primera vez. Preferí la seguridad que me daba Ferni, una seguridad que al final solo estuvo en mi imaginación.

―No, nada… no sé…. me dio miedo.

―¿Miedo?

―No, bue….

―¿Por qué miedo? Nunca me dijo eso una mujer.

―Eh…. bueh, es que vos… vos  vevenías de una relación, estatabas enamorado de otra. Una que te había dejado.

―Sí, sí, en ese momento estaba mal por eso. ¡Qué boludo! Ahora ya me parece tan lejano.  ¿Pero te la bajó eso?

―¿Eh?

―Si te la bajó eso. Te la baja. Me la baja. Eso dicen ustedes, las mujeres,  ahora.

―Ah, sí, sí, pero yo… yo…. no.

― ¿Vos no decís eso?

―No, no.

―Ah, mirá qué bien. ¿Querés tomar algo?

―No, no, gracias Mi amigo fue a comprar  y ya me trae.

―Y tu amigo ―――――――――――――――――――――――――――――― ―no oí.

―¿Qué? ―pregunté.

―Que si tu amigo ―――――――――――――――――――――――――――― ― y no alcancé ni a deducir algo del mensaje por la lectura de sus labios.

― No, no te escuché. Está muy fuerte la música.

―Y sí, es un boliche.  Que si ――――――――――――――――――――――――――

―No, no te oí.

―Que sí ―――――――――――――――――――――――――――――― ―me gritó cerca del oído.

―¿Eh?

―Que sí ――――――――――――――――――――――――――――――――― ―gritó de nuevo.

―No, no…. ―y le señalé mi oreja con un gesto de negativa.

―¿Seguís teniendo el mismo celular? ―me preguntó después de lanzarme una mirada cargada de una mezcla de lástima y de sorpresa.

Se me vino a la mente el encuentro con Ferni en el velatorio del padre de Carla: “¿Seguís teniendo el mismo celular? ¿El 1541409938? “.  Era la primera vez que nos veíamos después de ocho años y Ferni recordaba con total exactitud mi número de teléfono celular.  Y eso fue porque, seguro, alguna vez, me quiso.  O porque no le había pasado nada excitante en ocho años.

―Ay…. ―dije y miré el aparato que tenía en la mano―. No, me parece que no…  Porque ¿cuando fue?  ―hice memoria―. Hace tres años, ¿no?…. y a mí me dieron este en la empresa después. No, no es el mismo….

―¿Seguís trabajando en la misma empresa? ¿Pedorra era, no?

―Sí, sigo en esa… ―dije y vi Gustavo a mi lado.

―Hola, ¿qué tal? Mucho gusto, Gustavo ―le dijo a Rodrigo, le dio una mano y usó la otra para tomarme por la cintura.

―Mucho gusto, mucho gusto, Rodrigo soy yo.

―Y yo soy uno de los inversores del boliche. ¿Le contaste, Anita?

― ¿Eh? No, todavía no…

― Ah, ¿uno de los dueños? ¡Qué bien! Lindo lugar. Te felicito.

―Gracias, gracias. Quedó lindo todo. Muy lindo. Che, si querés tomar algo, pasá por el VIP, decí mi nombre,  Gustavo Almazán, y ahí te van a atender, ¿eh, Rodri ?―le dijo y le palmeó el hombro como si fueran grandes amigos ―. Pasala bien esta noche. Yo, ahora, te la robo a ella, ¿sí?,  porque tenemos que ver unas cosas.

―Sí, está bien, no hay problema ―le dijo Rodrigo Prado y Gustavo me alejó de él con su brazo rodeando mi cintura.

― ¿Quién era, Anita?

―Un vecino de Danilo.

― ¿Danilo?

―Danilo, el ex de Carla, de mi amiga Carla.

― Ah, sí, sí… ―dijo sin demostrar celos, algo que me molestó―. Ni leyeron el contrato estos pibes, Anita. No tienen dos gramos de cerebro. Por suerte no lo tienen. Piensan que me tienen que dar parte de la recaudación de las barras de bebida y yo no les voy a decir que no  está en el contrato y que no me la den. Por supuesto que no.

―No, claro que no. Le vas a sacar lo que no corresponde que les saques.

― ¡Anita! ¿Pensás seguir tirándome con dardos envenenados?  Porque yo te busqué por todo el boliche para que estemos bien, para que volvamos a casa, para que  nos demos cariño…. ―dijo y  tuve la fantasía de regresar a su departamento y  de tirarle la ropa y su colección de aparatos electrónicos por la ventana.

―No, ahora no quiero volver. Samuel fue a buscarme algo para tomar. Quiero estar un rato con él. Volvé al VIP y dejame acá.

―Anita, ¿qué te pasa?, ¿no querés estar conmigo?

―Ya sabés lo que me pasa. Decime que vas a solucionar lo de mi tío y ahí sí voy a querer estar con vos.

―Yo te quiero, Anita, yo te quiero, pero no me pidas tanto.

―Lo único que te estoy pidiendo es que no hagas algo que me hiere ―dije y contuve las lágrimas.

Pero yo no te estoy hiriendo. Tu tío no tiene nada que ver con vos.

―¡Sí tiene que ver! ¡Tiene que ver! Hasta piensa que yo soy cómplice tuyo. Va a haber un juicio en el medio, un lío de familia. ¡Es un asco lo que hiciste!

―¿Qué juicio, Anita? Si no firmamos nada con tu tío. No tiene pruebas de nada.

―Pero hay testigos.

―¿Qué testigos?

―Yo, yo puedo ser testigo. Tranquilamente. O no sé, porque soy sobrina. Pero hay otros igual, eh…

―¿Y qué? ¿Vos saldrías de testigo en mi contra, Anita?

―Sí, sí, saldría, saldría, en este caso saldría de testigo en tu contra, así pagas por lo que hiciste.

―Anita, vos entonces no me querés.

―No tiene nada que ver con que te quiera o no. Pero igual, la verdad es que no te quiero, esa es la verdad. Y lo bien que hice en no quererte.  A lo mejor te iba a empezar a querer, pero con esta cagada que te mandaste….

―Ah, bueno, Anita…. ¡qué sorpresa! ―dijo y dio media vuelta, dándome la espalda.

―Acordate de que yo tengo que pasar por tu departamento a buscar mi cartera ―le dije cerca de una oreja y me alejé de él.

Caminé un rato por el boliche buscado a Samuel. Me preguntaba de quién habría sido la idea de reunir tanta gente en un lugar oscuro, lleno de humo y con la música convertida en ruido por lo alto del volumen. Me preguntaba también cómo esa idea había tenido tanto éxito, le gustaba a tanta gente y a mí solo me causaba molestia y la perspectiva de pasar un rato incómodo, lleno de aburrimiento.

―Ana, a todo el mundo le encantan los boliches. Mirame a mí. Soy gay, estoy en un boliche hetero e igual la paso bien. Está bueno esto. La noche, la música, la gente toda junta. Y eso que yo ya tengo mi pareja y no tengo necesidad de buscar a nadie más. Pero me gustan los boliches igual. Hetero, gay, lo que sea ―me dijo Samuel. Estábamos sentados en el piso de una terraza del lugar, tomando daiquiri de frutilla.

―Bueno, igual estoy acá ahora y no me quiero ir. Será porque no quiero enfrentar lo que viene. ¡Lo odio! ¡Lo odio! ¡Le rompería todo el departamento! ―dije y observé mi celular.

―Ay, Ana, no, pará con eso. No seas resentida.

―No soy resentida.

―No te quise decir que lo seas. Solamente que no te quedes resentida con Gustavo. Ya sabías cómo era antes de empezar con él. Vamos, no es una sorpresa esto que hizo con tu tío.

―No, puede ser que no lo sea. .

―¿Y para qué quedarte odiándolo?¿ Para qué? Ya tuviste bastante con Ferni. De nuevo no.  Si lo hubieras querido, todavía. Pero no lo querés, nunca lo quisiste.

―No sé…

―Vamos, nena. Se te normalizó la respiración y se te fue el pánico cuando lo viste al vecino de Danilo recién. Yo te vi cómo te brillaban los ojos, ¿eh?.

―No, no me brillaban. No digas pavadas. Solamente me acordé de por qué no salí más con él.

―Porque eras virgen y te dio miedo.

―Sí, ¡qué boluda! Y no le tuve miedo a Ferni, que me concretó todos los miedos, al final. Me dejó después de la primera vez. Lo peor que me podía pasar. Tanto tratar de evitarlo y me pasó nomás.

―Y a lo mejor el vecino no te hubiera dejado…

―A lo mejor no, quién sabe….

― Pero cortá bien con Gustavo. No te enojes tanto. Total, tu tío no es tan importante.

―No, no es mi tío lo que es importante. Es lo que Gustavo hizo. Ya te lo dije.  ¡Me da tanta bronca! Pero sí, tenés razón. ¿Para qué enojarme tanto? Si yo no lo quiero tampoco y estoy mirando el celular pensando en mandarle un mensaje a Martín…

―Ay, no, ¡basta con eso, Ana!

―Bueno, no te enojes así.  ¿Qué te pasa? ¿Todavía querés algo con Martín vos, nene? Decime la verdad y listo. No me voy a espantar, eh.

―No, no quiero nada con Martín. Yo estoy bien con Hernán.

―Entonces dejame a mí hacer lo que quiera. Ahora no le voy a mandar nada porque son las cuatro de la mañana y voy a quedar como una loca. Además, seguro que está con Analía.

―Ana, te dejó porque no eras más virgen. Quería una virgen. ¿Entendés?

―Pero Analía no era virgen. Si hasta tomaba pastillas. No quiere vírgenes, no le importa eso.

―Pero Analía es fea y por eso nadie se la va a sacar y él se siente seguro con ella.

―¿Y vos por qué decís todo eso como si lo supieras bien?

―Porque me lo dijo Ezequiel. No lo de fea, pero sí lo de virgen. Martín se pinchó con vos por eso, porque no eras virgen y él te quería virgen. No te lo conté antes para no ponerte mal, pero fue así, fue así.

―No me gusta que no me cuenten las cosas.  Ni siquiera con la excusa de protegerme. Estuviste para la mierda, Samuel. Me lo tendrías que haber dicho en cuanto lo supiste.

―No lo hice con mala intención. Y vos lo sospechaste también. Fue re obvio el pibe. Acordate.

―Sí, ya sé eso. Pero me lo tendrías que haber dicho igual. Decime lo que sepas siempre. No me protejas. E igual a mí hay cosas que no me cierran en lo que decís. ¿O por qué Martín parece estar enojado conmigo?  Hoy me saludó mal también. ¿Por qué no era más virgen va a estar enojado?

―Porque es un loquito, Ana. Y no busques señales en donde no las hay. No te quiere. Listo. Y no te perdiste de nada. El flaco debe tener problemas sexuales, por eso quiere feas o vírgenes, nada más..

―¿Y qué problema sexual puede tener?

―No sé, Ana, no sé. Pero no lo llames ni lo contactes. Porque la vas a pasar peor.

―No creo…

―Ana, está bien, me cansaste. Querés que te diga todo, te digo todo: Martín se va a casar con Analía en un mes, el 22 de diciembre, para ser más preciso.

―¿Eh? ¿Y vos cómo sabés? ¿Entonces seguís hablando con Ezequiel?

―No, no, lo sé porque Analía la invitó al casamiento a una de mis compañeras de finanzas que es amiga de ella. Se casan en la ciudad de Martín y hacen la fiesta en el mismo lugar en el que lo hizo la hermana.

―Ah….

―Y ahora que no te agarre un ataque de pánico.

―No, con todo lo que tomé… ya estoy tranquila.

―No es la mejor noche para que la termines con Gustavo. Pensalo.

―Gustavo no me sirve ni de contención. Es lo mismo. Cortar hoy, mañana, pasado ―dije y respiré hondo.

―Y no pienses en contactarlo igual a Martín, eh. Porque nadie deja a la novia a un mes de casarse y con la fiesta paga, que les debe haber salido bastante cara,  encima, porque es bueno el lugar.

―¿Pero tan rápido se casan? Menos de un año de novios, ¿no?

―Sí…

―Amor fulminante ―dije y lo vi a Gustavo en la terraza en la que estábamos, tomando champagne con otros dos hombres―. Ahí está mi ex novio. Porque ahora tengo ex novio. No está tan mal, ¿eh?. Progresé. Ya no voy a tener que mentir con el curriculum sentimental la próxima vez que conozca a un tipo. Y no digo más pavadas por hoy.  Me voy con él para ir al departamento y buscar mi cartera ―agregué y me puse de pie.

―No cortes mal. Haceme caso. Terminá bien , si es que vas a terminar.

―Sí … ―dije y le toqué la rodilla a Samuel―. Chau. Después te cuento. Y gracias por venir a acompañarme hoy.

―No, está bien. “Cuidate”, te digo lo que te decía “momento cúlmine”,para que no lo extrañes ―me dijo Samuel riéndose y  caminé hacia el lugar en el que estaba Gustavo. Saludé a los dos hombres que estaban con él y luego le dije:

―Tengo que ir a tu casa a buscar la cartera. ¿Te vas a quedar mucho tiempo más?

―Estoy tomando, Anita, me insistieron con que tomara. Ahora tengo que esperar dos horas para poder manejar.

―Pero son las cuatro de la mañana. Y estamos a diez cuadras. Dejá la camioneta acá y vamos caminando. ¿Y tanto tomaste, además, que no podés manejar?

―Me dieron una mezcla de un licor con gin y ahora me tomé dos copas de champagne. Y no estoy muy acostumbrado a tomar, Anita..

―Tenés la remera manchada ―le dije cuando caminábamos por la calle.

―¿Adónde?

―En la espalda.

―Cuando llegue la meto en el lavarropas. Si no hacemos otra cosa más urgente… ―dijo y me miró, luego me sonrío y me tomó de una mano―. ¿Tomaste mucho más cuando no estuviste conmigo, Anita?

―Un poco…

―¿Y Samuel? No me saludó.

―¿No?  ¡Qué raro! No se habrá dado cuenta ―dije y vimos a un chico llevando a caballito a su novia.

―Yo estoy como para que me lleves así, Anita. Me cayó mal lo que tomé. Y esto de volver caminando…

―Justo te iba a decir que me hubiera gustado que alguna vez me llevaras así.

―¿Te hubiera gustado, Anita?

―Sí.

―Bueno, subí, dale ―dijo y se agachó un poco―. Nunca es tarde―agregó y yo me acomodé sobre su espalda.―Ay, Anita, estás pesada ―exclamó cuando me tomó por las rodillas.

―¿Viste? Estoy gorda. Te lo dije ya. Y por culpa de tu amigo Ronald.

―Si fue Mc Donald’s,  Anita,  no te preocupes,  porque ya no vas a estar obligada a ir más… ¡Ay! No puedo, no puedo seguir ―dijo y me dejó en el piso a los pocos pasos.

Volvió a tomarme de una mano y continuamos caminando en silencio. Me invadió una sensación de angustia por la despedida que ya parecía haber sido asumida por los dos. Pensé en mi madre, en que no le iba a agradar la noticia. Y menos le iba a agradar que Gustavo no hiciera nada para retenerme a su lado. Pero lo peor era que, tarde o temprano, ella me iba a decir que el fracaso había sido solo mío,  por no haber podido lograr que él solucionara el problema con mi tío y continuara a mi lado.

―Falta media cuadra para llegar, Anita. ¿Ahora qué te gustaría? ¿Correr de la mano la media cuadra?

―¿Eh? ¿Correr? No…

―Pero a mí sí. Vamos ―me dijo y me llevó de la mano corriendo.

―¡Ay! ¡Ay! ―grité agitada cuando alcanzamos la puerta de entrada al edificio―. No puedo más. ¿Por qué corriste así?

― Tenía ganas, Anita ―me respondió, también agitado.

En el ascensor me besó y yo me dejé, pues no sabía cuándo volvería  a sentirme cómoda con alguien más para tener sexo otra vez. Y dados mis antecedentes, me vaticinaba un largo período futuro de abstinencia. Por eso me decidí a disfrutar de un último encuentro íntimo con Gustavo Almazán.

―Ay, ay, no, no, me duele ya ―le dije en la cama, cuando estaba encima de mí.

―Pero esperá un poco; Anita. Ya voy. Ya voy.

―No, no vas . Me estás matando. Tomaste mucho. Por eso no podés acabar.

―Bueno, Anita, como quieras ―y salió de  mí.

Permanecimos acostados, uno al lado del otro, un rato largo. La claridad del amanecer había iluminado la habitación cuando me animé a emitir sonidos:

― ¿Estás dormido?

― No.

Tenía miedo de insistir, porque me sentía a merced de lo que decidiera Gustavo. Si él hacía algo para solucionar el problema con mi tío, yo podía (y debía) seguir a su lado. Pero si no lo hacía, yo debía ( y podía), terminar la relación.

―¿No vas a cambiar la situación con mi tío, no?―me animé a preguntarle.

―Anita,  ya te dije cómo son las cosas. No voy a cambiar nada. Si querés, le tiro unos mangos a tu tío y listo.

―No, cumplí con lo que le prometiste y nombralo director y hacelo socio, aunque sea por un porcentaje menor.

―Anita, ya tengo un director por un uno por ciento de la ganancia. Imposible cumplir con tu pedido.

―Bueno, no tengo palabras ―dije, me incorporé y empecé a juntar mi ropa.

―Anita, si lo que me dijiste en el boliche era verdad , ¿para qué querés que haga otra cosa?

―Es que no la harías aunque no fuera verdad lo que te dije―le respondí, me puse el pantalón y el corpiño, y salí de la cama.

―No, ganaste, estás bien, tenés razón, no lo haría igual. Pero es verdad lo que me dijiste, así que no tengo nada que reprocharme. Es verdad que no me querés. Lo percibí varias veces. No lo creí, pero mi sexto sentido, mi intuición, ya me lo decía. Y ahora te agradezco que me sacaras de dudas.

―Si hubieras sido un poco menos egoísta, las cosas hubieran sido diferentes conmigo, ¿sabés?.

―No sé, Anita, yo no espero nada de nadie. Me alcanza conmigo para pasar por este mundo.

―Está bien. Entonces te dejo las llaves que me diste ― se las tiré en la cama―.Salgo por la puerta principal que se cierra sola. Chau.

―Bueno, Anita. ¡Suerte!

―¡Gracias! ―dije al salir de la habitación y e hice el gesto de fuck you sin que pudiera verme.

Tomé un colectivo para regresar a mi casa. No se puede elegir mucho en el transporte público y tuve que resignarme a viajar en un bus decorado con publicidad de clínicas “Bella Total” casi hasta en el caño de escape.

Eran poco más de las seis  de la mañana y yo era la única pasajera.  El chofer escuchaba música y pude recostar mi cabeza sobre el respaldo del asiento. Intentaba dormirme, cuando escuché:

“Tengo tres oficina y un piso en New York

Y el rey Midas trabaja conmigo….”

Y no pude dejar de cargarme a mí misma por imaginar a Gustavo dentro de unos años, mirando una foto de los dos, con esa canción de fondo,  lamentándose por haberme perdido, pues sabía que semejante escena de telenovela jamás iba a suceder en la realidad.

Un largo camino hacia un final francés (II)

Llamé a Gustavo al celular. Me dijo que lo esperara, que en un ratito llegaría con “una sorpresa”. Y media hora después oí ruidos de llaves en la cerradura de la puerta principal:

―Anita, metete en el cuarto rápido ―me dijo cuando entró.

― ¿Pero por qué? ¿Qué pasa?

―  Porque estás vestida solamente con una de mis remeras, Anita, y vengo con el mozo del bar de abajo.

―Ah, bueno… ―dije y me fui corriendo a encerrarme en la habitación.

―Ya podés salir, Anita ―me gritó luego de unos minutos.

Al llegar a la cocina me encontré con un gran desayuno servido en vasos, cubiertos y platos de plástico.

― ¿Y, Anita?  ¿Buen desayuno, no?

―Sí…

―Y todo es descartable, así no tenés que lavar las cosas.

Mi boca solo emitió un ruido como respuesta. Me senté y tomé un sorbo de jugo de naranja. Gustavo se metió una medialuna entera en su boca.

―Tenía hambre―me dijo masticando y se sentó también.

―Yo también ―le dije y  unté una tostada con manteca.

―Anita, la manteca te saca granos.

―No es la comida la que me saca granos, son las hormonas.  Ya lo tengo estudiado. Cuando me indispongo, me broto.

―Anita, estamos comiendo.

―Bueno, perdón…

―Está bien. ¿Me preparas una tostada?

― ¿Con qué la querés?

―Con dulce de leche.

Tomé el pan y empecé a untarlo. El disgusto se notó en la expresión de mi cara.

―Anita, ¿qué pasa ahora?

―Nada, pero mirá que hoy tengo que estudiar, ¿eh? Me traje los apuntes de la facultad ―le respondí y le di la tostada.

―Sí, Anita, ya sabía eso,  y organicé el día para que estudies tranquila. No te preocupes. Pedimos algo para el almuerzo…

―Con todo este desayuno no vamos a necesitar almorzar.

―Yo sí voy a necesitar, Anita.

―Pero yo no ―dije y respiré hondo, como si el aire me diera la energía que necesitaba para animarme a más.

―Más tarde vemos, Anita.

 ―¿Vas a estar con la computadora todo el día?

―Y sí,  Anita, si vos vas a estar estudiando, yo aprovecho para trabajar.

―Bueno…

― ¿Qué te pasa, Anita?

―Nada, o sí… bah, bueh… ―dije y me di coraje―.No quiero que me llames para que te alcance nada. Eso me pasa. A veces siento que me tomás como sirvienta.

― ¡¿Sirvienta, Anita?!  ¿Qué yo te tomo como sirvienta? ¡¿Qué decís?! ―exclamó sorprendido.

―Lo que dije. 

― No, Anita, yo no te tomo como sirvienta,  ¿qué me estás diciendo? ¿Cómo pensás eso? Cuántas cosas que tenés guardadas, ¿eh?

―No me las guardé por zorra.

No, eso ya lo sé, Anita ―dijo y trago saliva.

―Me revienta cuando estás sentando al lado de las cosas y me pedís que te las alcance.

―Pero, Anita, me gusta que me atiendas, no es que te tome como sirvienta.

―A  mí también me gustaría que me atendieras.

―Bueno, Anita, no te escucho, no te atiendo…  si la lista es tan larga, ¿por qué no me mandas un mail con todos los puntos y terminamos con esto?

―No, cuando trabajaba con vos tampoco prestabas atención a los mail largos. Y hoy tengo que estudiar. Ya te dije.

―Anita,  y yo ya te dije que organicé el día  para que estemos acá y para que vos estudies tranquila.  ¿No me oíste recién?

―Sí, te oí.

 ― Sos injusta, Anita, sos muy injusta, porque hoy me preocupé, me levanté antes que vos, me cuidé de hacer ruido para no despertarte y me fui a buscar el desayuno…

―Lo hubieras pedido por teléfono.

―Anita, tenía que salir para hacer otra cosa también ―dijo, se puso de pie y se metió la mano en un bolsillo del pantalón―. Había pensando en que esta noche podíamos ir a comer a uno de esos restaurantes de países raros que te gustan, Anita ―agregó y sacó unas llaves―. Iba a esperar a eso, pero ya que estás así,  te las doy ahora. Tomá. 

― ¿Y estas qué son? ¿Las llaves de acá? ―pregunté al agarrarlas y me puse de pie también.

―Sí, Anita, son las llaves de este departamento, porque yo también tengo mi lista de reclamos. ¿Cuántas veces te dije que te vinieras a vivir acá, conmigo?

―Bueno, pero…

― Bueno, pero nada, Anita. Mi demanda no está satisfecha todavía. Ayer te dije algo, ¿no?

―No…  ¿qué?

―Anita, ¿qué te dije antes de que te durmieras?

―Ah… sí

―Yo te quiero, Anita―dijo con tono de galán de telenovela, se acercó y sentí las yemas de sus dedos en mi cara, ocupadas en correrme el pelo de los ojos.  No sé si fue la emoción que le puso a las palabras, la suavidad del roce de la piel o lo simbólico de descubrirme los ojos para que estuvieran en contacto con los suyos, lo que hizo que los latidos de mi corazón se aceleraran.

―Sí… ―dije tratando de conservar la frialdad y deseando que se alejara y que nunca más volviera a hacer lo mismo. Caso contrario,  terminaría perdidamente enamorada.

― Anita, yo me proyecto con vos. Mucho, ¿sabés?  A largo plazo, muy largo plazo ―dijo y me dio un beso.

―Pero en el largo plazo estamos todos muertos. Lo dijo Keynes,  no yo, jijiji ―me salió cuando el beso terminó y me sentí una boluda, como hacía bastante que no me sentía.

―Anita., no,  con cosas así ahora no…. ¿A ver?  Decime: ¿Cuál es el mayor sueño de mi vida?

― ¿El mayor sueño de tu vida? …. Tener más plata que Dios, supongo, ¿no?

―No, Anita ―me dijo riéndose, con sus manos en mi cintura―. ¿Qué decís? ¿De dónde sacaste eso?  ¿Dios tiene plata? Nunca me lo pregunté, la verdad. Pero no, no… Mi mayor sueño es tener una gran empresa, Anita, un grupo económico trasnacional.

―Ah, sí…. cierto.

― ¿Ves, Anita? Vos tampoco me prestas atención. No me escuchas. No me atendés ―me dijo imitándome.

―No, no es así.

―Es una broma, Anita. Lo que te quiero decir es que yo me imagino de viejo en un despacho inmenso, en un edificio de ciento veinte pisos, todo mío.  Y me veo saliendo del edificio, con un chofer que me está esperando… ¿ves la escena, Anita?

―Sí, sí…

<<Este tipo está re loco, pero capaz que logra lo que quiere>>, pensé.

―Y el chofer me lleva hasta mi casa, que es una mansión en las afueras de Nueva York. Y vos me estás esperando ahí, con nuestros nietos, mis herederos, los continuadores de mi obra.

―Ay, no, es mucho eso  ―le dije riéndome

―Anita,  yo te digo la verdad.  ¿Qué pasa? ¿No te ves conmigo así?

Yo no llegaba a verme ni siquiera viviendo en otra casa que no fuera la de mis padres.

―No, no sé, no conozco Nueva York ―respondí.

―Anita, te estoy preguntando si te ves conmigo cuando seas vieja,  no importa que no sea en Nueva York.

―Es que nunca me vi vieja tampoco.

―Anita, me estás haciendo enojar.

―No, bueno…

― Anita, ¿querés avanzar en la relación conmigo o no querés  avanzar?, ¿qué querés hacer? ―me apuró.

― ¿Y?  ¿Lo vas a llevar? ―suelen preguntarme las vendedoras de ropa.

― Sí…  ―digo siempre, aunque sepa fehacientemente que la prenda que acabo de probarme no me queda bien y que jamás la usaré. Porque no puedo entrar a un negocio, hacer  que la empleada se moleste en atenderme y luego irme alegremente diciéndole “No, no llevo nada. Chau”

―Sí… ―le dije a Gustavo.

―Sí, ¿y qué más, Anita?

―Y  que está bien, que sí, pero  tengo que dar los finales de la facultad antes.  Son en diciembre, falta poco, ya menos de un mes. Después de eso, después de dar los finales….

― ¿Entonces te mudas conmigo después de los finales, Anita?

―Sí…  ―dije y Gustavo me dio otro beso.

Adoro ir a comprar ropa con mi madre, con Carla o con Tía Linda, porque si algo no me gusta, siempre puedo escudarme detrás de ellas, que no sufren estrés alguno por decirles “no lo voy a llevar” a las vendedoras  y salir de la tienda sin culpa alguna.

Pero ahora no podía contar con ellas. Si rendía bien los exámenes,  iba a tener que vivir con Gustavo.  Y mi madre no iba a aceptar cubrirme y decirle, cuando me llamara, que me había muerto o que me había mudado a otro país. En vano iba a ser dar de baja mi celular si seguía habiendo teléfono en mi casa.

“O puedo dejar los finales para marzo”, pensé cuando Gustavo me quitó la remera y caímos sobre la cama esa mañana.

“O puedo no postergar las cosas y mudarme a su departamento la semana que viene”, se me ocurrió a la noche, cuando estábamos sentados a la mesa de un restaurante armenio.

Porque mi madre era la que parecía tener razón  y no los psicólogos. Las personas podían cambiar y yo me sentía como en posesión de una varita mágica. Cada palabra que dije ese día  fue escuchada por Gustavo.  Y cómo fue escuchada. Gustavo no solo me dejó  estudiar tranquila todo el día y no me molestó con pedidos, sino que también me preparó  jugo de naranja y me lo alcanzó en una bandeja.

Y a la noche me llevó a cenar a un restaurante de mi gusto. Y el domingo a la mañana volvió a pedir el desayuno al bar de abajo del edificio. Y luego se encargó de tirar  los platos, vasos y cubiertos descartables, pidiéndome que volviera a estudiar.

<<Y qué raro que se haya olvidado de que le hiciera el contrato del boliche de los amigos de Edy>>, pensé el domingo a la tarde, cuando mi celular sonó:

―No vamos hoy a cenar  a tu casa con Gabriel―me dijo mi tía.

―Ah… ¿no?

―No, y  nunca más vamos a ir.

― ¿Pero por qué?

―Porque cortamos.

―Ah.

― ¿No los veías venir, no?

―No, no, la verdad es que no.

―Pero hay mucha diferencia de edad. Es lógico.

―Sí,  sí,  hay mucha diferencia… ―dije por decir.

―Pero  no tuvo nada que ver con eso igual, eh. Lo de la edad sirve nada más que como un buen motivo de ruptura frente a todo el mundo. Y frente a tu mamá, sobre todo.

―Ah… ―dije y no me animé a indagar más―. ¿Y Gabriel le dijo algo a Gustavo?

―No creo,  que yo sepa no hablan de cosas íntimas.

―Bueno, entonces, si no va Gabriel, no vamos a comer a tu casa hoy, Anita. Yo tendría que aprovechar para  pasar a ver el local nuevo que papi y mami abrieron  en el shopping “T”―me dijo Gustavo.

Sus padres tenían una cadena de negocios de ropa deportiva y acababan de inaugurar una nueva sucursal en el shopping “T”, uno de los más lujosos de Buenos Aires.

―Bueno, vamos, no hay problema. Después comemos por ahí.

― ¿Qué hacés acá hoy, Luli? ―le preguntó  Gustavo a su hermana, cuando la vio en la caja del negocio del shopping “T”.

―Es que hoy,  domingo,  es un día de mucha recaudación y las empleadas están muy verdes todavía. Mejor venir a controlarlas―le respondió―. Hola, Anita.

―Hola, ¿qué tal? ―le dije y apenas rozamos las mejillas.

Luli, yo me voy a llevar varias cosas de acá hoy, eh. ―le dijo Gustavo.

―Está bien ―le respondió y nos alejamos de ella.

―Elegí lo que quieras, Anita ―me dijo cuando estábamos parados en el medio del salón y veíamos un gran símbolo de Nike dibujado en una pared.

― No, pero…

―Dale, elegí, Anita ¿qué te gusta? Llevate lo que quieras. Yo también me voy a llevar varias cosas. Lo que hay en este local es lo mejor de la marca, es exclusivo.

―Ah….

― ¿Y, Anita? ―me preguntó después de probarse un par de remeras―. Elegí algo para vos. Dale.

―Pero es que no sé qué…

―Zapatillas, Anita. Llevate dos pares, dale.

―No, ¿dos pares?

―Sí, Anita, dos pares ―me dijo, me tomó de una mano y me llevó  hasta una  gran pared, que tenía muchos modelos en exhibición.

Elegí dos pares de zapatillas, sin fijarme en el precio. La vendedora me trajo los de mi número y me los probé:

― ¿Te quedan bien, Anita, no?

―Sí, sí, me quedan bien.

―Bueno, llevamos estos dos ―le dijo a la vendedora―. Y fijate en los pantalones y en las remeras, Anita.

―No, no, con las zapatillas ya está bien.

―No, Anita, no está bien.  Elegí otras cosas, dale.

Y elegí dos calzas para correr, un short para hacer no sé bien qué y tres remeras.

―Me voy a probar estas camperas, Anita―me dijo―. Andá llevando todo esto a la caja, así Luli lo saca del inventario y lo pone en bolsas ―agregó señalando las prendas que habíamos elegido y se alejó de mí.

Me acerqué a la caja y acomodé todas las cosas en el mostrador, delante de su hermana.

<<Podemos jugar a que yo soy Rosalinda y vos sos Catalina Creel. Mezclamos dos novelas. ¡Qué divertido! >>, pensé cuando ella revisaba la mercadería.

―Bueno ―dijo separando las cosas―. Esto es de hombre y es de Gusty, y esto es de mujer y es para vos, Anita.

―Sí.

―Lo de hombre dalo de baja del inventario sin facturarlo ―le ordenó a la cajera―. Y lo de mujer va con factura a consumidor final, ¿no? ―me preguntó.

― ¿Eh? ¿Con factura?.. .Sí….

― ¿Efectivo o tarjeta? ―me preguntó la cajera mientras pasaba el código de barras de  las zapatillas por el escáner.

― ¿Eh?  ―pregunté y busqué a Gustavo con la mirada ―. Tarjeta ―dije con respiración entrecortada cuando no lo encontré.

―Son cinco mil novecientos dos pesos con cuarenta y tres centavos.

<< ¡Ah!!! ¡Pero qué hija de puta! ¡Soy la novia del hermano y me va cobrar!  ¡Y yo voy a tener que gastar más que un sueldo en ropa deportiva que no necesito!>>, pensé con desesperación.

― ¿Lo hacés en uno o en tres pagos? ―me preguntó la cajera y  miré a Lucila.

―En u… u… uno ―dije conteniendo las lágrimas y le entregué mi “Mastercad Pedorra Gold” rezando que la operación no sobrepasara mi límite de compra. Porque de ninguna manera iba a aceptar pasar por pobre  pagando en cuotas delante de la hermana de Gustavo, aunque en ese momento supiera que iba a tener que pedirle plata a mi mamá durante todo el próximo mes hasta para solventar los viajes en tren al trabajo.

― ¡Anita, Anita!―me llamó Gustavo, asomándose desde la puerta de un probador―. ¡Vení, vení!

― ¿Te gusta, Anita, cómo me queda esta campera? ―me preguntó  cuando me acerqué, mirándose al espejo.

―Sí, me gusta, es linda.

― ¿Me hace buena espalda?

―Sí…

― ¿No tengo los dientes muy amarillos, Anita? ―me preguntó  fingiendo una sonrisa frente al espejo.

―No, no, ¿adónde amarillos? Nunca te los vi amarillos.

―Sí, Anita, yo me los veo amarillos ―dijo y me miró―. Vos también los tenés amarillos.

― ¿Eh? ¿Yo también? ―dije y me los vi amarillos en el espejo―.Pero no, no puede ser…

―No, Anita, es esta luz. Debe ser por eso. Vamos. Le voy a decir a mi papá que la cambie.

Gustavo dejó la campera en el mostrador de la caja y su hermana la dobló.

―Tu tarjeta ―me dijo la cajera y me la entregó junto con el Boucher de la compra para que lo firmara.

Iba a tomar la birome cuando Gustavo preguntó:

― ¿Tu tarjeta, Anita? ¿Para qué?

―Y …

―Luli, Luli, ¿vos le estás cobrando a Anita?

―Y sí, no me dijiste nada.

― ¿Pero vos estás loca, nena? ¿Qué te pasa? Yo no te tengo que decir estas cosas. Ya se saben.  Anulá esto ya, pero ya, eh ―le dijo y le tiró el Boucher.

―Bueno, pero es mercadería de papi y mami.

―Y mía también es. Anulá, anulá todo. A Anita no le vas a cobrar.

<< ¡Maldita lisiada, maldita lisiada! Vas a morir en medio de las llamas como la que decía así>>, pensé y me reí por dentro cuando la vi frente a la computadora, con el Boucher en la mano, roja de la bronca, dando de baja la operación.

―Y vos me lo podrás haber dicho en el probador recién ―me dijo Gustavo en voz baja al oído.

―Bueno, qué sé yo, no sabía…

―Sí sabías, Anita.

―Es que me cuesta. Ya sabés cómo soy.

― ¿Ya está, Luli? ―le preguntó con ira en los ojos.

―Sí, ya está ―le respondió ella y él agarró las bolsas con bronca y caminó hacia la salida del local, sin pronunciar palabra.

Dudé unos segundos entre saludar a su hermana o no hacerlo, hasta que al final le dije “Chau”, di media vuelta y seguí a Gustavo.

― ¿Vas a querer que te lleve a tu casa ahora o te quedas a dormir conmigo? ―me preguntó cuando salimos de Mc Donald’s.

―No, no, me quedo con vos. Me traje ropa para ir a trabajar mañana ―le dije sonriendo y le di un beso. Estaba contenta por cómo me había defendido frente a su hermana.

―Ah, Anita, bien, eh, bien ahí, estamos bien.

―Ti ―me salió y caminamos de la mano hacia el estacionamiento.

Recordé que había experimentado una sensación de dicha horas antes de confesarle a Martín que ya no era virgen. Y de inmediato, había sobrevenido la penuria. Por eso, esta vez, con Gustavo, no me entregué al sentimiento. No fuera a ser cosa que la felicidad obrara como un llamado inmediato a la desgracia.  O que Gustavo diera el zarpazo. Algo más probable.

Al otro día lo vi dormido en la cama y, después de dar muchas vueltas, le di un beso en la mejilla antes de irme a trabajar, cuidándome de no despertarlo. Había sido casi mi esclavo todo el fin de semana y no había insistido de nuevo con que le hiciera el contrato para el boliche de los amigos de Edy. Verme viviendo con él empezaba a provocarme una sensación muy agradable. Tan agradable que, al mediodía del mismo día, mientras trabajaba, hasta fantaseaba con la idea de quedar embarazada.

Tuve ganas de llamarlo, pero él se me adelantó:

― ¿Estás muy ocupada, Anita?

―No, no, ahora no, ¿vos qué estás haciendo?

―Acá, en la oficina, con Bety, viendo unas cosas. Estaba pensando en lo de ayer, Anita. Ibas a pagar una factura de casi seis mil pesos a mi hermana y no me ibas a decir nada.

―Ay, bueno…

―No, Anita, pero no te lo digo para retarte. Te lo digo porque me di cuenta de que esa factura es más que tu sueldo. ¿Y te parece, Anita? ¿Seguir trabajando por tan poco?

―Es que no consigo otra cosa, ¿qué querés que haga? Lo de docente conseguí, nada más. Pero para tener más horas de clase tengo que esperar al año que viene.

―Anita, pero si te venís a vivir conmigo, no necesitás nada.

―No, pero no me gustaría que me mantuvieras. Yo estudié, hice muchas cosas.  Quiero trabajar.

―Pero, Anita, tomalo como algo temporal, hasta que consigas un trabajo que esté a tu altura.

―No, no, pero no.

―Pensalo mejor, Anita, con tranquilidad, pensalo con tranquilidad. No descartes la idea así, de una.

―Bueno, lo pienso, no sé…

―Porque nosotros dos tenemos que estar conectados, Anita, tirar para el mismo lado, ¿entendés?

―Sí, sí, entiendo, entiendo.

― ¿Entendés? ¿Seguro?

―Sí, sí, seguro.

―Está bien, Anita.  ¿Adelantaste el fin de semana con el estudio, no?

―Sí, sí, te dije que sí. Me rindió bastante el tiempo, por suerte.

―Bueno, Anita, mejor así. Me podés ayudar con lo del contrato del boliche entonces. Estoy desesperado con eso, Anita ―me dijo y yo largué un “Hijo de puta” en mi mente, pero luego me acordé de lo cara que era la ropa que me había llevado de la tienda de deportes de sus padres  la tarde anterior y  de su  ofrecimiento de mantenerme, y no pude negarme.

―Pero mirá que tres días me va a llevar seguro hacerlo.

―Está bien, Anita, porque ellos quieren inaugurar el boliche el  miércoles de la otra semana y necesitan la plata a más tardar este jueves. Tiene que estar listo para el jueves el contrato. Y hoy es lunes. Llegamos.  Pero hacé todo lo mejor que puedas, por favor, Anita.

―Sí, lo hago.

―Bueno, quedamos así, Anita. Ahora te mando un mail con todos los datos que necesitas.

―Está bien, lo espero, Un beso. Chau ―dije y corté, todavía con ganas de irme a vivir con él y quedar embarazada.

El jueves a la mañana, después de tres noches durmiendo dos horas, pude tener listo el contrato y se lo envié a Gustavo por mail, para que lo leyera antes de firmarlo.

―Muy bien, Anita, muy bien, me parece que está muy bien hecho el contrato ―me dijo cuando me llamó a los pocos minutos.

―Ah, bueno, mejor, me alegro.  ¿Pero te parece que van a aceptar que  pongas doscientos mil dólares y te quedes con el treinta por ciento de un negocio de dos millones y medio? ¿No es mucho?

―Anita, ya está hablado eso. Ellos no tienen la plata. Sin mis doscientos mil no pueden inaugurar y van a perder toda la inversión que ya hicieron. En una hora me reúno con los chicos estos y Edy y firmamos. Quedate tranquila.

― ¿Y Edy también pone plata?

―No, Anita, Edy está ilíquido. Puso toda la plata en la bolsa y por eso se perdió este negocio. Yo le dije, si no es algo que ves y tocas, no vale la pena invertir. Porque a mí, Anita, las acciones, los bonos y esas cosas, no me gustan.

―Sí, ya sé.

―Bueno, Anita, no sé si te llamo de nuevo hoy, ¿eh? Porque tengo muchas cosas que hacer y mi avión sale a las seis.

― ¿Avión? ¿Qué avión?

―El avión, Anita, a las seis me voy a Río, a volar un poco en parapente, así me relajo.

―Pero… pe…. pe… no me dijiste nada.                    

―Sí te dije, Anita.

―No, no… no… no me dijiste.

Sí te dije. Te dije, Anita.

―No, no me dijiste.

―Bueno, Anita, no sé, no importa ahora. Este fin de semana vas a tener que trabajar, ¿no?

―El sábado…

―Entonces tenés el domingo para estudiar. Aprovechá el tiempo. Yo vuelvo el miércoles de la semana que viene, justo para la inauguración del boliche ―me dijo y se produjo un silencio. Me había quedado perpleja―. Nos vemos ―agregó después―. Un besito, Anita, te voy a extrañar ―y cortó.

―No es que no te quiera. Te quiere, pero a su manera, es así y lo tenés que aceptar ―me dijo Carla el sábado a la noche, en el departamento que había alquilado.

―Ay, lo de que me quiera a su manera me lo venís diciendo desde que empecé con Gustavo. Y a mí me da algo eso. No está bien

― ¿Qué no está bien?

―Que es una excusa boba. Algo tonto. Que me quiere, pero  “a su manera”. Porque, ¿qué quiere decir eso, a ver?  Que puede hacer cosas que me hieran, ¿no?

―Y sí…

―Claro. Pero igual me quiere.

―Sí,  te quiere, pero a su manera. Es así

―Y si por quererme “a su manera” me puede hacer cosas que me hieren o ser un hijo deputa conmigo, ¿qué diferencia hay  entonces entre que me quiera o no me quiera?

―Bueno, la complicas.

―No, no la complico. Que te quieran a su manera, como decís vos, o que no te quieran, es lo mismo. Una boludez total es esa frase. El tipo me usó, se hizo el bueno para sacarme el contrato y después se fue de viaje y me avisó el mismo día. ¿Te parece bien? ¿Y que sí, que está bien porque me quiere a su manera me vas a decir?…  Carla, dejate de joder.

―No, no te usó. No seas exagerada. Te regaló toda esa ropa. Te dio las llaves del departamento. Te insistió en que te vayas a vivir con él. No te usó. Nada más te pidió el contrato y después se fue de viaje. Pero eso no quiere decir que te use ―dijo Carla y mi celular sonó:

―Hola, ¿estás con Gustavo? ―me preguntó Tía Linda.

―No, no, Gustavo está de viaje. Estoy con Carla ahora. ¿Qué pasa?

― ¿De viaje está Gustavo?

―Sí.

―Ah…

― ¿Qué pasa?

―Algo grave.

― ¿Qué? ―exclamé asustada.

―Que Gustavo lo cagó o lo está cagando a tu tío con los de las clínicas de belleza. ¿Vos no sabés nada, no?

―No, no, no sé nada, obvio, ¿cómo que lo está cagando?

―Y sí, sí, Ana, a esta altura nos damos cuenta  de que lo está cagando, bah, de que ya lo cagó. Lo estafó, lo ventajeó, lo mexicaneó,  o como se llamen estas cosas.  No sé…

― ¿Pero qué pasó? Decime bien.

―Gustavo compró las últimas diez máquinas que hacían falta para las clínicas. ¿Y viste que tu tío le dijo todo lo que había que comprar, no?

―Sí.

―Bueno, después instalaron todas las máquinas, empezaron a tramitar las habilitaciones en el ministerio de salud… Tu tío hizo todo, todo lo que se necesitaba para poner a las clínicas en marcha y hasta le escribió un manual de organización y otro de pasos a seguir, como un protocolo de atención a los pacientes.  Y eso solamente lo podía hacer él, que es un cirujano estético con experiencia.  Es el que sabe.

―Sí, ya sé…

―Y Gustavo también se nota que lo sabía, porque cuando le sacó a tu tío toda la información que pudo, desapareció.

―No, ¿qué desapareció? Está de viaje, se fue hace tres días, no desapareció.

―Pero para tu tío sí desapareció, Ana. Hace diez días que no le atiende el teléfono.  Cuando le habló de formalizar, de armar la sociedad por escrito, ahí Gustavo se mostró evasivo. Iban a ir cincuenta y cincuenta,  era así, ¿no?

―Sí, sí, era así, Gustavo ponía el capital y Tío Rico y Famoso, los conocimientos, la parte médica, el trabajo. Iba a ser el director médico de todo e  iban a  ir cincuenta y cincuenta. Sí, habían quedado así.

―Pero Gustavo se arrepintió y  le dijo que no, que le parecía mucho, pero se lo dijo hace dos semanas, cuando ya estaba todo armado, cuando ya le había sacado toda la información que necesitaba sobre el negocio, ¿me captas?

―Ay, ¡qué hijo de puta!

―Pero no es solo eso, porque tu tío se mostró abierto a negociar, a aceptar un porcentaje menor, pero Gustavo quedó en llamarlo y ahí fue cuando desapareció y no le atendió más el teléfono.

―Bueno, pero a lo mejor fue porque estaba ocupado. Decile que espere un poco ―dije con la esperanza de que la realidad no fuera como mi tía me la estaba mostrando.

―No, Ana, no hay nada que esperar. La cagada ya está hecha porque las clínicas van a abrir al público el jueves que viene y en las publicidades figura otro director médico. ¿No las viste?

―No, ¿qué publicidades? Yo no vi nada. Gustavo me dijo que estaban por inaugurar, sí,  pero lo de un director médico nuevo que no fuera Tío Rico y Famoso, no, no me habló de eso. ¿Y vos cómo lo sabés?

― ¿Pero no viste todos los carteles que hay en la calle? Si lees la letra chica, ahí figura el nombre del director médico. 

―No, ¿pero qué carteles? Si no me dijo nada de eso. Gustavo me lo hubiera contado. Si siempre me habla de las publicidades. Le encantan esas cosas. No, no puede ser lo que me estás diciendo.

―Ana, “Bella Total”. ¿No viste esos carteles? Están por todo lados, en la calle, en los colectivos,  en las revistas, hasta en la radio está haciendo publicidad.

―No,  yo no vi nada. ¿Y  “Bella Total” además? No, no es Gustavo ese. No se pueden llamar así las clínicas.

―Se llaman así, Ana. Tu tío no estaba de acuerdo, pero Gustavo fue para adelante igual con ese nombre que chorrea grasa.

―Pero las clínicas, hasta donde yo sé, se iban a llamar “Beautyfast” o “TotalBeauty”. Los carteles que viste no tienen nada que ver con Gustavo.

―No, Ana, las marcas “BeautyFast” y “TotalBeauty” ya estaban registradas y por eso Gustavo tuvo que cambiar el nombre por el de “Bella Total”. Salí a la calle, prestá atención, vas a ver carteles de “Bella Total” por todos lados.  Y fijate las direcciones, son las clínicas que iba a abrir con tu tío.  Y el director médico es un chico joven, recién recibido. Gustavo lo eligió para pagarle dos mangos con cincuenta. Seguro que lo eligió por eso. Es evidente. Total, ahora qué le importa. Ya  tiene toda la información que le dio tu tío, no necesita más a alguien con experiencia para hacer el negocio. O eso cree.

―Pero no, no, no lo puede haber cagado así y menos sabiendo que es pariente mío.

―Las primeras víctimas de los estafadores son los parientes, Ana.

―No, pero esto no es una estafa tampoco.

―Mirá, no será una estafa,  pero le pega en el palo.

―No, bueno…. no sé ¿Y por qué me llamas vos para decirme esto y no me llama Tío Rico y Famoso directamente?

―Ana, tu tío piensa que vos sos cómplice de Gustavo, que sabías todo, que colaboraste para sacarle toda la información posible y después pegarle una patada en el culo y dejarlo afuera del negocio. Por eso te llamo yo y no él,  ¿me captas?

―Sí, te capto, te capto ―dije sintiéndome hundida en el estupor―. ¡Pero, che, qué hijo de puta mi tío también! ¡¿Cómo va a pensar eso de mí?!

―Yo ya le dije que no es así.  Me puedo imaginar cómo fueron las cosas.

―Sí, que soy una boluda te imaginas.

―No, ¿boluda?, ¿qué tenés que saber vos todo lo que hace tu novio?

―Pero igual…

―No te aflijas, no vale la pena. No tenés nada que ver. Ya tu tío se dará cuenta y yo no voy a dejar de decírselo tampoco. Ahora hablá con Gustavo y fijate a ver qué te dice. Aunque yo lo mandaría a la mierda y le pegaría también.  Pero queda en vos lo que vas a hacer.

―Sí, ahora lo voy a llamara a ver qué me dice.

―Sí, llamalo, llamalo y andá viendo también qué le vas a decir a tu papá de todo esto.

― ¿A mí papá?

―Es que tu tío lo va a llamar y le va a contar todo. Le va a decir que  cree que vos sos cómplice. Así que preparate también para una gran pelea familiar.  Yo intenté pararlo, pero no pude.

― ¿Y tu tía que tiene que hacer metida en todo esto? Yo no entiendo eso ―dijo mi madre, al otro día.

―Ay, mamá, cortó con Gabriel, date cuenta lo que está haciendo metida en el medio.

―Yo no sé cómo mi hermano puede pensar que mi hija le hizo una chanchada así ―dijo mi padre y se sentó, rendido, en un sillón.

―Papá, es que no me conoce tanto…

―Sí te conoce,  es tu tío.

―Nunca fue un tío muy apegado.

―Pero el juicio se lo va a hacer a Gustavo, no a Ana, ¿eso te dijo, no? ―inquirió mi madre.

―Sí, eso me dijo. Lo único que nos falta es que Ana se coma un juicio por culpa del narco ese.  ¡No lo ves más, eh!

―Esperá, esperá, no sabemos bien qué pasó todavía, nos falta escuchar a Lamazán ―le dijo mi madre.

― ¡No! ¿Qué escuchar a ese delincuente? Yo no quiero que mi hija siga más con él. No la quiere. Ya lo dije muchas veces. Esto que hizo es el colmo de todos los colmos. ¡Estafar al tío de la novia!  ¡Por favor!

― ¿Por qué no insistís a ver si te atiende? ―me preguntó mi madre.

―Mamá, ya probé muchas veces. Me da apagado. Y no sé si es porque lo apagó o por algún problema para comunicarse con un celular que está en Brasil.

―Es mejor que esto haya pasado ahora ―dijo mi padre―. Porque el narco te iba a hacer perder el tiempo y ya pasaste los treinta, no estás para perder tiempo justamente. Almazán no te quiere. Nunca te quiso. Se va de viaje solo. O con putas. ¿A mí quién me dice que no es así? Tampoco se quiere casar…

―¡Ay, pará de hablar en pasado, como si las cosas se hubiera terminado!― le reprochó mi madre―. A mí qué me importa tu hermano. Mi hija no se va a arruinar el noviazgo por el tío, que tampoco es tan buena persona que digamos.

―Mamá, pero si Gustavo le hizo eso, yo no voy a seguir con él. Sea como sea mi tío. No importa.

―Ana, no seas boluda. Nadie se va a sacrificar por vos, eh. ¿Y por qué vos tenés que hacerlo por los demás?

―Tenés tanto miedo de que tu hija se quede soltera que querés que tenga un tipo al lado a  cualquier precio. ¿Qué tenés en la cabeza? ¿No viste lo que hizo? Me acabo de pelear con mi hermano por culpa de él. Siento una vergüenza y una bronca que tengo miedo de que me agarre un infarto. Si lo veo, lo mato al narco ese.

―Todavía no está dicha la última palabra. Yo quiero saber qué tiene que decir Lamazán a todo esto porque todavía no sabemos quién tiene la culpa. No prejuzguemos. Andá a llamarlo ―me ordenó.

―Tiene el celular apagado, mamá. Ya te dije.

― ¿La oís, no? El narco apaga el celular ¿Y querés que se rebaje y lo siga llamando?

―No, no quiero que se rebaje. Quiero que se aclaren las cosas.

―No se va a aclarar nada, porque el narco es oscuro. Seguro que va a usar las clínicas para repartir droga. No se pierde ninguna joyita tu hija.  Y no hay que preocuparse tanto porque se queda sin novio. Algo  va a aparecer pronto ―vaticinó mi padre―. Yo estaba pensando que ahora Gabriel está solo…. ―movió la cabeza―. Es un chico serio…  yo no me equivoco con esas cosas. Gabriel es el candidato ideal.

― ¡Ay, papá! ¡¿Gabriel?!  ¡¿Gabriel?! ¿Cómo me voy a enganchar con uno que fue novio de mi tía? Y hace, como mucho, dos semanas que cortaron. ¿Qué decís?

―Pero qué te importa que haya sido el novio de tu tía. Si ahora todos se meten con todos. El mundo es un puterío de la gran puta. Tu tía no se va a enojar. Está entretenida con mi hermano. Ni se va a dar cuenta.

―Y Gabriel está más cerca de vos en edad que de mi hermana ―dijo mi madre―. Cuando se peleó con Empresaria, yo lo pensé también, yo pensé que Gabriel te convenía, pero ella se adelantó y se lo levantó. Te lo podría haber dejado a vos en ese momento. La verdad, ¿no?

―Pero cuando Tía Linda se lo enganchó, Gabriel se acababa de pelear con una amiga mía. Empresaria era mi amiga. Date cuenta de lo que estás diciendo, mamá. ¿Cómo yo me voy a enganchar con un tipo que fue novio de mi amiga? ¿Y, ahora, también, de mi tía? Ustedes dos están locos ―dije, tomé mi celular y caminé hacia mi habitación.

―Le tendríamos que decir a Gabriel que siga viniendo a cenar los domingos, así hacemos el enganche― oí a mí padre antes de cerrar la puerta.

Un largo camino hacia un final francés (I)

Cerré la puerta de mi casa con la voz de la hermana de Martín resonando en mi mente. << ¡La puta madre! Yo iba a ser amiga de ella. ¡¿Por qué me la cambiaron por otra?! A la hermana de Gustavo le falta decir “Maldita lisiada” y es una villana de telenovela completa>>, pensé y mi madre apareció en la penumbra, vestida con un camisón:

― ¿Qué hacés acá a esta hora? ¿Por qué no te quedaste a dormir con Gustavo?

―Porque no, mamá. Ya sabés. Si me quedaba, mañana papá me va a decir que le hago “los favores” gratis.

―Ay, ¿si no le das bola a tu papá? No es por eso, es porque querés dormir sola, en tu cama. Te conozco. No me mientas.

Mi padre había recibido con suma felicidad la noticia del comienzo de mi romance con Gustavo Almazán.

― ¿Ven? ¿Ven? Yo no me equivoco, no me equivoco.  Siempre supe que Almazán es el candidato ideal para mi hija ―dijo ―. ¡Vas a tener mucha plata!― vaticinó entusiasmado.

―Eso sí que no lo creo.  La plata es de él, papá, solamente de él. Y yo siempre voy a andar con miedo de romperle algo y no podérselo reponer. No te ilusiones―le dije.

―Pero no, no, siempre tirándote abajo vos, diciendo estupideces. Almazán se tiene que casar en seis meses y listo. Esa es la condición que le ponemos

Y por esa condición mi madre y yo lo sentamos, le hablamos, le suplicamos,  intentamos convencerlo por las buenas, hasta que finalmente tuvimos que apelar a amenazarlo con una exclusión del hogar familiar si  se le ocurría  pronunciar la palabra “casamiento” delante de Gustavo Almazán.

― Y tampoco vayas a contar anécdotas bobas de cuando era chica, eh. Y no hables  de política,  porque te vas a enojar. Mirá que a Gustavo lo único que le interesa es que el gobierno de turno le deje ganar plata tranquilo. Después, que se mueran todos, que a él no le importa.

Mi padre se debe haber sentido tan presionado por mis advertencias y amenazas que casi no habló cuando Gustavo vino por primera vez como mi novio a cenar a mi casa. Noté los silencios incómodos que se produjeron en la mesa y el esfuerzo que mi madre puso en taparlos, no siempre con éxito.

Por eso, en la segunda comida, hubo otros dos invitados: mi tía y su novio Gabriel. Y el problema de los silencios quedó solucionado. Y la tradición, instalada: los mismos comensales se sentaron a la mesa de mi casa las noches de domingo que siguieron.

Aproveché cada ocasión para tratar de modificar los gustos culinarios de Gustavo y tuve un éxito  moderado en mí misión, porque no logré que le agradaran el pescado o los mariscos, pero sí las pastas y otros platos con verduras.  Por su parte, Tía Linda alcanzó las tres metas que se había propuesto: hizo que Gustavo se habituara a tomar vino,  que contribuyera con una botella de uno bueno a cada cena y que se hiciera amigo de Gabriel.

―No es que yo sea la complicada, mamá ―le dije sentada en mi cama―. No sé cómo te sentirías vos con un tipo así.

― ¿Yo? Yo  me sentiría bien, bárbaro. Si tu papá es un desastre. No tiene un mango y ahora,  por poco,  lo tengo que obligar a bañarse.

―Pero papá no te dejó sola nunca. Nunca se fue de viaje y no te llevó.

―Y no, no, eso no…

Al mes y medio de empezar la relación, un miércoles, Gustavo me dio un beso en la puerta de mi casa al despedirse y me dijo:

―Pasado mañana me voy a bucear a Puerto Madryn.

―Ah…

―Y mañana estoy complicado, así que nos vemos el lunes, cuando vuelva, Anita.

― ¿El lunes? … bueno…  

Y tuve que conformarme con recibir un par de mensajes de texto durante los días que estuvo buceando, porque no fue capaz de llamarme. Ni esa vez ni todas las demás que se fue a Miami por negocios, a Río de Janeiro, a volar en parapente, a Chile, a correr una maratón con Gabriel, y a Dubai, para conocer nomás.

―Pero nunca se fue más de diez días. Y convengamos en que tu papá nunca me dejó sola porque nunca tuvo adónde ir. Hay que ver las posibilidades de cada uno también…. Y Gustavo te llevó a Uruguay una vez…

―Sí,  pero…

―Lo que pasa es que vos  no le decís nada.

―Es que él me cerró esa posibilidad. Ya te conté. Me dijo que de sus novias anteriores  justamente le molestaban esas cosas, que le hicieran reclamos, que no lo dejaran viajar, que lo controlaran…

―Pero con ninguna de esas novias duró más de seis meses. Con vos ya lleva un año casi….

―Porque yo capté el mensaje, mamá, y no le rompo las pelotas. O se las rompo lo mínimo imprescindible.

―No creo que sea por lo de captar o no captar.  Yo te vi, Ana. Las veces que Gustavo se fue de viaje,  lo primero que hiciste es llamar a Carla para organizar algo con ella, contenta, como liberada…

―Puede ser…

―Es que no lo extrañas. Por eso no le hacés reclamos. Al final, parece que preferís que se vaya lejos.

Mi mamá no se sintió muy feliz cuando la relación con Gustavo comenzó. No participó de los festejos de mi padre  porque ella decía conocer mis sentimientos. Repetía sin cesar que yo no estaba enamorada y que el noviazgo no prosperaría. Y aunque sabía que algo de razón ella tenía, no aceptaba la idea de alejarme de Gustavo, pues  sentía que su presencia en mi vida no solo me corría del lugar de la jamás querida por un hombre, sino que también me brindaba un entretenimiento que amortiguaba los síntomas del duelo por la mala experiencia que había vivido con  Martín.

Que estar con Gustavo era mejor que estar sola quedó demostrado cuando el gran portón de la quinta de Tío Rico y Famoso se abrió y yo hice mi aparición sentada en el asiento del acompañante de la BMW X6. Vi la expresión de satisfacción y orgullo en el rostro de mi madre y supe que ella había caído en la cuenta de lo mismo que yo.

Para nunca haber tenido un hombre que me acompañara a reuniones familiares y sociales, aparecer de golpe con uno lindo y millonario me compensaba por todas las carencias anteriores y hasta me daba crédito para el futuro. No me enorgullezco al reconocerlo, pero  fue placentero para mí percibir chispazos de envidia en los ojos de mi prima de veinte años (con pareja desde los diecisiete)  y en los de su madre, cuando las saludé y les presenté a “mi novio”.

Leí muchos libros de autoayuda cuando Ferni me dejó y en ellos me encontraba  con frases como: “una persona no vale por lo que tiene sino por lo que es”, que me alegraban un poco,  pero que jamás pude llegar a creer del todo.  Y lo bien que hice, pues nunca como ese domingo en la quinta de mi tío supe que afirmaciones del estilo resultarían verdaderas si todos los que rodean al que “vale por lo que es y no por lo que tiene” fueran monjes budistas y vivieran meditando, vestidos con túnicas, arriba de una montaña.

Mi tío jamás me había prestado atención. Su relación conmigo se limitaba a los saludos de bienvenida y de despedida. Creo que ni siquiera me felicitó cuando me recibí.  Pero cuando me vio ese día con un novio rico no tuvo reparos en acercarse, palmearme la espalda con afecto, referirse a mí como “su sobrina” a cada rato  y hasta preocuparse de que tuviera la copa de bebida siempre llena y de que la carme asada estuviera cocida al punto de mi preferencia.

―Anita, ¿falta mucho para que termine esto? ―me preguntó Gustavo cuando sirvieron el postre.

―Es el cumpleaños de mi tío. No nos podemos ir hasta que corten la torta ―le dije. <<Y podrías dejar de bostezar y de hablar por teléfono, que yo me banco sin chistar los paseos por el zoológico con tus sobrinos, las películas 3 D de mierda que vemos con ellos, los juegos de mesa y todas las demás cosas que más me embolan hacer en esta vida>>,  quise agregar pero no me animé a hacerlo.

―Pero no están festejando mucho que digamos, Anita, si somos tus padres,  nosotros dos y ellos, nada más. Y a mí me están esperando para la carrera de cuatriciclos. Vos quedate, si querés. Yo me voy.

<<Si te vas a la carrera ahora y me dejas acá, no me ves más>>, hubiera deseado espetarle, pero como tuve miedo de que me respondiera “Bueno”,  dije,  en cambio:

― No, esperá un poco. Queda mal que nos vayamos ahora y falta mucho para la carrera todavía.

― Pero ya te dije, Anita, vos quedate y listo. Después te volvés con tu papá y tu mamá. ―insistió y lo miré con expresión de disgusto―. Bueno, espero media hora más.  Pero nada más.

―Me falta comprar un par de aparatos y terminar con la decoración de la clínica ―le informó mi tío a mi papá―. Ahora estoy buscando a alguien que me haga las relaciones públicas, porque calculo que si logro que una actriz o una modelo me nombre en televisión, ya está, ya el camino está abierto.

―Eso es de comerciante, no de médico ―protestó mi padre.

―Ser médico no es incompatible con ganar plata ―le retrucó mi tío.

―Si necesitás un RRPP, yo te lo puedo conseguir―se metió Gustavo.

― ¿Ah, sí?

― Si me decís bien qué necesitas, le pregunto a mi amigo Edy, que tiene contactos en los medios ―dijo Gustavo mirándome.

Edy era el mejor amigo de Gustavo. Se conocían desde chicos y los dos, cada uno por  su propio camino,  habían logrado convertirse en empresarios prósperos.   Edy tenía una cadena de restaurantes de comidas rápidas en varios shopping, una agencia de alquiler de autos de alta gama y siempre salía con mujeres despampanantes que aparecían en los programas de chimentos de la televisión.

Pero yo nunca tuve que preocuparme por ellas,  pues a Gustavo le llamaba más la atención un cambio de llantas en el auto de su amigo que los pechos voluptuosos de cualquiera de sus acompañantes eventuales.

―Lo que estoy armando es una pequeña clínica que se va a dedicar exclusivamente a hacer tratamientos estéticos no invasivos, sin cirugía ―le explicó mi tío―. Yo soy cirujano estético y tengo ya mi clínica para hacer intervenciones quirúrgicas, pero ahora  la idea es abrirme el panorama para abarcar a otra demanda también.

― ¿Y cómo son los tratamientos que querés hacer? ―preguntó Gustavo.

― Son tratamientos para celulitis, adiposidad localizada, arrugas leves… También voy  hacer depilación definitiva

―Ah… ―dijo Gustavo―. Hay mucha demanda de eso ahora.

―Sí, sí, hay mucha demanda. Por eso tengo planeado abrir una clínica y dedicarle toda la ganancia que tenga a abrir una segunda y así sucesivamente, hasta armar una cadena importante. Yo creo que va a ser posible.

― ¿Y por qué no abrís varias de una, con una marca? ―le preguntó Gustavo.

―No, hoy por hoy no tengo como financiar eso. Los aparatos que se usan en los tratamientos son muy caros.  También está el alquiler de los locales…

― ¿Y por franquicias? Es una buena forma de expandirse esa. Te lo digo por experiencia. Acá, Anita, te puede ayudar con eso.

―Sí, yo ya sé que mi sobrina me podría ayudar con todo. Pero la franquicia en esto no me cierra,  porque quiero que las sucursales sean mías. No es una cuestión económica, es una cuestión médica. Quiero controlar yo todo lo que se haga con los pacientes.

― ¿Pero no son no invasivos los tratamientos? ―inquirió Gustavo, cada vez más interesado en la conversación.

―Que sea no invasivo no quiere decir que no tenga riesgos. Los tratamientos con aparatos del ultrasonido  a veces tienen más riesgos que una operación ―acotó mi papá.

―Depende del paciente. Por eso hay que ser responsable y cuidadoso con todo ―dijo mi tío.

―Pero es una lástima empezar con una sola clínica porque le das tiempo a los competidores a que se armen ellos también. Se me ocurre que este negocio funcionaría bien en los shopping, con locales en shopping, ¿no, Anita?

―No sé…

―No, ¡¿cómo vas a ofrecer tratamientos de medicina en un shopping?! ―exclamó mi papá, indignado.

―Pero son estéticos, la gente los toma como a la peluquería ―le respondió Gustavo.

―Es una falta de respeto a la medicina

―Y… pero el shopping tiene un costo… ―dijo mi tío sin atender a mi padre.

―Tiene costo mayor pero te da una publicidad importante, prestigio también ―siguió Gustavo y ya lo vi venir.

―Pero eso está fuera de mis posibilidades en este momento.

―Necesitás un socio inversor entonces ―dijo Gustavo y se olvidó de los cuatriciclos.

No volvió a insistir con la idea de irse y se quedó sentado en la mesa, delineando con mi tío los detalles del nuevo negocio y de la sociedad nacida entre ellos en ese momento.

―Menos mal que a tu tío se le ocurrió hablar del negocio ese día. Si no,  Gustavo se iba. Yo le vi las ganas en la cara. Pero ahí la falla fue tuya.  Es tuya. Porque no te tiene que importar molestarlo. Le tenés que decir las cosas igual, no tenerle miedo ―me recomendó mi madre.

―Pero es que es tan diferente a mí, mamá. ¿Sabés lo que me dijo recién? Que no se puede casar por la plata, porque es de toda la familia y no puede arriesgarse a entrar en una sociedad conyugal conmigo.

―Y sí, bueno, era esperable. Lo blanqueó. ¿De qué te sorprendes? Ya se veía venir eso, ¿pero te volvió a decir de irte a  vivir con él?

―Sí,  y está insistente.

―Y bueno…

― ¡Ay, mamá! ¿Pero a vos quién te entiende al final? ¡¿Me decís que no estoy enamorada y después me decís que me vaya a vivir con él?!

―Que no estés enamorada no tiene nada que ver con esto. Vos tenés  muy idealizada esas cosas. Y no siempre se dan así. Puede ser que un amor grande nunca te llegue y es una realidad que tenés que aceptar porque es la del común de la humanidad. Es difícil coincidir. Es difícil que vos te enamores locamente de alguien y que la otra persona también se enamore locamente de vos.

―Pero hay gente a la que le pasa.

― ¿A quién? A la mayor parte, no, te lo puedo asegurar.  Te gusta alguien, estás bien y listo. Es así. Yo que vos probaría vivir con  Gustavo y también probaría decirle las cosas, retarlo cuando hace algo que te molesta. Vas a ver cómo cambia.

―No, mamá, los psicólogos dicen justamente lo contrario a lo que estás diciendo. Dicen que la gente no cambia, que nunca hay que formar una pareja esperando cambiar a la otra persona porque eso no se puede lograr.

―Los psicólogos dirán lo que quieran, pero yo logré cambiar muchas cosas de tu papá.

―Boludeces, mamá, ¿qué te podía hacer papá? Nada. No compares. Gustavo me dijo recién que me quede tranquila, que si tenemos hijos quedo asegurada en lo económico igual que si estuviéramos casados. ¿Y qué querés que le diga a eso? ¿La verdad de lo que pienso? ¿Qué es un asno?

―Pero no se lo digas así,  solamente decile lo que le tenés que decir pero con diplomacia. Hay que ser hábil en el manejo de las palabras también. Lo que pasa es que vos sos muy tosca, pasas de la nada a un insulto sin término medio .Fijate lo que hacés. Y hacé lo que te conviene, porque si tuvieras a otro rondando, bueno…

―Claro, si tuviera a otro….

―Y sí, sí, si tuvieras a otro por ahí lo podrías pensar.  Porque nadie se queda solo, Ana. No seas boluda. Hay que ser vivo como son los demás ―me dijo y se puso de pie―. Y ahora acostate, que vas a ir a trabajar sin dormir…  ¡Ah!  Y no le vayas a contar a tu papá lo que te dijo  Gustavo del casamiento, que le va a tomar más bronca todavía ―agregó y salió de mi habitación.

Mi padre, después de vivir un período corto de felicidad y euforia por mi conquista, pasó a otro, de hostilidad creciente hacia Gustavo.

―Los cubiertos de plata no los usemos más cuando venga el narco a comer, eh―le dijo a mi madre un día―, que yo no los llegue a ver en la mesa de nuevo, porque  no le quiero andar rindiendo pleitesía al tipo que salta en la cama desnudo con mi hija. Y ni habla de casarse, encima.

―Llevan tres meses recién. No es tiempo para hablar de casarse todavía ― le replicó mi madre.

―Tampoco es tiempo de andar de mete y ponga entonces.

― ¡Pero por qué no te callas! Ya tu hija está en edad. Y pasada también… ―exclamó mi madre y la discusión terminó ahí.

―Ya va bastante tiempo de noviazgo ―le dijo en otra ocasión mi papá a mi mamá,  cuando Gustavo y yo habíamos pasado los seis meses de relación―. Y de los Escobar Gaviria ni noticias…

Mi papá llamaba a la familia de Gustavo “los Escobar Gaviria”, en alusión al famoso narcotraficante colombiano.

―Y no son muy simpáticos, parece.

―No sé, a lo mejor los tenemos que invitar nosotros primero.  ¿Vos estás segura que no son los padres de la novia los que primero invitan? Porque tampoco está bien que conozcamos a los Escobar Gaviria recién en la fiesta de compromiso.

― ¡Pero qué decís!! No hay más fiesta de compromiso! Parecés de mil novecientos veinte. A vos la jubilación te afectó el cerebro, ¿no? Y tampoco hay reglas de quien invita primero. Pero podríamos invitar nosotros. Eso sí ―le dijo mi madre.

―No, mamá, no, ¿para qué? ―dije desesperada.

―Ay, sí, Ana, queda mal no invitarlos.

―Sí, sí, claro que queda mal, estamos quedando mal. A los Escobar Gaviria hay que invitarlos  y de paso arreglar lo del casamiento, como hacen los italianos con los hijos, que los casan los padres. ¿Cuándo los invitamos?

― En dos semanas podría ser  ―dijo mi mamá―.Puedo hacer lasagna de comer, que me sale bien, ¿te parece?

Y a mí papá le pareció tan buena la propuesta que al día siguiente comenzó con los preparativos y se puso a rasquetear y a pintar el baño. Mi mamá, por su parte,  sacó todas las cortinas que había en la casa  y las llevó  a lavar.

Calculo que los dos daban vueltas por el supermercado,  eligiendo los vinos que tomaríamos en el gran evento, cuando yo estaba en el estacionamiento de un shopping con los sobrinos de Gustavo. Él justo se había alejado unos metros, para pagar el ticket por la estadía de la camioneta y no pudo oír lo que el nene me dijo:

―Ese  es el auto que  te iba a comprar el tío ― y me señaló un Fiat 500  hermoso, rojo y  con techo corredizo.

― ¿Eh?  ¿Me va a comprar ese auto? ¿Con el techo así? ―le pregunté entusiasmada.

―No,   ahora ya no te lo va a comprar…

―Ah… ¿no?

―No, porque  mamá y la abuela le dijeron que no te lo compre.

―Ah… ¿le?… ¿le dijeron que no me lo compre? ―pregunté y pedí con la mirada más explicaciones.

―Es que mi mamá dice que vos sos pobre ―me dijo Mili, la niña

― ¡¿Pobre?! ¡¿Qué yo soy pobre?! ¿Eso dice?  ―exclamé. <<¡La re puta que los parió! Yo pensaba que era de clase media y estos me ven pobre!>>, pensé.

Porque tu casa no es muy grande y  el auto de tu papá es viejo―siguió el nene.

―Bueno, pero tan viejo no es, ocho años tendrá el auto….  y  además,  mi papá está por cambiarlo ahora ―dije. << Contale  a tu mamá, ¡pendejo de mierda! Y mi casa no es tan chica tampoco. Somos tres personas y  serán cien metros cuadrados para todos >>, agregué en mi mente.

Cuando Gustavo volvió con el ticket  de estacionamiento pago, concluí que no tenía que agarrármela con los chicos. Después de todo, ellos  siempre habían sido buenos y cariñosos conmigo y seguramente esta vez la inocencia los había traicionado y me habían transmitido los comentarios de su familia sin saber que podían herirme.

― ¿Qué te pasa? ―me preguntó Gustavo esa tarde,  después de que depositáramos a sus sobrinos en la casa de su hermana, al notar disgusto en mi expresión. .

―No, nada… no me siento bien  ―le respondí. Otra vez, no me animé a decirle lo que me sucedía. Su hermana y su madre sabían que mi papá no tenía un auto nuevo y que mi casa no era muy grande  porque Gustavo se los había contado.  No me quedaban dudas, pues ellas jamás habían visto el auto de mi padre ni habían estado en mi casa―. Llevame. Me quiero acostar.

―Pero, Anita, ¿tan mal te sentís?

―Sí, sí, me duele la cabeza y tengo ganas de vomitar. Me quiero ir a mi casa.

―Anita, ¿pero justo hoy que nos teníamos que dar cariño?  Me tenés en abstinencia…

―Pero si nos damos “cariño” cada vez que nos vemos,  como decís vos.  ¿Qué abstinencia?

―Bueno, Anita, pero hoy es sábado… uno está más relajado…

― ¿Y qué querés que haga? No me siento bien, no es mi culpa.

―No, no, ya sé, Anita, ya sé, algo que comiste te habrá caído mal. Seguro que es eso.   ¿Y si paramos en una farmacia y te compras algo para el estómago? Por ahí te ponés bien rápido ―me dijo y me guiñó un ojo.

―No creo que me haga bien tomar algo. Te voy a terminar vomitando encima.

―Ay, Anita, podrías ser menos descriptiva….

―Bueno, perdón…

―No, está bien, Anita…  ―dijo con expresión de asco y, a los pocos minutos, estuve depositada en mi casa.

― ¡¿Qué somos pobres?! ¿Eso dicen los Escobar Gaviria de nosotros?

―Sí, papá, eso dicen.

― ¿Y ahora qué hacemos? ¿Le llegaste a decir lo de la invitación a Gustavo?

―No, mamá, no le llegué a decir nada, por suerte, porque no los vamos a invitar ahora, me imagino, ¿no?

―Y no, no…. si dicen así, ¡qué gente! …  también vos podrías haber ganados más plata ―le recriminó mi madre a mi padre.

―Ay, mamá, no, tanta plata como ellos no hubiera ganado nunca papá.

―Es que ellos son narcos y yo soy honesto, ¿qué querés que haga?, ¿qué me ponga a cultivar marihuana?

―Bueno, tampoco digas pavadas, papá. No son narcos.  Todo bien con la broma, pero no te la creas porque no es así.

― ¿Qué no? A mí no me la vengas a decir. ¿De dónde sacaron tanta guita esos ignorantes que no saben ni comer? Ya debemos tener la casa marcada por la DEA nosotros,  por culpa de los Escobar Gaviria. Y Almazán no te quiere, no te quiere.  Lo terminó de demostrar con esto.

―Pero Lamazán  le iba a comprar el auto. Él la quiere. Lo que pasa es que la familia lo tiene demasiado dominado.

―No es la familia solamente. Es Almazán también. ¿O no se fue  muchas veces de viaje sin Ana?  Un tipo que quiere a una mujer no la deja sola. Ustedes me dicen que yo soy exagerado pero es así. Si estuviera enamorado, querría estar con ella siempre. Cualquier lugar del mundo, por más lindo que sea, no se disfruta si no estás con la persona de la que estás enamorado.

―Pero él no es como vos, papá.

―No, por supuesto que no es como yo, pero igual no te quiere,  no tenés que seguir con él. Y a esta casa no entra más el narco ese.

―Ah, no, no, él no tiene la culpa, es la familia, che, ¡basta!  Y no creo que no la quiera. Ya lo dije. Y no nos metamos nosotros. Lamazán viene los domingos, nada más. No molesta. Dejá que tu hija decida. No tiene otro mejor tampoco.

Me metí en la cama pensando en que hacía meses que la única vía de escape que mi madre veía a la relación con Gustavo era  la de “tener a otro”.  Algo imposible, porque,  por supuesto, no tenía, ni por asomo, a “otro” en el horizonte.

En la empresa me habían puesto a hacer una tarea eminentemente operativa. Yo era la pata argentina de un departamento de calidad y procesos que funcionaba en Brasil y mis tareas se limitaban a recabar información y enviarla en archivos Excel a San Pablo. Para eso debía recorrer sucursales, copiar números, inspeccionar procedimientos e inventarios y tratar con vendedores,  todas mujeres, y empleados de expedición y de depósito, todos hombres, pero que no superaban los veinte años de edad.

Como me habían puesto a trabajar algunos fines de semana  de manera rotativa y no estaba conforme, hacía poco tiempo había aceptado un puesto de docente en un instituto, que fue la única manera que encontré  de preparar un camino de salida de la empresa. Y en el instituto la situación se repetía: solamente trataba con alumnos, de dieciocho años. Y con otros profesores, mayores de cincuenta.  El ambiente en el que me movía, entonces, no era el más óptimo para encontrar al “otro” del que hablaba mi madre.

¿Y yo quería realmente encontrar a otro?  Tuve frío y me cubrí con una frazada. ¿Qué sentía por Gustavo? Lo mismo que siempre, hasta donde sabía. Una nada mezclada con odio y bronca. Mis sentimientos eran los mismos que cuando era su empleada. ¿Pero por qué?

Porque empecé la relación estando enamorada de Martín y no podía querer a dos a la vez.

Porque conocía a Gustavo y siempre supe que nunca sería tan importante en su vida como un buen negocio.

Porque no esperé nunca nada de él y jamás alimenté una fantasía romántica que lo tuviera como protagonista. En lenguaje de psicólogos,  no había proyectado deseo alguno que pudiera satisfacer  Gustavo y por eso lo veía tal cual era.  Un simio, a veces.

Sin poder elegir una respuesta, me dormí y me evadí del problema. Al otro día, abrí los ojos cuando el reloj despertador comenzó a sonar y el panorama me pareció más alentador. ¿Qué tal si lo que decía mi mamá era verdad? ¿Si lograba cambiar a Gustavo con solo hacerle ver las actitudes que me molestaban de él? No lo veía egoísta con su familia, menos con sus sobrinos. ¿Cómo sería con sus propios hijos si era tan bueno con ellos? Mejor, seguro.

Eran las nueve de la mañana cuando mi celular sonó. Leí “Gustavo” en el display. Si me llamaba tan temprano era porque quería  que le hiciera algún favor. Y no sexual, precisamente.

―Hola

―Hola, Anita, ¿cómo amaneciste?

―Bien. ¿Vos?

―Bien, Anita, bien. ¿Estás yendo para la empresa?

―Sí, estoy saliendo de mi casa. Llego tarde seguro.

―No importa, Anita, no te van a decir nada. ¿Hoy te toca sucursal?

―Sí,  pero bastante cerca.

―Bueno, mejor si es cerca, Anita ―dijo y se produjo un silencio durante el cual  me vi con tres chicos, sola, mientras Gustavo pasaba el tiempo tirándose en paracaídas, en Salta o en Pekín. No importaba.

― El año que viene no voy a aguantar más esto ―dije―.Prefiero hacer más horas como docente que controlar bultos que viajan en camiones.

―Me parece bien, Anita, me parece bien. Ya te dije que podés trabajar en las clínicas que vamos a abrir con tu tío.

―Bueno, no, no sé… y para eso falta…

―No, Anita, no falta nada. Ya estamos. En dos, tres semanas, inauguramos.

― ¿Ya?

―Y sí, Anita. Ya están todos los aparatos comprados.

―Ah, no sabía.

―Si te había dicho…

―No, no me dijiste.

―Sí, te dije.

―No, no me dijiste.

― Bueno, Anita, no sé, igual  no te llamo por eso.

―No, ya sé, me imagino…

― ¿Qué te imaginas, Anita?

―Que si me llamas tan temprano es porque querés que te haga otra cosa…

―Bueno, Anita, a esta hora…la verdad,  me gustaría que me hagas muchas cosas…  pero no me pongas hot ahora… ―dijo riéndose.

―No, si no creo que sea nada “hot” lo que tenés en mente conmigo para hoy.

―Y no, no, Anita, no, no es hot. Los amigos de Edy van a abrir el boliche ese que te conté y necesitan mi platita. Mucho la necesitan. ¿Entendés? Voy a hacer un buen negocio. Les tengo que prestar doscientos mil dólares.

―Ah…

―Y yo, Anita, entre que me hagan el contrato mis abogados o que me lo hagas vos, no tengo que pensar. Me lo vas a hacer mejor vos seguro, Anita.

―No, no, olvidate, olvidate. Sabés que tengo que estudiar,  tengo que dar los dos finales para recibirme. Y no puedo dejar de estudiar una semana para hacer un contrato así.  Me va a llevar mucho tiempo. No tengo tanta experiencia en redacción de contratos.

―Anita,  pero yo quiero que me los  hagas vos. No me quedo tranquilo si no me haces los contratos vos porque nadie me los va a hacer mejor. No hay nadie mejor que vos, Anita. Y falta para tus exámenes.

―Un mes falta, nada más. Necesito el tiempo para estudiar.

―Anita, sos inteligente. Sos la más inteligente. Vas a poder con todo. Y la más linda también sos.

En ese momento supe que para lograr cambiar a Gustavo, tenía que cambiar yo primero y hacer lo que me había recomendado mi madre: decirle lo que me molestaba.

―Soy inteligente, sí,  tan inteligente como para darme cuenta que no querés que te haga esos contratos por mi inteligencia. Querés que te los haga porque tus abogados te deben querer cobrar mucho y si te los hago yo, te sale gratis, ¿no?

― ¡¿Anita?! ¿Qué es eso? ¿Qué pasa?

―Eso es eso. Lo que oís pasa. Nunca le querés pagar nada a nadie. Si tus abogados te ganan un juicio, crees que no les debes nada porque ya lo tenías ganado. Y ahora es lo mismo. No valoras el trabajo de la gente. Y tampoco te das cuenta de que yo no tengo tiempo, que pierdo cosas por hacerte favores a vos.

―Anita, no, no es así. ¿Qué te pasa?

―Me pasa lo que me pasa. Tengo que estudiar. Hacer un contrato para ese boliche de los amigos de Edy es un quilombo, me va a llevar una semana más o menos. No se sabe ni quién es el dueño…

―No me gusta lo que me estás diciendo, Anita. Ayer también te noté agresiva…

―Lo lamento si no te gusta, pero es la verdad.

―Está bien, Anita, si pensás eso de mí, no tengo nada más que hablar con vos.

―Bueno ―dije y ya no oí nada del otro lado.

Guardé el teléfono en la cartera pensando en los reproches que me haría mi madre si Gustavo no volvía a llamarme.

― ¡No tenés punto medio! ¡ No sos diplomática! ¡No sos viva! ¡No sabés cómo manejar una situación! ¡Te dije que le hicieras ver las cosas con amabilidad, no con furia!  ―repetía  sin cesar su imagen en mi mente.

Copié en un archivo Excel  todos los datos de la mercadería que estaba en el depósito de la sucursal que me había tocado visitar ese día y lo envíe a San Pablo.  Estaba angustiada, muy angustiada, y esta vez no sabía por qué. Recordé un ejercicio que recomendaban en algunos libros de autoayuda para estos casos. “Si se siente mal, imagínese en una situación que le agrade, con sus problemas solucionados”. Entonces me vi sin Gustavo y con mi madre apoyando la decisión de la ruptura  de la relación. Pero no me sentí mejor. Luego me vi sola, yendo con Carla al cine y deseando estar en pareja. Me sentí peor. Por último, decidí no reprimirme y dejé que en mi mente apareciera Martín. Para mí sorpresa, el bienestar  que sentí no fue pleno.  Entonces seguí con el ejercicio e hice todo lo posible para que mis verdaderos deseos afloraran en forma pura.  ¿Qué era lo mejor que podía pasarme ese día? Que Gustavo me llamara, que me propusiera casamiento y no una convivencia.  Que hiciera algo que me demostrara que me quería. ¿Eso era todo lo que en realidad deseaba?  No podía creerlo.

―Hola ―dije cuando atendí mi celular esa noche.

―Hola, Anita. Es viernes. ¿Sabés?

―Sí, sé.

― ¿Dónde estás?

―En mi casa, ¿adónde querés que esté?

―No, en ningún lado. Quiero que estés como yo, que estoy en la mía, solo.

―Y bueno…

―Anita,  ¿podés creer todo lo que me dijiste esta mañana?

―No, bueno…

― ¿Ves, Anita? ―me apuró y me armé de coraje.

―Pero sí ―dije y respiré hondo―, sí  puedo creer lo que te dije porque te dije lo que sentía, lo que siento. No me das bola, no te ponés en mi lugar. Y yo no soy una mina para ser satélite.

― ¿Satélite, Anita? ¿Qué es eso?

―Eso, que yo no soy una persona para vivir de los proyectos de otro. Yo también tengo mis ambiciones, mis cosas.

―Nunca me hablaste de ningún proyecto, Anita.

―Sí te hablé ―seguí en mi plan de expansión sincera―. ¿Pero sabés qué?  Tengo que elegir con cuidado las palabras cuando te cuento algo, porque sé que tu atención no dura más de un minuto.

―Anita, no, no, no me hablés así porque no entiendo.  Sé más simple, por favor.

―Soy simple, y si no entendés lo que te digo es porque no te das ni cuenta. Yo te puedo estar contando algo importante  y vos estás mirando el cartel de Burger King, nene, a ver qué bien iluminado está, qué ancho es y si lo podés usar para algún negocio tuyo. ¿Ahora me entendés  lo que te digo?

―No, Anita, no, ¿qué tiene que ver el cartel de Burger King?

―Ay…. sos muy…

―¿Soy muy qué, Anita?

―No me prestas atención. Es eso. Mirá, un día te estaba contando algo importante para mí….

―Es que mi mamá y mi tía tienen una relación tirante. Y yo siempre estoy con miedo de que se agarren en una pelea fuerte y no se hablen por años ―le dije a Gustavo una tarde en la que caminábamos tranquilamente por la calle.

― ¿Por qué, Anita? ―me preguntó sin mirarme.

―Porque una vez estuvieron como diez años sin hablarse.

―Ah… mirá…

―Porque ellas dos son muy diferentes. Ya te conté de la relación de mi tía con mi tío, que fueron amantes muchos años..

― ¿Pero qué tío, Anita, el de las clínicas?

―Sí, es el único tío que tengo.

―  ¿Pero no son hermanos con tu tía, Anita?

―Ay, no, mi tía es hermana de mi mamá y mi tío, de mi papá. Te conté todo ya.

―No, no me contaste.

―Sí te conté.

―Bueno, Anita, no sé. ¿Y qué pasa ahora? ¿Tu tía no está con Gaby?

―Sí, pero salió muchos años con mi tío, que  siempre estuvo casado. Cuando mi abuela vivía se amargaba mucho por eso y se murió de un infarto una noche, después de discutir con mi tía, que justo venía de salir con él. Yo tenía nueve años. Fue feo porque mi mamá le echó la culpa  de la muerte de mi abuela a mi tía y no se hablaron casi diez años. Lo peor es que mi mamá sigue pensando que mi tía tiene la culpa de lo de mi abuela y a mí me angustia, me duele que piense eso, o no sé, me duele que haya pasado lo que pasó… ―dije y esperé una palabra de Gustavo. Pero él ya no estaba caminando a mi lado. Detuve mi paso, lo busqué con la mirada y lo vi parado media cuadra antes, observando el cartel de la fachada de un local de Burger King.

― ¿Ves, Anita? ―me dijo cuando me acerqué―. Quiero un cartel de este estilo para las clínicas.  Con letras así. ¿Quién los fabricará?

― Te estaba contando algo importante para mí y me dejaste caminar media cuadra hablando sola. No me diste pelota. Estabas prestando atención a otra cosa. Como siempre.

―Pero no, Anita, habrá sido esa vez nada más. Perdoname.  ¿Qué sé yo? Me estabas contando algo que pasó hace mucho y bueno… yo…

―No fue esa vez nada más ―lo interrumpí―. Es siempre. Y no tiene nada que ver con cuándo hayan pasado las cosas. Acordate de cuando nació el bebé de mi amiga. Y mirá, ya hace casi un año que estamos juntos y todavía te  tengo que decir mi amiga, porque si te digo Carla, me vas a preguntar quién es…

Danilo pasó todo el segundo embarazo de Carla vanagloriándose de su bondad porque se iba a hacer cargo de un hijo que podía no ser suyo. Aunque seguro lo era, siempre aclaraba.

Cuando el bebé nació, lo llamaron Eugenio, tal como él quería, y el niño salió del sanatorio con su apellido, como su hijo. Durante los primeros días, Danilo se preocupó por encontrar parecidos:

―Tiene mi nariz. Y me parece que la forma de la cara también es como la mía, y el cuerpo… es de huesos anchos como yo

Pero a las pocas  semanas el color de los ojos de la criatura varió. El gris oscuro de los primeros días se transformó en celeste. Y Danilo dejó de buscar parecidos, porque él y Carla tienen los ojos marrones.

―Bueno, pero me parece que el color va cambiando ―les dije sentada al lado de la cuna del bebé―. No sé… todos los gatos nacen con ojos celestes y después se le vuelven marrones…

―Pero no es un gato, es un nene ―me dijo Danilo con cierto enojo.

―Y en todo caso tendría que haber nacido con ojos celestes y que se le volvieran marrones después.  Pero acá es al revés.  El nene tiene los ojos claros.

―Como el padre, ¿no? ―le preguntó Danilo.

― ¡Sos un forro, nene! ―le gritó Carla― ¡Dale, decime de una vez lo que me querés decir! ¡Tanto jodiste con que te ibas a hace cargo fuera o no fuera tuyo y ahora que sabés que no es tuyo ya te veo las ganas que tenés de salir corriendo!

―Es que había más posibilidades de que fuera mío, Carla.  Eso si  es como me dijiste vos, que con el gordito del banco cogiste una vez sola…

―Sí, ¡forro! ¡Sí! No te mentí, ¡pelotudo!  ¡Cogí una vez sola!―gritó Carla y le tiró un almohadón.

―Edy se compró un barco. Tengo ganas de ir mañana a conocerlo y ver si me compro algo para navegar yo también. Podemos ir a la mañana y almorzar por ahí, cerca del río ―me dijo Gustavo cuando íbamos en su camioneta, recorriendo una gran avenida.

―No, te dije que mañana a la mañana tengo que acompañar a Carla a ver un par de departamentos.

― ¿Carla?

―Sí, Carla, mi amiga.

―Ah… sí….

― ¿Y por qué tiene que ir con vos? ¿El marido?

―Ay, te conté lo del marido, que no es el marido. Nunca se casaron.

―Es lo mismo, Anita. ¿Cómo se llamaba él?

―Danilo. Danilo se llama. Ya lo viste varias veces…

―Bueno, Anita. Conozco mucha gente todos los días… ¿Y por qué tenés que ir vos con ellos mañana? No entiendo.

―No es con ellos.  Te conté que se separaron. Te conté lo del bebé, que no es de Danilo y que Carla se tiene que ir a vivir sola con los dos hijos y está buscando departamento.

―Ah, sí, sí, que no es del pibe el nene.  Ahora me acuerdo, Anita, sí… ¡Dios mío! ¡Qué rapidita tu amiga!  ¡Pobre Daniel!

―No, Danilo, y de pobre no tiene nada. Cuando Carla estaba embarazada de Lucía, la dejó por otra.

― ¿Ah, sí?

―Y él sabía que este bebé podía no ser suyo, pero igual insistió en reconocerlo, en hacerse cargo. Y la metió en un lío peor a Carla, al final, porque ella no le dijo a la madre que el bebé  podía ser de otro  y ahora le tuvo que decir la verdad y la madre no la quiere recibir en la casa de nuevo. Está muy enojada…  Y yo no sé qué hacer por Carla, sinceramente. Le dije que busque al verdadero padre y le diga que tiene un hijo, porque el nene no puede crecer así, sin que el padre sepa que existe.  Pero ella no quiere saber nada de buscarlo y decirle… encima hay un quilombo legal bárbaro porque Danilo lo reconoció y ahora hay que hacer un juicio para cambiarle el padre al chico… 

― ¡Uy, Anita! ¿Viste ese Smart cómo me pasó?

― ¿Eh?

―El Smart, Anita, que va adelante. Pican esos chiquitos, eh. Mi hermana se quería comprar uno pero yo le dije que no. Aunque ahora no sé. Me gusta el autito. Es como un juguete. Estaría bueno tener uno en la familia.

― Me cambias de tema así como así. Siempre me hacés lo mismo. Y no es un cambio de tema en realidad, es que no me estuviste prestando atención. Hablo y creo que escuchas el diez por ciento de las cosas que te digo, como mucho.

―Bueno, Anita, no sé. Yo voy por la calle y miro las cosas que aparecen. Soy distraído. Soy así. Pero no te lo tomes a mal. ¿Por qué no me dijiste las cosas en esos momentos y listo? Ahora me las decís y ya pasaron y estás enojada por cosas de hace siglos. No tiene sentido.

―Te las digo cuando puedo.  Y ponete en mi lugar. ¿Vos cómo te sentirías si yo te hiciera eso siempre?

―No te lo hago siempre, Anita.

―Sí, me lo hacés siempre.  Y yo me siento como la mierda porque pienso que te aburro, que todas mis cosas te aburren.

―No, Anita, no me aburrís. Claro que no me aburrís. Y me pone muy mal lo que está pasando. Te guardaste cosas, estuviste enojada conmigo un montón de veces y yo ni enterado. ¿Por qué no me lo dijiste? Porque si yo sé que algo te molesta, no lo hago más. Lo último que podría hacer es herirte, Anita.

―Bueno, lo que pasa es que me cuesta decir las cosas. Sabés que soy tímida, insegura…

―Sí, Anita, ya sé todo eso, pero no tenés que ser así conmigo… ¿Por qué no le pedís el auto a tu papá y venís ahora? 

― ¿Ahora?

―Sí, Anita, son las diez. Es viernes. ¿Qué tiene? Estas cosas son para hablarlas personalmente, Anita.

― No, pero no le voy a pedir el auto a mi papá ahora. ¿Y sabés qué?  Soy mujer, es de noche, me tendrías que venir a buscar vos.

―Ay, Anita,  tenés una lista de quejas y reclamos, parece.

―No, bueno…. te voy diciendo….

 <<Por hoy va a ser mejor que la corte. Si no, voy a quedar como un loca, lo voy a espantar y después quién aguanta a mi mamá>>, pensé.

―Te voy a buscar, está bien. Pero armá un bolso para quedarte todo el fin de semana acá conmigo.

Pasar todo el fin de semana en su departamento no era un buen plan para mí. Gustavo permanecía mucho tiempo sentado frente a su computadora y de vez en cuando me llamaba:

― ¡Anita, Anita!

― ¿Sí?

―Preparame una leche chocolatada

Por la expresión de sus ojos, podía adivinar que sabía perfectamente que me molestaba sobremanera atender a esos pedidos. Sin embargo, cuando le alcanzaba el vaso, lo recibía siempre con una sonrisa de satisfacción, de  disfrute por estar sometiéndome. <<Algún día el inconsciente me va a traicionar y le voy a tirar la leche o el jugo encima>>, pensé muchas veces.

De alguna manera u otra, siempre terminaba trabajando para él. Cuando mirábamos una película juntos, recostaba su cabeza sobre mis piernas y me pedía que se la rascara continuamente. Cuando desayunábamos, tenía que untarle las tostadas. Cuando comíamos, tenía que servirle la ensalada, el puré, o lo que fuera.

―Anita, no tengo bebida ―me dijo una noche y levantó su copa.

―El vino lo sirve el hombre.

― ¿Y eso?

―Es así, es una especie de regla social, ¿no la sabías?

―No…―dijo y me sirvió, sin chistar.

<<A lo mejor es verdad que puedo reeducarlo>>, pensé y acepté que me viniera a buscar esa noche.

Ya en su departamento, cuando se movía en la cama encima de mí, deseaba, como siempre, que me hiciera sexo oral.

―Porque yo…. tener que pedirle… ―le confesé a Carla un día.

― ¿Y no te pidió para él?

― No, no me pidió. Yo la paso bien con él sexualmente igual. En eso es mejor de lo que me imaginaba, pero si hubiera sexo oral la pasaría mejor todavía.

―Es que no le debe interesar… ¡qué bajón!  Porque sí,  no da tener que pedirle.

―Me daría vergüenza  y no me serviría tampoco. Creo que si se lo pidiera se me irían las ganas. Pierde erotismo. No sé…

―A mí también me pasa lo mismo. Yo nunca pido nada. Será machista, pero está bueno que sea el hombre el que proponga hacerte las cosas nuevas siempre, ¿no?

―Sí…

―Pero si no propone, hay que buscar la propuesta.  Eso sí se puede hacer sin sentir que una pierde su rol de parte protegida  e inocente de la relación.

―Yo pensé en hacerle sexo oral  y ver qué pasa, qué hace él a cambio. Porque, ¿viste? Todo esto, al final, es como un negocio.

―Te estás mimetizando…

Lo pensé unas semanas, me costó animarme, pero una  noche, después de tomar una copa de vino,  recorrí su pecho y su panza con besos y seguí bajando, hasta que tomé su pene y me lo puse en la boca.

― ¡Ani… Anita! ¿Qué… qué  hacés? ―exclamó asustado.

― Ay, nada, ¿no te gusta? ―le dije sorprendida.

― No, sí, sí, me gusta,  Anita, claro que me gusta ―dijo y retomé la tarea.

―Pero, Anita, Anita ―me interrumpió enseguida―.Mirá que esto hay que saber hacerlo, ¿eh?

―Sí… ―dije y me encogí de hombros.

¿Estás segura que sabés, Anita?  ―me preguntó y perdió la erección.

― ¿Pero qué…?

―Anita, perdoname, perdoname. Es que no me lo esperaba. Los hombres somos complicados con esa zona. Las peores pesadillas pasan por ahí… ―dijo y lo miré sin comprender―. Que me lo arranquen, Anita, ¿entendés?

―Sí, pero yo….

―No, ya sé, Anita, ya sé. Pero lo dientes, Anita, no pueden ni rozarlo, ¿sabes? Me da mucha impresión eso, es como una fobia que tengo…

― ¿Pero te toqué con los dientes?

―No, no, Anita, pero por eso te pregunté si sabias…

―No es tan difícil ―le dije de mala manera..

―Bueno, Anita, no te enojes ―dijo y empezó a besarme―. Dale ahora, Anita ―agregó cuando su pene se puso erecto de nuevo―. ¡Ay, bien, bien, sí, sí! ―exclamó al acabar.

Y una semana después, cuando todavía esperaba la devolución de los servicios prestados en otros del mismo género y especie,  Gustavo me dio un paquete envuelto en papel de regalo. Lo abrí y me encontré con dos bombachas de encaje, muy cavadas. Una era roja y la otra, azul eléctrico.

― Están buenas, Anita, ¿no?

―Sí… ―dije, aunque me parecían mersas y prefería las de algodón, que en los últimos meses compraba en pack de a tres en Farmacity.

―Ponete una ahora, Anita, dale ―me pidió entusiasmado.

―Ay, no sé… ―dije y bajé la vista.

― ¿Qué pasa, Anita? ¿Te da vergüenza?

― Un poco.

― ¿Cómo es al final, Anita? Algunas cosas te dan vergüenza, otras no….

―Bueno…

― ¿Y si te cambias en el baño?  Yo te espero acá, en la cama. Bajo un poco la luz así no te da tanta vergüenza.  Dale, Anita.

Cuando salí del baño con la bombacha roja puesta, lo encontré recostado en la cama,  vestido solo con el calzoncillo.  Elevó una mano y me apuntó con su celular.

― ¡No, no! ¿Qué hacés? ―grité enojada y me acerqué para manotearle el aparato.

― No, no, Anita, dejame, ya tengo una de frente, ahora date vuelta, dale.

―¡No, no, no me gusta que me saques fotos!

― ¿Pero qué tiene?  Dejame que te saque ―dijo, se me puso atrás y disparó la cámara del celular de nuevo.

― ¡No, no, dame eso!  ¡No me gusta! ¡No!

― Dale, Anita, que las llevo en el teléfono y las veo en el día. Me va a hacer bien.

― ¡No, no! ¿Mirá si perdés el celular y están mis fotos? Ni loca. ¡Borrá eso!

― Te saqué de la cintura para abajo, Anita. En ninguna está tu cara. No te preocupes. No pasa nada.

― ¿Y qué me querés ver con esas fotos, boludo? Sale toda la celulitis que tengo.

―Bueno, a lo mejor les puedo hacer photoshop,  Anita, y quedan bien.

―Ay,  nene, pero me tenías que decir que no tengo celulitis, no lo del photoshop ―le dije riéndome y Gustavo me abrazó y me dio un beso.

― Te quiero ―me dijo luego,  por primera vez desde que éramos novios.

―Jijiji ―me salió y no tanto por vergüenza, sino por no poder mentir diciéndole “Yo también”.

―Te quiero, Anita ―me volvió a decir esa noche de viernes, por segunda vez en casi un año de relación,  inmediatamente después de alcanzar el orgasmo―. ¿Ves? Yo también tengo mi lista de quejas y reclamos, ¿eh? ―agregó cuando se sacó el preservativo y se acomodó a mi lado en la cama.

― ¿Qué reclamos?

―Que no me decís nada, Anita.

―Bueno, yo también te quiero ―mentí esta vez, porque no vi salida.

Gustavo me miró fijo a los ojos y  lo imaginé con un ramo de flores en sus manos, proponiéndome casamiento. Fue un momento fructífero, pues me di cuenta de que no quererlo había sido una decisión, un acto voluntario, una forma de protegerme de otra desilusión. Porque si alimentaba mis fantasías, si proyectaba mis deseos románticos en él, si creía en sus pocas palabras de amor, terminaría queriéndolo.  Y mucho, como era mi estilo, que no admitía términos medios.

― Sos muy poco demostrativa con tus palabras, Anita ―me dijo después de un rato de estar mirándonos a los ojos―.Entiendo que te cueste decir cosas cariñosas por tu timidez, entiendo eso, Anita, ya te conozco. Y yo sé que me querés, que estás enamorada de mí, no tengo dudas de eso, pero tratá de soltarte más.

―Está bien, voy a tratar…

― Te lo digo porque aprovecho que hoy estamos en tren de decirnos todo,  Anita. Cumplo mi parte. Y espero que no te guardes nada más de aquí en adelante.

<<Lo del sexo oral me lo voy a guardar. Eso sí. Mejor lo dejamos afuera de este asunto.  No te lo voy a pedir nunca. No me voy a animar y tampoco es algo que no me deje vivir…>>, se me vino a la mente.

―No, no me voy a guardar nada. Estoy cansada ―dije.

―Está bien, Anita, no te molesto más. Descansá ―dijo, me dio un beso en la frente, y se metió en el baño.

Me acomodé en la cama y cerré los ojos. Hubiera querido ir al baño también, pero los orgasmos dan sueño y me desperté recién al otro día, con mucha ganas de hacer pis, y sola.

Busqué a Gustavo por todo el departamento, pero no lo encontré. Se había ido y me había dejado encerrada. Yo no tenía llaves.

El novio (III)

Me quedé quieta viendo a través de la ventana cómo un reloj gigante, ubicado en la terraza de un edificio cercano,  marcaba el paso de las horas en caracteres rojos brillantes. Pase mucho tiempo en esa posición, en esa cama de esa habitación, con mi cintura rodeada por los brazos de Gustavo.

El tiempo fue tanto que no solo pasaron las horas. También pasaron los días, los meses y las estaciones del año: primavera,  verano,  otoño,  invierno, hasta que llegó la primavera otra vez. Y otra vez el mismo problema  que había tenido la primera noche que estuve con Gustavo en su departamento: lograr despertarlo y negociar la vuelta a mí casa.

―Despertate, dale ―le dije sacudiéndolo, cuando leí dos a.m. en el reloj del edificio cercano.

―Anita, no…. ―me dijo dormido.

―Me tengo que ir, dale, levantate.

―Quedate.

―No, no me puedo quedar, ya sabés. Mañana tengo que ir a trabajar y no me traje ropa.

―Ya te dije que dejaras ropa acá.  Ya te dije todo eso. ¿Por qué esto ahora?

―Y yo ya te dije desde antes que me tenía que ir esta noche, que no te quedaras dormido.

―Pero me dejaste dormir ―dijo y acomodó su cabeza en la almohada―. Llevate la Honda.

“La Honda” era una camioneta que Gustavo Almazán había comprado hacía unos meses siguiendo la recomendación de su madre, que quería que anduviera por la ciudad con un vehículo menos llamativo que la BMW X6,  ahora reservada exclusivamente para viajes largos o “circunstancias especiales”.

―No, no, no me voy a llevar la Honda. Ya sabés por qué.

Porque me la había llevado una noche y la había tenido que dejar estacionada en la vereda. La causa había sido práctica: en el garaje de mi casa no entraban dos coches y mi padre no había querido sacar el suyo a las tres de la mañana para que entrara  la camioneta de Gustavo. Y el efecto había sido previsible: a la mañana siguiente le faltaba la rueda de auxilio.

―No van a robar la rueda de auxilio de nuevo, Anita, llevatela,  las llaves están en la cocina.

―Me hiciste un escándalo por la rueda de auxilio. Acordate.

―Ya te pedí perdón por eso…

―Pero la Honda va a quedar afuera de nuevo y por ahí le roban otra cosa y va a ser peor…

― Va a ser peor, Anita,  porque querés que yo me levante ahora, me cambié y te lleve,  en vez de despertar a tu papá para que saque su auto y entre la Honda. Son dos minutos para él y más de una hora para mí.

―No es que no lo quiera despertar. Ya sabés lo complicado que es mi papá. Y dejá, no te preocupes más. Me voy en taxi y listo―le dije, salté de la cama y comencé a vestirme.

―No, no, Anita,  tampoco es así.

―Sí  es así , es así.

―Anita, ¿qué es lo que querés?.

<<Dormir en mi cama>>, pensé, pero dije:

―Nada quiero, seguí durmiendo,  yo me arreglo.

―No, no te arreglas. Te enojas. Y no te traes ropa y siempre es el mismo problema.  Te dije que te vinieras a vivir acá. Estás más cerca de la empresa, de la facultad, de todo, te queda más cómodo, es todo más fácil, pero vos no querés y  lo peor es que no sé qué es lo querés ―dijo y se levantó de la cama.

No pronuncié palabra y me senté en la cama para ponerme las medias. Gustavo se metió en el baño. Luego se vistió y agarró las llaves de la camioneta Honda.

Viajamos en silencio, hasta que me dijo:

―Anita,  ¿es muy pronto para vivir juntos o es otra cosa? ¿Por qué  no me decís la verdad?

―Es muy pronto… ―mentí.

―Pero ya hace casi un año que estamos juntos. Hay gente que empieza a convivir al mes de de relación.

―La gente hace tantas cosas…

―Anita,  lo único que te puedo proponer por ahora es que vivamos juntos. No te puedo ofrecer otra cosa. Sabés cómo es la situación con mi familia. Hay plata en el medio, propiedades, negocios y está todo confundido.  No me puedo casar y comprometer todo eso en un régimen de sociedad conyugal.

―¿Eh??

―Eso, Anita, lo que oíste. Si tu problema es que no te propongo casamiento,  ahora sabés por qué es. No puedo, no puedo. Y no es por mí. Es por mi familia, que no confía en nadie. No es que no te quieran, ¿eh?  No lo tomés como algo contra vos porque ellos te quieren, te quieren mucho. No es eso.

<<Entrañable, me quieren entrañablemente>>, pensé,  respiré hondo y dije:

―No, no, ya sé…

―Además, vivir juntos es lo mismo. Si tenemos hijos, quedas asegurada en lo económico igual que si estuviéramos casados. Y yo quiero tener hijos, podríamos empezar a buscar….

―No, no, yo no quiero tener hijos ahora.

― ¿Y cuándo querés tener hijos, Anita? Ya tenés más de treinta, la misma edad que mi hermana y ella ya tiene dos. Maxi va cumplir diez años el mes que viene.

―No, no me comparares con tu hermana porque no tiene nada que ver su vida con la mía. Tu hermana no estudió nada. Nada de nada. Y tampoco hizo nada más en su vida que casarse y tener hijos. Y si ahora trabaja de jefa y da órdenes es porque  tu viejo es el dueño del negocio. Lo mismo para el marido.

―Mi hermana nunca se casó legalmente, Anita. Vive con Nachito. Pero tienen dos hijos. Es lo mismo, ¿viste?

―Ah, mirá, no sabía…

―Te noto bronca contenida, Anita. Si tenés algún problema con mi hermana, mejor decilo así se soluciona.

Con la hermana tuve problemas desde la  noche en que la conocí. Fue dos semanas después de la primera vez que estuve en el departamento de Gustavo. Su padre cumplía años y lo festejaba en un restaurante. Cuando entramos al lugar, la familia ya estaba sentada a una mesa.

―Ella es Anita, mi chica ―les dijo Gustavo al presentarme y saludé a sus padres.

Eran personas sencillas , vestidas con ropa de mediana calidad, que parecían no preocupase por su aspecto exterior. Si los hubiera visto en la calle antes, jamás habría pensado que eran ricos.

―Y esta es mi hermana Lulita y él es  Nachito, su marido, mi cuñado ―siguió Gustavo, y su hermana, sin separarse  de la silla en la que estaba sentada, me enfrentó con su mejilla para que le diera un beso. No oí un “Hola” ni vi movimiento en sus labios.

―Y estos niños son mis sobrinitos lindos. Maxi y Mili ―me dijo señalándome  a un nene de nueve años y a una nena de seis, que me miraban sonriendo.

Hacía días que venía buscando el momento propicio y las palabras adecuadas para pedirle a Gustavo que dejara de llamarme “Anita”. Pero esa noche supe que debía desistir de la idea. La cuestión parecía ser de familia. Él y su hermana llamaban a sus padres “mami” y “papi”  y entre ellos solo existían los diminutivos o los nombres abreviados,  hasta el límite del ridículo. Gustavo era “Gusty” para todos.

―No necesito decir nada. Me imagino que te das cuenta de cómo es tu hermana, de los modos que tiene ―le dije en la camioneta.

La noche de la presentación familiar, cuando la cena ya había terminado y salíamos del restaurante,  acomodaba la mochila en la que guardaba la MacBook en mi hombro  y escuché la voz de su hermana Lucila, alias “Lulita”,  que desde atrás y de mala manera, me espetó:

― ¡Ay, guarda! Estoy yo acá, eh.

―Ah, perdón.

―Casi me sacas la cabeza con esa mochila ―agregó con enojo.

―No me di… ―dije y crucé  la puerta de salida del restaurante sin terminar la frase.

―Bueno, yo te defendí, la reté cuando pasó lo de la constructora ―me dijo  en la camioneta.

Gustavo había montado una pequeña financiera dedicada a prestar plata a intereses usurarios a empresas y personas que no calificaban para acceder a un crédito bancario formal. El emprendimiento contaba con pocos empleados: Bety y dos más dedicados a conseguir clientes. Ninguno sabía hacer el análisis de riesgo crediticio pertinente. Pero no había problemas, pues  la demanda de créditos era tan baja que Gustavo decidió ahorrarse el sueldo de un analista y  me encargó a mí  la tarea, para que la hiciera en los ratos libres que me quedaban entre mi trabajo en Empresa Pedorra y la facultad.

La constructora era una empresa con capital insignificante y con un balance que parecía tener luces rojas indicando: “Warning! ¡No le prestes plata!”. Pero como  había sido beneficiada con la adjudicación de una obra vial para una municipalidad, Gustavo vio en los pagos que iba a recibir por esto la fuente de cobro de su crédito. Y  decidió prestarle doscientos mil pesos.

― ¿Y vos no viste todo esto? ―me increpó “Lulita”  cuando la constructora dejó de pagar las cuotas del préstamo y se presentó en quiebra.

―Y sí, algo vi, pero no que se iba a presentar en quiebra,  porque con la obra que tenía adjudicada…. ―le respondí conteniendo la bronca. Ni ella ni su hermano me pagaban por lo que hacía.

―Los cagaron a los de la municipalidad también. Agarraron la plata y no hicieron la obra ―acotó Gustavo―. Y eso no lo podíamos saber. Yo no pensé que eran tan chantas.

―Porque es plata de mis papas también. Hay que tener cuidado, ¿viste?  ―insistió conmigo Lulita.

―Bueno, yo tuve cuidado.

―Fui yo, fui yo el que quise dar el préstamo, Lulita. No fue Anita. Ella me dijo que no lo diera.

―Pero no nos podemos manejar así, Gusty, acá hay que tener a alguien que sepa de estas cosas ―dijo su hermana y yo respiré hondo para juntar coraje y mandarla a la mierda. Pero Gustavo me anticipó:

― Luli, Anita sabe de esto. Estudio dos carreras.

―Pero a veces uno puede estudiar mucho y después en el trabajo no es lo mismo. Por ahí te falta experiencia ―me dijo.

―No, en la empresa hice análisis de riesgo mucho tiempo. No me falta experiencia.

―Y yo fui el que quise dar el préstamo, Luli, ¿entendés? Anita no tiene nada que ver. Ya te lo dije. Parece que no escuchas. No te la agarres con ella.

―Es que yo no me la agarro con Anita. Solamente pido que tengamos más cuidado.

― Tenemos cuidado. Y si tenés tanto problema por la plata, Luli, yo te la doy y listo. La saco de mi parte y te la paso a una de tus cuentas.

―No, yo no te pedía eso. Pero contratá a alguien que sepa.

―Bueno,  mejor que yo no haga más el análisis de riesgo y listo ―dije y me levanté de la silla  de Mc Donald’s en la que estaba sentada. Caminé un poco sin saber qué hacer  y me acerqué al  pelotero, en el que estaban jugando los sobrinos de Gustavo.  Desde ahí pude leerle los labios: “Pedile disculpas”.

―Pero tu hermana nunca me pidió disculpas. Se ve que miedo no te tiene ―le dije en la camioneta y alcanzamos la puerta de mi casa.

―No me gusta el tono que estás usando, Anita.

―No, no estoy usando ningún tono. ¿Y sabés qué? Yo siempre odié las peleas familiares, siempre odié que se meta  gente de afuera de la familia y que los hermanos se terminen peleando por eso. No me gusta. No me gusta alimentar peleas. Pero tu hermana a veces me saca, ¿qué querés que haga? Chau―le dije, le di un pico y me bajé de la camioneta.

El novio (II)

Buenos Aires, noviembre de 2011.

Cuando alcancé la puerta de la camioneta, dudé de nuevo, pero puse la mano en la manija y la abrí.

―Hola― le dije y subí.

―Hola, Anita ―me dijo y me dio un beso en la mejilla―.Esperá, yo cierro―agregó y se estiró lo más que pudo  para cerrar la puerta desde adentro―. ¿Cómo estás? ―me preguntó  cuando arrancó.

―Bien, bien, ¿y vos?

―Amargado, Anita,  ya te dije recién.

―Sí, bueno…

No pude seguir la frase y continuamos viajando en silencio.  La entrada a un Mc Donald’s me sorprendió todavía pensando en qué decir.

― Vamos a comer algo, Anita.  Tengo hambre.

―Bueno…

Gustavo estacionó su camioneta en la playa del local. Salimos de la camioneta y caminamos hacia las cajas, sueltos.

― ¿Qué querés, Anita?

―Eh… no sé…  ¿vos  vas a comer un combo?

―Sí, el del Big Mac.

―Pero es muy temprano para eso…

―Anita, en E.E. U.U. la gente cena a esta hora. Fijate si tenés hambre, como hago yo,  y elegí en función de eso. No de lo que te impongan.

―Bueno,  voy a comer el menú de la hamburguesa con queso.  

―Muy bien, Anita –dijo sonriendo y le hizo el pedido a la cajera.

―Sandwiches de miga. Los norteamericanos no conocen los sándwiches de miga argentinos, Anita,  y la idea era armar una red de locales de venta de sándwiches. Empezar en Miami y después expandirse por franquicias a otros estados ―me dijo cuando ya estábamos sentados a la mesa.

―Ah, estaba bueno ―dije y Gustavo bebió un sorbo de gaseosa.

― ¡Pero qué tonta!

― ¿Eh?

―Le pedí sin hielo la gaseosa  y me la dio con hielo.

―Ah…

―Siempre me pasa lo mismo.

―Bueno, ¿pero por qué no resultó la idea del negocio?

―No es que no haya resultado.  Es que a mí no me convence compartir el negocio con otra persona. Pero manejar una red de locales de venta de sándwiches en Miami desde Buenos Aires yo solo no es lo más aconsejable  y necesito a alguien allá. Lo que pasa es que todos se quieren llevar mucha plata. Y así no es, Anita, no es así. Porque ellos no ponen nada. Pongo todo yo y es justo que yo me lleve la mayor parte.

―Pero a  lo mejor te conviene igual para empezar, para conocer el mercado. Por ahí al principio no ganas mucho pero después sí.

―Anita, no, si al principio cedes mucho, cedes siempre.  No es así.  Lo que me da bronca es que si no hago yo el negocio, lo va a hacer otro y la idea está buena. No puedo dormir pensando en eso, Anita, no sabés la angustia que tengo.

―Voy al baño―dije de golpe, agarré la cartera y me levanté de silla. Había olvidado hacer una llamada importante.

―Hola, mamá ―le dije en el baño por teléfono.

―Hola, sí, ¿qué pasó?

―Nada, nada pasó, pero hoy vuelvo tarde.

― ¿Por qué?

― Porque estoy con Gustavo Almazán ahora, ya salí de la empresa.

― ¿Con Lamazán? ¿Por qué? ¿Te  quiere llevar a trabajar con él? Pedile que te pague bien. No seas boluda.

―No, no,  mamá. Me invitó a salir.  No es de trabajo.

― ¿Y de qué es?

―Y de qué va a ser…

― ¿En serio?

―Sí.

― ¿Se te tiró un lance?

―Sí, sí, se me tiró un lance. Pero uno nunca sabe. No te hagas ilusiones.

―No, no, pero… ¿cuándo se te tiró el lance?, ¿hoy? , ¿y te fuiste bien arreglada vos? Porque yo no te vi a la mañana cuando saliste…

―Sí, mamá, dejate de hinchar―la interrumpí―. No sé a qué hora vuelvo. Chau―agregué y corté

Regresé la mesa. Gustavo tenía la boca abierta para recibir los restos que quedaban en el cartón de papas fritas que sostenía más arriba.

― ¿Sabés, Anita? Dejé los regalos que te traje en mi casa -me dijo masticando.

― Ah, pero no importa, no te hagas problema…

― ¿Vas a querer postre?

―No, no.

―Bueno, vamos entonces.

Me tomó de una mano y me llevó de vuelta a la camioneta. Me abrió la puerta, subí y él se encargó de cerrarla. Luego, se sentó en el sillón del conductor y me miró sonriendo.

―Jijiji ―me salió.

Se acercó y me dio un beso. Sonrió de nuevo y le dio arranque a la camioneta.

―La siento rara hoy. Debe ser por haber pasado tantos días sin manejarla. Allá me alquilé una Porche. No sabés qué buena, Anita.  Me la quiero comprar.

―Ah, sí, debe estar buena.

―Aunque no sé, con la inseguridad que hay es peligroso andar mostrando tanto. Mi mamá está muy loca con eso. Tiene miedo. Quiere que me compre un auto más o menos, para andar todos los días y que a esta camioneta  la use solamente para circunstancias especiales.  Si me compro la Porche se va a poner peor todavía.

―Es que por ahí tiene razón. Nos mira todo el mundo con esta camioneta.

―Sí, miran mucho, Anita. ¿Pero por qué me tengo que privar de usar la camioneta? Me sacrifiqué toda la vida y me merezco lo que tengo.

―Sí,  pero es así, qué vas a hacer…―dije. <<Tampoco te sacrificaste tanto>>, pensé.

― ¿Y la Porche es más cara que esta?

―Sí, Anita, la que quiero yo es más cara que esta  ―dijo y se hizo de nuevo el silencio, un silencio que duró hasta que las puertas del estacionamiento del edificio en donde vivía Gustavo Almazán  se abrieron después él pulsó la tecla de un control remoto.

―Entramos al castillo, Anita.

―Ah… jijiji.

Bajamos de la camioneta y nos metimos en un ascensor enorme, que de un lado estaba hecho de vidrio y dejaba apreciar el río y parte de la ciudad a través de él.

―Pasá, Anita ―me dijo cuando abrió  la puerta de su departamento.

Era enorme. Un piso con forma de cuadrado y ventanas por todos lados. Las pocas paredes que se veían  eran blancas. Tenía pocos muebles y muchos aparatos de electrónica. Me llamó la atención una pantalla gigante y unos parlantes que eran más largos que mi cama.

Gustavo prendió todas las luces y ahí caí en la cuenta del problema. El departamento debía ser muy luminoso de día y de noche mantenía la cualidad gracias a la iluminación artificial. Los defectos de mi cara, como puntos negros y granos, y los de mi cuerpo, como la celulitis, iban a quedar más expuestos que nunca en ese ambiente.

―Ponete cómoda, Anita, ¿querés tomar algo?

―No, no, está bien, gracias.

―Sentate donde quieras ―me dijo y se alejó  caminando por un pasillo. Abrió una puerta y se metió en una habitación. Me senté en un sillón que tenía a mano y lo vi regresar con dos cajas en las manos. Una era grande  y la otra era chica. Me emocioné cuando vi la manzana de Apple y bajé la vista.

―Tomá, Anita. A ver si te gusta.

No sabía qué agarrar primero y ya me había dado cuenta  de que la manzana mordida estaba estampada en la caja grande.

―Bueno, gracias ―dije y tomé la caja chiquita.

―Ese es el perfume que me dijiste.

―Ah…  ―me salió y abrí  el paquete. Era un Carolina Herrera.

― ¿Era ese, no?

―Sí, gracias ―dije y lo dejé sobre una mini mesa que tenía al lado. Gustavo me dio la caja grande. Sonreía.

―Me parece que esto es mucho ―le dije mientras intentaba abrirla.

―No, Anita, nunca es mucho nada. No te conformes.

Gustavo me ayudó a  romper el empaque y a sacar a la luz a una computadora MacBook.

Es linda la computadora, pero no sé qué habrás hecho para que te regale eso ―me dijo mi padre al día siguiente.

―Bueno, si no hago es porque no hago y si hago es porque hago. Al final , ¿quién los entiende a ustedes?

―Pero te tenés que fijar que el tipo quiera algo serio. Porque ahora no vas a andar haciendo de todo con todo el mundo como si nada. Tampoco te vayas para el otro lado ―acotó mi madre.

―No me voy para el otro lado, mamá, no digas pavadas ―dije  y me encerré en mi habitación.

―Ponete el perfume,  a ver cómo te queda ―me dijo Gustavo Almazán después de que inspeccionáramos la MacBook en su departamento.

―Bueno ―le dije y me rocié un poco en el cuello.

―A ver… ―dijo y puso su nariz cerca de mi oreja―.Rico―agregó y me dio un beso en la mejilla. Luego, siguió con mi boca. Se puso de pie y me invitó a que hiciera lo mismo. Me dio otro beso, me tomó de una mano y me llevó hasta su habitación. Era grande, como el resto del departamento, y la cama estaba ubicada como una isla en el medio.

Gustavo me abrazó y empezó a besarme los hombros. Cuando me desabrochó la camisa, propuse:

― ¿Y si apagas la luz?

―Bueno, Anita ―dijo e hizo lo que le pedí.

Volvió a mí sacándose la remera  y me besó  en el cuello. Me quitó la camisa, el pantalón y el corpiño y me llevó a la cama. Como había hecho la primera vez, recorrió mi cuerpo con su boca y luego  se acomodó encima de mí. Se puso el preservativo y me penetró sin darle antes lugar al sexo oral.

Yo tenía miedo  o estaba  pensando en la MacBook o en lo que me dirían mis padres o en cómo mantendría la relación con él. Por eso no sentí grandes placeres esta vez.

Y esperaba una segunda, cuando me di cuenta que Gustavo se había quedado dormido, abrazándome en la cama desde atrás, formando la posición conocida como “cucharita”

El novio (I)

“Y bueh, un polvo de despedida no se le niega a nadie”, me dijo Danilo. Toda una invitación a la resignación. Porque ya habían pasado quince días desde mi encuentro sexual con Gustavo Almazán y todavía no había tenido novedades de él.

Aunque sabía que no quería tenerlas por él, pues no lo extrañaba y no podía ni siquiera fabricar una fantasía romántica que lo tuviera como protagonista,  igualmente esperaba  que se comunicara conmigo. Alguien debía quererme alguna vez porque mi autoestima no iba a resistir tantos viajes seguidos por el fondo de la Tierra.

Y aproximándome a ese fondo, en la zona de la lava volcánica, entré al edificio de la empresa esa mañana de noviembre de 2011. Subí al segundo piso y me instalé en mi pequeña oficina sin sentir la adrenalina de los días anteriores, porque ya no podía encontrarme con Martín en los pasillos.

Con parsimonia, busqué un café en la máquina y prendí mi computadora mientras lo revolvía. Revisé la bandeja de mails de la empresa. No había recibido ninguno nuevo. Lo que significaba que no tenía superior asignado luego del despido del gerente de administración y que podía dedicarme a vaguear hasta que alguien se percatara de mi situación laboral. Por eso pude revisar mi perfil de Facebook, luego visitar el de Luis Felipe Sandoval y otros más, hasta terminar el café abriendo mi casilla de mail de Hotmail. Ahí me encontré con la noticia esperada:

De: Gustavo Almazán

Para: Ana Golk

Asunto: Hola!

Hola Anita:

                  Como estas?  Espero que bien. Yo aqui estoy muy ocupado, con muchas cosas, pero no dejo de pensar en la noche que pasamos juntos cuando me voy a dormir. Fue fantastico todo, increible! 

                   Gracias por lo de la apelacion de mis impuestos. Bety me dijo que los abogados me la presentaron gracias a la informacion que les diste. Esperemos que la suerte nos ayude! Y ahora necesito una ayuda tambien pero con otra cosa. Tengo que saber los precios de exportación del jamon espanol a E.E.U.U. . Cinco marcas lideres, por lo menos.  Me los podes averiguar en dos o tres días? Cotización CIF si es posible. Despues te cuento para que necesito jamon espanol.

                   Estoy volviendo a Buenos Aires la semana que viene. Que regalo queres que te lleve?

Un besito y gracias

Te quiero!

Gustavo.

¡Me había dicho “Te quiero”! No importaba que ya me lo hubieran dicho antes  y que fuera mentira. No importaba tampoco  la falta de tildes, ni  la de las “ñ” ni que fuera Gustavo  Almazán el autor de la frase ¡Alguien me quería y parecía demostrarlo! ¡Hasta me iba a hacer un regalo! La alegría me duró un par de minutos. Releí y me detuve en el jamón español. ¿Gustavo me estaría usando? ¿Pero tanta lata para averiguar precios que se los podía conseguir con facilidad Bety también?

Contesté a la hora:

De: Ana Golk

Para: Gustavo Almazán

Asunto: RE Hola!

Hola, Gustavo,

                         Estoy muy bien, gracias. Espero poder averiguarte los datos del jamón en el plazo que me pedís.  Yo también pensé en la noche que pasamos juntos. 

                           Respecto al regalo, no sé qué decirte. Pero no creo que sea necesario que me traigas algo.

Un beso

Ana.

No me animé a decirle que lo quería yo también. Hubiera sido mentira, además. Había compartido un buen rato “sexual” con él, pero seguía sin soportarlo.

Dos días después, le envié los precios de las cinco marcas de jamón español que me había pedido . Al ratito, recibí su respuesta.

De: Gustavo Almazán

Para: Ana Golk

Asunto: RE Precios del jamón español.

Anita:

              Gracias por los datos! Veremos lo que voy a hacer. En pocos dias te cuento. Es todo muy complicado, muy dificil.  Quiero estar en Buenos Aires y no aca!

                Como sabia que me ibas a decir que no querias nada nada de regalo, ya te compre uno por las dudas. Pero puedo llevarte otro mas. Y si no me decis que es lo que queres ahora,  voy a elegir otra cosa yo de nuevo y por ahi no te gusta.  Un perfume te parece? Decime cual.

Un besito

Respondí a las tres horas, luego de muchas deliberaciones mentales.

De: Ana Golk

Para: Gustavo Almazán

Asunto: RE RE Precios del jamón

Gustavo,

                No sé qué decirte. No quiero que gastes en regalos. Un perfume estaría bueno pero ahora no se me ocurre cuál. Tal vez alguno de Carolina Herrera.

Un beso

Ana

No recibí respuesta hasta una semana después. Era viernes y mi celular sonó a las cuatro de la tarde

―Hola.

―Hola, Anita, ya estoy acá de nuevo. Casi con un pie arriba del avión todavía.

―Ah, ¿qué tal? , ¿cómo andás?

―Acá, Anita, acá, desilusionado con Miami. Esperaba otra cosa.  La verdad es que esperaba otra cosa. Hay que seguir remando para encontrar un buen negocio. No me convence nada por el momento. Estoy triste, Anita, muy triste por eso. Y muy preocupado…

―Ah…

― ¿Estás en la empresa?

―Sí.

Gustavo Almazán bostezó y luego me dijo:

― ¿A qué hora salís?

― A las seis. No tengo nada para hacer en la oficina. Por eso puedo salir temprano. Ya echaron a los gerentes y no tengo jefe, así que cumplo el horario…

―Bueno, Anita ―me interrumpió―. Entonces paso a las seis por la puerta. Te espero en la camioneta porque no quiero  que me vea nadie. A ver si todavía hay alguno que me quiere reclamar algo…―se rio.

―No, no creo…

―Ok, Anita ―dijo sin escucharme―, quedamos así.  A las seis en la puerta. Un beso. Chau―agregó y cortó.

A las seis de la tarde puse un pie en la vereda de la empresa y vi  la camioneta BMW X6 negra estacionada enfrente. Dudé unos segundos y luego caminé hacia ella. <<Menos mal que ahora me depilo con regularidad>>, pensé.

November Rain (II)

Una semana después del despido de Martín, llegó el momento de retomar las sesiones con mi psiquiatra, la Doctora Delia Rincón. Revisé el celular antes de guardarlo en la cartera. No había recibido mensajes ni llamadas. Conté la plata que tenía en la billetera y salí de la empresa, dispuesta a ir a su consultorio.

En el camino me imaginé sentada frente a ella, relatando los sucesos, desde el momento en que le había confesado a Martín que ya no era virgen, hasta los últimos días, que los había pasado escuchando la canción “November rain” del “CD souvenir” del casamiento de su hermana. También, seguro, en la lista de lamentos que pronunciaría delante de Delia Rincón incluiría alguna referencia a  Gustavo Almazán, porque él no me había enviado ni un miserable mail después de acostarse conmigo.

Pero yo no tenía ganas de hablar ese día. Tal vez otro sí. Pero ese no. Y fui fiel a mis deseos cuando, ya arriba del colectivo, llamé a Delia Rincón y le dije a su contestador automático que me disculpara, que me había surgido un inconveniente de último momento en el trabajo por el que no iba a poder asistir a la sesión y que otro día me comunicaría para solicitarle otro turno.

Mañana, pasado, la semana que viene la llamo, me decía a menudo en los primeros tiempos. Pero fueron pasando los meses y nunca más volví a marcar su número de teléfono. A veces me rio del asunto, porque Delia Rincón se quedó en el mejor momento de mi relación con Martín y debe suponer que las cosas prosperaron con él. Será por eso que ella tampoco jamás me llamó. Quizás hasta piense que fui una desagradecida, que en cuanto enganché a un tipo, la dejé con frialdad, sin siquiera despedirme como correspondía, y esté enojada conmigo por eso.

Imaginarme con Martín. Qué risa me daba pensarlo. Y qué sensación de melancolía fuerte me provocaba el suponer que jamás iba a volver a verlo. Creía que ese día de noviembre de 2011, cuando lo vi alejarse por la calle después de haber pateado el vidrio de la entrada de la empresa, había sido la última vez que mis ojos contemplaron su imagen.

No sabía que otro día de otro noviembre, el de 2012, iba a encontrarlo con la espalda recostada sobre una de las vidrieras del bar al que solíamos ir a la mañana, antes de emprender la jornada laboral.

Llovía, era noviembre y llovía, como si la canción que estaba en el CD souvenir del casamiento de su hermana lo hubiera anticipado. Había salido de la empresa y había caminado hacia la esquina tapando mi cabeza con una carpeta. Nunca recuerdo llevar paraguas. Buscaba un taxi cuando lo vi y no pude disimular el asombro y la impresión. Detuve mi marcha y sentí que un chorro de agua helada recorría mi columna vertebral y me dejaba congelada, dura, estática.

―Ho…hola ―le dije después de unos segundos, y él me devolvió una inclinación hacia atrás de su cabeza, sin movimiento de labios. El mismo gesto que me había hecho cerca de la puerta del ascensor de la empresa, en su último día de trabajo en ella.

November rain (I)

Buenos Aires, octubre de 2011.

Volví a mi habitación y me encontré con el último preservativo que Gustavo había usado tirado en el piso, al lado de mi cama. En mi mente se apareció mi madre, con una escoba en la mano, viéndolo.

Lo recogí usando medio metro de papel higiénico y  lo arrojé al inodoro. Luego, me atacó la paranoia y eliminé todo rastro del paso de Gustavo Almazán por mi casa. Lavé los platos, los vasos y los cubiertos. Puse la caja de la pizza, el recipiente del helado y las botellas de vino y de Coca Cola, en una bolsa y la deposité en la calle.

Me acosté a dormir angustiada, pensando en Martín y en lo que sucedería si él regresaba arrepentido. Era difícil aceptar que no había nada más que hacer, que ya lo había perdido, porque no podía eliminar también el hecho de haber tenido relaciones sexuales con Gustavo Almazán.

Cuando mis padres entraron a mi casa al mediodía del domingo, notaron que tenía los ojos hinchados por haber llorado durante toda la noche:

―Llorar por el imbécil de la gorrita y las ojotas, ¿a quién le parece? ¡Me tenés podrido con eso! ¡Estás loca! Y pensar que te lo perdiste a Almazán por ese pirujo  Y mejor que ni me acuerde de cuándo lo dejaste a Ferni y quisiste volver ocho años después! Porque, claro, el tipo no es boludo, se dio cuenta y salió corriendo a tiempo. Tan tonto no era Ferni al final. Se dio cuenta de que sos una máquina de hacer cagadas. De eso se dio cuenta y huyó despavorido. Porque eso es lo que sos. Eso es lo que te pasa. Pero, ahora, si seguís así,  te aviso que voy a ponerme yo, tu padre, al mando de la situación, y vas ir a un psiquiatra que sepa y no a la chanta de la Delia esa a la que seguís yendo, que lo único que hace es sacarte plata y no te cura. Ahora vas a ir uno que te elija yo, que no te robe,  porque estás cada vez peor…

― No tiene que ir a ningún psiquiatra, tiene que ocuparse de cosas importantes y no estar pensando estupideces todo el día. ¿No viste cómo está todo? ¿No pensaste en barrer? ―preguntó mi madre―. ¡No!, ¡qué vas a pensar!, total, viene la sirvienta y hace todo. Los hombres se dan cuenta de esas cosas…―se respondió y agarró la escoba.

Dado el consuelo que me ofrecieron mis padres, me encerré en mi habitación y pasé el domingo ahí, lo más lejos posible de ellos y de mi celular, que había quedado sobre la mesa ratona del living. No me animaba a revisarlo.

Recién el lunes a la mañana, antes de ponerlo en la cartera, me enfrenté al aparato. Cuando vi que no tenía menajes ni llamadas perdidas, sentí alivio al saber que Martín no había intentado contactarse y persistía en su decisión de no seguir la relación conmigo. Si hubiera sido de otra manera, tal vez habría concretado alguna de mis fantasías de suicidio. Me había acostado con Gustavo Almazán. Ni yo misma podía perdonarme.

Pero era temprano y todavía me esperaba vivir otro capítulo con Martín. Me preguntaba cuántos días tardarían en despedirlo de la empresa, cuando pasé la tarjeta por el molinete de la entrada y lo vi solo, dando pasos en círculo cerca de la puerta del ascensor.

― ¡Hola! ―le dije y él me respondió inclinando su cabeza hacia atrás, sin mover los labios.

Me cedió el paso al entrar al elevador y nos chocamos los brazos de costado cuando las puertas se abrieron en el segundo piso y los dos intentamos salir a la vez.

Me miró frunciendo el ceño:

―Me… me man…mandaron a…a este pi…pisiso aho… ―dije y atravesé la puerta. No pronuncié “ra”.

―Ah ―dijo él y me pasó de largo como el Correcaminos al Coyote.

Vi a su espalda desaparecer al final de pasillo y me encerré en la pequeña oficina que me habían asignado, recordando y dedicándole todas las malas palabras y formas de insulto que había escuchado en mi vida. En mi “estúpida vidita”, la única frase y lo único de la película “Belleza Americana” que había logrado perdurar en mi memoria.

Martín demostraba enojo en sus actitudes. Encima que me había dejado, jugaba a ser él el ofendido. O había desarrollado un mecanismo de negación para evitar sentir culpa por lo que me había hecho y me las echaba a mí, o yo le había hecho algo mucho más grave que confesarle que ya no era virgen y no me había dado cuenta. Descarté esta última opción, porque darle crédito era desarrollar mi propio mecanismo de negación, justificando el alejamiento de Martín por algún acto propio cometido cuyos efectos desconocía. Como sabía que esto no se correspondía con la realidad de estos casos, me indigné. <<Encima que me dejó, que me mintió, se enoja. ¡Qué caradura!>>, repetí en mi mente reiteradas veces esa mañana.

Las carpetas con las que tenía que trabajar estaban desplegadas sobre mi escritorio, pero no sabía cuál de ellas debía elegir para comenzar mi labor. Le había enviado un mail con preguntas al respecto a mi nuevo gerente, el de administración, alguien que seguramente sería despedido en las próximas horas o días, y esperaba su respuesta, cuando oí que llamaban a mi puerta:

―Sí, adelante ―dije y entró Bety.

Traía la documentación que había solicitado para fundamentar la apelación de la multa por determinación impositiva de Gustavo Almazán.

― ¿Vas a seguir trabajando en esta empresa? ―me preguntó ella mientras yo revisaba los papeles y subrayaba los puntos importantes.

―Sí ―respondí―. No queda otra por ahora.

― ¿Y vas a trabajar para Gustavo y para la empresa a la vez? ¿Te van a dar los tiempos?

―No, si yo para Gustavo no trabajo más. Mi único laburo es en la empresa. Esto de los impuestos es un favor que me pidió, nada más.

―Ah…bueno, yo sí sigo con él…

―Sí, sí, me imaginé que vos ibas a seguir con él. Hay que ver qué hace ahora.

―Algo va a hacer Gustavo, de eso no hay dudas, siempre hace algo, así que estoy tranquila. Ernestina se queda arriba, ¿viste?, en el directorio, de cadete, ayudante, lo mismo que hacía con nosotras.

―Ah, no sabía que se quedaba allá, ¿y está contenta?

―No sé, está igual que siempre, la vi recién.

―Bueno, es todo lo que encontré. Subrayé los puntos que difieren de la resolución―dije y le acerqué los papeles para que pudiera leerlos―. Con esto pueden dibujar algo y apelar.

―¿Pero servirá?

―No sé si para que le rebajen la multa, pero sí para patear el pago, que era lo que quería Gustavo. ¿Ahora cómo hacemos? ¿Vos vas a ver a los contadores?

―Sí, sí, ahora les llevo todo. Voy para el estudio de los contadores directo de acá y después le mando un mail a Gustavo confirmándole que hicimos la apelación, así se queda tranquilo, porque me llamó ayer antes de subirse al avión. Estaba desesperado.

―Ah, ¿te llamó antes de subirse al avión? ―pregunté con inquietud. <<Podría haberme llamado a mí también>>, pensé.

―Sí, sí, me llamó justo antes de subir… ―dijo, acomodó los papeles en una carpeta y se puso de pie.

La despedí en la puerta de mi oficia y aproveché la oportunidad para asomarme al pasillo. Dos empleados de sistemas charlaban al lado de la máquina de café. Me decidí a avanzar hacia ellos después de mirar hacia todos los lados y verificar que Martín no estaba deambulando por ahí. No quería volver a cruzármelo, porque temía no poder contener el llanto delante de él.

―Le sobraron souvernirs y los trae acá, ¡qué boludo! ―dijo uno que esperaba su café. Tenía un CD en la mano, con la foto de una pareja abrazada en su tapa.

―”La música que marcó la relación”. Parece puto. En vez de conseguirnos un aumento de sueldo, nos trae el souvenir de la hermana―dijo el otro riéndose, también con un CD igual en la mano―. Yo lo tiro a la mierda, que se mate ―agregó y lo arrojó a un tacho que tenía al lado.

Los dos me daban la espalda y todavía no se habían percatado de mi presencia.

― ¡Pero va a ver que lo tiramos!

― ¡Qué me importa! ―exclamó el otro y se dieron cuenta de que yo estaba ahí y de que los había escuchado.

Se miraron con expresión de sorpresa, agarraron sus vasos con café y se alejaron por el pasillo entre murmurios y risas nerviosas. Seguramente pensaron que mi relación con Martín seguía y que yo le iba a referir las burlas que  había oído.

Pulsé el botón de la máquina para que comenzara la preparación de una café con leche y mis ojos se fueron al tacho de basura. Como el CD no se había contaminado con desperdicios orgánicos, no me dio asco rescatarlo. Cuando lo tuve en mis manos, pude reconocer a la hermana de Martín y a su flamante marido en la foto de la tapa (les había revisado sus perfiles de Facebook y ya los conocía).

Leí el título del CD: “Los temas musicales que nos marcaron”, y luego, la lista de canciones:

“Church of your heart”, Roxette.

“Tears in heaven”, Eric Clapton

“November Rain”, Guns N’s  Roses.

Sabía que guardarme el “CD souvenir” de la fiesta de casamiento de la hermana de Martín era propio de una persona masoquista. Pero aun así, regresé a mi oficina con el CD en una mano y el café con leche en la otra. Me senté en la silla y leí la respuesta al mail  del gerente de administración. Me pedía que me ocupara del proyecto Six Sigma y me invitaba a reunirme con él a fines de esa semana, para realizar una planificación de mis tareas.

Recién al otro día, supe que la reunión no se llevaría nunca a cabo. Porque cuando alcancé la vereda de la empresa, a la diez de la mañana del martes, tres empleados de seguridad impedían la entrada al edificio. En la vereda, a los gritos y empujones contra ellos, estaba Martín, contenido por Analía Bagayo, que lo tenía tomado por la cintura y le pedía que se calmara.

―¡Pero dejame!―exclamó él―. ¿No ves que no me dejan entrar ni a buscar mis cosas? ¡¿Qué se piensan que soy?! ¡¿Un chorro?!

―No, no, cumplimos órdenes, nada más ―dijeron los de seguridad

― ¡¿Qué órdenes?! ¡¿Qué órdenes?! ¡¿Quién te dio la orden, pelotudo de mierda?! ―gritó Martín e intentó tomar a uno por el cuello. Analía le bajó el brazo.

―Pará, Martín, ¡pará!, ¿no ves que no tienen la culpa? Son de seguridad, cumplen órdenes.

― ¡¿Pero por qué no me dejan entrar?! Está bien que me echen si quieren, pero no así, en la puerta, que no me dejen ni entrar a buscar mis cosas. ¡No está bien así!

―Porque tienen miedo de un sabotaje, es por eso. Tienen miedo de que le hagas algo al sistema de la empresa. Seguro que es así ―dijo Analía y Martín me vio. Me miró a los ojos unos segundos y luego volvió su vista a los empleados de seguridad.

― ¡Son unos pelotudos cagones ustedes! ―dijo él y su puño cerrado pasó cerca del mentón de uno de los empleados de seguridad, que logró correr su cabeza a tiempo.

- Si seguís así, macho, vamos a llamar a la policía. ¡Dejate de joder y andate! Ya estás afuera―dijo otro de los empleados de seguridad y cerró la puerta.

No sabía qué hacer. Estaba parada, en la vereda, paralizada, a un metro de la escena, y no me animaba a pasar entre Martín y Analía para entrar a la empresa.

―Ya está, Martín, ya te dijeron que a tus cosas te las van a devolver. Cortala ahora. Si no, vas a tener más problemas ―le dijo Analía, mientras él me miraba de reojo.

¡No, no la corto un carajo!―gritó y le dio una patada al vidrio de la entrada―.¡La puta que los parió a todos! ―exclamó mirando al cielo y se alejó caminando a paso rápido.

Los empleados de seguridad abrieron la puerta al ver que el peligro se había disipado y Analía Bagayo entró al edificio, luego de lanzarme una mirada cargada de congoja. El gerente de legales salió al mismo tiempo llevando una caja con sus pertenencias dentro. Lo saludé y me tomé unos minutos para brindarle las palabras de consuelo del caso, antes de ingresar al edificio yo también.

Como mi nuevo gerente también había sido despedido y no tenía tarea urgente que hacer ni a quién rendir cuentas de mi desempeño, pasé el día pensando en la expresión de angustia y en los ojos mojados de Martín en la vereda. Dos veces se había ido de la empresa y en ambas había habido violencia.

Tuve ganas de llamarlo, de enviarle un mensaje, de decirle que no se hiciera problema por el despido, de confesarle cuánto  lo quería y de pedirle que no se alejara, porque no podía aceptar la idea de no verlo nunca más. Pero me contuve, ese día y los que siguieron.

Lo que el destino ofrece (V)

Buenos Aires, octubre de 2011.

―Pero no me mires así, Anita, si recién me dijiste que no estabas tan cansada ―dijo Gustavo y se acercó a mí―.Ayudame con el problema, que estoy preocupado, dale, es un ratito más, nada más, no cuesta nada, ¿eh, Anita?―agregó y me acomodó el pelo por detrás de las orejas.

Sentía que mi cuerpo iba a lanzar misiles atómicos. Pero a pesar de eso, no pude exteriorizar el enojo y le dije:

―Bueno, esperá que voy al baño.

Hice pis insultándolo y pensando en que la última novia que Gustavo había tenido era mucho más linda y joven que yo.

―Dejamos el helado afuera y se derritió todo, Anita ―me dijo cuando le saqué las hojas de la resolución de las manos, al cruzarlo en el pasillo, apenas salí del baño―. Habrá sido nuestro fuego―agregó riéndose.

―Sí, seguro ―sonreí con una mueca forzada, me senté en un sillón y retomé la lectura de la resolución.

―Anita, no te enojes.

―No estoy enojada ―mentí.

―Sí estás enojada, Anita, te conozco. Estoy preocupado con esto. No te quiero molestar pero no me dan los tiempos. Mañana me voy y necesito saber si vamos a apelar o si le tengo que dejar el cheque a mi hermana para que haga el pago.

―No entiendo lo del cheque. Ya me lo dijiste hoy por teléfono y no me cierra. Porque el cheque se lo podés dejar a tu hermana igual, por las dudas. Si no se paga, lo rompe y listo. Es tu hermana, ¿qué problema hay?

―Hay problemas, Anita, muchos problemas. El cheque también se lo podría dejar a Bety o a vos, pero no tengo en este momento disponibilidad de fondos en mis cuentas de Argentina. Ese es el problema. Mandé todo al exterior y le tengo que pedir a mi papá que me haga una transferencia desde una de sus cuentas. Y es muy complicado para mí hacer eso en este momento, Anita, por eso estoy desesperado porque se pueda hacer la apelación, así pateo el pago para más adelante sin que mi familia lo sepa, ¿me entendés?

―Sí… ―dije y atiné a seguir leyendo la resolución.

―No, Anita, no me entendés y seguís enojada, pero es porque hay cosas que no sabés. Es por eso. Muchas de las inversiones que hice salieron de la plata de mi familia, de mis padres, y ahora el patrimonio de todos está confundido. Es así, Anita, y hay que manejar eso. No es fácil.

―Me imagino, sí.

―Es como si todo fuera de todos. Pero ellos no son como yo. Ellos se asustan, tienen miedo, se hacen problema, piensan que van a perder todo en cualquier momento porque yo me arriesgo mucho. Por eso no les dije ni a mis padres ni a mi hermana del lío que tuve con los impuestos, porque se mueren si saben eso. No entienden nada.  Y ahora no quiero decirles tampoco porque se me arma un gran quilombo. Si gano un mes más aunque sea, pago yo y listo. Nunca se enteraron. Ayudame, por favor, Anita, estoy desesperado, no te enojes, yo no te quiero molestar, no te enojes, te juro…

―Bueno, está bien, está bien, no me enojo, pero igual hay que ver unos datos de la empresa que no voy a tener hasta el lunes. Acordate de eso. Ya te lo dije.

―Pero por ahí hay algo en las últimas hojas y con eso nos alcanza, Anita, tengamos esperanza, dale, lee y fijate―dijo y miró a su alrededor―. ¿Nos comimos toda la pizza?

―No, la guardé en la heladera. ¿Querés? ―le pregunté y atiné a ponerme de pie.

―Sí, Anita, quiero, tengo hambre, pero me la busco yo, dejá, vos leé. ¿La cocina está para allá, no? ―me preguntó señalando el pasillo.

―Sí ―dije.

Gustavo regresó a los pocos minutos, con la boca llena y con los restos de pizza en un plato. <<Es un asno, ¿qué duda me queda?>>, pensé.

― ¿Querés, Anita? ―me preguntó y me convidó con un pedazo que recién había mordido.

―No ―dije y seguí leyendo. Gustavo se sentó en el sillón de enfrente.

Sabía que no iba a encontrar resquicio alguno por donde pudiera entrar la apelación tan deseada por él. Porque las razones de la autoridad impositiva eran contundentes y porque yo no podía concentrarme en ellas. Solo podía pensar en que la ex novia de Gustavo, Sabrina, era preciosa. Y en que él tenía el dinero y el atractivo suficiente como para estar al lado de una modelo top. ¿Por qué no hacía entonces lo mismo que muchos otros empresarios y se buscaba una así? ¿Qué hacía conmigo esa noche? Tal vez, un pago de favor, eso podía hacer. Me vio sola, carente, con pocas luces para resolverle el problema que lo aquejaba y me quiso dejar contenta, “dándome amor” a cambio de un trabajo dedicado.

Lo miré de reojo y lo sorprendí comiéndose las miguitas de la pizza que habían quedado en el plato. Su torso desnudo me hizo desear un segundo encuentro sexual. Había descubierto en el primero que su piel me gustaba, porque daba la sensación de juventud, sanidad y limpieza.

― ¿Y, Anita? Dame una buena noticia, por favor ―me dijo cuando di vuelta una hoja.

―No, nada. Todo es muy concreto y se basa en tus propias declaraciones. No puedo hacer nada.

―Bueno, Anita, pero te quedan tres hojas todavía ―me dijo desesperado.

―Pero no creo que haya mucho más. Son las conclusiones.

―No, no, Anita, no me digas eso, no me digas eso. Dale, lee lo que sigue con actitud positiva. Si uno piensa que no es no. Pero si piensa que sí… ―dijo y suspiró―.Anita, vamos, dame una buena noticia rápido así tenemos otro recreo, dale, ¿sí, Anita? ―agregó y me guiñó un ojo.

― ¿Eh? ¿Otro recreo?

―Sí, Anita, sí… ¿por qué?, ¿no querés?

― ¿Pero vos qué te pensás que me estás haciendo? ¿Un favor? ―me salió.

―No, no, Anita… ―dijo sorprendido.

―Pero me decís que vamos a tener “otro recreo” si yo descubro algo en estos papeles que te hagan zafar de decirle la verdad a tu familia. ¿Qué te pensás que soy?

―No, no, Anita, no. Te dije lo del otro recreo porque voy a estar más relajado, más contento. Y eso es importante para un hombre, repercute en todo. No es lo que entendiste vos.

―Claro, no es lo que entendí yo, está bien ―dije temblando.

―No, no es lo que entendiste vos, Anita. Claro que no es lo que entendiste vos. Yo sé lo que entendiste. No te creas que no lo entendí. Lo que pasa es que no sabía que seguías así. Por eso me sorprendiste.

― ¿Seguir así? ¿Qué decís?

―Lo que digo digo, bah, no, lo que te digo ahora: desde que me conociste, Anita, mejoraste. Eso lo sabés, se nota. Te lo deben haber dicho otros también. Y yo te ayudé a mejorar, eh. Porque antes eras un pollito mojado. Acordate, no podías ni completar una frase, te trababas, tartamudeabas. Ahora estás mucho mejor.

Lo miré estupefacta.

―No… ―me salió con timidez.

― ¿No? ¿Te parece que no, Anita? Mirá qué ínfulas tenés ahora.

―No ―insistí. <<Estás equivocado. Me sigue pasando eso. Sigo trabándome, tartamudeando y todo lo demás,  solo que ahora es selectivo. Depende de la persona con quién esté o de la situación>>, pensé.

―No, Anita, vamos. Reconocé lo que pasó, reconocé la transformación que tuviste y que yo te ayudé a hacer, porque yo te ayudé a valorarte, Anita. Te afirmaste mucho en todo el tiempo que trabajamos juntos. Pero fuiste tan insegura siempre que cuesta mucho remover todo eso y te quedan muchas secuelas. Lo veo ahora, porque yo también soy inseguro, eh, ya te lo dije alguna vez, pero no al punto de pensar que alguien quiere estar conmigo para pagarme, para hacerme un favor. Es el colmo eso. Y está bien, yo te estoy pidiendo un favor ahora, pero una cosa no tiene nada que ver con la otra, Anita. ¿Cómo podés pensar que yo no tengo ganas de hacer el amor con vos realmente?

<<Hacer el amor>>, pensé. <<Otro grasa, que encima se cree que yo mejoré por él. ¡Qué  pedante! >>

―No, bueno… ―dije con voz de nena.

―Anita, si querés dejar de leer la resolución ahora, dejala. No hay problema. Hacemos otra cosa, lo que quieras. Ya te dije lo que siento, Anita, tampoco me voy a poner de rodillas para convencerte.

―Yo no te pedí eso…

―Pero si andás con esas poesías… ―me dijo sonriendo.

―Mejor sigo leyendo ―le dije sonriendo también y bajé mi vista hacia los papeles de la resolución.

―No hay nada. No se puede hacer nada con esto―dije cuando terminé de leer y puse los papeles sobre la mesa ratona.

―Bueno, si no hay nada, está bien, si no hay nada, no hay nada, Anita, qué le vamos a hacer…―me dijo y arqueó las cejas.

―Pero todavía hay que ver los datos de la empresa el lunes. Con eso podemos hacer algo, aunque sea para postergar el pago…

― ¿Y habrá algo ahí, Anita?

―Sí, sí, me parece que sí, que debe haber algo ahí.

― ¿Y te parece que me juegue a no decirle nada a mi familia? ¿A no pagar el martes?

―Y… no sé eso. Si no, pagarás intereses. No es tanto tampoco. ¿Cuántos días te vas?

―Veinte. Pero el problema no es cuándo yo vuelvo, es cuándo voy a poder traer la plata del exterior. Cuántos días para eso, Anita, tengo que hablar con mi agente de bolsa.

Ah, bueno, sí, eso es lo más importante, obvio. Saber cuándo vas a tener la plata. Pero por un mes de atraso no deben ser tantos intereses. No sé, salvo que no puedas traer la plata en un mes…

―Haceme el cálculo de los intereses de un mes, Anita, dale ― dijo y agarré el BlackBerry que estaba sobre la mesa ratona. Caí en la cuenta de que había olvidado completamente a Martín en el tiempo que había pasado desde que me había levantado de la cama. Miré el display y no había novedades.

―Diez mil pesos ―dije después de usar la calculadora del teléfono.

― ¡Diez mil pesos, Anita!

―Y sí…

―Ciento cincuenta mil más diez mil. Ciento sesenta mil―dijo para sí mismo―Bueno, bueno, Anita, pero el lunes hacé todo lo posible para que entre la apelación, eh, así no tengo que pagar eso. Bety te va a conseguir todo ―agregó y me tendió la mano, invitándome a ponerme de pie también.

Cuando lo hice, tiró de mi brazo y me arrimó a su cuerpo.

―No tenés nada debajo de la remera y yo quiero más, Anita, quiero más ―me dijo acariciándome los pechos―Va gratis esto ―agregó entre risas, burlándose de mí con ternura, y comenzó a besarme.

Martín debía ir por el carnaval carioca en la fiesta de su hermana cuando Gustavo Almazán cayó sobre mi cama conmigo encima. Esta vez dejé de lado mis inhibiciones hasta el punto de tolerar la luz prendida y de recorrer con mi boca su pecho y su panza, pero no me animé al sexo oral. Cuando llegué a sus genitales, volví arriba y dejé que él se me acomodara encima y me penetrara.

Por fortuna, ya había alcanzado el orgasmo cuando Gustavo pronunció:

― ¡Ay, Anita!― y acabó también.

Salió de mí lentamente y se sacó el preservativo

―Ponete de espaldas, Anita, dame la espalda, dale ―me dijo, agitado, después de dejarlo en el piso, justo cuando yo me cubría con el acolchado.

― ¡¿Eh?! ―pregunté alarmada.

―No, Anita, no es lo que pensás. Es para dormir cucharita nomás. Tengo sueño. Mañana me tengo que levantar temprano. No me hice la valija todavía.

―Pe… pe…pero no, no, dormir acá, no.

― ¿Por qué? ¿Querés que me vaya ahora, Anita?

<<Sí>>, pensé, pero dije:

―No, no es porque quiera que te vayas, pero mis viejos vuelven mañana. No sé la hora. A lo mejor vuelven temprano…

― ¿A qué hora es temprano, Anita?

―A las nueve. Por ahí vuelven a las nueve. Son grandes, se levantan temprano, y a lo mejor vuelven después de desayunar… a las nueve están acá y si es así…

― ¿No se quedan a almorzar?

―No siempre.

―Bueno, Anita ―dijo y comenzó a buscar su calzoncillo, cubriéndose con el acolchado de nuevo.

―Pero no te estoy echando…

―No, no, Anita, pero si tu papá y tu mamá van a volver temprano, mejor me voy a dormir a mi casa. Tengo que dormir algo aunque sea, porque no puedo dormir en los aviones. Voy a llegar con sueño a Miami y no voy a poder pensar bien ―dijo y se puso el calzoncillo.

Cuando terminó de vertirse, me puse mi remera sin sacarme el acolchado de encima, y lo acompañé hasta la puerta.

―Bueno, Anita, ya sabés, ponete de acuerdo con Bety para que te dé los papeles el lunes.

―Sí, sí, no te preocupes.

―La pasé muy bien hoy, Anita.

―Sí, yo también ―mascullé y acerqué mi boca a la suya. Me dio un beso intenso.

―Chau ―dijo y lo vi subirse a su camioneta.

Cerré la puerta pensando en que había tenido mi primera vez con uno y la segunda y la tercera con otro diferente, que probablemente no sería el mismo con el que tendría la cuarta. Justo yo, que quería ser mujer de un solo hombre, como las protagonistas de las novelas de los ochenta.

Lo que el destino ofrece (IV)

Buenos Aires, octubre de 2011.

Gustavo Almazán me desnudó con habilidad y rapidez. Lo ayudé a quitarse su remera y luego caímos sobre la cama. Su boca recorrió mis pechos, mis brazos y mi panza. Me dio besos en círculo alrededor de mi ombligo y luego emprendió el descenso. Salteó la zona genital y se dirigió a mis piernas, que lamió hasta los tobillos, para inmediatamente emprender el ascenso, usando sus labios. Pasó por alto mis genitales de nuevo y trazó una línea recta con la punta de su lengua hasta mis pechos. Se entretuvo otro rato con ellos y luego, subió. Me daba besos en el cuello cuando me di cuenta de que su pene ya se movía dentro de mí.

―Ay, Anita, ¡qué lindo esto! ―dijo entre jadeos y acabó con las sensaciones placenteras que había experimentando hasta ese momento. Fue el “Anita”, sin duda, el que arrastró mi conciencia a un rincón de mi habitación.

¿Quién era esa que estaba en mi cama y tenía a Gustavo Almazán encima? Yo no la conocía.

¿Qué dirían mis padres de esto? Recordé que mi padre no me había dirigido la palabra durante varios días luego de que le tirara en la cara las relaciones sexuales que había mantenido con Ferni, ya cansada de que lo siguiera defendiendo ciegamente, tratándolo como una víctima, aun sabiendo que me había abandonado pocos días después de prometerme llegar a matar por mí.

¿Y si Martín se arrepentía? Ahora ya no había vuelta atrás. Me había acostado con Gustavo Almazán. Imperdonable.

Empezó a moverse con mucha rapidez y los jadeos y gemidos se multiplicaron con más intensidad. Seguí su ritmo, aunque sin ya experimentar sensación alguna, hasta que emitió un sonido parecido al llanto de un perro y salió lentamente de mí, para recostarse al lado, agitado.

―Lo dejo acá, en el piso, y después lo tiro, Anita ―dijo, haciendo referencia al preservativo.

―Sí, está bien ―murmuré y me tapé con el acolchado.

― ¿Tenés frío, Anita?

―Sí, un poco.

<<Le tengo que decir que me deje de llamar “Anita”, porque no voy a acabar nunca así>>, pensé.

―Bueno, vení, vení ―dijo y me abrazó―. Ay, Anita, Anita… ―se rio frotándome la espalda y después acomodó mi cabeza entre su brazo y su pecho―.Linda noche ―agregó y comenzó a acariciarme la cabeza.

―Sí…

― ¿Estás contenta, Anita?

―Sí… ―dije.  << ¡No!>>, pensé. <<Me voy a arrepentir de esto>>

―Me di cuenta, Anita, me di cuenta ―presumió.

Y luego vino el silencio. Permanecimos así un rato, abrazados, con un dedo de Gustavo dando vueltas en mi cabeza, alumbrados por la escasa luz del pasillo que entraba por la puerta abierta de mi habitación.

― ¿Estás cansada, Anita? ―me preguntó luego y me dio un beso en la frente.

―No, no mucho ―dije. <<Tengo ganas de ir al baño. ¿Dónde estará mi ropa? Aunque no se vea mucho que digamos, desnuda, delante de este tipo, no voy a caminar ni loca>>, pensé.

― ¿La luz, Anita? ¿Por qué no la prendés un toque así busco mi calzoncillo?

―Bueno ―dije y apreté el botón  del velador. <<Total, estoy tapada>>, pensé.

Gustavo Almazán también sintió vergüenza de su desnudez. Lo supe porque buscó su ropa cubriendo sus partes íntimas con el pedazo de acolchado que yo le dejé.

Se puso el calzoncillo y el pantalón, recogió el preservativo, y fue al baño. Aproveché el momento para vestirme yo también, con una remera larga hasta las rodillas, y para juntar la ropa que había quedado tirada en el piso. Cerca de la mesa de luz, vi un papel pequeño. Lo agarré y leí: “Pres. Prime X Tra. Pleas. Hora 10:45 PM”. << ¡Hijo de puta! Puso la excusa del helado para ir a comprar forros>>, pensé y dejé el papel sobre la mesa de luz.

Dudaba entre volver a la cama o salir de la habitación, cuando vi llegar a Gustavo con los papeles de la resolución de sus impuestos en la mano.

―Anita, se acabó el recreo, ¡vamos! Sigamos con esto, que quedan varias hojas…

― ¿Eh? ¿Seguir con eso ahora?

Lo que el destino ofrece (III)

Buenos Aires, octubre de 2011

Corté otro pedazo de pizza, con la vista clavada en el plato.  Cuando me lo llevé a la boca, se me vino a la mente una frase que se repite en los libros de autoayuda y que se le atribuye (no sé con qué grado de verdad) a Albert Einstein: “Si siempre haces lo mismo, no esperes resultados diferentes”.

Seguramente no le haría caso a las insinuaciones de Gustavo y cuando él se fuera, me acostaría en mi cama a llorar imaginando a Martín en la fiesta de casamiento de su hermana, para luego atormentarme pensando en el lunes y en todo el proceso de duelo que me quedaba por delante. Era hacer lo mismo de siempre, para obtener el mismo resultado de siempre: estar sola y triste, interpretando el papel de la mujer despreciada por todos los hombres que reniega contra el destino por no haber tenido en su vida una relación sentimental de duración aceptable. Ser siempre la que ninguno quiere, la que tuvo sexo una sola vez en su vida y con Ferni, y la que encima ahora debe soportar que la dejen por no ser virgen, cuando antes la habían dejado por serlo.

Me animé a levantar la vista y a encontrarme con la mirada de Gustavo. Me sonrió masticando y yo le devolví el gesto. <<Es lindo>>, pensé.

―Ya me parecía que me faltaba algo, Anita ―me dijo mientras se limpiaba los labios con la servilleta―.Me olvidé el celular. Debe estar en la camioneta. ¿Me abrís y lo busco?

―Bueno ―le dije, lo acompañé hasta la puerta y lo esperé ahí.

Me pregunté qué querría conmigo. Si solo divertirse esa noche o emprender una relación. Muchas veces me había hablado de sus ganas de casarse, aunque nunca me había dicho directamente que deseaba hacerlo conmigo.

―Voy a comprar helado de postre, Anita ―me gritó desde la vereda―. ¿Adónde hay una heladería buena por acá?

―Pero lo pido por teléfono.

―No, no, Anita, tarda mucho por teléfono.

―No, no tarda.

―Pero voy yo mejor, es más rápido. ¿A dónde hay una?

―Por la avenida, a la derecha, cinco cuadras más o menos.

―Ok, a la derecha, cinco cuadras, está bien ¿Qué gustos querés?

―Ay, no sé… ―dije y me quedé pensando.

―Dale, Anita, no estamos eligiendo un departamento.

―Bueno, banana split.

― ¿Y qué más?

―No, nada más. No pidas muchos gustos porque se mezclan todos.

―Está bien, Anita. Ya vengo ―dijo y se fue en su camioneta.

Cerré la puerta y pensé algo en contra de mí misma. Una ocurrencia nacida de un nivel de autoestima por debajo del cero: tal vez Gustavo se me había insinuado para dejarme contenta, para adularme, con el fin de que terminara de leer la resolución de sus impuestos de buena gana y le resolviera el problema. Quizás no tenía otra intención más que esa y mi última sonrisa lo hizo ver en la obligación de avanzar conmigo. Por eso ahora se escapaba, con la excusa de ir a comprar helado.

Cuando me acerqué a la mesa para recogerla, me di cuenta de que él no había terminado de comer. En su plato había quedado un pedazo de pizza y los mangos de los cubiertos todavía estaban apoyados sobre el mantel. <<A lo mejor no vuelve>>, pensé.

Pero a los pocos minutos, el timbre sonó:

―Compré cucuruchos también, Anita. Traete unas cucharas nada más ―dijo apenas entró.

Fui hasta la cocina a buscar lo que me había pedido pensando en que me había hecho problema en vano, pues la que no quería nada con Gustavo Almazán era yo. El tipo era lindo, sí, pero era un asno también. Ya lo sabía bien. ¿Y por qué ahora estaba tratando de verlo de otra manera? Si no lo soportaba ni para imaginar una aventura de una noche, una noche en la que seguro me haría trabajar en la cama para su exclusivo placer. Y hasta podría pedirme que hiciera cosas estrafalarias. <<No, mejor paso. Gustavo es lo peor que puedo elegir para probar hacer algo diferente>>, pensé y volví con las cucharas.

―Yo quiero dulce de leche y frutilla, Anita ―dijo y me dio un cucurucho―. ¿Viste? Compré tres gustos, pocos, como me dijiste, te hice caso.

―Sí, veo, veo ―dije y agarré el cucurucho. Después de hacer un rato de acrobacia con la cuchara y el helado, él se rindió:

―Está bien, Anita, dejá, dejá, mejor sirvo yo―y me sacó la cuchara―. ¿De qué querés?

―De banana. Y poneme un poco de frutilla también ―dije y me senté en la silla.

―Listo, Anita, tu heladito―dijo y me lo entregó.

Terminó de servirse el suyo, se sentó en su silla y empezó a comerlo.

―Ay, Anita, Anita… qué misterio, qué misterio este…

― ¿Qué? ¿Qué misterio hay?

―Y, Anita, hoy esperaba encontrarte en otra cosa y, sin embargo, te encuentro acá, en tu casa…

―Sí, bueno… ―dije con vergüenza y me serví vino en el vaso.

― ¿Más vino, Anita?

―Sí, ¿qué tiene? Voy a poder terminar de leer la resolución, no me hace nada, no te preocupes, ahora la agarro y sigo.

―No, Anita, no te lo decía por eso. Te lo digo porque el alcohol hace mal al hígado y es adictivo.

―No es para tanto ―dije y bebí un sorbo.

― ¿Qué pasó con Tincho, Anita? Ese es el misterio. ¿No me querés decir, no? ¿Quedó en lo de la fiesta de la empresa? ¿No se vieron más después?

―No, no, nos vimos, nos vimos, salimos varias veces después de la fiesta, pero no funcionó.

― ¿Y por qué no funcionó?

―Porque no, qué sé yo, supongo que él esperaba otra cosa de mí. No sé… ―dije con tristeza.

―Anita, no te hagas problema por Tincho, por favor. Yo siempre supe que eso no iba a funcionar. Un boludo es Tincho, Anita, no sé qué le viste. No era para vos. Mucho musculito, mucho musculito, pero nada de materia gris.

―Eso no lo sé, por algo lo nombraste gerente de sistemas.

―Anita, me salía más barato. Por eso lo nombré. Ya ves que ahora el título le va a quedar grande. La semana que viene, cuando salga a buscar trabajo, no va a poder apuntar a otra gerencia de nuevo.

― ¿Por qué buscar trabajo? ¿Lo van a echar?

―Sí, Anita, obvio que lo van a echar. La semana que viene vuelan todos los gerentes. Las brasileñas van a poner gente de ellas.

―Ah… ―dije y sentí alivio. No iba a tener que convivir con Martín en el segundo piso y estrujarme de dolor cada vez que lo viera―. ¿Y eso cómo la sabés? ¿Es seguro?

―Sí, Anita, es seguro, es muy seguro, porque de lo que me pagaron por la venta me descontaron un porcentaje para las indemnizaciones de los gerentes.

―Ah…

― ¿De verdad estás triste por Tincho, Anita? No lo puedo creer.

―Y sí… sí… la verdad es que sí, que estoy triste por eso. Se me nota. Ya lo sé.

―Un clavo saca otro clavo, Anita.

―No, para mí no es tan así. Hay otras cosas, hay sentimientos, las personas son diferentes. No son reemplazables. Y la gente para la que un clavo saca a otro no me gusta.  

―No, Anita, está confundida. Uno es el primero que se tiene que querer. No aferrarse a algo que no funciona. La vida sigue, Anita, y hay que vivirla bien.

―Sí, eso sí, pero no tiene nada que ver con lo que te estoy diciendo. A mí no me gusta la gente que ve como intercambiables a sus afectos. Eso es un clavo saca a otro clavo. Eso te quería decir. Un día hay uno en un lugar, otro día hay otro, y les da lo mismo cualquiera con tal de mantener ocupado el puesto.

― ¿Y cómo son la cosas para vos, Anita?

―De otra forma.

― ¿De qué forma? ¿Qué es lo que se tiene que sentir, Anita, para dejarte contenta?

―No, para dejarme contenta, no.

―Bueno, ¿qué es lo que vos consideras que es querer a alguien?

―Ay… no sé…

―Anita, entonces no tenés claras las cosas y por eso estás tan negada a lo que te digo.

―No, sí las tengo claras. No te digo porque me da vergüenza.

―No, Anita, no tengas vergüenza, decime.

―Bueno, te digo: para mí los sentimientos, lo que es querer a alguien, estar enamorado, es lo que dicen algunas poesías. Esas cosas no se sienten por cualquiera que se te cruza. No te burles, eh.

―No, Anita, no me burlo. Te estoy escuchando atentamente. ¿Y qué poesías?

―La de Neruda puede ser una, la que empieza con “Puedo escribir los versos más tristes esta noche”, ¿la conocés?

―Sí, Anita, la conozco, la conozco ―dijo y se rio.

― ¿Ves? ¡Te burlas!

―No, Anita, no me rio por lo que vos pensás. Me rio por otra cosa. Se nota que no la pegas con a quien creerle las cosas. Justo a Neruda ponés de ejemplo.

― ¿Por qué? ―le pregunté.

― ¿No sabés en quién se inspiró Neruda para escribir esa poesía, Anita?

―No, no, ni idea.

―En una sobrina, Anita, en una sobrina de la mujer, en una sobrina de la esposa se inspiró. Neruda se acostaba con la sobrina de la esposa, o se quería acostar, no sé… ¿viste qué buenos sentimientos que tenía?

― ¿Y vos cómo sabés eso?

―Lo sé, lo sé de buena fuente, Anita, me lo contó un Licenciado en Letras.

―Ah… ―dije. Gustavo me había sorprendió. Sabía algo de poesía. Yo imaginé nombrarle a Neruda y acto seguido tener que explicarle quién era. Pero no. Él ya lo conocía. A lo mejor no era el asno que creía que era y tal vez terminaría viviendo una comedia romántica norteamericana, con él mostrándome un lado hasta ahora desconocido de sí mismo que me enamoraría.

― ¿Viste, Anita? Y si te gustan esas cosas, leer esas poesías, ¿Tincho, Anita?, “Musculito Tincho”, todo el día en el gimnasio levantando pesas no van con eso, eh.

―No era tan así ―dije sonriendo.

― ¿Te gustan tanto los músculos, Anita?

―No, la verdad es  que no me gustan. Se lo dije a él incluso.

―A mí me parece que necesitas algo más espiritual, Anita ―dijo y se sirvió Coca Cola―. Lo que pasa es que no mirás alrededor. Te enfocas en algo y te quedas clavada ahí.  Apareció Tincho y de ahí no saliste. No le diste oportunidad a otra opción. Sos prejuiciosa, miedosa ―agregó y bebió un sorbo―.Perdió el frío esto.

―Te busco hielo ―dije y me levanté de la silla.

―No, Anita, esperá ―dijo y me tomó de un brazo. Se puso de pie y se acercó a mí―.No me esquives más, dale―agregó y me acomodó el pelo por detrás de las orejas.

―No… bue…

―Dejame que te quite el prejuicio que tenés conmigo, no seas así ―y me tomó la cara con las manos.

―No, no… no… no tengo pre…pre…pre… ―dije y él me besó en la boca. Rodeé su cuello con mis brazos y me dejé llevar.

― ¿Y, Anita? ¿No te imaginabas esto, no? ―me preguntó mientras me daba besos cerca de una oreja.

―No, no… ―dije.

Volvió a mi boca y atacó los dos frentes: una mano, en un pecho, y la otra, en una nalga.

―No, no ―dije y, con delicadeza, intenté corrérselas.

―No tengas miedo, Anita, no te voy a hacer nada malo ―dijo y siguió besándome, ubicando sus manos en mi cintura.

Como siempre sucede en estos casos, segundos después, volvió a la carga. Corrí sus manos de nuevo.

―Anita, ¿qué pasa?

―No quiero ir tan rápido.

― ¿Qué rápido? Si hace un montón que nos conocemos. Yo te quiero, Anita.

―No, pero…

―Pero nada, Anita, si te gusta lo que está pasando. No seas tan miedosa. Te perdés de vivir así…

―No… ―alcancé a decir y Gustavo me besó en la boca de nuevo. Esta vez dejé que me tocara el culo y los pechos. También dejé que metiera sus manos por debajo de mi remera y que me desabrochara el corpiño, y después el pantalón, y que luego tomara una de mis manos y la llevara hasta la bragueta del suyo.

No me gustó el gesto, pero la voz de Carla taladró en mi mente: “Todos los tipos lo hacen, nena, ¡acostumbrate!”, y me hizo efecto. Por eso dejé de lado el hecho de que Ferni y Martín nunca me habían llevado la mano hasta su pene y empecé a manosear la zona de la bragueta del pantalón de Gustavo Almazán, tranquila porque mi mamá me había hecho la cama antes de irse a la mañana.

Cuando me sacó la remera, lo conduje hacia mi habitación.

― ¿A oscuras, Anita?

―Sí, sí, a oscuras. Entra la luz del pasillo igual ―dije. Con Gustavo me pasó lo que no me pasó con Ferni: sentí vergüenza de mi desnudez y preferí la oscuridad―. ¿Tenés preservativos? Porque yo no tomo…

―Sí, Anita, tengo, tengo…

Lo que el destino ofrece (II)

Buenos Aires, octubre de 2011.

― ¿Quién habla? ¿Gustavo?

―Sí, Anita, soy yo, Gustavo. Me cambié el celular, por eso tengo otro número ahora. Tuve que dar de baja el de Empresa Pedorra porque me seguían llamando proveedores, franquiciados, me tenían harto…

―Ah, sí, seguro…

― ¿Estás resfriada, Anita?

―No, no…

―Porque te noto la voz de refrío.

―No, no,  estoy bien ―dije. << ¡Uy! Se me nota en la voz la tristeza. Y que estuve llorando mucho>>, pensé.

― ¿Entonces estabas durmiendo?

―No, no, tampoco.

―Ah, me pareció que tenías la voz rara. Será el ruido del teléfono. Andan mal los celulares. ¿Cómo va todo, Anita? ¿Bien entonces?

―Sí, bien, bien, me mandaron a Calidad y Procesos, en reemplazo de…

―Yo acá ando, Anita ―dijo sin escucharme y sobre mis palabras―.Angustiado, muy angustiado, Anita.

― ¿Por qué? ¿Te arrepentiste de haber vendido la empresa?

―No, no, Anita, no, de eso no, no me arrepentí. ¿Adónde estás vos ahora? Por ahí te interrumpí algo…

―No, no, estoy en mi casa ―dije inocentemente.

― Ah, estás en tu casa…―dijo y suspiró― Anita, me tenés que ayudar, por eso te molesto, ¿te acordás del asunto de mis impuestos?

<< ¡Hijo de puta!>>, pensé, pero dije:

―Sí, sí, me acuerdo…

―Bueno, mejor, Anita, mucho mejor si te acordás, porque ayer salió una nueva resolución. ¿Viste que habíamos apelado la primera?

―No, no, eso no lo sabía. Me parece que no me dijiste, no sé…

―Y no te habré dicho, Anita, qué sé yo. No me acuerdo ahora si te dije. Pero igual no importa eso. Lo que importa es que es la última resolución, la que vale hoy, y dice que tengo que pagar ciento cincuenta mil pesos.

―Ah, bueno, la sacaste barata. Porque era muchísimo más.

―Anita, Anita, me decís lo mismo que mis contadores, que es una ganga, ¿cómo se nota que ustedes no son los que tiene que pagar, eh?

―Pero es que es así…

―No sé, Anita, no sé si es así. Y para eso te necesito. Ya sé que es sábado y no te quiero molestar. Te juro que me da mucha vergüenza estar pidiéndote esto, pero es que ya averigüé todo lo que pude por mi cuenta y no llego a nada, Anita, no saco nada en limpio, no entiendo nada. Estoy muy preocupado, desesperado estoy, Anita, ¿me entendés? No sé qué hacer, porque mis contadores y mis abogados me dicen que tengo una instancia más, que esto se puede apelar una vez más, pero que ya no me conviene hacerlo, que ciento cincuenta mil está bien, que me conforme y pague, porque no hay nada más que hacer, así me dicen, Anita.

―Y bueno…

―No, no, Anita, bueno, no. No es nada bueno esto y por eso te necesito. Hay que hacer algo. La plata no sobra, Anita. Y esto vence el martes. O sea, si apelo, hay que presentar los fundamentos el martes.

―Ah…

―Y algo tiene que haber, Anita, algo más tiene que haber para decir. Tenés que ver los papeles. Los tenés que ver, Anita, porque si vos me decís que no se puede hacer nada, bueno, yo me quedo tranquilo, pero necesito que lo veas vos y me lo digas para estar seguro.

―Bueno… pero no sé…

― ¿Cómo hacemos, Anita? Porque me voy mañana y no hay tiempo…

―Y no sé… ¿Adónde te vas mañana?

―A Miami, Anita.

―Ah…

― ¿No te conté?

―No, no, si hace ya varios días que no hablamos.

―Pero pensé que te había dicho, Anita.

―No, no me dijiste nada. Ni siquiera me dijiste de la venta de la empresa…―me animé a reprocharle.

―Ah, no, Anita, pero no es que no te quise decir. No vayas a pensar así, por favor. Sabés cómo son estas cosas: las decisiones se toman rápido y después no se cambian, y si se cambian, ese cambio se hace después de mucho tiempo. Hay que aprender de los grandes empresarios de la historia, Anita. Y yo estoy en eso…

―Sí, pero…

―Pero, Anita, no te me ofendas, por favor.

―No, no me ofendo. Te dije porque…

―Bueno, mejor así, Anita, mejor así ―me interrumpió― ¿Cómo hacemos?

―Y no sé…

―Me voy mañana domingo, Anita. Y esto vence el martes. Necesito saber qué pasos se van a dar en este tema. Porque el martes tengo dos opciones: presentar la apelación o pagar los ciento cincuenta mil. Si no, me cobran intereses. Ya sabés cómo son estas cosas, Anita. No quiero pagar más plata de intereses…

―Y no, no, claro.

―Bueno, Anita, ¿cómo hacemos entonces?

―Es que no sé qué dice la resolución ―dije. <<Y no lo quiero saber tampoco. No tengo mente para concentrarme en nada. Y seguro voy a estar así muchos días más>>, pensé.

―La resolución me la dieron impresa, Anita. La tengo acá conmigo. Son cuarenta hojas más o menos. ¿Cómo hacemos? ¿Cómo te la hago llegar para que la veas hoy? Porque, Anita, de nuevo te digo, perdoname, yo sé que es sábado y no sabés lo que me duele molestarte un sábado, pero me voy mañana y la resolución me llegó recién ayer a la tarde. Y si no queda otra alternativa que pagar, tengo que hacer una transferencia a una cuenta de mi hermana para que ella le dé el cheque a Bety…

―Ah…  sí…y bueno… no sé, mándamela por mail ―dije. <<Ay, no, no, ¿qué propuse? ¿qué mail? ¿Cómo me voy a concentrar en algo así hoy? ¿Y por qué? ¿Para qué? Si ya no tengo relación laboral con Gustavo… pero no, no, ¿qué estoy pensando? Si me hago la boluda, voy a quedar como una interesada que ahora no le quiere hacer ni un miserable favor>>, pensé.

―Tendría que escanear todo, Anita. La tengo impresa, ya te dije. No la tengo en otro formato. Estas cosas no te las mandan por mail. Es una notificación oficial, con muchos sellos, Anita.

―Bueno, mándamela escaneada. No hay problema ―dije con inocencia.

―Ok, Anita, como quieras. Te la mando escaneada ―dijo y suspiró―.Pero, por favor, quedate atenta a los mails. Ahora tenés BlackBerry…

―Sí, sí, estoy atenta. Lo espero.

―Bueno, Anita, entonces en un rato, largo seguro va a ser el rato,  porque tengo que  hacer el escaneo de las cuarenta hojas, te lo envío. Confirmame la recepción, por favor.

―Sí, sí, te la confirmo.

―Ok, Anita, un beso. Hasta luego ―dijo y cortó, sin esperar a escuchar mi “Chau”.

Martín había dejado a la novia para empezar una relación conmigo. También me había dicho que me quería en el restaurante de Mar del Plata. Y ahora desaparecía. Me dejaba así, sin más trámite. Las piezas no encajaban. Martín tenía que sentir algo por mí. Debía estar enamorado de mí.  Y ya me había dejado Ferni, además. Merecía algo muy bueno en compensación por eso y no lo estaba recibiendo.

Habían pasado las cinco de la tarde y la hermana de Martín iba a entrar a la iglesia a las nueve de la noche. A quinientos kilómetros de mi casa. Y no sabía cómo me iba a poner a esa hora, ni cómo iba a pasar la noche imaginando a Martín en la fiesta.

El teléfono volvió a sonar a las seis. Leí el número y atendí:

―Anita, Anita, perdón, perdón por molestarte tanto. No sabés la vergüenza que me da…

―No, está bien, no te preocupes ―mentí.

―Estoy con el escaneo, Anita, pero se me tilda la computadora. No sé bien cómo se maneja esto. Nunca lo uso, Anita. Mirá cuánto tiempo pasó desde que hablamos y recién voy por la quinta hoja y son cuarenta. Así no va, Anita, así no va. No termino ni pasado mañana.

―No, no, ya sé…

―Anita, no te quiero molestar más de la cuenta, pero si estás en tu casa, me voy en un toque y te alcanzo las hojas de la resolución así las lees y me das tu opinión. Va a ser lo más rápido.

<<Ay, no, no, ¡No!!!>>, pensé, pero dije:

Bue… bue… bueno, si…

―Salgo ahora para tu casa, Anita. Te tengo en el GPS. Llego enseguida―me interrumpió―. Nos vemos. Un beso y gracias, Anita, muchas gracias por todo―agregó y cortó.

Corrí hacia mi habitación y me vestí con prendas más o menos presentables. El susto apareció cuando me miré al espejo del baño. Mis ojos estaban hinchados y donde antes veía blanco, ahora veía rojo.  Me enjuagué muchas veces y no hubo caso. El color no cambiaba. Pero la  base de maquillaje, el polvo volátil, el rímel y el delineador, lograron disimular un poco la hinchazón.

Lástima que no pude contenerme tanto tiempo y empecé a llorar de nuevo, sin parar. Cuando Gustavo Almazán tocó el timbre de mi casa, tardé en abrirle, pues tuve que enjuagarme de nuevo la cara a las apuradas y limpiarme con crema las manchas negras que las lágrimas me habían provocado al mezclarse con el delineador y el rímel.

― ¿Y, Anita? ¿Hay algo? ―me preguntó cuando di vuelta la quinta hoja de la resolución.

Los dos estábamos sentados, enfrentados, en dos sillones separados por una mesa ratona. Él parecía no haber reparado en el estado de mi cara.

―No, no, todavía no llegué a la parte cremosa ―dije. <<No se me nota nada. Soy una exagerada. Me hago problema al pedo>>, pensé.

― ¿Cremosa, Anita?

―Sí, cremosa, como la crema del negocio. La parte interesante. Hasta ahora solo hacen un recuento de las presentaciones, de los dichos de cada parte. Nada concreto.

―Ah, ah, está bien, Anita, está bien, seguí.

―Bueno ―dije y seguí leyendo. Sabía que no iba a hallar ningún dato relevante. Por más que lo hubiera, mi mente no iba a detectarlo. Pero persistía en el esfuerzo.

― ¿Y, Anita? ―volvió a preguntarme cuando di vuelta la décima hoja.

―No, nada, nada. Por ahora no encuentro nada.

― ¿Estás bien, Anita?

― ¿Eh?

― Si estás bien, si te sentís bien.

―Sí, sí, me siento bien ―dije con vergüenza y bajé la vista para seguir leyendo. <<Se me nota>>, pensé.

―Anita, manteneme al tanto. Estoy acá y te veo pasar hojas y nada. Avisame cuando encuentres algo, hasta el más mínimo detalle, eh ―me dijo cuando di vuelta la hoja número veinte.

―Sí, sí, lo que pasa es que en esta parte hablan de datos de la empresa y no sé bien a qué se están refiriendo.

― ¿No sabés, Anita?

―Es que ahora no me acuerdo si eso era así. Habría que ver la documentación.

―Y bueno, el lunes la ves.

―No, no va a ser tan fácil que la vea el lunes. No estoy más en el directorio.

― ¿Cómo que no estás más en el directorio, Anita?

―Te dije que me mandaron a cubrir el puesto de Rubén G.

―No, no me dijiste, Anita.

―Sí te dije.

― ¿El puesto de Robin vas a ocupar?

―Sí.

―Pedile a Bety esa documentación, Anita ―dijo―. Ah, no, no, a Bety no. Bety ya se fue de la empresa. El lunes no va ya. Pero igual anotame lo que necesitas, que le digo a ella que se lo pida el lunes a las brasileñas.

―Bueno, esperá que busco una birome y una hoja ―dije, me puse de pie y fui hasta mi habitación.

― ¿Y tu papá y tu mamá, Anita? ―me preguntó de lejos.

―No, no están. Salieron.

―Ah… ¿y tu perro? ¿Está en el jardín?

―Es perra.

―Ah, sí, cierto, Anita, es perra.

―Salió con ellos también. Se fueron a la quinta de un tío.

―Ah, la perra pasea.

―Y sí, le encanta salir. Ya sabe cuándo mis viejos se van y se prepara para subir al coche.

―Ay, Anita, yo tendría que estar haciendo lo mismo que tu perra. Salir más, relajarme un poco. Estuve jugando mucho al golf estos días, pero mirá los problemas que tengo que atender hoy sábado…

―Bueno, mañana te vas a Miami ―dije y me senté de nuevo en el sillón.

―A Miami me voy por trabajo, Anita, no para divertirme. Tengo que ver a qué me voy a dedicar de ahora en más…

―Ah, ¿te vas a instalar en Miami?

―No, no, Anita, a vivir me quedo acá. Ni loco me voy a vivir a otro lado. Pero algún negocio allá haré. No sé todavía. Tengo que ver una propuesta y por eso voy. Después te cuento bien de qué se trata,  ahora no te distraigas. Seguí leyendo. Después te digo bien porque seguro que también voy a necesitar tu asesoramiento.

―Ah, bueno ―dije y bajé la vista hacia las hojas de la resolución.

― ¿Hay algo más, Anita? ―me preguntó cuando di vuelta la hoja número veinticinco.

―No, nada más. Ya anoté todo lo que hay que ver en la empresa, pero nada más. Lo otro parece estar bien, es lo que informaron tus contadores. Eso no se puede contradecir. Es información brindada por vos.

―No, no, claro, Anita, eso no. Pero igual tomate tu tiempo, lee con tranquilidad.

―Sí, sí―dije y continué con la lectura.

―Aunque no sé, Anita, yo estoy acá haciéndote leer esto, pero no sé si tenés algún compromiso hoy, si tenés que salir después, no sé si estás de novia ya, no sé en qué quedaste con Tincho o con otro…―dijo y me puse roja.

― ¿Eh? No, no… ―me salió. No me animé a levantar la vista.

―Igual te veo un poco desanimada, Anita, así que no creo que tengas gran plan por delante hoy ―sugirió y esta vez sí lo miré a los ojos. Arqueó una ceja―. Perdón, Anita, no te lo dije con mala intención.

―No, no, está bien ―dije y volví mi vista a las hojas

―Desde que entré a esta casa no puedo dejar de pensar en las milanesas de tu mamá. ¡Qué ricas que estaban, Anita! ¡Muy ricas!

―Ah, sí, sí, mi mamá cocina muy bien.

―Sí, qué suerte que tenés, o bah, que tiene tu papá.

―Ay, perdón, no te ofrecí nada para tomar. ¿Querés algo?

―Y… algo fresquito me vendría bien, Anita, lo que tengas, no te hagas problema.

―Bueno, te traigo ―dije y fui hasta la cocina. En la heladera solo había agua y un poco de Coca Cola light en una botella, que seguro ya había perdido el gas. Me alcanzó para llenar un vaso―. No tengo nada más, perdón, no sé si tiene gas.

―No importa, Anita, no te hagas problema ―me dijo y agarró el vaso―. ¿Y vos?

―No, yo no quiero nada ―dije, me senté y puse las hojas de nuevo encima de mis piernas.

― ¿Tu papá y tu mamá a qué hora vuelven, Anita?

―No, no vuelven. Se quedan a dormir en la quinta.

―Ah, ¿se quedan, Anita? ―me preguntó arqueando una ceja.

―Sí, se quedan allá.

― Mirá vos, Anita. Te vine a hacer un poco de compañía entonces ―dijo sonriendo. Yo también sonreí y miré la pantalla de mi BlackBerry, que estaba sobre la mesa ratona y  que no anunciaba novedades. Luego, regresé a las hojas.

― ¿Nada nuevo, Anita? ―me preguntó cuando llegué a la hoja veintiocho.

―No, no, nada, nada.

―Bueno, Anita, tengo hambre ―dijo y se palmeó la panza recostándose en el respaldo de sillón.

―Ah, pero…

― ¿Tu mamá dejó milanesas hechas en el freezer, Anita? ―me preguntó y bostezó.

―No, no, ella no es de dejar comida hecha en el freezer. Igual yo no las sabría freír.

―Anita, ¿no sabés hacer eso?

―Sí, sé, no es que no sepa poner aceite a calentar, pero me quedan mal las milanesas, llenas de aceite o se me queman.

―Anita, Anita, lo que pasa es que no le ponés dedicación.

―Es que no me interesa. Será por eso.

―Bueno, Anita, pidamos algo, dale. O voy y compro. De paso te tomas un recreo y después seguís leyendo. ¿Qué querés comer, Anita?

―Ay, no sé…

― ¿Mc Donald’s por acá dónde hay?

―Muy cerca no…

― ¿Pizza?

―Eso sí hay. La pido por teléfono.

―Está bien, Anita. Pedila por teléfono. Yo quiero una con jamón y morrones. ¿Vos?

―Como esa. Está bien.

―Pedí una grande entonces. Y unas porciones de fainá.

―Ok ―dije y tomé el teléfono. A lo requerido por Gustavo le agregué una Coca Cola.

Cuando llegó la pizza, me acerqué a la puerta con la billetera en la mano, pero él se adelantó y pagó. El gesto no sirvió para aliviar la incomodidad y la molestia que su visita me causaba. Por eso no me importó destapar una botella de vino sobre la mesa del comedor. Necesitaba una dosis de alcohol que me ayudara a sobrellevar la situación.

― ¿Vino, Anita?

―Sí, yo tomo vino con la comida de la noche.

― ¿Todos los días tomás vino, Anita?

―Sí, tomo todos los días.

―Bueno, Anita, será cuestión de acostumbrarse entonces―dijo y me sirvió una porción de pizza―. Comé, Anita, comé ―agregó y se sirvió él una en su plato―. ¿Fainá querés?

―No, no, gracias ―dije y tomé un sorbo de vino.

―Anita, ¿después de tomar vino vas a poder seguir leyendo la resolución de mis impuestos? Te van a faltar reflejos…

―No, no, nada que ver. Yo puedo leer igual. Y tampoco voy a tomar tanto. Estudio muchas veces después de tomar vino. No pasa nada. Además, ya me falta poco para terminar con la resolución

―Bueno, Anita, no te enojes. Era un comentario, nada más.

―No, no me enojo ―dije y me metí en la boca un pedazo de pizza.

―Yo voy a probar un poco de vino. ¿Cuánto puedo tomar si manejo, Anita?

―Un vaso. O dos, no sé, porque para los hombres es diferente que para las mujeres. Creo que pueden tomar más. Por eso no sé si podés dos…

―Bueno, Anita, entonces tomo medio, si no estás segura…

―De que uno podés sí estoy segura ―dije y se sirvió el vaso por la mitad.

―Igual yo no tomo nunca, Anita ―dijo y bebió un sorbo. Frunció la nariz.

Seguimos comiendo en silencio. Cuando terminé mi porción, miré el reloj que estaba sobre la pared que tenía en frente. Marcaba las diez de la noche. La hermana de Martín ya se habría casado en la iglesia y la gente estaría llegando a la fiesta. Una sensación de opresión invadió mi pecho y sentí ganas de llorar al pensar que el lunes lo vería en la empresa.

Gustavo me sirvió otra porción de pizza.

―No, no quiero más.

―Pero te comiste una sola, Anita.

―Es que no tengo más hambre.

―No puede ser que no tengas más hambre, Anita. ¿Comiste algo antes de que llegara yo?

―Sí…

―Pero seguro que no mucho, Anita, si no sabés ni freír una milanesa. Así que comé, Anita, dale ―insistió y le hice caso. Me serví un poco más de vino. Gustavo miró el movimiento, tragó de un sorbo lo que tenía en su vaso y se sirvió más.

―Si me paso con el vino, ¿qué pasa, Anita?

― ¿Eh?  No sé, pero rezá que no te agarren los del control de alcoholemia.

―Entonces, si me paso es mejor que no maneje, ¿no, Anita?―me preguntó riéndose.

―Y no, no, pero bueno…

―Si sigo tomando me voy a tener que quedar a dormir, Anita, no va a quedar otra cosa, ¿qué te parece? ―siguió riéndose y me miró fijo a los ojos.

― Y…jijiji.

― ¿Eh, Anita? ―insistió en el mismo tono―. ¿Qué te parece? ¿Me quedo a dormir con vos?

―No, bueno… ―me encogí de hombros―.Vas a llegar tarde al aeropuerto, jijiji.

― ¿Para tanto, Anita? Mirá que sale a la tarde mi avión.

― Ah… jijiji―me salió y miré al plato. Corté un pedazo de pizza y me lo llevé a la boca, sintiendo la mirada de Gustavo sobre mí.

Lo que el destino ofrece (I)

Buenos Aires, octubre de 2011.

―¡¿Pero por qué no fuiste al departamento?!!

― ¡Porque no, Carla! ¡Porque no! ―le grité al tubo del teléfono, el miércoles a la noche, en mi habitación―¿Cómo iba a ir?¿Para qué?

―Para coger, obvio. ¿O para qué iba a ser? ¿No tenías ganas?

―En esas condiciones, no. Ya no las tenía. Me quedé con las ganas, sí, de tenerlas antes, cuando estaba todo bien.

―Pero si ni sabías lo que iba a pasar después. A lo mejor él se enganchaba. ¿Qué sabés? Siempre ponés el “no” adelante.

―No, no, no pongo ningún “no” adelante. Decís estupideces. No se iba a enganchar, porque supuestamente ya estaba enganchado y cuando se enteró de que no era virgen se desenganchó.

―Pero por ahí se enganchaba de nuevo.

― No conozco ningún caso de reenganche, Carla. No digas pavadas. Si te dejó de interesar alguien, te dejó de interesar, o nunca te interesó. Y no te va a interesar después de coger.

―No lo sabés. No los sabés. Pero bueno, no voy a discutir al pedo. Estás cerrada, muy cerrada estás. Y lo peor es que te quedaste con las ganas de coger con el pibe. Después no te quiero oír repitiendo el verso de que te vas a morir habiendo cogido una sola vez, incompleta, y con Ferni, para colmo, y que hubieras preferido morirte virgen en vez de eso, porque ahora tuviste una oportunidad y la dejaste pasar. No me vayas a venir con que el destino es malo con vos y bla bla bla, ¿eh?, porque es lo que vos querés. Que conste que las cosas son así porque vos no aceptas lo que el destino te ofrece.

―El destino es malo conmigo, Carla. No digas boludeces. ¿Qué voy a aceptar?

―¿Con quién hablás? ―me interrumpió mi madre abriendo la puerta de mi habitación.

―Con Carla, mamá, ¿qué pasa?

― ¿Vas a tomar café? ―me preguntó, arqueó una ceja, y con los dedos me sugirió que cortara la comunicación.

― ¿Eh? Bueno… sí…

―Vení a la cocina entonces ―me dijo y se quedó ahí, firme a mi lado.

―Carla…

―Sí, ya oí. Andá a tomar café. Mañana hablamos.

―Bueno, chau, hasta mañana ―dije y corté.

― ¿Para qué hablabas con Carla? ¿Ya le tuviste que contar lo que te pasó con Martín, no? ―me recriminó mi madre.

―Y sí…

―¿Y para qué lo contás? ¿No te das cuenta que la gente se debe reír de vos ya?

―¡Ay, mamá! ¿Qué decís?

―Que te guardes un poco las cosas. Que no publiques todos lo que te pasa. La gente  va a pensar que tenés algún problema que a nadie le venís bien nunca, al final.

―No, mamá, es Carla. Con todo lo que le pasa a ella…

―Pero siempre termina acompañada… ―masculló y salió de mi habitación.

Me saqué la ropa y me puse el pijama. El pecho me ardía. Sentía puntadas en el corazón. Me acosté e intenté tranquilizarme, pero afloró una lágrima y ya no opuse resistencia a que la siguieran las muchas que había contenido durante varias horas ese día.

No sabía si lloraba por la pérdida de Martín o por el miedo a enfrentar el duelo que se venía. Si Ferni, un tipo del que nunca había estado enamorada, me había causado la mayor depresión de mi vida, era dable imaginar que ahora Martín podía dirigirme sin escalas a un cajón rodeado de calas y velas.

Pero no tenía que temer por tanto. Esa noche había comido bien. Buen síntoma. Y en el medio del lloriqueo todavía tenía la esperanza de que la situación se revirtiera. Aunque mi lado racional sabía que esto no iba a pasar, mi lado intuitivo desestimaba las estadísticas y pronosticaba un final feliz. Porque recién era miércoles y faltaban días para el sábado. Días en los que Martín podría reflexionara y decidir llevarme con él al casamiento de su hermana, para presentarme como su novia ante su familia.

Hasta me imaginé jugando a la ofendida durante un rato largo y no aceptando sus disculpas, para luego verme en el shopping, a último momento,  con Martín pagando el vestido que luciría en la fiesta.

Fiesta, fiesta, fiesta. No aparecieron otras palabras en mi mente cuando me desperté el jueves a la mañana. ¿Qué sería de mí el sábado a la noche imaginando a Martín en la fiesta de casamiento de su hermana? ¿Cómo pasaría esas horas? ¿Cómo haría para vivirlas con la ilusión que me había hecho esa invitación?

Viajé en el tren con el celular en la mano y la esperanza de que Martín se comunicara. Llegué a la empresa esperando un encuentro que me permitiera  ver en su cara la expresión de arrepentimiento, el pedido desesperado de perdón. Y si era posible también un “no me dejes” idéntico al que sentía yo.

Pero tuve que resignarme a salir del edificio pasadas las siete de la tarde, sin haberlo visto en toda la jornada. Tomé el tren de vuelta imaginándolo en su auto, en camino hacia su ciudad natal, con la alegría de un fin de semana de tres días por delante y de una fiesta a la que asistiría sin acordarse de mí.

El viernes fue el día que las brasileñas eligieron para hacer su desembarco en la empresa. Luego de hacerme unas cuantas preguntas que pude responder en un castellano complementado con señas y sin lograr erradicar a Martín de mi mente, me enviaron al departamento de recursos humanos.

Ahí me entrevistó el gerente, como si fuera cualquier desconocida que por primera vez solicitaba un trabajo en la empresa. Después de conocer mis antecedentes, de inmediato decidió que ocupara el puesto que había dejado vacante Rubén G.

―Juntá tus cosas y andá al segundo piso ―me ordenó.

― ¡¿Al segundo?! ―exclamé. No quería ir al segundo. Era el piso de sistemas. Tendría que trabajar cerca de Martín y no iba a poder soportarlo.

―Sí, al segundo. Hay un cuartito allá. Vas a estar sola, cómoda. Juntá tus cosas y vení a verme  de nuevo. Yo te voy a mostrar el lugar.

Hice lo que me pidió y me instalé en el segundo piso con cierta calma, porque ese día no había peligro: sabía que Martín no estaba en la empresa. Seguro ya estaba en su ciudad, preparándose para la fiesta que lo esperaba el día siguiente.

O quizás todavía estaba en Buenos Aires, pensando en mí, dudando entre llamarme o no. <<¿Y si lo llamo yo?>>, pensé, miré el BlackBerry y desistí de hacerlo. <<No, otra vez no. Ya aprendí. Y si Martín hubiera estado en Buenos Aires, habría venido a trabajar>>, me dije, tomé la cartera y salí de la empresa.

Al llegar a la estación de tren,  me topé con un puesto de diarios y revistas. Me fue inevitable leer un titular: “Insólito: famosa actriz confiesa no haber tenido sexo durante un año y medio.” << ¿Insólito le dicen? ¿Y yo cuantos años pasé así? ¿Y cuánto hace de mi primera, única y última relación sexual? Ya dos años. ¿Tan raro es? ¿Todo el mundo no pasa más de un mes sin coger? ¿Seré de verdad un caso para presentar a un congreso científico?>>, pensé.

―Son las diez, Ana. Levantate ―me dijo mi madre desde la puerta de mi habitación en la mañana del sábado―. Nosotros nos vamos a la quinta de tu tío. ¿Querés venir?

―Ni en pedo, dejame dormir.

―Que te deje dormir, que te deje dormir. ¿Todo el día durmiendo te la vas a pasar? Son las diez. Podrías venir con nosotros y tomar un poco de sol, eh, te haría bien al color de la piel.

―No, ¡qué sol! Dejame de joder ―dije y me escondí debajo del acolchado.

―Está bien. Seguí así. Todas las demás chicas se desesperan por tomar sol y vos no. Te quedas durmiendo, criando celulitis. Por eso te va como te va y ninguno te quiere.

―¡Por qué no te vas a la mierda, mamá! ¡Martín no llegó a verme la celulitis!  ¡Dejá de decirme esas cosas! ¿No ves lo que me hacés? ―dije y me puse a llorar.

― ¿Pero por qué le decís así? Si la culpa es tuya. Vos la alentaste con el atorrante ese de la gorrita y las ojotas. Yo lo dije. Ese tipo nunca me gustó. Encima se lo perdió a Almazán por él ―le dijo mi padre.

―Si con Almazán no pasó nada, no digas pavadas.

―El tipo vino a comer acá…

― Pero ella no supo levantárselo. Otra sabés cómo se lo hubiera agarrado. Hubiera jugado a dos puntas y todo. Pero ella no puede, no puede.

― ¿Por qué no se van y me dejan tranquila? ―protesté.

―No, llorando sola no te vamos a dejar ―dijo mi madre.

―Y si me seguís diciendo esas cosa me haces llorar más, eh. ¿No te das cuenta? ―dije, me levanté de la cama y me sequé las lágrimas―. Parece que te fallara la cabeza. Ponete de acuerdo. O me cuidas o me linchas.

―Yo te digo lo que te digo por tu bien. No por otra cosa. Tu mamá es la única que te va a decir las cosas por tu bien y que es mejor consejera que cualquiera de tus amigas.

―Bueno, está bien, pero ahora váyanse, dale.

―No, no, si estás así, mal, no nos vamos ―dijo mi padre―. Para estar allá preocupados…

Luego de una hora, logré convencerlos de que mi estado físico y anímico era óptimo y de que podía pasar el fin de semana sola en mi casa. Cargué a la perra en el auto y los despedí, arrancándoles la promesa de que se quedarían a dormir en la quinta de Tío Rico y Famoso.

Todavía Martín podía llamarme. Todavía estábamos a tiempo de llegar a su ciudad natal para la hora del casamiento de su hermana. Eso sí, después de la fiesta, deberíamos buscar un lugar en donde dormir. Porque la casa de sus padres no me parecía el sitio adecuado para tener relaciones sexuales.

Recién a las cuatro de la tarde lo poco que quedaba de esperanza comenzó a desaparecer por el efecto de la realidad. Comencé a llorar con tanta intensidad que varias veces me sentí ahogada. Por la cabeza se me cruzó el deseo de que a Martín le sucedieran las peores desgracias. No me daba culpa pensar en un accidente automovilístico en la ruta que me evitara tener que convivir con él en el mismo piso de la empresa. ¿Cómo iba a mirarlo el lunes?

Que la próxima mina que tengas quede embarazada y tengas que casarte a la fuerza, que quedes impotente, que te violen cinco tipos y te contagien HIV, que te metan preso y otros terribles sucesos destellaron en mi mente. Pero no quería concentrarme en ellos. Hacía dos años había perdido tiempo y energía imaginando a Ferni sufrir toda clase de acontecimientos desafortunados, para terminar enterándome de que dos meses después de dejarme, como si hubiera merecido un premio de la vida por lo que me hizo, había conseguido un trabajo. Un espectacular trabajo como arquitecto de una firma multinacional con sedes en todo el mundo. Ferni visitaba las oficinas de su compañía en París, New York, Río de Janeiro, mientras yo trabajaba en el archivo, ubicado en el subsuelo del edificio de una empresa nacional de medio pelo, y lloraba por su abandono.

<<No, otra vez no. No quiero sufrir de nuevo tanto. Tengo que inventar algo para aliviar el duelo. Algo diferente tengo que hacer esta vez. Algo se me tiene que ocurrir…>>, pensé y la pantalla de mi BlackBerry se iluminó mostrándome un número de teléfono que no conocía.

―Hola ―dije al atender y esperé oír un “Hola” de Martín. Pero en vez de eso escuché:

―Hola, Anita, ¿cómo andás? 

Complicación de último momento (II)

Buenos Aires, octubre de 2011.

Recordé que no hacía mucho tiempo que le había tirado a Martín en la cara un vaso de agua y el monitor de su computadora. ¿Días, semanas, meses? Estaba tan aturdida que no podía darme cuenta de cuándo había yo hecho eso. El acontecimiento había quedado muy lejos de mí. Tan lejos que ahora tenía en frente un vaso medio lleno con Coca Cola y no pude repetir la escena. Aunque se me cruzó por la cabeza, tomé el vaso y me lo llevé a la boca. La bronca me hizo hacer tanta presión con los dedos sobre el vidrio que tuve miedo de romperlo.

― ¿Te pido el café? ―se apuró a preguntarme.

―No, no, me… mejor empiezo a tomar menos caféfé yoyo también.

―Me parece bien. Es una decisión saludable reducir la dosis de café. Pido la cuenta entonces ―dijo y llamó al mozo.

Sentí que si atinaba a pagar esta vez, Martín me iba a dejar hacerlo. Pero no hice ademán y, en cambio, me puse de pie.

―Voy al baño―dije y me alejé.

Cuando regresé, encontré a Martín esperándome en la puerta del bar. Fui acercándome con ganas de insultarlo, pero cuando lo alcancé no tuve el valor para hacerlo.

Empezamos a recorrer la media cuadra que nos separaba de la empresa:

― ¡Qué lindo día hoy!

―Sí…

―Y nosotros, a encerrarnos.

―Sí, a encerrarnos ―dije y llegamos a la entrada.

Martín me tomó de la cara y me dio un beso muy corto en la boca.

―Chau, hasta luego ―me dijo y no volví a saber de él “luego”, sino recién al día siguiente:

“Estoy en el bar. Por dónde andás?”, recibí en el celular, cuando viajaba hacia el trabajo.

“En el tren. No habíamos quedado en nada”, respondí.

“Pero ya era costumbre. Ni había que quedar”

“Yo pensé que sí”

“Hay que ser siempre tan explícito con vos?”

“En lo posible sí”

“Bueno, nos vemos en el almuerzo” más un emoticon con gesto de sorpresa fue su respuesta.

―Mis hermanos ya se fueron para mi ciudad ―me dijo más tarde, cuando comíamos al mediodía en un bar.

―Ah…

―Como no trabajan…lo de ellos es estudiar.

―Sí, claro, tienen más libertad.

―Y yo no me voy a ir el viernes, al final. Me voy a ir mañana, cuando salga de la empresa. No quería viajar de noche, pero calculé que la oscuridad me va a agarrar recién a mitad de camino, así que me voy a arriesgar.

―Y sí, sí, no creo que pase nada.

―No, yo tampoco. Además, el auto es nuevo.

―Sí, sí…

―”Sí, sí”. Hoy me decís todo que sí ―me dijo sonriendo.

―Y sí―dije e hice una mueca, que pretendió ser una sonrisa, pero no lo logró.

Esta noche, o bah, antes, cuando salgamos de acá, podemos ir al departamento, porque mis hermanos no están.

―Sí, me acabas de decir que se fueron hoy… ―mascullé.

― ¿Qué te parece? Te podés quedar a dormir.

― No, no traje ropa.

―Ah, sí, bueno, eso… no, no, está bien, si no trajiste ropa, te llevo yo a la noche de vuelta a tu casa entonces. Podemos pedir sushi para cenar. Hoy tengo ganas de comer sushi. ¿Vos?

―No, no, yo no ―me animé y seguí―. Cuan… cuando salga de la empresa me voy a mi casa directamente―dije y bajé la vista.

― ¿Por qué te vas a tu casa? ¿Pasó algo?―preguntó sorprendido.

―No, no, no pa…pasó nada. Me voy por… por… porque estoy cansada, qué sé yo…―dije. No pude ser directa esta vez, pero mi mente estaba trabajando en serlo.

―Ah, no, no, si estás cansada, no. Yo te lo propuse porque me voy mañana y no nos vamos a ver hasta el lunes. Pero si estás tan cansada…

Junté coraje y largué:

―No…no… no meme gustó lo del casasamiento. Es muy evidente que es mentira, ¿no? Mirá si no va a haber lugar para uno más…

― ¿Pero qué decís? ¡¿Cómo va a ser mentira?! ―exclamó sorprendido.

―Di…di…digo lo que didigo porque es la verdad. Algo cambió en estos días. Es obvio que ya no hay el mismo interés.

―Ni mi hermana ni yo teníamos obligación de invitarte al casamiento, ¿eh? ―me dijo de mala manera.

―¡Pero no es el casamiento solamente! ―exclamé.

―Bueno, calmate. No grites.

―No estoy gritando.

―Pero estás hablando fuerte. No quiero hacer papelones. Bajá la voz..

―Esto cambió, no es lo mismo que la semana pasada, ya no querés seguir―dije en volumen más bajo―. Mejor dejarlo cla…cla…claro y listo.

―Te acabo de invitar a mi departamento esta tarde. Si no quisiera saber nada más con vos, no haría eso.

―Para coger me invitaste nada más.

― ¡Qué fea queda esa palabra en la boca de una mujer! No la tendrías que usar. Y si quiero acostarme con vos por algo es.

―Para pasar el rato.

―No, no es así. Al menos no es así para mí. Yo no soy tan simple para el sexo. Si la mujer no me gusta, no puedo. Si no, fijate lo que me pasó con Carolina en Mar del Plata.

― Ah, no sé qué te pasó ahí. La mina gritaba como una descosida. Eso es lo único que sé.

― “La mina”, “la mina”, ¿ves cómo hablás? No queda bien.

<<Me chupa un huevo>>, pensé en decirle, pero no me animé.

―Se me escapa ―me salió―.Y siempre hablé así yo, ¿eh?

―No lo tendría que haber pasado por alto a ese detalle―me dijo y yo miré hacia la puerta de salida―. Y para que te quede claro que no te dije de ir hoy al departamento “para pasar el rato” como decís vos, sabé que Carolina gritaba como gritaba en Mar del Plata porque yo no podía acabar. Por eso gritaba, porque la estaba haciendo mierda.

―Dijiste “mierda”

―Pero yo soy hombre y puedo hablar así. Vos sos mujer y no queda bien. No es femenino. Y no pude acabar con Carolina, porque ella ya no me gustaba. Además, vos estabas en la habitación de al lado…

―Si no sabías si yo estaba en la habitación de al lado. No sabías si había vuelto todavía. Vamos. Te diste cuenta después que estaba, cuando saliste al balcón. Y lo de no acabar puede ser porque esa noche habías tomado mucho vino. Acordate. Nos bajamos una botella entre los dos y el alcohol retrasa la eyaculación.

―Ah, ¿el alcohol retrasa la eyaculación? Mirá vos. Para haber tenido una sola relación sexual en tu vida, sabés mucho de sexo, ¿eh?

―No soy una bruta inculta, nene. Que no tenga mucha experiencia no quiere decir que no sepa las cosas. Tampoco soy tan boluda. Parezco muchas veces, ya lo sé, pero no lo soy. Y fue desde que te enteraste de que ya no soy virgen que te pinchaste conmigo. ¿Te crees que no me di cuenta? Aunque sea hubieras esperado unos días para cambiar la actitud, no ser tan obvio.

―No, no, te estás yendo al carajo. Y al carajo mal. ¿Mirá lo que pensás de mí y estás almorzando conmigo? ¡Qué falsa!

―¡No! ¿Yo, falsa? ¡No! ¡Qué morboso vos, nene! ¿Y qué pensás de mí vos también? ¿O qué me diste a entender recién con lo del alcohol?

―Nada te di a entender. Vos entendés lo que querés. No te das cuenta de que una persona es como un combo de cosas que uno va conociendo y a medida que lo hace, va viendo qué quiere con ella. Hasta hace cinco minutos yo quería que nos siguiéramos viendo, que saliéramos cuando tuviéramos ganas, que no se cortara así… ―dijo y sentí una opresión en el pecho. Martín había verbalizado, por primera vez, la posibilidad de terminar la relación conmigo.

―Y la semana pa…pa…pasada te querías casar más o menos. Hasta que te enteraste de que ya no soy virgen y ahora querés “vernos cuando tengamos ganas”, para no cortar así. Más claro… ―dije, respiré hondo y retuve el aire, para evitar llorar.

―No, estás equivocada. Ahora ya no quiero ni que nos veamos de vez en cuando, cuando tengamos ganas, porque no creo que vuelva a tener ganas de verte otra vez. Sinceramente, después de esta conversación, no, flaca. Me bajo acá.

―Bue… bue… ―dije y ya no me pude contener. Un par de lágrimas comenzaron a deslizarse por mis mejillas. Pero insistí en el autocontrol. Volví a tomar aire y lo retuve.

―No es para tanto, Ana. ¿No pensás tantas cosas malas de mí? ¿Qué te hacés problema por cortar conmigo si pensás todo eso? ―dijo y yo, de nuevo, le mostré mi perfil, porque volví a mirar hacia la puerta de salida.

No iba a rogarle. No iba a arrastrarme suplicándole que no me dejara, diciéndole cuánto lo quería. Uno de los mayores reproches que en mi vida me hice a mí misma fue el de haberme humillado ante Ferni, pidiéndole que me diera el amor que me había prometido y que era evidente que no sentía. No iba a volver a traicionarme de esa manera. Con nadie. Nunca más. Aunque estuviera enamorada de Martín, como nunca lo estuve de Ferni.

―No, te…te… tenés razón ―dije y una tercera lágrima, que le ganó al control, me salió de un ojo.

―Además, no pasaron ni dos semanas ―siguió Martín―.No es nada.

―No, cla…claro, no es nada ―dije―.Bueno, ¿pa…pago lo mío? ―pregunté y me acerqué la cartera.

―No, dejá, pago yo.

―Bue… bue… no gracias ―dije y me puse de pie―.Chau.

―Chau―dijo y me alejé.

“No pasaron ni dos semanas. No es nada” fueron las palabras que se repitieron en mi mente muchas veces durante las dos cuadras que caminé de regreso a la empresa. Porque dos semanas no sirven ni para que el entorno te consuele. No hay derecho a estar triste. Son dos semanas nada más. No se puede sentir un dolor tremendo por la conclusión de una relación que duró solo dos semanas. Ni que a uno lo hubieran abandonado después de un noviazgo de muchos años. Porque en este caso sí se puede dar muestras de desolación y se encuentra siempre la comprensión de los demás. Pero llorar y tener ganas de abandonar el mundo por haber perdido a un hombre con el que solo se estuvo dos semanas no se entiende. Es más, hasta se puede reprochar, ser tratado como un exagerado que está simulando, queriendo llamar la atención, inventándose un dolor que no siente de verdad.

No. No había derecho a la desazón. En vano era buscar consuelo tratando que otros vieran mi lado de las cosas, el lado de la que nunca tuvo una pareja, el lado de la que, por primera vez, ya pasados los treinta años, había creído encontrar al hombre adecuado para ella, un hombre que se esfumó a los pocos días, dejándola con ganas de sufrir un accidente o contraer una enfermedad que la matara o, aunque sea, la volviera cuadripléjica, para ser enterrada o para no estar obligada a levantarse de una cama nunca más en su vida.

Complicación de último momento

Buenos Aires, octubre de 2011.

Todavía estábamos en el restaurante cercano al río que Martín había elegido para que cenáramos esa noche de viernes. Íbamos por el café, cuando su celular sonó. Atendió con alegría y también con alegría dijo después: “Sí, sí, ya está invitada. Va a ir conmigo el viernes. Está acá conmigo ahora.”

No esperaba que me pasara el teléfono. No esperaba que la hermana de Martín quisiera saludarme. Y menos esperaba que me dijera que él le había hablado de mí muchas veces. Ella me cayó muy bien. Me pareció muy simpática y agradable. Además, tenía una historia muy parecida a la mía: a su primer novio lo había encontrado recién pasados los treinta años.

Cuando le devolví el teléfono a Martín, supe que sería amiga de su hermana. Había química entre nosotras. Hasta su voz me había hecho acordar a la de Carla.

Y me fue inevitable pensar en el resto de la familia de Martín, en sus padres y en sus cuatro hermanos. Me vi sentada a una mesa grande, con mucha gente, y con hijos jugando con sus primos alrededor. El perro sería algún atorrante rescatado de la calle. No me gustaban los de raza. Y a él tampoco, por lo que me había dicho.

El auto estaba estacionado en un pastizal pegado al río. Cuando me subí recordé que Martín me había dicho que me quería la noche de la fiesta de la empresa, pero ya habían pasado casi diez días de ese acontecimiento y él no había vuelto a pronunciar esas palabras. No dudé en echarme la culpa. Mi timidez e inhibiciones seguro las había percibido como frialdad de mi parte.

―Te quiero ―le dije luego del primer beso.

―Yo también te quiero ―susurró y me besó con más intensidad en la boca. Yo no me quedé atrás. Mis manos recorrieron toda su espalda por encima de su ropa y él, al fin, pasó la línea de mi cintura y me acarició las nalgas.

Pero luego se frenó de golpe y se alejó un poco. Me sonrió y lo miré expectante:

―No sé qué hacer, Ana. Quiero decir… no sé qué es lo que tengo que hacer, porque no sé si te lo vas a tomar a mal o a bien.

― ¿Y qué me puedo tomar a mal?

―Es que no sé cuáles son tus tiempos. O, bueno, no sé cómo ves vos estas cosas…

―No, no te entiendo.

Martín suspiró y dijo:

―Es que no sé… yo te fui sincero con mi historia y también creo que te hablé de lo importante que es para mí la sinceridad. Y ahora no quiero que pienses que te quiero investigar la vida, pero tu amiga me dijo algo de vos esa vez y yo no sé qué hacer con eso.

―Ah, sí…

―No te lo tomes a mal.  Pero ponete en mi lugar. No sé si es verdad, no sé si es mentira. Y si es verdad supongo que tendrás tiempos diferentes a los de otras mujeres, no sé qué ideas tenés sobre ese tema…

―Pero hace dos años que te lo dijo, Martín.

―Sí, sí, hace bastante de eso, pero como me dijiste que nunca estuviste de novia, en estos dos años tampoco, bueno, la situación puede persistir, ¿no?, si hubiera sido verdad, claro.

―Mirá: cuando Verónica te lo dijo era verdad. Yo era virgen en ese momento, por eso cuando vos lo contaste y se enteraron en la oficina fue un drama para mí.

―Pero yo ya te expliqué, yo no lo conté, bah, sí, se lo dije a Ezequiel, que era mi amigo, pero nunca se me cruzó por la cabeza que podía pasar lo que pasó. Yo no te conocía mucho, era lógico que…

―Sí, sí, ya sé, ya sé ―lo interrumpí―, ya me lo dijiste. Ya pasó. Ya sé que no tuviste la culpa que Ezequiel repartiera el chisme. Ya lo sé.

―Y tampoco es que les ando contando a mis amigos la intimidad de las mujeres que conozco. El tuyo fue un caso especial…

―Sí, sí―lo interrumpí de nuevo―, me imagino la impresión―me reí.

―Fue impresión porque no te hacía así. No pensaba eso de vos. No dabas el tipo de mujer que uno se puede imaginar que es virgen a cierta edad. Y ahora no sé, porque me decís que en ese momento eras virgen…

―Te dije que en ese momento era porque ahora ya no lo soy.

―Ah… ―subió las cejas―.Entonces estuviste de novia.

― ¡No! ―exclamé―.No estuve de novia. Ya lo te lo dije. ¿No me creíste?

―No, bueno, sí, está bien, me lo dijiste, te creí, pero con lo que me decís ahora…

―No estuve de novia. Te dije la verdad. Salí con alguien que sí la tenía, eso sí…

― ¿Con Gustavo?

― ¡Ay, no! ¡Qué Gustavo! Ya te dije que nunca tuve nada con Gustavo, ¿por qué me decís eso?

―No sé, se me vino a la mente. Como tenía novia… perdoname. No sé por qué te lo dije. Se me ocurrió. Perdoname.

―Está bien… ―dije y nos quedamos en silencio. Martín, mirando el volante del auto―. Salí con alguien, hace mucho ya… ―agregué, para cortar el momento tenso, y le conté la historia que había vivido con Ferni, aunque sin ahondar en detalles.

―Y te equivocaste, te equivocaste feo ―me dijo al terminar de escuchar mi relato―. No tendrías que haberlo hecho con un tipo que tenía novia. Menos si era tu primera vez.

―Y no, no, por eso ahora fui tan terminante con vos. Si no la dejabas a Carolina, yo no iba a acceder a nada.

―Sí, me di cuenta ―sonrió―. Aunque creo que lo peor que te podía pasar ya te pasó, porque para una mujer es muy feo tener su primera relación con un tipo que después se borra inmediatamente.

―Sí, pero ya era grande yo… ―intenté minimizar el asunto.

― ¿Y ahora qué querés que hagamos? ¿Qué vayamos a un hotel? ―me apuró―. Porque en mi departamento están mis hermanos.

―Pero es que hoy…

― ¿No tenés ganas? ―volvió a apurarme.

―No, no es que no tenga ganas. Recién te dije lo que siento, ¿no? ―proferí y tuve la sensación de que ya no estaba con la misma persona a la que unos minutos antes le había dicho “Te quiero”.

―Bueno, entonces vamos ―y puso las llaves en el tambor del volante.

―No, pe…pe…pero… no es el mejor día hoy…

― ¿Por qué?

― Co…co…―no me salió “sas”― femeninas.

―Ah, entiendo ―sonrió con un dejo de sorna y le dio arranque al motor del auto―. A ———————————————- ―no oí.

― ¿Qué? ―pregunté.

―Que a ————————————- ―no oí de nuevo y supe que ya no lo iba a hacer.

―Ah… ―dije rendida y Martín no agregó nada más.

Después de recorrer varias cuadras, me habló acerca de algunos problemas que tenía con el nuevo sistema de la empresa. Y quince minutos después, estuve depositada en mi casa.

Martín me llamó recién a las siete de la tarde del día siguiente. El plan que me propuso para pasar ese sábado a la noche fue ir al festejo de cumpleaños de uno de los chicos del departamento de sistemas de la empresa.

El primer momento siempre es el de la negación. Por eso no puedo decir que la pasé tan mal en esa fiesta. Estaba la ex novia de Rubén G. y me dediqué a chismear con ella, mientras todos los hombres presentes, incluido Martín, participaban en un torneo de ping pong que se prolongó hasta las cuatro de la mañana.

― ¿Qué pasa que hoy no te llama? ―me preguntó mi mamá el domingo a las siete de la tarde, en la cocina de mi casa―. ¿Hoy no se van a ver?

― ¡Ay, mamá! ¿Qué sabés si me llamó o no? Tengo el celular…

―Ayer volviste a las cinco de la mañana. ¿Pasó, no? Mirá, si pasó y el tipo hoy se borra después de invitarte al casamiento de la hermana…

― ¡Basta! ¡No pasó nada todavía! ―grité la verdad y me fui a mi habitación.

Martín me había depositado en mi casa de nuevo la noche anterior. Me había saludado rozando apenas mis labios y se había despedido de la misma manera, sin que hubiera habido otros acercamientos físicos en el medio. Mi razón podía apreciar con toda claridad el significado de los hechos. Pero como el mecanismo de negación es más fuerte que cualquier otro en la mente, a las ocho de la noche del domingo, le envié un mensaje:

“Cómo estás?”

“Más o menos. Me cayó mal algo que comí ayer. Por eso no te llamé hoy”, me respondió y recuperé el aliento.

Pensé en llamarlo, pero no me animé y escribí:

“Pero qué tenés?”

“Estuve todo el día con ganas de vomitar. Y ahora me duele mucho la cabeza”

“Y no tomaste nada?”

“Tomé sertal”

“Bueno, ya te va a hacer bien. No te molesto más. Nos vemos mañana”

“No me molestas. Nos vemos mañana. Te espero en el bar antes de entrar”, me escribió y al día siguiente estuvo en el bar a la mima hora de siempre. Tomamos un café y comentamos las noticias del diario del día.

Más tarde, cuando almorzábamos, la conversación pasó de “qué rica está la comida” a:

― ¿Todavía estás con la cosa femenina?

― ¿Eh? ―pregunté y él me respondió con una sonrisa insinuante.

―Sí ―dije―.Hasta mañana o pasado― agregué y me sentí más tonta de lo habitual.

―Ah, qué incomodidad para las mujeres esas cosas…

―Sí, qué sé yo, nos acostumbramos…―dije y seguimos comiendo en silencio.

―Café de vuelta no voy a tomar ―me dijo cuando los platos ya habían quedado vacíos.

―Yo sí me tomaría uno.

―Mucho café vos, ¿eh?

―Sí, me gusta.

―A mí también me gusta, pero ahora no voy a tomar porque me di cuenta de que el café me aumenta las pulsaciones y hoy salgo de la empresa y me voy a encerrar en el gimnasio. Ya hace un montón de días que no aparezco. Voy a perder el ritmo y después, para retomarlo…

―Ah… vas… vas a ir al gimnasio hoy… ―balbuceé. <<Y mañana, martes, tenés posgrado. Hasta el miércoles no vamos a salir, si es que esto dura hasta el miércoles>>, pensé.

A veces uno tiende a creer, sin que la lógica lo asista, que una acumulación de experiencias desafortunadas en el pasado lo hacen acreedor de una especie de recompensa en el presente y en el futuro. Algo así como decir “dime cuánto has sufrido y te diré cuán feliz serás”. Tantas desilusiones había vivido y Martín parecía tan perfecto, que un pensamiento mágico me hacía suponer que lo había comprado, pagándolo con lo padecido en el pasado.  Por eso no podía aceptar vivir otra situación espantosa de nuevo. No podía aceptar que ahora me descartaran por no ser virgen. Casi pude entender que Antonio Lombardo no hubiera querido tomar la responsabilidad de ser el primer hombre en mi vida. Pero ahora era demasiado comprender que Martín se estaba alejando de mí porque se había enterado de que no iba a serlo.

Y bueno, puede ser lo que decís ―me dijo Carla ese lunes a la noche―.No te pongas mal, pero esa era la otra cosa que me había dicho Danilo de Martín, la que no te quisimos decir el día del casamiento de “Hiperactiva”.

―Ah, ¿viste que había algo más?, ¿y qué dijo Danilo de eso?

―Y eso, eso dijo, que al flaco le quedó picando el tema de la virginidad. Por eso tantas vueltas, tanto interés en vos después de dos años. Se quedó pensando en eso…

―Y no en mí.

―Pero no sabemos, no sabemos. A lo mejor no es eso, a lo mejor es que le dijiste que estabas indispuesta y el pibe sabe que no puede coger con vos en estos días y por eso prefiere hacer otras cosas.

―Para que me quieran así…

―Hay tipos a los que les da mucho asco. A mí Danilo ni me toca cuando estoy indispuesta. Quiere estar lejos. Siempre fue así. Por eso ahora tenés que esperar un poco. No lo persigas, pero tampoco lo des por perdido. Además, tenés que ir al casamiento de la hermana. El viernes te vas, ¿no?

―Por ahora supuestamente sí. Pero no sé.

―No creo que haya dejando a la novia, que te haya invitado al casamiento de la hermana y que te haya hecho hablar con ella, porque nada más le interesabas por ser virgen. ¿Para cumplir una fantasía sexual tanto lío? No cierra.

―No, a mí tampoco me cierra.

Pero me cerró cuando en el almuerzo del martes le dije a Martín que ese día, a la salida del trabajo, iba a ir a comprarme el vestido para el casamiento de su hermana.

―Ah ―dijo y trago la comida que tenía en la boca―, cierto. No te dije todavía.

― ¿Qué no me dijiste?

―Que mi hermana estuvo revisando el tema de los invitados con la gente del salón de fiestas.

―Ah…

―Y no puede, no puede agregar a alguien más así a último momento. Le dijeron que es imposible. Me dijo que la disculparas. Hizo todo lo posible, pero un invitado más no le aceptan.

―Ah, claro, sí, me imagino ―dije y respiré hondo. Sentí que sobre mi cabeza había caído un ladrillo lanzado desde un piso veinte―. Menos mal que no me compré el vestido entonces―mascullé.

Clima de final feliz

Buenos Aires, octubre de 2011.

En los días que siguieron continuaron los despidos en la empresa. Y ya no tenían relación con el video de “Corazón de Piedra”. Eran al azar, en varios sectores. Samuel se salvó, pero en su departamento echaron a veinte personas y redujeron el plantel, de treinta a diez empleados.

Nadie sabía lo que pasaba. O sí, alguien, Bety, lo sabía, pero no lo decía. Recién el jueves me enteré de la novedad: Gustavo había vendido la empresa. A las brasileñas que me había presentado en la fiesta.

Le impusieron reducir la cantidad de empleados antes de concretar la transferencia y él pareció no afligirse por eso. En cambio, prefirió desaparecer y desentenderse de la situación dejando todo en manos de sus abogados y contadores personales, que se sirvieron de mí para reunir todos los elementos que necesitaban para hacer su trabajo.

Estaba muy enojada con Gustavo. Ni siquiera me había llamado para despedirse. Y también estaba preocupada, porque no sabía qué iba a ser de mí ni de mi puesto en el directorio cuando desembarcaran las nuevas autoridades de la empresa.

―No estés así tan nerviosa, Ana. No pasa nada. Yo también estoy en un puesto difícil. Generalmente los gerentes vuelan en estos casos ―me dijo Martín en un bar, cuando estábamos almorzando.

Era viernes y llevábamos nueve días juntos. Nueve días en los que habíamos cumplido una rutina casi estricta: tomamos café todas las mañanas antes de entrar a la empresa, comimos juntos todos los mediodías y salimos todas las noches, menos la del martes, porque él tuvo que asistir a un curso de posgrado. En el plano sexual, también las situaciones se habían repetido: besos en la boca más otros besos en la boca.  Martín todavía no había puesto sus manos sobre mis pechos ni en zonas ubicadas debajo de mi cintura. Y yo aún no había podido sobreponerme a mis inseguridades e inhibiciones.

―Es que a mí me costó mucho conseguir este trabajo. Vos estás en sistemas. Es otra cosa. Sabés que conseguís laburo enseguida si te echan, pero yo…

―Yo te consigo a vos también, algo va salir, no te hagas tanto problema. ¿No me dijiste que tu tía te puede conseguir trabajo de profesora?

―Sí…

―Bueno, entonces quedate tranquila. Algún trabajo vas a tener. Y además no creo que las brasileñas te echen. Quedaron muchos huecos y vos sabés mucho del funcionamiento de la empresa. Estuviste en varios sectores y estás muy capacitada. Ahora estás haciendo también el trabajo de Rubén G., no te preocupes más. Es difícil encontrar a alguien tan versátil como vos.

―Pero no sé portugués. ¿Y además qué saben las brasileñas de lo que yo hago ahora? Si todavía no aparecieron…

―No pienses más, Ana. Te hacés problema en vano. Nadie sabe portugués en la empresa. Esperá a ver qué pasa y listo.

―Sí, ya sé, no me queda otra que esperar… ―dije y se produjo un silencio. Martín me acarició la mano mirando al piso.

―Por lo único que quiero que te hagas problema es por pedirle a Bety que te de libre el viernes de la semana que viene ―dijo después de un par de suspiros.

― ¿Eh?

―Mi hermana se casa el sábado de la semana que viene, en mi ciudad. Te dije.

―Sí…

―Bueno, quiero que vengas conmigo al casamiento. Yo tenía planeado irme el viernes que viene. Le pedí el día a Gustavo hace un montón. Nos iríamos en el auto. Son quinientos kilómetros más o menos…

―Ah…―dije. Estaba sorprendida.

― ¿Querés?

―Sí, sí, claro que quiero. No me lo esperaba. Es eso.

―Por ahí te parece pronto. Yo, la verdad, no le doy mucha importancia al tiempo y  quiero que vengas conmigo, que conozcas a toda mi familia, a mis padres…

―Ah, bueno, jijiji.

―Es algo importante para mí, ¿sabés?

―Sí, ya sé. Yo también te quiero presentar a mis viejos ―dije. <<Ay, no, no, ¡¿qué acabo de decir?! ¡A mis padres! ¡A mi papá sobre todo! ¡No!! ¡Qué papelón!>>, pensé.

―Ya los conozco. ¿No te acordás?

―Ah, sí, sí, cierto, me acuerdo, me acuerdo, perdón. Cuando fuimos a Mar del Plata, sí, sí―respondí y caí en la cuenta de que casi no había nada que temer. Una parte del papelón ya estaba hecha.

―Te decía que es importante porque yo no llevo así como así a alguien a mi casa, porque mis viejos se encariñan, se ilusionan. Tengo que estar seguro…

― ¿Y a Carolina? Porque ella los conocía a tus padres ―me animé a ser incisiva.

―Sí, sí, Carolina los conoció ―dijo y abrió los ojos lo más que pudo―. Pero ella… no, no fue como pensás. No fue a mi casa, a la casa de mis viejos en mi ciudad, quiero decir. Nunca la llevé. Nunca la invité. Lo que pasa es que mis viejos vienen siempre a Buenos Aires varias veces en el año y ahí los conoció. Pero yo desde el vamos les aclaré que no era una relación con futuro.

―Ah…

―Ah, ah, ¿qué? ―me dijo sonriendo―. Te acordás de los detalles, ¿eh?

―Sí, sí. Y si no me acuerdo en el momento, como lo de que ya conocías a mis viejos, es por distraída, pero después caigo y me acuerdo. Tengo buena memoria. Si imaginate que Carla, mi amiga, a veces no sabe cómo yo me acuerdo de tantas cosas que ella ya ni registra, del colegio, de cosas que vimos en la televisión… ―dije y seguí hablando, tranquila y sin juzgarme por las palabras que pronunciaba.

― ¡Al fin te soltaste!―exclamó más tarde mis psiquiatra, la Doctora Delia Rincón, cuando estaba en su consultorio―.Evidentemente la invitación al casamiento de la hermana te provocó el cambio, porque simboliza que la relación está funcionando, que él la quiere seguir, que se proyecta con vos hacia el futuro, que te quiere mostrar, incluirte en su familia, todas esas cosas. Y como lo captaste al vuelo, te aprobaste a vos misma y a la vez te liberaste de vos misma. Esto último es lo más importante. Que te hayas olvidado de vos misma, del trabajo de censora que te hacés todo el tiempo. Seguiste hablando, contando anécdotas…

―Como un loro hablé. Mirá que si me suelto demasiado a lo mejor lo aturdo…

―Y a lo mejor a él le gusta que lo aturdas, ¿qué sabés?

―No sé, no sé ―me reí―. Pero en ese momento no me había soltado del todo igual, me había soltado hablando nada más, porque todavía estaba pendiente el tema sexual. Martín todavía no había avanzado para nada y ya me estaba haciendo acordar al primer noviazgo con Ferni. Estaba muy preocupada, bah, estoy, porque sigo ahora un poco preocupada también. Carla me dijo que a lo mejor Martín no se lanzó porque cree que sigo siendo virgen. Él supo de ese asunto, porque se lo contó Verónica…

― ¿Y vos creés que él está siendo lento por eso, porque cree que sos virgen todavía?

―Y puede ser una posibilidad, aunque no creo que piense eso, porque me dijo que me vio una vez en la escalera con el enano maldito. No sé qué habrá visto, pero me acuerdo que ese día el enano me manoseó bastante. Y qué sé yo, por ahí esas cosas no son típicas de virgen como para que él crea que era verdad lo que le dijo Verónica. Encima fue hace como dos años que se lo dijo. Qué sabe lo que yo hice en todo este tiempo…

― ¿Y qué problema hay si cree que sos virgen? ¿Para qué hacer tantas deducciones, analizar tantas posibilidades? Cuando llegue el momento se dará cuenta que no y listo. O no, no se sabe. Y no creo que sea importante tampoco. A lo mejor ahora un poco lo es porque no sabe cómo tratarte, suponiendo que sea por eso, porque puede haber mil razones para su “lentitud”, como decís vos. Razones de él, que no tienen nada que ver con vos, porque los hombres también tienen sus inseguridades, sus miedos…

―Sí, yo pensé lo mismo.  Además, bueno, ya es como noticia vieja lo que te estoy diciendo.

― ¿Por qué? ―preguntó asombrada.

―Porque hoy también pasó otra cosa. A la tarde, cuando estaba en mi escritorio trabajando, Martín me llamó al interno:

― ¿Salís un rato al pasillo a tomar un café? ―me dijo.

―Ay, no sé, quiero, pero Bety me está controlando…

―Pero no le prestes atención. ¿Qué te puede hacer ahora? Si ya perdió a su protector.

―Sí, ya sé, y tampoco creo que se quede en la empresa. Ella trabaja para Gustavo, se va a ir con él seguro, pero…

―Salí, ¡dale!, así nos vemos un ratito.

―Es que Bety me va a seguir. Ayer estaba hablando con Samuel en la máquina de café del pasillo y ella se asomó y me dijo que volviera a mi escritorio. Está chocha con el papel de directora de colegio ―dije y Martín se rio.

―No le des importancia. Salí. Te veo en cinco.

―Y yo salí…

Martín puso sus manos sobre mi cintura e intentó darme un beso.

―Acá no―le dije y lo aparté―. Hay cámaras.

―Bueno, vamos a la escalera. Ahí no hay―me dijo y me arrastró con él unos cuantos escalones abajo.

Apoyé mi espalda contra la pared y me dejé besar,  entregándome a mis deseos. Abrí la boca como un cocodrilo y metí mis dedos en su pelo y empecé a revolvérselo.

―Estás más tranquila ―me susurró Martín y oí el ruido de alguien que caminaba por el pasillo.

― ¡Uy! ¡Viene, viene! ―exclamé. Había podido distinguir una chatita de Bety. Un paso más e iba a vernos.

― ¡Vamos! ―me dijo Martín y tomó mi mano. Bajamos varios pisos corriendo y riéndonos.

Por unos minutos me divertí y a la vez me sentí atractiva y sensual. Una sensación tan extraña que me hizo imaginar que algún espíritu ajeno había invadido mi cuerpo momentáneamente.

Nos detuvimos al llegar a un piso que estaba vacío y en reparaciones y nos ocultamos detrás de una pared que impedía que alguien pudiera sorprendernos. Empezamos a besarnos de nuevo. Aunque siempre tenía presente que Ferni me había acusado de ser demasiado lanzada sexualmente, esta vez no pude evitar salirme de la boca de Martín y recorrer su mejilla con mis labios hasta llegar al lóbulo de una de sus orejas. Me quedé detenida ahí unos segundos y luego seguí con su cuello mientras le revolvía el pelo. Martín hizo lo mismo conmigo y después puso sus manos entre mis axilas y mis pechos.  Sentí algo duro haciendo presión sobre mi panza y luego, una vibración.

―Era el BlackBerry. Martín lo tenía en el bolsillo―le dije a Delia Rincón.

―Bueno, no sabemos ―se rio y me miró. Tenía los ojos brillosos.

―Me solté bastante hoy.Y lo mejor fue que después la llamé a mi mamá y le conté lo de la invitación al casamiento… y le cambió la voz, le cambió el tono ―dije y sentí un ojo mojado.

― ¿Ves lo que dijiste? ¿Te diste cuenta?

―No, no, ¿qué dije?

―Que lo mejor fue cuando la llamaste a tu mamá.

―Ah, ah, no, no me di cuenta.

― ¿Eso fue lo mejor que te pasó hoy?

―No, no, no sé por qué lo dije, pero no, no, obvio que no. Será porque la veía preocupada por mí. No me lo demuestra, pero yo creo que estaba amargada por mi situación y que esto la alegró.

―Seguramente la va a alegrar, pero el problema es que te alegre a vos también.

―No, no, a mí me alegra, obvio, yo, hoy, estoy contenta. Es el primer día desde que empezó esto con Martín que me siento bien. Creo que antes, o hasta hoy al mediodía, estuve angustiada, muerta de miedo.

― ¿Pero miedo a qué? ¿A qué no funcione?

― Sí, a no gustarle, a tener otra mala experiencia.

― Pero eso es algo que siempre puede ser así. No es nada tuyo, ningún defecto tuyo. Y puede no funcionar por lo que sentís vos también. Además, el miedo en este caso es muy exagerado, ¿no te parece?, porque hasta ahora no fueron solo palabras las de él, ¿no? Dejó a la novia que tenía, pasa mucho tiempo con vos, te invita al casamiento de la hermana… el chico está demostrando con hechos―me dijo Delia Rincón y sonrió. Noté de nuevo un brillo en sus ojos.

―Sí, hoy recién puedo caer con eso ―dije y se me cayó una lágrima.

― ¿Por qué?

― ¿Que lloro?

―Sí.

―Porque hay otra cosa que me… bah, pero no, sí, me pone triste. Es que si Martín realmente me quiere y  yo lo quiero a él… me da mucha bronca lo que pasó con Ferni.  

― ¿Otra vez pensando en eso? ―se quejó.

― No, no es que esté pensando en eso de la misma manera. Ahora es bronca contra mí misma. Es que… me da vergüenza decirlo, pero tantas novelas que vi… la verdad es que me hubiera gustado tener mi primera vez con Martín.

― ¿Qué querés? ―se rio―. ¿Ser mujer de un solo hombre? Mirá que eso pasaba en las novelas mexicanas de hace veinte años, en las de Lucía Méndez que ves vos, pero en las novelas nuevas no pasa más. Ahora las protagonistas se acuestan con varios, ¿eh?

―Sí, ya sé, pero yo nunca me imaginé tener mi primera vez con un tipo y la segunda con otro. Carla me dice que me conforme sintiéndome “Rose” de “Titanic”, porque tuvo su primera vez con Jack y después él se murió y ella la segunda vez la tuvo que tener con otro. Salvando las distancias entre Leonardo Di Caprio y Ferni, claro, y dejando de lado que Ferni no se murió sino que se rajó, estoy igual. Yo me rio, pero la verdad es que me jode.

―Y llamalo a Ferni, así tenés la segunda vez con el mismo de la primera ―bromeó.

―No, no, y no creo que Ferni quiera tampoco ―me reí―.Es que siempre me hice la idea de otra cosa. Por eso ahora me genera una especie de remordimiento ―agregué con seriedad.

―Es que te hiciste una idea o una expectativa de vida sentimental como la de Lucía Méndez de las novelas y no viste que hay una Lucía Méndez  que es una persona real, que debe haber tenido unos cuantos tipos, porque no creo que esté con el mismo con el que debutó. Así que no tengas remordimientos.

―No, no, ya sé. El otro día, Carla leyó un reportaje a Lucía Méndez en el que decía que para ella el amor es lo que se ve en las novelas y que nunca pudo tener en su vida esa clase de amor.

―Ah, bueno, ¿viste? No sos la única que tuviste mala suerte.

―No, no, si Lucía Méndez se queja…

―Tenelo presente a eso.

―Sí, lo voy a tener presente, pero espero que la mala suerte no me acompañe esta vez.

―Mirá, yo no estoy acá para predecir el futuro, pero, y esto tomalo como algo fuera de la consulta, yo creo que podés estar contenta. No se puede hablar de tiempo ni de que te vayas a casar, no se sabe, pero esta vez todo indica que te quieren.

― ¿Sí, no?

―Sí ―afirmó y me sonrió, con los ojos brillosos―. ¿Ahora lo vas a ver?

―Sí, quedé en encontrarme acá a dos cuadras―dije y miré el reloj―, a las ocho. Ya falta poco.

― ¡Uh, qué nervios! ―se burló.

―No, pero no va a pasar nada hoy. ¿Ves? Me estaba olvidando de eso. Antes de irme de la empresa fui al baño y me di cuenta de que me había venido el período. Como yo no me controlo las fechas y esta vez no me habían dolido los pechos antes…

―¿Y qué con eso?

―Que si Martín avanza hoy no voy a poder, porque no me parece tener relaciones así, es la primera vez con él.

―Y sí, para una primera vez no es el mejor estado. Además, todavía no hay confianza y hay hombres a los que no les gusta. No sabemos cómo es este, pero no, una primera relación sexual estando indispuesta no es una situación muy cómoda ni muy higiénica que digamos.

― Y son cinco días que me dura… ¿Qué hago? Porque si avanza, y ahora seguro que avanza y yo no me voy a poder volver atrás tampoco, ¿qué hago? ¿Le digo que estoy indispuesta?

― ¿Y cuál es el problema en decirle? ¿Qué sos? ¿La única mujer que se indispone? ¿Es una anormalidad? ¿Algo que te pasa a vos solamente?

―No, no…

―¿Y entonces?

―Le digo.

―Y si viene al caso, sí ―dijo Delia Rincón y se puso de pie―. Bueno, dejamos acá por hoy, a ver si llegas tarde a tu cita.

―No, estoy bien de tiempo.

―No voy a atender ni la semana que viene ni la otra. Perdoname que no te avisé antes. No lo tenía decidido, por eso.

―Ah, ¿te vas a algún lado? ―me animé a preguntarle.

―No, no, me quedo acá. Tengo una visita importante que atender ―me respondió sonriendo.

―Ah…

―Bueno ―dijo y abrió los brazos.

―Chau, hasta la próxima ―le dije mientras nos dábamos un beso y casi un abrazo.

Nos vemos en quince días. Ya no vas a estar indispuesta ―agregó y subió las cejas, sonriendo con complicidad.

Crucé la puerta sin sospechar que esa sería la última vez que lo haría, que esa había sido la última sesión de mi terapia con Delia Rincón.

Salí del edificio y ayudé a una anciana a juntar todas las verduras que se le habían caído de una bolsa que cargaba. Lo hice con alegría, dándome cuenta de que esa tarde habría ayudado con placer a todo el que me lo hubiera pedido.

Cuando luego me sorprendí deseando la mejor fortuna para Ferni y para Verónica, comprendí que la felicidad es el único estado que nos vuelve auténticamente misericordiosos.

Al alcanzar la esquina, miré hacia la vereda de enfrente y vi a “el rockerito” caminando por ella. Tenía el pelo corto y estaba prolijamente vestido. Dudé, pero finalmente no me animé a ir hacia él. Seguí su recorrido con la mirada y le agradecí en mi mente lo que había hecho por mí una vez.

Caminé una cuadra más y me subí al auto de Martín.

Lo contrario al amor (II)

Buenos Aires, octubre de 2011.

Entré a mi casa, prendí la luz y me sorprendí al ver a mi madre sentada en un sillón del living. Había estado esperándome ahí a oscuras, quién sabe desde hacía cuánto tiempo.  Me siguió hasta mi habitación preguntándome acerca de la marcha de la relación con Martín. La noté ansiosa y preocupada.

― ¿Y ya… ya pasó?

― No, no, mamá, no pasó. Llevamos tres días nada más, ¿qué querés?

―Bueno, pero son las tres de la mañana, te fuiste de acá a las diez, ¿qué estuvieron haciendo tanto tiempo?

―Nada, mamá, fuimos a comer, nos quedamos hablando, no hicimos nada más que eso.

― ¿Y el tipo no avanzó?

―No, no avanzó. Pero es normal, no te preocupes ―le dije, fingiendo seguridad.

Martín, como siempre, me había dado unos cuantos besos en la boca adentro de su auto, sin sacar sus manos de mi cintura. Y yo, como casi siempre, no me había relajado. Pendiente como había estado de adónde ubicar mi lengua, de ser moderada al abrir la boca y de qué hacer con mis manos,  poca oportunidad de excitarme me había dado.

―Serás porque vos no le das pie tampoco.

―Ay, mamá, no empecés a tirarme mierda, ¿eh?

―No, no te tiro mierda, te lo digo para que te avives.

―Con Ferni me “avivé”, como decís vos, y ya viste cómo me fue. Hasta de puta me trató.

―¡Ay, ni lo nombres a ese boludo! Ni lo nombres, que para mí te trajo mala suerte.

―No digas pavadas

― ¿Y cómo te pensás cuidar si tenés relaciones?

―Con preservativo, obvio.

―No, con preservativo no es muy seguro, ¿por qué mejor no vas al ginecólogo y que te recete otra cosa?

―No, no, mamá, si tengo que ir al ginecólogo también, no, no. Entonces no es negocio esto. Porque si tengo que hacer tanto lío, tanto trabajo para estar con un tipo, mejor me quedo así y listo. No tengo relaciones, no tengo más novio y chau. Que ginecólogo, que depiladora… ¡la puta madre!, ¡qué castigo!

―Pero alguna vez tenés que ir al ginecólogo, Ana

―Ya fui una vez, mamá, ya fui ―le dije. El descenso de peso brusco y rápido que había sufrido hacía dos años, cuando Ferni me abandonó, hizo desaparecer mi menstruación y me obligó a ir al ginecólogo, por primera y única vez en mi vida.

  ― ¡Pero controles te tenés que hacer! ¡Hace dos años que fuiste! ¡Tendrías que ir de nuevo! ―dijo y yo apoyé mis manos sobre su espalda.

―Bueno, mamá, ahora quiero dormir ―le dije y, con delicadeza, la conduje hasta la puerta de mi habitación―. Martín quedó en llamarme mañana para salir de nuevo. Va todo bien. Después veo qué hago con lo del ginecólogo, no te preocupes ―agregué y cerré.

Sabía que no habría ginecólogo en quien pensar al día siguiente, porque no existían opciones con esa gente: aunque se los consultara solo en busca de algún método anticonceptivo o por ausencia de menstruación, como había sido mi caso, siempre se terminaba acostada en la camilla. Y la idea de que me palparan los pechos y me encontraran un bulto me daba pánico. Había salido airosa de la revisación hacía dos años y ahora prefería, como lo había preferido toda mi vida, que a mis senos jamás los tocara un médico, salvo que lo hiciera por amor, claro. Tampoco me animaba al autoexamen mamario. <<Si total es lo mismo, te lo descubren tarde, te lo descubren temprano, pero igual te morís. Mejor no saber mientras el cáncer no dé síntomas>>, me decía para convencerme de lo acertado de mi postura, como si a mi propia cobardía pudiera esconderla de mí misma.

― ¿Y si vamos al cine? ―le propuse a Martín cuando me pasó a buscar por mi casa la tarde siguiente.

El cine era el paliativo que se me había ocurrido para mitigar el problema de mi falta de conversación. Así podría pasar dos horas con Martín viendo una película, sin preocuparme durante ese lapso por encontrar algo interesante para decir, y también, una vez afuera, podría hacer comentarios sobre el filme, sumando un tema de diálogo.

― ¿Y qué querés ver? ―me preguntó y sacó su celular del bolsillo.

Revisamos la página de una cadena de cines, pero a Martín no lo convenció ningún título y yo no me animé a proponer un par que me habían gustado, porque parecían demasiado románticos.

―Si te gustan las europeas, hay una española que mi hermano me dijo que está muy buena. “Lo contrario al amor” se llama.

―Ah, parece linda. ¿Pero adónde la dan?

―No,  no la estrenaron acá todavía. Mi hermano la tiene porque estudia cine. Hay que verla en DVD, tengo una copia en el departamento. ¿Querés ir y la vemos? Mis hermanos no creo que estén, seguro vuelven tarde…

Le dije que sí. Y me imaginé lo que vendría. Depilada estaba. Ya no me iban a tomar de sorpresa en ese aspecto. Había incorporado a mi vida el sacrificio y desde el abandono de Ferni, nunca supe bien por qué, jamás había pasado más de veinte días sin visitar a la depiladora.

Pero era el cuarto día de relación y me parecía pronto para el sexo. Apenas nos habíamos dado unos besos. De lo poco a lo mucho sin detenerse un rato en el medio. Y en su departamento, aprovechando que sus hermanos no estaban. ¿Y si justo llegaban? Un hotel era una opción mejor para mí, pero no me iba a animar a proponerla. ¿Y si no entraba? Porque tal vez los músculos de mi vagina podrían contraerse por los nervios  e impedir la penetración, como me había sucedido con Ferni, en nuestro primer intento. No me tranquilizaba pensar que en ese entonces era virgen y ahora ya no, pues sabía que el fenómeno se podía dar también en mujeres que tenían muchas experiencias sexuales en su haber. Y yo recién me estaba por enfrentar a la segunda relación sexual de mi vida. Mi mente no paraba de contabilizar motivos para no relajarme.

―Salís ganando vos con esta película, ¿eh? ―me dijo Martín. Ya estábamos en su departamento, solos, sentados en un sillón, frente a una televisión. “Lo contrario al amor” iba por su minuto diez.

― ¿Por qué? ―pregunté asustada. Me sentía incómoda, porque en la escena que veíamos la protagonista le hacía masajes a uno de los tres bomberos que la habían rescatado de un encierro en un ascensor atascado. El bombero estaba casi desnudo y se podía apreciar su cuerpo trabajado.

―Porque en esta película me parece que los lindos son los hombres, no las mujeres.

― ¿Qué?

―Eso, que los pibes son los que están bien, tienen un lomo bárbaro, ¿no ves? En cambio, las dos que aparecieron…

―No, no, pero a mí esos tipos no me gustan…

―Vamos, ¿qué no te van a gustar? Me lo podés decir, no me voy a poner celoso. Están en una película, no en la realidad. Además, yo voy camino a eso ―dijo y se arremangó la camisa―.Mirá ―agregó y contrajo el músculo de su antebrazo―. Me falta, pero en un año, a lo mejor, si puedo mantener el ritmo…

―Para mí no te falta nada ―me salió.

― ¿No? ―preguntó y me dio un beso. El primero con contacto lingual de la jornada. Antes solo nos habíamos rozado los labios, cuando lo saludé en la puerta de mi casa―. Mentirosa―agregó luego y apoyó su espalda de nuevo de nuevo en el respaldo del sillón.

―No, no miento, en serio te lo digo. A mí los tipos con el cuerpo muy trabajado de gimnasio no me gustan, nunca me gustaron ―solté de corrido y me alegré por haber dicho una frase más o menos larga sin trabarme o tartamudear―. Tu brazo está bien así, más que eso, la verdad es que no sé si me gustaría… ―me animé a más.

― ¿No te gustaría? ¿Es una broma, no?

― No, no es una broma. No me gustaría. Es la verdad. Ya te dije: no me gustan los tipos con el cuerpo muy trabajado. Me parece algo artificial. No es necesario, ni sé si es estético. Un brazo con los músculos en su tamaño natural es lindo. Lo otro…

―Pero a todo el mundo le gusta…

―Pe…pe… pero a mí no.

―No voy más al gimnasio entonces ―me dijo sonriendo.

―No, no, tam…tam… tampoco es eso.

― ¿Qué cosa, no?―dijo y presionó la tecla “pausa” del control remoto―. A mí también me pasa que hay algo que le gusta mucho a todo el mundo y a mí no me gusta para nada. Pero para nada.

― ¿Qué cosa?                                                                                                                          

―Bueno, va con todo respeto, ¿eh? ―dijo y sus mejillas se pusieron coloradas―. No sé cómo decirlo… a ver… no me gustan las mujeres con las ―se frenó―, bueno,  los pechos operados, con siliconas.

―Pero mirá que yo no me las operé, eh ―me salió.

―No, no lo digo por vos ―se justificó y me miró los pechos. Tenía puesta una remera ajustada, rayada, que me los realzaba.

―Es el corpiño soft que me las hace más… ―largué. << ¡Uy! ¿¡Qué mierda dije?! ¡Qué vergüenza!>>, pensé.

―Pero no lo dije por vos. Ni había pensado en vos. Te lo dije porque…  porque vino la conversación así… perdoname si me desubiqué.

―No, no, está bien, está bien, no te desubicaste. Igual no hay problema ―me acordé de Verónica―. Pero qué raro lo tuyo, ¿no?

―No sé si es raro. O a lo mejor por ahí sí, en algo sí es raro porque me da mucha impresión. Es como una especie de fobia, porque no pude ―se corrigió―, o no, bah, no podría estar con una mujer que tenga las tetas… ¡uy, perdón, qué dije! ―se tapó la boca.

―No, está bien, no te hagas problema.

―Bueno, eso, prefiero lo natural. Me gusta la mujer al natural. No me gustan las minas artificiales, las que se hacen cirugías. Tampoco me gustan las que se tiñen el pelo de colores fuertes, esas que se lo ponen rojo o se lo platinan. La otra vez vi una con el pelo negro azulado. Horrible.

―Sí, me imagino…

―Tampoco me gustan las que se maquillan mucho…

<<Y yo estoy más pintada que un cuadro. Me mandó una indirecta medio directa este pibe. Pero los colores que tengo puesto son muy naturales, no se nota tanto, a lo mejor no fue por mí>>, me tranquilicé.

― Son gustos…

―Sí, son gustos… ¿Seguimos con la película?

―Sí… ―dije y Martín presionó el botón “play” del control remoto.

En sus últimas palabras algo muy importante había quedado implícito: a Martín nunca le había gustado Verónica, porque ella era una especie de monumento a todo lo que él supuestamente aborrecía en una mujer: tenía el pelo teñido de rubio platinado y sus tetas operadas podían distinguirse desde varios metros de distancia. ¿Pero sería verdad? ¿O qué verdad elegiría yo? ¿La que más me favorecería, la que más me hundiría o una duda que me dejara en el medio de las dos?  Elegí esta última. Después de Ferni, me era difícil creer en lo que oía si no estaba reforzado por algún otro acontecimiento. Y lo que me había dicho Martín recién podría bien haber sido una mentira, pues él sabía que el día anterior yo había estado con mis amigas en el casamiento. <<Seguramente dedujo que una de estas amigas era Verónica y ahora me dijo que las tetas operadas no le gustan para reforzar su versión de los hechos, para terminar de convencerme de que jamás la tocó>>, pensé, pero como la teoría me pareció demasiado conspirativa, no pude aceptarla del todo y traté de concentrarme en la película.

La chica y el chico ya habían iniciado una relación y estaban apareciendo los primeros problemas. Ella revisaba a escondidas el celular de él cuando Martín presionó “pausa” en el control remoto y la imagen quedó congelada.

―La paro un minuto porque quiero que veas algo ―dijo, sacó su teléfono del bolsillo y lo puso sobre una mesa ratona ubicada en frente nuestro―. ¿Vos podés hacer lo mismo con el tuyo?

―Sí ―le dije y abrí mi cartera, que estaba a mi lado. Empecé a revolverla.

―No quiero parecerte un loco, ¿eh?, ahora vas a ver por qué te lo digo.

―Acá está ―dije cuando encontré mi celular (el BlackBerry nuevo) y también lo puse sobre la mesa.

―No era para que lo sacaras igual. Lo que te quiero decir es que si me revisaras el celular ahora, encontrarías un par de mensajes…

―Ah… ―dije con miedo.

―Son de Carolina, mi… bueno, mi ex… Me mandó dos mensajes, me pide que hablemos de nuevo, que le de otra oportunidad.

―Ah…

―No, pero no te lo digo porque tenga alguna duda, ¿eh?, no me mirés así.

―No, no…

―Yo no le respondí, ni lo voy a hacer. Te digo para no ocultártelo, para que lo sepas, nada más. Y me gustaría que si vos estuvieras en una situación así también hicieras lo mismo. No es que te vaya a revisar el celular, pero…

― ¿No le vas a contestar?

― No, no, ¿para qué? Yo estoy con vos, no quiero saber nada con ella.

―Pero a lo mejor hay que aclarárselo de nuevo.

―No, está insistiendo nada más, porque le dejé muy en claro cómo son las cosas. No hay nada más para decir. Ya sabe bien que no la quiero. Por eso no le voy a contestar, porque si le contesto por pena, si le tengo la vela, es peor. Mejor ser elocuente. Hacerle ver que no me interesa. Es duro, pero es así, qué le vamos a hacer. A todos nos pasó… ―dijo y presionó “play”.

Ya no le quedaban muchos minutos a la película. Me puse más nerviosa de lo que ya estaba al pensar en lo que vendría enseguida, cuando finalizara. Martín me tomó una mano y empezó a acariciarla. Yo intenté relajarme y hasta logré excitarme un poco imaginándome en una cama con él. Pero al oír un ruido de llaves y  ver cómo se movía la cerradura de la puerta del departamento, supe que el sexo, ese día, solo estaría en mi mente.

Martín se tomó con naturalidad la llegada de su hermano menor al departamento. “Ella es Ana”, dijo al presentarme, y los tres terminamos de ver la película sentados en el mismo sillón. Luego, pidieron pizza y comiendo y hablando llegamos a la medianoche.

―Divino tu hermano. Muy simpático ―le dije a Martín cuando me llevaba a mi casa en su auto.

―Parece así, parece así.

― ¿Por qué decís “parece”?

―Porque hay cosas de él que no me gustan. Ahora que estabas vos no le dije nada, pero siempre le bajo línea.

― ¿Línea de qué?

―De todo, bah, no, de todo, no, de una cosa en particular. Lo que pasa es que tiene novia, pero sale con dos chicas más. Con tres minas a la vez anda.

―Ah…

―Y en mi casa no nos educaron para eso, no nos formaron así. Porque en el matrimonio de mis padres nunca pero nunca hubo ni siquiera una duda, una sospecha de infidelidad.

―No, en el de mis viejos tampoco.

―Ah, qué bien, algo más en común.

―Sí ―dije contenta.

― Por eso no me gusta cómo es mi hermano. No puedo entender cómo puede ser tan diferente al resto de nosotros. Porque mis otros dos hermanos y yo tenemos nuestros principios, una conducta con las cosas. Así nos enseñaron nuestros padres y yo creo que lo aprendimos. Pero él no, no sé por qué. No se les puede faltar el respeto a las mujeres así. Mi hermana se casa ahora, en diez días. ¿Mirá si el marido le hiciera algo así? ¿A él le gustaría?

―No, no, claro ―dije y sobrevino el silencio―. ¿Viste que al final la chica de la película se quedó con el que no tenía el cuerpo tan trabajado?―se me ocurrió decir para romperlo.

―Ah, sí, sí, a ese le faltaba bastante lomo y brazos.

―No soy la única entonces con esos gustos ―dije y Martín frenó el auto a la altura de mi casa.

Luego de darnos unos cuantos besos, que pude disfrutar un poco más relajada, nos despedimos, con la promesa de encontrarnos a tomar un café antes de entrar a la empresa, a la mañana siguiente.

Me acosté pensando en que podía estar con el hombre perfecto o con el peor de los mentirosos. Por eso sabía que no tenía que entusiasmarme mucho. Debía andar con cuidado, tomar recaudos, antes de llegar a quererlo demasiado.

Y también debía lograr que él dejara de tener presencia exclusiva en mi mente y concentrarme en el trabajo.

―Tomá ―me dijo Bety el lunes temprano y me tiró una carpeta sobre el escritorio―. Son las cosas que Rubén G. dejó sin hacer. Gustavo me dijo que las revises, que lo que es urgente lo hagas hoy y que con lo que puede esperar hagas una lista de pendientes y se lo mandes por mail al gerente de administración con copia a mí.

― ¿A vos?

―Sí, a mí. Gustavo no va a venir esta semana a la empresa, así que me dejó encargada. Soy tu jefa por estos días.

―Ah, ¿y qué le pasó a Gustavo?

―No sé, no me dice lo que le pasa. Pero esta semana no viene. Eso es lo único que importa. Y seguro que te llaman los abogados y los contadores, lo personales que tiene. Te van a pedir algunos documentos y que les pases información. Dales prioridad y mandales todo enseguida. ¿Entendiste?

―Sí, sí, entendí ―respondí y mi teléfono interno sonó.

Analía Bagayo, del otro lado de la línea, con voz triste, me dijo que hacía cinco minutos que habían despedido a Ezequiel Z. y a tres empleados más de riesgo crediticio: Marcelo F. (su entonces novio),  Claudio C. y Gastón F.

― ¿Sabés algo, Ana? No te quiero comprometer, pero vos estás ahí, en el directorio. Porque quiero saber si sigo yo, si va a haber más despidos.

―No, no sé nada. Me estoy enterando por vos ―dije sin pensar y luego recordé el video de “Corazón de piedra” con el que se habían burlado de Gustavo y de la empresa―. Pero quedate tranquila, no creo que haya más despidos. A ellos seguro que los echaron por otra cosa.

― ¿Por qué cosa? ―me preguntó.

―Te diría, pero no puedo hablar. Perdoname ―le respondí y luego nos despedimos.

Siempre había subestimado a Analía Bagayo. Porque era fea, porque no había estudiado y porque me parecía una persona antipática, sin luces ni gracia, y  hasta un poco mala. Será por eso que en ese momento estaba muy lejos de anticipar que ella tendría, tiempo después, un “gran final feliz” en su vida que yo vería en fotografías.

Lo contrario al amor (I)

Buenos Aires, octubre de 2011.

―¡¿Esas botas de mierda te pusiste?! ―protestó mi madre cuando me vio aparecer en el living de mi casa.

Eran cerca de las diez de la noche del sábado. Martín me había llamado a la tarde, cuando todavía estaba en la fiesta de casamiento de mi amiga, y había quedado en pasarme a buscar a las diez y cuarto.

―Y sí, mamá, ¿qué tienen las botas? ¡Se usan! ―le retruqué. Mis botas no tenían nada de malo. Eran de color negro, con muchas hebillas de metal, y me llegaban hasta las rodillas. Me las había puesto sobre un jean ajustado y me gustaba cómo me quedaban.

―Parecés un bombero― dijo mi padre, que estaba sentado en un sillón y miraba televisión.

―No, ¡qué bombero!, las botas de los bomberos son de goma. Las de tu hija parecen del ejército― disintió mi madre.

― Pero al atorrante ese por ahí le gusta. Como usa gorrita y ojotas… ¡qué sabe de elegancia ese tipo!

―Más que vos seguro, papá, que solamente te vestís con ropa comprada en el supermercado ―respondí.

―Yo ya estoy viejo, ¿quién me va a mirar a mí? Pero eso sí, ahora me compraré ropa en el supermercado, pero cuando era joven no me ponía ojotas y gorrita, era elegante.

―El pelo lo tenés muy aplastado―observó mi madre e intentó batírmelo con sus dedos―. A ver el aliento… ―puso su nariz cerca de mi boca.

―¡Ya me puse enjuague bucal veinte veces, mamá, no tengo más olor a vino! ¡Salí, dejame! ―dije de muy mala manera y me alejé de ella.

―Podrías haber chupado menos en la fiesta. No vayas a tomar ahora de nuevo, a ver si vomitás ―me advirtió  mi padre.

―Pero dale más volumen al pelo,  porque así está muy pegado a la cara―siguió mi madre―. Ponete alguna crema para peinar.

―¡No! ¡Estoy bien así! ¡Basta!

―Hacete algún rulo. Algo de alegría ponete. Mucho negro tenés ―opinó mi padre.

―¿Pero qué tengo con lo negro? ¿A ver? ¿Qué tengo?

―Algo de color necesitás. Tiene razón tu papá. Algún pañuelo, algo de color. Con flores, algo alegre.

―No tengo ningún pañuelo que vaya con lo que tengo puesto. Y el jean que me puse es azul, no es negro, es de color. No jodas.

―Pero lo demás es todo negro―dijo mi madre, en referencia a la polera y a la campera de cuero negra que vestía.

―Porque siempre de negro, siempre de negro―siguió mi padre―, al final, el tipo va a creer que sale con Cristina Kirchner… ― y sonó el timbre.

La perra comenzó a ladrar. Mi papá corrió hacia la ventana al grito desesperado de “¡No abras todavía, que puede ser un chorro!”, y yo puse las llaves en la puerta.

―Tenete derecha, ¿eh? ―me advirtió―. Y no vayas a ir a un hotel con el tipo hoy.

―Ay, dejala, si quiere ir, que vaya, ¿qué te metés? ―dijo mi madre.

―Me meto porque no quiero que mi hija sea puta ―oí antes de cerrar la puerta.

Como supuse que los ladridos de la perra habían impedido que Martín escuchara los dichos de mis padres, me tranquilicé al respecto y lo saludé con un tímido beso que apenas rozó sus labios.

Caminamos pocos pasos, desde la entrada de mi casa hasta su auto. Me abrió la puerta y me invitó a subir. <<¡Qué amable! Espero que siga así toda la vida, ¡qué lindo ser mujer!>>, pensé.

―¿Y? ¿Cómo estuvo la fiesta? ―me preguntó apenas el coche comenzó a avanzar.

―Bien, bien.

El corazón me latía en la garganta. A esa altura ya no sabía si la taquicardia era un síntoma de enamoramiento o solo era el miedo a enfrentar la situación, a que no se me ocurrieran qué decir, a no poder mirar a Martín a los ojos, a no lograr controlar los nervios, a exhibir mi inseguridad y a finalmente demostrarle que, por algo, ningún hombre antes me había querido.

―¿Bien? ¿Comiste mucho?

―Sí, sí, comí bastante ―dije y me vi esa tarde sentada (casi recostada) en una silla,  ubicada  en un lugar apartado del salón, con los pies de Carla apoyados sobre mis muslos, tomando grapa. Con seguridad a esa bebida le debía el dolor de cabeza que ahora sentía.

―¿Y estuvo divertida? ¿Bailaste?

―¿Eh? … Sí, sí, un poco bailé… ―respondí y recordé que el mismo chico lindo con el que había cruzado una mirada al regresar del baño junto a Carla, justo antes de despedir a Verónica y familia, vino hasta mi silla y me invitó a bailar. Como no supe qué hacer, miré a Carla. Ella sacó sus pies de encima de mis piernas. Entonces despegué de la silla y me dejé conducir por el chico hasta la pista, sobre la que empezamos a bailar, sueltos.

―¿Sola? ―me preguntó Martín.

―¿Eh? … No, no, con las chicas ―mentí. Y sin culpa, pues no había hecho nada de malo.

El chico lindo me preguntó el nombre, la profesión, el signo del zodíaco y todo lo que se pregunta en estos casos, hasta que llegó al punto del estado civil  y le dije que estaba empezando una relación. Como conocer el dato no lo hizo desistir de pedirme el teléfono cuando se terminó el baile, soporté la tensión de decir “no”. Y luego también los insultos de Carla, durante todo el viaje de vuelta a casa: “¡Sos una boluda! ¡Una boluda! ¡¿Cómo no le vas a dar el teléfono a ese tipo que estaba bárbaro?! ¡Hace dos días! ¡Dos días que estás con Martín! ¡Nada más que dos días! ¡Tendrías que probar con los dos a la vez para ver con cuál te quedás! Cualquiera haría eso”, me dijo varias veces.

―¿Qué chicas? ¿Tus amigas, no? ―me preguntó Martín.

―Sí, sí, mis amigas ―respondí. No quería profundizar el asunto. No quería hablar de mis amigas, porque no quería llegar a Verónica.

―Ah, ¿todas del colegio? Porque la que se casó era del colegio secundario, ¿no? Me dijiste ayer…

―Sí, sí, todas del colegio secundario. Y después, algunas también de la facultad. Seguimos carreras parecidas. Estudiamos en el mismo edificio.

― ¿Vamos al bar ese que está por esta derecho sobre el río? ―me preguntó, cuando el auto empezó a transitar por una avenida que terminaba en el río―. ¿Te parece?

―Sí, sí, me parece, me parece, vamos ―respondí y se produjo un silencio. No sabía qué hacer con mis manos. Las juntaba, entrelazaba los dedos, me las frotaba contra el pantalón para secarlas, pues las tenía muy transpiradas.

―¿Y todas tus amigas son iguales? ―me preguntó, después de un rato.

―¿Iguales? ―no entendí.

―Lo que te quiero decir es si tenés alguna más amiga, mejor amiga, nunca me contaste, creo…

―¿No te conté?

―No.

―Bueno, Carla, Carla es mi amiga más cercana ―dije y me resigné a que Martín pudiera traer a la conversación el recuerdo de la noche que habíamos vivido dos años antes, en el departamento de Danilo, cuando conoció a Verónica.

―¿Carla?

―Sí, sí, no sé si te acordás, es la que estaba esa vez…

―Ah, sí, sí, la novia del chico del departamento al que fuimos esa vez, la que se disfrazó de española o algo así, ¿no?

―Sí―dije―,o algo así―agregué en voz muy baja y Martín no me oyó.

―Sí, sí, me acuerdo ―me dijo con tranquilidad, tal vez porque no tenía motivos para estar nervioso. No hacía tanto tiempo que habíamos hablado de Verónica y él me había negado toda relación con ella.

―Tiene una nena ahora, Lucía se llama. Cuando la conociste estaba embarazada ya.

―Ah, ¿tiene una nena?, ¿con el novio del departamento?

―Sí, sí, con él.

―¿Cómo era que se llamaba?

―Danilo.

―Ah, sí, sí,  Danilo. ¿Y se casaron o la tuvieron así, sin papeles? ―preguntó y me sonrió.

―No, no, casarse no se casaron ―dije y llegamos a destino

Martín acomodó el auto en un terreno baldío que hacía de estacionamiento, ubicado junto al río y al lado del bar. Bajamos y caminamos varios metros tomados de la mano, en silencio, hasta la puerta de entrada.

<<Ojalá que esté Ferni, así me ve con Martín y se retuerce de la bronca porque enganché a uno mucho más lindo que él>>, deseé, hasta que, ya adentro del bar, nos sentamos a una mesa pequeña, uno en frente del otro,  y me olvidé del asunto.

―¿Comerías rabas? ―me preguntó  leyendo la carta.

―¿Rabas? Sí, sí, comería. ¿Querés pedir una porción y la compartimos?

―No, dos porciones.

―Pero mirá que yo no tengo mucha hambre. Comí mucho en el casamiento.

―Ah, cierto, cierto, vos ya comiste mucho hoy. Bueno, pedimos una porción y con papas fritas. ¿Está bien?

―Sí, sí, está bien, con papas, pero pedí una sola porción también ―dije. <<Martín no está enamorado. Si lo estuviera, no comería tanto>>, concluí y luego me insulté, por pensar tantas pavadas.

―Bueno, ¿y de tomar? ¿Cerveza, vino, qué preferís?

―Ay…, yo hoy con el alcohol… tomé en la fiesta…

―¿Mucho tomaste?

―Y más o menos…

―Pero estás bien ahora.

―Sí, pero me duele un poco la cabeza.

―Ah, ¿te duele la cabeza? ―me preguntó con desilusión.

<<¡Uy! Este va a pensar que me quiero ir, que es una excusa para no estar con él, o que soy una amargada que le quiere arruinar el sábado con una enfermedad>>, pensé y dije:

―No, no, un poco me duele. No es nada, nada, no te preocupes.

―¿Seguro?

―Sí, sí, no es nada, por mezclar vino con champagne y esas cosas. Por eso, ahora mejor tomo una coca y listo ―dije y Martín le hizo el pedido al mozo.

Luego, me preguntó:

―¿Tenés frío?

―No, no tengo―le respondí un poco sorprendida―.¿Por qué?

―Porque no te sacaste la campera.

―Ah, ¿no me la saqué? ―pregunté. <<¡Soy una imbécil, una imbécil! Me olvidé de sacarme la campera>>, pensé―. No me di cuenta ―dije por decir.

―¿No te diste cuenta o tenías miedo de que te miraran mucho? ―me preguntó con una sonrisa mientras yo me la sacaba.

―No, no… ―dije con timidez y la colgué del respaldo de la silla.

―Te digo que, igual, con campera puesta, cuando entramos, todos te miraron.

―Ah, jijiji.

―Ay… ―dijo Martín y se levantó un poco de la silla. Estirándose, me dio un beso corto―. Estás linda.

―Ah, gracias, jijiji.

―De nada, pero no te digo más así no te ponés tímida― dijo riéndose, mientras se reacomodaba en su silla.

<<Esto es un desastre, un desastre. ¡Yo soy un desastre! No puedo ser tan boluda. ¡No puedo!>>, pensé y traté de arreglarla:

―Sí, bueno, soy tímida, ¿qué le voy a hacer?

―No te preocupes ―me dijo y me tranquilicé un poco―. Seguime contando lo de tu amiga, lo que me venías diciendo en el auto―agregó y me tomó de una mano.

―Ah, sí, sí, bueno, Carla tuvo una hija con Danilo, pero no se casaron ―comencé a hablar y no paré. Una vez que había encontrado un tema conversación, no lo iba a desperdiciar.

Así pasaron las rabas, las papas fritas y yo terminé el relato en el segundo embarazo de Carla, con las dudas sobre la paternidad incluidas.

―¿Entonces tu amiga no sabe de quién es?

―No, no sabe.

―¿Pero quiénes son los posibles? ¿El gerente del banco y Danilo, o hay otros?

―No, no, esos dos nada más… ―dije.

Y me di cuenta de que no debía haberle contado a Martín esa historia. Pertenecía a la intimidad de Carla. Yo no tenía derecho a divulgarla.

―¿Dos nada más me decís? ¿Te parece poco?

―No, no…

―No es por juzgar a nadie, pero tu amiga…

―Sí, ya sé…

―Está bien lo que le dijiste, el hijo tiene que saber quién es al padre, no le puede vender el que a ella más le conviene. No está bien eso.

―No, no… ―dije, sin dejar de lacerarme mentalmente. Me imaginaba la escena: Carla y Danilo en el departamento, recibiéndonos con la cena preparada, ignorando que Martín conocía todas sus intimidades, porque yo, una traidora, le había contado la historia completa.

―¿Eh? ¿Qué pasa? ―me preguntó Martín, porque me había quedado tildada, mirando hacia abajo.

―¿Eh? No, no, nada ―reaccioné, como si recién me hubieran despertado arrojándome un balde de agua helada.

―¿Te sigue doliendo la cabeza? ―me preguntó.

―Sí, sí, me duele ―respondí. Era la verdad. Me dolía y cada vez más.

―Ah, bueno… vamos, si querés.

―No, no, está bien, no es para irme.

―Tampoco quiero que hagas sacrificio.

―No, no es sacrificio. Para nada ―dije y me puse en el lugar de Martín: si alguien me dice que le duele la cabeza estando conmigo en una cita, concluyo que no se encuentra a gusto en mi compañía.

―Pero si te duele tanto la cabeza…

―No, pero no, ya te dije, tomé mu…, bah, tomé en la fiesta. Es eso, pero estoy bien…―reuní coraje―: me… me gusta mu… mu… cho estar con vos… ―agregué, pero no me animé a mirarlo a los ojos. Mientras pronunciaba las palabras, mi vista se fijó sobre un punto, unos centímetros al costado derecho de él, justo en la hebilla de la cartera de una mujer que estaba sentada a una mesa pegada a la nuestra.

―Ah, bueno, me deja más tranquilo eso. Pero si me miraras a mí cuando lo decís sería mejor, ¿no? ―me dijo sonriendo.

―Ay… bue… ―lo miré a los ojos―. Es la… la… ti… timimidez ―agregué y bajé la vista. Me insulté, por enésima vez en la noche.

―No te preocupes por eso, ya te dije―dijo y comenzó a acariciarme la mano. Notó mi tensión―. ¿Estás nerviosa?

―No…

―Mirá que si me decís que estás nerviosa no me ofendo, ¿eh?, al contrario.

―Bueno, entonces sí, jijiji ―dije.

Y Martín se acercó y me dio un beso. Ya podía abrir la boca sin esfuerzos, casi no me dolía la articulación de la mandíbula.

―¿Mejor ahora? ―me preguntó luego, con su cara todavía muy cerca de la mía.

―Sí, sí, mejor―le respondí y él se reacomodó en su silla.

―¿Postre?

―No, no, yo ya estoy.

―Sí, yo también estoy. Tampoco quiero postre. ¿Pero café?

―Ah, sí, café, sí ―dije y Martín le hizo el pedido al mozo.

Luego,  empezó a acariciarme el dedo gordo de una mano, en silencio. Mi mente hizo un trabajo rápido y encontró algo para preguntar:

―¿Y tu mejor amigo quién es? No me contaste, me parece…

―Sí, te conté ―me dijo con seriedad―.Mi mejor amigo era, no es.

―Ah…  sí…―me di cuenta de que había metido la pata.

―El hijo del tipo que se casó con mi ex. Te conté.

―Sí, sí, perdón, ya me acuerdo, me acuerdo, pero no sé, por ahí ahora habías encontrado a otro ―intenté arreglarla.

―Tengo amigos ahora, no es que no tenga, pero decirte en este momento quién es el mejor, no sé… ―me dijo y me habló de varios, algunos de Buenos Aires y otros de su ciudad natal.  Se extendió en su relato, tanto que el bar se fue vaciando, y el mozo, sin que se lo hubiéramos pedido, dejó el ticket de la cuenta sobre la mesa que ocupábamos. Una invitación a que nos retiráramos.

Saqué mi billetera.

―No, no, ¿qué hacés? Me ofendés.

―No, bueh… no, es que ya son varias salidas y pagaste siempre vos…

―Siempre voy a pagar yo. Es así, Guardá eso.

―Bueno… no… ―dije y obedecí.

Salimos del bar y caminamos de la mano hasta el auto. La noche era muy oscura. No había luna ni luz artificial que iluminara el lugar. Martín me abrió la puerta del coche. Subí.

Y estaba por abrocharme el cinturón de seguridad, cuando me detuvo y me dijo:

―No, no, todavía no ― y comenzó a besarme.

Pequeña venganza (II)

Buenos Aires, octubre de 2011.

―A lo mejor él se conformó con cualquier cosa y por eso quiere el mismo destino para vos, o para todo el mundo, ¿quién sabe, no? La mente humana tiene cada vuelta―me dijo el concubino de Verónica, en referencia al marido de “Casada”.

―Pero no, no es así,  esa es la mujer ―le dije, señalándole a mi amiga “Casada”, que no era un desparpajo de belleza, pero tampoco era una chica fea.

―Ah, ah, no, no está tan mal. Es que no conozco a casi nadie acá, perdón.

― ¿No? ¿Nunca se habían juntado antes? ―pregunté con inocencia, en el entendimiento de que en el mucho tiempo que no había visto al grupo de amigas, Verónica había hecho lo contrario, y había cultivado sus relaciones con “Casada” y con “Hiperactiva”, la del casamiento.

―No, no… Verónica solamente se da mucho con dos chicas del trabajo. Bah, ahora ya no son del trabajo, porque ya no trabaja… ―dijo, con resignación. “Casada”, Carla, y Verónica, con su hijo en brazos, charlaban como nosotros, de pie, al otro lado de la mesa.

― ¿Qué?? ¿No trabaja más? ¿Qué pasó? ―pregunté alarmada, porque Verónica, hasta donde sabía, tenía un muy buen puesto, con un sueldo a la altura, en una empresa multinacional.

―No, no trabaja más. ¿No te contó?

―No, no, no hablo hace un montón con ella ―dije la verdad.

―Ah, yo pensé que aunque por teléfono…

―No, no…

―Claro, a veces los amigos se van alejando. La circunstancias…

―Sí…

―Verónica renunció―retomó el tema―. Cuando tuvo al nene se tomó la licencia, pero cuando se le terminó, renunció. No se pudo separar de él.

―Ah… ―dije. << ¡Qué suerte que tienen algunas! ¡Consiguen un súper trabajo y encima se pueden dar el gusto de dejarlo!! Ni leyendo cien libros de la ley de la atracción yo logro eso >>, pensé.

Se produjo un silencio. Agarré una copa de champagne de una bandeja que me acercó un mozo. Tomé un sorbo.

― ¿Y por qué tanta preocupación por conseguirte novio? ―me preguntó―. Perdón, si se puede saber…

―No, no, sí, sí, se puede saber, claro, no sé por qué el marido de “Casada” se preocupa, la verdad, porque no es amigo mío, ni tengo mucha relación, nunca la tuve…

― ¿Hace mucho que estás sola? ―me interrumpió.

―Y sí, sí ―dije resignada―, estuve mucho tiempo sola…

―Porque yo no sé para qué la gente quiere estar en pareja siempre y que todo el mundo lo esté―volvió a interrumpirme y no me dejó llegar a Martín―. Ni que estar en pareja fuera algo tan bueno, tan imprescindible para vivir…

―Ah, no sé―lo interrumpí yo esta vez―. Todos, o bueno, muchos de los que están en pareja se quejan…

―Y sí ―dijo encima de mis últimas palabras―, por más que estén con alguien muy bien. Siempre hay que consultar, ponerse de acuerdo, es un trabajo…

―Pero algo bueno debe tener, ¿eh? ―me animé a decirle―. Porque todos se quejan, todos se quejan, pero los que están no quieren salir y los que no están quieren entrar.

― ¿Y quién te dijo que los que estamos no queremos salir?

―Ah, no sé, no me lo dijo nadie, pero lo que yo veo es que hay algunos que a lo mejor quieren salir de lo que están en el momento, pero después, enseguida, quieren entrar a otra cosa de nuevo. Eso es así siempre.

―Ah, sí, eso es así, sin duda.

―Entonces estar en pareja no debe ser tan malo… ―dije.

―Depende, yo estuve casado mucho tiempo, antes de Verónica. Fueron años lindos, pero al principio. Después vinieron los hijos…

― ¿Tenés más hijos?

―Y sí, dos más, una de veinte y otro de diecisiete.

―Ah…  ―dije. << ¡Pobre de ellos con Verónica de mujer del padre! Lo perdieron. Peor que la muerte. Van heredar solo deudas. Hay gente que tiene mucha mala suerte>>, pensé y los novios hicieron su entrada al salón. Sonó el tema “November rain”, con el que se conocieron.

―Yo no sé para qué la fiesta, el vestido blanco, todo este show, gastadero de plata. Hace como diez años, no sé, son más años que están juntos “Hiperactiva” y el novio, ¿no? ―le dije a Carla cuando nos sentamos a la mesa―. Además, ya tienen un hijo, ya deben haber cogido de todas las maneras posibles…

―Y por todos los agujeros posibles. Ya deben estar aburridos hasta de los juguetes eróticos ―acotó Carla.

―¿Y para qué casarse y con fiesta después de eso? ¿Para qué?  ¿Qué novedad va a haber ahora? ¿Qué hay que festejar? ¿Qué ganan?

―Matar el aburrimiento, supongo ―me dijo ella―. Pensá que se pasaron un montón de meses entretenidos preparando la fiesta.

―A mí no me entretendría eso…

― ¡A vos! ―me acusó Carla―. Pero a la gente normal esas cosas le encantan.

― No sé… ―dije―. Che, ¡qué suerte que te viniste a sentar al lado mío, eh! Ya te hacía al lado de Verónica hoy y comiendo en su casa la semana que viene. Te quedaste charlando un montón con ella al final.

―Sí, seguro, con Danilo voy a ir a lo de Verónica y todo ―me dijo Carla.

― ¿Por qué? ¿Si estuvieras sola irías, no? ―le recriminé. No llegó a responderme, porque en ese momento el concubino de Verónica corrió la silla que estaba a mi lado, diciendo:

―Bueno, yo me siento y la dejo a mi mujer, porque las mujeres son mejores que los hombres para hacer que los bebés dejen de llorar ― y se sentó. Quedé entre él y Carla, que a su vez había quedado al lado del contador con el nudo de la corbata engrasado que querían engancharme. Verónica estaba un metro más atrás, caminando en círculos y sacudiendo a su hijo, para calmarle el llanto.

Su concubino me sirvió vino y me preguntó a qué me dedicaba. Le hablé entonces de las tareas que cumplía en Empresa Pedorra S.A., de Gustavo Almazán, y de las franquicias. Abrió los ojos.

― ¿Sabés de eso? ―me preguntó.

― ¿De franquicias?

―Sí, sí, ¿sabés?, ¿hace mucho que estás en el tema?

―Sí, sí, ya sé todo ―le dije.

Y él me habló de la empresa de iluminación de la que era propietario, de sus ganas de expandir el negocio, de la posibilidad que tenía de empezar a fabricar lamparitas de bajo consumo y de la necesidad de contar con una estructura de contratos adecuada que le permitiera, con el menor riesgo, captar socios e inversores para su proyecto. Me di vuelta y observé a Verónica mirándome con recelo. Su hijo seguía llorando a los gritos pelados en sus brazos. Entonces no lo dudé: con tal de hacerla reventar, pasaría el resto de la tarde pegada a su hombre.

Respondí una catarata de preguntas sobre franquicias, hasta que Verónica volvió a la mesa y se sentó al lado de su pareja, con el nene en brazos, que ya se había calmado. Se interesó en nuestra conversación y, en cuanto pudo, disparó el misil:

―Ay, Ana, ¿seguís trabajando en esa empresa de mierda? No sé cómo hacés para aguantar eso, trabajar los fines de semana…

―No, no, hace mucho que no trabajo los fines de semana. Ahora soy encargada de proyectos especiales. Trabajo directamente para el director de la empresa, los días de semana, en horario de oficina ―dije, haciendo alarde del nombre de mi cargo.

<<Me tengo que animar. A esta se la tengo que hacer gorda. Me tengo que animar a apoyarle la mano a su tipo en el brazo, a empezar a toquetearlo, como hacía Potus Reloaded… aunque una vez lo hice y me salió mal, pero bueno… mejor no acordarse, ya prescribió>>, pensé.

―Sí, me estaba contando que organizó todo el sistema de franquicias de las sucursales de la empresa ―siguió su concubino.

Observé que Carla había empezado a charlar con el contador del nudo de la corbata engrasado. Tal vez, ahora, el marido de “Casada” quisiera enganchárselo a ella. Después de todo, también estaba sola en la fiesta, al igual que yo. Y nadie sabía todavía lo de su embarazo. Tampoco de su interesada reconciliación con Danilo.

El hijo de Verónica empezó a llorar con desenfreno de nuevo. Ella tuvo que ponerse de pie y volver a sacudirlo con suavidad en sus brazos, caminando en círculos,  a un metro de la mesa.

― ¿Tendrá algo? ―pregunté.

―No sé, no creo. Llora mucho. Siempre ―me dijo su pareja.

―Ah… ―dije. << ¡Qué sacrificio!>>, pensé.

―Lo que pasa… ―dijo el hombre y miró a su alrededor, asegurándose de que Verónica no lo escuchara―. Yo no sé…  estoy trabajando todo el día, no estoy mucho en casa, pero Verónica hace cosas que me parece que lo alteran. Es como que no sabe que algunas costumbres tienen que cambiar si hay un bebé en la casa.

― ¿Por qué?  ¿Qué costumbres? ―pregunté.

―Algunas, por ejemplo: Verónica prende la computadora, la radio a todo lo que da y la televisión también. Todo al mismo tiempo. No sé ni cómo lo aguanta ella. Pero tiene esa manía. Y el nene está en medio de ese ruido todo el día.

―Ah… sí…

―Contaminación sonora ―me dijo y Verónica volvió a la mesa, con su hijo ya tranquilo. Observé que la criatura llegaba a la cima de los nervios y caía a la calma de manera abrupta, sin pasar por estado intermedio.

―Te tenés que ir de esa empresa, Ana, buscarte un laburo como el que tenía yo, en una multinacional. Son los únicos lugares en donde tratan bien a los empleados ―dijo, apenas se sentó.

―Sí tuviera algún contacto que me ayudara a entrar… ―me salió.

―Yo trato bien a mis empleados y mi empresa no es una multinacional ―me interrumpió su concubino.

―Ay, pero no, no, amor, no compares ―le retrucó ella y se llevó un pedazo de carne a la boca.

―No comparo, pero el trato a los empleados no tiene nada que ver con el poderío de la empresa ―dijo él y el nene comenzó a gritar y a llorar de nuevo. Verónica, otra vez, tuvo que levantarse de la silla y alejarse con su hijo en brazos, para intentar calmarlo.

Observé que había dos sillas vacías en nuestra mesa. Eran las destinadas a “Empresaria” y a su eventual pareja. Seguro había faltado al evento para no cruzarse con Verónica, a la que todavía debía odiar por el escándalo del video erótico con Guillermo Santiesteban que había publicado en Facebook. Y tampoco “Empresaria” debía de tener mucho interés en encontrarse conmigo. Por Carla había sabido que no le había gustado para nada enterarse de que su ex novio era la actual pareja de mi tía.

― ¿Estás muy contenta con tu trabajo? ―me preguntó el concubino de Verónica.

― ¿Eh? Sí… bah…, por ahí está bueno lo que hago, pero…

―Pero, pero, me sirve el pero ―dijo y sacó su celular del bolsillo―. Dame tu número así lo agendo.

Se lo di y luego me di vuelta, para ver la cara de Verónica. Se había quedado con los ojos fijos sobre algún punto situado entre su concubino y yo. No se movía, parecía congelada, y su bebé seguía llorando.

―Si te interesa, te llamo en la semana y arreglamos una reunión. Necesito a alguien que sepa de franquicias, que me maneje al contador y al abogado. Si yo puedo darte mejores condiciones que las que tenés ahora, podría andar, ¿no?

―Sí, sí, obvio que podría andar ―dije, pero no me vi trabajado para la pareja de Verónica.

―Seguro que va andar si es así ―me dijo él y sonrió.

― ¿Vamos al baño? ―me preguntó Carla al mismo tiempo, dándome un codazo, que no me dejó más alternativa que ponerme de pie y seguirla.

― ¿Qué pasa? ―me preguntó en el camino―. ¿El marido de Verónica tiene la re onda con vos, no?

―No, onda no, es laboral el asunto.

―Ah…

―Me pidió el teléfono para arreglar una reunión. Parece que me quiere contratar. Tiene una empresa de iluminación― le dije a Carla y entramos al baño.

― ¡Uh! ¡Uh! ―gritó Carla, apenas cerró la puerta. Se reía a carcajadas―. ¡Qué bueno! ¡Qué bueno! ¡No lo puedo creer! ―aplaudía y saltaba―. ¿Mirá si terminás trabajando para el marido de Verónica y el tipo se enamora de vos? ¡Me muero!

―Ay, no, no. No me veo trabajando con algo de Verónica en el medio. Sería muy inestable mi situación.

―Pero no estés tan seria. ¡Disfrutá el momento! ¡Reite! ¿Qué más querías? Está bueno lo que te está pasando.

―Sí, no sé…

―Ay, nena, ¿qué te pasa? Encima está re gorda Verónica. ¡Es tu día! ¡Es nuestro día! La forra no se subió ninguna foto reciente a Facebook para que no la vean gorda. Por eso no me di cuenta…

―No me importa cómo esté Verónica. Lo que me importa, lo único que me importa cuando la veo es saber lo que pasó con Martín. No pude ni comer bien pensando en eso.

―Ay, ¡¿qué te importa eso ahora?! Siempre te las ingenias para amargarte. Hace como dos años ya. Si encima ahora estás con Martín, ¿qué te hacés problema?

―Por eso, justo porque estoy con él. Tengo una bronca bárbara. Quiero saber qué pasó con ella. Es más, si pasó algo, yo no tendría que seguir con Martín. Tendría que tener dignidad y cortar ahora, porque la verdad es que él no me va a decir que se acostó con Verónica.

―Y no, no, es obvio que él no te lo va a decir. Y a Verónica, si le preguntaras, cosa muy lejana, ya sabés, no le podrías creer nada. Y pasaron dos años, ¡dejate de joder!

―Bueno, Carla, no soy como vos. No me trago estas cosas.

―Ana, hace dos días que estás con Martín nada más. No lo arruines. A los dos días no le vayas a hacer un planteo de celos y por cosas que pasaron en otro siglo. Cuidado con esas cosas porque los tipos salen corriendo.

―No, no le voy a hacer ningún planteo. Voy a salir esta noche con él, como si nada, si me llama, ¿no? Y no me voy a animar a decirle nada. Soy una boluda.

― ¡No! ¡No sos boluda! Es lo que hay que hacer, boba.

―No sé…

―No metas la pata, por favor ―insistió Carla.

―No, no la voy a meter. Pero quiero saber lo otro que piensa Danilo  de Martín y que no me dijeron en el auto.

―Ya te dije que no piensa nada más.

―No te creo, ¡dale! Decime.

―No hay nada más, Ana, dejate de joder, vamos ―dijo Carla y abrió la puerta del baño.

―Un asco el tipo que tengo al lado. Hablando es simpático, pero es un asco, un asco. ¿Cómo se puede ser tan desagradable? Y encima nos lo quieren encajar…―comentó Carla mientras atravesábamos el salón.

Crucé una mirada con un chico bastante lindo que estaba sentado a una mesa lejana a la nuestra y luego vi a Verónica y a su marido venir hacia nosotras. Empujaban el cochecito, con el nene adentro,  y cargaban con todos los artefactos que suelen acompañar a los bebes a sus salidas.

―Nos vamos, chicas ―dijo ella.

― ¿Pero ya? ¿Tan temprano?  Ni el postre sirvieron ―dijo Carla.

―Es que a mi baby le duele mucho el oído ―se justificó Verónica

― ¿Y cómo sabés que le duele el oído? Si el nene no habla todavía. Yo nunca puedo saber bien qué le duele a Lucía ―dijo Carla.

―Lo que pasa es que Verónica es una madre muy intuitiva ―dijo su concubino sonriendo y nos dio un beso a Carla y a mí para despedirse ―. Chau, hasta la próxima.

―Bueno, chicas, súper feliz de verlas. No se pierdan ―dijo Verónica y nos dio un beso ruidoso y un abrazo a cada una.

Su concubino me hizo una seña, por detrás de ella, indicándome que me llamaría. Pero jamás lo hizo.

Esa fue la última vez que vi a Verónica.

Pequeña venganza (I)

Buenos Aires, octubre de 2011.

Carla y Danilo habían llegado a un acuerdo. Él reconocería como suyo al hijo que Carla estaba esperando. No importaba si en realidad lo era o no.

― ¿Viste qué bueno que soy? ―me dijo  en el auto, cuando nos llevaba al casamiento de “Hiperactiva”.

―Mirá, no sé si sos bueno, Danilo. O va más allá de eso,  porque a mí no me gusta esto. No es honesto ―dije desde el asiento de atrás del coche.

― ¿Por qué no es honesto? ¿Qué decís? ―protestó Carla, sentada al lado del conductor.

―Porque no, Carla, porque no. ¿Qué van a hacer, a ver? ¿Se van a ir a vivir juntos de nuevo? ¿Le vas a hacer creer a tu mamá y a tu hermana y a todo el mundo que estás embarazada de Danilo otra vez y no es así?

―Sí es así ―afirmó Danilo.

―No, no se sabe si es así ―dije con determinación.

―Hay muy pocas probabilidades de que sea de otra manera ―siguió Carla.

―Pero hay, hay alguna probabilidad. Que te hayas acostado una sola vez con el gordito no significa que el hijo no sea de él, eh, no tiene nada que ver. Con una vez que te la ponen ya está, eh, no hace falta más. Disculpen la guarangada, pero…

―El gordito ese debe ser estéril, no te hagas problema, Ana―dijo Danilo.

―No, no me hago problema yo. Lo que pasa es que ustedes no tienen conciencia de nada, porque el chico, la criatura, tiene derecho a conocer su identidad, a saber quiénes son sus padres, ¿y quién está pensando en él ahora? Nadie.

―Ay, Ana…

―Ay, Ana, nada, Carla, le vas a encajar un padre al chico que no sabés si es o no. No es justo. Perdón, pero lo tengo que decir.

―Yo soy el padre, Ana, no tengas dudas de eso ―dijo Danilo.

―Ojalá, ojalá lo seas, pero ahora no lo sabemos.

― ¿Podrías ser un poco más comprensiva, no?

―Carla, yo te entiendo, sabés que te entiendo, pero acá hay otra persona en el medio…

―Bueno, es mi hijo esa persona, Ana, no te preocupes tanto. Yo estoy seguro de que es así, de que yo soy el padre, quedate tranquila―me dijo Danilo―. Y cambiemos de tema ahora. Total, falta para el nacimiento y hay cosas más divertidas para hablar

―Pero va a llegar algún día ―dije.

― ¿Cómo va tu romance? ―preguntó Danilo sin atenderme y Carla le dio un codazo.

―Bien va. Pero llevo dos días nada más… ¿y por qué el codazo? No entiendo.

―Ay…, ¿ves, boludo?  ―le dijo Carla.

― ¿Qué me decís a mí? ―protestó Danilo.

― ¿Por qué no me dicen y listo? No me voy a enojar, eh ―me animé a decirles.

―No tengo nada para decir, Ana, te pregunté cómo iban las cosas, nada más ―dijo Danilo.

―Sí tenés algo para decir, Danilo, decilo, ¡dale! No me voy a enojar, ya te dije.

―Ay, Ana, ya sabés cómo es Danilo, ¿qué te va a decir? Él piensa que todos son como él, ¿qué podés esperar? ―dijo Carla.

―Que me diga lo que piensa de Martín. Nada más. Ya sé cómo es él, pero que me lo diga y listo. Yo me lo imagino igual, Carla, pero que me lo diga.

―Ana, bueno… no te pongas así… ―dijo Danilo.

―Danilo cree que Martín no dejó a la novia. Eso ―soltó Carla

―Ah… ¿eso?

―Y sí, Ana, eso, no te enojes, pero que un tipo deje a una novia que tiene segura por otra a quien ni siquiera se cogió… ―dijo Danilo―. Es raro…

―Bueno, no, está bien, yo también me lo pregunté. Y la verdad no sé si es raro o no. Pero lo pensé a lo de la novia, pensé en que yo no tengo ninguna prueba de que él la haya dejado. Solamente lo que me dijo. Pero hace dos días que estoy con Martín, qué sé yo. Ni me quiero hacer ilusiones todavía. No me la creo. Pero ayer, viernes, estuvo conmigo a la noche, así que…

― ¿Y hoy?

―Y ahora voy al casamiento. No le podía decir de venir. Es muy reciente…

― ¿Pero esta noche lo vas a ver?

―Sí, sí, quedamos en salir. Y me dijo que me iba a llamar.

― ¿Y ahora qué está haciendo él?

―No sé, son las doce del mediodía. Estará almorzando. Me dijo que a la tarde iba a ir al gimnasio, porque había una jornada de spinning, o algo así, algo con bicicletas…

―Al gimnasio, Ana, ya te dije, el gimnasio, un tipo que va al gimnasio… ―dijo Danilo.

― ¡Basta, pelotudo! ¡Vos no vas al gimnasio y sos flor de chanta, eh! No le agregues más inseguridades que las que ya tiene de nacimiento ―protestó Carla.

―No, lo del gimnasio a mí también me hace ruido, eh, no me lo tiene que venir a decir Danilo. Ya me conocés.

―No se puede deducir nada por ahora, Ana. Hay que esperar ―dijo Carla.

―Sí, sí, obvio que hay que esperar, ser paciente. No queda otra. Supongo que si esta noche Martín está conmigo, y si mañana también, y si después en la semana… aunque no sé eso, porque tiene que empezar un curso de posgrado…

―Ah…, ah… ya está entonces, ¿viste? ―le dijo Danilo a Carla.

―Ay, no, boludo, la gente estudia. No son todos como vos, tramposos y vagos,  eh ―dijo Carla.

―No, no, claro, claro.

―Bueno, si me viene muchas dudas, lo sigo y listo ―dije en broma.

―Conmigo no cuentes ―me advirtió Carla.

―Ah, no, nena, no, eh, no digas así. Es tu novio, o bueno, ya casi marido, es el padre de la hija que tenés y no sé si del que viene en camino también, así que hacete cargo de lo que dice. Si hay tantas dudas sobre Martín y hay que seguirlo, me vas a tener que acompañar.

Danilo atinó a pronunciar una palabra, pero se frenó cuando Carla le dijo:

―No vayas a decir nada más, eh, ¡basta!

― ¿Por qué no va a decir nada más? ¿Hay algo más? Que lo diga.

―No, no, Ana, no hay nada más.

― ¡Callate! ―gritó Carla.

―Sí, sí, hay algo más, vamos, díganme.

―No, no hay nada más.

―Sí, hay ―insistí.

―No hay ―dijo Carla y llegamos a la quinta en donde iba a tener lugar la fiesta de casamiento.

Salimos del auto y Danilo se fue. Quedó en regresar a las siete de la tarde, para llevarnos de vuelta a casa.

―Hay algo más, Carla. Danilo piensa algo más de Martín. ¡Decimelo! ―le ordené al entrar al lugar.

―No, no hay nada, Ana, no hay nada más. Ahí está Verónica. ¿Viste que te dije que seguro la invitaban? Menos mal que no vine con Danilo. No vayas a decirle nada a nadie de lo de mi embarazo, eh.

―Ay, no, no, no voy a decir nada. Y con Verónica no voy a hablar. No te preocupes. ¿Vino con el hijo?

―Sí, sí, vino con el hijo. Si nos habla nos va a refregar en la cara al marido con plata, la casa del country y todo. Mantengámonos lejos.

―Yo me mantengo lejos, eh. La que no te mantenés lejos sos vos, se ve. No entiendo para qué le revisas el facebook siempre.

―Para chusmear, ¿qué tiene de malo? No me voy a privar de eso.

― A mí Verónica no me entusiasma ni para chusmear.

―Y no, no, porque a la guacha le va bien y da bronca, da mucha bronca enterarse.

Verónica llevaba puesto un vestido largo, amplio, que no dejaba ver su cuerpo.

―Se puso una carpa de circo ―observó Carla―. Seguro que engordó en el embarazo y todavía no bajó de peso, por eso se tapa.

― ¿Pero cuánto hace que tuvo al chico?

―Un año más o menos… espero que Hiperactiva no haya sido tan boba de ubicarnos en el misma mesa con ella ―dijo Carla y enseguida nos dimos cuenta de que sí lo había sido. La mesa que nos correspondía era la misma en la que Verónica estaba estacionando el cochecito de su hijo.

Decidimos no acercarnos y nos quedamos cerca de la puerta, esperando poder hacer algún cambio de ubicación. Verónica tenía a su hijo en brazos, que lloraba sin cesar y nada parecía calmarlo. Su marido, un hombre de unos cuarenta y cinco años, bastante atractivo, trataba de distraerlo batiendo un sonajero.

― ¿Nos habrá visto ya? ―me preguntó Carla.

―Sí, nos vio, nos vio. Y vas a ver cómo nos saluda. Seguro grita, nos abraza y nos dice “perdidas”.

―No, no creo que sea tan falsa.

―¿No? Esperá…

Y no pasó demasiado tiempo. Cuando llegó “Casada” con su marido, el mismo que una vez me dijo: “Ah, ya tenés treinta y sos soltera. Ya fuiste”, no nos quedó otra alternativa que acercarnos a la mesa.

― ¡Ay! ―gritó Verónica abriendo sus brazos―. ¡Chicas! ¡Tanto tiempo! ―y abrazó a Carla―. ¡Perdidas! ¿Cómo están? ―y me abrazó. Me mantuve dura, con mis brazos pegados al cuerpo.

Verónica nos presentó a su hijo, que continuaba llorando, y a su marido, o concubino, porque nunca se habían casado.

Todavía permanecíamos de pie, cerca de la mesa, cuando un hombre de unos cincuenta años me saludó y se presentó. Estaba vestido con un traje antiguo de color marrón, tenía el rostro húmedo por la transpiración y su cabeza lucía varios claros, que le habían dejado los pelos que alguna vez habían estado ahí. Me dio asco rozar su mejilla para darle un beso. Me pareció sucio. La camisa que vestía era más pequeña que la que correspondía para su talle y por eso no podía abrocharse el último botón, el del cuello. El nudo de la corbata parecía engrasado.

― ¿Y? ―me dijo el marido de “Casada”, cuando el hombre en cuestión ya me había pasado y ahora saludaba a Carla.

― ¿Y qué? ―pregunté.

―Mi amigo, bah, es amigo de todos los del grupo. ¿Te va?

― ¿Ese? ―pregunté señalándolo.

―Sí, ese. Está solo. Es contador. Se dedica a hacer pericias judiciales…

―Ah…

―Buen partido.

―No… bueh… yo estoy con alguien…

― ¡Ah! ¿Estás con alguien? ¿Enganchaste?

―Sí, enganché, estoy con alguien ―dije. “Tomá, pelotudo, cogete vos a ese esperpento”, pensé.

― ¿Y dónde está?

―No, no lo traje. Es muy reciente todavía.

― ¿Pero existe? ―me preguntó burlándose.

―Sí, existe ―le respondí enojada.

―Bueno, no te enojes. Fue un chiste. ¿Y cuánto tiempo llevan?

―Días, pero la cosa viene desde hace mucho.

―Ah, bueno, si son días… podés probar con mi amigo entonces…

―No, no…

― ¿Por qué no? Dale una oportunidad.

―Porque no me gusta. Además, es muy grande― dije. <<¡Dios! ¿Cómo me pueden ver para ese tipo?>>, pensé.

―No, no es tan grande, tiene treinta y ocho.

―Pero parece mucho más.

―No hay p… que te venga bien a vos al final. Así te vas a morir soltera. Ni que fueras Angelina Jolie para tener tantas pretensiones… ―me dijo y se alejó.

<<¡Por qué no te vas a la puta madre que te parió! ¡Hijo de puta! ¡Cornudo! ¡Qué lástima que no te lo puede decir>>, pensé y recordé el romance de su mujer con Guillermo Santiesteban.

―Yo que vos le tiro con un centro de mesa. No lo dejo ir así nomás ―me dijo alguien desde atrás.

― ¿Eh? 

―Por tu amigo lo digo. Perdón, escuché ―aclaró el marido de Verónica.

―Ah…

―Impresentable el candidato que te trajo. ¿No se da cuenta?

―Y no, no, parece que no. O no sé, hay gente que te ve sola y piensa que estás para cualquier cosa.

―Pero no puede querer arrimar a una chica como vos a un tipo así. No va.

― ¿No? ―pregunté, por insegura.

― No.

Carla, Verónica con su hijo en brazos, “Casada” y su marido charlaban de pie, al otro lado de la mesa.

Mi pasado me condena

Buenos Aires, octubre de 2011.

―Bueno, ahora, a enfrentar el día ―me dijo Martín cuando estábamos a pocos metros de la entrada de la empresa. Antes, habíamos pasado veinte minutos en el bar de la esquina, tomando un café, y yo no había podido pronunciar más que unos pocos “sí” o “no” en toda la conversación, que versó sobre temas relacionados con su carrera profesional.

―Sí, sí, a enfrentar el día ―le dije sonriendo y lo miré a los ojos. Él puso su dedo sobre mi mentón y me dio un beso tímido.

― ¿Estás bien? ―me preguntó luego.

―Sí, sí, estoy bien ―le respondí con un poco de sorpresa― ¿Por qué?

―No, no, por nada, por nada. Te noto seria, nada más.

―No, pe…pe…pero… no sé, soy así… qué sé yo ―le dije.  << ¿Soy así?>>, me pregunté.

―Bueno,  me tendré que acostumbrar entonces ―me dijo y me invitó a avanzar en el camino.

Entramos a la empresa y el ascensor nos estaba esperando, con el enano maldito adentro. Se lo veía pálido y tenía ojeras. Lo saludamos con un distante “Hola, ¿qué tal?”, y recién en ese momento recordé lo que había sucedido en la fiesta la noche anterior. <<Se lo tengo que contar a Martín>>, me intimé con miedo.

―Te llamo después ―me dijo él, me dio un pico y salió del ascensor cuando éste abrió sus puertas en el segundo piso.

Me quedé a solas con el enano maldito. Empezó a revolear su tarjeta de ingreso.

―Ay, Ani, Ani… ―murmuró sonriendo y se bajó del ascensor en el cuarto piso.

Seguí hasta el mío y llegué a mi oficina. Bety y “el potus” ya estaban en sus lugares. Gustavo Almazán hablaba por teléfono en su despacho. Sobre mi escritorio había una bolsa grande, con el logo de una empresa de telefonía. Mi Blackberry.  <<Se lo tengo que agradecer>>, pensé, pero, teniendo en cuenta lo que me había dicho la noche anterior en el salón vip del boliche, no era tan sencillo decidirme a hacerlo.

Tampoco era sencillo desentrañar lo que me pasaba con Martín. Me había ido a dormir feliz, pero a la mañana me había despertado asustada, invadida por la preocupación. No tenía ganas de encontrarme con él. No porque no me gustara. Al contrario, lo mucho que me gustaba era el problema. Estaba inhibida, incómoda e impedida de disfrutar de su compañía, pues tenía que prestarme demasiada atención a mí misma, para disimular la ansiedad e inseguridad que sentía.

Toda una vida de pobreza afectiva no podía cambiar de un día para otro. Y no podía cambiar porque yo no había cambiado. Seguía sintiéndome de más en la vida, como siempre me había sentido, y Martín resultaba un premio muy grande, un éxito tan repentino e inesperado que bien podía ser efímero, imposible de mantener. Pensaba que tarde o temprano se daría cuenta de que yo no era lo que él esperaba que fuera. Y aunque no sabía qué esperaba, no importaba, porque lo más probable era que yo no pudiera cumplir con sus expectativas.

―Bueno, me voy ―le dijo Gustavo Almazán a Bety cuando se acercó a su escritorio. Cargaba un bolso con palos de golf en sus hombros.

― ¿Ya te vas? ¿Ahora? ¿Volvés más tarde? ―le preguntó ella.

―No, no creo que vuelva hoy. Y no me llamés al celular porque si estoy jugando no te voy a atender. Pasale todo a ya sabés quienes y listo.

―Bueno, bueno, se lo paso.

―Ok, chau chicas ―dijo y atinó a dar un paso.

― ¡Gustavo! ―exclamé y me miró.

― ¿Qué pasa, Anita? ―me preguntó y se acercó―. Ah, perdón, hoy no te saludé, ¿qué tal? ―me dijo y me dio un beso en la mejilla.

―Bien, bien, todo bien. Gracias por el BlackBerry.

―Ah, ¿te gusto?

―Sí, sí, me gustó, gracias.

―De nada, Anita, hasta el lunes ―dijo y salió de la oficina.

―Y a la media hora me llamó Samuel, para decirme que habían despedido a Rubén G. ―le dije a Carla la mañana siguiente, cuando las dos estábamos paradas frente a un espejo en su casa, arreglándonos para ir al casamiento de nuestra amiga “Hiperactiva”.

― ¡¿Pero para qué te hacés problema por el boludo ese?! Está bien que lo hayan echado, si vos me dijiste que era un vago que no hacía nada, ¿o no?

―Sí, sí, es un vago,  pero Gustavo no lo echó por eso, lo echó por haberse puesto en pedo en la fiesta…y qué sé yo… me dio lástima.

―Bueno, para sentir lástima de alguien ya me tenés a mí, eh, con una hija, sola, ¡y ahora embarazada de no sé quién! ―me dijo Carla y dio en el clavo, porque en verdad sentía lástima por ella. Y encima la sentía justo cuando tenía un motivo para estar feliz: Martín. Tal vez por eso, solo le hablé de lo peor:

―Y yo no funciono, no funciono, Carla. Casi no le puedo hablar. Me trabo, no sé qué decirle. Ayer me llamó por el interno cuando estábamos en la empresa. Le conté lo del enano, lo del despido, fue el único tema que se me ocurrió sacar, y después le dije, en una versión muy light, obvio,  lo que me había hecho en la fiesta…

― ¿Y qué te dijo?

―Nada, nada, le conté una versión light, ya te dije.

― ¿Light? ¿Pero qué tan “light” fue la versión?

―Le dije que el enano se me había venido encima en la fiesta y que se había apoyado en mí porque estaba muy borracho y no podía mantenerse en pie.

―Ah…

―Hice bien, total…

―No, no, está bien.  No creo que en la oscuridad nadie haya visto tantos detalles.

―Pero no funciono, no funciono, el tipo me va a dejar por boba.

―Ay, no digas pavadas, ¡por favor!! ¿¡Con todos los problemas que yo tengo, vos me venís a decir esa estupidez!?

―No digo una estupidez, es la verdad.

―Pero si ayer salieron, ¿no?

―Sí.

―Bueno, ¿entonces? Martín te dijo de salir, ¿o no fue así?

―Sí, sí, fue así, pero en el día no me dijo nada de vernos en el pasillo ni de salir a almorzar. Bah, no, lo del almuerzo me lo dijo, pero porque no podía salir. Habíamos entrado tarde y tenía muchas reuniones seguidas.

― ¡Ay, sí, sí, nena, sí! El pibe está laburando y vos también. Pero después, a la salida, se encontró con vos y estuvieron juntos hasta tarde, ¿o qué me contaste entonces?

―Nada, eso te conté. Pero no te conté todo.

―Bueno, contá entonces.

―Para mí sigue enamorado de la ex novia, Carla. Sigue enamorado.

― ¿Por qué? ¿Qué te dijo? ¿Sacó el tema del curriculum sentimental?

―Sí, lo sacó…

―Tuve una novia de muchos años, desde que estaba en tercer año del secundario ―me dijo Martín la noche anterior (viernes) y miró hacia arriba. Estábamos en un bar, comiendo una picada y tomando cerveza―. Hace seis años más o menos que cortamos…

―Ah… mucho tiempo ―le dije.

―Sí, sí, bastante tiempo. Pero yo ya lo tengo superado. Mucho antes de que pasaran seis años, mucho antes lo tuve superado ―me dijo.

― ¡Lo tengo superado, Carla! ¡Lo tuve superado! ¿Entendés?

―Ay, bueno, pero dejá de asociar cosas. Ya sé que cuando alguien dice que lo tiene superado es porque generalmente no lo tiene. Pero todos tenemos muertos inolvidables, Ana, todos. ¿O vos no? ―dijo Carla

― ¿Yo? ¿Qué muerto inolvidable tengo yo, a ver?

―Ferni.

―Ah, no, no, me estás ofendiendo, nena. Ferni no es inolvidable para mí. ¡Si yo no lo quería! Fue un manotazo de ahogado eso.

―Ay, Ana, ¿no lo querías y casi te morís cuando te dejó? ¿Quién te entiende a vos al final?

―No sé, Carla, pero vos no me entendés, definitivamente. A lo sumo, un muerto inolvidable para mí puede ser Luis Felipe Sandoval, pero no Ferni.

―Pero a Luis Felipe Sandoval no le dijiste ni “hola” nunca jamás en tu vida y por Ferni sufriste como una condenada, acordate.

― ¡Pero, Carla! ¡No podés pensar eso! No podés pensar que yo alguna vez estuve enamorada de Ferni. ¡Me ofende! Si sabés que fue una mezcla de cosas, de todas las cosas menos amor. Fue una herida narcisista, fue haber perdido mi virginidad con él, fue lo carente que estaba y todo lo que me dijo que sentía por mí…

―Bueno, no importa Ferni ahora, ¿qué más te dijo?

―En realidad no fue que cortamos ―siguió Martín―. Ella me cortó o yo, no sé. Me engañó. Estaba con otro. Eso pasó. Para resumir e ir a lo importante.

―Ah… ¿y mucho tiempo? ¿Cómo fue? ―indagué―. Perdoname, eh, no sé si me querés contar.

―No, no, sí, prefiero contarte. Yo no tengo nada que ocultar. Espero que vos tampoco ―me dijo.

―No, no, yo tampoco.

―En realidad no quise decir eso. Quise decir que a veces no es que uno tenga cosas que ocultar, es que las oculta por múltiples motivos, por vergüenza, pudor, para no quedar mal, como un boludo, y no está bueno eso. Está bueno ser lo más sincero posible el uno con el otro, así, del vamos, para conocerse mejor… ―me dijo Martín.

―Sí, sí…

―Por eso yo te digo la verdad: ella me metió los cuernos. Y de la peor manera posible.

― ¿De la peor manera? ―pregunté asombrada.

―Bueno, no sé si de la peor, pero estuvo cerca. Igual, ya está, ya te dije, está superado.

―Sí, sí, me dijiste.

―Ella era más grande que yo. Calculo que eso influyó también.

―Ah, ¿era más grande? ¿Y cuánto más grande?

―No mucho, dos años. Cuando la conocí, en el colegio, ella estaba en quinto año y yo estaba en tercero. Empezamos así, todo bien. Por mucho tiempo todo bien. En mi casa era una más. Mis viejos la tenían como a una hija más. Como somos cuatro varones y una sola mujer…

―Sí, sí, me imagino.

―Y ella no conseguía laburo y el padre del que era mi mejor amigo en ese momento, también del colegio, Sergio se llamaba, bah, no, se llama, el padre es contador y ella, mi ex, empezó a trabajar con él.

―Ah… ¿y se enganchó con tu amigo?

―No, no, con mi amigo no, con el padre.

― ¿Con el padre? ¿Pero no había mucha diferencia de edad?

―No, no, quince años, no tanto. Porque el padre lo tuvo a mi amigo a los diecisiete.

―Ah…

― ¿Pero eso cuándo fue? ¿Cuándo terminaron el secundario?

―No, no, fue muchos años después.

―Ah…

―Yo me vine a Buenos Aires y ahí se dio, o no sé. Ella se quedó allá. Yo iba y venía los fines de semana. Y se armó la grande cuando ella se vino a vivir acá conmigo. Se la pasaba llorando todo el día. Todo el día mal, deprimida. Yo no sabía por qué, hasta que ella se volvió para allá, para mi ciudad, y bueno, ahí blanqueó todo. Ahí me enteré que hacía mucho que estaba con el padre de mi amigo.

― ¿Pero por qué lo ocultó tanto tiempo?

―Porque el padre de mi amigo era casado. No con la madre de él, con otra. Y bueno, tardó en dejar la la mujer, hasta que lo hizo.

―Ah… ¿y ahora están juntos?

―Sí, tienen dos hijos… ―me dijo con actitud vencida―. Pero bueno, era lo que tenía que ser. No era para mí.

― ¿Estabas enamorado, no?

―Y al principio sí, como todos. Después no sé… ―me dijo Martín.

―Y bueno, no te dijo que estaba re enamorado, ponete contenta ―me dijo Carla.

―No, no me pongo contenta.

― ¡Ay, dejate de joder! Todo el mundo tiene pasado. ¿Y no te preguntó nada de vos?

―Sí, sí, después de la descarga, vino la indagatoria, obvio.

― ¿Y vos? ¿Novios? ―me preguntó Martín.

―No, no, noviazgos largos, o lo que se dice novio, no, nunca tuve ―le dije, sin vergüenza o sin expresarla.

― ¿Eso le dijiste, boluda?

―Y sí, sí, él me habló de ir con la verdad. No quiero mentir, ¿Qué clase de relación voy a empezar así?

―Una relación con futuro, boluda, una relación con futuro empezarías.

―Bueno, yo prefiero la sinceridad.

―O el suicidio sentimental. ¿Qué te dijo él?

―Me preguntó:

― ¿Y por qué? ¿No se dio? ¿No quisiste?

―No, no se dio ―le respondí―. ¿Te parece raro?

―No, no, para nada. Mi hermana tiene treinta y seis años y no tuvo novio hasta los treinta y cuatro. Así que no me parece para nada raro.

― ¿Hasta los treinta cuatro?  ¿Y sigue con el novio? ―pregunté.

―Sí, sigue, es más, se casa en un par de semanas.

―Ah… qué bien…

―Mirá vos… bueno, tuviste suerte ―me dijo Carla―. Menos mal que la hermana es un clon tuyo.

―Sí… eso me sorprendió, pero para bien.

― ¿Y después siguió el tema?

―No, no, hablamos de otras cosas, de la empresa, de la facultad, él va a empezar un curso de posgrado la semana que viene. Me habló de eso.

― ¿Y lo demás?

―Lo de… de… coger, no, no me pidió nada. Ni cerca estuvo. Me dio muchos besos respetuosos en el auto, nada más. Yo había tomado ibuprofeno y pude abrir un poco más la boca, pero no la quise abrir mucho que digamos tampoco, no vaya a ser cosa que me trate de puta como Ferni…

―Sos una boluda.

―No, no soy una boluda. Está bien, che. Y además, después de todo lo que me pasó, ¿cómo querés que sea?

―No sé, quiero que seas más segura. Eso.

―Bueno, eso es lo que soy yo, soy insegura. Y ni sé cómo soy, porque cuando estoy con Martín, no demuestro ni el diez por ciento de mí. Es difícil de explicar.

―No, a mí me pasa lo mismo. Yo también siento, cuando salgo con un tipo las primeras veces, que no muestro ni el diez por ciento de lo que en realidad soy, pero por lo menos voy más rápido en lo sexual y con eso compenso ―me dijo Carla ―. Ya ves que tan rápido voy ―agregó y se tocó la panza.

―Sí, ya sé qué tan rápido fuiste. Pero no es que yo haya sido lenta, él tampoco intentó avanzar…

―Bueno, si es así…

―Y además me depositó en mi casa, pero tarde, eran como las tres de la mañana, y habíamos estado juntos desde la siete, así que no se aburrió, supongo―dije y sonó la bocina del auto de Danilo, que nos había venido a buscar para llevarnos al casamiento de “Hiperactiva”.

Noche de gloria (IV)

El enano maldito era un peso muerto sobre mí y me mantenía contra la pared. Me besaba el cuello y yo intentaba alejarlo clavándole los codos en su pecho, cuando vi pasar a Martín por la pista. Miraba a la gente y comía un pancho. Grité su nombre varias veces, pero él estaba demasiado lejos para escucharme o yo estaba demasiado lejos de ser rescatada de las garras de un malvado por algún galán lindo y bueno.

―¡Salí, pelotudo, salí, dejame, estás borracho, dejame! ―le dije al enano maldito cuando perdí de vista a Martín, y probé otra estrategia: lo pisé con fuerza.

―Ay, Ani, ¿qué hacés?, portate bien, dale, sé buena ―me dijo, sin que mi ataque lo afectara, e intentó besarme en la boca. Corrí la cara y lo enfrenté a mi oreja. Comenzó a chupármela y vi pasar a Samuel. Lo llamé gritando.

―¡Ana! ¡¿Te estás apretando al enano?! ¡No lo puedo creer! ―leí en sus labios antes de que se agarrara la cara con gesto de sorpresa.

―No, pelotudo ―le dije cuando lo tuve cerca―. ¿No ves? ―y le mostré cómo trataba de zafarme de Rubén G.―. ¡Hacé algo! ¡Sacamelo de encima! Está re borracho este pibe.

Samuel me miró desconcertado y luego agarró a Rubén G. por los pelos de la nuca y lo alejó de mí. El enano maldito gritó de dolor. Dio varios puñetazos al aire, antes de que mi amigo lo despidiera con un empujón y una patada, y lo depositara en la pista.

―¡Viste que machote que soy! ―me dijo Samuel mientras el enano maldito giraba sobre sí mismo

―Todo un desperdicio, con los pocos tipos que hay ―le dije.

―Sí, ya sé que siempre estuviste enamorada de mí. Pero te cumplí el sueño, no te podés quejar. Me agarré a piñas por vos y todo.

―Ah… unas piñas…―me burlé y luego le conté lo que había sucedido recién con Martín.

―Pero llamalo al celular, ¡boluda! ―me recomendó Samuel y vi a Gustavo Almazán en la pista, muy cerca de Rubén G., que se tambaleaba para los costados y tenía la mirada perdida. <<¿Estará drogado también?>>, me pregunté.

Cuando saqué el teléfono de la cartera, Rubén G. comenzó a vomitar. Salpicó a varios, incluyendo a Gustavo. Samuel y yo nos alejamos de la escena por el asco que nos provocó. Dimos unos pasos, hasta que vi a Martín en la entrada del salón vip. Casi corrí hacia él, dejando a Samuel atrás.

―¡Martín! ¿Dónde te habías metido? ―le pregunté con tono de reproche.

―Por acá estuve siempre. No me metí en ningún lado. Me fui con Ezequiel a buscar algo para comer, nada más, un ratito.

―Ah…

―¿Y vos adónde te fuiste?

―Y por ahí anduve. Salí y no estabas. Me fui a buscarte.

―Estaba cerca de la panchera.

―Ah…―dije. <<Y de las promotoras que sirven los panchos>>, pensé.

―Te tuvo un montón de tiempo el hijo de puta. Es un explotador. Te juro que vi que te puso a escribir en un papel en el medio de una fiesta y tenía ganas de entrar a trompearlo.

―Bueno, es así, qué vamos a hacer…

―No, ya sé, nada vamos a hacer. Es la vida del proletariado ―me dijo sonriendo, me tomó por la nuca y me dio un beso―. ¿Comiste algo vos?

―No, no comí nada todavía.

―¿Y qué querés hacer? ¿Comer algo acá o querés que vayamos a otro lado?

―Y no sé…

―Porque esto está muy lleno, no hay lugares para sentarse…

―Sí, sí, pero ya es un poco tarde, día de semana, no sé si habrá algo abierto.

―Sí, sí, hay lugares abiertos.

―Pero yo estoy con este vestido―dije y moví la cabeza, en señal de duda―, no estoy para estar en un bar…

―Y… no, no lo había pensado a eso. Pero la verdad que no, no estás para ir a un bar así… lo que pasa es que ustedes, las mujeres… ―dijo suspirando y me tomó de una mano.

―¿Por qué? ¿Qué tenemos las mujeres?

―A veces complican las cosas.

―Ah, como si los hombres no las complicara, ¿no?

―¿Por qué? ¿Te parezco complicado yo?

―Y…

―¿Y qué?

―No, qué sé yo… ―le dije.

―Ya te vas a dar cuenta de que soy muy simple. Vas a ver ―me dijo y me dio un beso.

Luego, caminamos buscando un lugar en donde sentarnos. Dimos tantas vueltas agarrados de las manos, que no quedó empleado de la empresa sin ser notificado de la existencia de una relación entre nosotros.

Martín me trajo comida y bebida cuando pudimos ubicarnos en un sillón apartado. Pasamos ahí dos horas, durante las que casi no hablamos, porque después de comer solo nos besamos. Aunque mi problema en la articulación de la mandíbula continuó molestándome,  él no pareció darse cuenta.

Martín nunca atinó a tocarme por debajo de la cintura y ni siquiera rozó mis pechos con sus manos.  Me acarició la cabeza, el cuello y los hombros, y jamás puso sus labios en otro lado que no fuera en mi boca. Se ganó un nueve en comportamiento, porque me hubiera gustado recibir algún que otro beso en el cuello.

Cuando vimos que la gente empezaba a retirase del lugar, nos pusimos de pie, fuimos al baño y nos dirigimos al estacionamiento.

―Es muy tarde, es peligroso, no quiero que te vuelvas sola ―me dijo Martín, al lado de mi coche.

―Pero voy en el auto. No pasa nada.

―No pasa nada, no pasa nada, pero uno nunca sabe. Mejor te acompaño.

―¿Y cómo me vas a acompañar? Si vos viniste con tu auto, ¿no?

―Sí, sí, con el nuevo que me compré, ¿te acordás que te dije?

―Sí, sí, obvio que me acuerdo.

―Ah, como no me pediste verlo…

―Ay, bueno… no me di cuenta, perdón ―le dije sonriendo.

―Mirá, por esta vez, solo por esta vez, te perdono ―dijo y me dio un beso―. Te sigo, vamos ―agregó luego.

―¿Me seguís?

―Sí, te sigo hasta tu casa. No quiero que te vuelvas sola.

―Pero…

―Pero nada. Subí―dijo y me abrió la puerta del auto―. Esperame acá, que traigo el mío ―agregó cuando ya estaba sentada adentro.

Arranqué cuando Martín me hizo una señal de luces. <<¡Qué divino, qué atento, qué amable, qué lindo!>>, pensé varias veces durante el viaje, aunque siempre con temor a poner mal un cambio, a no pisar bien el embrague, a hacer señas de luces equivocadas y a provocar un choque en cadena que involucrara al auto de Martín, que se mantenía siempre atrás del mío.

Cuando pude ver la torre del shopping cercano a mi casa, mi celular sonó. Martín me pidió que entrara a la próxima estación de servicio. Lo hice y él  se acercó a mi auto. Me dio un beso apenas bajé la ventanilla.

―¿Tomamos algo? ―me preguntó.

―Y es que vestida así, bajarme del auto… no sé..

―Sí, sí, ya sé, ya sé, por eso te hice entrar acá. Voy a buscar café y lo traigo, ¿te parece?

―Ah, sí, sí, dale.

―¿Querés una medialuna? Aunque no sé si habrá a esta hora…

―No, no tengo hambre.

―Bueno, traigo café solo entonces ―me dijo y se alejó.

Entró al bar de la estación de servicio y a los pocos minutos lo tuve de vuelta, sentado en el asiento del acompañante de mi auto con los dos cafés. Los tomamos en silencio. Él no hablaba y yo buscaba con desesperación en mi mente algo para decir. Pero estaba tildada y necesitaba reinicio, como siempre en estos casos.

―¿Estás cansada? ―me preguntó.

―No, no, mucho no.

―¿Mañana a qué hora tenemos que entrar a la empresa?

―A las once me parece. Había un mail de recursos humanos. Bety me dijo porque yo no lo leí.

―Bueno, igual si llegamos más tarde no creo que pase nada.

―No, no creo.

―Dame que te lo tiro ―me dijo y tomó mi vaso. Salió del auto y lo puso dentro de un tacho de basura, junto con el suyo.

Volvió y se sentó. <<¡Ay, de nuevo! Ya quiero llegar a mi casa, para disfrutar de lo que me pasa>>, pensé. Necesitaba estar sola, para recordar la noche que había vivido y ser feliz planeando el futuro. Cosa rara, porque justo tenía al lado al proveedor de la felicidad.

―La pasé muy bien esta noche ―me dijo Martín.

―Sí, yo también, jijiji.

―Sos muy especial.

―¿Sí? … jijiji ―me salió y Martín me dio un beso intenso. De nuevo, se topó con el problema de apertura de mi boca.

―No tengo ganas de irme.

―No, bue… bue… yo tampo… ―no me salió “co”.

―Pero ya es tarde…

―Sí, sí, es tarde ―dije y Martín me dio otro beso que duró bastante tiempo.

―Bueno, basta por hoy, si sigo no me voy más. ¿Mañana nos vemos un rato antes de entrar? ―preguntó y abrió la puerta de su lado.

―Sí, sí, ¿pero cómo hacemos?

―Mandame mensaje cuando te despiertes.

―Bue…

―Pero acordate, eh.

―Sí, sí, me voy a acordar ―le dije. <<¿Alguien podría pensar que no?>>, me cargué mentalmente.

―Ok, espero el mensaje ―dijo y me besó de nuevo con intensidad―. Me parece que hoy voy a tener muchos sueños lindos ―agregó riéndose, cuando el beso terminó.

―Jijiji.

―Bueno, te sigo hasta tu casa. Nos vemos mañana. Chau ―dijo, me dio un pico y salió del auto. No llegó a cerrar la puerta y se sentó de nuevo.  <<¡No, otra vez no!! ¡No sé qué decir! ¡Ni qué hacer! ¡Me estoy riendo con la misma risa de boluda de siempre y no me sale otra cosa! ¡Que se vaya de una vez!>>, protesté contra mí misma.

Sin pronunciar palabra, Martín me tomó la cara y me dio otro beso.

―Te quiero ―me dijo luego y salió del auto con mucha rapidez. Cerró la puerta y se metió en el suyo.

Entré el auto al garaje de mi casa mientras Martín esperaba dentro del suyo en la calle, a pocos metros, una distancia que fue suficiente para que no viera a mi padre abriendo y cerrando el portón de la entrada, vestido con una bata de mi madre y quejándose por la hora de mi regreso.

<<Cuando estábamos en la estación de servicio tendría que haberme puesto a mirar su auto nuevo y decirle algo. ¡Qué boluda!>>, observé cuando me acosté en mi cama.

 

 

Noche de gloria (III)

―Anita ―dijo Gustavo con los ojos fijos sobre la mano de Martín que tomaba la mía―, te necesito ahora, urgente… ―y me miró a la cara.

―Bueno… ―dije y miré a Martín, pidiéndole autorización para cumplir las órdenes de mi jefe.

―Anita, la gente de la que te hablé está en el vip ―siguió Gustavo―. Necesito que estés, porque vos sabés algunas cosas que yo… ―se frenó―. Necesito que venga conmigo. Te la robo quince minutos. No va a hacer más que eso, Tincho, te lo prometo ―agregó.

―Bueno, tengo que ir. Voy y vengo ―le dije a Martín.

―Sí, Tincho, Anita va y viene, quince minutos, no más que eso ―me siguió Gustavo.

―Está bien, no hay problema, vamos ―dijo Martín.

Y siempre tomados de la mano seguimos a Gustavo hasta la entrada del salón vip del boliche.

―Esperanos acá, Tincho ―le dijo ―. Esos son mis invitados, ¿ves? ―agregó señalando a unas mujeres mayores que estaban tomando champagne sentadas en unos sillones que había en el lugar y yo solté la mano de Martín.

Un hombre muy musculoso y con muchos aros en sus orejas levantó una cinta que limitaba el acceso al salón vip y Gustavo y yo entramos. Caminé a su lado y me di vuelta para mirar a Martín, que había quedado del otro lado de la cinta. Vi resignación en sus ojos.

Las mujeres hablaban en portugués y yo no entendía qué decían. Gustavo me invitó con la mirada a participar de la conversación.

―No sé portugués ―le dije.

― ¿No sabés portugués, Anita?

―No, no sé.

―Pero, Anita, para tu puesto había pedido a alguien con dominio de portugués. Brasil, Anita, la octava potencia mundial. Estamos al lado. ¿Cómo no sabés portugués?

―Y no sé, no sé, qué sé yo, nadie me dijo lo del portugués cuando empecé a trabajar con vos. Y en el aviso que mandó recursos humanos no decía nada de los idiomas.

Gustavo no le dio importancia a lo último que le dije y siguió la conversación con las mujeres. Parecía desenvolverse bien hablando en portugués. Martín me miraba. Seguía de pie, al lado de la cinta.

―Anita, las cuatro últimas franquicias que dimos, dame el valor a hoy del flujo de fondos por los próximos dos años.

―Ay, pero… no sé…

― ¡Anita! ―me retó.

―Es que no sé, no sé, pero te lo calculo ahora si querés. Tengo los números de las últimas facturaciones en la cabeza. Lo hago.

―Bueno, Anita ―dijo y le pidió un papel a un mozo.

Hice los cálculos sobre ese papel. Cuando terminé, levanté la vista y Martín ya no estaba detrás de la cinta. No lo veía. Habían pasado muchos más que quince minutos. Hacía ya una hora que estaba sentada ahí. << ¡La puta que los parió! Martín se enojó>>, pensé.

Gustavo intercambió algunas palabras más con las brasileñas y luego éstas se pusieron de pie. Se despidieron de nosotros y se dirigieron a la salida. Atiné a seguirlas, pero Gustavo me frenó, tomándome un brazo.

―Anita, esperá, esperá, no te vayas.

―Pero me están esperando… ―le dije y me soltó el brazo.

―Tengo tu BlackBerry, Anita. Te lo compré hoy. Qué sorpresa, ¿no?

― ¿Me me com… compraste…

―Sí, Anita, sí, te compré un BlackBerry buenísimo. Lo tengo en la camioneta. Acompañame al estacionamiento y te lo doy.

―Eh… ¿al estacionamiento? ¿ahora?

―Sí, Anita, ahora.

―No, pero… no, no voy a andar con el aparato acá ―le dije mirando a la entrada del salón. Mi vista no encontraba a Martín.

―Está bien, Anita, como quieras, está bien. Si lo decidís así, es así. Pero tenés que aprender portugués y aprender también que en donde se come, ya sabés qué no se hace ―me dijo con bronca y se alejó de mí.

El hombre musculoso subió la cinta y me dejó salir del salón vip. La reacción de Gustavo me había preocupado un poco. Nerviosa, caminé por la pista buscando a Martín. Tenía miedo. Pensaba que otra vez podía vivir alguna escena de terror. ¿Qué tal si seguía caminando y lo encontraba  con otra mujer? <<No, no, eso no me puedo pasar>>, pensé.

Salí de la pista y me acerqué a la puerta del baño de hombres. Unas manos, desde atrás, se posaron sobre mi cintura. Me di vuelta esperando ver a Martín, pero tuve que apuntar más abajo:

―Ani, ¡qué suerte que te encuentro, qué buena que estás hoy! ¡Vení! ― me dijo el enano maldito y me abrazó, empujándome contra una pared. Estaba borracho. Lo noté por su forma de pronunciar las palabras.

―¡¿Pero qué hacés, estúpido?! ¡Salí!―le grité y me lo saqué de encima a los golpes.

―No, Ani, no seas mala, yo te quiero, no sabés cuánto te quiero ―me dijo y volvió a la carga ―Vení, vení ―agregó y apoyó sus manos sobre mis glúteos.

Noche de gloria (II)

Buenos Aires, octubre de 2011.

Martín me abrazó con fuerza. Me acerqué a su oído:

―Nos están mirando todos, ¿no?

Había estado muy atenta al público durante el beso y, tal vez por eso, no había tenido grandes sensaciones durante su transcurso.

―Sí, sí, nos están mirando. Pero ya pasa ―me dijo mientras me acariciaba la nuca―. ¿Vamos para otro lado?

― ¿Pero siguen mirando? ―le pregunté con mi nariz tocando su cuello.

―Sí,  algunos, algunos, no pasa nada. Pero si nos quedamos acá van a seguir mirando.

―Bueno, vamos ―le dije y salí del abrazo de Martín lentamente.  Me tomó de una mano y di varios pasos guiada por él, porque no me animé a sacar la vista de mis zapatos.

Sentía vergüenza, pero a la vez estaba contenta, orgullosa. Creía que había sido la protagonista de un momento, que había sorprendido a mis excompañeros de riesgo crediticio dando un gran golpe al conquistar a Martín N., y hasta llegaba a picos de gozo  imaginando la envidia de las demás mujeres. << ¡Ay, Dios! ¡No puedo tener estos pensamientos! ¡Me estoy volviendo una persona pobre de alma!>>, afirmé en mi mente cuando caí en la cuenta de los porqué de mi felicidad.

Martín frenó su paso al llegar a una columna que había cerca de una gran puerta de vidrio. Apoyé mi espalda sobre ella y él puso sus manos sobre mi cintura.

― ¿Acá está bien? ―me preguntó.

―Sí, sí, está bien ―respondí y Martín acercó su boca a la mía.

Me dio un beso que me provocó taquicardia y corrientes, que parecían eléctricas, me recorrieron el cuerpo. Luis Felipe Sandoval se me vino a la mente en ese momento. Seguramente habría sentido lo mismo de haber podido besarlo alguna vez.

La lengua de Martín entró en contacto con la mía y el dolor que venía sufriendo de a ratos en la articulación de la mandíbula se hizo presente con toda su intensidad. Entre mis dientes pasaba la lengua de él o pasaba la mía. No había otra alternativa, pues ya no podía abrir más mi boca. Quise, intenté, pero no tuve éxito. Estaba trabada (¿quién sabía qué lesión tendría?) y tuve que resignarme a tener solo un contacto de puntas linguales.

―Bueno ―me dijo Martín con una sonrisa seductora cuando el beso terminó―, viene bien esto.

―Ti, jijiji.

 <<No me puede estar pasando esto. ¡No puedo abrir la boca!>>, pensé y observé que a nuestro alrededor había mucha gente que nos miraba.

― ¿Qué pasa? ―me preguntó.

―No, es que nos mi… mi… miran…

―Ah, sí, sí― dijo Martín, después de mirar también para varios lados―. Incómodo, ¿no? ―agregó, arqueando las cejas.

―Tí…

― ¿Y qué hacemos? ¿Vamos afuera?

― ¿Afuera?

―Sí, sí ―me dijo mirando a la puerta de vidrio―. Hay un balcón. Lo que sí: yo estoy con mangas largas, pero vos…

―No, está bien, no hace mucho frío… vamos.

―Cualquier cosa yo te abrigo.

Me tomó de una mano. Cruzamos la gran puerta y estuvimos en el balcón, que en realidad era una terraza, por su amplitud.

―Bueno, acá no hay nadie. No tenés excusas ―me susurró  y puso una de sus manos en mi cuello. Me acercó a él y me besó. De nuevo, la traba de mi mandíbula y el inmenso dolor hicieron que pudiera abrir la boca solo por la mitad. <<Ay, va a decir que soy una pelotuda>>, pensé mientras lo besaba. <<Pero no, no, mejor que me acuerde de Ferni…>>,  seguí y se me vino a la mente un suceso penoso, humillante, que no quisiera que se incluyera ni en mis biografías no autorizadas. Porque después de haber visto a Ferni abrazar y besar a su novia en la puerta de su casa, aquel sábado del año 2009, en el que había quedado en salir conmigo y luego había apagado su celular para que no pudiera ubicarlo, volví a llamarlo. Yo lo hice. Hice eso. Volví a llamarlo. Un mes después, aproximadamente. La fecha no  importa. Lo que importa es que lo llamé. Carla me convenció de que lo hiciera

―Que no se la lleve de arriba, nena. Hacelo pasar un mal momento. ¡Mirá cómo estás! Si ni estás comiendo, ¡boluda! Si no lo le querés pegar, por lo menos, insultalo, descargate, reclamale, que la pase un poco mal él también, che, ¡no es justo! ―me dijo ella y yo lo llamé para propinarle la mayor cantidad de improperios posibles, aunque el objetivo no era ese. El objetivo era otro y  no me animaba ni a confesármelo a mí misma. No podía aceptar la realidad y quería que Ferni la transformara, como un Dios, en otra más agradable, borrando los sucesos acaecidos y volviéndose a convertir en el mismo tipo que antes se arrastraba a mis pies.

―Pero, Ferni, con todas las cosas que me dijiste que sentías por mí, no entiendo, no entiendo lo que hiciste, lo que te pasó. ¿Estás bien con tu novia ahora? ¿Y con todo lo mal que me hablaste de ella? No creas que no sé, eh, porque te vi, te vi, nene, te vi en la puerta de tu casa el mismo día que me dejaste plantada. ¡No te iba a llamar nunca más en mi vida, pero te tenía que decir que sos una porquería de persona! ¡Una porquería! Me dijiste que me amabas y un montón de cosas más, ¿y ahora esto? ¿Te pensás que las palabras no tienen valor?

―Bueno, disculpame ―me dijo él, con la misma indiferencia con la que alguien pide perdón por haberle dado un codazo involuntario a otro pasajero en un colectivo lleno de gente.

―¡¿Disculpame?! ¡Disculpame así nomás me vas a decir?!

―Y sí…

―Sos un hijo de puta, nene, ¡un hijo de puta! ―le grité―. Encima, yo era virgen…―agregué, sin razón. No tenía derecho a hacerle reclamos por eso.

―Lo de virgen… ―dijo, dudando―. No sé…

― ¿Qué no sabés, pelotudo? ¿Qué decís?

―Que no sé, porque no te comportabas como una chica sin experiencia. Yo te lo dije a eso.

―Sí, me dijiste que te gustaba que fuera fogosa.

―Sí, sí, obvio, eso me gustaba, pero… lo de virgen…

― ¿Qué querés decir?

―No tiene sentido seguir esta conversación.

―Para mí sí lo tiene. Y no seas cobarde. Ahora terminá de decir lo que empezaste. ¿Lo de virgen qué?

―Que para mí no eras virgen. Tengo esa sensación.

― ¡Pero si me salió sangre!

―Pero yo no te la vi. O puede haber sido otra cosa ―dijo y no pude contestarle. La bronca me paralizó―. Y te soy sincero además, no solamente creo que no eras virgen, sino que me quedó la impresión de que tenías, bah, tenés, bastante experiencia, de que estuviste… no sé… no con uno, con muchos tipos antes que yo.

― ¿Qué??? Yo…yo… ―pude hablar―, yo sabía, cuan…cuan…cuando te…te  co…co…conocí, yo sabía,  me da…da…daba un vacío. Si no… si no… hu… hu… ―no pude seguir y corté. “Si no hubiera sido por mi papá…”, fue lo que me quedó por decirle. Una frase del inconsciente.

La punta de la lengua de Martín jugaba con la mía, mientras sus labios absorbían los míos.  Los recuerdos me habían distraído y me habían alejado de la situación. <<Mejor, mejor que tenga el problema en la boca. A ver si me dejo llevar y la termino abriendo como un cocodrilo. Porque si con Ferni me calentaba… con Martín voy a llegar al punto de fundir acero. Y no es conveniente que se me note desde ahora la característica>>, pensé.

Martín me sonrió al terminar de besarme.

―No sé qué decirte ―susurró con timidez.

―No… bue… ―dije, levantando los hombros―. Yo tampoco, jijiji.

―Ay, me encanta cuando te reís así ―dijo y me besó de nuevo. << ¡Pero por Dios! ¿Le encanta cuando me rio así?>>, observé, pero no me distraje. Esta vez me concentré en la faena y me entregué al goce, aunque moderando mis instintos, por el problema bucal y por el antecedente de Ferni.

Sentía que Martín hacía presión para que lo besara con más intensidad. Su boca estaba muy abierta, la mía, lo que podía, que era poco, y por eso su labio superior estaba en la base de mi nariz. <<No importa, no importa. Voy a quedar como una lady. Mejor>>, pensé para tranquilizarme y Martín dejó de besarme, pero no de tomarme por la cintura. Lo vi sonreír y, detrás de él, vi a Analía Bagayo, a Marcelo F., a  Potus Reloaded, a Gastón F, y a Rubén G., que estaba desaliñado, y se tambaleaba para un costado.

―Uy, estos acá… ―exclamé y Martín se dio vuelta y los vio.

― ¡Uh! ¿Tenían que salir ellos también?

―Sí, la verdad…

―Vamos para adentro de nuevo. Lejos de estos.

Caminamos por adentro del boliche tomados de la mano, buscando algún rincón en el que pudiéramos tener algo de intimidad. Cruzábamos la pista, después de haber esquivado a varios grupos que bailaban, cuando, de improviso, Gustavo Almazán apareció ante nosotros.

― ¡Anita! ¡Te estaba buscando! ―gritó al verme. Luego, bajó su vista un poco y vio (tuvo que ver)  que Martín y yo estábamos unidos por las manos.

 

 

Noche de gloria (I)

Buenos Aires, octubre de 2011.

Llegué al lugar a las diez, una hora después de la indicada para el inicio del gran festejo de la empresa. Me sentía linda en mi vestido nuevo. Estaba contenta.

Gustavo había alquilado un boliche, lo había cerrado y decorado para la ocasión, y había contratado a una considerable cantidad de mozos que pasaban con bandejas en sus manos sirviendo comida y bebidas.

Apenas entré, agarré un vaso largo que contenía una mezcla de jugo de naranja y gin,  y me dispuse a cruzar la pista de baile, para sentarme en unos sillones que había en la otra orilla.

A mitad de camino, me topé con el grupo de mis excompañeros de Riesgo Crediticio, que bailaban animados. Saludé a varios con un beso y luego seguí andando. Di dos pasos y me encontré con Bety y “el potus”. La música sonaba a un volumen muy alto.

― ¡Ana! ¡Viniste al final! ―exclamaron las dos.

―Sí, sí, vine, vine. ¿Gustavo dónde está? ―les grité para que me escucharan.

―No, no sé, todavía no lo vi ―me dijo Bety.

―Ah… ¿no lo viste todavía?

―No, no,  todavía no. ¿Por qué? ―me apuró.

―No, no, por nada, me dijo que iban a venir unos inversores. Por eso.

―Ah, sí, sí, van a venir, pero ahora estarán con él en otro lado, qué sé yo…

―Bueno. Espero entonces. Me quedó por allá ―le dije y le señalé unos sillones que estaban pegados a una barra de bebidas. A Martín no se lo veía por ningún lado.

<< ¿Qué mierda hago con la cartera? ¿Habrá un guardarropa acá? Le tendría que haber preguntado a Bety… >>, pensé y busqué un lugar en donde sentarme, pero estaban todos ocupados.  Una mano se posó sobre mi espalda, arriba de la cintura. Me di vuelta:

― ¿Qué hacés, Ana? ¿No venís a bailar? ―me preguntó Mauro L., mi antiguo jefe de riesgo crediticio, a quien recién había saludado en la pista.

― ¿Eh? … no, no, ahora no, estoy tomando esto ―le dije y le mostré el vaso.

―Ah, hacés bien, yo también me voy a tomar algo ―me dijo y miró a su alrededor buscando un mozo. ― ¿Qué estás tomando vos?

―Mmm… no sé… creo que es gin y jugo de naranja ―le respondí y él manoteó un vaso de una bandeja que le pasó cerca. Revolvió la bebida con el sorbete.

― No sé qué será esto, pero me la juego ―me dijo y bebió un sorbo de una bebida de color azul.

―Debe ser curazao ―dije por decir.

― ¿Qué? ―me preguntó.

―Curazao ―grité.

― ¿Cura qué?

―Un licor ―le dije.

―Ah… debe ser… ―me dijo y bebió otro sorbo―. ¿Querés probar? Está bueno.

―No, no, no me gusta ―le dije y tomé un trago de la bebida que había en mi vaso. <<¿Martín aparecerá por acá alguna vez?>>, me pregunté con preocupación.

―Bueno, mejor ―dijo― ————————- ―y agregó varias palabras que no pude escuchar. <<Está bien, no hay problema, acepto el desafío>>, me dije.

― ¿Qué? ―pregunté y acerqué mi oreja a su boca.

―Que ———————————————————————————- ―repitió y, de nuevo, no escuché. <<Con tranquilidad. ¡Vamos! Total, ¿qué me importa lo que piense Mauro L. de mí?>>, me di fuerzas.

― ¿Qué??? No te oí.

―Que ————————————————————————————- ―dijo riéndose y me rendí.

―Ji ji ji

―Ah, te reís, eh, te reís.

―Sí, ji ji ji…

<< ¿De qué me estaré riendo? Mejor no saber>>, pensé.

―Che, ¿qué te iba a decir?… ¿Tus cosas? ―me preguntó.

― ¿Mis cosas? Bien, bien.

―Estás muy bien, ¿no?

―Sí, sí ―le dije, moviendo la cabeza, como para quitarle peso a la afirmación.

―Se nota, se nota. Estás bárbara. Te queda muy bien el vestido que tenés puesto ―me dijo.

―Ah, bue… bue… bueno, gra…gra…gracias.

―Estás linda.

―Bue… bue… no, gra… gra… jijiji ―le dije y bebí un sorbo de la bebida mirando al piso. << ¿Y a este pelotudo qué le pasa? Estuvo de novio con “el potus”. Hasta vivió con ella. Es incompatible conmigo. A un tipo al que alguna vez le gustó Ernestina, yo no le puedo gustar. ¡Nunca!>>, pensé. <<Una vez me conectó en el chat solamente para preguntarme por ella. ¡Puto!>>, me indigné.

― ¿Estás de novia ahora?

― ¿Qué?  ¿De novia? No… no… de novia, no… pero… ―moví la cabeza hacia los dos lados―, estoy en eso ―dije. << ¡Mirá que conectarme para preguntarme por “el potus”!! Hace más de dos años de eso, ya sé, pero todavía me da bronca. ¿No se daba cuenta que yo estaba sola? >>, pensé.  <<Y Martín no viene. ¡La puta madre!>>.

―Ah, mirá, entonces no es seria la cosa todavía.

―Y… ―le dije y me encogí de hombros.

― ¿Estoy a tiempo? ―me preguntó.

― ¿A tiempo?

―Sí, a tiempo.

―No, no… ―le respondí al caer en la cuenta de lo que me estaba insinuando, y miré hacia abajo.

― ¡Eh! ¿Qué pasa? ¿Sos fiel desde ahora?

―Sí…

― Pero hay que —————————————————————————- ― dijo riéndose. No escuché y no intenté hacerlo. Había visto a Martín caminar entre la gente que estaba bailando.

― Ah, sí, sí… ―dije. Tenía taquicardia y las piernas me temblaban.

―Bueno, entonces, ¡dale! ―me dijo.

<<Ay, ¡por Dios! ¿Dale qué?>>, me pregunté.

―No… no… ―dije. Martín me vió.

―Pero está linda la noche ―me dijo Mauro L.

―Sí, pero… no…

― ¿Pero por qué?

―Hola ―dijo Martín y le dio la mano a Mauro L.

―Hola ―le dijo él.

―Hola ―dije yo y le di un beso en la mejilla.

― ¿Qué hacés, Martín, todo bien? ―le preguntó.

―Sí, sí, todo bien ―le dijo Martín, con expresión seria―. ¿Vamos? ―me preguntó. << ¿Adónde vamos?>>, me pregunté.

―Sí, vamos ―le respondí y Martín me tomó de la mano.

―Nos vemos ―le dijo a Mauro y nos alejamos de él. Dimos unos pasos sobre la pista de baile.

― ¿Adónde me llevas? 

― ¿Por qué? ¿Tenés problema de caminar conmigo? ―me respondió de manera desafiante y detuvo su paso  y me soltó la mano. Se puso en frente de mí.

―No, no, no tengo ningún problema ―le dije con expresión de cansancio.

―Bueno, ————————————————— ―dijo. No escuché. << ¡No puede ser! Ya estoy harta de mí misma y si yo misma estoy harta de mí misma, ¿qué me espera de los demás?>>, pensé y dije:

―Está la música muy fuerte. No te escucho

―Te dije que yo tampoco tengo ningún problema. Me puedo quedar acá con vos―me gritó al oído.

―Pero la música está muy fuerte y tenemos que hablar gritando ―me quejé. <<Además: ¿justo venir a pararnos a lado de Bety y “el potus” y de los de riesgo crediticio?>>, no me animé a decirle.

―Parece que estaban ricas las milanesas de tu mamá, ¿no? ―me dijo, sin atender a mi reclamo.

― ¿Eh?

―Gustavo me dijo que estaban ricas las milanesas de tu vieja. Varias veces me lo dijo.

―Ay, bueno, ya te ex… ex… expliqué eso. Me dejaste plantada hoy, además.

―Y sí, ¿qué querías que hiciera?

―No sé… otra cosa ―dije y tomé lo último que me quedaba en el vaso.

―Para mí es muy importante saber cómo es tu relación con Gustavo. Necesito saber eso. Me gustaría que me lo dijeras de una y listo ―gritó cerca de mi oreja ―. ¡Dame! ― agregó y me sacó el vaso de las manos

―Ya te dije que no hay ninguna relación.

―No me sirve saber que las estás  ——————————–―me dijo. No escuché la última parte.

― ¿Qué?

―Que —————————————————————————– ―repitió cerca de mi oreja. Zumbido.

―No, no te escuché ―me sinceré―. La música está muy fuerte ―agregué. Martin dejó el vaso sobre la bandeja que llevaba un mozo que pasó cerca.

―Bueno, vamos más acá ―dijo y me tomó de la mano, llevándome con él unos pocos pasos. Nos ubicamos en el borde de la pista.

―Quiero saber bien qué pasa, Ana. Porque yo estoy libre. Te podría dar un beso acá, en este momento, sin miedo a nada, porque no le debo explicaciones a nadie.

―Yo tampoco.

―Pero si otro tipo va a cenar a tu casa… ponete en mi lugar. ¿Qué pensarías?

―No, no sé qué pensaría. Además, vos con tu novia en Mar del Plata, ¿qué?

―Bueno, con eso me decís todo. Pasó algo entre vos y Gustavo entonces.

―No, no pasó nada. ¿Qué tiene que ver una cosa con la otra?

―Ana, si me ponés en la discusión a mí no…―se frenó― a Carolina , porque ya no es mi novia, estás igualando los tantos. Estás poniendo a Gustavo respecto a vos en el mismo lugar que Carolina respecto a mí, ¿entendés?

―Sí, entiendo, pero no, no quise hacer eso. Yo nunca salí con Gustavo. Es mi jefe. Algún trato tengo que tener con él, ¿no? Y ayer se quedó en mi casa a comer, pero yo no lo invité. Fueron mis viejos. ¿Qué querés que haga? Son grandes. Vivo con ellos. Lo vieron en la puerta de mi casa y lo invitaron a pasar. No tengo la culpa.

― ¿Y él por qué se quedó?

―Ay, no, eso no lo sé, no sé. No tendría nada mejor que hacer, supongo. No sé… la verdad es que no sé mucho de la vida de Gustavo. Y no me importa tampoco ―le dije―. ¿Y sabés? Yo no puedo estar así, me venís haciendo reclamos por Gustavo desde que volviste a la empresa. No… no sé por qué. Yo no puedo demostrar que no hice una cosa. No se puede demostrar eso. Y no lo digo yo, eh, lo dicen los abogados.

―Ah… ―me dijo y se rio―. Si lo dicen los abogados…

―Bueno, pero en eso tienen razón.

―Gustavo me dijo varias veces lo de las milanesas de tu mamá hoy.

― Ah, ¿te lo dijo varias veces? ―pregunté frunciendo la nariz―. ¿Pero qué tengo que ver yo con eso?

―Y tenés que ver, tenés que ver. Las comió en tu casa, ¿no? Lo que pasa es que me lo repitió muchas veces y no venía al caso mucho que digamos. Así que me dejó dudas…

―Bueno… no tengo la culpa.

―Porque si la cosa con vos estuviera definida, no tendría que hacer alarde, ¿no? Yo pienso que lo de las milanesas me lo dijo para molestarme.

―Ay, no sé… ―dije. <<Y dale, nene. ¡Cuántas vueltas, querido! Me parece que Mauro L. se me tiró un lance recién, así que no sos el último pez del río>>, pensé, pero no lo creí.

― ¿No sabés? ―me preguntó. <<Pero dejó a la novia por mí. Es mucho eso>>, me dije. << ¿Pero lo habrá hecho? ¿No me estará mintiendo? ¿Y si después me entero que no la dejó?>>, me pregunté.

― ¡No, no sé! ―exclamé, exteriorizando el malestar―. ¡No sé! Y ya es demasiado, ¿no te parece?

―Será demasiado, pero yo te podría dar un beso acá mismo sin problemas, eh, y no sé si vos podés hacer lo mismo?

―Sí, obvio que puedo hacer lo mismo.

―Bueno, entonces dame un beso y listo.

― ¿Eh?… ¿acá? ―dije y miré a mi alrededor. El grupo de Riesgo Crediticio estaba cerca.

―Sí, acá.

―Pero no…no… nun… nuncaca nos dimos un beso…

― ¿Y qué tiene eso?

―No, no sé… ―dije y miré a mi alrededor de nuevo. Bety y “el potus” bailaban entre ellas, mirándome de reojo.

―Bueno, ¿entonces?

―Bue…bue… bueno, te lo doy…― le dije y lo miré a los ojos ―Eh… no sé…―me encogí de hombros―. ¿Qué hago?  ¿Voy?

―Sí, sí, vení ―me dijo e hizo un gesto de manos para que me acercara más a él. Lo hice y sentí sus manos en mi cara. De inmediato, también sentí sus labios en los míos. Apoyé mis brazos sobre su pecho y abrí muy poco la boca.

El beso finalizó varios segundos, minutos, horas, días, meses, o años después, sin que hubiera habido contacto de lenguas. Los dos nos reímos con un dejo de complicidad al separarnos, y, como me di cuenta de que muchos de los que estaban en la fiesta nos miraban, sentí vergüenza y enseguida volví a pegarme al cuerpo de Martín, para esconderme entre sus brazos.

La vida me sonríe (VI)

Buenos Aires, octubre de 2011.

―Tengo razón. A veces hay que ser egoísta, ¿no? No puedo seguir al lado de alguien que no me provoca nada. Y lo hice, ya lo hice. Ya corté. Ya está. Pude hacerlo, ir de frente ―me dijo Martín.

―Sí, sí… ―le dije.

―Ana, no es que te esté presionando con esto que te estoy diciendo, pero te escucho cortada. No sé por qué es. Mirá que esto que pasó con Carolina va más allá de lo que siento por vos, eh, lo que pasó no tiene nada que ver con vos. No te sientas mal, porque era una relación que yo tenía que terminar de todos modos. No te sientas culpable.

―No, no…

―Me seguís contestando con monosílabos. No te noto bien…

―No, no, es que no, no es que… bueno…, me sorprendiste. No me lo esperaba.

―Yo te dije hoy que iba a cumplir con mi palabra.

―Sí, ya sé que me lo dijiste.

―Ana, ¿qué pasa?, ¿quién es? ―dijo mi padre al abrir la puerta de mi habitación.

―Ya voy, papá, ya voy―le dije y le hice un seña con la mano para que se fuera.

― ¿No podés seguir hablando? ― me preguntó Martín a través del teléfono.

―No, no, sí puedo seguir hablando,  es mi papá que está acá,  esperame ―le dije con vergüenza y, con la palma de la mano, tape el receptor de voz del teléfono

―El tipo está ahí, en la mesa, lo dejaste solo… ―dijo mi padre a viva voz.

―Bueno, no pasa nada. Ya voy. Andate ahora. ¡Andate! ―le dije entre dientes.

―Sí, pasa, pasa, ¿con quién carajo estás hablando? Ya te vi, te vi, ni una caída de ojos le hiciste…

― ¡Basta! ¡Basta! Tengo que seguir hablando ―lo interrumpí.

―A lo mejor se quedó a comer para pedir tu mano, ¡boluda!, y vos estás acá.

―Se quedó porque vos lo invitaste. ¡Salí de acá! ―exclamé en voz baja y lo empujé afuera de la habitación con un movimiento de hombros y caderas―.Hola, ya estoy de nuevo ―le dije a Martín y cerré la puerta.

¿Estás con invitados en tu casa? Cortamos. Te llamo después. No hay problema ―me dijo él.

―No, no, está bien. Está bien.

―Bueno, está bien, está bien, pero no me decís nada más. Me pone mal.

―Es que ya te dije. Estoy sorprendida.

―Sí, estarás sorprendida, pero… no sé…

―Estoy sorprendida, es eso. Y soy tímida también. Ya te debés haber dado cuenta…

―Sí, sí, me di cuenta… pero… te quiero ver. Mañana me encuentro con Gustavo a las nueve en la puerta de la empresa. Vamos a Lanús, a inaugurar la sucursal. ¿Venís?

―No, no, no… no… no me di… dijo na…nada Gustavo de…de ir ―dije―. Y tengo muchas cosas atrasadas, así que no voy a ir igual ―arranqué.

―Ah… ¿y a la diez llegás a la empresa, no? ―me preguntó. <<Ay, no, si va con Gustavo en la camioneta, seguro que le dice que estuvo en mi casa. ¡Seguro!>>, caí en la cuenta.

―Sí, a las diez…

―Porque yo pensaba verte para tomar un café aunque sea, pero no te voy a hacer ir antes… a las ocho de la mañana….

―No, está bien, yo voy a esa hora. No es problema ese.

― ¿Venís? ¿A las ocho nos vemos mañana? ¿En el bar de la esquina ese que vas vos siempre?

―Sí…

―Bueno, ¡gracias!

―No, no, no me agradezcas ―le dije y junté coraje.

―Sí te agradezco. Obvio que te agradezco. Me volvió el alma al cuerpo. Con ese gesto me demostrás algo, porque te escucho cortada.

―No es que esté cortada. Es que… queque…

― ¿Qué? ¡Decime!

―Que… que… bueno… no es lo que vos vas a pensar, eh…

― ¿No? ¿No es lo que yo voy a pensar?  ¿Por qué? No entiendo, sé directa.

―Que está Gustavo acá, en mi casa. Eso es. Me trajo hoy.

― ¿Gustavo está en tu casa ahora? ¿Gustavo?

―Sí, sí, Gustavo, Gustavo está acá. Y no es lo que seguro vas a pensar. Me trajo por la lastimadura en la rodilla. No le pude decir que no. Me agarró cuando me estaba yen…yendo. ¡Justo! Y me olvidé la computadora en la camioneta cuan…cuan…cuando me bajé en la puerta de mí…mí…casa. Y después me la trajo. Tocó el timbre. Le abrieron mis viejos….

― ¿Te olvidaste la computadora en la camioneta? Te olvidas la computadora en los autos de todo el mundo vos, porque en el mío también te la olvidaste ―me dijo enojado.

―No, bueno… no te pongas así….

― ¿Y cómo querés que me ponga? ¡La puta madre que los re mil parió! ¡No quisiste que yo te llevara! Claro, porque ya tenías arreglada la vuelta. Es obvio.

―Te estás yendo al carajo. No es así. Con vos no me volví porque estabas con tu novia. Y Gustavo es mi jefe, no pasa nada con él…

― ¡No pasa nada con él, pero yo acabo de dejar hecha mierda a una persona por vos y me salís con esto, que estás con otro tipo en tu casa! ¿Que querés? ¿Que no me vaya al carajo?

― ¡Pero no era que no era por mí! ¿Qué decís?

―Nada, dejalo así ―me dijo y cortó.

<<No puedo tener tanta mala suerte>>, pensé y regresé a la mesa.

Gustavo Almazán hablaba sobre unos caballos de carrera que había comprado. Corté un pedazo de milanesa. No tuve en cuenta el tamaño y me lo llevé a la boca. Era grande. Al masticarlo, sentí mucho dolor en la zona del oído izquierdo. El mismo que a la mañana.

― ¿Algún problema, Anita? ―me preguntó.

―No, no…

― ¿Y quién era? ―preguntó mi padre.

―No, nadie, no lo conocen ―le respondí, con una mirada llena de furia.

― ¿Y vos los montás a los caballos? ¿Practicas equitación? ―preguntó mi tía para retomar la vieja conversación.

―No, no, los compré como inversión. Ni los conozco… o no sé…, bah, con tantas cosas, no sé, creo que los vi una vez nada más… ―dijo Gustavo y se metió un pedazo de milanesa en la boca.

Mi mamá sirvió duraznos en almíbar marca Carrefour en unas copas de postre de cristal de bacará. Luego de comer su porción, el candidato de mi papá pidió pasar al baño.

― ¡No le hacés caída de ojos! ¡Nada! ¡Nada le hacés! ¡Sos fría, fría, por eso no enganchas nada! ―dijo mi padre en su ausencia.

―Sí, Ana, ni hablaste casi. La tengo que remar yo por vos al final ―se quejó mi tía.

―Pero porque no le gusta ―dijo mi madre.

―Pero si es lindo chico ―exclamó mi tía―. Es agradable, es simpático.

―Y está lleno de plata ―agregó mi padre―. Aunque bueno, eso… si es narco. No tiene pinta de narco, pero…

―Ni que vos conocieras a un narco personalmente. Dejate de decir pavadas, ¡por favor!, Por eso tu hija no reacciona con los hombres, porque le llenás la cabeza de boludeces, de miedos…―dijo mi tía.

― ¡Ay, no, no, basta, déjense de decir boludeces! ―interrumpí―. Yo ya estoy con otro y este tipo acá me lo está arruinando, eh. Por culpa de ustedes.

― ¿Qué? ¿Con quién estás? ―preguntaron a coro.

―Con otro, con otro de la empresa estoy o bah, casi estoy…

―No nos dijiste nada.

―Es que empezó hoy, justo hoy. Y este acá me lo arruina. Y ustedes, encima, le dijeron que se quedara y yo solamente quiero que se vaya, ¡que se vaya!…―dije, nerviosa, y oí que la puerta del baño se abría. Por eso me callé.

Afortunadamente, mi tía comprendió el mensaje. A los pocos minutos de que Gustavo regresara a la mesa,  se puso de pie y dijo que se iba, que ya era tarde. Toda una invitación para que Gustavo saliera de la casa con ella. Así lo hizo. Desde la puerta vi  como Tía Linda subía a su auto y él, a su camioneta.

Apenas se fueron, mis padres me pidieron explicaciones sobre “el otro” con quien estaba, pero yo los dejé con la intriga. Me encerré en mi habitación y llamé a Martín a su celular. No me atendió la primera llamada, tampoco la segunda. Insistí con una tercera y me rendí. Entonces le envié un mensaje:

“No me atendés. Sos un tonto y estás muy equivocado pensando lo que pensás de mí”

Esperé respuesta por media hora. Como no llegó:

“Mañana a las ocho voy a estar en el bar de la esquina. Espero que pienses las cosas y nos veamos ahí”, le escribí.

Otra media hora pasó sin que tuviera novedades. Ya era tarde. Programé mi despertador para que sonara a la seis de la mañana y me acosté. Concilié el sueño enseguida, como si lo que me estaba pasando en realidad le sucedía a Lucía Méndez. Y en una novela.

Al otro día estuve a las ocho de la mañana en el bar de la esquina de la empresa. Estaba segura de que Martín llegaría enseguida. ¡Había dejado a la novia por mí! ¡Me quería! ¡De verdad me quería! ¡No era como Ferni! ¡Había cumplido! Y el incidente con Gustavo no podía arruinar el inicio de una relación tan sentida, porque yo también había dejado de lado detalles de Martín que no me habían puesto muy contenta que digamos. Y por eso estaba ahí, esperándolo ¿Por qué él no podía hacer lo mismo conmigo?

Podía haber muchos por qué para explicar por qué él no lo hizo. Pero no lo hizo y eso era lo único que había. A las nueve de la mañana, salí del bar y, de lejos, lo vi subir a la camioneta de Gustavo y alejarse a bordo de ella.

Entré a la empresa, llegué a la oficina y vi la bolsa con el vestido. La había olvidado ahí el día anterior. También había olvidado que esa noche tendría lugar la fiesta de la empresa. ¿Pero yo asistiría? <<No, no voy a ir. ¿Para qué? Si estoy hecha mierda. No tengo ánimos. No me puede estar pasando esto. No puedo tener tanta mala suerte. Y, además, Martín va a pensar peor de mí si voy>>, pensé y, cerca del mediodía, le comuniqué a Bety mi decisión. Le dije que tenía que estudiar para un final.

A la media hora, mi celular sonó:

―Anita, ¿qué es eso que me dijo Bety recién, que no venís a la fiesta hoy?

―Eh… bueno… , Gustavo, es que tengo que estudiar, tengo un final la semana que viene…

―Pero, Anita, por una noche…

―Bueno, pero es una noche…

―Anita, no, no, venís o venís, te voy a buscar, ya sé dónde vivís, eh.

―Sí… ya sé…

―Ricas la milanesas de tu mamá. Simpática tu familia.

―Ah, bueno, gracias. Pero yo no puedo ir hoy…

―Anita, no, no, mirá, me tenés que hacer el favor. No me podés fallar, Anita. Es muy importante. Van a venir unos inversores.

― ¿Qué inversores?

―Es largo de contar, Anita, pensé que no iba a ser importante, pero ahora lo es…

― ¿Quiénes son? ¿Los del micro estadio de Mar del Plata?

―No, no, Anita, esto es otra cosa. Otra cosa. Tenés que estar. Te voy a buscar a tu casa.

―No, no, yo voy con mi auto.

―Pero te voy a buscar.

―No, no, yo voy, pero voy con mi auto.

―Anita, pero así te cuento en el camino, porque hoy no voy a pasar por la empresa y estoy con mucha gente. No puedo hablar bien. Está explotando Lanús. Esta sucursal va andar muy bien, vas a ver. O no sé… bueno, te paso a buscar ocho y media.

―No, no, voy con mi auto ―me impuse.

―Como quieras, Anita, pero yo no tengo problema en ir a buscarte y llevarte después.  Además, está lo del video, Anita. Tenemos que hablar de eso, de qué digo cuando lo pasemos para despedir a los de riesgo crediticio.

― ¿Qué? No, no, Gustavo, ¿no es que vienen unos inversores?, ¿en qué quedamos? ―me animé a decirle.

―Sí, vienen los inversores, ¿por qué me decís así?

―¿Y si vienen inversores vas a estar haciendo el papelón de mostrar el video ese con “Corazón de piedra” y de despedir a empleados en una fiesta? No vas a quedar muy serio que digamos, eh.

―Ah, sí, sí, Anita, sí, tenés razón, tenés razón, no me había dado cuenta.

―Sí, obvio que la tengo. Sería un papelón

―Sí, sí… bueno, bueno, no lo hago esta noche entonces, ¿pero cuándo lo hago?… no sé… qué lío… bueno… ¿te voy a buscar o no?

―No, yo voy sola.

―Ok, como quieras, Anita. Nos vemos en el boliche entonces ―me dijo y cortó.

No me aguanté. Le mandé otro mensaje a Martín: “Vas a seguir sin contestarme? Me dejaste plantada hoy. Te estuve esperando en el bar”

“Esta noche hablamos en la fiesta”, me respondió esta vez.

“No voy a la fiesta”, le envié enseguida.

“Por qué?”, me escribió.

“Porque no tengo ánimos. Estoy triste por lo que pasa con vos!”, le mandé.

“Justamente quiero que vayas a la fiesta por eso!”, me envió.

“No entiendo qué tiene que ver la fiesta”, le escribí.

“Tiene que ver! Te veo a la noche en la fiesta”, recibí.

Y ya no volvimos a comunicarnos.

La vida me sonríe (V)

Buenos Aires, octubre de 2011.

Mi madre se encargó de llevar a la perra a la cocina. Gustavo Almazán dio unos pasos y dudó, hasta que mi tía le indicó en donde sentarse. Lo hizo en la mitad de un sofá de tres cuerpos. Mi padre se sentó en frente de él, en uno de los dos sillones individuales que completaban el living de mi casa. Tía Linda le ofreció a Gustavo tomar whisky, gin, ginebra y toda una lista de bebidas alcohólicas que él rechazo de a una por vez diciendo “No, señora, gracias”.

― ¿Coca te traigo? ―le pregunté.

―Sí, Anita, Coca está bien, gracias.

―Light tengo ―aclaré.

―Está bien, Anita, no te hagas problema.

― ¿Le vas a poner Fernet?  ¿Hay? ―preguntó mi tía.

―No, no, gracias, señora, sola tomo.

―No, Fernet no tengo ―dijo mi madre al mismo tiempo.

Y fui con ella a la cocina a buscar la bebida. Protesté mucho, porque no entendía cómo mi tía había tenido la idea loca de invitar a Gustavo a quedarse en mi casa. Me sentía incómoda y era muy probable que mis padres y ella me hicieran pasar vergüenza.

Regresé al living junto a mi madre, cargando la bandeja con vasos y la botella de Coca Cola Light. Noté que nos habíamos descuidado al no cerrar la puerta de la cocina, porque la perra estaba, de nuevo, oliendo los pantalones y los zapatos de Gustavo. Mi padre protestó y se puso de pie para agarrarla.

―No, no se haga problema ―le dijo Gustavo―. Me gustan los perros ―agregó e intentó acariciarla. La perra le devolvió el gesto mostrándole los dientes y yo pude dejar la bandeja sobre una mesa ratona y  tomarla por el collar a tiempo, para devolverla a la cocina.

De nuevo en el living, me aterroricé al observar la escena. Mi tía tenía en una mano un vaso con whisky hasta la mitad y mi padre agitaba la botella, preparándose un whiskola. << ¡Qué horror! ¡Va a decir que somos todos borrachos en esta casa!>>, pensé y  me senté en el sillón grande, al lado de Gustavo, porque Tía Linda  ocupaba uno de los sillones chicos y mi padre, el otro, con mi madre sentada en el apoyabrazos.

Hablaron de mi perra y de mi cariño por los animales. Gustavo me calificó como una persona sensible, por ese aspecto y otros que dijo haberme observado. Mis padres, entonces, no escatimaron en elogios hacia mí. Sensible, buena, estudiosa, responsable.

―Siempre fue buena alumna ―dijo mi madre―. Además, no es porque sea mi hija, eh, pero ella es buena en todo sentido. Desde chica, nunca nos trajo ningún problema.

―Bueno, bueno, cuando era chica no era tan buena que digamos ―dijo mi padre y entré en pánico―. Acordate de cuando se subió al techo―agregó―. Era terrible de chica, terrible. Una vez se subió al techo, por la reja de la ventana…

―Ay, bueno, eso… ―lo interrumpió mi madre.

― ¿Cuántos años tenía? Diez creo ―siguió mi padre―. No, no, no era buena. Era terrible. Se subió por la reja al techo. Y no la podíamos bajar, porque yo tenía miedo de que se cayera si bajaba por la reja…

― ¿Pero qué chico no se subió al techo de la casa alguna vez? Son demasiado exigentes con la hija ― lo interrumpió mi tía esta vez.

―No, yo no fui exigente ―dijo mi padre

―Por eso Ana es así, es muy exigente con ella misma ―siguió mi tía sin escucharlo y mi madre aprovechó para pellizcar el brazo de mi padre.

―Sí, ya me di cuenta ―le dijo Gustavo―. Pero yo creo que está bien ser exigente con uno mismo, ¿no?

― ¿Por qué? ¿Vos sos exigente con vos mismo? ―le preguntó mi tía.

―Y sí, sí, la verdad que sí.

― ¡Uh, entonces cómo debes ser con las mujeres! Difícil debe ser estar al lado tuyo. ¿Tenés novia? ¿Estás casado? ―siguió Tía Linda.

―No, no, soy soltero. Nunca me casé.

―Ah… ¿y de novio no estás?

―No, no, ahora tampoco estoy de novio―dijo Gustavo.

Y Tía Linda siguió indagándolo. Le preguntó de manera más o menos directa el por qué de su soledad y él terminó relatando la historia de su vida como empresario.

Quería que Gustavo se fuera, para poder descansar tranquila y para revisar mi celular, que estaba en mi cartera, sobre la cama de mi habitación, fuera de mi alcance para notificarme de cualquier novedad de Martín.

<<Ya se va, ya se va. Son más de las nueve>>, pensé cuando miré con disimulo mi reloj. Pero:

―Che, ya son las nueve. Tengo hambre. ¿No vas a cocinar? ―le dijo mi tía a mi madre.

Y Gustavo dejó el vaso que tenía en la mano sobre la mesa ratona que estaba en frente de él  y se puso de pie. Entonces mi tía y mi padre le pidieron que volviera a sentarse y lo invitaron a comer.

―No, no, señora, gracias… ―le dijo a mi tía.

―Ay, ay, señora, señora, ya me lo dijiste muchas veces ― lo interrumpió mi tía en tono de burla―. Me hacés sentir vieja al final.

―No, no, no quise… es la cos…

―Mirá que yo tengo un novio de tu edad, eh ―le dijo ella―. Quedate a comer, ¡dale!, ¿qué tenés qué hacer ahora?

Y hubo un par de tímidas negativas de Gustavo y muchas insistencias de mi padre y de mi tía, que finalizaron cuando lograron que él volviera a sentarse.

Percibí signos de desesperación en el rostro de mi madre y por eso fui con ella a la cocina. No sabía qué hacer de comer. Pensaba que Gustavo era una persona muy refinada como para servirle las milanesas que tenía preparadas para freír esa noche.

―Ay, mamá, come en Mc Donald’s todos los días este tipo. No te hagas ningún problema por la comida. Hacé las milanesas. Con papas fritas. Y listo. O no, listo no, dejame un poco de aceite hirviendo para que se los tire en la cabeza a papá y a Tía Linda ―dije.

Y fui de la cocina a mi habitación. Revisé el celular. No habían entrado llamadas ni mensajes nuevos.

Regresé al living. Tía Linda hablaba de viajes, de ciudades y museos que había conocido en Europa del Este. Gustavo la escuchaba atentamente (o fingía que lo hacía), y de vez en cuando intercalaba en la conversación alguna anécdota que había vivido en Miami, su lugar en el mundo, seguramente.

A esa altura había decidido relajarme, dejarle la responsabilidad de atender al invitado a Tía Linda y a mis padres. Calculaba que ya no les quedaría mucho más sobre lo que hacerme pasar vergüenza. Pero la vida te da sorpresas. Sorpresas te da la vida. Mi padre se puso de pie. Caminó directo hacia un mueble que estaba detrás del sillón en donde estábamos sentados Gustavo y yo. Me di vuelta disimuladamente y vi que había abierto un cajón y sacaba los cubiertos de plata. ¡Los cubiertos de plata! Hacía años que no los usábamos. Tuve ganas de correr hacia él y de cerrar el cajón del mueble, con los cubiertos adentro, pero me frenó el hecho de que Gustavo estuviera a pocos centímetros de la escena.

Ya no había nada más que hacer. Como en un caso de muerte. Cuando pasamos al comedor, la mesa estaba puesta: copas de cristal tallado, platos de porcelana y cubiertos de plata, para comer milanesas con papas fritas y tomar vino Vasco Viejo (uno de los más baratos del supermercado).

― ¿No querés un huevo frito también? ―le preguntó mi padre.

―No, no, gracias ―respondió Gustavo.

―Pero sí, un huevo frito ―insistió―. Hacele uno ―le indicó a mi madre.

―No, no, está bien, gracias.

―Sí, sí, comete un huevo a caballo. Yo quiero también ―dijo mi padre y mi madre se fue a hacerlos.

― ¿Qué tomás, Gustavo? ―le preguntó mi tía.

―Coca, gracias.

― ¿No querés vino?

― No, no.

― ¿No te gusta?

― No, no, la verdad es que mucho no…

― ¿Y champagne? ¿No querés champagne? Tenemos una botella… ―dijo mi padre.

―No, no… gracias

―No, Gustavo no es de tomar alcohol ―dije.

―Ah, cómo lo conocés, eh ―dijo mi tía sonriendo y mi padre le sirvió Coca-Cola a Gustavo.

―Sí, sí, Anita me conoce bien ―dijo Gustavo y me miró, también sonriendo ―. Me conoce demasiado, me parece. Ese es el problema.

― ¿Problema? ―preguntó mi tía.

―Bueno, nosotros nos entendemos ―le respondió Gustavo y me miró de nuevo, con la misma sonrisa.

―Ah, bueno, si ustedes se entienden… ―dijo mi tía moviendo sus hombros y cabeza y mi madre volvió con los huevos fritos. Le sirvió uno a Gustavo y otro a mi padre.

Mi mano comenzó a recorrer la trayectoria hacia la botella de vino y se frenó cuando mi mamá me pateó por debajo de la mesa. Me miró, con expresión de enojo y me sirvió Coca-Cola en el vaso. << ¡Pero si yo tomo vino todas las noches!>>, protesté en mi mente.

Después de varios elogios que Gustavo le hizo a las milanesas, sobrevino una ausencia de palabras. Solo se escuchaba el ruido producido por el movimiento de los cubiertos, cuando comenzó a sonar el teléfono de mi casa.

Mi madre dudó, pero se levantó a atender. Volvió enseguida.

―Ana, es para vos.

― ¿Quién es a esta hora? ―me ganó de mano mi padre.

―No, no sé, no me dijo ―respondió mi madre. Mintió. Lo adiviné en su expresión.

―Hola ―dije y empecé a caminar con el teléfono hacia mi habitación.

―Hola ―me dijo Martín―.Perdoname que te llamé a tu casa. Es que no me atendías el celular. Lo saqué del sistema de recursos humanos de la empresa porque no lo tenía.

―Ah, sí, sí, no te hagas problema.

―Estaba muy ansioso por llamarte, ¿sabés? ¿Qué estabas haciendo?

―No, nada, comiendo…

―Ah, bueno… te interrumpo.

―No, no hay problema.

―Es que tenía que… bueno, para mí era urgente, te lo tenía que decir, porque ya hablé con Carolina. Hace un rato. Salí de la empresa y me encontré con ella.

―Ah…

―Y ya está, ya está. Le dije la verdad. Terminé.

―Ah… ―le dije de nuevo. Entré en shock.

―Era de falso ir a la ceremonia mañana y cenar con su familia si ya sabía que la iba a dejar… me lo dijiste hoy, tenías razón. A mí me parecía lo mismo ―me dijo y se produjo un silencio―. ¿Qué pasa? ¿No decís nada?

―No, no, es que no… no… no sé qué decir.

―No es que te esté llamando para tirar fuegos artificiales, eh. Me siento muy culpable. Me da culpa estar bien yo ahora por estar con vos, porque sé que hay otra persona que está mal por mí. No es lindo.

―Sí, te entiendo ―le dije y se me representó en la mente el sufrimiento que debía estar atravesando la novia de Martín.

― ¿Pero qué podía hacer? Yo te quiero a vos. No era justo que me privara tampoco…

―No, no…

La vida me sonríe (IV)

Buenos Aires, octubre de 2011.

Abrí la puerta de mi casa y mis padres se abalanzaron sobre mí preguntándome quién me había traído y por qué lo había hecho.

―¿Te sentiste mal de nuevo? ―preguntó, alarmada, mi madre.

-   No, estoy bien.

―¡¿Pero por qué no dejan de acosar a su hija así?! ¡Le hacen mal! ¿No se dan cuenta?― exclamó Tía Linda y apareció por detrás de ellos.

―Es mi hija, tengo que saber lo que le pasa, eh ―replicó mi madre.

―No aprenden más ―dijo mi tía poniendo los ojos en blanco―. Hola ―me saludó con un beso―. ¿Quién te trajo, Ana? ―se burló.

―Sí, ¿quién te trajo? ―la siguió mi padre sin caer en la broma.

―Almazán, me trajo Almazán, ¿no vieron la super camioneta?

―¡Ah! ¡Te trajo Almazán! ―exclamaron mis padres al mismo tiempo y sentí que en mi cartera algo había empezado a vibrar.

―¿Quién es Almazán? ¿El dueño de la empresa, no? ¿El que habló conmigo una vez? ―preguntó mi tía.

―Sí ―le dije mientras revolvía la cartera buscando el teléfono.

―¡Se lo levantó! ¡Se lo levantó a Almazán! ―dijo mi padre y me di cuenta de que algo me faltaba en las manos cuando encontré el teléfono.

―No digas pavadas, no me gusta ese tipo para Ana ―confesó mi madre y vi que era Samuel el que me estaba llamado. <<No es Martín>>, pensé con rabia.

―Hola ―dije al atender y caí en la cuenta de que lo que me faltaba era el bolso con la computadora.

―Hola, nena, ¿te interrumpo? Perdoname, no me aguanté, no me aguanté. ¿Seguís enojada conmigo?

―Ay, no, no, ya está, dejá. Y no me interrumpís nada, no te preocupes ―le dije y me encerré en mi habitación. <<Me olvidé la computadora en la camioneta de Gustavo. ¡La puta madre>>, pensé.

―¿Pero qué pasó?. ¡Te volviste con Almazán! ¡Te vi, nena, te vi! Y Ezequiel me dijo que ya era un hecho lo de Martín y vos. No entiendo nada. ¡Contame!

―Me volví con Almazán porque tengo la rodilla lastimada. Por eso me quiso traer a mi casa.

―¿Y Martín?

―Y Martín qué sé yo.

―¿Pero no te dijo nada?

―Sí, sí, me dijo, me dijo.

―¿Qué? ¿Qué te dijo?

―Y qué va a ser… que me quiere, que está enamorado, esas cosas.

―Ay, nena, ¡qué lindo!, ¿y me lo decís así?

―¿Así cómo?

―Con tanta frialdad, como si fuera cosa de todos los días para vos.

―Bueno, es que ya sabés. Tiene novia…

―Pero no importa eso ahora. Lo que importa es lo que te dijo, lo que hizo. Un poco de movimiento en tu vida, nena, una alegría. ¿A dónde la viste?

―En el pasillo de mi piso.

―¿Y no saliste de la empresa con él?

―No, no.

―¿Por qué? ¿No te invitó a salir?

―Sí, sí, me invitó, pero yo le dije que no, que mientras tenga novia no quiero nada, así que no salí.

―¿No saliste?

―No, no salí, ni le di un beso ni nada.

―¿Pero por qué? ¿Sos boluda?

―No, al contrario. No soy boluda, Martín tiene novia. Acordate de lo que me pasó con Ferni. Dos veces no me va a pasar

―Sí, bueno, pero te vas para el otro lado. Y encima por culpa del aparato ese, que ni se lo puede tomar como punto de referencia. Ni sirve como experiencia. Estuviste mal, le tendrías que haber dado unos buenos besos a Martín, por lo menos. ¿No te insistió?

―Sí…

―¿Y no te tentaste?

―No, no, bah, qué sé yo, estaba tan nerviosa que la verdad ni me di cuenta si tenía ganas o no.

―¿Y él que te dijo?

―Que el viernes la deja.

―¿Eso te dijo? ―me preguntó Samuel y el timbre de mi casa sonó.

―Sí…

―¿Quién será? ¿A esta hora? ―oí a mí madre preguntar.

―¿Te dijo que la va a dejar este viernes?

―Cuidado que puede ser un chorro ―escuché de mi padre.

―Sí, este viernes.

―Hay un tipo en la puerta ―dijo mi madre.

―¡Pero faltan menos de dos días!! No, no, esto no me cierra. No son así las cosas.

―No abras, no abras ―oí a mi padre gritar ―. A esta hora no abras. Es peligroso.

―Bueno, no sé cómo son las cosas…

―¡No te acerques a la ventana que te puede apuntar con un arma y te obliga a abrirle! ―escuché de mi padre.

―Es que ponerse a dejar a la novia así como así, ¿sin haber cogido con vos antes? No, no me parece… ―dijo Samuel.

―Bueno, no voy a coger antes, eh ―lo interrumpí―. Primero lo primero. Que no esté con otra ―afirmé y sonó el timbre de nuevo.

―Pero no, Ana, no, le pedís mucho, porque Martín ahora ni siquiera sabe si hay piel con vos.

―¿Pero por qué no preguntan quién es y listo? ―propuso mi tía.

―¿Piel?

―Sí, piel, a lo mejor no tienen piel, ¿qué sabés?

―¿Quién es? ―gritó mi madre.

―Ay, Samuel, mirá, no sé qué es eso. Lo oí muchas veces, pero no sé bien qué mierda quiere decir la gente con eso de la piel. No sé.

―Ana, la piel, la piel, ¡¿no sabés qué es la piel?!

―Y no, no, qué sé yo, no sé. Sabés que mi experiencia es reducida.

―¿Gustavo? Gustavo dice, pero no conocemos a ningún Gustavo, ¿no? ―dijo mi madre.

―Bueno, la piel… la piel… es qué sé yo…cuando te gusta alguien mucho, pero en la cama no va, no pasa nada, no te excita. Martín no sabe cómo puede ser con vos…

―Pero debe ser el jefe de Ana, ¿no se llama Gustavo? ―dijo mi tía―. Y hay una camioneta estacionada atrás de mi auto. Debe ser la de él. Abrí.

―¿Almazán? ―oí la voz de mi padre ―. Pero nosotros lo conocemos. Lo vimos el otro día. No es Almazán.

―Porque es de noche y no se ve nada. Pero debe ser él. Abro ―dijo mi madre.

―Ay, no, no, Samuel, te dejo, te dejo. Después te llamo.Chau ―y corté.

Cuando llegué a la escena, Gustavo Almazán ya tenía puesto un pie adentro de mi casa. Mi perra estaba oliéndole los pantalones.

―Mucho gusto. Yo trabajo con Anita ―le dijo a mi tía y le dio la mano―. Te olvidaste esto en la camioneta ― agregó cuando me vio y me entregó el bolso con la computadora.

―Ah, gracias.

―¿Te olvidaste la computadora, Ana? ¿A ver si la perdías? ―me retó mi padre, sin vergüenza. Mi madre agarró a la perra por el collar y la alejó de Gustavo.

―¿Gustavo te llamás? ―le preguntó mi tía.

―Sí.

―¿Me parece que hablamos una vez nosotros dos, no? Yo soy la tía de Ana.

―Ah, sí, sí, me acuerdo, me acuerdo, esa vez, sí, claro, usted es la tía de Anita, sí―le dijo Gustavo con una sonrisa.

―Muy amable, eh, muchas gracias por traerle la computadora a mi hija ―le dijo mi padre.

―No, no, de nada ―le contestó Gustavo y mi madre puso su mano sobre la manija de la puerta. Seguramente tenía la intención de cerrarla y que Gustavo quedara del otro lado, pero:

―Pasá, pasá, vení, no nos quedemos en la puerta ―dijo mi tía.  Gustavo me miró sonriendo y yo bajé la vista―.Entrá, tomá algo.

―No, gracias, no quiero molestar ―dijo él.

―No, no es ninguna molestia. Por favor, pasá, sentate ―le dijo mi padre y le señaló los sillones del living.

Gustavo avanzó hacia el interior de mi casa con timidez y mi madre cerró la puerta de calle.

La vida me sonríe (III)

Buenos Aires, octubre de 2011.

Regresé a la oficina llena de dudas. ¿Martín me había dicho la verdad? Y si lo había hecho, ¿cuánto arrastraba de malo?. Porque no podía dejar de pensar en que él había tenido relaciones con su novia en Mar del Plata. Y tampoco podía olvidarme del incidente con Verónica, aunque habían pasado dos años del hecho. Martín me había negado una relación entre ellos, pero me costaba creerle.

Trate de concentrarme en el trabajo y el esfuerzo fue en vano. Me rendí rápido y por eso adelanté mi hora de almuerzo. Salí de la empresa, me compré medias nuevas y recorrí varias calles buscando un vestido para las dos fiestas que tenía por delante. Uno de raso con tejido de hilo encima me gustó. La vendedora me lo dio y me encerré en el probador. <<¡Ay, Dios! ¡Tengo mucha celulitis!>>, dije cuando me miré al espejo en ropa interior. <<Y se me está haciendo el pantalón de montar en las caderas. ¿¡Pero por qué?! ¡Si no estoy gorda! Voy a tener que hacer gimnasia. Y mucha>>, concluí y me puse el vestido. Me quedó bien y lo compré sin dar más vueltas.

<<Es la luz, es la luz de los probadores. Ya lo dijo Susana Giménez y tiene razón. Con esas luces se resaltan todos los defectos>>, pensé cuando me senté a mi escritorio de nuevo. <<¿Y si a Martín no le gusta lo que hice hoy? ¿Si se arrepiente? ¿Si le parece que no tengo suficiente interés en él?>>, me pregunté. <<No, no, yo le dejé en claro mi posición: si me quiere realmente, va a actuar en consecuencia. Y si no lo hace, es porque no me siente nada por mí, no por mi actitud.  Tengo que mantenerme firme. Ya sé cómo son estas cosas. La celulitis no se me ve con ropa encima>>, concluí.

Más tarde, cuando buscaba en internet información sobre tratamientos para eliminar el flagelo, mi celular sonó:

―Hola.

―¡Hola! ―me dijo Martín―. ¿Cómo estás?

―Bi… bien ―le respondí con cierta sorpresa y di media vuelta sentada en la silla giratoria, para quedar de espaldas a Bety.

―¿Mucho trabajo?

―Sí, sí… ―le dije. <<Pero no estoy haciendo nada y los papeles me tapan>>, pensé.

Martín suspiró.

―Yo también acá tengo varias cosas…

―Ah, sí, me imagino…

―Todavía no salí a almorzar. ¿Vos?

―No, yo ya salí. Hace rato.

―Ah… ―me dijo y se produjo un silencio―. ¿Te duele la rodilla?―me preguntó luego.

―¿Eh? ¿La rodilla? No, no, no me duele, es un raspón. No es nada.

―No, pero las rodillas son complicadas. Hay que cuidarlas. Mirá que una infección en esa zona es jodida. Yo tengo muchos compañeros del gimnasio que tuvieron problemas…

―Bueno, pero deben ser lesiones que se hacen los hombres por levantar peso. No por una caída.

―Sí, puede ser, no sé. Pero las infecciones en las rodillas son complicadas.

―Pero no creo que se me infecte. No pa…

―Hoy estabas muy linda ―me interrumpió.

―Ah, bueno, gra… ¡gracias!

―Siempre estás linda, no es que sea hoy nada más, eh.

―Buenono, ¡gra…gra…gracias!

―Te quiero ver. ¿Nos encontramos en el pasillo de tu piso en cinco?

―¿Eh?… no, no…

―Bueno, más tarde.

―No, no, más tarde tampoco.

―¿Qué? ¿Tenés miedo de que nos vean? Vamos al piso de abajo.

―No, pero no, no.

―¿No tenés ganas? ―me preguntó.

―No, no es que no tenga ganas. Es que ya te dije… mientras estés con otra yo no quiero nada.

―Bueno, pero es vernos un ratito en el pasillo. No es nada eso.

―No, sí, pero no, no. No corresponde.

―Pero no es nada, Ana.

―Bueno, para mí sí es. Ya te expliqué.

―Pero entonces… ―dijo y se frenó―. ¿Y cómo te volvés a tu casa hoy?

―¿Cómo cómo me vuelvo a mi casa? En tren…

―Pero no te podés volver en tren con la rodilla como la tenés. Yo te llevo. Estoy con el auto. Me lo entregaron ayer. ¿Te acordás que te dije que me compré un auto nuevo?

―Sí, sí, me acuerdo.

―Me lo entregaron ayer, hoy lo dejé en el estacionamiento de la otra cuadra. ¿A qué hora te vas?

―No, pero no, Martín, no. No tengo nada en la rodilla. Me puedo volver en tren. No es para tanto.

―Pero yo te quiero llevar. ¿Qué tiene de malo eso?

―Lo que ya te dije: mientras tengas novia no quiero tener contacto.

―¿Pero nada de contacto? ¿Ni siquiera hablar? ¿Hoy no te voy a ver de nuevo entonces?

―Y no, no―dije con timidez.

―Pero ya te expliqué cómo son las cosas. Ya te di mi palabra. El viernes termino con Carolina.

―Bueno, terminá el viernes y después nos vemos todo lo que quieras. Pero antes no.

―Es un poco exagerado lo que hacés. No es que no te entienda, pero…

―No voy a variar mi postura. Es así.

―Pero mañana tengo que ir a la inauguración de la sucursal de Lanús. Voy a estar todo el día allá. ¿No te voy a ver hasta el viernes entonces?

―Y no, no… ―le dije.

―¿No?

―No.

―Porque me dijiste que sentías muchas cosas por mí, pero a mí ahora no me alcanza eso. Si aunque sea me dijeras qué cosas sentís…

―Ay, bueno… estoy en la oficina… ya sabés…no pue… pue… puedo hablar mu…mucho.

―Porque yo estoy enamorado y me gusta verte, ¿sabés? Además, quiero verte. Necesito verte. Y me parece que vos no.

―No, no es así. A mí tam… tam… también me gusta verte. Pe… pe…pero sé que estás con otra y eso…

― ¿Y eso qué? ¿Te tira abajo?

―Y sí, sí, obvio que me tira abajo,  porqueque no sé si sos sinceceroro ―me animé a decirle―. Disculpame, pero es así.

―No, no, está bien, eso te lo entiendo, te lo entiendo. Ni yo me siento bien con esta situación. Me sentí muy mal muchas ves. No te creas que no. Y hace mucho ya. Pero yo soy sincero y lo vas a ver.

―Bueno, no sé todavía… ―le dije, con voz aniñada (no lo hice a propósito).

―Lo vas a ver, lo vas ver. Dejame que te lleve a tu casa, ¡dale!

―No, no, me vuelvo sola.

―Dejame, por favor, no te voy a pedir nada -me dijo y oí:

―¡Anita! ¡Anita!

―No, no, es mi última palabra y te tengo que dejar. Me están llamando.

―Pero mañana voy a estar en Lanús todo el día… ―me dijo Martín

―¡Anita! ¡Anita!―gritó Gustavo al mismo tiempo.

―Me están llamando. No puedo seguir hablando. Chau―le dije a Martín y corté. <<Y si te vas a Lanús mañana y no me podés ver, problema tuyo, nene. Resolvé tus cosas>>, pensé y dije:

―Sí, Gustavo ―cuando estuve en la puerta de su despacho.

―Anita ―pronunció con alivio―. Pasá, Anita, siempre pasá, no te quedés en la puerta.

―Bueno… ―le dije y di un paso hacia el interior de su despacho.

―Sentate, Anita, sentate, por favor ―me indicó y lo hice.

―Anita, mirá ―me dijo y giró hacia mí el monitor de su computadora, para que pudiera ver la pantalla en donde aparecían varios modelos de BlackBerry―. Elegí, Anita.

―¿Eh? 

―Sí, Anita, ¿cuál te gusta?

―Pero no sé, ni idea de cuál me puede servir para la empresa ―dije. <<¡La puta madre! ¡Me había olvidado de que hoy tenía que ir a comprar el BlackBerry con Gustavo! ¡Y no se lo dije a Martín!>>, pensé.

―Anita, cualquiera te sirve para la empresa, ¿cuál te gusta?

―Y… no sé… ―dije, después de explorar por unos segundos, con mi vista, los modelos que se me exhibían en la pantalla. <<Hoy no voy con este tipo a comprar el BlackBerry. Ni loca voy. ¡A ver si Martín me ve subiéndome a la camioneta a la salida! ¡Y no me quise ir con él! ¡No!¡Y encima Martín me dijo que dejó el auto en el estacionamiento de la otra cuadra! ¡El mismo en el que Gustavo tiene la camioneta!>>,pensé.

―Pero, Anita, ¿no te gusta ninguno? ¿Querés un Iphone en vez de un BlackBerry?

―¿Eh? No, no…

―Bueno, Anita, elegí el que más te guste entonces.

―Y no sé, Gustavo, cualquiera. Uno que me deje leer los mails de la empresa. Eso es lo único que quiero.

―Pero, Anita, todos te dejan hacer eso. Elegí uno que te guste.

―Bueno, pero si todos me dejan leer los mails, entonces es lo mismo, todos me vienen bien.

―¿Todos, Anita? ―dijo y movió la cabeza hacia los dos lados.

―No sé nada de celulares, Gustavo ―le dije. <<De hombres tampoco sé, pero todos no me dan lo mismo, aunque parezca lo contrario a veces>>, pensé.

―Ok, Anita, ok ―dijo, rendido―. Más tarde, cuando vayamos al shopping, los ves, los tocás, y ahí vas a poder elegir mejor.

―¿Eh? ¿Al shopping?

―Sí, Anita, ¿no habíamos quedado en ir hoy al shopping que está cerca de tu casa?

―Sí, sí, pero bue… bueno…, no sé si hoy…

―¿Por qué no hoy, Anita?

―Eh… por…porque me duele la rodilla ―mentí con descaro―. Por la caída que tuve… ¿no?

―Sí, Anita, ya sé.

―Y por eso, no sé, me gustaría irme a mi casa directamente. No puedo caminar por un shopping así como estoy…

―Pero no vamos a caminar mucho, Anita.

―Y… pero me duele, estoy molesta… ―insistí en la mentira mientras me preguntaba cómo estaría tomando Gustavo Almazán las noticias sobre Martín y yo que con seguridad le había dado Bety ese día.

―Pero hoy saliste a almorzar, Anita, te vi volver con bolsas. Compraste cosas y caminaste para eso, ¿no?

―Sí, sí, caminé, pero no es que caminé mucho que digamos tampoco. Lo que… que …que pa…pasa, es que…que me volvió el dolor hace un rato. Se me agra…agravó ―le dije, con vergüenza. Era la primera vez que estaba mintiéndole a alguien que sabía que yo le mentía y no lo disimulaba.

―Ok, Anita, está bien. Como quieras.

―Otro día vamos, si querés.

―Otro día, Anita, sí, otro día ―me dijo y regresó el monitor de su computadora a la posición inicial.

Me puse de pie.

―Hasta luego ―le dije y salí de su oficina.

―Hasta luego, Anita ―oí.

Me senté en mi silla y traté de concentrarme en un contrato que me había enviado el gerente de legales. Para mí sorpresa, lo hice con éxito. Durante tres cuartos de hora puede analizar cada cláusula del documento sin colocar mis pensamientos en otras personas, cosas o situaciones.

Pero cuando volví a mí me di cuenta de algo grande que me había sucedido momentos antes: las palabras amorosas de Martín no me habían provocado emoción alguna. Porque tal vez no las creía. Porque tal vez no esperaba nada de él. Porque tal vez tanto discurso romántico que me había hecho Ferni una vez había actuado en mí como el dardo cargado de anestesia y tranquilizantes que se le dispara a un animal salvaje para dormirlo. Las palabras ya no me hacían efecto, no me despertaban sentimientos, ni anhelos ni esperanzas. Además, si ni siquiera un tipo tan poco agraciado como Ferni me había querido, ¿por qué podía esperar que ahora me quisiera otro?

Junté mis cosas cuando ya habían pasado las siete de la tarde. No había vuelto a tener novedades de Martín. Los escritorios de Bety y de Ernestina T.  estaban vacíos. Ellas se habían retirado de la oficina hacía rato. Me acerqué a la puerta del despacho de Gustavo Almazán:

―Chau. Hasta mañana ―le dije.

―¿Te vas, Anita?

―Sí, sí, me voy.

―¿Vas para tu casa, no? ―me preguntó y guardó su notebook en un bolso.

―Sí, voy para mi casa ―le dije y se levantó de su silla.

―Bueno, Anita, te llevo, vamos ―me dijo y descolgó una campera de un perchero que tenía en su oficina.

―¿Me…me llevás? ―pregunté.

―Sí, Anita, te llevo, estás con la rodilla mal, ¿no?

―¿Eh? Sí, pero…

―Pero nada, Anita, vamos ―me dijo y me condujo hacia la salida de la oficina. <<¡Ay, Dios! ¡No! ¡No! ¿Cómo zafo de esto? ¿Y si me ve Martín?>>, pensé con miedo.

―Pero mi casa queda un poco lejos, no es necesario que me lleves, no te molestes ―le dije en el pasillo, cuando esperábamos el ascensor.

―No es molestia, Anita, no me cuesta nada. Quedate tranquila ―me dijo y las puertas del ascensor se abrieron.

―Pero no…no me lleves, dejá ―le dije cuando entramos al elevador. <<¿Por qué me quiere llevar justo hoy este tipo? ¡Si nunca me llevó!>>, me pregunté con bronca.

―Te duele la rodilla, Anita, no te voy a dejar irte así, no da que viajes parada en el tren… ―me dijo y se puso la campera mirándose al espejo.

―No, pero a esta hora consigo asiento siempre―dije―. Y no… ―me frené. <<Si le digo que no me duele la rodilla, va a insistir con lo del BlackBerry y estoy en la misma. ¡No puedo tener tanta mala suerte!>>, pensé.

―No me cuesta nada llevarte, Anita.

―No, pero… ―dije y me frené―. Es lejos ―insistí.

―No importa, Anita, no te hagas problema por mí ―me dijo y salimos del ascensor.

Caminamos hasta la puerta de  la empresa.

―Tengo la camioneta en la otra cuadra.

<<Sí, ya sé, en el mismo estacionamiento en donde Martín tiene a su auto nuevo>>,pensé y dije:

―Ah…

―¿Podés caminar hasta ahí o te duele mucho la rodilla, Anita? ―me preguntó cuando ya estábamos en la vereda.

―No… qué sé yo…

―Bueno, mejor busco la camioneta y la traigo hasta acá, ¿no? Quedate, Anita, quedate. Mejor no camines.

―Pero…

―Esperame acá,  ya vengo ―aclaró y se alejó.

Empecé a mirar para todos lados, pero no vi a nadie conocido. <<¿Y si me ve Martín acá qué mierda hago? ¿Y si justo me ve cuando estoy subiendo a la camioneta de Gustavo? ¡Ay, no, no, no! Yo me voy, ¡me voy!, me escapo y listo>>, se me ocurrió. <<Pero no, no puedo hacer eso. ¡No puedo!>>,protesté en mi mente y me escondí detrás de un puesto de diarios que estaba en la vereda de al lado de la empresa. <<Desde aquí no se me ve tanto>>, observé.

A los pocos minutos, Gustavo Almazán estacionó su camioneta en el costado de la calle, a la altura de la entrada de la empresa, pero yo permanecí escondida. Estaba paralizada y no me le acerqué, hasta que comenzó a tocar bocina. Entonces caminé rápido hacia el vehículo, para que no llamara más la atención.

Cuando abrí la puerta, Samuel puso un pie en la vereda. Lo saludé de lejos y me metí adentro de la camioneta.

―¡Anita! ¡Anita! ―me dijo Gustavo y movió la cabeza hacia los dos lados―. No aprendés, eh, no aprendés.

―Bueno… perdón… ―dije con timidez.

―¿Dónde te habías metido, Anita?

―¿Eh?… Estaba en el puesto de diarios, viendo las cosas.

―Ah, ¿y viste algo interesante, Anita?

―No, no, nada…

― ¿Qué camino tomo?

―El que tomás para ir al shopping que está cerca de mi casa. Yo después te digo.

―Bueno ―me dijo y respiró hondo. Bostezó luego. <<Ay; ¡qué cochino! ¡No lo soporto!>>, pensé―. Mañana inauguramos la sucursal Lanús, Anita.

―Sí, sí, yo ya hice todo con eso.

―Sí, Anita, ya sé, ya sé que hiciste todo. No te lo decía por eso. Te lo decía porque voy a estar todo el día allá y voy a quedar cansado para la fiesta.

<<Y hoy Bety me vio con Ezequiel Z.. Seguro que lo reconoció, que supo que era uno de los que hizo el video. ¿Y Gustavo por qué no me pregunta nada de eso? Si ella le debe haber contado. ¿Para qué mierda me está llevando a mi casa ahora?>>, me preocupé.

―Y sí, vas a estar cansado ―dije por decir.

―Pero yo creo que a la vida hay que disfrutarla, Anita. Hoy estoy muerto, por ejemplo, pero igual tengo ganas de hacer cosas.

―Ah…

―¿Vos, Anita?

―¿Eh? ¿Yo? No…

―Hacer algo tranquilo te digo, para irnos a dormir temprano, tipo ir a comer, ¿te parece?

―Pero son la siete y media recién. No es la hora de comer todavía ―le dije con miedo.

―Anita, ¿vos hacés las cosas cuando tenés ganas o cuando las costumbres te lo imponen?

―Y… ―le dije y me encogí de hombros.

―¿Tenés hambre ahora?

―No, no, no tengo hambre.

―Ah, porque yo tengo un poco de hambre. No quedé satisfecho con el almuerzo.

―Ah… habrás almorzado poco ―le dije. <<Yo no almorcé y no me quejo>>, pensé.

―No sé si poco, es que comí en la oficina, en el medio del quilombo, y se ve que no me alcanzó. No le presté atención a la comida.

―Ah, sí, sí, eso no es bueno…― dije por decir, otra vez.

―No, no es bueno, Anita, no es bueno. Hay que tomarse la vida de otra forma. Corté con Sabri el domingo ―dijo y me miró.

―Ah…

―Definitivamente.

―Ah…

―Sí, Anita, sí, volví de jugar al futbol, ella me llamó para salir… y la corté, la corté ahí, en ese momento.

―¿Por teléfono?

―Sí, sí, por teléfono.

―Ah… mirá…―le dije. <<¡Por teléfono! ¡Por teléfono! ¡Sos un hijo de puta!>>, pensé.

―Y ella lo entendió, eh, por suerte lo entendió bien. Así que estoy libre, Anita.

―Ah… mirá vos…―le dije y se produjo un silencio.

―¿Entonces no querés ir a comer, Anita? ―me sorprendió, después de un rato largo.

―¿Eh? ¿A comer hoy?…  Y no, no… me duele la rodilla… quisiera llegar a mi casa ―le dije. <<Está bien, nos gusta más Martín, pero no dejó a la novia todavía y no sabemos si lo va a hacer. Entonces, ¿por qué no aprovechamos y vamos a comer con Gustavo ahora, que ya no tiene novia? Es lindo>>, me dijo una voz interior desconocida. <<¡Porque no! ¡No! ¡Ni loca voy a comer con él! Si a mí este tipo no me gusta. Será lindo, pero con eso solo no hacemos nada. Es un guarango. ¡Que se meta en el culo la puerta de la camioneta!>>, exclamó otra voz interior, la que conocía.

― Ok, Anita, como quieras ―me dijo Gustavo Almazán, con cierto fastidio en su expresión y en su voz, y mi celular emitió un sonido. Había recibido un mensaje. Encontré el aparato en el desorden de mi cartera y leí:

“Nena!!!! Te hacía revolcándote con Martín a esta hora y te fuiste con Almazán??? Contame!!! Seguís enojada conmigo???”

“Sí!”, le respondí a Samuel y anulé el volumen del teléfono, antes de guardarlo de nuevo en mi cartera.

Gustavo condujo en silencio, hasta que tuvimos a la vista al shopping cercano a mi casa.

―Ya estamos, Anita, el shopping ―me dijo.

―Sí, sí, ahora doblá a la derecha ―le indiqué y recordé que hacía un tiempo, Bety me había dicho que yo no podía tener un novio en la empresa, por la información confidencial que manejaba en mi puesto.

―Debe estar nuestra lista de casamiento en “The Biggest”, ¿no?

―Y sí, sí, debe estar ―le dije―. En la próxima, doblá a la izquierda y después seguí derecho una cuadra.

―No me acuerdo la fecha de casamiento. A lo mejor para esta fecha ya nos casamos, ¿no? ―me preguntó y me miró sonriendo.

―Ay, no sé, no me acuerdo tampoco. A la derecha, acá.

―Ok, Anita ―me dijo y dobló.

―Seguí derecho. Son diez cuadras más o menos.

―Muy cerca del shopping vivís, eh.

―Y sí…

―Yo pensé el otro día: nadie nos debe haber hecho regalo por el casamiento.

―Y no, no, obvio que no.

―Porque no leí el contrato completo de la lista de casamiento, Anita. A ver si todavía hay reclamos.

―No, no creo ―le dije y me reí.

―No, no te rías, ¿qué sabés? A veces hay cada cláusula… Lo voy a consultar con mis abogados. ¿Vos tenés la copia de la solicitud?

―¿Eh? No, no… o no sé, estará en la oficina, no me acuerdo.

―Bueno, hay que verla, Anita, hay que verla ―me dijo cuando ya estábamos muy cerca de mi casa.

―¿Pero no te la quedaste vos?

―Si me la quedé yo, Anita, fuimos, eh. Pierdo todo yo, si no fuera por Bety…

―Sí, ya sé…

―Pero si los de “The Biggest” piden indemnización por falta de regalos o porque el casamiento no se hizo, ¿qué hacemos, Anita? ¿Qué hacemos, eh?

―No, no creo que pidan eso ―le dije y vi un auto conocido estacionado a la altura de mi casa. ―. Es en la otra cuadra, a la mitad, del lado derecho―agregué. <<Mi tía. Está mi tía>>, me di cuenta.

―Y no sé, Anita, pero si la piden, ¿qué?, ¿qué hacemos? ―me preguntó subiendo las cejas.

―Y no sé…

―Nos vamos a tener que casar, Anita, eh ―me dijo riéndose.

―Bueno, no creo que sea para tanto. Es acá ―le dije riéndome también y le señalé el frente de mi casa. Me desabroché le cinturón de seguridad.

―¿Acá es?

―Sí, acá ―afirmé y Gustavo frenó la camioneta. La ubicó detrás del auto de Tía Linda.

―No te rías, mirá que yo no les largo un mango a los de “The Biggest”, eh. Nos vamos a tener que casar, Anita, no queda otra, ¿qué decís si nos tenemos que casar? ―me preguntó y me miró fijo. Se acercó un poco a mí.

<<¡Ayyyyyyy!!!! ¿Qué quiere este pelotudo hoy?>>, pensé con desesperación.

―Bueno, no… no… creo que pidan nada… ―le dije riéndome y abrí la puerta de la camioneta―. ¡Gracias por traerme! Chau ―agregué y le di un beso en la mejilla. Salí de la camioneta lo más rápido que pude.

―No cierres, Anita, dejá ―me gritó desde adentro cuando estuve afuera―. Yo cierro desde acá ―agregó y tomó la manija. Cerró la puerta.

―Bueno, chau ―le dije y caminé hasta la puerta de mi casa. Revolví la cartera, encontré las llaves, toqué el timbre, porque mis padres siempre me pedían que lo hiciera, y abrí la puerta. La camioneta de Gustavo comenzó a alejarse.

La vida me sonríe (II)

Ezequiel Z. salió de la oficina y Bety cortó la comunicación.

―Ya llegó el de los televisores. Está subiendo ―gritó.

Me puse de pie y me acerqué a la puerta del despacho de Gustavo. Seguía hablando por teléfono. Le hice una seña para que cortara la comunicación.

―Ya llegó ―le dije.

Gustavo se despidió de su interlocutor y los dos fuimos a esperar  al invitado a la sala de reuniones contigua a la oficina.

La reunión transcurría. Gustavo pedía información sobre modelos de televisores y de monitores, el invitado se la daba, y yo solo podía preguntarme si debía o no agradecerle el gesto a Martín.

Una vez que el encuentro finalizó, regresé a mi escritorio y escribí en mi celular:

“Gracias por lo que me mandaste”, y se lo envié a Martín. <<Está bien así. Del almuerzo no le digo nada. Que insista él>>, pensé. Bety se metió en el despacho de Gustavo Almazán y cerró la puerta.

Martín me respondió al rato: “De nada. Fue un placer”

<<¿Eso nada más?>>, me quejé y me insulté a mí misma por haber variado mi actitud y salir del enojo.

Media hora después, Bety salió del despacho de Gustavo. Se sentó en su silla y retomó su trabajo. Mi celular emitió un sonido. ¡Otro mensaje!

“Cómo está tu rodilla ahora? Podés salir a almorzar conmigo?”, me preguntó Martín.

<<¡Uy! ¡Mi rodilla! ¡Me olvidé de ponerme alcohol! ¡Y las medias, las medias! ¡Me tengo que comprar otras! No puedo andar así todo el día. ¿Y qué carajo hago con Martín? Porque si le digo que sí quedo como que se me fue el enojo muy rápido>>, pensé y escribí:

“Mi rodilla está bien. Y el agradecimiento no implica que me haya olvidado de lo de ayer”, y se lo envié.

“Yo tampoco me olvidé. Traje un monitor de mi casa”, me respondió enseguida. <<Ay, qué forro!>>, observé.

“Bueno, yo lo pago”, le envié.

“Fue un chiste. Un monitor por vos no es nada. No sé qué más hacer para que me perdones por lo de ayer”, me envió enseguida. <<Ay, qué lindo>>, observé esta vez. <<¿Pero qué contesto? ¿Contesto?>>, me pregunté. <<Y sí, contesto>>, me respondí y escribí:

“Pero al monitor hay que reponerlo. Yo lo quiero pagar”, insistí.

“No es necesario. Traje uno de mi casa. Almorzamos hoy? Podés? O cenamos? Lo que prefieras”, me respondió Martín. <<Cenar, prefiero cenar, obvio. ¿Pero se lo digo?>>, me pregunté y Gustavo Almazán se asomó por la puerta de su despacho:

―Bety ―le dijo en voz alta―, acordate de sacar de la lista a la gente que ya avisó que no va a la fiesta de mañana.

―Sí, sí, me acuerdo ―le dijo ella.

―Tincho se bajó también, tachalo ―dijo Gustavo y me miró.

―Ah, ¿Martín se bajó? ―preguntó Bety.

―Sí, se bajó, se bajó. Mañana le entregan un título a la novia y ya sabés, tiene que cumplir, ir a la ceremonia, después cenar con la familia…  Esas cosas que cuando estás comprometido las tenés que hacer―le dijo a Bety―. ¿Está justificado para faltar a la fiesta, no? ―me preguntó sonriendo.

<<¡Por qué no te vas a la puta madre que te parió, pelotudo! Bety te contó lo que dijo Ezequiel y me lo están haciendo a propósito. Pero seguro es verdad lo que decís de Martín>>, pensé y respondí:

―Sí, sí, está justificado ―y Gustavo Almazán regresó a su escritorio.

Un calor me invadió desde los pies hasta la cabeza. ¡Martín me había invitado a cenar hoy pero tenía planeado cenar con su novia y la familia mañana! No lo podía soportar ni justificar. De ninguna manera. Ya tenía experiencia en esas situaciones. Por eso no respondí a su último mensaje. <<¡Son todos iguales!>>, concluí y mi teléfono interno sonó.

―Hola ―dije al atenderlo.

―Hola, nena ―me dijo Samuel―, ¿qué pasó? Se cortó la llamada hoy y después me daba apagado tu celular.

―Sí, sí, porque me caí.

―¿Te caíste?

―Sí, sí, me caí en la calle, ¿qué tiene? ―le dije, de mala manera.

―¡Pero, che! ¿Qué te pasa? ¿Estás enojada?

―Y sí, sí, estoy enojada ―le dije, porque estaba muy fastidiada por lo que estaba pasando con Martín.

―¿Por qué? ¿Ya te enteraste? Mirá que fue Ezequiel el que habló primero, eh.

―¿Eh?  ¿Qué? No, no sé, Ezequiel estuvo acá…

―Ay, bueno, si me mandás a averiguar lo de Rubén G., yo tengo que hablar con la gente, ¿no?

―No, no te entiendo. Ezequiel vino acá pero no me dijo nada de vos. ¿Y por qué te atajas? Algo le dijiste vos. Sos un boludo. ¿Qué carajo dijiste, Samuel?

―No dije nada. Ezequiel me preguntó si salías con Almazán, eso.

―¿Y qué dijiste?

―Y bueno, dudé, tenía ganas de decir que sí, así se mueren de la envidia en riesgo crediticio. Pero en dos segundos razoné y me frené.

―¿Y qué dijiste?

―La verdad, que no salís con Almazán, porque supuse que Ezequiel Z. me estaba sacando información para dársela a Martín N.

―Mmm…

―Es verdad, nena.

―Ay, ay, Samuel, ya te conozco. Seguro dijiste algo más. No me podés hacer una cosa así…

―No te hice nada. Le dije que a vos te gusta Martín. Nada más. Te quise ayudar.

―¡Ay, no, no, pelotudo! ¡No! ¡¿Para qué dijiste eso?!

―Bueno,  lo dije, lo dije.

―¡¿Pero por qué?! ¿Quién te mando? Y seguro no lo dijiste así. Seguro lo dijiste con otras palabras, ya te conozco. Le debés haber dicho que yo estoy muerta por Martín. Seguro.

―Bueno… Ezequiel me dijo también algo, me dijo que Martín está atrás tuyo.

―¿Y quién lo dijo primero de quién?

―Ay, no me acuerdo… ―mintió.

―¡Sos un pelotudo! ―exclamé y corté.

<<Ahora veo por qué tanta atención de parte de Martín. Sabe que me tiene fácil>>, pensé. <<Y Samuel ya me cagó una vez y ahora se cree que me ayuda con lo que hizo. Es un boludo>>, concluí y traté de concentrarme en el trabajo.

“No me contestaste. Estás ocupada?”, me escribió Martín al rato.

Para qué querés almorzar o cenar conmigo?”, le pregunté directamente. Dudé antes de enviar el mensaje, pero al final lo hice.

“Para hablar”, me respondió a los pocos minutos.

“De qué?”, le envié.

“No te voy a tratar mal. Al contrario”, me contestó enseguida.

“Pero de qué querés hablar conmigo?”, insistí. Bety me observaba desde su escritorio.

“Ya sabés…”, me respondió y me adjuntó un corazón rojo. <<¡Ay, qué grasa!>>, pensé y escribí:

“Pero tenés novia”, y se lo envié. <<Tomá, ¡forro!, a ver qué me decís ahora. ¡Metete el corazón en el ano!>>, dije en mi mente.

“Sí, ya sé, pero lo estoy solucionando”, me contestó enseguida.

Bueno, solucionalo y después hablamos”, le mandé. El gerente de recursos humanos entró a la oficina y se metió en el despacho de Gustavo Almazán. Cerró la puerta. <<¿Habrá despidos?>>, me pregunté.

“Lo voy a solucionar porque estoy enamorado de vos y tengo fines serios”, me envió Martín a los pocos minutos. <<¡Uh! ¡Qué lindo si pudiera creerlo! Pero a mí ya me dijeron lo del “momento cúlmine”, así que ya sé cómo son estas cosas. Todas mentiras. Difícil va a ser ganarle a Ferni en creatividad>>, pensé. << ¿Y  “fines serios”?, ¡qué antiguo!>>, observé y crucé una mirada con Bety.

“Fines serios para vivir en Arabia, adonde los hombres tienen muchas mujeres a la vez”, le envié.

“Estás muy equivocada. Yo no quiero salir con varias mujeres. Yo solamente quiero a una. Estoy en el pasillo de tu piso. Salí y hablamos”, me respondió y no supe qué hacer.

Mañana no vas a la fiesta de la empresa. Vas a cenar con tu novia. No voy a salir”, me animé a enviarle.

“Dejame que te explique eso. Salí! Te estoy esperando”, leí enseguida.

“No hay nada que explicar”, le envié.

“No es tan sencillo dejar a alguien. Salí!”, me escribió.

“No voy a salir”, le mandé.

“Bueno, entonces decime qué sentís por mí, porque hasta ahora no me dijiste nada”, leí a los pocos segundos.

<<Ay, ¿qué contesto? ¿La verdad? Pero si el tipo tiene novia… ¿para qué incinerarme así?>>, me pregunté y escribí:

“Siento muchas cosas por vos, pero mientras estés con otra no voy a acceder a nada”, y se lo envié.

“Salí entonces. Te quiero ver!!!! Por favor!! Lo de Carolina lo soluciono. Ya te dije”, leí.

“No voy a salir”, me mantuve firme.

“Si no salís en cinco, entro a tu oficina y te saco. En serio”, me escribió.

“No te creo”, le envié.

―Hola ―dijo Martín al entrar a la oficina, a los pocos minutos. Saludó a Ernestina y a Bety con un beso.

―Gustavo está ocupado ―le dijo Bety.

―Sí, sí, ya veo. Igual tengo que hablar con Ana ―aclaró Martín y se acercó a mi escritorio. No me atreví a mirarlo a la cara y mantuve mi vista en el teclado de la computadora.

―¿Cómo estás? ―me preguntó con voz de seductor y se sentó en una silla que estaba pegada a mi escritorio, en frente de mí y de espaldas a Bety.

―Bien, bien, ¿venís para ver el proceso de riego crediticio? ―le pregunté en voz alta, para disimular, con la vista fija en la pantalla de la computadora. Las manos me temblaban.

―Sí, sí, vengo por eso ―me respondió en voz alta―. ¿Leíste bien el contrato con la empresa de informes comerciales? ―agregó y el interno de Bety comenzó a sonar.

―Sí, lo leí, lo leí ―le dije, sin todavía poder mirarlo. Bety atendió. ¡Qué alivio!

―¿Por qué no me mirás? ―me preguntó en voz baja.

―¿Y vos por por qué qué no te vas, eh? ¿No ves que la gente se da cuenta? ―le dije también en voz baja y me animé a mirarlo. Noté que tenía los pómulos colorados.

―¿Y qué te importa que la gente se dé cuenta? ―me preguntó en el mismo tono de voz―. ¿Es por Gustavo?

―Ay, no, no. No di… di…digas más pavadas. Andate, ¡dale! Ya vi… vi… vino Ezequiel hoy, habló de vos, de mí…

―¿Y qué dijo?

―Y… ¿qué va a decir? Dio a entender…

―¿Qué? ―me preguntó Martín. “El potus” nos miraba.

―Ya sa…sa…sabés… andate, ¡dale!

―Bueno, me voy, pero salí, te espero en el pasillo.

―No, no voy a salir.

―Si no salís, entro de nuevo.

―Bueno, pero… pero esperá un rato. Si no va a quedar muy obvio.

―Ok ―dijo y se levantó de la silla―. Chau―agregó al salir de la oficina.

Esperé unos minutos y me puse de pie. Me sentía mal por no poder contener mis ganas de salir al pasillo a encontrarme con Martín.

Y estaba por cruzar la puerta de la oficina, cuando escuché:

―¡Anita! ¡Anita!

<<¡La puta madre! ¿Qué quiere este tipo justo ahora?>>, protesté en mi mente.

―¿Qué, Gustavo? ―le grité.

―Vení, Anita, vení.

―Bueno ―dije y caminé hacia él. Entré a su despacho.

―Cerrá la puerta, Anita ―me pidió y lo hice.

―Sentate ―me dijo y me senté,  al lado del gerente de recursos humanos que todavía estaba en el despacho.

―Anita, ¿te acordás de la encuesta que hicimos para que los empleados propusieran actividades y cosas para pasarla mejor en el trabajo?

―Sí, me acuerdo.

―Nos equivocamos, Anita, nos equivocamos.

―¿Por qué?

―Porque la hicimos anónima. ¿Te acordás que te pregunté y vos me dijiste que era mejor anónima?

―Sí… ―le dije. <<Pero si salió mal no tengo la culpa, che>>, pensé.

―Bueno, Anita, mirá esto―me dijo y desplegó un montón de papelitos sobre el escritorio―: “Paseos en la camioneta del dueño” ―leyó uno―¿Te parece, Anita, esta falta de respeto?

―No, no…

― “A mí que me den la plata que yo con eso veo qué hago para pasarla mejor en el trabajo” ―leyó otro―. Esto mismo lo dicen un montón más, Anita―agregó

―Y bueno…

―Evidentemente la gente está loca o está muy disconforme con su trabajo ―dijo y tomó otro papel―. No, no, esto no lo puedo leer en voz alta ―agregó al ver lo que estaba escrito y lo descartó.

―Si la encuesta era anónima, se podían esperar estas cosas ―observó el gerente de recursos humanos.

―Y sí… no sé…

―Escuchá esto, Anita―dijo Gustavo y tomó otro papel―: “La empresa debería contar con un equipo de terapia intensiva móvil con desfibrilador. También se debería capacitar a los empleados en maniobras de resucitación cardiopulmonar”.

<<Ah, sí, sí, esa fui yo, fui yo, ¿me habrá reconocido la letra? No creo, si ve mi firma nada más. Le doy todo escrito en Word>>, pensé.

―Y bueno…

―Hay cada loco acá adentro, Anita. Mirá que terapia intensiva móvil, ni que esto fuera un geriátrico.

―Bueno… igual a un joven le puede pasar algo, ¿no?

―Hay empresas que cuentan con esas cosas ―dijo el gerente de recursos humanos.

-¿Ah? ¿Sí? ¿Hay? -pregunté sorprendida.

―¿Y qué hacemos, Anita? -me interrumpió Gustavo.

―No, no sé, ¿qué hacemos con qué?

―Con los empleados, Anita.

―Y no sé yo… ―dije y miré al gerente de recursos humanos.

―¿Empezamos con despidos o hacemos otra cosa? ¿Qué te parece, Anita?

―¿Pero cómo despedir gente? Si fue anónima la encuesta, no sabemos quiénes escribieron esas cosas…

―No, Anita, no te digo despedir a los que escribieron estas cosas porque no vamos a poder saber quiénes fueron. Te digo despedir al voleo, al azar.

―¿Y para qué?

―Y para que se asusten y trabajen mejor los que quedan.

―Pero no sé si con esa presión de que en cualquier momento los van a despedir, van a trabajar mejor, Gustavo. Yo no trabajaría mejor si a mi alrededor veo que despiden gente al azar, eh.

―Sí, Anita, trabajarías mejor porque tendrías miedo de que te echen.

―No, no necesariamente. A lo mejor uno se propone trabajar más en esa situación, pero se siente tan presionado, tan preocupado, que rinde menos. No sé. Hay que tener en cuenta la cuestión psicológica, ¿no?  ―dije y miré al gerente de recursos humanos.

―Sí, Gustavo, hay que tener en cuenta eso ―dijo.

<<¿Y a este tipo para qué le pagan?>>, me pregunté.

―Bueno, Anita, entonces hay que pensar en algo. Yo ya apelé a los beneficios…

―Pero por ahí son beneficios que la gente no aprecia. Porque más allá de que fue desubicado que te pidieran plata en la encuesta, hay algo de verdad en eso. A lo mejor dar bonos por productividad, cosas así es lo que quieren. Que el que trabaje bien gane un poco más al final del mes y no actividades o recreación. No sé…

―¿Y cómo sería eso, Anita?

―Ay, no sé, no sé…―le dije. <<Y Martín me está esperando afuera. ¿A ver si entra de nuevo?>>, me asusté.

―Hay que pensar entonces ―dijo Gustavo.

―Sí, sí, hay que pensar ―le dije―. Recursos humanos tiene que pensar ―me animé a agregar.

―Sí, sí, nosotros estamos trabajando siempre, pensando, viendo la evolución de las variables ―dijo el gerente de recursos humanos.

―Armá un plan de premios por productividad. Que no suba mucho los costos ―le dijo Gustavo ―.¿En una semana lo podés tener?

―Sí, sí, o bueno, diez días, ¿puede ser?

―Sí, está bien, diez días están bien. Lo espero ―dijo Gustavo y apoyó sus manos sobre el borde del escritorio ―. Tengo que hacer unas llamadas ahora―agregó, invitándonos a salir de su despacho.

Volví a mi escritorio para hacer tiempo y dejar que el gerente de recursos humanos saliera de la oficina y entrara al ascensor. Miré el celular: había recibido tres mensajes de Martín.

“Y? ”, Me vas a dejar acá?”, “Decí algo!!!”

<<Está bien, salgo, pero no me voy a dejar tocar ni a darle un beso. Nada de nada, ni siquiera compartir un café mientras tenga novia. Y todavía tengo la media rota, ¡qué feo!>>, pensé cuando crucé la puerta de la oficina. Martín estaba en el pasillo. Cuando me vio aparecer, caminó hacia mí con una gran sonrisa en su rostro.

―¡Al fin saliste! ¡Tardaste mucho!―me dijo y me apoyó las manos en la cintura. Intentó darme un beso.

―¡No! ¡No! ―le dije y le saqué las manos.

―¿Por qué?

―Porque no, además hay cámaras acá.

Bueno, vamos a la escalera ―dijo y me tomó de un brazo―, que ahí no hay cámaras ―agregó e intento llevarme.

―¡No, no, no! ―exclamé y traje el brazo hacia mí, soltándome.

―Bueno, no te enojes.

―No… no… no… meme enojo. Pe…pero voy a hacer nada, no voy a hacer nada. Eso quiero decir, de nada. Vos tenés novia y yo…

―Ya te dije que eso lo estoy solucionando ―me interrumpió y apoyó sus manos en mi  cintura de nuevo. Mi espalda quedó pegada a la pared del pasillo.

―Bueno, solucionalo primero ―le dije. Su boca estaba muy cerca de la mía―. Porque…porque… mañana vas a estar con ella, ¿no?

―¿Y cómo te enteraste de eso?

―No… no… no importa cómo me enteré. Me enteré, me enteré y eso es lo que importa. No te justifica cómo me enteré.

―No, ya sé. Pero mirá: mi novia, bah, no, Carolina, sabe que yo no la quiero. Lo sabe. Yo se lo dije. Es más, yo te llevé a tu casa el otro día y te pedí que habláramos el lunes, ¿te acordás?

―Sí, pero no me llamaste.

―Bueno, pero vos te fuiste con Gustavo en Mar del Plata.

―¿Y eso qué tiene que ver?

―Que yo no sé si tenés algo con él.

―No lo tengo. Ya te lo dije. ¿Qué voy a tener yo con Gustavo? También te lo debe haber dicho Ezequiel hoy, ¿no?

―Sí.

―Bueno.

―Ana, yo te quiero desde que estábamos en riesgo crediticio ―me dijo y me acarició la cara.

―Ay, no sé… ―balbuceé  y se me vino Verónica a la mente.

―Sí sabés ―dijo y me quiso dar un beso.

―¡No! ―exclamé y le corrí la boca y le saqué las manos de mi cintura.

―Bueno, perdoname. Te quiero dar un beso. No es para tanto,¿no?

-Pero tenés novia.

-Pero escuchame, ¿sí? , escuchame. Yo pensaba hablar el fin de semana con ella. No quería que viniera a Mar del Plata conmigo tampoco, pero el viernes fue el aniversario de mis viejos. Lo festejaron acá. Te lo conté también cuando te llevé a tu casa.

―Sí, me contaste lo del aniversario ―dije y él volvió a poner las manos en mi cintura y acercar su boca a la mía.

―Bueno, el viernes Carolina cayó en mi casa, en el departamento, con dos anillos de oro, carísimos, de regalo para mis viejos.

―Ah…

―Y bueno, ¿qué querías que hiciera? ¿Qué la dejara esa misma noche después de ese regalo?

―Bueno, no sé…

―También le dije veinte veces que en Mar del Plata se iba a aburrir, que yo iba a estar trabajando todo el día, que no le iba a dar bola y ella quiso venir igual.

―Bueno, pero después… ¿porque viste? Estaba yo en la habitación de al lado… ―le dije y le saqué las manos de mi cintura de nuevo.

―Es que yo no sabía que vos ibas a ir a Mar del Plata. No sabía, si vos me habías dicho que no el jueves.

―¿Y qué tiene que ver eso?

―Tiene que ver, porque yo en Mar del Plata me zarpé con vos, me zarpé y ella se dio cuenta, ¿entendés?

―Ah, claro, entonces…

―Entonces nada, porque… ―dijo y respiró hondo―. Bueno, hay cosas íntimas que me da vergüenza contarte ahora. Pero no fue lo que vos pensás. Me fui del hotel cuando amaneció, nos fuimos, porque ella te vio en el balcón. Y ahí ya no se lo negué, por eso no nos volvimos con ustedes. No quise que se cruzaran de nuevo.

―¿Qué no le negaste?

―Que me pasa algo con vos.

―Ah…

―Así que lo sabe, se lo dije. ¿Pero qué querés que haga? La mina, ahora, en vez de mandarme a la mierda, me dice que va a luchar por mí. No sé qué carajo hacer. Me desconcierta..

―¿Y por eso mañana vas a cenar con ella y la familia?

―Es que no la puedo dejar ahora. Mañana le entregan el título de la facultad. Se recibió el año pasado.Y si la dejo hoy o mañana, le cago el día, ¿entendés?

Sí... ―dije―. Eh… no, no, no entiendo ―reaccioné.

―Ana, mañana es jueves. La acompaño a la ceremonia de entrega de títulos, voy a la cena con la familia, todo eso. Y el viernes hablo con ella y le digo que no quiero saber más nada. Pienso hacer eso. Aguantame hasta el viernes, ¡dale! ―me dijo y me puso las manos en la cintura de nuevo.

―¿Hasta el viernes? ―le pregunté.

―Sí, son dos días, bah, ni dos enteros ―me dijo e intentó darme un beso de nuevo. Le corrí la cara y le saqué las manos de mi cintura.

―Bueno, después del viernes nos vemos entonces.

Martín suspiró y miró hacia abajo.

―Te estoy diciendo la verdad, Ana.

―Es que… que… va más allá de la verdad. Yo entiendo que le cagas el día de la entrega del título si la dejas, pero tampoco me cae muy bien que vayas a la ceremonia, que después vayas a cenar con la familia como si nada y que sepas que al otro día la vas a dejar, ¿no te sentís un falso por hacer eso?

―Sí, sí, ya lo pensé a eso, ya lo pensé ―me dijo nervioso y se revolvió con la mano el pelo de la nuca―. Pero no sé qué mejor salida hay. No sé. Es un quilombo dejar a alguien. Me da mucha culpa. No sé cómo proceder bien ―agregó y Bety apareció en el pasillo.

La miramos y nos quedamos en silencio. Ella nos pasó por al lado y se metió en el baño.

―Bueno, me voy―le dije y di un paso hacia la oficina.

―No, no ―me dijo Martín y me detuvo, tomándome de un brazo―. Esperá.

―Tengo que volver. Ya me vieron boludeando todo el día.

―Bueno, ¿vamos a almorzar, no?

―No, no, no vamos a almorzar, no. Ya te dije. Mientras tengas otra novia, conmigo no…

―¡Pero es almorzar juntos nada más! ―me interrumpió.

―Sí, sí, pero no, no.

―Ya te dije que el viernes voy a hablar con ella, Ana. Mañana la voy a ver, nada más.. Vamos a estar con la familia. No la voy a tocar. No va pasar nada más con ella.

―Bueno, sí, pero no, no voy a ir a almorzar.

―No, pero al final a Rubén G. le diste todo y a mí me negás hasta lo mínimo.

―¡No le di todo a Rubén G.! ¿Qué decís, nene?

―No digo nada, pero él tenía novia, ¿no?

―Sí, sí, pero no le di todo, eh, no digas boludeces.

―Bueno, perdoname. Estoy muy nervioso.

―Está bien, me tengo que ir. Chau ―le dije y di un paso hacia la oficina.

―No, esperá ―me dijo, me tomó de la cara desde atrás y me dio un gran beso de costado, en la mejilla ―.Chau ―agregó luego y se alejó.